No había dormido para preparar la casa y sacar las maletas y gran parte de su ropa, decidida a abandonar Bell Yard por unos cuantos días. Los pocos vestidos que poseía estaba ya en la maleta y sólo quedaba cubrir los muebles con sábanas para que no se llenaran de polvo. Tres o cuatro semanas lejos del barbero le vendrían bien para aclarar sus sentimientos. Estaba segura de que a ambos les sentaría bien.

Así que lo dejó todo preparado y tomó el primer carruaje que encontró hacia la casa del Sr. Juez. Sabía muy bien a lo que iba; días y días de puro aburrimiento, siempre rondando alrededor del tema del banquete de la boda y demás. No le hacía demasiada ilusión, pero sabía que era necesario. Al menos tendría tiempo para distanciarse y pensar. Pensar sobre su vida; sobre James; sobre su prometido, el Sr. McAllen...

Pero su mente volvería una y otra vez al Sr. Todd, lo sabía. Aquel maldito barbero no abandonaba su cabeza ni un segundo. Él y sus venganzas, él y sus enfados, él y sus asesinatos, él y su enfermedad mental... Había sido un beso, sólo un simple beso, y ya sentía que le había clavado una daga en el pecho.

El suave traqueteo del carruaje la mecía, adormeciendo su cuerpo y ayudándola a pensar, guiándola por derroteros siniestros en el fondo de su mente.

¿Por qué? ¿Qué había hecho? ¿Por qué no se podía conformar con lo que ya tenía? Eran buenos amigos, como hermanos, con florecientes negocios y una seguridad económica que muchos quisieran tener... Podía tener a cualquier hombre, cualquiera. Proposiciones indecentes había recibido tantas como peniques el cepillo de la iglesia, ¿por qué tenía que volver siempre a lo mismo?

Pero... sin mis otros trabajos jamás hubiéramos aguantado tanto, recordó y sacudió la cabeza. Éso tendría que habérselo dicho antes, como muchas otras cosas. ¿Cómo he podido decirle así que le amo?, suspiró. Con él hay que ser más suave, le cuesta mucho procesar ese tipo de información... ¡No lo sabré yo! ¿Cuántas veces se lo he dicho o insinuado? Y como si oyera llover, lo cual sucede a menudo... Es tan... extraño, nunca sé a ciencia cierta lo que piensa. ¿Cómo voy a estar con este hombre? Y besarle... Señor, ¿he perdido la cabeza? No puedo dejarle solo, no ahora, no así. Va a volverse loco de tanto pensar y darle a la moyera.

Se incorporó, somnolienta, y llamó varias veces a la pared frente a ella, donde se suponía que estaba el cochero.

—Pare el carruaje, ¡pare he dicho! ¡Y dé media vuelta! Volvemos a Bell Yard —añadió asomándose por la ventanilla. El frío aire londinense terminó de despertarla.

No, no iba a huir como una cobarde. Iba a quedarse, iba a enfrentarse a lo que había hecho y a solucionarlo.

Habían avanzado muy poca distancia desde Bell Yard debido a la ingente caravana de inmigrantes y comerciantes, así que no tardó en volver a casa. Por una vez, que Fleet Street diera a Strand había sido una ventaja.

—Aclárese, señora —gruñó el cochero tirándole la bolsa a la cabeza. Por suerte, la Sra. Lovett tenía los tacones de los botínes bien clavados en el barro, sino hubiera perdido toda la dignidad.

—Piérdase —gritó ella tirándole los peniques a la cara y avanzando hasta la puerta de su tienda.

Qué extraño... yo he cerrado bien la puerta, frunció el ceño al tiempo que entraba. La tienda estaba tal y como la había abandonado, pero había algo extraño que hasta ella podía notar. Dejó con cuidado la bolsa junto a la puerta y, según lo hacía, escuchó la madera del pasillo superior crujir. Sabía que era el pasillo de su casa porque tenía varios tablones colocados de forma estratégica para que crujieran, avisándole de clientes nuevos o inesperados, o de ladrones...

Asustada, se armó de su rodillo de madera y subió con cautela al segundo piso, su casa, su hogar. Él único lugar donde se había sentido a salvo alguna vez y por el que tanto había luchado.

Una rata, se dijo, esperanzada. Podría ser una rata, nada más que una rata. Hay muchas estos días...

Mas los ruidos continuaban, producto de alguien caminando por su casa. Le escuchaba avanzar hacia las escaleras y subir al tercer piso, último del edificio.

El corazón comenzó a latirle a mil por hora al tiempo que la distancia a las escaleras al piso superior se acortaba. Había escuchado historias sobre hombres, acosadores que se metían en la casa de una cuando no estaba en busca de objetos personales. A veces lo hacían mientras las mujeres dormían, y algunas pocas las violaban... Los escalofríos la asaltaban sólo de pensarlo.

Oh, Dios mío. ¿Y si es un ladrón de recetas?, tembló. ¿Y si quiere quitarme las recetas y venderlas? Menos mal que el sótano tiene una combinación especial... Seguro que ha sido esa zorra de Mooney... menuda furcia, ¡vendiendo su cuerpo y su alma con tanta facilidad! El demonio se la trague, pobres gatos... ¿es que no hay piedad en su corazón? No, claro que no, por eso todo el mundo me prefiere a mí. No es más que una sucia, pérfida bruja envidiosa. ¿Qué culpa tengo yo de que la gente me prefiera? ¿De que me regalaran flores el día que inauguré la tienda? Yo no podía saber que ella la inauguraba el mismo día...

» Seguro que ha contratado a un sicario para matarme, violarme y robarme las recetas. Quizá sea su chulo. ¿Pero qué más le daría a él? Ella las va a explotar, si lo sabré yo. Las venderá por ahí y se abrirán franquicias, se harán famosos con mis empanadas y pasteles y entonces perderé el negocio, y me embargarán, y el Sr. Todd la preferirá a ella, a esa gorda granuda, y me quedaré sola. Me quedaré sola, en la calle, pobre, sin un gato que llevarme a la boca... Y cuando me embarguen verán el sótano, e iré a la horca. ¡Pero me los llevaré conmigo, vaya que sí! ¡Y todo por unas malditas flores!

Sentía que no podía respirar bien, tanto pensar la estaba mareando. Sus jadeos se habían vuelto rápidos y desacompasados. Estaba haciendo muchos esfuerzos para no alertar a quien quiera que hubiera entrado, ya fuera Mooney o un perro (aunque mucha diferencia no hubiera), pero la ansiedad y los malos olores siempre le habían jugado malas pasadas. El sudor frío que cubría su piel no hacía más que añadir tensión al momento.

Se acercó a la puerta con extrema lentitud, fijando todos sus sentidos en la habitación frente a ella. Escuchó su colchón chirriar, como si se hubieran sentado. Bien, eso me da el factor sorpresa, se dijo, impaciente.

Respiró hondo una, dos, tres veces, preparándose. Una, dos, tres, se dijo de nuevo, sintiendo que le faltaba la valentía.

—Una, dos, tres... —insistió en un susurro—. Una... dos...

Con pisotones apresurados y mucho nerviosismo irrumpió en la habitación con la intención de golpear a quien fuese. Se detuvo en seco.

—¡Sr. Todd! —sin aliento, de sus labios no salió ningún sonido.

Asustado, se levantó de un salto, sin apartar la mirada de ella. Sonrió con cariño y avanzó hacia él, dejando el rodillo sobre la cómoda, aún tapada con la sábana. Era como un cachorrito... Mordía y ladraba, pero al darse cuenta volvía arrepentido a su lado con sollozos lastimeros.

Se apoyó en el poste junto a él con un profundo sentimiento de cariño en su interior. No había apartado la mirada de la puerta ni un sólo momento, como si un rayo le hubiera atravesado.

Pobrecito, pensó. Cuando se siente intimidado o avergonzado se queda paralizado... Ay... igual que Benjamin.

—Sr. Todd... —comenzó con suavidad, muy arrepentida.

Sabía que le debía una disculpa o jamás podría superarlo. Él pegó un brinco y se alejó, mirándola muy asustado.

— Lo siento... yo... —alzó la voz, intentándolo otra vez. Cuando el Sr. Todd se quedaba bloqueado lo mejor era hablarle con claridad.

Pero se fue corriendo, acobardado. Suspiró, ¿qué iba a hacer con aquel hombre? Era incapaz de mantener una conversación normal con nadie. ¿Cómo iban a solucionar sus problemas de una vez y para siempre? Sentía la urgente y súbita necesidad de aclararlo todo, soltar toda la verdad. Casi toda la verdad.

Dejó todo y le siguió escaleras abajo, pero él apresuró el paso y le perdió al girar la esquina de la calle. Volvió a suspirar, ya le pillaría más tarde. Por el momento debía desmantelar la casa, dejarla como antes y abrir la tienda, aunque fuera unas horas.

Se acercó al calendario y arrancó la última hoja de Agosto. Primero de Septiembre, ¿cuándo iba a celebrar el fin del verano?

—Este mes la caja ha sido buena... —murmuró para sí misma, acostumbrada como estaba ya a hablar sola—. Quizá la segunda semana de Septiembre... creo que sí, a la gente le gustará un pequeño descanso ahora que es la época más dura del año. Es una pena que no haya podido disfrutar del verano... pero ya vienen mis vacaciones.

Sonrió feliz y, tarareando, comenzó a prepararlo todo.

Era una costumbre que había adoptado al abrir la tienda; cuando acababa el verano, entre Agosto y Octubre, hacían una fiesta para celebrar el final del calor y para animar los espíritus de los trabajadores. Era un día de arduo trabajo y precios relajados, con mucha decoración, música y demás cosas que no solía tener a diario, así que resultaba bastante caro. Pero a la gente le encantaba, y como era más barato acudían en masa. Solía tener que contrar a varios mozos para que repartieran pasteles en la calle, ya que la tienda del barbero se llenaba de gente y no daban a basto con tanta carne.

Y después se tomaban unas vacaciones juntos. Alguna vez había conseguido arrastrarle a una bonita casa en la costa, pero habían sido tan pocos días que la felicidad había resultado efímera.

Una idea tonta la golpeó de repente. El Juez iba a casarse... y no quería al Sr. Todd cerca. Le había dicho que sería pronto, que adelantaría la boda a principios de Octubre.

Tengo que hacer coincidir esas fechas, se dijo con determinación y tachó el día límite. Era una analfabeta, pero por suerte sabía contar y los meses y días del año. Si se apuraba se sabía hasta los santo.

Si conseguía arreglar la situación en la que se encontraban antes de la fiesta de fin de verano tendrían suficiente dinero para alquilar otra vez aquella bonita casa de la costa por varias semanas, lo cuál daría el tiempo perfecto al Juez para salirse con la suya...

Se sentía muy culpable con todo el tema del Juez. Cada vez que pensaba en lo que hacía con él durante las tardes sentía pinchazos de angustia en el pecho, ¿pero qué otra salía tenía? Si no obedecía... en el resumen el barbero y ella acababan al otro extremo de una bonita soga.

Tragó hondo y se frotó el cuello. Mejor lejos, por si acaso.

¿Y cómo había adivinado que el Sr. Todd era el Sr. Barker? Maldito viejo zorro... tenía una memoria prodigiosa cuando le daba la gana. Ahora, para otras cosas... Como los aniversarios, nunca había sido capaz de recordar un maldito aniversario. Y para muestra un botón, bufó para sí misma en su mente. Mira que arrestar a Benjamin el día del cumpleaños de su hija... terrible, ¡terrible!


La gente iba y venía con normalidad, nadie reparó en la tardía apertura al público ni en los problemas personales de la Sra. Lovett, los cuáles la habían tenido ensimismada toda la mañana.

—Ahí estáis —bufó al ver aparecer a sus chicas por la puerta.

—Lo sentimos, Sra. Lovett —se disculpó en seguida Mary Ann, adelantándose a las demás y agarrando los delantales del perchero—. Cuando vinimos esta mañana estaba cerrado, y como usted dijo... —empezó a decir, entregando un delantal a cada empleada según pasaban por la puerta de la cocina una a una.

—A callar —gruñó—. Vuestro deber era esperar.

—Pero...

—¡Que te calles! —chilló con una voz muy aguda e histérica—. ¡Ponéos a trabajar de una vez, sucias ratas! —gritó antes de cerrar la puerta de la cocina con un portazo.

Respiró hondo y forzó una sonrisa, tratando de calmarse.

—El servicio —se excusó con una afable mueca ante los clientes que la observaban—, ¡tan incorrectos a veces...!

Todos asintieron, de acuerdo. Esos malditos empleados no sabían comportarse, no eran más que unos vagos que pretendían cobrar por la cara.

Adoptó su puesto tras el mostrados y sacó una libreta y un carboncillo para hacer cuentas. Tenía que empezar a planear la fiesta de fin de verano si quería que todo saliera a la perfección.

¿Qué estará haciendo el Sr. Todd? Se preguntó mientras dibujaba distraída una nota de música en la esquina superior izquierda de la hoja. Recuerdo que le gustó mucho la música del cuarteto de Michael... Quizá pueda contratarlos de nuevo...

—Perdón, ¿Sra. Lovett? —preguntó uno de los clientes, quien se había acercado desde su mesa—. Llevamos diez minutos esperando...

—Sí, perdone —sonrió—. Creo que voy a tener que despedir a alguien... —murmuró para sí misma, pero el pobre joven pudo escucharla y se quedó blanco. La Sra. Lovett soltó una risita—. No se preocupe —le guiñó un ojo.

Se dirigió a la cocina con un enfado que crecía de forma exponencial. ¿Es que no eran capaces de hacer nada a derechas? Les pagaba bien, las condiciones de trabajo, aunque no óptimas eran las mejores por aquel lugar y las dejaba en paz la mayoría del día. Tampoco es que las pegara a diario, y el horario no era muy exigente. Iba a tener que despedir a alguna de verdad, tanto retraso la estaba cansando. Había dos que, sobre todo, eran muy problemáticas. Les encontraría unas suplentes muy rápido.

—Vamos, sucias perras —gritó.

Cogiendo la fusta que tenía colgada a la entrada del sótano (el cual hacía las veces de cocina) y su propio delantal de jefa bajó las escaleras de una en una y de lado, dando fuertes latigazos a las paredes de piedra.

—¡Eloise, Heather! —azotó la barandilla de metal—. ¿Por qué no estáis sirviendo las mesas? ¡Vamos!

—Es Mary Ann, señora —dijo Heather, apareciendo de la habitación contigua muy preocupada—. No se encuentra bien.

La Sra. Lovett respiró hondo y adoptó una mueca seria. Apreciaba a aquella chica, era la mejor de todas y la cabecilla por ello. Si se moría caerían todas como moscas.

—No la trate mal, por favor... —susurró Heather cuando pasó a su lado.

No pudo evitar darle un fuerte golpe en el brazo con la fusta. Heather pegó un salto y se alejó un par de pasos, llevándose la mano al lugar donde la había pegado. Escocía.

—¿Quién te crees que soy? —siseó como el Sr. Todd la había enseñado—. Sube si no quieres recibir uno que te haga herida. ¡Vamos! —le dio en el culo y ahora sí, con un brinco, salió corriendo escaleras arriba.

Sus subordinadas pensaban que era una bruja y lo sabía muy bien; pasear con una fusta entre las cacerolas no le daba una buena reputación, mas sabía que era la única forma de controlar a aquella manada de hienas.

—Veamos, querida —suspiró entrando en el almacén y acercándose al corro de chicas.

Mary Ann se encontraba sentada en una silla, rodeada por Eloise y las dos chicas conflictivas de las que nunca había conseguido aprenderse el nombre. Estaba pálida y con la mirada perdida, jadeando. Parecía muy enferma, como si fuera a vomitar en cualquier momento.

—No os pago para mirar a las musarñas —dio un golpe sobre la mesa, dejando de paso la fusta—. Vamos, vamos.

Una vez se hubieron ido cerró la puerta y se acercó a Mary Ann, que seguía con la cabeza entra las manos, mirando la mesa y respirando con dificultad. Se arrodilló junto a ella y le puso una mano en la espalda, con cariño.

—¿Cómo te encuentras, querida? —susurró.

Mary Ann negó con la cabeza. Estaba tan pálida que parecía que iba a desmayarse de un momento a otro. La Sra. Lovett le puso la mano en la frente, inquieta. La pobre mujer estaba sudorosa y muy caliente.

—Cariño, tienes fiebre —le acarició el pelo y la obligó a moverse—. Ven, ¿estás mareada? —ella asintió—. Vale, no te preocupes. Ven.

La cogió por las axilas y la obligó a tumbarse en el suelo. Era un lugar muy frío ya que estaban junto a las alcantarillas, aisladas de las cocinas. Colocó unas bolsas de harina bajo su cabeza para que estuviera cómoda y le desató el corsé. Poco a poco la pobre mujer empezó a respirar mejor. Los ojos llenos de sufrimiento y lágrimas de Mary conmovían profundamente a la Sra. Lovett, que estaba sentada a su lado, acariciándole la frente para calmarla.

—Gracias... —susurró cerrando los ojos.

—De nada. Tranquila —insistió y acercó un cubo de metal—. Si tienes que vomitar puedes hacerlo ahí, ¿de acuerdo? ¿Estás mejor?

—Un poco... ¿Cree... cree que me esté muriendo? —sollozó.

—No —sonrió, aunque no podía evitar cierta aflicción en su voz—. No, cariño, no te estás muriendo. Los vapores de la cocina te habrán mareado, nada más. Escucha —se incorporó y se puso de rodillas—. Voy a salir un momento, ¿de acuerdo? Voy a ir a por unas hierbas para hacerte una infusión. Me llevaré a la pequeña Alice para que te lo traiga cuanto antes y yo me quedaré un poco más para aprovechar y llenar el almacén. En cuanto te pongas mejor organizaremos la fiesta de fin de verano, ¿de acuerdo? —se puso de pie—. Descansa, duerme un poco.

—Pero... el trabajo...

—No te preocupes, trabajas mil veces más que las demás. Te mereces un descanso —acarició su frente antes de salir—. Te voy a cerrar con llave para que no te molesten —le guiñó un ojo.

Dejó la tienda a cargo de Eloise y Heather antes de subir a por sus cosas y partir hacia el mercado con la pequeña Alice. Era una niña la mar de dulce que limpiaba las mesas al cerrar y que se ocupaba de pelar las patatas y atender a las cocineras. Apenas tendría doce años, pero era muy eficiente. Ella y Mary Ann eran sus favoritas, las demás de no ser porque necesitaba personal no estarían ahí.

Cogió su pelo con suavidad, sacándoselo de la chaquetilla que tenía al tiempo que giraban la esquina hacia el mercado. Estaba a bastante distancia, por eso tenía que aprovechar ahora que había salido de la tienda para comprarlo todo, pero Alice sería capaz de volver con mucha rapidez.

—¿Por qué es tan dura, Sra. Lovett? —preguntó la niña, cogida de su mano y tratando de seguir su paso.

—¿Dura, tesoro? —inquirió mirándola sorprendida.

—Sí... en la cocina... —bajó la mirada. Era una niña muy tímida—. No lo es tanto conmigo ni con Mary Ann, pero con las demás...

—Querida, las mujeres a veces tenemos que imponernos unas a otras para que el trabajo se haga. No es que no las aprecie... es sólo que son unas vagas. Ya lo entederás cuando seas mayor —acarició su cabeza por encima de su sombrerito de salir.

Llegaron al mercado poco después. La Sra. Lovett sabía dónde comprar las hierbas y, por suerte, no había mucha cola, así que no tardó en adquirirlas.

Fue un segundo, lo que se tarda en girar la cabeza para observar el panorama, un gesto instintivo, pero le vio. En medio de la plaza, cinco puestos más allá, James mantenía una alegre conversación con el Sr. McAllen, su prometido hasta la fecha, como si fueran amigos de toda la vida. No podía creérselo, creía haberle dejado claro que no debía acercarse a él. Si descubría su extraña relación, James estaría perdido.

Andrew era un hombre muy influyente, tenía muchos contactos en la policía y, según se rumoreaba, con varias mafias. No habían sido pocas las intrusiones cuando tenían una cita o quedaban para tomar el té. Era un hombre de negocios y eso era lo que le gustaba a la Sra. Lovett. Era agradable, amable con ella y la trataba bien. Él necesitaba una mujer y ella mejorar su imagen en la sociedad; que estuviera ocupado no era más que otra ventaja para la Sra. Lovett.

Pero si se enteraba de lo de James...

—Alice, toma esto y llévaselo a Eloise, dile que le haga una infusión a Mary —susurró dándole la bolsita con hierbas a su pequeña acompañante, sin apartar un segundo la mirada de ellos.

Alice asintió, la cogió y salió corriendo. La Sra. Lovett apenas se percató de ello, ya estaba avanzando para esconderse detrás de unos puestos. No le gustaba espiar a la gente, no era lo suyo... ella utilizaba otros métodos para conseguir información.

No hay opción, se dijo a sí misma, suspirando.


—No me lo puedo creer, ¡no me lo puedo creer! —gritó al tiempo que escapaba a paso apretado de la multitud.

—Pero... Margaret, déjeme que se lo explique —suplicó siguiéndola.

—¡No, no! ¡Nada de Margaret! ¡Sra. Lovett para ti, desvergonzado! —se paró un segundo y se giró a mirarle.

La gente se había parado a escuchar su conversación, debía mantener la compostura, fingir que ella era una dama.

Le dio una bofetada.

—Puedo explicárselo —insistió, llevándose la mano a la dolorida mejilla.

—No hay nada que explicar, Sr. Rhydel. No vuelva a acercarse a mi tienda —le amenazó con el dedo antes de retomar su camino.

No la siguió, un poco aturdido por la bofetada y cohibido por la mirada acusatoria de todos los presentes. Era mejor dejarla sola unos días para que lo asimilara. Estaba seguro de que en cuanto se tranquilizara vería todo con una perspectiva mejor.

Trató de no correr, pero sus pies la traicionaban. Sólo quería refugiarse en su habitación y llorar, dolida. No era su estilo, nunca lo había sido; tumbarse en la cama a llorar era una de las mayores idioteces que una mujer podía hacer, no era productivo. Mas, en ese momento, lo necesitaba. Necesitaba tirarse en cualquier lado, abrazarse a un cojín y dejarse llevar por sus sentimientos, los cuales no tenía demasiado claros. ¿Cómo iba a aclararse cuando todo a su alrededor estaba patas arriba? Ya no era por quejarse de los cadáveres... era algo que con un par de copas de más había conseguido superar.

Es todo lo demás, suspiró en su mente. El Sr. Todd, ahora lo de James, Ann...

—Ann —se acordó de repente.

Disminuyó el paso poco a poco hasta quedarse parada en medio de la calle, mirando el horizonte con los ojos perdidos. ¿Cómo había podido olvidarse de ella? ¿Qué clase de amiga era? ¿Era humana, siquiera? Empezaba a sentirse muy descolocada, como si la gente y ella no llegaran a encajar del todo. ¿Qué le estaba pasando?

¿Me estoy volviendo como el Sr. Todd?, se preguntó asustada. No quiero... no quiero ser como él...

Se le saltaron las lágrimas al pensarlo. Ella no quería ser como el Sr. Todd, no quería volverse una amargada misántropa encerrada en su habitación alejada del mundo, con recurrentes pesadillas martilleando su cabeza y demás turbios problemas mentales...

Salió corriendo hacia la tienda. Tenía que estar con Ann, demostrarle su apoyo y ayudarla para que se recuperase. Necesitaba demostrarle al mundo que no era así, que podía comportarse como una persona normal aunque empezara a dudar que dichas personas existieran.

Cuando llegó Mary Ann se había ido a casa del brazo de su marido, algo mejor pero todavía débil. Suspiró y decidió cerrar la tienda durante el resto del día. Perder a una empleada no era un gran problema, pero tenía la imperiosa necesidad de empezar a cambiar las cosas por allí.

—Bien, chicas golpeó la mesa con su fusta de cuero negro trenzado, una de sus adquisiciones favoritas; aquella en especial las asustaba mucho—. Mary Ann, como sabéis, se ha puesto enferma y estará fuera unos días. No puedo arriesgarme; quiero que todas paséis por la casa de socorro esta tarde y os hagáis un chequeo. Tú y tú —señaló a las dos problemáticas—, no hace falta que paséis, estáis despedidas.

Se quedaron tan pasmadas que no acertaron más que a pasar por su lado dándole fuertes golpes con el hombro. Nunca habían sido amables, de todas formas.

—Alice, gracias por hacerme el favor —sonrió acariciándole la mejilla—. Toma esto, dáselo a tu madre para que te lleve a la casa de socorro, ¿sí? —le dio una pequeña bolsita con un cuarto libra, lo cual ya era bastante dinero—. Bien, todas a limpiar. Aseguráos de que no queda una rata viva; mejor minimizar los riesgos.

—Pero... Irvine era la única que no tenía miedo a los ratones... —susurró Eloise, muy tímida ella.

—Tendréis que arreglároslas sin ella. ¡Vamos! —golpeó la mesa con la fusta y, con un brinco, todas se pusieron al trabajo.


—Hoy he despedido a Irvine y Rosemary —comentó tras limpiar la última navaja—. Eran problemáticas, ¿sabe usted? No podía encargarles nada, ¡todo eran quejas! Una vez les dije que me cuidaran las flores de la ventana, porque se estaban marchitando y yo tenía que ocuparme de las mesas. ¡Pues nada! —hizo un dramático gesto con las manos y tiró el trapo sobre el sillón—. Que si menuda mandona, que para qué quiero flores si no puedo cuidarlas yo misma, que no le hace nada bien al negocio... ¿Qué sabrán ellas de negocios? —sonrió acercándose a él y apretándole los hombros con cariño, pero él se deslizó hacia delante y se sacudió, molesto.

Aquella tarde había decidido cancela todas sus citas y estar con el Sr. Todd en su casa. Él a ignoraba, como si no existiera, pero como no era la primera vez que le hacía el vacío, ella seguiría intentándolo.

—Las flores se murieron, claro —suspiró siguiéndole a la trastienda—. Pobrecitas, como si hubiera llegado el Otoño. Podría ponerle unas aquí, ¿sabe? Usted nunca tiene muchos clientes, seguro que les alegra ver algo de vida en este local. Claro —rió para sí misma doblando y arreglando la manta del sillón—, deben de olerlo. Son como los gatos, supongo, en seguida saben dónde están las ratas. Normal, esas pequeñajas y sus enfermedades... ¿Sabe que Mary Ann se ha puesto enferma? Estaba muy pálida, con fiebre y náuseas... ¿Qué cree que pueda ser? Yo creo que está embarazada, pero tampoco soy una experta... y por lo que tengo entendido mucha actividad con su marido no ha tenido... a no ser que... —lo dejó en el aire y colocó los vasos en su sitio—. Cielo, ¿usted ha vuelto a...? Bueno... ¿ha tenido relaciones desde...?

—Yo nunca te sería infiel, mi amor... —fue apenas un murmullo el que escapó de sus labios, y al otro lado de la sala era difícil distinguir su voz, pero le había escuchado.

Sonrió.

—Usted sabe que no hay otro en mi corazón, tesoro —le guiñó un ojo, aunque él no pudo verlo porque ni siquiera la miraba.

Siguió tratando de hablar con él hasta la hora de la cena, pero no consiguió arrancarle ni una frase más.


Estaba confusa, tan confusa que se hería a sí misma. Se había quedado despierta toda la noche para llegar a la conclusión de que quería al Sr. Todd, le amaba. No sabía si era su cara rígida, su difícil personalidad o la extraña relación que mantenían, pero desearía pasar el resto de su vida con él. Una vida sin muertes ni jueces, a poder ser. Pero, ¿y James? Él era un tipo normal, con un trabajo interesante, inteligente, cariñoso con ella... Todo lo contrario al barbero. Y también la agradaba. Sin embargo, con él no había estado más que unas cuantas tardes, de las cuales la mayoría habían tenido lugar en su alcoba.

¿Tan enamoradiza soy?, se lamentaba entre las cálidas sábanas de su cama, arropada por los cojines. ¿O es que estoy muy desesperada? El Sr. Todd... yo sé que él me aprecia, me lo demuestra más de lo que a él le gustaría, pero... ¿y si nunca deja su pasado atrás? ¿Seré capaz de casarme con alguien a quien no amo sólo para mantener las apariencias mientras le espero? ¿Y si es para siempre? Con James tendría una mínima esperanza... podría tener una vida agradable... Quizá no como la que he soñado, pero... me adaptaría. Y el Sr. Todd podría venir de visita cada poco, o vivir con nosotros. Si nunca llega a superarlo, al menos me tendrá cerca...

Decidió que si quería averiguarlo tenía que coger al toro por los cuernos. Le había dejado aquel día para asimilar el beso, pero si quería llegar a su interior tenía que pegarse a él e ir abriéndole por capas, como a las cebollas, y no le importaba lo mucho que tuviera que llorar para ello. El pobre hombre estaría alucinando ya, ¿cómo de malo podía ser esta vez? No digería nada bien las malas noticias.

Se vistió y bajó a abrir la tienda como cada mañana, cansada. No tenía ganas de hablar con nadie, sólo de resolver sus problemas, pasar como fuera el tiempo hasta la fiesta de fin de verano y llevarse al Sr. Todd lejos. Un descanso... ¿cuánto hacía que no tenía uno de esos?

—Sra. Lovett —alguien sacudió su brazo. Se había quedado ensimismada mirando la libreta donde hacía las cuentas—. ¿Me atiende de una vez?

Levantó la mirada, apagada, para encontrarse con un hombre bajito y gordo de mirada dura e inquisitoria. Le reconoció al instante; era el mismo policía que se había encontrado a principios de Agosto en la calle del Sr. Todd, escoltando al Juez Turpin.

—¿Qué quería? —preguntó sin mucho interés, acercando uno de los papeles en los que envolvía la comida para llevar.

—Un Shepherd's Pie, por favor —señaló el plato con dichos pasteles de carne—, y si fuera tan amable de indicarme dónde queda Hen and Chicken's Court...

Un escalofrío recorrió su espalda. No parecía estar de servicio, pero estaba bajo el mando del Juez... No le daba buena espina.

—¿Sabe qué? —arregló una sonrisa al tiempo que le daba su pastel—. ¡Eloise! Quédate al cargo de la tienda —gritó al tiempo que abandonaba el mostrado—. Venga conmigo, buen hombre. Un valioso amigo mío posee una barbería en esa calle, le acompañaré —le puso la mano en la espalda, guiándole hasta la entrada—. Sweeney Todd, ¿le conoce?

—No tengo el placer, pero cuál coincidencia... iba a pagarle una visita...

—Perfecto, entonces —sonrió saliendo de la tienda—. Apenas son setenta metros. Por aquí —señaló el final de la calle—. Le convenceré de que le afeite gratis, ¿de acuerdo?

—Claro —contestó.

El hombre mordió su pastel con un hambre voraz. La Sra. Lovett tuvo que reprimir varias arcadas; no sabía qué era más asqueroso: que era un cerdo o que comía como un cerdo.

Trató de sonsacarle información sobre su visita al Sr. Todd, mas no soltó prenda. Sus respuestas eran evasivas y a menudo irrespetuosas, como si no fuera más que un cacho de carne andando por la calle. Todo él le causaba repulsión.

Diez metros más, Margaret... se dijo, reprimiendo otra arcada.

El hombrecito llamó a la puerta del Sr. Todd con insistencia, pero éste no acudió a abrirle.

—Entre directamente, hombre —rió ella—. Al Sr. Todd no le importa; quizá esté ocupado.

—Está bien —masculló mirándola con rabia y los últimos retazos del pastel todavía en la boca.

Aguantó el nudo y le siguió escaleras arriba, cerrando la puerta y, aprovechando que se alejaba, echó la llave y dio la vuelta al cartel.

Sr. Todd —escuchó en el piso superior—. B. me ha pedido que le traiga esto.

—Siéntese —contestó el barbero.

¿Quién es B.?, se preguntó intrigada, subiendo los primeros escalones con cautela para no interrumpir su intimidad.

—Debería irme, Sr. Todd —quiso sonar determinado, pero la Sra. Lovett sabía que en realidad lo que estaba era intimidado por el Sr. Todd.

—Déjeme afeitarle... paga la casa. Es mi forma de agradecerle —insistió el Sr. Todd.

—Si insiste...

—El más apurado que jamás pueda tener.

En cuanto escuchó aquellas palabras supo lo que iba a pasar a continuación. Quiso detenerle, subir a todo correr y avisarle de que era un policía al servicio del Juez Turpin, pero no tuvo tiempo. Cuando llegó a la barbería el Sr. Todd estaba asestando el golpe de gracia.

Lo hizo con tanta saña que le levantó parte de la piel del cuello.

Ahogó un jadeo por la impresión, teniendo que apoyarse en la pared para no caerse. A veces era tan... sádico. Le revolvía las tripas. Se quedó allí mientras terminaba el trabajo y corría a darle a la palanca de la trastienda, pero le siguió al sótano cuando bajó. Tenía que hablar muy seriamente con él, no podía ir asesinando a lo loco como si tal cosa. Estarían en un gran lío si alguien sospechaba.

No le dio tiempo a decirle nada; el Sr. Todd ya estaba desvistiéndose para descuartizar el cadáver. Se quedó en la escalera para darle algo de privacidad y decidió que lo mejor era salir un momento. Supuso que cualquier otra se hubiera quedado a mirar qué escondía el misterioso barbero con tanto ahínco bajo la ropa, pero ella no era de esas. Prefería esperar a la sorpesa.

De pronto empezó a escucharse mucha actividad, así que volvió dentro, alarmada. Le vio correr de un lado a otro, poniendo las cosas en bolsas. No sabía muy bien qué pasaba, pero por sus ojos desorbitados y sus murmullos sin sentido dedujo que estaba aplicando el Protocolo 1.

Agarró un par de bolsas y le siguió a través de las catacumbas. ¿Podía ser? ¿Les habían descubierto? ¿Es que el policía aquel llevaba algún documento que dijera tal cosa? Se mantuvo en silencio, pensativa. ¿Quizá James...? Pero él no sabía nada, no era posible.

—No sabía que eso estaba ahí... —comentó, ayudándole a vertir el oro detrás de un muro falso, justo junto a su horno industrial.

No le contestó, así que lo más seguro era que llevara utilizando ese escondite mucho tiempo. Quizá no quisiera saber para qué...

Utilizaron toda la noche para transportar las cosas, siempre en riguroso silencio, atentos a cada ruido.

—¡Eso es para los pobres! —se quejó en uno de los últimos viajes al ver que quemaba la ropa que habían estado guardando para la caridad.

—¡Cállate! —bramó sin mirarla.

Se quedó sin habla y tuvo que obedecer, entendiendo que era por el bien de ambos, no por eso menos entristecida al contemplar la esperanza de tantos niños reducida a cenizas. Suspiró y le siguió de vuelta a la casa. Estaban agotados, tanto esfuerzo físico iba a ser demoledor para sus cuerpos. Lo peor era que todavía no sabía por qué se habían pegado aquella paliza.

Se arrastraron escaleras arriba. Mientras el Sr. Todd colocaba campanillas en las puertas (lo cuál tampoco entendía), aprovechó para cambiarle las sábanas de la cama. Estaban tan sucias que chorreaban el sudor de sus pesadillas. Lo dejó preparado con mucho cariño y salió de la habitación antes de que regresara. Cuando estuvo segura de que se había cambiado y acostado, volvió a entrar, haciendo que las campanillas sonasen.

El Sr. Todd la miró muy asustado y se desmayó.

La Sra. Lovett sonrió.

—Descansa, tesoro —susurró antes de que perdiera el conocimiento—. Nos vemos cuando despiertes...

Se acercó y le beso con ternura en la frente.


Mary Ann regresó al trabajo aquella misma mañana, diciendo que se encontraba mucho mejor. La Sra. Lovett le insistió mucho para sabes si así era, pero la verdad era que se sentía aliviada de tenerla de vuelta. Nunca se había fiado demasiado de Eloise y si quería pasar más tiempo con el Sr. Todd tendría que dejar la tienda al cuidado de alguien.

Al menos, de aquella forma, Mary Ann no tendría que moverse tanto ni estar en la cocina.

—Buenos días, corazón —exclamó entrando en la barbería del Sr. Todd a primera hora de la mañana, mirando al piso de arriba como si él fuera a contestar o asomarse—. Hola, Mathew —sonrió al ver al pequeño niño barriendo distraído junto a la puerta del pasillo.

Le apretó el hombro y Mathew le dedicó una sonrisa. Tobías pasó veloz a su lado, sin darle chance a subir una sola escalera.

—Buenos días, señora —hizo una pequeña reverencia antes de correr escaleras arriba.

—¡Buenos días! —saludó, pero el niño ya estaba arriba—. En fin, querido —le dijo a Mathew, acariciando su pelo rubio—, hombres, ¿verdad?

Mathew se encogió de hombros y continuó su tarea.

Cuando coronó las escaleras Tobías ya volvía corriendo, escaleras abajo. Suspiró divertida, ¡menudo culo inquieto! Siempre corriendo de un lado al otro, nervioso como si le fuera la vida en ello.

—Sr. Todd —comenzó dejando su chaqueta en el perchero de la pared junto a su sombrero de salir—. ¿Qué le ha...?

—Lo primero que tienes que saber, chaval —la cortó, haciendo como si no estuviera allí y ordenando su cómoda—, es que los clientes quieren hablar. Así que... dame charla.

—Pero... Sr. Todd... —susurró inseguro, mirando nervioso a la Sra. Lovett.

—¿Qué?

Tobías pegó un respingo.

—... dijo que me dibujaría una sonrisa en la cara si hablaba, señor... —comenzó.

—¡Sr. Todd! —exclamó la Sra. Lovett, escandalizada—. ¡Pobre niño! ¿Cómo le dice esas...?

—No digas tonterías, Toby. Yo nunca diría eso —volvió a cortarla y lo dijo con tanta seriedad que parecía verdad.

Pero no lo era. Ella sabía que no lo era, volvía a mentir y sólo lo hacía para no escucharla. Se dio con un canto en los dientes; al menos empezaba a tenerla presente.

—S-Sí, señor... ehm... —parecía no saber muy bien qué decir o por dónde empezar. La Sra. Lovett se le acercó por detrás con una cálida sonrisa y le apretó el brazo, queriendo darle ánimos. Toby se relajó un poco—... ¿qué va a enseñarme hoy? —preguntó tomando inseguros pasos hacia el barbero.

—Me verás afeitar y empezarás a manejar mis herramientas. Ven, quiero veas algo. Vamos, chico, no tengo todo el día.

Con aquellos ojos rojos e insistentes el Sr. Todd daba verdadero miedo. Sólo recordaba haberle visto así un par de veces antes, y todas ellas tenían que ver con alucinaciones. Se acercó preocupada, ¿qué estaría viendo? Siempre lo habían hablado... ¿por qué no era capaz de dejar las rencillas atrás y hablar con ella?

— El orden, Tobías, es muy importante. Mantendrás esto ordenado de esta forma. Siempre. ¿Lo has entendido?

—Sí, señor.

—Buen chico. Cuando venga Mathew con los ingredientes para la crema de afeitar te enseñaré a prepararla. Ahora quiero que limpies la silla. Ten cuidado —le advirtió.

Suspiró y le puso la mano en el hombro. Aun si no quería hablar con ella, al menos estaba haciendo algo bueno por el chico. No sabía por qué, pero tenía la sensación de que el Sr. Todd estaba tratando de cambiar, cambiar de verdad. Quería pensar que había sido el beso lo que le había hecho reaccionar y comprender que no podía continuar toda su vida de aquella forma, matando gente, haciendo sufrir a los demás... Pero no quería aventurarse y luego salir escaldada.

—Es tan tierno que le enseñe, Sr. Todd... —sonrió con cariño.

Estuvo con él hasta que cerraron la barbería un poco a regañadientes. Le apretó la mano al tiempo que ella misma echaba la vuelta al cartel, pero él la apartó, cogió su chaqueta y se fue, dejándola sola. Un suspiro escapó de sus labios por enésima vez aquel día. ¿Es que no iba a volver a hablarla en la vida? Tenía que haber alguna forma de que la perdonara... Tampoco era para tanto. Ella no había querido injuriar a su pequeña y querida Lucy, pero... Tenían que continuar su vida, ¿no? No podían estar siempre tan anclados en el pasado.

No es sano, se dijo a sí misma. ¿Y sabes qué tampoco es sano? ¡Un pastel! ¡Al Sr. Todd le encantan los pasteles!, recordó recuperando la jovialidad de apenas unos minutos. Le haré un gran pastel de chocolate.

Se puso manos a la obra y terminó bastan te pronto, animada por la inspiración y por el hecho de que quizá así se ganara un huequito en el frío corazón de piedra de su amado. Se sentó dispuesta a esperarle junto al pastel, emocionada.

Un poco después llamaron a la puerta. Era un pequeño muchacho pecoso y pelirrojo, tan joven que le faltaban varios dientes. Le entregó una misiva y se fue corriendo.

Qué dulce, sonrió para sí misma. Quizá... dentro de unos años... Bueno, aunque yo no puedo... Es igual.

Encontró que una carta junto al pastel, aunque ella no pudiera leerla puesto que no sabía, mejoraba mucho la presentación. Se aprovechó de eso y volvió a sentarse.

No debería de tardar mucho, ¿a dónde habría ido? Suspiró golpeando la superficie de la mesa con las uñas, intranquila. Comenzaba a lloviznar fuera y, según el reloj, ya eran más de las doce. ¿Dónde se habría metido?

Por fin sonó la campana de la entrada una hora después. Salió muy preocupada de la cocina para recibirle (ya que estaba al lado de la entrada), y con los brazos en jarras le preguntó con mucha severidad, casi abordándole de inmediato:

—¿Dónde estabas?

Escuchó que bufaba y dejó el abrigo, calado hasta su última fibra, en el perchero de la entrada.

—No deberías dejar eso ahí, ¿sabes? Se va a humedecer el suelo...

Había estado tan preocupada por él que se había olvidado hasta de las formas. Sólo quería asegurarse de que estaba bien.

—Lucy... —comenzó, helándola la sangre—. ¿Por qué no me dejas en paz?

¿Lucy? ¿Desde cuándo...? ¿... entonces...?

Fue como si un balde de agua fría le hubiera caído sobre la cabeza. ¿Cuánto tiempo llevaba pensando que era su difunta mujer? ¿Había estado todo aquel tiempo creyendo que no era más que una alucinación? ¿Estaba su mente tan frustrada que había eliminado su cuerpo de la ecuación y el entorno de una forma total? La Sra. Lovett sentía que no podía respirar. ¿Cómo iba a hacerle frente a eso? ¿Cómo iba a traer al Sr. Todd de vuelta si ni siquiera era capaz de verla?

—Pobre Sra. Lovett... —escuchó que comenzaba a decir, con un suspiro—. ¿Sabrá ella que el tal James Rhydel es en realidad el hijo del Sr. McAllen? —rió con una amargura que perforó el corazón de la panadera.

—¿Q-Qué? —se atrevió a decir, indecisa.

—Sí, Lucy —asintió clavando de nuevo el tenedor en el pastel—. Y... estoy seguro de que se ha enamorado de él. Esta mujer... no consigo que asiente los pies en la tierra —suspiró—. Es una pena que tenga que matar al muchacho... parece que tiene madera de detective. En fin, supongo que se ha relacionado con la mujer equivocada...

—P-Pero... no puede...

—Claro que puedo, Lucy, mi amor —le guiñó un ojo—. Claro que puedo.


Sentía escalofríos cada vez que se acordaba de aquella conversación. No había vuelto ni pensaba volver a casa del Sr. Todd, no podía. Sabía que era una enfermo mental y que su cordura pendía de una cuerda, pero no podía soportar la idea de ser comparada con Lucy. Ella jamás podría superar su distorsionado recuerdo; Lucy siempre sería perfecta, inocente.

Nada más lejos de la realidad, se dijo y aplicó un poco más de colorete a sus mejillas. Si el Sr. Todd supiera...

Si supiera que Lucy Barker era la más coqueta del barrio, que fue ella la que la obligó a entrar en el negocio del sadismo para costearse las empanadas. Al principio quería ser su madame, prostituirla a lo largo y ancho de Londres, pero la Sra. Lovett nunca accedió a aquello y Lucy no se lo perdonó en la vida. Desde entonces, la mujer del Sr. Barker había empleado cada segundo de aliento en hacer su vida imposible, denigrándola frente a su esposo.

Lucy sabía muy bien la amistad que unía a la Sra. Lovett, viuda reciente de Albert J. Lovett, con su marido, el Sr. Barker, casi desde la infancia. No entendía muy bien el lazo que les unía, pero sin lugar a dudas la Sra. Lovett era una amenaza para su matrimonio. Nunca supo por qué la veía así, y aunque Benjamin lo negaba una y otra vez y no tomaba parte en las riñas que a veces tenía, no quedó más que confirmado con el nacimiento de Johanna.

La pequeña trajo alegría y luz a la morada de los Barker, los cuales sufrían una pequeña crisis en aquellos momentos. No volvió a ver a Ben.

Por lo que se enteró meses después, habiendo sido la madrina de Johanna en el bautizo, Lucy le había pedido a su esposo que no volviera a hablarla ni a mirarla después de que él dejara a la panadera como tutora de la niña en caso de que les pasara algo. En un par de ocasiones consiguió alcanzar al barbero en la calle, mas siempre que se encontraban él parecía nervioso y esquivo.

La Sra. Lovett tuvo que rendirse ante la evidencia de que había perdido a su único amigo.

Y entonces llegó el juez Turpin. Nunca supo a ciencia cierta qué era lo que tenía Lucy que atraía tanto a los hombres; quizá fuera su aire inocente, que dejaba entrever a los hombres la zorra que en realidad llevaba dentro, o puede que fuera su cálida y simple charla, pero los traía de calle.

Cuando Turpin se encaprichó de ella las cosas no podían ir sino a peor. Eventualmente, Benjamin acabó encerrado y deportado a Australia. Lucy le cedió a Johanna, que tenía tres años, a regañadientes para ir a despedirse de Benjamin al puerto. No pudiendo soportarlo más, decidió que ella también iría aunque fuera desde la lejanía. Necesitaba ver al amor de su vida una última vez, decirle adiós de una forma apropiada; sabían que lo más probable era que muriera en las minas de Australia antes de cumplir su condena.

Pero Lucy no estaba entre el grupo de gente perteneciente a los familiares.

La Sra. Lovett cerró los ojos con fuerza, reprimiendo una lágrima al tiempo que evocaba las dolorosas imágenes.

Fue un día muy triste y gris. Las nubes encapotaban el cielo, recelosos de soltar sus lluvias todavía, como si esperaran al momento oportuno para amargar la tarde. Los reos avanzaban en fila hacia el barco, unidos con cadenas que ataban los grilletes, siguiendo la marcha de un tambor.

A través de los gritos de algunos insensibles, les permitían despedirse de conocidos y familiares antes de subir a bordo.

—Margaret... —había susurrado Benjamin Barker al verla en las primeras filas junto al barco—. Has... has venido... —frunció el ceño—. Johanna... —se quedó sin aliento al observar a la pequeña en sus brazos, mirándole sin comprender muy bien lo que pasaba, pero llorando porque sabía que su padre se marchaba—. No, no... no lloréis —suplicó borrando las lágrimas de ambas con la poca movilidad que los grilletes permitían.

—Te esperaremos —había conseguido decir entre sollozos—. Sa... Sabemos que tú no... —era incapaz de hilvanar algo con sentido, pero él entendió al instante y asintió.

—¿Y Lucy? —preguntó esperanzado, buscándola con la mirada. La Sra. Lovett negó con la cabeza—. Entiendo... —susurró besándola en la mejilla a ella y a su pequeña. Tiraban de él para que retomara la marcha—. ¿Cuidarás de ellas? —suplicó.

Uno de los carceleros tiró de sus cadenas y le pegó en la espalda, haciendo que tropezara y tuviera que levantarse.

—¡Cuida de ellas! ¡Por favor! ¡Prométeme que cuidarás de ellas! —gritó desde la borda, arrastrado por los guardias.

La Sra. Lovett asintió, incapaz de contestar.

Suspiró, limpiándose el maquillaje para volver a empezar. Cada vez que lo recordaba no podía evitar que se le saltaran las lágrimas. Le había querido tanto. Había hecho tantas cosas por él... y sin embargo era incapaz de asumir que su querida Lucy le había abandonado, ido, desaparecido. No había sido ni buena esposa ni amiga, pero él eso no quería verlo. Para el barbero siempre sería «la perfecta y adorable Lucy, un ángel caído de los cielos».

Si supieras que una semana después de su arresto ya dormía en los brazos de tu verdugo...

Negó con la cabeza. Nunca iba a asumirlo, no iba a conseguir que cambiara de opinión sobre aquello. Aunque siempre había albergado la esperanza de hacerle sucumbir a sus encantos, de que comprendiera que con el tiempo podrían superarlo y adaptarse.

Si Lucy no hubiera sido tan puta, rió con amargura al tiempo que repasaba la línea de los párpados. Tanto zorrear a los hombres le valió una muy merecida venérea; sí, señor. No es que me alegre del mal ajeno, pero... se lo merecía, por buscona. Cuando se dio cuenta de lo que había perdido ya era demasiado tarde: su cuerpo sucumbía ante los efectos de la viruela francesa. Una pensa... eso hizo que perdiera la mollera definitivamente.

—¿Por qué lloras? —las ásperas palabras del Juez llegaron a sus oídos. Sintió su mano en el hombro, bajando por su brazo.

—Por nada, señor —contestó negando la cabeza—. He debido tocarme el ojo con el lápiz —se excusó.

—Veamos —la obligó a mirarle, tomando su barbilla—. No, lo tienes bien.

—Me alegro —marcó una sonrisa falsa y se levantó, caminando hacia la ventana—. Es sólo... —Turpin exhaló con pesadez a su espalda.

—¿Qué, Margaret?

—Me acordaba de Lucy —confesó jugando con el cristal de su ventana, cohibida.

—¿Lucy? ¿Otra vez? —gruñó—. Ella está bien, ya lo sabes. Y Johanna también. ¿Es que el barbero sabe algo? —se puso alerta.

—No, no —se apresuró a tranquilizarle—. No sabe nada... de hecho dudo que pueda saber nada... no se encuentra muy bien últimamente...

—¿Entonces? ¿Qué es? ¡Habla, mujer!

—¿Por qué...? —comenzó, dudando de si era conveniente mencionarla en aquel preciso momento. Tras una extenuante sesión de purga el Honorable Juez Turpin se podía poner muy irritable—. ¿Por qué ella?

Se giró a observar la respuesta del hombre, que miró al suelo y se encogió de hombros como si no tuviera importancia.

—Es nuestra última sesión, Margaret... ¿de verdad quieres sacar ese tema ahora?

—Sino cuándo, ¿eh? —se aventuró a decir—. No creo que me dejen siquiera pisar tu calle, como para mencionarla. Estoy segura de que has ordenado el encarcelamiento de cualquiera que diga su nombre en tus dominios.

El juez emitió una carcajada y asintió.

—Así es.

Estaba sentado a los pies de la cama, con las piernas colgando por el borde. Era tan... humillante. Resultaba extraño. Aun en calzones y camiseta interior, el Sr. Turpin era capaz de transmitir una sensación de seguridad y elegancia impresionante. Le hacía casi... excitante.

Su cara no había perdido el atractivo de antaño, pero su cuerpo desde luego sí. No estaba tan fuerte como el del Sr. Todd, se había ido dejando poco a poco, sin llegar a algo exagerado. Al menos parecía en buena forma y sano.

Se mordió la uña, nerviosa, mientras le observaba desde la ventana. Sería tan fácil rendirse al pecado... Disfrutar de una última vez antes de que todo acabara... Echaba de menos tener a alguien cerca sin ningún tipo de compromiso.

Y Dios sabe que con James éso no es posible...

—¿Por qué me miras así, mujer?

El Sr. Todd no tiene por qué enterarse... es por su bien, me ganaré al juez... verá que estoy de su parte... no le hará nada...

—Estaba preguntándome... —susurró, melosa—. Estaba preguntándome sí, ya que esta es su última sesión, ¿no sería adecuado cerrarla con un broche de oro?

Flexionó la rodilla apoyándola a un lado suyo y, cargándose en su hombro, se sentó a horcajadas encima de él. Él sonrió y en sus ojos apareció la mirada de hambrienta y lasciva lujuria que ya pocas veces asomaba.

—¿Una última vez, Margaret? Creía que habíamos superado aquella etapa —susurró colocando cada pierna a un lado del poste de la cama y apoyando a su acompañante sobre él.

—Supongo que nunca se supera al gran Juez Turpin... —contestó antes de entregarse.


El sol la cegó cuando salió de su casa al día siguiente. ¿Cómo podían estar todos tan felices? ¿Es que no entendían lo que había pasado? Deberían estar tirados por el suelo, amargados por las asquerosas y miserables vidas que llevaban, no disfrutando del Domingo y del buen tiempo.

Gruñó cuando la saludaron en la entrada de la iglesia. No esperaba verle, pero albergaba cierta esperanza de que se sentara a su lado.

El cura comenzó a hablar del Antiguo Testamento y no pudo sino dejar que su mente volara a los acontecimientos del día anterior

Había sido bochornoso. El Sr. Todd había elegido el peor momento para entrar, justo cuando estaba terminando. El gemido de éxtasis que había escapado de su boca de forma involutaria se había quedado grabado a fuego en la mente de la panadera junto a su semblante de puro dolor y traición.

Apretó inconsciente su muñeca en el regazo, intentando no llorar. ¿Cómo había podido hacerle eso? ¿Cómo había podido fallarle de aquella manera tan rastrera y cruel? Se suponía que él no debía enterarse, que lo hacía por protegerle... mas empezaba a dudarlo. Muy dentro de ella tenía la sospecha de que sólo se había acostado con el juez por despecho, y ella nunca había hecho algo parecido.

Pero odiaba tantísimo a Lucy. Le daba tanta rabia que la confundiera con ella. Sabía que el juez era el némesis del Sr. Todd, su archienemigo, pero... ¿acaso no era ella libre para hacer lo que quisiera?

¿Por qué tengo que estar siempre supeditada a sus deseos? Turpin nunca me ha hecho daño ni se ha aprovechado de mí... ¿Por qué tengo que hacer como si también le odiara? Me parece un hombre detestable, pero aún así... es mi vida. Se supone que somos amigos, como hermanos, aunque no le gusten mis acciones no debería poder juzgarme... Debería acerptarme tal como soy, con mis más y mis menos. Eso es lo que hacen los amigos, los hermanos, éso me dijo él. Dijo que no debía odiarle por matar a la gente, que eso era cosa suya... ¿entonces por qué tiene que odiarme él a mí?

La misa de la tarde se le hizo más larga que otras veces, nerviosa como estaba por enfrentarse a él. Quizá fuera su Waterloo, pero... si no lo hacía se arrepentiría toda la vida. Era hora de poner los puntos sobre las íes, dejar claro lo que eran y lo que iban a hacer.

—James —susurró apesadumbrada al verle esperándola en la puerta del templo. Hacía semanas que no le veía—. ¿Qué haces aquí?

—¿Estás bien? —dijo llevándola al principio de un callejón para que nadie la viera llorar—. ¿Y esta muñeca?

—Es mía, es... de cuando era pequeña —se lamió el labio inferior, nerviosa.

—¿Y el pastel?

—Es... es para el Sr. Todd.

—Tu labio... Margaret, ¿qué te ha hecho?

—¿Quién? —quiso apartarse.

—No me esquives, ya sabes quién. ¿Te ha pegado el Sr. Todd?

—No —no era capaz de mirarle a los ojos sin temblar.

—No te creo —la obligó a levantar la cabeza—. Llevas demasiado maquillaje. Maggie, si te ha pegado, yo...

—¡No! —exclamó apartando su mano—. ¡Déjame en paz! Eres un mentiroso.

—No lo soy —la agarró del brazo antes de que se fuera—. Ven aquí. Escápate conmigo.

—¿Qué? —preguntó incrédula—. Pero si ni siquiera sé cómo te llamas en realidad. ¡No te conozco de nada!

—Nos conoceremos mejor con el tiempo, Margaret —insistió, acelerado—. Escucha, lo he hablado todo con él, ¡y está de acuerdo! Podemos irnos esta misma tarde; el Juez se casará en unos días y él tendrá lo suyo, entonces...

—¿Tú... tú lo sabías? —se le secó la boca—. ¿Tú lo sabías todo el tiempo? —de un tirón se soltó de su agarre, enfadada.

—No todo el tiempo, pero...

—Increíble —exclamó mirando hacia otro lado—. ¿Y sabes que está enfermo?

—¿Perdón?

—Está mal de la cabeza, James —gritó, dándole en la sien con los dedos—. Está enfermo.

—Sé que es peligroso, ¡por eso quiero llevarte conmigo!

—¿Es que no lo entiendes? —le empujó—. Se morirá si me voy.

Como recordando de pronto lo que había pasado el día anterior, salió corriendo calle abajo hacia Hen and Chicken's Court. James siempre encontraba el momento para distraerla de los asuntos importantes. Hasta donde sabía, el Sr. Todd podía estar sólo en el suelo, agonizando.

Se precipitó sobre la puerta, la cual encontró abierta.

—¿Sr. Todd? —preguntó preocupada, dejando el pastel y sus cosas sobre la mesa de la cocina antes de aventurarse a buscarle por la casa.

Sabía que no iba a estar en las habitaciones interiores, aquellas donde Lucy y él solían hacer vida propia de parejas y padres, así que las ignoró por completo.

No le hizo falta buscar; él esperaba en la lúgubre habitación que hacía de barbería, sentado en su sillón de barbero, con la mirada oscura y perdida en la pared frente a él como la perfecta, sádica estampa del verdugo antes de ejecutar a su víctima. Podía ver la sangre reseca en su cuello.

Desvió los ojos un segundo para mirarla y, al hacerlo, una mueca de asco cruzó su cara al tiempo que volvía a su posición original.

—Sr. Todd... —sollozó, quieta junto a las escaleras.

—¿Qué? —su tono sobrio y mocorde, muerto, hizo que su estómago se retorciera de culpabilidad.

—Sr. Todd, lo siento —sollozó tomando un paso más cerca de él.

—Váyase —gruñó.

—Pero...

—Me da ASCO. Váyase —se había levantado con una súbita y violenta furia, con los ojos desorbitados.

Dio un traspiés, asustada, y agarró a la barandilla para no caerse.

—Sr. Todd... —volvió a intentarlo—. Tiene que entenderlo, querido... Turpin y yo...

—¿Qué tengo que entender? ¿Hmm? —de dos zancadas estaba a su lado, agarrándola por el cuello—. ¿Que es una furcia? ¿Una zorra que se vende por dinero? ¿Que me ha traicionado? ¿Que ha traicionado a Lucy?

—¡Yo no soy Lucy! —sollozó, temblando bajo su mano la cual aumentaba la presión de forma progresiva—. Sé que ha estado confundiéndome con ella, pero...

—¡CÁLLESE! —apretó aún más.

—Sr. Todd... —susurró con un hilo de voz—. ¿Qué podía hacer...?

Contármelo.

—... él sabe quién es usted.

—¿Qué? —la soltó de inmediato y ella cayó al suelo, tosiendo en busca de aire—. ¡Habla, maldita sea! —la obligó a levantarse.

—Vino a mi tienda hace unos meses... —jadeó, sujetándose a sus brazos temiendo que fuera a tirarla por las escaleras—. Desde que puso un pie en la ciudad ha sabido que usted estaba aquí, Sr. Todd. Me ha estado haciendo chantaje, no tenía... no tenía otra opción. Quería protegerle, se lo aseguro —no podía controlar su verborrea—. Me dijo que si se lo decía y entrometía en su vida haría que le colgasen, ¿cómo iba a permitirlo? ¡Le quiero, Sr. Todd! ¡Usted lo sabe! No podía dejar que le matara... Lo hice por su bien, ¡tiene que creerme!

Pero la extraña mueca del Sr. Todd no se debía a su escepticismo, sino a la excitación que le había sobrevenido de repente. Sus ojos se habían nublado y ya no era dueño de sus actos. No veía a la Sra. Lovett ni la barbería, sólo los gérmenes del Juez, infectándolo todo. Veía su figura idealizada, rodeada de hombres que la tomaban y la alejaban de él, llevándosela lejos, arrebatandosela. No podía soportarlo. Tenía que limpiarla, debía purificar el alma del pobre corderito frente a él, alejarla de todos aquellos pecados que la ensuciaban y la hacían impura...

—Sr. Todd... me está asustando —susurró cuando, tomándola de los hombros se acercó a ella un par de pasos con un brillo extraño en los ojos—. ¿Qué hace?

No tuvo tiempo de cavilar, él ya estaba besándola, rompiendo los cordones de su corsé con furiosa rabia y prácticamente arrastrándola hacia su alcoba.

¿Cómo iba a negarse? Sabía en lo más profundo de su mente que no iba a amarla, pero llevaba esperando para aquello demasiado tiempo. Era torpe, descontrolado. Buscaba dominarla, no quererla. No estaba siendo amable.

Pero no me importa, nunca me ha importado...