CAPÍTULO XIV: SANGRE DE TU SANGRE
Los cazadores se amontonaban en un rincón de la cueva. No habían encendido fuego, probablemente los itran aún les buscaban. Löwin montaba guardia, a pesar de su brazo herido. Hacía falta algo más que un Barroth para acabar con ella.
No sabía cómo saldrían del desierto sin ser vistos. Fuera, en las arenas, no resultaba tan fácil ocultarse de sus enemigos. Observó un par de Rhenoplos que dormitaban algo más allá. Al parecer ellos no se habían percatado de su presencia. Rozó su arma aún manchada de sangre con los dedos, necesitaba una limpieza a fondo. De pronto sus oídos de cazadora escucharon un leve susurro e inmediatamente se puso alerta. Una figura oscura se movió entre las sombras. La joven despertó a Thoras, que descansaba a su izquierda y ambos prepararon sus armas.
- Feliz encuentro el nuestro, cazadores – susurró una voz profunda, dejando un rastro de familiaridad en ellos.
La figura siguió avanzando hasta que la luz de la luna que se filtraba entre las rocas bañó sus facciones. Unos profundos ojos oscuros con un brillo peligroso les observaban y una sonrisa pícara dejaba entrever sus dientes como colmillos, todo ello enmarcado por una profunda cicatriz que cruzaba su cara, desde la sien derecha hasta la mandíbula contraria. Vestía una capa pesada, de color vino y un pañuelo que cubría su cabello.
Nataro, que había escuchado al recién llegado, se adelantó unos pasos, cubriendo con su figura al grupo.
- ¿Quién eres? – inquirió.
- Alguien que quiere ayudaros – se acercó al adulto y le tendió una mano. Este desconfió.
- ¿A cambio de qué?
- Vuestra supervivencia es suficiente – declaró -. Venid por aquí, os guiaré a un lugar seguro.
- ¿Por qué nos íbamos a fiar de ti? – preguntó la joven herida sosteniendo su arma con el brazo sano.
- No tenéis porqué hacerlo, pero los itran no tardarán en encontraros – se dio la vuelta y se encaminó hacia una abertura en las paredes rocosas, dejando un silencio entre él y los forasteros. Sin embargo sabía que decidirían seguirle.
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Teras, mano derecha de la jefa itran, había observado la escena, oculto como buen espía. "Maldito entrometido", se dijo. "A Quna no le va a gustar saber que él está con los forasteros." Dio media vuelta y se apresuró a su aldea.
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Tras escalar el último saliente, los jóvenes llegaron a la parte superior de la cueva, donde pudieron admirar toda una aldea en el interior de la gruta. Había un par de guardias en la entrada oculta que habían dejado atrás. Las casas, excavadas en la piedra, lucían colores rojizos y morados. En el centro se descubría una gran mesa elaborada con minerales preciosos. Todo ello estaba iluminado por el brillo de los bichos divinos que, por alguna misteriosa razón, se amontonaban en el techo.
- Bienvenidos al clan Haar – susurró el hombre de la cicatriz, mientras se deshacía de su capa – Podéis dormir en aquellas estancias. El desayuno se sirve temprano en la mesa central, Ma-skyn. Si necesitáis algo, llamadme.
- Recordaremos tu hospitalidad – agradeció Nataro -. Pero dime, ¿quién eres?
El otro hizo una pausa. Pasó una mano por su cabeza, retirando el pañuelo que la cubría. Descubrió sus cabellos, de un rojo vivo, como el de la sangre fresca. Un rojo que les resultaba ya muy familiar.
- Mi nombre es Kazham, líder de los Haar.
- Creía que tu madre te había condenado a muerte – comentó Nataro tras meditar un poco.
El de pelo rojizo rió. Al parecer era más popular de lo que creía. Aunque no sabría decir si era él o la crueldad de esa mujer la que ostentaba la fama. En cualquier caso, el forastero conocía su identidad.
- No consiguió quitarme de en medio, soy mucho más de lo que ella pensaba.
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En la cabaña, los tres cazadores cayeron sobre sus camas pesadamente. El interior era austero, sin embargo, solo necesitaban un colchón donde dejar que su cuerpo descansase. Noz interrumpió el silencio:
- ¿Quién es ese tío?
- Lo que importa es que nos ha ayudado, ¿no? – Thoras se acomodó, mullendo su almohada, dispuesto a dormir.
- Su mirada, su rostro, su pelo, ¿no os habéis fijado? – intervino Gio - Es el hijo de Quna.
Los otros dos cruzaron miradas. Ahora todo encajaba, ¿quién sino podría condenar a su propio hijo? Ninguno volvió a pronunciar ni una palabra. Simplemente pensaron en ello sin poder decir con seguridad cuándo sus párpados habían descendido por completo.
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La mañana apenas se diferenciaba de la noche en las grutas. La misma luz blanquecina de los insectos que sobrevolaban la aldea iluminaba el despertar de los haar, habitantes de las cuevas del desierto. Nataro se dirigió al centro de la aldea después de despertar a sus aprendices. Era un pueblo silencioso. Había pocos niños que no corrían ni gritaban como en Tatuee, solo admiraban cómo sus padres trabajaban la roca. Junto a la mesa fabricada con minerales reconoció la figura de Kazham, con la misma mirada penetrante.
- Buenos días – musitó.
- Siéntate y come algo – indicó el jefe de los haar – en Ma-skyn todos son bienvenidos.
- Curioso nombre para una mesa.
- Los primeros habitantes de las cuevas se lo pusieron –explicó -. La leyenda dice que fue un obsequio a los dioses a cambio de que siempre estuviese repleta de alimentos.
- Desde luego vuestros dioses son más generosos que los nuestros.
Kazham rió.
- No deberías enfadar a tus divinidades, cazador.
- Bueno, – continuó Nataro mientras saboreaba una carne deliciosa – ciertamente no nos han ayudado mucho estos últimos días.
La mirada del pelirrojo se ensombreció, con una tristeza profunda. Parecía que sus recuerdos se avivaban, como un fuego que vuelve a encenderse a partir de una brasa, como la furia del Diablos que permanece dormido y es despertado. Esa espina que con cada latido se adentraba más y más dentro, ahondando en él a cada respiración.
- Ni siquiera los dioses pueden combatir al mismo Mal.
El otro lo observó. ¿Cuánto daño había sufrido ese joven? ¿Cuánto daño le había hecho Quna? Un hijo que cree con firmeza que su madre es la oscuridad misma, pasa a ser un enemigo que se hace responsable por los actos de esa persona. Y cargar con la maldad de la líder itran, es un gran peso.
Kazham mintió, afirmando que tenía algunos asuntos que atender y que esperaba que todo fuera de su agrado. Mientras se alejaba, un rastro de dolor lo seguía y una lágrima que él nunca se permitiría derramar se le atragantaba.
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Aquella mañana Löwin se sentía mejor. Su brazo había mejorado notablemente con los cuidados de su amiga y del curandero haar.
Salió de su tienda, admirando la aldea de piedra. En el centro, Nataro la invitó a comer junto a él.
- ¿Te sientes mejor?
- Sí – respondió ella -. ¿Qué vamos a hacer ahora?
- Desayunar.
La joven miró al adulto severamente. Al parecer él quería evitar el tema.
- Nataro, ¿qué vamos a hacer ahora? – repitió.
Él entretuvo la vista en su jarra, perdiéndose en su contenido. Cada vez le resultaba más complicado mirar a sus aprendices a los ojos, sabiendo lo que les estaba haciendo, lo que les estaba ocultando.
- Respóndeme - su voz sonó más autoritaria de lo que hubiese deseado. Ese tono hizo que Nataro recordara a una persona. Sí, ciertamente sus voces eran iguales.
- No lo sé – confesó -. Creo que deberíamos movernos del desierto. No hemos hecho todo lo que me hubiese gustado aquí, pero no podemos permanecer bajo este sol por mucho más tiempo, no con los itran buscándonos entre cada grano de arena.
La joven alzó una ceja. ¿Todo lo que me hubiese gustado? ¿Qué significaba eso?
- Por otra parte preferiría que te recuperases antes de partir. Además, aquí está el curandero, por si hay alguna complicación.
- Puedo viajar perfectamente y confío en las habilidades de Teia – espetó -. Sé que algo pasa y que, por alguna razón, aún no te quieres marchar. No me utilices como excusa.
Nataro sonrió imperceptiblemente, Löwin era una chica extremadamente inteligente. Parecía que podía oler sus pensamientos como olía el peligro en la caza. Le dolió tener que mentir, pero no podía permitir que sus sospechas continuasen en esa dirección.
- Si tienes el brazo así, no peleas igual y tú lo sabes. Come y recupérate, pues un cazador debe ser capaz de sostener un arma, si no, no vale nada.
La joven se sorprendió de la rudeza de su maestro, que nunca le había hablado de aquel modo. Antes de poder responder a su comentario, él ya se había marchado. ¿Por qué se comportaba así?
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Un golpe sordo retumbó en el desierto, mientras que un rugido llenaba el aire. Todas las aves multicolor echaron el vuelo y los habitantes de la aldea miraron horrorizados hacia la tienda de su jefa.
Fura observaba a su progenitora, sus ojos parecían una puerta abierta hacia el hogar del odio. Había destrozado una parte de su trono con un puño de frustración. El instinto de la joven la apremiaba a huir, como habían hecho los Qurupecos, pero no se atrevió a moverse. Teras, quien no se había inmutado por la furia de su madre, debía haber traído una pésima noticia. ¿Sería acerca de los forasteros? Pero, ¿qué podía haber ocurrido para desatar una reacción como aquella? La actitud de Quna la contrariaba, actuaba como si aquellos cazadores no fueran importantes, pero estaba claro que no era así. Evidentemente había algo que su madre le había ocultado.
La jefa itran se levantó de su asiento mutilado. Su cabellera roja parecía estar a punto de transformase en llamas. La mirada era negra, parecía ensombrecer hasta la misma luz del sol. Una voz gutural, ronca y áspera salió de su garganta:
- Reunid a todos los guerreros.
- ¿Incluso a los que espían al clan Monambo? – se aseguró Teras.
- Esa guerra puede esperar. Los quiero a todos aquí, ahora – enseñó unos dientes como colmillos -. Vamos a cazar alimañas.
