Capítulo siete (II)

Cuartel general de la Orden del Fénix, enero de 1978

—Lily ha empezado a encontrarse mal. En San Mungo nos dijeron que era normal durante los primeros meses —le explicaba James—. De momento vuelve a estar bien, la cosa parece haberse calmado…

—La cosa no, James —dijo Sirius con una sonrisa—. El bebé.

—Claro, claro… El bebé —parecía nervioso.

Miró a Lily sentada junto a Marlene y Dorcas que hablaban animadas mirándole la hinchada barriga a la chica. James tenía el pelo más despeinado de lo habitual, estaba algo cansado, pero los ojos le brillaban con una claridad que Sirius no había visto nunca antes.

—Es una locura ¿verdad? —James se acomodó las gafas—. Todo esto… La Orden, la guerra, las desapariciones… Y un bebé.

—¿Tienes miedo? —Sirius lo miró preocupado.

—Estoy acojonado, hermano —confesó—. Está desapareciendo mucha gente. No han dejado de haber atentados durante este último mes. La Orden ha sufrido muchas bajas, muchas más de las que podemos soportar… Y el bebé me hace inmensamente feliz, me siento el hombre más afortunado del mundo, enserio. Pero tengo mucho miedo.

—Has de tranquilizarte. Lily necesita que seas fuerte con ella. Mírala… —Sirius señaló a la sonriente Lily que hablaba con sus amigas junto a la mesa de reunión—… Está radiante, James. Y seguro que tiene miedo, como todos, pero vuestra felicidad es más fuerte que su miedo.

—Es preciosa —dijo James mirando a su mujer embelesado.

Sirius sonrió y rodeó a su amigo por los hombros.

—Vamos a sentarnos —Sirius acompañó a James hasta donde Remus y Peter los esperaban.

La reunión estaba a punto de empezar. Dumbledore había convocado una reunión urgente aquella misma tarde y la gran mayoría había dejado las cosas que tenían que hacer para acudir sin demora. Marlene McKinnon, Dorcas Meadowes, Alice y Frank Longbotton, Caradoc Dearborn, Edgar Bones, los hemanos Prewett, Minerva McGonagall, Alastor Moody, Peter Pettigrew, James y Lily Potter, Sirius Black y Remus Lupin, todos escuchaban a Albus Dumbledore con atención. Muchos no habían podido venir, pero Dumbledore se encargaría personalmente de informales de las novedades.

Eran jóvenes, fuertes, audaces y valientes, pero tenían miedo. Todos vivían con el miedo constante de no seguir vivos a la mañana siguiente, de que aquella fuera la última noche en este mundo. Voldermort se hacía cada vez más fuerte, cada día que pasaba ganaba más seguidores y el Ministerio parecía no actuar. Las cosas se estaban volviendo más y más oscuras. El Profeta se llenaba a diario con noticias de muertes, secuestros y torturas a manos de Mortífagos que eran cada día más difíciles de encontrar. Sirius sentía en su interior que el tiempo se les estaba agotando. Que toda esa gente que había allí sentada en aquella reunión iría desapareciendo con el tiempo, que poco a poco solo quedarían fantasmas. Y se sentía frágil, pero a su vez, crecía en su interior una fuerza descomunal nacida de la ira y la rabia por lo que estaba pasando en el mundo. Quería luchar, quería enfrentarse a ellos, a sus ideologías, quería luchar por sus amigos, por ese bebé que Lily y James iban a traer al mundo, por Remus.