Capitulo 12

Por Betania Badro

Beta: Patto Moleres

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Me subí a la Durango color blanco, ajusté mi cinturón de seguridad y esperé a que él llegara junto a mí. Encendió el auto y salió de casa, encendí la radio y música de opera sonaba y comencé a reír, Andrew me siguió. Seguí buscando sin darme por vencida y en una de las emisoras sonaba "Blurred lines" de Robin thicke. Comencé a mover mis hombros sin poderlo evitarlo, la música era pegajosa. Andrew me miraba y reía.

No muy lejos de casa se encontraba un gran centro comercial, en letras brillante su nombre resaltaba "Gallerie Auchan". Lo miré encantada desde el auto mientras Andrew abría mi puerta, tomó mi mano entrelazándola y caminamos hacia el interior. Chicas muy hermosas aparecían caminando de un lado a otro, y los hombres no se quedaban atrás. El paraíso de los ojos claros. Reí y me encogí de hombros, me sentía pequeña y algo extraña.

—¿Todo bien? —me miró y yo le sonreí y asentí.

—¿Por qué no estarlo si estas a mi lado? —me coloqué de puntillas y besé su mejilla, él, en cambio, giró su rostro y dejó un superficial beso en mis labios.

Sonriendo sobre mis labios se alejó y seguimos con nuestro camino, mirando cada tienda. Eran obviamente marcas muy reconocidas mundialmente, pero que en mi país costaban una fortuna. Prada, Gucci, Channel, ¡oh vamos! Eso era demasiado caro hasta para Charlotte.

—Charlotte —dije en voz alta y Andrew me miró.

— ¿Qué hay con ella cielo? —lo miré y negué.

—Es solo que no la he llamado debe estar como una neurótica —reí con sarcasmo, aunque sabía que si lo estaría. Andrew tomó su celular, marcó un número y comenzó a hablar.

—Mauricio, hermano, tanto sin saber de ti —lo miré atenta mientras él sólo decía: "Genial", "qué bien", "ay y es agradable", o "perfecto".

—Sam para ti —mis pensamientos me habían absorbidos hasta que lo escuché.

—¿Alo?, o si hola Mauricio. Sí, muy bien, gracias. ¿Y Char… —ya era tarde apostaría mi kindle a que Charlotte le arrancó el teléfono de la mano.

Algunos gritos se escuchaban al otro lado, era mi amiga recriminándome por no llamarla.

—No es como si tú llamaras mucho —pude decir a mi favor mientras escuchaba como me resumía sus tres semanas de viajes en dos frases.

Miré a Andrew y le hice una cara de desespero y éste rió, buscó dónde sentarnos y pidió un café para él, mientras yo seguía escuchando a Charlotte.

—Venga Char, detente para respira al menos. No te he entendido mucho, pero me alegro que estés bien. Estoy en medio de un centro comercial con Andrew tratando de estar juntos y tú sólo hablas, pobre Mauricio —le solté todo muy rápido y antes de que dijera algo o reclamara tranqué el teléfono.

Cubrí mis ojos con las manos y luego suspiré.

—Si te llegan mensajes de amenaza de parte de Charlotte, has de perdonarme. Pero hablaba de más —Andrew rió mientras le daba un sorbo a su café.

—Gustas algo, amor —me preguntó.

—Una gaseosa estaría bien — mire a las personas caminar por encima del hombro de Andrew.

Terminamos lo que habíamos pedido en silencio. Él volvió a tomar mi mano y seguimos caminando, se detuvo frente a una tienda llamada "Hermés Paris"; ropa de diseñador se mostraba por las vitrinas.

—Hemos venido a comprarte ropa, así que elige —yo negué.

—No necesito que me compres nada Andrew, de verdad —él tiró de mi mano y entró en la tienda, yo suspiré.

Él sonrió a la chica que le hablaba en italiano, comenzaron a platicar entre ellos hasta que la señorita nos llevó a la sección de vestidos, y comenzó a sacar distintos modelos para mí.

Miré a Andrew y negué.

—Me rehúso —le dije en voz baja pero como si no hubiera escuchado nada eligió por mí dos vestidos muy diferentes.

—Debes ir a probártelos, son mi regalo. Por favor mi amor —tornó su voz suave y dejó un beso en mi mejilla.

—Sólo una cosa, no quiero que me compres nada —miré los vestidos y suspiré.El primero era un vestido corto de color azul turquesa, de torchon y lentejuelas; y el otro es de un color rojo, largo y con pedrería. Me probé primero el rojo, me era ajustado en la área de los pechos, con un diseño de trapeado, su escote en la espalda llegaba hasta la mitad. La tela era organsa satinada, las pedrerías de diferentes tamaños. Salí del vestidor tomando el vestido de cada lado para no arrastrarlo, la chica que me había entregado el vestido me guió hacia una pequeña tarima en forma circular, me subí a ésta y Andrew me miró, sonrió un poco y luego volvió a hablar en italiano. Me miré al espejo y moví el vestido de un lado a otro como niña. La chica bajita pero de piel clara vuelve a mí con una zapatillas Jem Velours Pump de terciopelo rojo sangre. Sin exagerar el tacón media unos doce centímetros Me los calcé y miré a mi novio, él me miraba de arriba abajo asintiendo.

—Perfecta —dijo al acercarse a mí, yo me puse a su altura y le sonreí.

—Gracias amor —dejé un castro beso en sus labios, la chica me hizo señas de que deberíamos probar el otro vestido, lo cual acepté; al probarme el vestido azul me quedaba extraño, me hacía ver enorme de caderas y negué. Salí del probador casi desnuda y le pedí a Andrew que no me hiciera mostrárselo, y él aceptó. Le comenté que me había gustado el rojo y él me guiñó el ojo dándome a entender que ya lo había comprado. Volví a vestirme y salí de allí, llegué junto a él, lo abracé y lo tomé de la mano y me beso el dorso.

—Te veías como una reina de belleza —reí, eso jamás pasaría ni en los mejores sueños de Charlotte y Nicolle.

Miré a Andrew sonriendo.

—Ya que me has comprado este hermoso vestido, que te parece si te compras un traje que haga juego conmigo y así ambos estamos elegantes para la ocasión indicada.

Él lo pensó por un momento y luego asintió aceptando mi propuesta. Al otro lado de la boutique en la área de los caballeros, la misma chica que me había ayudado a elegir estaba ahora buscando un traje adecuado para mi amado, nos mostró dos esmoquin muy elegantes; uno era negro, muy bien definido y con cortes perfectos, y el otro era azul rey, un color muy llamativo para mi gusto personal. Andrew al parecer pensó igual que yo, tomó de la mano de la chica el esmoquin negro con moño negro, y camisa blanca con finos botones, y fue hacia los probadores. En cambio yo, me di el gusto de sentarme ante la espera de mi hombre.

Segundos más tardes salió con el esmoquin, muy elegante como me lo había imaginado, caminó hacia mí mirando mis ojos. yo, por otro lado , no pude disimular la adoración por mi hombre y abrí mis ojos como plato mirándolo de arriba abajo.

—¿Algo que me quiera decir señorita? —lo miré y reí.

—Estupendo, realmente sexy —le guiñé el ojo coqueta, y como no hacerlo si con aquel traje lo hacía parecer a un modelo europeo.

—Entonces me llevaré este —dijo sin más, volvió al probador y unos minutos más tarde estaba a mi lado.

Al salir de la tienda caminamos, miramos otras y negué unas diez veces cuando me pedía comprarme algo más. Al pasar por una tienda pequeña había muchos recuerdos de Italia, le pedí comprar algunas y él asintió. Me pidió que las fuera eligiendo mientras contestaba una llamada, hacia una media hora que lo escuchaba timbrar, pero pensamos que era Charlotte. Así que elegí algunos llaveros, porta retratos, blusas con estampados históricos, y algún que otro adorno; al mirar por encima de mi hombro veía a Andrew caminar de un lado a otro preocupado.

Al volver a casa Andrew se dirigió directo al despacho, algo de preocupación y tormento era lo que su rostro reflejaba.

Llegué a la sala a paso lento con mi vestido en uno de mis brazos y con su traje al otro, Antonella llegó a mi lado tomando las cosas de mis manos.

—¿Sucedió algo Sam? —me preguntó bajo, casi como si me contara un secreto.

—No, no sucede nada, solo sé que ha llamado el padre de Andrew, y por lo poco que pude entender quiere que se valla de vuelta a Venezuela —alcé los hombros de modo inconforme.

—¿Tan pronto? —preguntó, yo asentí e hice un pequeño puchero.

—Y lo peor es que no he aprendido a cocinar la exquisita comida italiana —ella rió mostrándose muy joven.

—Para tu tranquilidad anotaré las mejores recetas paso por paso y así podrás cocinar tan bien como yo —rió ante su aire de superioridad y yo reí con ella un poco más, le agradecí con un beso en la mejilla. Subimos las escaleras charlando de algunas recetas y me ayudó con mi vestido dejándolo bien ubicado en el closet.

—Samantha, cuando el niño Andrew de la orden te ayudaré con las maletas, ¿te apetece? —asentí lentamente como si fuera una orden militar y me tiré en la cama.

—Tomaré una ducha larga así que prepara algo delicioso que muero de hambre —se rió y se marchó, dándome tanta privacidad como deseaba.

Busqué en mi closet algo que ponerme, encontré mi pantalón deportivo negro con líneas horizontales en verde fluorescente al igual que la blusa. Busqué en una de las gavetas mis pantis negras y mi brasier blanco, tiré todo aquello en la cama y me fui a la ducha.

Agua tibia caía por mi cuerpo, mis manos se pasearon por mi cuerpo como las caricias de Andrew la noche anterior. Me sentía completamente distinta, me sentía completa de alguna forma. Los recuerdos me invaden, recordándome cada escenario vivido la noche anterior. Estaba algo húmeda y no era por el agua que caía sobre mí. Ladeé mi cabeza y dejé que el agua mojara mi cabello.

Había estado mucho tiempo inmóvil, sólo mirando al vacío, mientras mi mente imaginaba como Andrew se posicionaba sobre mí y me penetraba, una y otra vez. Jadeé, eso no podría ser bueno, tomé una toalla envolví mi cuerpo y mi cabello.

Fui hacia la habitación y en la orilla de la cama una figura masculina se encontraba allí sentado, llevaba en su mano derecha mi panty. Parpadeé varias veces, al darme cuenta de que aquel hombre era mi amor, mi chico, quien sólo llevaba unos pantaloncillos de color gris y el torso descubierto, dejando mostrar su abdomen bien definido.

Me había quedado paralizada, sin habla, Andrew al observarme bien extendió su mano hacia mi invitándome a llegar a su lado y acepté tomando su mano, él rápidamente rodeó mi cintura con sus manos y sonrío.

—Señorita Samantha, se ve usted muy apetecible así mojada —sentí como un escalofrió se apoderaba de mi y como mis mejillas se incendiaban por el sonrojo.

—Señor Andrew, ¿qué hace en mi habitación sin mi permiso? —dije aquello de forma muy seria pero terminé por besar su frente, este apretó más su agarre y me acercó a él completamente, soltó la toalla que envolvía mi cabello y sonrío amplio.

—Me gusta más tu cabello así, al natural —me sonrojé nuevamente sin poderlo evitar. Acaricié su mejilla y cerró sus ojos ante mi tacto y en un movimiento ágil sacó la toalla de baño que cubría mi cuerpo, se posicionó sobre mí y reí sin poderlo evitar.

¿Cómo había pasado todo tan rápido?

—¡Qué rapidez! —él rió conmigo, y me miró, acercó su rostro al mío y lo que esperaba fuera un beso se convirtió en un roce de labios, una caricia tierna de su nariz con la mía y de una tierna sonrisa. No pasó más, yo suspiré no lo podía evitar. Me miró y sonrió para finalmente lamer mis labios y alejarse de mí, dejándome en la cama tirada con la ansiedad de sus besos.

—El avión sale mañana mi hermosa, así que yo pensaba… —lo miré detallándolo como pocas veces acostumbraba hacer, ya que siempre me concentraba en sus labios o sus hermosos ojos.

— ¿En qué pensabas? —pregunté.

—Ya que nos quedaban un par de semanas acá en Italia y no se podrá, pues he pensado que podrías quedarte en mi departamento, por lo menos por una semana —se mostraba nervioso, ansioso y no exactamente por tenerme desnuda frente a él.

—¿Juntos? ¿En tu departamento? —comencé a reír, estaba nerviosa y cuando eso sucedía me daba por reír mucho

— ¿No crees que es algo precipitado? —pregunté con el ceño fruncido. Este lo pensó y negó.

— Para nada. Usted es mi novia, la mujer que amo y… —me miró y suspiró.

— Además, el verte despertar en las mañanas y el sentir tu cuerpo junto al mío ha sido lo mejor que he podido sentir en mucho tiempo, y aunque quisiera que vivieras conmigo, sé que es precipitado y que iría muy de prisa. Pero quiero que conozcas mi familia, que conozcas mi mundo, que me gusta y que no. Samantha me enamoré de ti y algo en ti no me permite pensar siquiera en perderte —allí estaba de nuevo yo, helada no parpadeaba ni respiraba, simplemente no pensaba, sus palabras se atropellaron en mi mente, una, dos tres veces.

—Samantha ¿estás allí? Di algo mujer, o me sentiré realmente idiota —traté de no reírme y me puse de pie en busca de mi ropa, al conseguirla comencé a ponérmela bajo la fuerte mirada de mi amado, me giré hacia él y me enganché a su cuello

— ¿Entonces, señorita? —volvió a preguntar, acerqué mi rostro a él y le sonreí.

—Ammm —pienso.

—Quizás no toda una semana o dos, pero que te parece si dos o tres días —aunque lo deseaba y sentía la misma necesitad de él, no quería que avanzáramos tan rápido. Él me miró y asintió, estaba serio.

—Aunque no es lo que deseaba me conformo —rodeó mi cintura con sus brazos y me cargó alejándome unos pocos centímetros del suelo.

—Le pediré a mi madre que haga una cena para presentarte oficialmente —negué rápidamente.

—Aún no estoy preparada para conocer a tus padres —suspiré. Se notó en el aire la incomodidad de mis palabras, Andrew me había soltado y se había alejado de mí.

—El vuelo sale mañana a eso de las diez de la mañana, nos iremos dos horas antes, espero estés lista para entonces —lo miré y suspiré. Había cambiado completamente ante mis ojos.

¿Qué había hecho? Ahora sólo lo miraba marcharse.

No saldría tras él, esa no era yo ni lo que acostumbraba. Giré sobre mis talones y fui por mi maleta, la tiré sobre la cama y escuché tocar la puerta cuando comenzaba a doblar parte de mi ropa.

—Pase —dije.

—Sam, ¿necesitas ayuda? El niño Andrew me comentó que se irán mañana en la mañana así que espero poder ayudarte—la miré unos segundos y la abracé con fuerza, ella dudó unos segundos en corresponderme pero luego me abrazó.

—¿Pasa algo mi niña? —acarició mi cabello de modo maternal haciéndome pensar en que si tendría algún hijo o hija.

—Simplemente no lo sé. Es abrumador, Andrew cree que todo es tan fácil —me alejé y negué.

—No, es así Antonella no es fácil. Lo amo, pero no puedo ir tan rápido, no puedo llevar su ritmo de vida —retuve mis lágrimas tanto como pude, ella me miró analizando cada una de mis palabras o al menos eso creía yo.

—Samantha, el niño Andrew está enamorado. Jamás lo había visto así después de la señorita Dafne —se revolvió mi mundo cuando escuché el nombre de aquella mujer que aun no conocía.

—Sólo tiene miedo Sam, créeme bella —asentí y me encogí de hombros no podía decir más, o al menos no sabía que decir.

Antonella me ayudó a empacar y no perdí tiempo para preguntarle si tenía algún hijo, o hija quizás; ésta negó, rápidamente la inundaron las lágrimas, y me explicó que hacía ya diez años que su hijo Jack había muerto en una carrera de motocross. Me explicó que al tomar muy mal una curva cerrada perdió el control y murió. La abracé y le pedí perdón en un susurro por hacerla hablar del asunto.

Ella frunció el ceño e hizo una mueca de dolor, se alejó de mí y terminó de hacer mi maleta dejando por último el hermoso vestido que Andrew me había comprado esta mañana.

—Ya están las maletas listas, ¡ah por cierto, lo olvidaba! Andrew se ha ido desde que entré a la habitación, dijo que no lo interrumpiera y que llegaría tarde a casa —bajó la mirada al decirme aquello.

—¿Dónde fue? —fue lo único que pudo salir de mí.

—No lo sé bien —respondió.

— ¡Oh, bueno! —alcé los hombros restándole importancia.

Ella se marchó dando como excusa que debía lavar los trastes, yo la miré extrañada pero no me importaba.

— ¿Cómo le explico que va muy rápido? —me tiré en la cama y cerré mis ojos por lo que sería unos segundos, miré la hora, aún era temprano y podía salir. Las tardes en Italia eran muy suaves, las nubes cubrían el sol, pensé unos segundos en salir y así fue, me dirigí a la puerta trasera de la casa en silencio y salí.

No es como si tuviera el dinero o hablara un excelente italiano para poder tomar un taxi, así que opté por caminar. Me agradecí mentalmente el haber elegido ropa deportiva y cómoda.

Comencé a caminar calle abajo, la gente hablaba por doquier. Algunas chicas rubias y altas, dignas de bellezas, me observaron y comenzaron a reír, como si fuera un maravilloso centro de burlas; suspiré y negué, no me importaba para nada lo que ellas pensaran, así que seguí caminando, mirando las tiendas, uno que otro restaurant de buena pasta y de excelentes albóndigas. Seguía caminando, llevaba media hora en esto, o eso creo, encontré en el camino un asilo de abuelitos, un hombre mayor de cabello blanco, ojos oscuros y de lentes enormes estaba sentado en una mecedora junto a su mujer, esta llevaba el cabello blanco, sus ojos azules como el cielo resaltaban ante sus anteojos. Estaban tomados de la mano, como un par de enamorados, quise pensar por un segundo si tendría un futuro así con Andrew, pero preferí alejar esos pensamientos extremistas y seguir caminando, por la cuenta que llevaba en mi mente ya llevaba unas quince cuadras caminadas, o dejé de contar en la número ¿diez?.

Un parque muy hermoso de árboles frondosos y de flores colorida, se asomaban desde una entrada de rejas en bronce que llevaba el nombre de "PARQUE LAMBRO". Pequeños lagos pasaban debajo de puentes de piedra o maderas. El césped verde como las hojas de los árboles, la gente pasaba por todos lados, algunos hacían ejercicio o simplemente caminaban hablando un perfecto y fluido italiano, otros disfrutaban de la sombra que daban los enormes y maravillosos árboles. Busqué uno, el más alejado de las parejas felices para ser exacta.

Encontré un lugar cerca del lago donde podía ver a los cisnes jugar allí cómodamente. La brisa era abrazadora y cálida, me recosté en el césped y miré las nubes por un largo tiempo.

Había cerrado mis ojos, debí perder la razón del tiempo por que al abrir mis ojos ya había oscurecido. Me puse de pie rápidamente, salí de aquel lugar corriendo, o al menos me dio la impresión de ello. Me sentía algo perdida, y es que lo estaba, no sabía bien a dónde debía ir, o de donde había dejado la casa de Andrew. Era realmente inútil en aquel lugar, no podría pedir ayuda por no saber hablar el idioma.

— ¡Maldito italiano! —eso fue más un grito interno.

Miraba a todos lados tratando de recordar un lugar que me guiara, pero seguía siendo inútil y comenzaba a desesperarme. Eso no estaba bien, eso no estaba ¡NADA BIEN! Caminé un poco más lento, pero volví a acelerar cuando escuché unos pasos siguiéndome, eran pesados. ¿Quizás los de un hombre? La noche era cada vez más oscura, eran cantadas las estrellas en el cielo, la luna estaba oculta por un crepúsculo.

Me abracé a mi misma y seguí caminando, pero unos brazos me tomaron con fuerza de la cintura, un gruñido contra mi oreja me hizo estremecer, su respiración era agitada y desesperada. Traté de alejarme, no quería morir, aunque no llevara nada de valor no quería morir. Sería un asesinato épico, ya me encontraba pensando los títulos de los diarios venezolanos.

"Muere chica venezolana en una calle de Italia a manos de un hombre que la apuñaleó o violó o ¡qué sé yo!".

Podía sentir mis ojos llenarse de lágrimas pero aun seguía batallando porque me soltara pero era inútil.

—Samantha para —la voz ronca y enojada de Andrew estaba tras de mí.

—Andrew… —dije en un susurro, mi voz se había quebrado, mi corazón latía con fuerza, me giré hacia él y lo miré. Sudaba mucho, su cabello estaba despeinado, su camisa desabotonada, sus ojos muy cautelosos, y pequeños gemidos de cansancio salían de su boca.

— ¡¿En qué demonios estabas pensando?! ¿Samantha, por qué te has ido sin avisar? ¿Por qué carajos lo has hecho? —lo miré en silencio, el enojo le brotaba, sus manos se volvieron un puño y por alguna razón cerré mis ojos esperando que me golpeara como lo hacia mi padre.

—Samantha abre los ojos, no te golpearé —aquello fue un susurro, lo miré a los ojos y me acerqué a él dando pasos cortos pero precisos hasta abrazarlo con fuerza. Hundí mi rostro en su cuello y seguí abrazándolo. Él no respondía a mi cercanía ni a mi tacto, estaba tenso, su respiración comenzaba a tranquilizarse.

—Perdóname —susurré contra su cuello.

Llevó sus brazos alrededor de mí y me abrazó con fuerza, mucha más fuerza de lo normal.

—No quiero que te suceda algo, me siento débil cuando estás lejos. Samantha me sentía perdido al pensar que me habías abandonado por mi actitud, yo te amo. ¿Es que no se me nota que me he enamorado de ti? —suspiré al escucharlo y lo miré a los ojos.

—Jamás te voy a abandonar, te amo también Andrew —dije al acariciar su cejilla y verlo cerrar sus ojos a mi tacto.

—Vamos a casa, ya no quiero estar aquí —él me tomó de la mano y abrió paso hacia la camioneta, abrió la puerta del copiloto para mí y me ayudó a subir y me colocó el cinturón de seguridad. Lo miré atenta en todo momento, apoyó su frente contra la mía y me miró a los ojos.

—Eres mía Samantha, eres mi mujer y te amo, no puedo pensar en perderte —lo callé apoyando mi dedo índice sobre sus labios.

—Te amo Andrew y jamás me iré al menos que tú me eches de tu vida —era momento de callar aquellas palabras que querían salir, así que lo besé, lentamente y con cierto cuidado, él correspondió por unos segundos y luego se alejó, fue al lugar de conductor y comenzó a conducir hasta casa.

Al llegar a casa Antonella se encontraba sentada en el sofá abrazada por Emilio, su esposo, con los ojos rojos como si hubiera llorado por horas. Al mirarme saltó de su asiento hasta llegar a mi encuentro y me abrazó, comenzó a hablar tan rápido que no entendía nada o quizás era porque hablaba en italiano. Andrew con la voz muy seria le pidió que se alejara de mí y nos dejara a solas. Él fue el primero en irse a su habitación mientras yo subía escaleras arriba, Antonella se marchaba. No sabía por qué la trató así pero de seguro seguía enojado, bueno, eso era más que obvio ya que no quería hablarme. Me fui a mi habitación ignorando la de él, me encerré en ésta, al mirar detalladamente aquel espacio todo se encontraba revuelto, las sabanas y almohadas estaban por todos lados. Arreglé lentamente todo y me recosté, no tenía ganas de cambiarme así que la idea de dormir con la misma ropa se volvía latente y así fue.

La casa se encontraba en silencio, sólo podía escuchar los pasos en la habitación de Andrew que iban de un lado a otro, me coloqué una almohada sobre la cara y me dormí.

Bajé rápidamente y decidí llamar a casa como si nada hubiera pasado la noche anterior. Sé que estaba mal el mentirle a mi madre pero tenía muy claro lo que quería hacer, así que llamé a casa muy temprano. Le diría a mi madre que había tenido un día muy largo. Y que Andrew había insistido en ir de compras y que conociera un poco más de Italia. Se burlaba de mí cada vez que le mencionaba que me dolía hasta dar un paso pero…

—¿Alo? Nicolle, ¿eres tú? —pero no era así, sólo era el contestador, esperé a escuchar la nota de voz.

Hola, en estos momentos no te podemos atender, deja tu mensaje después del tono.

— ¡Hey chicas! Las amo y las extraño mucho. Andrew ha recibido una llamada y volveremos antes de lo esperado. Las amo —colgué el teléfono y miré a mi alrededor, la llamada inesperada del padre de Andrew causó escalofríos a medio país y eso no era mentira, la única mentira era mi regreso a casa.

—Mauricio y Charlotte volverán en dos días, mi padre necesita también que Mauricio se encuentre —por un instante me asusté, pero luego asentí y me fui a mi habitación. El juego de estar molesto se podía jugar entre dos personas y esta vez me tocaba a mí.


Vamos por el cap 12 que alegria ¿no creen?...

muchas gracias por leer siempre.. amm tambien les quiero decir que se puden unir a nuestro Grupo en Fb.. como Diamante de dos Amores y lo encontraran.. simpre se habla un poco de los personajes!

gracias por leer y el apoyo.. un beso Grande