Capítulo 13: Piel blanca como la nieve

Ni Esme ni Carlisle reaccionaron de la forma en que yo esperaba que lo hicieran.

Cuando esa mañana bajé para encontrarlos en la cocina, me sorprendí apreciando la rutina casera de un modo que nunca había contemplado antes. Esme cocinaba completamente abstraída mientras tarareaba una canción que no pude reconocer, mientras Carlisle leía sosteniendo el diario con una mano y una taza de café en la otra.

Era una escena sencilla. No había nada de pomposo ni de extraordinario en ella. Y era igual a muchas otras que había visto antes, en esta misma cocina, durante el mucho tiempo que llevaba viviendo con ellos.

Sin embargo, esa mañana, verlos en su ambiente, tan cómodos y tan naturales, se sintió totalmente diferente. Comprendí, mirándolos, que la noche anterior había ocurrido algo mucho más crucial que mi resolución de enfrentarlos con la verdad.

Yo quería ser parte de esto. Quería ser parte de sus vidas, y que ellos fueran parte de la mía. Quería pertenecer.

Pero para mirar adelante y soñar con algo diferente, primero tenía que aceptar mi propio pasado. Y era conciente de que, al hacerlo, bien podía perderlos.

Aunque Carlisle y Esme eran concientes de que algo andaba mal conmigo; aunque habían podido reconocer mis heridas psicológicas al igual que habían visto las físicas; yo sabía que aún así la verdad sería diferente. Cuando supieran lo que había ocurrido en mi vida y notaran que estaba quebrado de manera irreparable, probablemente no querrían nada conmigo.

Era doloroso pensar en esa posibilidad, pero jamás podría culparlos. Había sido en el corazón oscuro del sótano en donde Victoria me había mantenido maniatado que había comprendido y aceptado mi propio pecado. Nada de lo que me pasara podría compensar el hecho de que yo había accedido a todo lo que me había ocurrido. Yo era tan responsable de mis tormentos como la propia Victoria al clavarme el cuchillo. Y cuando Carlisle y Esme lo vieran, cuando percibieran lo irremediable de mis defectos, esta pequeña burbuja de temporal tranquilidad se rompería para siempre.

"Buenos días" dijo Esme con esa voz musical que había aprendido a apreciar, mirándome con los ojos cálidos que pocas veces había sido capaz de mirar durante más de un par de segundos. De repente, su mirada no me resultó intimidante ni me causo temor. En cambio, me generó profunda tristeza. Tal vez hoy me quedaría sin el calor de sus ojos para siempre.

"Buenos días" murmuré, y vi que Carlisle me sonreía también en señal de bienvenida. Me senté junto a él en la mesa y Esme se apresuró a traerme un café y colocar el desayuno frente a nosotros. Luego tomó su propia taza y se acomodó con nosotros.

El silencio colmó la cocina, y sin ser incómodo, noté que estaba cargado de premoniciones. Algo estaba a punto de ocurrir y los tres lo sabíamos.

Sin embargo, quise tomarme un minuto para apreciar el momento, al menos antes de desatar la tormenta. Tomé el desayuno en silencio, disfrutando los sabores y las fragancias de la casa, y la sensación cálida de la compañía. Alcé mis ojos a Esme y Carlisle un par de veces, y los escuché mientras comenzaban a charlar sobre temas simples, como el clima y los víveres que necesitaban adquirir.

Me fascinó pensar que ninguno de ellos hiciera una sola referencia a los eventos de la noche anterior. Sobre todo al hecho de que yo había arrojado a Esme volando a través de mi habitación, estrellando su cuerpo contra la pared. No había manera de que ella no sintiera ningún dolor a causa de la violencia de mi ataque. Y, sin embargo, su sonrisa franca fue lo único que obtuve de ella cada vez que nuestros ojos se encontraron.

"Carlisle" lo llamé, captando su atención. "¿Existe la posibilidad de que esta mañana te quedes en la casa? Quisiera hablar con ambos"

No pude siquiera mirarlos mientras pronunciaba el pedido, atemorizado de antemano ante lo que aún no había llegado a desencadenarse. Hubo un momento de silencio, durante el que presumo ambos se miraron, hablándose con los ojos de esa forma que yo encontraba fascinante.

"Claro" respondió Carlisle después de un momento. "Solo déjame hacer una llamada al hospital". Y tomando su teléfono móvil, salió en dirección al living.

Levanté mi mirada entonces para encontrar los comprensivos ojos de Esme. "¿Estás seguro?" me preguntó. Estiró su mano buscando la mía, pero se detuvo unos milímetros antes temerosa de tocarme, sospechando que esta mañana pudiera ser diferente a la noche anterior.

Estiré mi mano para encontrar la suya, colocando mis dedos sobre los suyos, y asentí sosteniendo su mirada de la forma en que no había sido capaz de hacerlo antes. La sonrisa de su rostro fue lo más hermoso que vi en mi vida.

Carlisle regresó a la cocina entonces y sonrió al vernos tomados de la mano. Con cierta vergüenza, solté la mano de Esme y desvié la mirada. Escuché su musical sonrisa desde el otro lado de la mesa.

"Todo arreglado" anunció Carlisle, sentándose junto a su esposa y pasando su brazo sobre sus hombros en un gesto de sincera afectuosidad. Ambos me miraron entones, expectantes.

Me tomó un momento y varias hondas inspiraciones encontrar la fuerza para dejar todo salir. Pero supe que ahora ya no había vuelta atrás.

Con apenas un hilo de voz les dije cuál era mi verdadero nombre y de dónde venía. Descubrí por sus reacciones que mi apellido y el nombre de la empresa de mi padre eran mucho más famosas de lo que yo jamás hubiera adivinada durante mis muchos años de confinamiento.

Hice un esfuerzo por no sentirme intimidado, por encontrar mi voz para continuar, por no dejar que el temor al rechazo nublara mi juicio y mi decisión.

Mirando mis manos como si evitar sus ojos fuera lo más prudente, les conté de la muerte de mi madre, del matrimonio de mi padre, de su posterior fallecimiento, y de los años solitarios que prosiguieron al momento en que me hallé solo en el mundo.

Solo cuando llegó el punto en que mi historia se volvía más sórdida, cuando me hallé obligado a confesarles cómo había consentido a lo que Victoria deseaba de mi cuerpo, sentí mi voz flaquear y mis ojos humedecerse.

Era el instante de no retorno. A partir de aquí ya no podría ocultarles más la horrible persona que era, el monstruo en que me había convertido la noche en que permití que Victoria me tocara por primera vez y las consecuencias que posteriormente tuvieron lugar.

Apretando mis ojos para imaginarme en algún otro lugar, cerrando mis manos en puños mientras mis uñas se hundían en la carne de mi palma hasta brotar sangre, les confesé de nuestro muchos encuentros sexuales, de lo que ella me instaba a hacer y del modo sumiso en que una y otra vez accedí a ser su juguete.

Finalmente, les dije del día en que descubrí a Victoria con James, y como todo se vino sobre mi en ese instante, mostrándome que el mundo estaba lejos de ser lo que en mi inocencia había imaginado.

Mientras les relataba acerca del momento en que James me había llevado al sótano y sobre las visitas de Victoria durante ese encierro, sentí que Esme gemía horrorizada. Y aunque en ese momento creí que sería mejor detenerme, ya no encontré la forma de acallar mis palabras.

Como un torrente sin control ni lógica, les describí de mi angustia y mis deseos de morir, de cómo mi cuerpo se negaba a dejarme ir y de cuánto desee poder abandonar este mundo. En algún punto de la narración supe que estaba llorando, sintiendo la humedad deslizarse por mis mejillas, pero tampoco entonces pude contenerme. Algo en mi se había roto, desencadenando un aluvión frenético de llantos y susurros.

Al final, les relaté el último día, cuando Victoria se hartó de jugar con su daga, y le pidió a James que se deshiciera de mi, no sin antes dejar en mi rostro la marca final de su dominio sobre mi cuerpo. Con una mano temblorosa toqué la herida en mi barbilla, esa que nunca podría ocultar y que para siempre me recordaría, y le recordaría al mundo, que yo no era más que el juguete de alguien más.

Terminé mi historia con los últimos vestigios de mi voz, diciéndoles cómo James había salvado mi vida enviándome con ellos, pensando que tal vez al otro lado del país podría ser alguien diferente.

Pero yo no me engañaba. No era ahora tan infantil ni tan inocente. El mundo real había caído sobre mí como una fiera, mostrándome de la manera más cruda y más despiadada que era solo el peón de un juego macabro.

Jamás sería alguien diferente a lo que era. Era joven y alguna vez había sido bello, pero ahora era una como una vieja muñeca raída con la que el tiempo había sido brutal. Mi cuerpo era un despliegue de laceraciones diversas y profundas, que habían hecho tanto daño a mi piel como a mi mente.

Quebrado y herido, nunca sería más que lo que en realidad era: el harapo de un ser humano. Nadie podía amarme. Ni nadie querría hacerlo. Me había transformado en un monstruo, ajado por fuera y roto por dentro.

Pasé más de diez minutos en silencio, tratando de controlar mi respiración, pasando las manos por mi rostro para enjuagar mis lágrimas, buscando el coraje para mirarlos y enfrentar lo que estaba por venir.

Finalmente, sintiendo que me desangraba de nuevo hasta la muerte igual que en el oscuro sótano de Victoria, levanté mis ojos y busqué los rostros de las únicas personas en este mundo a las cuales no quería perder.

Carlisle y Esme, sin embargo, no me miraron.

Sus ojos estaban unidos, de ese modo íntimo que hacía que el resto del mundo se sintiera un intruso mientras ellos se observaban. Sus semblantes eran máscaras de acero. No había una sola emoción en sus facciones. Los labios rosados de Esme, que yo había aprendido a asociar solo con sonrisas, eran una línea dura de innegable frialdad, al igual que los ojos azules de Carlisle, que siempre parecían refulgir de un modo antinatural.

Imaginé que si poseyera el poder de una visión más que humana sería capaz de ver el torrente que se deslizaba entre ellos, silencioso, como si pudieran conectarse telepáticamente. Pero yo era solo un ser humano, o al menos, alguna vez lo había sido. Y no tuve más remedio que esperar, ansioso, a escuchar el veredicto.

Finalmente, vi que ambos asentían, y entonces se volvieron para mirarme.

Contra todo pronóstico, fue Esme quien habló.

"Edward" dijo, solemne, con una voz en la que era imposible percibir nada excepto completa y absoluta determinación.

"Queremos que seas nuestro hijo"

Espero que lo hayan disfrutado y, de nuevo, perdón por la tardanza. Estoy con mucho trabajo y no quiero actualizar hasta que tenga bien delineado el capítulo. No quiero decepcionarlos.

Un beso grande y por favor díganme que les parecio!