Esa mirada... tan azul como el océano amenazado por una intensa tormenta; tan gris como como la bruma de las montañas de Isla Tsushima al amanecer. Sus ojos la mantuvieron cautiva, transmitiéndole silecionsamente el inequívoco presagio de que no sería fácil tratar con él; que no sería fácil revelarle lo ocurrido; que un encuentro con él sólo podía significar sangre y lágrimas ¡Por todos los kamis! ¿Porqué? ¿Porqué?
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Akane sintió como si miles de alfileres se clavaran en su estómago.
Ranma Saotome se encontraba ahí y ella aún no encontraba una solución al embrollo que su irresponsable y sentimental hermana mayor había provocado. ¿Qué hacer? Se preguntó, sin tener tiempo siquiera para percatarse de cuán sorprendida se encontraba al estar frente a ese hombre, cuánto la afectaba su cercanía.
Bajo el intenso escrutinio de la mirada masculina, respiró profundamente, antes de atreverse a hablar:
─Buenos días, señor Saotome ─aún para sí misma reconoció que era una cobarde; porque justo en ese momento, no sentía otra cosa que no fuera un inexplicable temor, fuera de toda proporción.
─Buen día, miss Tendo ─el calificativo al estilo norteamericano la sorprendió. Estaba acostumbrada a escucharlo en Okinawa, debido a la mezcla de culturas; pero le extrañaba que él lo mencionara con tanta naturalidad─. ¿Se encuentra el señor Soun?
─Por supuesto, por favor pase ─indicó, dando un paso atrás para dejarle sitio. Su corazón latiendo frenéticamente en una respuesta innata de pánico ante la proximidad del desastre. Conteniendo un gemido de angusta, se obligó a relajarse, sabiendo que necesitaba estar preparada para lo que sucediera─. Iré a ver si ya despertó ─anunció, con lo que esperaba pasara por una sonrisa de cortesía y no una mueca de impotencia y disgusto; aún ahora, en ese momento en que el futuro de su familia estaba en riesgo, no podía dejar de lado el sentimiento de desagrado que ese hombre le provocaba.
─¿Y Kasumi? ─ interrogó él a sus espaldas, añadiendo más ácido a sus venas. Inexplicablemente, el interés mostrado por ese sujeto hacia su hermana le resultaba francamente chocante y hasta exasperante.
─Ella está de viaje por el momento ─informó, sin dejar de avanzar hacia la casa, intentando conservar el tono normal de su voz, cosa harto difícil cuando lo tenía justo detrás, en cortés persecución. Él no comentó nada respecto a la noticia, así que se vio obligada a añadir─: salió a visitar a unos amigos que viven fuera de Tokyo, en una granja ─informó mientras, mentalmente, cruzaba los dedos rogando por ayuda divina.
─¿En serio? ─Ranma detuvo sus pasos, ella notó la emoción en su voz y se giró para mirarle, descubriendo en su rostro una espesa ceja enarcada en señal de sorpresa ¿o era duda?─ Si es así ¿Porqué no me lo ha dicho cuando hablamos?
La pregunta la tomó por sorpresa; aunque, inexplicablemente, su asombro no se debía a las palabras en sí, sino a la reacción que provocó en ella e tono ligeramente íntimo con el que él pronunciara la última palabra, mismo que se expandió en su interior, atrayéndole una no bienvenida sensación de expectación.
─U- usted no me ha dado tiempo... ─intentó explicar, recordándose y recordándole que se había limitado a decirle 'gracias' antes de finalizar la llamada.
─Cierto ─concedió él en su insufrible tono de 'superior', sin dejar de mirarla con atención y una expresión totalmente desconcertante; como intentando descubrir lo que fuera que estuviera ocurriendo ¡Que el cielo le ayudara! Él parecía leer en ella como en un libro abierto, y apenas era el tercer encuentro.
─¿Podría aguardar en la biblioteca? ─preguntó, dirigiéndose hacia la escalera, sin esperar su respuesta y sin molestarse en comprobar si él seguía sus órdenes. De haber estado presente, su padre la habría reprendido por su actitud, que rayaba en lo descortés; pero eso no le importó:
Necesitaba alejarse de él lo más rápido posible.
Huir.
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─Lo siento, mademoiselle ─se disculpó el caballero al ingresar al privado, un hombre de largos cabellos, en tonalidades tan diversas de rubio mezcladas con algo de plata, que avanzó despreocupadamente hasta llegar a donde ella se encontraba─. No sabía que usted se encontraba aquí.
Ella lo miró entonces; sin poder sentir ni mostrar otra cosa que sorpresa: por primera vez en mucho tiempo se encontraba a solas con un hombre, un desconocido, en un espacio cerrado, y, pese a lo crítico del momento, no sentía el pánico habitual; aunque estaba plenamente consciente de la situación.
Aún confundida, le miró, permitiéndose el lujo de contemplarlo como jamás se hubiera atrevido a hacerlo con ningún otro. Su mirada ascendió desde los pies, calzados con zapatos de piel de inmejorable calidad, pasando por sus piernas y torso, cuya fortaleza se adivinaba a través del fino lino del traje estilo occidental, hasta detenerse, deleitada, en los tonos de su ondulada cabellera, demasiado larga para estándares masculinos, aunque al mismo tiempo lo suficientemente hermosa para no resultar ridícula. Él era un ejemplar notable, de eso no tenía ninguna duda.
Una vez emitido el veredicto, su mirada bajó entonces a sus ojos: de un gris tan claro y al mismo tiempo tan profundo que, en una reacción refleja, provocó que su corazón comenzara a latir más rápido.
─En verdad lo siento ─repitió el hombre, mirándola directamente─. Parece que en verdad interrumpí un descanso muy merecido y lo lamento; de haber sabido que usted se encontraba aquí, señora Kuno, no se me habría ocurrido siquiera entrar.
El que él mencionara su nombre llamó su atención, e inevitablemente terminó por reconocer su voz: era la misma que había escuchado casi a diario desde su llegada a E&E
─¡Lord Saffron! ─exclamó, más alterada de lo que le hubiera gustado para, inmediatamente, reaccionar y hacer el intento de incorporarse del confortable diván que, ahora sabía, le pertenecía a ese hombre.
─Por favor ─dijo él con tono de súplica, al tiempo que le indicaba con un enfático ademán permanecer en su lugar─. No es necesario, señora Kuno; ya me retiro. Tómese el tiempo que necesite ─agregó entonces y dirigiéndose a la puerta, la abrió para salir hacia el pasillo y, antes de retirarse volvió a mirarla para pronunciar una última indicación─: si lo desea, puede irse ya mismo a casa, no la necesitaré hasta mañana.
Dicho esto, él salió; sus pasos resonando a pesar de la mullida alfombra, en una suerte de confirmación de identidad que se le antojó demasiado surrealista.
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Ranma abrió la puerta corrediza de la habitación que, para su gusto, era la más acogedora de la casa.
La mesa era baja, adecuada para recibir cómodamente a las visitas y los estantes empotrados en dos de las paredes estaban repletos de libros y rollos de caligrafía.
Soun Tendo amaba el arte; así que toda una pared estaba dedicada a exhibir finas muestras de ikebana, caligrafía y cerámica.
Posó la mirada, distraído, sobre una pieza bastante peculiar; el pergamino de papel de arroz tenía trazada la inscripción 'rendirse es morir'. No era lo lapidario de la frase, lo extraño, sino las olas estrellándose contra el acantilado que ilustraban el fondo; en absoluto una imagen evocadora de la muerte: un mensaje contradictorio y confuso; al menos para él.
Una obra intrigante.
Se acercó un poco más para examinarla de cerca, embargado por una extraña inquietud. No tenía firma; lo cual revelaba que era un trabajo aficionado. Se preguntó, como en incontables ocasiones desde que la contemplara por primera vez ¿Qué clase de persona relacionaba olas y acantilados con la muerte?
─¡Buenos días Ranma! ─exclamó Soun Tendo desde la puerta─. ¡Ah! ¡Veo que aún te gusta ese!─indicó señalando el pergamino; debió notar su expresión de sorpresa ante su comentario, porque explicó─: Siempre te quedas viéndolo más tiempo que a los otros; y dime ─inquirió acercándose─. ¿Te parece bueno?
─En realidad me resulta extraño, algo confuso; como si fuera el reflejo de algo doloroso ─respondió, sin dejar de contemplar el pergamino. No sabía a ciencia cierta cómo explicar la emoción que le provocaban esas olas.
─Como si el dolor estuviera escondido tras la fiereza ─sugirió Soun Tendo, con voz grave.
─Sí, o más bien como si la furia hubiera sido elegida como una alternativa al llanto...
─Acertaste ─Soun Tendo le invitó a sentarse ante la mesa y su rostro se volvió profundamente serio─. Significa...la muerte de mi esposa.
─¿Qué? ─atinó a preguntar apenas, Ranma, genuinamente sorprendido, no sólo por lo relativo al cuadro, sino porque en ese momento comprendió lo lejos que se encontraba aún de ser parte del círculo familiar.
─Akane lo realizó hace cinco años, para conmemorar el primer aniversario del fallecimiento de su madre.
─Lo siento, no lo sabía ─dijo con sinceridad y cierto dejo de culpabilidad al ver el dolor que asomó a los oscuros ojos del señor Tendo. Hasta ese momento había supuesto muchas cosas, pero jamás se había tomado la molestia de hablar con Kasumi o Soun respecto a ningún asunto tan personal, exceptuando el compromiso y la boda. ¡Por todos los kamis! Incluso miss Tendo había supuesto una total sorpresa.
─No, no te preocupes ─Soun miró distraídamente hacia el pergamino, resultando evidente su esfuerzo por recuperar la compostura─. Mi esposa murió en el mar; regresaba de unas vacaciones en Tsushima cuando el ferry en el que viajaba se estrelló contra un carguero; ni siquiera los peritos pudieron explicar las causas del accidente.
─Debió ser terrible ─comentó Ranma, sintiéndose inexplicablemente identificado con el dolor, no de Soun Tendo, sino de su hija menor. Supuso que, por el hecho de ser la hija pequeña, Akane habría sufrido un dolor único, muy distinto al de sus hermanas y su padre.
─Más que terrible ─admitió Soun con voz triste revelando a Ranma cuánto lo afectaba aún el suceso─. Por fortuna, Akane sobrevivió. No sé que habría hecho si las dos... ─el patriarca sacudió la cabeza, perdido en sus recuerdos─. Akane tuvo momentos muy difíciles y se resistía a recuperarse y a asimilar la tragedia. Cuando al fin consiguió estabilizarse lo suficiente para abandonar el hospital, lo primero que hizo fue realizar lo que sería su última acuarela ─señaló a la pared─. El pergamino fue el principio de su recuperación y su despedida de las artes plásticas. Mi hija menor, Ranma, es un precioso ser humano con una determinación fuera de serie ─afirmó Soun, sin dejar de mirar el pergamino─; aún ahora, a ninguno de nosotros le cruza por la mente intentar convencerla de reanudar su carrera de diseño o volver a casa. Nos basta con saberla viva y luchando por hacer realidad el destino que eligió.
Transcurrieron varios minutos en completo silencio. Aunque la mente de Ranma trabajaba a toda velocidad, entretejiendo los hilos de información que Soun Tendo había desplegado para él en un peculiar momento de intimidad. El patriarca había dejado entrever que había más, mucho más, alrededor de esa tragedia, de lo que estaba dispuesto a admitir. Y que la presencia de Akane Tendo en la residencia familiar en esos momentos era una especie de bendición con la que ninguno de los miembros de la familia se había atrevido a soñar.
Ranma contempló de nuevo el pergamino, como se había acostumbrado a llamarlo, sintiendo una desconocida opresión instalarse en su pecho en una suerte de inesperada premonición. Por un momento se imaginó a merced de aquellas olas, perdido y angustiado, a la espera del final; sabiendo que su destino sería estrellarse contra las rocas.
¿Porqué todo lo que le emocionaba profundamente estaba relacionado con Tendo Akane? Parecía que, desde aquel instante en que su mirada encontró la suya, cada uno de sus pasos le conducía en una misma dirección: hacia ella.
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─¡Apresúrate Tendo! ¡No tenemos todo el día!
─Sí, señor Kuno ─aunque respetuoso, el tono no contenía ninguna dosis de sumisión y sí mucho resentimiento.
─Pero...¿Qué haces?
─Llevo los catálogos a presidencia ─repuso Nabiki con fastidio. Ese tipo era un incompetente; pero también era su superior y ella debía esforzarse por recordar a cada instante la meta que se había propuesto al ingresar como parte de la plantilla laboral en YUsue.
─¡Yo los llevaré! ¡Para eso soy el jefe aquí! ─el hombre tomó los pesados volúmenes y, sin molestarse en decir más, se alejó.
Nabiki observó como el tipo más inútil que conociera en su vida le arrebataba la oportunidad de conocer a Picollet Chardin II. ¡Rayos! ¡Picollet era el sujeto más guapo de Tokyo...! ¡El segundo soltero más codiciado de esos rumbos!.
¡Qué mala suerte!
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─¡Xian Pu! ¡Deja eso y apresúrate a cortar ese rollo de seda! ─vociferó Khu Lon, impaciente, desde el cuarto de costura, al ver que la muchacha daba saltos de gusto sin razón aparente─. ¡Cielos! ¡Qué niña!
─Vamos Khu Lon, no me diga que usted no era igual a esa edad ─dijo Nodoka con diversión─. Además, tiene motivos de sobra para estar así ¿No?
En lugar de responder a la pregunta de Nodoka, Khu Lon se limitó a mover la cabeza con desaprobación y luego, después de pensarlo unos momentos, dijo─: ¡Ah! Mi estimada Señora, por supuesto que los tiene, aunque son los mismos que yo tengo para preocuparme ─reveló con un suspiro, intentando mantener la voz en un susurro, para beneficio de Xian Pu, quien se encontraba distraída por la labor de corte.
─¿Porqué? ¿No es un buen hombre?─preguntó Nodoka con interés, bajando también el tono de voz. No conocía en persona al novio de Xian Pu, pero lo que sí sabía era que la muchacha estaba loca por él y que el día anterior habían decidido casarse.
Decir que la noticia había impactado a Khu Lon era poco. La anciana había pasado la noche en vela y ella lo sabía porque había sido despertada en mitad de la madrugada gracias a la inesperada ansiedad de Khu Lon por concluir un pedido inexistente. Desde entonces había escuchado suficientes diatribas y atestiguado la misma cantidad de reprimendas dirigidas a la muchacha, quien continuaba tan feliz como pez dorado en el estanque y había hecho caso omiso a todas las observaciones de la bisabuela, perdida en su muy personal mundo de fantasías.
─No se trata de eso ─dijo ahora la anciana, respondiendo a su pregunta─. Mu Tsu es mucho más de lo que yo hubiera soñado para mi bisnieta ─la revelación de la señora era de pensarse, puesto que siempre estaba criticando al muchacho─. Ese es parte del problema ─concluyó, mientras remataba un bordado sobre el traje de bodas estilo occidental que estaba terminando─. ¿Qué pasará si Xian Pu no es lo que él necesita?
─¿A qué se refiere?
─Mu Tsu no pertenece a nuestra clase, señora ─informó Khu Lon, con evidente pesar.
─¿Quiere decir que él es pobre? ─inquirió Nodoka, sin comprender realmente a qué se refería su patrona.
─No se trata de eso ─aseguró Khu Lon, confundiéndola aún más─. Aquí, en Japón, las cosas son diferentes; pero en China, nosotras no somos nadie, mientras que él...
─Él ¿Qué?
Khu Lon miró al vacío por interminables momentos y, después, respondió─: Mu Tsu tiene una vida bastante complicada.
─¿Qué tan complicada? ─preguntó Nodoka, genuinamente interesada. A pesar de llevar poco tiempo de conocerlas, estimaba a Khu Lon y a Xian Pu como si fueran familiares suyas y le inquietaba el que Xian Pu estuviera corriendo riesgos.
─Él...─la anciana dudó, como si no encontrara las palabras adecuadas para explicarse─. Él es algo más de lo que aparenta ─informó sin explicar a detalle el asunto, lo cual hizo pensar a Nodoka que la situación debía ser grave o por lo menos inusual.
─¿Xian Pu lo sabe? ─preguntó entonces, comenzando a comprender el dilema de la anciana.
Aunque guardó silencio, la expresión de tristeza que se instaló en el rostro de Khu Lon, fue toda la respuesta que Nodoka necesitaba.
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