EPÍLOGO
Saga aun se sentía adormecido, y lo que más deseaba era deslizarse de vuelta al sueño, pero una boca torturando su nuca y su oreja derecha no iban a permitírselo.
Suspiró, tenía tantas cosas en qué pensar y quería fingir que dormía para poder hacerlo. El día anterior, después de dudar durante semanas, finalmente se había atrevido a escribirle a su hermano. Dentro de poco incluso se atrevería a hablar con Milo. También había hablado con Atenea mediante el poder de su cosmos, ella sin duda sabía dónde encontrarlo, pero no lo había necesitado todavía, por suerte; tarde o temprano tendría que volver al Santuario pero mientras tanto la vida era apacible y la tregua seguía en pie; la tierra y el inframundo funcionaban de manera correcta.
Radamanthys atacó su cuello de nuevo, removiéndose sobre él, enterrándolo un poco más en la arena. Seguían en la costa de Grecia, en la choza sin ventanas echa de troncos astillados, donde no había nada más que lo esencialmente necesario. Su relación había retomado el camino que tenía antes, basándose en el sexo sin palabras aunque con una actitud más relajada, sin competencia y –para alivio de Radamanthys– sin pláticas sobre viejas pesadillas luego de terminar; en lugar de eso solían dormir o si era demasiado temprano, se acariciaban lentamente sin decir una sola sílaba.
No era precisamente edificante, pero Saga encontraba satisfacción en aquellos encuentros. Pensaba que estaba bien, para ser el primer amante, el primero de muchos –de acuerdo a su propia expectativa–, no tenía prisa por cambiar la situación ni a Radamanthys. No tenia apetito de nada diferente, ni tenía quejas contra su comportamiento. El espectro iba y venía, según le demandaran sus misiones, cuando lo dejaba solo era un tiempo muy apreciado, de reflexión y calma y cuando volvía se encerraban recostados sobre la arena hasta empaparse en sudor.
Finalmente se giró despacio y le ofreció su boca mirándolo a los ojos, algo turbulento había dentro de Radamanthys que no sabía en qué consistía, pero que iba calmándose con el paso de los días. Quería creer que todo eso serviría de algo; tenía la impresión de que era como pasar un regalo. Él aun en su locura y su maldad había protegido siempre a Milo, le había permitido crecer y tener una paz interna que a su vez lo llevó a depurar y sanar a Kanon y éste a pesar de su maldad y su mala influencia había tenido la fuerza de sanarlo a él a través de la verdad y la honestidad.
Saga tenía la esperanza que a través de la pasión de su cuerpo, la aceptación de sus brazos y aquellos despertares amenos y enternecedores, pudiera calmar el torbellino dentro del interior de Radamanthys. Podría ser que lo lograra o que no, pero no tenía prisa en alejarse.
El inglés lo besó con entrega, encontraba paz en el abrazo íntimo de Saga, una paz que le permitía vivir sobre la tierra, que hacía que el verde del pasto le irritara menos y que el aliento de los vivientes no le escociera la piel; incluso comenzaba a disfrutar del aroma en su piel, a sal y pescado seco. Se sabía adicto al espacio entre sus brazos, ese era su nuevo hogar.
FIN
