Te vi a punto. Era una noche de julio, noche tibia y perfumada, noche diáfana.

De la luna plena límpida, límpida como tu alma, descendían sobre el parque adormecido gráciles velos de plata.

Ni una ráfaga el infinito silencio y la quietud perturbaban en el parque... Evaporaban las rosas los perfumes de sus almas para que los recogieras en aquella noche mágica;
para que tú los gozases su último aliento exhalaban como en una muerte dulce,
como en una muerte lánguida, y era una selva encantada, y era una noche divina llena de místicos sueños y claridades fantásticas.

Toda de blanco vestida, toda blanca, sobre un ramo de violetas reclinada
te veía y a las rosas moribundas y a ti, una luz tenue y diáfana muy suavemente alumbraba,
luz de perla diluida en un éter de suspiros y de evaporadas lágrimas.

¿Qué hado extraño (¿fue ventura? ¿fue desgracia?) Me condujo aquella noche
hasta el parque de las rosas que exhalaban los suspiros perfumados
de sus almas?

Ni una hoja susurraba; no se oía una pisada;
todo mudo, todo en sueños, menos tú y yo
A Elena – Edgar Allan Poe

Capítulo13: Hasta el final, Parte II.

No tenía armas para defenderse, más que sus propias manos que, contra el plomo disparado violentamente por las pistolas, eran nada. La herida en su pierna ardía y laceraba con tortura, el viento silbaba fríamente; podía escuchar las secas ramas de los arboles agitarse.

Pasos. Se estaban acercando. Alzó la mirada hacia el cielo; seguía oscuro, como terrible boca de lobo. Le gustaba la noche, pero no cuando la luna se ocultaba tan tímida entre los mantos negros de las nubes.

Las hojas secas crujían bajo las sigilosas pisadas de los Masen. Estaban jugando con él, lo sabía. Estaban disfrutando de cada suspiro entrecortado, de cada pizca de sudor, de cada gota de sangre que estaba derramando por lo que ellos consideraban nada.

—¿Dónde estás, Edward? – preguntó Elizabeth, con voz angelical y diabólica al mismo tiempo, con sus esmeraldas esferas escudriñando cada obscuro rincón.

Siempre se había preguntado por qué Alice y él, a pesar de tener muchos rasgos diferentes, sus ojos eran tan similares. ¿Quién diría que, como productos de un incesto generado desde hacía décadas enteras, fuera característico de los Masen el poseer el mismo color en la mirada?

—Edward…

Dejó de respirar, mientras buscaba algo que le pudiera ser de ayuda. Nada, más que estériles raíces de árboles tiradas sobre la tierra. Tomó dos de ellas, las que prometía ser más fuertes y puntiagudas, y esperó.

Elizabeth no tardó en aparecer frente a él, con su esposo al lado. Ambos le sonrieron de esa manera en la que se le sonríe a un niño que ha sido descubierto en una travesura demasiado osada. Edward cuadró la mandíbula y endureció su mirada. Por nada les demostraría temor.

El caballero volvió a señalarle con la pistola.

—¿Ultima reconsideración? – Su silencio fue la respuesta – Qué lástima…

Y la detonación vino un segundo antes que un adolorido jadeo. Edward había logrado ser lo suficientemente resuelto y hábil como para poder ensartar una de las ramas en el ojo izquierdo de su agresor; no pudiendo evitar que la bala se insertara en algún lugar de su cuerpo que, por el momento, no le importaba, pero sí logrando obtener el arma que había caído casi a sus pies.

Cogió la pistola y, retrocediendo para tener más libertad, apuntó hacia la pareja. Elizabeth irradiaba furia completa, mientras Anthony, su pareja, gemía de dolor y apretaba con sus manos la cuenca sangrante.

—¡Mátalo! – gimió éste.

La señora no le escuchó dos veces y jaló el gatillo.

Como la vez anterior, Edward ignoró el daño adquirido por el plomo e, imitando los movimientos de su agresora, intentó hacer lo mismo; sin embargo, Elizabeth le propinó una patada con uno de sus tacones y el arma salió arrojada junto con un chorro de sangre desterrado de su boca.

Gimió al caer contra el fango, pero sus manos no dejaban bajo ningún momento de sostener con firmeza las cenizas de Bella; inconscientemente, aún tirado y sangrando, su cuerpo no dejaba de cubrir la cajita, de protegerla, de amarla… Se arrastró hasta volver a coger el arma, mientras Antonhy le arrebataba el revólver a su esposa y apuntaba en su dirección, totalmente dispuesto a matarle.

—¡Edward! – clamó Alice, al escuchar el cercano sonido de un disparo. Después, comenzó a correr con más fuerzas, con Jasper pisándole los talones bajo la torrente lluvia.

..

..

Para no merecer el cielo ni el infierno, es necesario cometer un pecado que ofenda el orgullo de Dios. Mentir, robar, codiciar bienes ajenos son realmente acciones que el ser humano ya debería de saber son insuficientes para considerarlas dignas de una terrible condena. Lo mucho que podrías ganar con ello sería irte al averno, pero el averno, comparado con este mundo, es el paraíso.

No es que no sea feliz estando aquí; no al menos después de haberla encontrado.

¡Erick!

Cristal. Su nombre es digna mención de su alma, pura y límpida. Aún recuerdo la noche en que ella llegó a mí. Llevaba solo décadas enteras, pues había muerto poco después de 1820. ¿Mi historia? Realmente no es muy importante, si fui un proscrito se debió al simple hecho de haber asesinado a mis padres ¿Razones? Me sobraban; la principal radicaba en que estaba harto de sus malos tratos e inconstantes abusos.

Matar a mis padres fue como arrojarle a la cara el papel en el que tenía escrito mi destino. Fue como decir "No quiero esta vida que me has dado". E ir en contra de lo que Él cree correcto, necesario y justo es lo peor que puedes hacer si no quieres terminar siendo un alma en pena.

Pero eso no importa, nada importó después de haberla conocido. Ahora sé que si soporté tanta soledad, fue porque la estaba esperando.

¡Erick!...

¿Eres un ángel? – le pregunté al verla aparecer, pues con sus dorados cabellos y sus azules ojos brillando como un zafiro, eso era lo que parecía.

Ella me sonrió y se sentó a mi lado

Los ángeles están con Dios – contestó. Y la rabia y la dicha me invadieron al mismo tiempo. Dicha egoísta de saber que ella se quedaría conmigo. Rabia infinita contra el que la había rechazado

¿Por qué? – pregunté más para mí que para ella. No me lograba explicar cómo alguien tan bello podía no ser expiado de pecados.

No le creí –contó, mientras jugaba con uno de sus bruñidos rizos – Estaba jugando en la terraza de mi casa, cuando apareció frente a mí, me sonrió y me tendió la mano, diciéndome que era mi amigo y que debía de bajar, pues podía ser peligroso. Yo retrocedí y le dije que se marchara, que mamá no me dejaba platicar con extraños. "No soy un extraño" discutió con voz suave, "Sólo quiero ayudarte, soy tu amigo". Negué con la cabeza, con mucha más desconfianza de la que un niño normal de mi edad pudiera mostrar, e intenté correr lejos, pero me olvidé que me encontraba de espaldas a orillas de la terraza y caí desde el tercer piso… ¿Sabes algo? – agregó, sonriéndome dulcemente. Yo esperé en silencio – Ahora sé que el Cielo no está en un solo lugar.

¿A qué te refieres con eso? – me confundí

Mis papás me decían que el Cielo estaba arriba, más allá de las nubes y el Sol. Y yo lo he encontrado abajo, al chocar contra el suelo… y verte a ti.

Erick abrió los ojos al recordar éstas últimas palabras e instantáneamente, las fuerzas robadas por el fantasma que le tenía ceñido, parecieron regresar. Fijó sus manos en la espalda de la absorta alma que sólo se limitaba a obedecer órdenes y ésta vez, fue él quien comenzó a debilitarla. Era claro que el andrógino y demacrado ser hacía todo lo posible por darle una oportunidad y ventaja de ganarle. Finalmente, convertirse en nada no era mucho peor que el estar condenado a ser un esclavo.

Poco a poco, los brazos que le sostenían fueron cediendo hasta liberarle. El enorme y escuálido fantasma se derrumbó contra el suelo y Erick buscó a Cristal con apremio. La encontró a pocos metros, tendida en el regazo de la otra alma subyugada, que parecía también dormir.

Se acercó lentamente, invadido en consuelo al saberla bien. Al llegar, se hincó para quedar a la altura de su cansado rostro, la cogió entre sus brazos y la atrajo hacia su pecho.

—Cristal – musitó, hundiendo su nariz entre cabellos.

La manita de la pequeña se dirigió hacia su mejilla

—¿Erick?

—Estoy aquí – susurró él. Ella abrió perezosamente los ojos y al mirarle, sonrió.

—Sí…

..

..

El cuerpo de Anthony cayó frente a él. Edward retrocedió, sin darse tiempo pensar en lo que había hecho, pues Elizabeth aún seguía de pie, apuntándole con la pistola que las manos de su esposo habían liberado.

—Te voy a mandar al infierno – bramó la señora – Para que desde ahí mires cómo acabo con la existencia de ese fantasma que te ha llevado a derramar la misma sangre que corre por tus venas.

—Más acciones y menos palabras, "mamá" – sonrió Edward, mientras jalaba el gatillo y contemplaba cómo la bala de plomo atravesaba el pecho de la dama, quien se mantuvo todavía unos cuantos segundos más de pie, segundos que aprovechó para dispararle cuántas veces pudo, antes de enterrar las rodillas entre el lodo y desparramarse al lado de su esposo.

Edward vislumbró la escena hasta creerla realmente posible. Bajó la mirada hacia el cofre que siempre había mantenido pegado a su pecho…. Bella se encontraba a salvo. Suspiró y sonrió mientras acercaba sus labios hacia la fría cajita salpicada con sangre, con su sangre.

Con dificultad, se puso de pie y, abriéndose paso entre la neblina, comenzó a buscar, en medio de tropezones, aquel bendito lugar en donde Bella había sido enterrada años atrás. Ahora que el peligro había pasado, podía sentir el dolor ocasionado por las heridas obtenidas. Llegó y con sus uñas comenzó a remover un poco de tierra para que ésta cayera sobre la cajita de madera que, cuidadosamente, había depositado entre ella y la cubriera.

Un peculiar brillo plateado le llamó la atención; con el aliento entrecortado, se estiró para alcanzar el broche de Bella y extrajo de sus bolsillos la negra mariposa que la fantasma le había regalado. Unió ambos objetos y los abrigó entre sus trémulas y carmesís manos, mientras de sus ojos se escapaba un par de cristalinas lágrimas.

—Ya estás en casa, Bella – musitó, cediendo finalmente ante la debilidad y dejando caer su cuerpo sobre el montón de húmeda tierra acumulada bajo de él.

—¡Edward! – escuchó la voz de su hermana llamarle desde muy lejos. Intentó contestarle, pero no pudo. Sus escazas fuerzas apenas y le permitían respirar.

—Edward… - sollozó Alice al encontrarle yaciendo bajo la lápida de la castaña a la que tanto amaba, sangrando, temblando… muriendo.

Una translucida mano apareció de repente, acariciando tiernamente la frente de su hermano. Alzó la mirada y se encontró con Bella. Sin decir palabra alguna, retrocedió con discreción, permitiendo que la fantasma y el muchacho pudieran estar solos…

—Llamaré a una ambulancia – anunció Jasper

—No – frenó Alice – Ya no hay nada que se pueda hacer – explicó, con sus ojitos bañados en lágrimas, pues el momento de cumplir su promesa había llegado…

..

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El frío se disipó en cuanto sintió su piel acariciarle. La lluvia había cesado por completo, dejando como rastro solamente una fresca brisa que había movido las nubes que obstruían el reflejo plateado de la luna, que ahora parecía centrar su luz solamente en la pareja que descansaba en aquella desolada parte del cementerio.

—Bella – musitó el agonizante muchacho, alcanzando con la punta de sus endebles dedos la femenina mejilla – ¿Por qué lloras?

Los ojos castaños de la morena se clavaron en los de él, traspasándole, remplazando todo su avieso dolor por una esencia cálida, misteriosa, llena de sentimientos tan profundos que las simples palabras mortales no alcanzan a describir.

—Te amo – susurró ella, tan bajito que parecía como si hubiera sido el viento quien había hablado

—Bella…

—Shhh… – le silenció dulcemente, con un breve beso, entibiando sus lívidos labios, acariciando sus desordenados cabellos, rozando con la punta de su nariz sus cansados y pálidos parpados – Duerme, mi amor. Duerme…

—¿Estaremos juntos?

—Siempre… - prometió

Edward sonrió y, reconfortado por el dulce canto que le aletargaba el alma, cerró los ojos, tomó un último suspiró, inhaló el suave perfume de la morena que le acunaba entre sus brazos… y dejó que su corazón dejara de latir.

El cementerio guardó un absoluto, apesadumbrado y luctuoso silencio. Los rayos de la luna palidecieron de tristeza… Una lechuza comenzó cantar melancólicamente y los grillos le acompañaron poco después, mientras la fantasma lloraba silenciosamente contra el pecho -ahora quieto y callado- del joven que tanto la había amado.

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Epílogo.

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Siempre con nosotros

Edward Cullen.

1990-2010

La rosa roja se sentó bajo los pies de la lápida recién puesta en el camposanto. Sus tristes ojos verdes le contemplaron una vez más.

—Te voy a extrañar– susurró Alice, mientras una lágrima se perdía en la entrada de su boca.

Una cariñosa mano se acomodó sobre su hombro.

—Esme y Carlisle te esperan en el carro – anunció Jasper, con voz suave.

—Ya voy – Suspiró y se acercó hacia la otra lápida que se encontraba justo al lado. En ella, dejó caer un capullo de níveos pétalos.

—De parte de Edward

Una agradable brisa le removió sus cabellos. Sonrió. Quizás ya no podía verla – Debido a la muerte de su hermano se había roto aquella herencia vidente que cargaban desde hacía décadas – pero sí podía sentirla.

Miró hacia la luna que comenzaba a aparecer en el cielo. Faltaba poco… Extrajo de su bolsillo una pequeña mariposa negra y un prendedor plateado y los acomodó en sus respectivos lugares, antes de dar media vuelta. Jasper aún le esperaba. Ambos sonrieron, se tomaron de las manos y, juntos, caminaron de regreso por aquel silencioso y apartado sendero; de regreso a casa…

—Gracias – musitó Bella, mientras los miraba marchar y cogía entre sus manos la blanca rosa y el broche que habían dejado sobre su tumba. Miró hacia la lápida contigua… Silencio.

Se llevó el capullo hacia la nariz y cerró los ojos, inhalando su dulce fragancia… recordando. "Te amo. Tal vez te canses de escucharlo todo el tiempo, pero esta necesidad de decírtelo es más fuerte que mi necesidad de respirar"

No debía de estar triste, Edward ya se encontraba en un lugar mejor. Seguramente ahora mismo Dios le estaba acogiendo con amor y ternura, tal y como una persona como él lo merecía. No debía de ser tan egoísta como para guardar una esperanza. No debía… pero lo hacía.

¿Cómo seguir sin él? Se preguntó, abrazando su pecho vacío. Las cosas tenían que ser así, desde el principio se tenía predestinado que el final entre los dos sería triste. ¿Qué otra opción cabía entre el romance de una fantasma y el ser humano más precioso que la Tierra pudiera concebir? Era doloroso… Sí, pero ya estaba anunciado desde el primer momento en que ella le miró, que no podían estar juntos. Por eso le había huido, para evitar más sufrimiento. Sin embargo, jamás se imaginó que tan penetrante y lacerante sentimiento fuera a su vez tan hermoso.

No se arrepentía, en absoluto. Al contrario, estaba agradecida con la vida por haberle dado la oportunidad de conocerlo, por haberle enseñado lo que es el amor, lo que es sufrir por otra persona y no por ti mismo, lo que es la pasión, la necesidad de que esa persona especial te mire y te sonría para que el aire llegue armoniosamente a tu pecho… Daba gracias de haber conocido a Edward, pues gracias a él… ahora sabía lo que era extrañar a alguien realmente.

Caminó hacia la lápida contigua a la suya y se sentó a un lado. Una cristalina gotita se derramó por su mejilla, estrellándose contra el cemento recién labrado. No lo podía contener, no podía reprimir el llanto cuando sabía que ya no le vería… Apretó la rosa inmaculada hacia su nariz. No quería abrir los ojos, sabía que la noche ya había velado el cielo y no quería contemplar el cementerio bañado en su ausencia. Se limitó a seguir dejando que las lágrimas se derramaran por sus translucidos parpados, se limitó a seguir recordando su voz, sus ojos verdes, su sonrisa…

—Un ángel no debería de llorar – respingó ligeramente al escuchar ese sereno sonido cerca de ella, más no se atrevió a mover los parpados.

Qué lindo y engañoso es el poder de la imaginación, inspirado por la angustia, pensó mientras un frágil tacto se paseaba por sus pómulos, es el viento, nada más. Es el viento que me consuela…

—Bella, mírame.

—No – sollozó ella. Un par de pulgares se pasearon poco a poco por sus parpados.

—Por favor…

Finalmente, lo hizo. Su mirada chocolate se encontró con una ya bien conocida, de perturbador y tórrido color esmeralda.

—Estoy aquí – musitó el pálido muchacho de ropas negras, con una pequeña sonrisa.

En silencio, y aún escéptica, la fantasma izó sus manos hacia las mejillas masculinas, palpándolas con cuidado, como si la imagen de Edward pudiera desvanecerse en cualquier momento. Después, con un poco más de confianza, condujo la punta de sus dedos hacia cada ángulo de su rostro, mientras él comenzaba a hacer lo mismo con ella y le demostraba, con la suave e inesperada presión de sus labios, que era real.

—Estás aquí – suspiró la castaña, embriagada de su dulce sabor que la muerte no había hecho nada más que perfeccionarlo – Pero, ¿Cómo? – Se preguntó – Deberías de estar en el cielo

—Bella – suspiró él, uniendo sus frentes y mirándola profundamente a los ojos – Estoy en el cielo. En mi cielo.

Una frágil sonrisa se fue dibujando en los labios de ambos. Edward volvió a besarla, con más fuerza y vigor, y ella aceptó hilando sus neblinosos dedos en sus cabellos color cobre, afianzándose a él, al alma que le acompañaría para siempre, mientras las tumbas, la noche y la luna cantaban una tierna canción coreada por lechuzas y cuervos. Una canción especialmente para ellos. Una Balada… La Balada de un Cementerio.

..

FIN

Agradecimientos.

Bueno *Anju secándose sus lagrimas con un pañuelo* Hemos terminado.

Disculpen la tardanza, pero este final, a pesar de ser lo primero que se me vino a la mente antes de escribir el primer capítulo, me costó mucho trabajo. Espero les haya gustado. Muchas gracias por todo su apoyo, sus comentarios, alertas, favoritos, etc. Me alegra mucho que le dieran una oportunidad a esta pequeña idea y les gustara. Sé que muchas querían que la historia se alargara más, pero realmente me fui imposible hacerlo, pues hubiera sido, desde mi punto de vista, forzar la trama. Mil disculpas.

También disculpen por las demoras en actualizar y los errores ortográficos y dedazos que, seguramente, por ahí se me escaparon. En fin, no sé que más decir, siempre me entra la melancolía al terminar una historia y ésta no es la excepción.

Quiero agradecer también a la señora Meyer, por crear estos personajes con los cuales jugué un poco y a mis amadas bandas de música. Para las que les interese, en mi perfil tengo la playlist de este fic, así como una portada (Gracias Liss, mejor conocida como Cunning Angel, por regalármela) y un intento de tráiler (nada bueno, por cierto, pero por si quieren arriesgarse a verlo).

Ah sí, una cosa más y muy importante: POR EL MOMENTO, NO PERMITO QUE ESTE FIC SEA PUBLICADO EN NINGUNA OTRA PARTE. Acepto recomendaciones que traigan el link directo hacia la historia original, pero no que la historia sea copiada y pegada en un blog, página o lo que sea. Por el momento, aclaro. Quiero disfrutar un poco de intimidad con mi pequeño intento de novela xD.

En fin, gracias, gracias, gracias. Ahora sólo me queda pedirles y esperar su opinión general, sea buena o mala.

Nos leemos pronto, en alguna otra historia, si es que gustan. Por cierto, tengo planeado hacer un final alternativo, el cual subiría dentro de un par de semanas más (no es seguro), pero por si también les interesa, nos leemos ahí entonces. Hasta pronto.

atte

AnjuDark