Disclaimer: No me pertenece ninguno de los personajes que aparecen en este fragmento de historia.

CAPÍTULO 14. Sueños y realidad.

Tras cenar una pizza que Avalancha y Blob habían cocinado y acabar con los estómagos llenos, cada cual se fue a su cuarto sin volver a hablar de lo que había pasado en el centro comercial. Presentían que pronto no harían más que hablar de ello.

En esas, Pietro entró en su cuarto, procurando cerrar la puerta lo más silenciosamente que pudo. Apoyó la espalda contra la madera, inclinando la cabeza hacia atrás y dirigiendo los ojos al techo. Estaba agotado, pero sabía que esa noche no conciliaría el sueño.

Su carácter impetuoso lo empujaba a estar haciendo cosas constantemente, y en esa ocasión, su carácter lo excusaba para dejar de darle vueltas a lo que hubiera pasado si nunca se hubiera propuesto ir con Wanda y Marie a la cafetería. Los X-men no habrían tenido oportunidad de acercarse a Marie y la guerra de la que Dominik había hablado no tendría lugar.

Como no podía viajar al pasado para cambiarlo, pero tampoco veía ninguna utilidad al hecho de estar pensando una y otra vez en lo mismo, corrió hacia la mesa de ping pong y se dispuso a lanzar la pelota al lado opuesto, reapareciendo para recibirla y volverla a lanzar. Jugar durante una hora y media o dos lo dejaría exhausto y podría irse a la cama sin pensar en nada antes de dormirse.

Así que eso fue lo que hizo. En cuanto dejó caer la raqueta sobre la mesa, salió disparado al cuarto de baño para ducharse. En menos de cinco segundos, ya estaba listo. Corrió a la ventana para abrirla un tanto y encendió varias velas en la mesilla, sin más luz en el cuarto que esa. Se recostó sobre la cama, una toalla alrededor de la cintura siendo lo único que llevaba puesto.

Cerró los párpados lentamente, y cuando estaba a punto de caer en los brazos de Morfeo, notó que el colchón se hundía a ambos lados, a la altura de su cadera. Seguidamente unos cabellos rozaron su pecho desnudo, al tiempo que Pietro abría los ojos desmesuradamente.

La luz de las velas le dejó ver el rostro de Marie a muy poca distancia del suyo, quien estaba sentada a horcajadas sobre él. Vestía un camisón de seda oscuro, y no llevaba los guantes. Pese a ser una imagen arrebatadora para Pietro, no pudo evitar fruncir el ceño con una mezcla de sorpresa y desconcierto.

-Marie...

Ella situó el dedo índice derecho sobre sus labios, pero sin tocarlos. Sentir el calor que emanaba el cuerpo de Marie y no rozar su piel le resultaba casi desesperante. Imaginar con tanta claridad el tacto cálido y suave que ya había sentido una vez, cuando la besó, le era desgarrador. Una parte de él deseaba con todas sus fuerzas abrazarla, besarla y hacer otras cosas más pudorosas, pero la otra... una ínfima, le susurraba al oído que debía controlarse.

Sin embargo, todo eso perdió importancia cuando ella comenzó a acariciarle la mandíbula con los labios. Fue entonces cuando Pietro casi perdió la razón, apretando sus manos contra la cintura de Marie. Sabía que ella jamás actuaría de aquel modo tan repentinamente, pero no tuvo ni fuerza ni voluntad para detenerla.

Había deseado tener aquel tipo de contacto con ella en tantas ocasiones, que negárselo ahora le parecía absurdo, a pesar de las consecuencias que ello acarreaba consigo. Sí, Pietro solamente era un adolescente obnubilado, cegado por sus delirios incongruentes con la realidad.

Marie había comenzado a besarle en la boca, jugueteando con sus labios y de vez en cuando mordiéndole el inferior. A pesar de que con cada segundo que pasaba, Pietro se sentía más excitado y cerca de la felicidad, también se sentía más próximo a la muerte. Y esto último, en un sentido literal. Marie le estaba sorbiendo la vida paulatinamente, y parecía o bien no darse cuenta, o bien que no le importaba en lo absoluto.

Aunque debería percibir lo que percibió la primera, última y única vez que la había besado, no era así. Su piel llevaba más de diez minutos en contacto con la de ella y ya le ardía, pero no parecía que fuera a revivir ningún recuerdo, ya que las voces distorsionadas y los colores entremezclados no estaban allí.

Con el corazón pitándole en los oídos, Pietro la aferró por los hombros con la poca fuerza que le quedaba, deteniéndola.

-Marie- jadeó- Sabía que tarde o temprano, no podrías resistir y vendrías. Pero... para. Me estoy asfixiando...

La luz de las velas incidió sobre los ojos de Marie, asustando a Pietro. No eran de su habitual tono verde, sino negros como la noche de luna nueva. Pietro trató de desasirse de su agarre, pero ella no lo dejó, colocando las manos sobre el pecho del chico. Él no pudo evitar arquear el cuerpo, echando el cuello hacia atrás para respirar. Si no hubiera absorbido su velocidad, ahora Pietro podría huir.

-¿Te atreves a rechazarme?- susurró ella, una voz dulce y aterciopelada, que no se correspondía con la amenaza que impregnaba sus palabras.

Pietro no respondió, demasiado ocupado tratando de librarse de ella. La agarró por las muñecas, haciendo que los brazos de Marie se detuvieran en su camino precipitado hasta su cuello para estrangularlo.

-Marie... Marie... Suéltame, tú... no quieres esto...

-¿Qué sabrás tú lo que quiero?- siseó ella, clavando las rodillas contra los muslos de él.

-Te conozco... Esta no eres tú...

-¿Y quién sería si no?- cuestionó Marie, con voz ronca.

-Recuerdo que... me dijiste que no... querías que volviera... a pasar lo de tu amiguito... Cody...

Los ojos de ella adoptaron un color más claro, pero fue momentáneo. La habitación entera tembló estruendosamente, haciendo caer algunos libros y videojuegos de las estanterías.

-Anna Marie... Soy yo... Pietro...

-Pietro...- repitió ella, saboreando el nombre como si fuera la primera vez que lo llamaba así.

-Vuelve en ti... vuelve en ti...

Poco a poco, los iris de Marie se volvieron verdes, de su color verdadero. Pietro le sonrió débilmente antes de quedarse inconsciente. Entonces, Marie vio los ojos azules de él cerrándose, y se dio cuenta de dónde y en qué postura se encontraba. En otras circunstancias quizás habría enrojecido y muerto de vergüenza, pero en aquel momento sólo podía mirarse las manos como si le resultaran extrañas.

Con rapidez, se separó del chico, aterrorizada. Creyó haberse dormido porque no alcanzaba a recordar nada claro desde que entró en su propia habitación hasta que supuestamente se durmiera. Sin embargo, sí que se acordaba vagamente de lo que acababa de pasar. Había sido tan perturbador y horripilante que... Por un momento, había pensado que estaba poseída. Como si alguien más aparte de ella tomara las riendas de su cuerpo y hubiera intentado llevar a cabo los deseos más profundos de su subconsciente. Recordaba haber besado nuevamente a Pietro, pero sin sentir lo mismo, ya que en realidad no había sido ella quien lo había hecho. Recordaba que él le había pedido que se apartara y ella no lo había hecho. ¿Por qué? Pietro era su amigo, o algo más que eso, era una de las personas a las que más apreciaba en aquel momento de su vida. Jamás le haría daño, pero entonces, ¿por qué le había hecho aquello? ¿O por qué quién fuera que estuviera en su cabeza aparte de ella lo había intentado matar? ¿Acaso estaba enloqueciendo?

Fuese lo que fuese, no creía que estar cerca de Pietro en aquellos instantes fuera beneficioso para ninguno de los dos. Por lo que tras arroparlo con la sábana, se dispuso a salir de la habitación, sin siquiera echarle el tan ansiado vistazo que había querido echarle siempre. Estaba demasiado alterada para hacerlo; solo pensaba que tanto ella como sus demás convivientes solo estarían más seguros si se quedaba en su habitación. No pretendía causarle daño a nadie. Ya antes lo hacía pero al menos tenía una posibilidad de evitarlo, ya que era consciente de ello. Pero ahora... ni siquiera podía controlarse.

-Pícara- la llamó Raven, desde el principio del pasillo; sus ojos amarillos reluciendo en la oscuridad.

Marie se volvió, con los hombros caídos, mientras cerraba la puerta del cuarto de Pietro intentando no hacer ruido.

-Ven conmigo, querida.

La chica obedeció, preguntándose por qué la volvía a llamar "querida" después de tanto tiempo que había estado sin hacerlo. No obstante, en vez de seguir dándole vueltas a algo tan absurdo en aquel momento, Marie se acercó a ella.

-No estoy bien- murmuró.

Mística le sonrió con condescendencia.

-Claro que no- convino la mujer, llevándola escaleras arriba- Vamos a ver qué podemos hacer para remediarlo.

-¿Adónde me llevas?- preguntó Marie, confusa.

-Eres lista, Pícara. Ya te lo deberías haber supuesto- le dijo Raven en voz baja- Eric y yo no dejamos que nadie más se acerque por aquí.

-¿Eric?- reiteró Marie- ¿Magneto? ¿Me llevas a ver a Magneto?

-No era tan difícil figurárselo- respondió Mística, haciendo un mohín.

-¿Él quiere verme?

-Ya era hora, ¿no crees?- contestó una voz masculina desde lo alto de las escaleras- Eres el único miembro de la Hermandad que aun no me ha visto en persona. Vergonzoso teniendo en cuenta que vivimos en la misma casa, ¿no te parece?

Marie guardó silencio, tragando saliva. Conforme Raven y ella iban subiendo escalones, podía ver mejor los rasgos del hombre. No había cambiado apenas desde hacía dos años aproximadamente. Marie podía saberlo porque en el primer recuerdo que había visto tocando a Pietro, Magneto aparecía. Piel pálida, cabello castaño, estatura media, hombros anchos y ojos de un color gris mate. En su rostro una sola arruga destacaba, diminuta en el entrecejo; señal de que solía fruncir el ceño. Aparentaba unos cuarenta años tempranos.

-Adelante- la instó él a pasar, abriéndole una puerta de ébano con cerradura de plata.

Raven le sonrió cuando Eric le colocó una mano en la espalda, llevándola también a ella al interior de un pasillo lóbrego.

Marie miraba a su alrededor, atónita. Aquel corredor era distinto a cualquiera que hubiera en la casa. Las paredes estaban llenas de fotos, planos y cuadros abstractos.

En las pocas fotos que Marie fue capaz de vislumbrar, aparecían personas que no conocía, vestidas con trajes de cuero negro. En otras, también había otras personas vestidas de la misma manera pero una equis amarilla sobresalía en el uniforme. Marie se preguntó si tendrían que ver con los X-men. También había fotografías de los miembros del Senado, entre ellos, el Senador Kelly.

En cuanto a los planos... Marie no sabría qué decir. No podía relacionar lo que mostraban con algo que conociera. No tenía ni idea de para qué podía servir una sala redonda cuyos muros estaban conformados por placas metálicas y en cuyo interior no había nada más aparte de una plataforma en el centro con una especie de casco.

-No te entretengas- le dijo Eric, señalando el interior del estudio- Entra.

Marie obedeció, sin saber qué esperarse de todo aquello. Se dejó caer en una de las sillas del abarrotado cuarto, cuando le indicaron que se sentara. Puedo ver que efectivamente Magneto también tenía una televisión.

-Ha llegado ya a mis oídos lo extraordinario de tus capacidades- comenzó él, entrelazando las manos y mirando a la chica con fijeza- A mis oídos, y probablemente a la mayor parte del país. Tienes mucho talento, Pícara. Trabajando juntos podríamos hacer de este mundo otro mejor y más habitable para nuestros congéneres mutantes.

Marie inclinó la cabeza, preguntándose hasta dónde querría llegar Magneto con todo aquello.

-Debes saber que estamos atravesando momentos difíciles- prosiguió Eric, con calma- Y no era lo más adecuado llamar la atención ahora mismo. ¿Sabías que por culpa tuya y de los mellizos los humanos han aprobado la ley de registro de mutantes?

-Nada de esto era mi intención...

Eric rió, acallándola con un gesto.

-¿Te disculpas, Pícara? Todo lo contrario, criatura. No te imaginas cuánto tiempo llevo esperando este momento.

Marie frunció el ceño, confusa.

-¿No se supone que que se haya aprobado esa ley es algo malo para nosotros?- cuestionó la muchacha.

-Los humanos han dado un paso en falso- respondió el hombre, levantándose- Nos han dado una excusa para que acabemos con todos ellos. Tú y yo juntos- Magneto tomó la mano de Marie con los ojos clavados en los de ella; cabe decir que él llevaba un guante muy grueso de cuero- lideraremos la rebelión. Has demostrado con creces que puedes enfrentarte con éxito a los X-men, sin necesidad de ayuda. Eres admirable.

Entre halago y halago, Marie distinguió dos palabras, las únicas que tuvieron relevancia para ella, "lideraremos" y "rebelión".

-¿Pretendes que me implique en la lucha contra los humanos?- fue lo único que Marie fue capaz de preguntarle.

-Oh, no solo contra los humanos- replicó él, llevándola al ventanal-, también contra otros mutantes que se oponen a nuestra causa.

-¿Los X-men?

-No son los únicos, pero si el grupo más importante- terció Mística, caminando hacia ellos.

-Creo que esa chica...- trató de decir Marie, volviéndose hacia Raven- La que estuvo a punto de asesinar a Wanda, me ha hecho algo... No sé...

-¿Qué podría haberte hecho Grey?- inquirió Magneto, alzando una ceja- Solo la tocaste unos segundos.

-Eric, la casa entera ha retumbado hace menos de una hora- le recordó Raven, situando una mano en la espalda cubierta de Marie- Pícara no está bien. Tú has sido la que lo ha provocado, ¿verdad, querida?

-No... lo recuerdo muy bien- respondió Marie- Pero soy peligrosa, puedo hacerle daño a los demás...

-Por supuesto que sí- la cortó Eric- Por eso, nos eres tan preciada.

-¡No me refiero a eso!- exclamó la chica, casi con enojo- No es por mi don. He perdido el control de mí misma, no sabía lo que hacía. He llegado a la habitación de Pietro y...

Magneto esbozó una sonrisa cínica.

-No hace falta que nos des los detalles.

-Casi lo mato- insistió Marie, con desesperación- Creo que me está pasando algo malo- se giró hacia Raven, deseando que ella la creyera- y tiene que ver con que haya tocado a esa mujer. Creo que quizá tuvieras razón, que quizá estuviese en su estado de fénix cuando lo hice.

Tanto Eric como Raven se mantuvieron en silencio, asimilando lo que Marie acababa de decir.

-Es posible- dijo Mística finalmente- En ese caso, deberíamos tomar medidas, llevarla con...

-No- la interrumpió Magneto, alzando una mano hacia Mística de forma amenazadora- Pícara se quedará aquí.

-Pero Eric, deberías considerar...

-He dicho que no- sentenció él, acompañando a Marie hasta la puerta- Si lo crees necesario, te retendremos por las noches, cuando nadie pueda vigilarte. Ha sido un placer verte.

Marie asintió, la puerta cerrándose en sus narices. ¿Qué se suponía que debía hacer ahora? ¿Esperar a que Mística saliera de allí? Supuso que no, ya que si Magneto quisiera terminar la conversación con ella también, las habría echado a las dos. Decidió salir de la casa y quedarse en el porche, más que nada por la seguridad del resto de los que vivían con ella. Si era preciso, dormiría a la intemperie con tal de no volver a herir a nadie.

Fue por eso que bajó las escaleras hasta la planta donde se encontraba su cuarto, y a pesar de escuchar las voces de Wanda y ruidos extraños desde su habitación, siguió bajando. De todos los habitantes de la casa no era la única loca y peligrosa. Por muy egoísta que pareciera, aquello la confortó un tanto.

Marie no creía que pudiese soportar que los que la rodearan murieran por su causa. No pudo evitar pensar que aquello no parecía importarle a Magneto, quien le había contado la verdad, o parte de ella. Era lo que había querido siempre, ocultándose tras otros. Acabar con los humanos. Y el hombre pretendía que ella se involucrara en todo aquello, que lo liderase. Por más que lo pensaba y le daba vueltas, no le tentaba demasiado la idea. Pero, ¿qué podía hacer? No podía irse sin más, ¿no?

Aquello era en lo que cavilaba Marie, sentada en el escalón de la entrada, con el rostro entre las manos y los ojos cerrados. Cualquiera que la hubiese visto, hubiera pensado que estaba dormida; nada más lejos de la realidad. Fue por esa razón que alguien que compartía su oscuridad, decidió molestarla.

Lo único que percibió Marie antes de perder el control sobre sí misma fue que algo viscoso trataba de levantarle el camisón, dejando ver una gran parte de su muslo. Abrió los ojos, negros otra vez. Trató de gritar, de rebelarse contra aquella otra conciencia que tomaba a su antojo lo que le pertenecía a Marie por naturaleza. Sin embargo, ella era demasiado fuerte. Dejó a Marie en el mismo rincón sumido en las tinieblas, en que la había dejado para apoderarse de ella y matar a Pietro. Marie sentía que se ahogaba, que se encogía, que se empequeñecía. Era como si la rodeasen cuatro paredes que poco a poco se fueran estrechando.

El fénix hizo que el cuerpo de Marie se irguiera con rapidez, y con un gesto de la mano derecha hacia afuera, una fuerza invisible apartó aquella cosa pegajosa de ella. Un hombrecillo verdoso, con cabello negro y ojos saltones comenzó a flotar en el aire frente a ella. No tardó en recoger su larga lengua, con la que debía de haber tocado el camisón de Marie.

-¿A quién has robado ahora, eh, niñita miedosa?- le espetó él, tratando de desasirse del agarre de aquello que no podía ver- ¿Tal vez a la Bruja? ¡Bájame de aquí ahora mismo o gritaré y todos sabrán qué clase de persona eres!

Marie soltó una carcajada malévola, haciendo que Sapo callase, atónito.

-Oh, no, escuerzo inmundo. Nadie te oirá ahora.

Sapo no esperó más y abrió la boca lanzándole su espantosa sustancia verde y adherente. Sin embargo, en esta ocasión Marie no necesitó de la ayuda de nadie para esquivar su ataque. Es más, movió levemente la mano y el veneno dio contra la cara de Sapo, impidiéndole respirar. Después, envió a Sapo por los aires contra un seto.

Fue entonces cuando Marie cayó de rodillas al suelo sosteniéndose las sienes y susurrando de forma compulsiva "Déjame, déjame...". Su opresora se había marchado tan repentinamente como había aparecido por segunda vez.

Sintió que el viento se volvía más fuerte formando un remolino a su alrededor. Alzó la cabeza, abrumada, divisando a Warren en la negrura. Aquella ráfaga debía haber sido provocada por sus alas al aterrizar.

El ángel se inclinó junto a ella, con cuidado de no tocarla.

-¿Te encuentras bien?- le preguntó en tono apaciguador.

En ese momento, apareció Sapo entre las plantas. Debía de haberse quitado aquella máscara viscosa de la cara con ayuda del antídoto que seguramente también podía segregar por sí mismo, porque ya no la tenía. Sin mirar a ninguno de los dos, entró en la casa por una ventana abierta, dando un gran salto.

En cuanto hubo desaparecido, por primera vez en mucho tiempo Marie rompió a llorar, sin importarle que Warren estuviera allí delante.

Entretanto, Magneto y Mística mantenían alguna que otra discusión en el estudio.

-¿Por qué le has dicho eso, Eric?- cuestionó Mística, inclinando su cuerpo ligeramente sobre la mesa y apoyando las palmas abiertas entre los documentos desordenados- Tú sabes tan bien como yo que nada será capaz de retener al fénix. Ni siquiera cadenas metálicas.

-Ahora mismo no podemos permitir que se vaya- replicó él, viendo a Marie por la ventana- Es demasiado poderosa como para dejarla escapar, es demasiado valiosa.

-En un arrebato, podría destruirnos a todos- repuso Raven- ¿No podrías simplemente dejar que se fuera con Charles? Quizá él pueda solucionarlo.

Magneto rió con un tono ronco, ladeando la cabeza hacia ella.

-¿Te estás oyendo? ¿Es que aun sientes algo por él después de que te apartara de su lado?- le espetó.

Raven tensó los músculos de manera perceptible.

-No estamos hablando de eso- alegó ella, acercándose a Eric un tanto-, pero ahora que lo mencionas, te recuerdo que no fue él quien me apartó de su lado. Fui yo quien lo aparté a él por ti, por tu causa.

Magneto la miró con fijeza, dejando de prestar atención a la ventana definitivamente.

-Esto no tiene nada que ver con Charles- prosiguió Raven, situando una mano en el brazo de él-, sino con Pícara y con su bienestar.

Eric se apartó de ella, caminando hacia el lado opuesto del estudio.

-No voy a dejar que se vaya con él, ya deberías habértelo supuesto, encanto. Nos conviene que esté de nuestra parte cuando el momento llegue.

-¿Por qué iba a cambiar de bando?- replicó Mística, sentándose sobre la mesa y cruzando las piernas.

-Hablar tanto con esa mujer ha hecho que seas más confiada y débil- respondió él, cogiéndola por la barbilla. Raven movió la cabeza hacia un lado, deshaciéndose de su contacto; él esbozó una sonrisa torcida en respuesta- Antes no eras así.

-Irene ha visto cosas- susurró ella, volviendo a fijar sus ojos en los de él- Todas ellas relacionadas con Pícara. Es cierto que tarde o temprano nos abandonará, pero no será porque la hayas enviado a Charles. Será porque se vaya ella misma por su voluntad.

Eric apretó la mandíbula, furibundo.

-El destino puede cambiar- dijo entre dientes- No dejaré que eso pase.

-¿Y mientras tanto qué sucederá?- inquirió Raven, caminando hacia la puerta- Ella se irá de nuestro lado, ya sea porque el fénix despierte en su interior o porque ella decida que es lo más adecuado para su salud mental.

-Será algo temporal- insistió Eric, volviéndose hacia ella- Pronto podrá distinguir sueño y realidad, cuando el fénix abandone su cuerpo.

-No podemos estar seguros de que eso ocurra- contrarió Raven, con la mano en el pomo de la puerta- Entretanto, tú sigue con la idea de amarrarla. Eso solo le dará pie a largarse.

Magneto la aferró por el antebrazo, haciendo que ella se girara para mirarlo a la cara.

-¿Con Charles?- dijo él entonces, en voz baja.

-Muy probablemente con alguien que sí tenga en cuenta lo que le está pasando- respondió ella, su rostro insinuante a varios centímetros del hombre- Cualquiera que la ayude con su situación.

Eric no la soltó, sino que la atrajo más hacia sí. Sus labios se rozaron breve pero intensamente.

-¿Harás tú lo mismo?- le preguntó el hombre- ¿Tú también me abandonarás? ¿Te irás con esa mujer?

-No, Eric- le aseguró ella, robándole otro beso fugaz- Lo que hay entre Irene y yo es algo pasajero, nuestro tiempo se acabó hace mucho.

Magneto le acarició la mejilla. Sin embargo, no lo hizo con ternura, sino como si estuviera admirando la belleza de una flor.

-Me alegra saberlo- sonrió él.

Raven asintió, devolviéndole la sonrisa y guardándose su tristeza para sí. Quería ayudar a Marie, pero la única forma que se le ocurría se hallaba vedada para ella.