ACLARACION: la historia y los personajes no me pertenecen yo solo juego con ellos con fines de entretenimiento (algún personaje es de Twilight que pertenece a Stephanie Meyer, la historia es de Candice Hern)

Sin más aquí les dejo el capitulo que lo disfruten

Capítulo 14

Isabella cerró la puerta tras de sí y se desplomó contra una pared. Se tapó la boca con una mano y tomó aire varias veces, rogando por no acabar vomitando en el vestíbulo. La noche anterior había hecho apasionadamente el amor con un desconocido. Había estado desnuda con un desconocido. Un desconocido había usado su boca para dar placer a la parte más privada de su cuerpo. Le había dado más de ella a un perfecto desconocido que de lo que le había dado al marido que había amado. Su cuerpo entero comenzó a temblar; de vergüenza, ansiedad, culpabilidad e ira. La puerta de la sala del desayuno se abrió y apareció Alice tras ella. Vio a Isabella y soltó un grito ahogado.

—Dios mío, ¿qué le ocurre?

Isabella temblaba demasiado como para responder. Incluso los dientes le castañeaban.

—Mi pobre niña —dijo Alice, y la abrazó—. Está temblando.

Isabella se dejó envolver por la calidez de su amiga. Alice le frotó con cariño la espalda y los brazos.

—El accidente de lord James le ha impactado —dijo—. Pero no debe preocuparse. Su vida no corre peligro. Se recuperará, mi niña. ¿Está muy enamorada de él?

—N-no —logró decir. Los cuidados de Alice estaban logrando tranquilizarla—. No, n-no es eso.

—Entonces está devastada por el hecho de que no pueda ser su amante en esta fiesta. Sé que está decepcionada, pero habrá otras oportunidades. Con él, cuando se recupere, o con otro hombre. No debe tomárselo tan a pecho, querida. Encontrará a su amante.

Isabella levantó la cabeza y se soltó de su abrazo. Había dejado de temblar un poco, aunque seguía con los nervios en el estómago y las náuseas amenazaban con arrojarlo a la superficie. Miró a los ojos compasivos y sabios de su amiga.

—Eso es lo que ocurre. Sí tuve un amante en mi cama anoche.

Alice se quedó boquiabierta. Recobró la compostura enseguida y dijo:

— ¿De veras? ¿Quién era él?

—No lo sé. —La voz de Isabella se tornó un lastimero quejido—. Dios mío, Alice. ¡No lo sé!

—Buenos días, señoras.

Rosalie estaba bajando las escaleras con Ángela a la zaga. Su semblante indicaba que había pasado otra feliz velada en los brazos de Emmett McCarthy. El de Ángela indicaba que había oído más de lo que habría deseado oír aquella noche.

— ¿No es una mañana gloriosa? —dijo Rosalie y a continuación vio el rostro de Isabella. Su sonrisa se desvaneció—. Oh, querida. —Se acercó y le tomó la mano a Isabella—. ¿Se encuentra bien? Está pálida. ¿Ha ocurrido algo?

Alice cogió a Isabella del brazo y les indicó a las otras dos mujeres que la siguieran. Las condujo hasta una pequeña hornacina que había bajo las escaleras y que estaba parcialmente tapada por una gigantesca urna griega colocada sobre un pedestal.

— ¿Qué ha ocurrido? —Preguntó Ángela con gran gesto de preocupación—. ¿Y qué podemos hacer para ayudar?

—Lord James ha tenido un accidente —dijo Alice—. Al parecer, anoche se cayó y se rompió una pierna.

—Sí, lo sé, pobre hombre —dijo Ángela—. Un gran alboroto en el pasillo me despertó y me asomé por la puerta. Vi cómo lo trasladaban a su cámara. Debo decir que tenía muy mal aspecto. Entiendo que esté consternada, Isabella.

—Yo también la he visto afligida —dijo Alice— y pensaba que era porque no podría tenerlo en su cama, tal como esperaba. Pero me ha dejado helada. Cuénteles lo que me ha dicho, querida.

Las tres mujeres volvieron sus rostros expectantes hacia Isabella. Se resistía a contárselo, pero eran sus amigas y necesitaba consejo. Respiró profundamente antes de hablar.

—Sí tuve un amante en mi cama la pasada noche.

Rosalie sonrió abiertamente.

— ¡Maliciosa arpía! Entonces debe contárnoslo todo. ¿Quién era él?

Isabella las miró una a una y sintió cómo la vergüenza se apoderaba de ella. Apretó la mano contra sus labios y murmuró.

—No lo sé.

Ángela se tornó pálida y Rosalie se quedó sin aliento. Alice frunció el ceño.

—Creo que lo mejor será que nos cuente qué ocurrió.

Isabella se retorció las manos. ¿Cómo podía decírselo? ¿Cómo podía admitir lo que había ocurrido? ¿Cómo podía permitir que alguien supiera lo licenciosamente que se había comportado con un perfecto desconocido? Las náuseas volvieron a aparecer por su garganta y tuvo que tomar aire varias veces para no vomitar.

— ¿Isabella? —Ángela le colocó dulcemente la mano en el brazo—. ¿La… violaron?

Isabella negó con la cabeza.

—No, pero estoy t-tan avergonzada.

Se cubrió el rostro con las manos y rompió a llorar. Alice la rodeó de nuevo con sus brazos, dejando que llorara y diciéndole suavemente «tranquila» una y otra vez en su oído. Tras unos minutos, Isabella levantó la cabeza y miró los dulces ojos de la duquesa, enviándole en silencio un mensaje de agradecimiento. Alice asintió con la cabeza y la soltó con cuidado.

—Estoy bien —dijo Isabella en voz baja—. Estoy bien.

—Por favor, cuéntenos qué ocurrió —dijo Rosalie de forma dulce y cariñosa—. Sabe que puede confiar en nosotras. Estamos aquí para ayudarla, aunque solo sea para que tenga tres pares de hombros sobre los que llorar. El credo no escrito de las Viudas Alegres es que nos apoyaremos las unas a las otras, independientemente de lo que haya ocurrido.

Isabella vio en sus rostros el reflejo de la dulzura y la amistad. Dio gracias a Dios por tener unas amigas así con las que poder hablar. Dios bendijera a las Viudas Alegres. Tragó saliva y comenzó su sórdida historia.

—Lord James me había dicho que vendría a mi habitación cuando los caballeros terminaran de jugar a las cartas. Esperé y esperé, pero no llegaba, así que finalmente me metí en la cama y me dispuse a dormir. Ya vieron mi cama, con el dosel y los gruesos cortinajes.

—Sí, en efecto —dijo Rosalie con una sonrisa para intentar calmar un poco los ánimos—. Todas sabíamos que le habían dado la mejor habitación de la casa.

—Solo lo menciono porque es en parte responsable de lo que ha ocurrido.

Las cejas de Rosalie se arquearon del asombro.

— ¿Su cama es responsable?

—Déjela acabar —dijo Ángela.

—Empezó a hacer frío en la habitación —prosiguió Isabella— y descubrí que, si corría los cortinajes, el calor se mantenía en el interior. También impedía que entrara la más mínima luz. Estaba tan oscuro como una cueva.

—Oh, querida —dijo Alice, y una sonrisa apenas esbozada apareció en su rostro.

—Estaba profundamente dormida cuando sentí un brazo en mi cintura y unos labios contra mi nuca. Creí que estaba soñando cuando caí en la cuenta de que estaba ocurriendo de verdad. Pensé que James había terminado por fin con las cartas y había venido a mí. Pero ahora sé que no pudo haber sido James. Alguien se metió en mi cama y no tengo ni idea de quién fue porque estaba demasiado oscuro para verlo.

—Santo Dios —dijo Ángela con los ojos abiertos como platos de la impresión.

— ¿Y le hizo el amor? —preguntó Rosalie.

Isabella, avergonzada, bajó la mirada.

—Sí.

—Oh, Dios mío —dijo Ángela—. ¿Un desconocido entró en su habitación y la forzó? ¡Pero eso es monstruoso!

—No me forzó. Recuerde, di por sentado que era James. Dejé que me hiciera el amor. Deseaba que me hiciera el amor. No tenía ni idea de que no era James hasta hace unos minutos cuando me he enterado de lo del accidente.

—Cuán extraordinario —dijo Rosalie—. ¿Y no tiene idea alguna de quién pudo ser? ¿No reconoció su voz?

—Solo me susurraba. Era imposible detectar su voz. Y, en cualquier caso, tampoco lo intenté. Pensaba que quien me susurraba era James.

— ¿Y no había nada característico en él? —preguntó Rosalie—. ¿Algo de su cuerpo que nos ayudara a identificarlo?

—Puesto que nunca he visto a ninguno de los caballeros invitados sin ropa —dijo Isabella en tono sarcástico—, resulta difícil decir quién ha sido. Pero estoy convencida de que ha sido una estratagema deliberada. Alguien que sabía que esperaba a James y que decidió ocupar su lugar.

— ¿Se hizo pasar por lord James? —preguntó Alice—. ¿Llegó a decir su nombre?

—No. Oh, espera. Cuando me desperté, él me dijo: «Soy yo». Naturalmente, supuse que quería decir: «Soy James». ¿Quién más podría haber sido?

—Quizá supuso que usted sabía quién era —dijo Alice—. Ese «Soy yo» suena a que él creía que lo esperaba, o que al menos sabía quién era.

—Pero el único hombre al que esperaba era James. Y, dado el trato de favor que ha mostrado para con mi persona aquí en Ossing, me aventuraría a decir que casi todos los aquí presentes sabían que lo esperaba a él. ¿Cómo iba a suponer que era otro?

—Bueno, ha tenido que ser uno de los invitados —dijo Rosalie— por lo que, en cierto modo, acotamos un poco el terreno. A menos que fuera uno de los sirvientes.

—Santo Dios —dijo Ángela—. ¿Un sirviente? ¿Nadie está seguro en sus habitaciones aquí?

—Es muy poco probable que haya sido un sirviente —dijo Alice —. No se ponga histérica, Ángela. Dudo mucho que haya un violador suelto en Ossing. Solo un hombre que buscaba a Isabella. —Levantó una ceja—. ¿O no? Me pregunto si no sería alguien que se equivocó de habitación y de dama. ¿Pudo haber pensado que era otra dama?

—No —dijo Isabella—. Me llamó por mi nombre varias veces. Sabía quién era yo. Solo que yo no sé quién era él.

—Pero tiene que tener alguna idea de quién pudo ser, querida.

—Ojalá la tuviera —dijo Isabella alzando la voz de la exasperación—. Alguien me proporcionó la experiencia sexual más fantástica que jamás haya conocido y no tengo ni idea de quién fue.

Edward permanecía inmóvil como una estatua en las escaleras, justo encima de ellas. No debería estar escuchando, claro, pero no podía evitarlo. «La experiencia sexual más fantástica que jamás haya conocido.» Aquello le hizo sonreír. Sentía curiosidad por escuchar qué más tenía que decir acerca de su actuación. Edward estaba muy seguro de sus habilidades en la cama, pero resultaba tranquilizador ver esa confianza reafirmada.

—Así que el desconocido era un diestro amante.

—Más que diestro —dijo Isabella—. Odio tener que reconocer el mérito a alguien que ha hecho algo tan vil como valerse de artimañas para meterse en mi cama, pero lo cierto es que fue un amante espléndido.

Edward no podía borrar la sonrisa de su cara. Estaba hinchado de orgullo por las alabanzas de Isabella a su persona. O a su amante secreto. No estaba alabando a Edward, pues no tenía idea alguna de quién había estado en su cama. Ahora que lo pensaba, la idea de que estuviera hablando de aquello le resultaba un tanto perturbadora. Siempre había dado por sentado que las mujeres no tenían unas conversaciones tan directas. Qué interesante. Chocante, incluso. Lo cierto era que la mera idea de que las mujeres hablaran tan abiertamente entre sí del sexo como los hombres era suficiente para sembrar el terror en el corazón de cualquier hombre racional.

—No fue lord Newton —dijo la señora Weber—. Estaba ocupado. Lo vi en la habitación de lady Drake.

—Bueno, tampoco fue McCarthy —dijo lady Hale—. Pueden estar seguras de que lo tuve lo suficientemente ocupado como para que no tuviera que entrar a hurtadillas en otras habitaciones.

Ajá. Estaba en lo cierto con esos dos.

—Tiene que haber algo que nos ayude a identificarlo —dijo la duquesa.

—Déjeme pensar —dijo Isabella—. Estaba musculado y no tenía un gramo de grasa. Su estómago estaba muy plano.

—Eso elimina a lord Troutbeck.

—Y al señor Denaly.

Risas femeninas llegaron desde la hornacina. Ciertamente se trataba de una de las conversaciones más sorprendentes que Edward jamás había escuchado. Solo esperó que no lograran eliminar a demasiados invitados hasta que solo quedara él.

—Tenía mucho vello en el pecho —prosiguió Isabella—. Y las espaldas muy anchas.

— ¿Lord Ingleby? —sugirió la señora Weber.

—No fue Ingleby —dijo la duquesa.

Se produjo un momento de silencio, roto por más risas.

—Alice, menuda está hecha —dijo lady Hale—. Nunca dice una palabra. Se supone que debemos contárnoslo todo. Hicimos un pacto.

¿Esas mujeres tenían un pacto para compartir los secretos de sus vidas amorosas? ¿Isabella también? ¡Santo Dios!

—No estaba segura —dijo la duquesa—. Además, mi historia es prácticamente del dominio público. No necesitan escuchar más acerca de mi persona.

—Sí, sí que lo necesitamos —dijo lady Hale—. Y, cuando regresemos a la ciudad, deberá estar preparada para una confesión completa. Pero primero tenemos que abordar esta peliaguda situación de Isabella. Entonces, ¿quién tiene las espaldas lo suficientemente anchas? ¿Lord Havering? ¿Sir Tayler Crowley?

—Sir Tayler es una interesante posibilidad —dijo la duquesa—. Me pregunto si habrá un pecho velludo y musculoso bajo sus elegantes chalecos y camisas con chorreras.

—Sí, y siempre tiene esa mirada tan encantadoramente seductora — dijo lady Hale—. Le hace pensar a una si no será un compañero de cama interesante. Podría ser su hombre, Isabella.

— ¿Lo cree? ¿Crowley?

Maldición. ¿De veras pensaba que podía haber sido ese tipo quien la llevara a esos niveles de éxtasis? ¿Quien la había abrazado con fuerza cuando ella se había estremecido con el primer clímax sexual de su vida? ¡Por todos los dioses! —No puedo creer que estén enumerando con total tranquilidad los caballeros que se han podido meter en la habitación de Isabella. —La voz de Ángela sonó llena de indignación. Se volvió hacia Isabella—. Sí, lo disfrutó, pero que le engañara fue repugnante. ¿Si hay un hombre aquí capaz de eso, qué más podría hacer?

— ¿Qué quiere decir, Ángela? —preguntó Isabella.

— ¿Ha pensado que podría estar mofándose con los otros hombres de su encuentro? ¿Y si les hiciera creer que está disponible para cualquier hombre dispuesto a meterse en su cama? ¿Y si va diciendo por la ciudad que es una mujer fácil y atrevida? ¿Ha pensado en ello?

— ¡Oh, Dios mío! —dijo Isabella.

—Y no sabe qué hombre lo hizo —prosiguió la señora Weber—. ¿Cómo podrá soportar estar aquí con esa incertidumbre? Preguntándose si todos los hombres lo saben, o solo uno. Y si es solo uno, ¿de quién se trata? Es una situación terrible e intolerable.

Isabella soltó un grito de aflicción.

—Dios mío, Ángela. Tiene razón. Santo Dios. ¿Cómo podría hacerle frente? No podría mirar a ninguno a los ojos. Estaría preguntándome si es él. Eso ya es bastante terrible, pero no había considerado la posibilidad de que difundiera rumores. —Reprimió un sollozo—. No podría soportarlo. Tengo que marcharme. —Creo que es lo mejor —dijo la señora Weber—. Si se queda, él creerá que no le importa lo que hizo. Entonces pensará que podrá hacérselo a otra.

— ¡Oh, no! —la voz de Isabella se tornó en un lamento tan quejumbroso que rompió el corazón de Edward.

—Sabio consejo, Ángela —dijo la duquesa—. Estoy completamente de acuerdo con usted. Isabella no debe dejar que ese hombre crea que su cruel broma no tiene importancia.

—Entonces debo marcharme enseguida.

Las palabras apenas si habían salido de su boca cuando rodeó la enorme urna, se recogió las faldas del vestido y comenzó a subir las escaleras. Vio a Edward en mitad de camino y se detuvo. Estudió su rostro un instante.

—Lo ha oído, ¿verdad?

—Solo parte. He oído que tiene intención de marcharse.

—No tengo otra opción, Edward. Tengo que marcharme inmediatamente.

—Por supuesto, querida. Permita que me ocupe de todo lo relativo a su carruaje mientras usted prepara sus cosas.

—Es muy amable por su parte. Gracias, Edward. —Subió las escaleras y lo dejó atrás—. Estaré lista en veinte minutos.

Edward vio cómo se marchaba. Cuando se volvió, vio a las otras damas al principio de la escalera hablando en voz baja. La duquesa alzó la vista y lo miró. Los labios de Alice esbozaron una enigmática sonrisa. Edward permaneció en la escalera de la entrada principal y observó cómo metían el equipaje de Isabella en el carruaje. Esperó a que apareciera para poder despedirla. Y esta sí que iba a ser una verdadera despedida. Había estropeado todo, así que había decidido que lo mejor era mantenerse lo más lejos posible de Isabella. Por su bien y por el de Tanya. Había hecho mucho daño a los demás. Ya era hora, por fin, de anteponer las necesidades de ellas a las suyas propias. Era hora de que se comportara como un hombre de honor. Se había pasado el resto de la noche pensando en lo que había hecho y en lo que debería hacer a continuación. En un futuro cercano, al menos, aunque probablemente se prolongara durante más tiempo, Edward necesitaba desaparecer de la vida de Isabella. Era la única solución. Cuando terminara la fiesta en Ossing, Edward viajaría hasta Dorset, a la finca que había pensado en vender. Iba a comenzar a preparar todo para que la casa estuviera lista para recibir a su prometida. Entonces invitaría a los Denaly para que pasaran allí un tiempo y preparar los detalles de la boda, que se celebraría en la iglesia parroquial. En ese aspecto, se mantendría firme. No volvería a Londres para celebrar una boda en St. George con la alta sociedad. No regresaría a la casa de Bruton Street con sus balcones contiguos. Es más, le diría a su hombre de negocios que la pusiera en venta. Su personal podía recoger todo el mobiliario y sus pertenencias personales y enviarlas a Dorset. No tendría que regresar a esa casa, a sus recuerdos y a su tentadora cercanía con Isabella. Sería una ruptura limpia. Abandonaría la vida en la ciudad que siempre había preferido y se establecería en el campo, donde su prometida sería más feliz. Se convertiría en un «señorito» de campo y criaría una prole de niños allí. Dedicaría el resto de sus días a hacer feliz a Tanya. Intentaría hacer algo con su vida. Y quizá algún día, cuando hubiesen transcurrido muchos años de esto, cuando hubiera logrado construir esa nueva vida para él y se hubiera establecido cómodamente en ella, cuando su afecto por Tanya se hubiese convertido en algo más profundo, cuando sus raíces en Dorset estuvieran tan arraigadas y su vida tan afianzada allí que jamás pudiera abandonar ese lugar, quizá visitaría de nuevo Londres y a Isabella. Se saludarían como viejos amigos, rememorando sus días juntos con Jacob. Aquella noche especial que compartieron en Ossing Park sería poco más que un recuerdo dulce y ya casi olvidado. Para ella significaría todavía menos, pues nunca sabría que lo había compartido con él. Era un castigo adecuado por lo que había hecho. Por hacerla sufrir. Por engañarla. Por amarla. El sentimiento de culpabilidad que sentía por haber traicionado a su mejor amigo con ese amor era casi más insoportable que la posibilidad de perder a Isabella para siempre. Sus remordimientos no eran tanto por lo que había ocurrido la noche anterior o por amarla ahora, sino por todos esos años en que Jacob seguía con vida y Edward había estado enamorado en secreto de su esposa, aunque nunca llegara a admitirlo. Perdóneme, Jacob. Nunca quise que esto sucediera. Sin embargo, no volver a verla, no volver a tocarla u oír su risa de nuevo… esa sería la peor tortura posible. Lo soportaría, sin embargo, para expiar sus pecados. Y porque era la única solución posible. Pero, Dios santo, sería muy doloroso. A Edward le parecía como si conociera a Isabella de siempre y apreciaba su amistad. Le gustaba muchísimo y ahora la amaba también. Pero había conocido su cuerpo, y su pasión.

Había tenido más de ella de lo que se había esperado y eso tendría que serle suficiente para lo que le quedaba de vida. Se volvió cuando escuchó pisadas. La sirvienta de Isabella apareció, vestida para el viaje y llevando una sombrerera y lo que parecía ser el joyero de Isabella. Saludó a Edward con un gesto de la cabeza cuando pasó a su lado, y le entregó la sombrerera al lacayo que estaba colocando las cajas en la parte superior del carruaje. La sirvienta subió al carruaje con el joyero. Isabella salió después. Llevaba una chaqueta Spencer de terciopelo verde sobre el vestido de rayas amarillo que le había visto llevar antes y también se había colocado un sombrero de paja con un ribete vuelto hacia arriba. Era un conjunto precioso, vivo y alegre, pero su rostro pálido y apesadumbrado disipaba todo rastro de alegría. Se detuvo y lo miró. Sus dulces ojos marrones reflejaban la tensión del momento.

—Gracias por ocuparse del carruaje —dijo.

—No hay de qué.

—Comprende que no pueda permanecer aquí. Ha escuchado suficiente acerca de lo que ocurrió.

—Sí.

Isabella cerró los ojos y un rubor repentino coloreó sus mejillas. ¿Vergüenza? ¿Aflicción? Aquella imagen le hizo ser consciente del daño que le había causado. Fue como si se le clavara un cuchillo en el pecho.

—Estoy muy confundida, Edward. No sé qué hacer. Pero tengo que salir de aquí. —Comprendo.

—Oh, Edward. Es tan bueno conmigo. ¿Qué haría sin usted?

El cuchillo se clavó aún más. Él le ofreció su brazo. Ella sonrió (gracias a Dios que iba a poder verla sonreír una vez más) y lo asió mientras la ayudaba a bajar las escaleras hasta el carruaje. La observó con detenimiento mientras se iban acercando al carruaje, memorizando cada centímetro de su rostro: la elegante curva de su mandíbula; la nariz recta que por solo un poco no resultaba demasiado larga; la piel de porcelana cuya suavidad había sentido contra su barba cerrada; la suave caída de su mejilla, más parecida a la piel de un melocotón, captando los rayos del sol; los enormes ojos marrones con largas pestañas rizadas que los hacían parecer todavía más grandes; la dulce boca con su labio inferior ligeramente más grueso que el superior, dulce y carnoso como un higo. Los hoyuelos, claro está, no habían hecho acto de presencia, pero podía ver las hendiduras donde aparecerían si sonriese.

La observó con toda la intensidad de un pintor de cámara, pues era posible que no la volviera a ver. Ella se volvió para mirarlo cuando llegaron a la puerta del carruaje.

—Adiós, Edward. Y gracias.

Él le tomó la mano y se la llevó a los labios. Su guante mantenía la tenue fragancia de nardos.

—Adiós, querida.

La ayudó a subir y entrar en el carruaje. Ella se sentó y colocó las faldas de su vestido. Alzó la vista y dijo:

—Oh, Edward, se me olvidaba. ¿Podría hacerme un gran favor?

—Lo que me pida.

—Le he informado de mi marcha a lady Presteign, pero no he podido hablar con lord James. Cuando pueda recibir visitas, ¿le dirá lo mucho que lamento su accidente? ¿Y le presentará mis disculpas por esta partida precipitada?

—Sí, por supuesto.

—Le ruego que no comente nada acerca de las razones por las que me voy. Tan solo dígale… dígale que me ha surgido un asunto personal y que tengo que regresar a la ciudad. Eso es más o menos lo que le he dicho a su hermana.

—No se preocupe, querida. Le presentaré sus excusas sin necesidad de darle explicaciones.

—Gracias de nuevo, Edward. Es usted un gran amigo, como siempre.

Edward forzó una sonrisa y asintió.

—Disfrute del resto de la fiesta. Lo veré cuando regrese a Bruton Street.

No, no lo vería. Sin pensarlo, se acercó y la tomó del brazo. Tiró cariñosamente de ella y la besó. Dulce y cariñosamente y con toda la intensidad de una despedida. Permaneció más tiempo así del que habría debido, saboreando ese último momento de intimidad, deseando que no acabara. Pero tenía que acabar, antes de que se viera tentado a sacarla del carruaje y asirla entre sus brazos. Se retiró y le soltó el brazo. Ella se volvió a sentar y lo miró con los ojos muy abiertos. Edward cerró la puerta del carruaje, se dio la vuelta y se alejó.