En pleno corazón

Emma, estirándose y gruñendo, mantuvo los ojos cerrados algunos minutos, después se obligó finalmente a abrirlos, sabiendo que ya era bien tarde.

Deslizó su mano en el lado izquierdo de la cama, y no se sorprendió al ver que Regina ya no estaba a su lado, las frías sábanas indicaban que ya se habría levantado hacia un buen tiempo. Sacudiendo la cabeza y suspirando, la rubia no pudo evitar sonreír. Incluso en fin de semana, Regina no podía concebir levantarse tarde.

Luchando contra las fuerzas que le aconsejaban seguir en la cama, la ex asesina posó los pies en el suelo y se levantó, recogió su camiseta que reposaba a los pies de la cama, vestigio de la noche subidita de tono que había pasado con la morena.

Una sonrisa perversa ilumino su rostro cuando los recuerdos de la tórrida noche le inundaron la mente. La rubia abrió las persianas de madera y suspiró de alegría al ver las viñas que se extendían hacia el horizonte tras el pequeño muro de piedras blancas que bordeaba la propiedad.

La misma tarde en la que había matado a Gold se habían marchado de Boston, y Emma le había pedido a Regina que eligiera el sitio. Cuando le explicó que el hombre de negocios les había puesto precio a sus cabezas, le aconsejó que buscara un sitio apartado, lejos de los abogados y otros buitres pagados por el millonario, para no ser fácilmente encontradas. Sin pensarlo, Regina había elegido Francia.

«¿Francia? ¿Francia?» preguntó Emma parpadeando, totalmente asombrada «¿Quieres…quieres vivir en Francia?»

«Sí» respondió la morena sonriendo, los ojos resplandecientes de esperanza «Siempre he soñado con volver a Francia. Mi padre me llevó de vacaciones a casa de uno de sus amigos cuando yo era pequeña y me enamoré de ese país…»

Emma se rascó la cabeza y se encogió de hombros «Vaya…puedes elegir las Bahamas, las Islas Caimán, Tahití u otro paraíso en la tierra, y tú quieres ir a Francia…»

Inquieta de que la rubia no quisiera acompañarla, Regina tomó su mano temblando

«Pero…si tú quieres, podemos ir a otro sitio, no me molesta. ¡Mientras estés conmigo!»

Conmovida por esa confesión, la rubia acarició amorosamente la mejilla de su compañera.

«¡Nos vamos a Francia! Llama a Aurora, dile que pasamos a recoger a Henry, despegamos esta noche»

Regina le había saltado al cuello, besándola apasionadamente antes de coger, animada, el móvil que le tendía la rubia.

Al día siguiente por la mañana, llegaron a París, como único equipaje una mochila cada una. La de Regina contenía algunas de sus cosas y de su hijo, la de Emma estaba casi vacía, solo su álbum de fotos y la videoconsola de Henry la acompañaba en su nueva vida.

Al salir del aeropuerto, cogieron un taxi que las dejó a las puertas de un hotel de lujo en el que Emma había hecho la reserva desde Estados Unidos. El botones les subió el equipaje, mientras Regina cargaba a su hijo, que se había dormido en sus brazos desde hacía una hora. Todavía era relativamente temprano, así que el niño podía dormir un poco más.

Después de haberlo dejado en la cama, Regina miró extraña un gran bolso negro en mitad del salón.

«¿Qué es eso?»

«Algo con lo que defendernos si fuera necesario» respondió la rubia abriendo el bolso y sacando su pistola fetiche de un bolsillo interior. Después tecleó un "ok" en uno de los numerosos móviles que estaban metidos en una bolsa. Miró a Regina que la miraba con expresión de asombro.

«¿Qué? ¿No te creerías que vendría sin nada para defenderme, no? Mi padre tiene amigos, muchos amigos, incluso en Francia» añadió ella con una gran sonrisa.

La morena se echó a reír poniendo los ojos en blanco. Con paso rápido, se dirigió al cuarto de baño aún riendo.

«¡No sé por qué me asombro!»


Emma bajó la escalera de cuatro en cuatro, y sonrió al ver a su compañera desayunar junto con Henry que le contaba con entusiasmo lo que había hecho el día anterior en compañía de su mejor amiga, Alice.

Tras besar tiernamente a Regina, la rubia le cogió un trozo de su tarta y le despeinó el pelo al chico.

«Entonces, chico, ¿dónde estás en esa historia con tu bonita rubia? ¿Todavía en el estadio del coqueteo? ¿Cuándo te vas a decidir a besarla?» preguntó echándose a reír ante el tono escarlata que adquirió el rostro de Henry.

«¡Emma, por Dios!» respondió Regina, falsamente indignada «Solo tiene doce años, ya tendrá tiempo suficiente para descubrir todo eso»

La rubia sonrió a su compañera mientras se sentaba en sus rodillas.

«Sí, tienes razón…aprovecha, chico, en algunos años, lamentaras el momento en que podías coquetear con una bonita chica sin que eso provocara consecuencias terribles…como un matrimonio»

Regina no puedo evitar sonrojarse a su vez e hizo amago de pegar a la rubia.

«Ríete…pero acabaré por hacerte ceder un día u otro»

Emma se levantó y acarició amorosamente la mejilla de la morena.

«Te amo…pero voy a dejarte esperando algún tiempo…y además no soy una mujer fácil, ¡tendrás que hacer tu pedido como Dios manda!» dijo ella con una sonrisa, haciendo suspirar a Regina que puso los ojos en blanco, arrancando un risa loca a Henry.

El jovencito estaba tan feliz de ver a su madre tan relajada y contenta al lado de la rubia que había aceptado sin dudar empezar de cero, comenzando una nueva vida en un país que él no conocía. Las primeras semanas habían sido difíciles, pero ya hacía dos años que vivían ahí los tres, colmados de felicidad. Su madre no le había dicho la verdad sobre la razón de la partida, penando que aún era muy pequeño, pero Regina había previsto explicárselo en cuanto el joven tuviera edad para comprender.

Desde ese momento, el trio vivía en paz, aprendiendo juntos las costumbres y la lengua francesas. Henry demostraba que tenía más capacidad de aprendizaje que su madre, y mucho más que la rubia que intenta más mal que bien conseguir hacer una frase correcta.

«Bien…me voy a dar una vuelta» exclamó Emma besando a su amada mientras cogía una manzana de la mesa «¡Hasta luego a los dos!»

Sin darse la vuelta, la rubia salió de la casa canturreando. Paso por delante de la berlina negra que estaba estacionada en medio del sendero, al lado de un pequeño escarabajo amarillo que Regina había querido comprar cuando llegaron a Bourgogne. No lo usaban nunca, pero el simple hecho de verlo estacionado en la entrada bastaba para hacerlas sonreír a las dos. Era un recuerdo de otra vida, a la vez muy reciente, solo hacía dos años que se habían instalado en esa casa, pero a la vez tan lejano de sus vidas actuales, sencilla, reposada, idílica…

Emma estaba locamente enamorada de Regina y amaba a Henry como si fuera su propio hijo, y él le correspondía. La vida en conjunto era para ella un verdadero cuento de hadas, lejos de la miseria que había conocido de joven, sin violencia y encargos de muerte.

Algunos meses después de su llegada, Emma había decidido quemar su álbum de fotos, pasando, de esta manera, página a su vida de asesina a sueldo, y comprometiéndose en su relación con Regina.

De su pasado solo había conservado su arma fetiche, guardada en una caja fuerte en su dormitorio, y su costumbre de cambiar de teléfono después de cada llamada a su padre, hecho que hacía reír a su novia cada vez que la veía tirar un móvil a la papelera.

Regina era consciente de que sus vidas estaban en peligro, los 100 millones de dólares por sus cabezas todavía estaban en vigor, pero ella se sentía segura al lado de la rubia, y sabía que Marco las cuidaba.

Es más, era hora de que Emma lo llamara, como todos los domingos por la mañana. Caminando tranquilamente por medio de las viñas, la rubia sacó un teléfono de su bolsillo y marcó el número de su padre adoptivo.

La conversación siempre se eternizaba. Emma le contaba a su padre con alegría las nuevas historias de Henry, su estupenda vida en medio del campo, o los triunfos de Regina como contable para el alcalde del pueblo que había acogido a esos americanos con los brazos abiertos.

Emma deseaba que su padre pudiera conocer a su futura esposa y al chico que consideraba como su hijo, pero el anciano no deseaba correr riesgos, la situación era aún demasiado peligrosa.

La rubia lo comprendía perfectamente y se lo explicaba con tacto siempre que Henry pedía noticias de su abuelo. Como siempre, Marco le contó algunos de sus encargos, aparentemente estaba poco decidido a jubilarse, después la conversación derivaba hacia temas diversos y variados. Los dos heridos por la vida recuperaban así, poco a poco, todo el tiempo perdido durante esos últimos años.

Después de más de cuarenta minutos de caminata, Emma le mandó un beso a su padre y colgó, pues había llegado a la entrada del pueblo cercano, donde ella había empezado a desarrollar una rutina, compraba el periódico cada mañana, charlaba con los comerciantes, y después volvía con el comida del mediodía comprada en el mercado.

Esa manía de salir a pasear, en un principio, había sorprendido a Regina, pero comprendió rápidamente que la rubia necesitaba estar sola en ciertos momentos para dejar la mente en blanco y adaptarse a una vida normal, lejos de la violencia, de los gritos y lágrimas.

Mientras se alejaba del centro del pueblo, con su bolsa de vituallas en la mano, Emma envió un SMS a Regina indicándole que estaba de camino, un ritual que, sin pensarlo, se había establecido, porque las dos mujeres sentían una necesidad continua de tranquilizar a la otra cuando estaban separadas. Se puso el teléfono en el bolsillo después de buscar su lista de canciones, se colocó los auriculares, y emprendió el camino de regreso por otro sitio diferente para romper la monotonía del trayecto. La ruta bordeaba un lago de aguas cristalinas al que Regina y Emma amaban venir a pasear dadas de la mano. Sonriendo bobaliconamente desde hacía unos diez minutos, y agitando la cabeza al ritmo de la música que desfilaba por su MP3, Emma no comprendió inmediatamente por qué de repente le costaba respirar. Sintió cómo el brazo izquierdo se le dormía, y no pudo sostener la bolsa que llevaba, el asa de plástico se deslizó por sus dedos hasta caer y tirar todo el contenido en el suelo. Con la mano derecha sobre el pecho, Emma intentó recuperar la respiración, pero el dolor se hizo más vivo con cada expiración. Al borde de sus fuerzas, la rubia cayó de rodillas, apoyando sus manos en el suelo. Entonces, comprendió lo que acababa de pasar al ver su mano derecha cubierta de sangre.

Al bajar la cabeza para intentar mirar su torso, la rubia hizo una mueca al ver cómo su camiseta se cubría de un rojo escarlata. Con la respiración sibilante, intentó mantenerse de rodillas, pero sus fuerzas la abandonaban poco a poco, a medida que el oxígeno que le costaba hacer que entrara en su cuerpo le iba faltando.

Cayendo de espalda contra el suelo, Emma intentó con mucha dificultad darse la vuelta, el dolor la hacía gritar en cada movimiento. El sol ya alto en el cielo la cegó, transformando su campo de visión en una gran corona blanca, impidiéndole ver lo que pasaba a su alrededor. La falta de oxígeno y la luz del sol la obligaron a cerrar los ojos, centrando su concentración en su entrecortada respiración, dándose órdenes mentalmente para continuar respirando.

«Mantente, Emma…lucha…» pensó obligándose a inspirar a pesar del dolor que la hacía toser, arrancándole un grito mudo.

Sintiendo su espalda mojarse, la antigua asesina comprendió que un charco de sangre se estaba formando en el suelo. El dolor de su cuerpo estaba dejando paso, segundo a segundo, a un calor reconfortante, y Emma tomó conciencia de que estaba muriendo.

Preparada para eso desde hacía muchos años, cerró dulcemente su puño e intentó calmarse para que su partida fuera de la manera más dulce posible. La falta de oxígeno comenzaba a sentirse cruelmente, su mente divagaba y vagas imágenes le vinieron a la mente. Su mente pasó del asesinato de su padre adoptivo al de un gran tipo de la industria automovilística que había asesinado años antes. Cada vez más vagas, las imágenes desfilaron a una velocidad endiablada, dejando a Emma apenas tiempo para comprender lo que ellas representaban.

De repente el rostro de su padre se le apareció, esa imagen le encogió el corazón al comprender que no lo vería más.

«Papá…» murmuró moviendo las manos para acariciar la imagen fantasma. Después el rostro de su padre adoptivo se transformó y dio paso al de Regina.

Entonces, Emma estalló en llanto, su paz interior la abandonó rápidamente cuando la imagen de la mujer que compartía su vida se le apareció. A pesar de todos esos años durante los que se había preparado para lo peor, no quería morir. ¡No hoy, no ahora que finalmente tenía una vida feliz con la mujer que amaba, con su hijo!

Luchando por abrir los ojos, Emma no conseguía discernir las sombras que flotaban ante ella. Solo el sonido de una voz le hizo comprender que había alguien a su lado. Gimiendo, giró ligeramente la cabeza para intentar distinguir un rostro entre las vagas formas que su mente moribunda quería dejarle ver.

«Eres resistente, eh» murmuró la voz masculina «Lo siento, sinceramente, quería matarte rápidamente, pero fallé el tiro»

El hombre se arrodilló a su lado y apartó con gesto delicado un mechón rubio que tapaba sus ojos esmeraldas.

«Me habían dicho que eras hermosa…la gente no mentía. Eres una legenda, ¿sabes? Añadirte a mi palmarés hará de mí uno de los asesinos a sueldo más demandados. Sidney Glass, el hombre que mató a la célebre Emma, la mujer más buscada en la profesión. Te lo agradezco, además de hacerme rico, me vas a hacer una buena publicidad…»

Suspirando, el hombre miró durante un minuto cómo Emma moría. Su respiración se hacía cada vez más ronca e irregular, su mano intentaba moverse, pero todas sus fuerzas la habían abandonado.

Emma lloraba lágrimas de impotencia, iba a morir como había vivido, de manera anónima, sin nadie que la acompañara, lejos de la mujer que amaba con toda su alma. Su único consuelo era saber que había tenido dos años de vida, dos años de felicidad con Regina.

Iba a morir ese día, violentamente, entre sangre y lágrimas, como todas sus víctimas anteriormente, como la asesina que era.

«Re…Re…gi…»

El hombre puso su mano sobre su boca en un gesto casi tierno.

«Chuttt…déjate ir. No luches»

Dando un paso hacia atrás, el hombre dejó su fusil de precisión en el suelo y desenfundó su pistola mientras suspiraba.

«Pero lo siento, los términos del encargo de Gold son claros. Si quiero el dinero, debes morir de una bala en el corazón»

Apoyando el cañón de su arma en el pecho de la joven, le cerró los ojos con la yema de los dedos. Emma se dejó ir llorando, esperando que su alma encontrase la de Regina en un mundo que esperaba mejor que este.

La detonación resonó a lo largo de los viñedos, haciendo que un cisne que había sobre el lago a unos metros más allá alzara el vuelo.


Sé que estaréis con los ojos como platos. Yo también, no me acordaba de este final, pero queda el epílogo. Descubriremos qué ha pasado.