Capítulo 14
Sorprendida
—Termina tu cereal de una vez y deja de jugar con él—me reprendió mi abuela, al ver que había dejado mi cuenco a la mitad comenzando a revolverlo y me disponía a dejar de comer.
—No tengo hambre—le respondí de forma cortante.
— ¿Vas a castigarme dejando de comer porque no sé dónde está tu madre? —me preguntó.
—No estoy castigándote, simplemente no tengo apetito—le contesté. —Es sábado, mamá debería estar aquí conmigo, pero no está y nadie en la maldita casa sabe decirme donde fue.
—Cuida tu boca, esta no es una "maldita" casa—me reprendió y luego continuó hablándome afectivamente. —Tu madre tiene derecho a tener un poco de intimidad ¿No crees?
— ¿Qué quieres decir con eso? —le pregunté alzando una ceja, en señal de confusión.
—Quiero decir que es mujer, no de deja de serlo por ser madre.
—Eso no responde mi pregunta—le dije, mirándola aun confundida por su respuesta.
—Come—se limitó a ordenarme en un susurro, mientras se iba en dirección hacia la sala.
Hice lo que me pidió, no por dejarla contenta, sino porque en realidad aún tenía un poco de hambre.
Luego del maravilloso día que había pasado ayer con Max, hoy había levantado mi cuerpo de la cama para contemplar que mi vida seguía siendo la misma porquería de siempre. Todos, menos mi madre y Esme, se habían ido de caza. Mi madre, se había marchado a Dios sabe dónde y mi abuela trataba de evadirme a más no poder, para no tener que responder mis preguntas sobre dónde estaba Bella.
Al terminar mi cereal, enjuagué el cuenco en el lavabo y me fui a la sala. Me senté en el amplio sillón de tres cuerpos y dispuse mi tiempo a no hacer nada, ni mirar la tele, ni leer un libro, ni siquiera pensar, solo me quedaba allí acostada, totalmente despatarrada en los extremadamente cómodos almohadones.
— ¡Buenas noticias! —exclamó mi abuela, materializándose de la nada frente a mí.
— ¿Qué ocurre? —le pregunté entusiasmada con la idea de tener buenas noticias, mientras intentaba enderezar un poco mi cuerpo en el sillón.
—Vendrán tus tías a visitarnos—me dijo mi abuela con una anchurosa sonrisa de felicidad.
— ¿Tanya y Kate? —pregunté asombrada, habían pasado tres años desde su última visita.
—Y Garrett, por supuesto—me dijo mi abuela, sin dejar de sonreír.
— ¿Carmen y Eleazar? ¿Vendrán esta vez? —le pregunté.
A ellos jamás los había podido conocer, nunca tenían la oportunidad de venir a visitarnos.
—Ellos no cariño, están muy ocupados—me dijo acariciando mis cabellos, luego comenzó a marcharse escaleras arriba, hacia su despacho.
—Nunca pueden venir a visitarnos—me quejé, mirando una foto que pendía de la pared donde Tanya, Kate, Carmen y Eleazar sonreían animadamente junto a mis padres y recordé algo que había escuchado decir a Emmett. —Abuela…—la llamé.
— Dime cielo —me dijo, deteniéndose en medio de las escaleras.
— ¿Es cierto que Tanya estaba enamorada de papá? —me animé a preguntarle. Siempre había escuchado ese rumor pero nunca me atreví a indagar para quitarme la duda.
— ¿De dónde has sacado eso? —me preguntó mi abuela, abriendo sus ojos como platos.
—Me lo contó…—comencé a decirle, pero luego me detuve, no iba a delatar al tío Emmett. —Lo escuche por ahí —me rectifiqué intentando hacerme la disimulada.
—Emmett—susurró mi abuela, con frustración. —Voy a matarlo cuando regrese.
— ¡No es su culpa! —lo defendí. —Es el único en esta casa que me dice la verdad.
—No te dice la verdad—me corrigió mi abuela. —Solo mete la pata.
— ¿Es verdad o no? —le pregunté determinante.
—No lo sé cariño
—Sí lo sabes—le dije mirándola de forma acusadora. — ¿Tenia sentimientos hacia mi padre?
—Sí, los tenía—me confesó mi abuela rodando sus ojos, y yo lancé una risotada victoriosa. —Pero tu padre jamás pudo corresponderlos.
—La rechazó.
—No la rechazó, simplemente no podía corresponderle, tu padre es todo un caballero—lo defendió mi abuela. —Además lo que ella sentía no era amor, era un simple capricho.
— ¿Por qué la rechazó? —pregunté sin prestarle demasiada atención a las conjeturas de mi abuela. —A mi Tanya me parece muy atractiva y buena, también es dulce y divertida.
—Tanya es muy diferente a Bella— se limitó a explicar mi abuela. —Cada hombre tiene su única mujer especial y solo esa mujer llena totalmente su ser. Bella es el amor de tu padre, nadie puede contra eso, ahora deja que vaya a terminar mis planos pequeño diablillo—me pidió mi abuela, otorgándome una hermosa sonrisa.
—Abuela—volví a llamarla y ella se volvió a mirarme. —No te enojes con Emmett, él no me contó nada, yo solo escuché una conversación que él mantenía con la tía Rose—le pedí. Ella solo asintió sonriendo y se marchó escaleras arriba.
Menos mal que mi padre no había correspondido los sentimientos de Tanya, sino yo no estaría aquí en este momento. Seguiría en ese orfanato o hubiera ido a parar a los brazos de algún humano insulso.
Pasé lo que quedaba de mi mañana mirando ausentemente la televisión. Me resultaba prácticamente increíble que, de seiscientos canales en ninguno hubiera algún programa aceptable para pasar el tiempo.
Luego del almuerzo subí a mi habitación a cambiarme de ropa. Había estado en pijama todo el día, si Alice llegaba de improvisto y me veía con esas pintas pondría el grito en el cielo. Tomé unos jeans azules y mi sudadera preferida, para luego ponerme a revisar las tareas del instituto.
Unos nudillos golpeando contra mi puerta insistentemente me hicieron sobresaltar. Fui hasta la puerta y la abrí, para encontrarme a mi abuela frente a mí.
—Tienes visitas—me dijo con una sonrisa, mientras se iba velozmente hacia su despacho.
— ¿Quién? —comencé a preguntar, pero ya se había marchado.
Bajé rápidamente de dos en dos los escalones que me separaban de la planta baja para encontrarme con Max al pie de las escaleras.
—Buenos días—me dijo sin perder su perfecta sonrisa, tendiéndome la mano.
—Buenos días—le respondí, tomando su mano y permitiendo que me ayude a bajar el último escalón que me separa de él. — ¿Algún nuevo libro? —le pregunté sarcásticamente, mientras retiraba mi mano de la suya delicadamente.
—Hoy tengo otra sorpresa para ti—me dijo, sonriendo aún más y de forma más atractiva, si es que eso era posible. —Espero te sorprenda—murmuró suavemente.
—Esperemos—le dije con nerviosismo.
Hoy sus ojos eran color ámbar, más amarillentos que cualquier otro día y también más encantadores. Me observaban con una determinación apabullante.
—Ya le pedí permiso a tu abuela para que te condescienda salir conmigo—me susurró dulcemente en el oído, expulsando su apacible aliento en mi oreja, logrando que comience a temblequear de pies a cabeza íntegramente.
— ¡Abuela! —la llamé perturbada.
— ¿Si cariño? —me preguntó Esme, apareciendo en la culminación de las escaleras en el primer piso.
—Voy a dar un paseo con Max—le avisé, mi voz vibraba tenuemente y mi sangre no dejaba de martillar descontroladamente. Mi abuela pareció darse cuenta de este hecho y solo asintió con gesto divertido y anhelante para luego volver a encerarse en su despacho.
—Abrígate—me ordenó Max.
— ¿Jugaremos nuevamente con la nieve? —le pregunté, mientras descolgaba mi anorak y bufanda del perchero y comenzaba a colocármelos.
—Algo así—me dijo con tono de voz recóndito.
Ya habían pasado varios minutos de viaje y aún no había hecho mención a cerca de nuestro destino.
— ¿A dónde vamos? —le pregunté por enésima vez.
Ya habíamos salido de los límites de Forks y cada vez nos adentrábamos en carreteras más atestadas de nieve, menos mal que hoy había traído su vehículo especial para la nevisca, sino estaríamos enterrados hasta el cuello de ella.
—Es una sorpresa—me repitió pacientemente.
—Esta sorpresa tarda mucho—me quejé.
—Hemos llegado—me dijo, otorgándome una brillante sonrisa, al mismo tiempo que descendía del vehículo y llegaba a una velocidad invisible para el ojo humano al lado de mi puerta.
— ¿Qué es esto? —le pregunté confundida mirando a mi alrededor, mientras me ayudaba a salir del vehículo, sosteniéndome en todo momento para que no resbale en la nieve.
—Mi sitio favorito en el mundo—me dijo con una sonrisa brillante, que no dejaba de resplandecer en contraste con la nieve. —Yo también tengo mi propio castillo de cristal.
—Esto está muy lejos de ser un castillo de cristal—me quejé, mirando a mí alrededor. Solo había árboles teñidos de blanco por todos lados.
—No hemos llegado aún—me dijo rodando sus ojos.
Se dirigió rápidamente al maletero del auto y sacó un bolso enorme que se colgó al hombro.
— ¿Qué es eso? —le pregunté señalando el bolso. — ¿Palas y picos?
—Deja de preguntar todo—me pidió. — ¿Para qué querría palas y picos? —me preguntó confundido.
—Para enterrarme—le respondí irónicamente y el lanzó una hermosa carcajada que me heló la sangre con su perfección.
—Ven, nos queda un corto camino a pie—me ordenó, alzándome en brazos. —No necesitaría palas y picos en caso de querer enterrarte de todos modos—dijo en voz apenas audible para mis oídos, antes de comenzar a andar a toda velocidad por el bosque níveo.
Acurruqué mi cara en su pecho, para que el impávido viento no impactara de lleno en mis ojos. Se sentía tan bien estar cubierta en sus brazos, envuelta en su aroma y rodeada de su paz.
—Ahora sí—murmuró dulcemente en mi oído, yo ni me había percatado de que ya nos habíamos detenido. —Mantén los ojos cerrados hasta que te sientas segura en el piso, no quiero que te desmayes aquí.
—No es la primera vez que me transportan así—le dije desafiante, pero de todos modos no abrí mis ojos, sabía que perdería el equilibrio y me marearía si lo hacía.
Suavemente me dejó sobre mis pies, irreprochablemente parada sobre la nieve, y solo cuando me sentí segura de que no iba a marearme, abrí mis ojos lentamente.
—Dios mío—fueron las únicas palabras que pude vocalizar, al ver semejante paisaje a mí alrededor. — ¿Qué es este lugar? —le pregunté en un susurro, volteándome a ver si su rostro estaba tan perplejo como debía estar el mío. Pero él no miraba el perfecto panorama, él me miraba a mí atentamente, estaba celestialmente concentrado en mis facciones, como si fueran más interesantes que el espectáculo que se levantaba ante nosotros. Volteé nuevamente mi vista al paisaje para asegurarme que no haya sido producto de mi imaginación, pero indefectiblemente allí estaba.
Frente a nosotros se cernía lo que en su momento debería haber sido un enorme lago, que ahora se encontraba íntegramente solidificado y totalmente espejado en la superficie reflejando el cielo agarrotado de nubes en él. En todo su redondeado y perfecto reborde había pinos cubiertos de impecable nieve blanca, parecía una imagen tomada de un cuento de hadas.
— ¿Te gusta? —me preguntó, mirando por primera vez el paisaje.
—Es perfecto ¿Lo hiciste tú? —le pregunté.
—En parte—me contestó encogiéndose de hombros. —Antes del temporal era un lago donde solía venir a nadar por las tardes, pero ayer vine y me encontré con esto—me explicó señalando el paisaje, para luego rectificarse. —Bueno no estaba totalmente esto, tuve que hacerle unas simples y pequeñas modificaciones.
— ¿Simples modificaciones?
—Sí, debería ser una superficie transitable—me contestó riendo y tomando algo del bolso que había traído. —Estos son para ti—me dijo extendiéndome un estuche enorme. Con solo mirar la forma del paquete ya sabía lo que me estaba entregando y no podía dar crédito a lo que mis ojos veían.
— ¿Vamos a patinar? ¿Sobre hielo? —le pregunté, tomando lo que me entregaba y comenzando a abrirlo. Con la emoción por ver el paisaje, no me había dado cuenta que él ya se había puesto sus patines negros. Se veía increíblemente sexy con ellos.
—Claro que sí—me dijo sonriendo, mientras se paraba sobre la improvisada pista de patinaje y quedaba allí esperando por mí. — ¿Encontré algo que no sabes hacer? —me preguntó de forma desafiante, alzando una ceja en un gesto demasiado atractivo para ser real.
— ¿Algo que no se hacer? —le repregunté abriendo el bolso de los patines y sacándolos rápidamente, le iba a dar una lección a ese vampiro. —Vengo de Alaska ¿Lo olvidaste?
—La pista te espera—me dijo a modo de canto, mientras comenzaba a patinar, dando delicadas vueltas en círculos.
Rápidamente me saqué las zapatillas y las reemplacé por los patines blancos.
—El talle es perfecto ¿Cómo lo sa…
—Alice—me respondió con una sonrisita, interrumpiendo mi pregunta.
—Era de esperarse—le contesté rodando mis ojos al recordar el temperamento de mi tía, mientras comenzaba a cruzar los cordones. — ¡Listo! —canturreé cuando termine de abrochar prolijamente los cordones de la bota.
— ¡Por fin! —exclamó fingiendo irritabilidad, mientras me tomaba de las manos para ayudarme a ponerme en pie y a entrar en la pista.
— ¿Es seguro esto? —le pregunté desconfiaba mirando amedrentadoramente el hielo que se extendía bajo nuestros pies.
— ¿Confías en mí? —me preguntó en un susurro con su hechicera voz, dejando que su cálido aliento me golpeé suavemente en la mejilla, haciendo que pierda el control de mí misma instantáneamente.
—S…sí—respondí con dificultad debido a mi nerviosismo y los atronadores latidos de mi corazón.
— ¿Te encuentras bien? —me preguntó con gesto turbado y sin pedir permiso poso una mano en el centro de mi pecho delicadamente. —Tu corazón siempre late tan deprisa—siguió murmurando, parecía que se lo estaba diciendo a sí mismo.
Enseguida sentí mi cara arder por la vergüenza.
—Estoy bien—dije rápida y torpemente, comenzando a alejarme de él patinando hacia atrás. Él comenzó a patinar hacia delante, siguiendo mi camino, pero yo le había sacado unos metros de distancia.
Firmemente concentrada en mis pasos seguí patinando imperturbablemente hacia atrás y realicé algunos giros para entrar en calor.
Una vez cómoda en la pista, me saqué el anorak que dificultaba mis movimientos. Y seguí con mi patinaje. Max patinaba y me observaba atentamente maravillado, sin dejar de sonreírse en todo momento.
Respirando tranquilamente y manteniendo la firmeza de mis pasos, realicé un impecable doble Axel seguido por un delicado Biellmann Spin.
—Es realmente frustrante tratar de sorprenderte en vano todo el tiempo—me dijo negando con su cabeza, visiblemente chasqueado, mientras apuraba increíblemente la velocidad de sus pies para llegar hasta mí. — ¿Eres buena en todo? —me preguntó cuándo se acompaso a mi ritmo.
—No en todo—le respondí amablemente, mirándolo con una sonrisa en mi rostro.
— ¿Siempre se da la mera casualidad que resultas ser fantásticamente buena en las actividades que escojo? —me consultó, apoyando delicadamente una de sus manos en mi cintura, al mismo tiempo que tomaba y extendía mi brazo con la otra.
—Sí, mera casualidad—repetí fascinada por el roce de sus dedos en mi cintura. A pesar de la gruesa ropa que nos separaba, podía sentir los impulsos eléctricos y las llamas que emanaban desde el punto de contacto entre nosotros. No quería ni imaginarme como se sentiría que apoye sus gélidas y consideradas manos directamente sobre la piel desnuda de mi espalda. Con solo pensar este hecho se me erizaba el bello de todo el cuerpo y se aceleraba mi corazón.
—Confía en mí—susurró en mi oído, justo antes de sentir como me levantaba por los aires sujetándome solo por la cintura. Yo me encargué de mantenerme prodigiosamente quieta y disfrutar del frío roce del viento en mi rostro.
—Eso fue increíble—le dije sin poder dejar de sonreír, una vez que me dejo sobre el hielo nuevamente.
—No eres la única que sabe patinar sobre hielo—me dijo cordialmente pero de forma sutilmente engreída, haciendo un asombroso y magnífico Lutz, extendido por un Layback Spin, para luego continuar con una rutina de saltos y piruetas increíbles, donde la mayoría parecían ser inventados por él.
Me mantuve boquiabierta, mirando embobada cómo se movía sutilmente sobre el hielo, parecía que se desplazaba flotando sobre él, daba la impresión de que sus cuchillas ni siquiera rozaban el hielo.
Estaba tan embelesada y atontada observándolo, que di un paso en falso, trastabillando con mis propias cuchillas y cayendo de espaldas sobre el áspero y duro hielo.
— ¿Te encuentras bien? —me preguntó Max con tono preocupado, llegando a mi lado y agachándose junto a mí antes que siquiera me dé cuenta que me había caído.
—Sí—le respondí inmediatamente, tomando mi espalda para verificar que se encontrara todo en orden, solo sentía un dolor punzante en el coxis, nada de qué preocuparse.
—Ven aquí—me dijo tiernamente, ayudándome a ponerme en pie.
En ese mismísimo bendito y maldito instante las nubes decidieron apresurar su recorrido, dejando al sol totalmente despejado por unos efímeros segundos. Unos cortos instantes bastaron para que los sutiles rayos solares impacten de lleno en el serafín rostro de Max haciendo que su piel se vea como cubierta de microscópicos y perfectos diamantes, que destellaban su luminiscencia descomponiéndolos en miles de colores diferentes, en todas las direcciones posibles. Su piel era inverosímil cuando se exponía al sol, no era como la de cualquier otro vampiro, podría jurar por mi vida que sus refulgencias habían sido incluso más resplandecientes de los de cualquier otro inmortal.
—Tu piel es increíble—le dije sin poder ocultar mi asombro, mientras depositaba mi mano en su mejilla para tocar ese fenómeno.
—Lo dices como si nunca hubieras visto a cualquiera de tus familiares al sol—me respondió cómodamente, luego de cerrar los ojos apaciblemente ante mí contacto.
—Tú brillas más que cualquiera de ellos… Es impresionante—murmuré atónita, mirándolo totalmente maravillada. Era milagrosamente hermoso, resultaba prácticamente extraordinario e increíble, que alguien estuviera dotado de tanta excelencia.
Lentamente con sus ojos aun cerrados Max fue acercando hacia mi rostro haciendo que mi cuerpo se aterre por completo. La expresión de su rostro emanaba tanta armonía y serenidad, que me hubiera encantado sentir lo que él sentía en ese momento, parecía estar meciéndose en las nubes, sin ningún tipo de preocupación. Mi cuerpo no sabía cómo responder ante su cercanía, sentía la necesidad mental de salir patinando como un rayo de ese lugar para que pueda no seguir acercándose, pero también tenía la urgencia de besarlo, desea acabar con esta tortura de una vez por todas, necesitaba sentir sus gélidos labios friccionar contra los míos.
En medio de esa disyuntiva, el destino y el cielo me enviaron la solución. Torpemente intenté acortar la poca distancia que nos separaba para terminar con este calvario, pero solo me quedé en el intento debido a que me resbalé en el hielo y de no haber sido por los descomunales reflejos de Max, mi cabeza se hubiera estrellado contra el piso.
— ¿Te encuentras bien? —me preguntó mientras me ayudaba a estabilizarme. Ya era la segunda vez en el día que Max tenía que recobrar mi equilibrio.
—No—le dije con decepción. —Soy una torpe.
—No eres torpe—me contradijo acariciando mis cabellos serenamente, con una dulce sonrisa. —Comenzó a caer nieve húmeda y la pista está más resbalosa de lo habitual.
— ¿Nieve húmeda? —pregunté asombrada, mirando todo a mi alrededor.
Toda la pista se encontraba salpicada de grumos blanquecinos y del cielo caían confusos copos de nieve prácticamente derretidos. Había comenzado a nevar y ni siquiera me había dado cuenta.
—Es mejor que volvamos, tienes las ropas humedecidas—me dijo observándome con gesto preocupado, tomándome de la mano y guiándome.
Max me arrastró fuera de la pista y luego de ponerme mi abrigo, me llevó hasta el auto en brazos nuevamente.
—Tienes frío—afirmó preocupado, subiendo un poco más la calefacción.
—Es…toy bi… bien—intenté contestarle, tiritando.
—Estás empapada Jazz —murmuró. —Iremos a mi casa primero para que te cambies con ropas secas, no puedo llevarte a tu castillo con esas pintas.
— ¿Qué pintas? —le pregunte mientras acercaba mis manos a la calefacción. —So…solo estoy un poco mo…jada.
Max me miró de reojo y no dijo nada más durante lo que nos quedaba de viaje. Supe que no había escuchado mis objeciones, cuando estacionó frente a una mansión que definitivamente no era la mía. Descendió rápidamente del auto, para llegar a mi lado y ayudarme a bajar.
Me guío por el sendero con su mano delicadamente apoyada en mi cintura.
Cuando estábamos a tres pasos de la puerta, ésta se abrió de par en par y de la casa salió una sombra veloz que se arrojó a los brazos de Max.
— ¡Por fin has vuelto! —exclamó su hermana pequeña con su inofensiva y cadenciosa voz.
— ¡Enana! —exclamó Max, devolviéndole el abrazo entrañablemente. Realmente se veía miniatura al lado de su hermano.
—Tardaste mucho—se quejó Candy, haciendo un hermoso y conmovedor mohín con sus delicados labios.
—Fueron solo unas horas—la tranquilizó Max, revolviendo sus cabellos amorosamente, mientras entrábamos a la casa y Candy cerraba la puerta tras nosotros.
—Horas que parecieron años—dijo Candy, sonriéndome. —Mamá y papá se han ido de paseo ¡Me han dejado sola!
—Eres grande, puedes estar sola—le dijo Max sin dejar sonríele mimosamente, mientras me guiaba hacia la enorme y acogedora sala de estar decorada en tonos pasteles.
— ¿Por qué Jasmett está empapada? —preguntó Candy, tocando mis ropas y obligándome a sacarme el abrigo para entrar en calor.
—Fuimos a patinar sobre hielo—le respondió Max. — ¿Podrías conseguirle algo de ropa? No quiero llevarla de vuelta a su casa así.
— ¿Fuiste a patinar y no me invitaste? —le preguntó su hermana haciendo una mueca de fingida indignación. —Eres un muy mal hermano—murmuró, antes de desaparecer de mí vista rápidamente.
—Tu hermana es muy…—comencé a decir.
—Impulsiva—terminó Max mi frase correctamente. —Es demasiado pequeña para soportar esta vida.
—Yo creo que ella lo está sobrellevando muy bien—le contradije tiernamente, para borrar la mueca de abatimiento que comenzaba a establecerse en su rostro.
—Creo que las ropas de mama le irán grandes—le dijo Candy a su hermano apareciendo de repente con varias prendas de vestir en sus manos. —Así que tome algunas prendas mías.
—Está bien Candy, muchas gracias—le dijo Max de forma dulce. —Acompáñala a alguna habitación para que pueda cambiarse con tranquilidad.
—De acuerdo—dijo Candy, esbozando una pequeña sonrisita pícara. —Sígueme. —dijo dirigiéndose hacia mí.
Sin reprochar nada, comencé a seguir los pasos de Candy que se dirigían escaleras arriba. Una vez en el primer piso, ella me entregó las ropas y me indicó hacia la portezuela más lejana a las escaleras.
Caminé hacia allí y abrí la puerta del dormitorio lentamente como si las paredes pudieran venirse encima mío en cualquier recóndito momento. La habitación era amplia y hermosa. Todas sus paredes estaban pintadas de un azul cálido y para mi sorpresa, en medio del garrafal cuarto desencajaba una monumental y confortable cama, también en tono de los azules, pero que parecía no conectar con el resto de la habitación. Al costado de ella había un mullido sillón y los artefactos electrónicos se asomaban por doquier.
Dejé las ropas sobre el sillón y comencé a retirar de mi cuerpo las prendas mojadas. No me había dado cuenta del frío que tenía hasta que me sentí cómoda estando desnuda. Primero tomé lo más parecido a unos jeans que había entre toda la ropa que Candy me había entregado y luego escogí una sencilla camisa de franela. A pesar de que las vestimentas eran de ella, que tenía solo 13 años, me quedaban muy bien.
Antes de salir de la habitación me miré en un espejo que había a un costado del cuarto para poder acomodar mi cabello, pero no pude evitar observar en el reflejo que éste me devolvía. Detrás de mí, en la pared del fondo, había un estante rebosante de libros y cuadritos. Me acerqué hasta él para observar con más detalles las fotos. No pude evitar sonreír al reconocer el rostro de Max en la mayoría de las imágenes. En la primera fotografía resaltaban dos rostros igual de hermosos, él y su hermana abrazados tiernamente ambos sonrientes, dejando relucir sus pulcros dientes increíblemente blancos, con los ojos brillantes del color del oro.
En la segunda fotografía se distinguían los mismos rostros que en la anterior, pero había una diferencia en como miraban esos dos pares de ojos. Ya no eran color dorados ni absolutamente atrapantes y perfectos, sino que los de Candy eran del color del chocolate y los de Max destacaban increíblemente celestes en contraste con su oscuro cabello. Ambos parecían inigualablemente felices y despreocupados, como si la única meta que tenían en ese momento fuera salir bien en la fotografía.
Impulsada por mis instintos, tomé el primer libro que llamó mi atención, uno que parecía ser muy anticuado, cuya cubierta era roja como la sangre misma y sus impresiones estaban realizadas en un color dorado intenso. La vieja tapa desgastada se abrió en la página 307, dejándome ver que estaba marcada por una fotografía dada vuelta. La tomé cuidadosamente entre mis manos y la volteé para observarla, dejando el libro boca abajo sobre la cama para no perder la página que esta imagen estaba destacando.
El rostro con el que me encontré me sorprendió, no porque lo conociera, sino porque era de una mujer demasiado hermosa para ser real. Sus blondos cabellos caían en bucles a los costados de su perfecto y angelical rostro, su sonrisa destellaba inmaculadamente hacia la cámara con una gracilidad absoluta a pesar de parecer que la fotografía había sido tomada de improvisto, pero algo no estaba bien en su rostro, algo no concordaba con sus facciones increíblemente inocentes y angelicales, sus ojos eran color carmesí, intensos.
Unos nudillos golpeando en la puerta hicieron que me sobresaltara dejando caer la fotografía, que se escurrió debajo del sillón.
— ¡Mierda! —maldije inconscientemente, agachándome rápidamente para tomar la fotografía.
— ¿Estás bien? —preguntaba Max preocupado, al otro lado de la puerta. — ¿Te pasó algo?
—No…Digo sí. Estoy bien—dije con dificultad, mientras agradecía a los cielos que mi genética me haya provisto de dedos largos y delgados, que podían entrar debajo del sillón para tomar la fotografía.
— ¿Ya te cambiaste? —me preguntó.
—Sí—contesté instintivamente. —Digo… No—rectifiqué para que no ingresara en la habitación.
No sabía por qué, pero algo dentro de mí me indicaba que Max no deseaba ver esa fotografía y mucho menos que yo la vea.
— ¿Si o no? —preguntó confundido y preocupado. —No importa, en tres segundos entraré en la habitación, así que si no te has subido la cremallera hazlo ahora.
Desesperada, urgí mis dedos debajo del sillón y milagrosamente, pero demasiado tarde, se toparon con la foto.
— ¿Qué tienes ahí? —me preguntó Max luego de cerrar la puerta a sus espaldas, al ver escondía la foto detrás de mí.
—Nada—le dije rápidamente, mirando fijamente el piso.
—Eres una pésima mentirosa—me dijo con una sonrisa torcida asombrosamente dotada de beldad, pero su vista se fijó en el libro que estaba sobre la cama y se acercó a él para tomarlo. — ¿Estabas leyendo? —preguntó blandiendo la antigua obra en su mano, la expresión de diversión que se posaba en su rostro pasó a ser de desesperanza cuando miró la página en la que se marcaba el libro. — ¿Qué es esto? —me preguntó destempladamente, ya no quedaba absolutamente nada de su sonrisa.
—Un libro—le contesté rápidamente, apretando aún más la fotografía en mi espalda.
— ¿Qué hacías con él? —me preguntó más bruscamente que antes, parecía que su enojo aumentaba de segundo a segundo.
—Yo…
—La fotografía—murmuró ausentemente. —Dame la fotografía Jasmett—me pidió con voz grave y atronadora, extendiendo la palma de su mano hacia mí.
Su rostro estaba transfigurado en una mueca de horror y cólera, nunca se había visto tan atroz e inhumano, jamás se había parecido tanto a un vampiro y nunca me había dado tanto miedo observarlo.
Con mis manos temblando y mi cabeza gacha, le entregué la fotografía. Él me la arrebató bruscamente y volvió a colocarla dentro del libro cerrando fuertemente las tapas, para colocarlo en su lugar sobre el estante.
—Yo…—comencé a manifestar.
—Vamos—me cortó mi intento de explicación con voz dura, saliendo de la habitación rápidamente.
Bajamos las escaleras en silencio.
— ¿Ya se van? —preguntó Candy con voz dulce y amorosa cuando estábamos por salir de la casa.
—Sí—contestó Max.
—Ten—me dijo Candy sin dejar de sonreírme, extendiéndome una bolsita y un abrigo. —Guardé tus ropas aquí y te conseguí un abrigo para que no pases frío hasta llegar a tu hogar.
—Muchas gracias—le agradecí con la voz pastosa por la pena.
—De nada—me contesto ella sonriéndome ampliamente, para luego mirar con gesto asesino a su hermano por unos segundos.
Transcurrimos en un completo e incómodo silencio el camino hasta mi hogar. Max cada tanto bufaba haciendo parecer que en cualquier momento saldría fuego por sus narinas.
Yo no sabía qué hacer con exactitud. Quería disculparme, pero temía que hablar en ese momento en el que él se encontraba tan disgustado, solo empeoraría la situación
—Gracias por todo—le dije con mi voz en un susurro, cuando frenó frente a la puerta de mi hogar. —Lo pase muy bien.
—De nada—se limitó a decir con voz estridente y feroz, sin siquiera mirarme. Su actitud era increíblemente ruda.
Había perdido la amistad de Max para siempre. El único vínculo que había podido crear con él era la amistad y ya lo había roto por andar metiendo mis narices donde no correspondía.
—Lo siento…—le dije con la voz tomada por el dolor y por las lágrimas que comenzaban a caer apresuradamente de mis ojos. Él se giró hacia mí con su rostro transformado en una cruenta mueca de consternación y rabia que me hizo aterrorizar. —Realmente lo siento—volví a repetir antes de bajar del auto a toda prisa para alejarme cuanto antes de él.
Corrí hasta la puerta de mi casa en llantos, la abrí y la cerré fuertemente tras de mí.
— ¿Cómo lo has pasado en tu paseo cariño? —me preguntó mi madre dulcemente, al verme pasar por el recibidor en dirección a las escaleras. — ¡Jasmett! —me llamó al darse cuenta de que no le respondía y seguía subiendo las escaleras. — ¿Jasmett? —preguntó esta vez en tono preocupado, mientras seguía mis pasos y llegaba a detenerme antes de que pueda entrar a mi habitación. — ¿Qué te ocurre cariño? —me repreguntó tomándome por los hombros dulcemente.
—Nada, no quiero hablar—le dije con dificultad debido a las lágrimas que caían de mis ojos.
— ¿Te has peleado con Max? —preguntó, limpiando suavemente las lágrimas que humedecían mis mejillas.
—Sí.
— ¿Estás segura de que no quieres conversarlo hija? —me preguntó mientras me guiaba delicadamente hasta mi habitación y me hacía sentar en el sillón.
—No quiero, no puedo hablar ahora— le contesté tragándome mi propio llanto en un fallido intento de demostrar serenidad.
—Voy a estar en mi estudio por te arrepientes—me avisó dándome un cálido abrazo antes de marcharse.
No me arrepentí, no deseaba ni desearía nunca poner en palabras la situación vivida, recrear la expresión de odio de Max en mi mente ya era demasiado duro como para también ponerla en palabras.
Otro capítulo más! Ojalá les guste, es para las bellezas que dejan sus comentarios.
Quiero saber qué piensan! Los odian? Los aman?!
