ARYA

Mientras sobrevolaba Desembarco del Rey se preguntaba adonde estaba yendo. No podía ir a ayudar a Brienne, tenía que esperar que llegara Daenerys para terminar con Cersei. Tampoco podía comenzar una guerra ella sola. Lo único que podía hacer era esperar.

Empezó a divisar el ejército de la reina a lo lejos y otra especie de ejército que empezaba a movilizarse más cerca. Nunca pensó que la guerra acercándose podría hacerla tan feliz. La Hermandad sin Estandartes estaba agrupándose y preparándose, lo que sólo podía significar que su madre al fin la había escuchado.

Los dos bandos lucharían juntos, pero aún así Arya tenía que tomar una decisión. Siempre había adorado las historias de las Targaryen que habían montado dragones y luchado sobre ellos, y ahora tenía la oportunidad de ser una de esas mujeres. Pero…la decisión estaba tomada.

Voló hasta llegar al ejército de Daenerys para encontrar a su reina, que cabalgaba en primera línea sobre su preciosa yegua blanca.

-Mi reina, Brienne ya está en el palacio. La Hermandad sin Estandartes va a luchar por vos, ahora mismo estarán comenzando el ataque.

-Muchas gracias Arya, me alegro de haberte mandado venir.

-Mi señora…deseo pediros algo.

-Lo que desees, ahora Brienne y tú sois mis hermanas. Puedes pedirme lo que quieras.

-He encontrado a mi madre. Es quien ha movilizado a La Hermandad sin Estandartes para que luchara por vos. Ella también va a luchar y…querría luchar a su lado. Vos sois una Targaryen, debéis luchar a lomos de un dragón, no con la espada. Y yo…yo no soy nada sin Aguja. Y si muero en la guerra…quiero estar con mi madre.

Daenerys sonrió. Ojalá ella supiera lo que es tener una madre. -Que así sea. Volaremos hasta que os pueda dejar con vuestra madre, después iré por Brienne.

BRIENNE

La imagen era indescriptible. Toda la habitación parecía arrasada, vacía, todos los muebles reposaban sobre una puerta que a duras penas se mantenía en pie, dos cuerpos desnudos yacían abrazados en medio de la habitación y, a unos cuantos pies, el cadáver de Cersei Lannister manchaba de sangre el suelo del lugar.

Se mantuvieron abrazados durante unos momentos antes de empezar a tomar conciencia de la situación. Estaban desorientados, como si no hubieran sido conscientes de lo que hacían. Brienne se levantó, y empezó a mirar a su alrededor, aturdida, como recién despertada de un sueño extraño. Viserion seguía obediente y tranquilo en el ventanal por el que había entrado, Jaime seguía sentado en el suelo, y Cersei seguía muerta sobre el piso, todos mirándola con ojos inexpresivos y profundos.

Viserion se hizo a un lado, el ruido de Rhaegar penetró por la ventana. Entró con su reina en la habitación y también se la quedó mirando. No dijo nada, sólo esperó.

-Jaime tenemos que separarnos.

-¿Qué? Ni hablar, no volveré a separarme de ti jamás, se acabó ir a mear sola, a partir de ahora voy a ser tu sombra y si pretendes…

-Jaime es en serio. Tengo que ir con Viserion, con la reina. Siento…siento que es mi destino.

-Ya me ha dejado montarle, podremos ir juntos.

-No puedes. Tienes que hacer otra cosa. Llevo mucho tiempo esperando poder decirte esto. Jaime…he encontrado a Sansa Stark.

SANSA

No podía esperar más. Aún no habría pasado ni medio día desde que Brienne le ordenó esconderse en mitad de aquel laberinto, pero la espera se estaba haciendo eterna. Llevaba rezando horas, era lo único que podía hacer. Rezaba a la vieja para que le guiara en el camino, al guerrero para que diera fuerzas a Brienne y le hiciera llegar a ella. Rezaba también a los dioses antiguos, rezaba a quien quisiera escucharla. Entonces pareció que los dioses la escucharon.

-¿Sansa?

No era Brienne. Era la voz de un hombre. ¡La habían encontrado! Sansa intentó correr pero ya le tenía casi encima. La agarró por detrás con un solo brazo y con el forcejeo cayeron ambos al suelo.

-Sansa soy yo, Jaime Lannister. No te asustes, no tengo nada que ver con…

-Escuché a Brienne hablando con tu hermana, sé que estás con ella. Cersei la tiene presa, tenemos que ayudarla.

-Ya no. Brienne es quien me envía. Saldremos de aquí y os pondré a salvo.

Caminaron con rapidez. Jaime iba delante, a una distancia considerable. Sólo tenía la maldita daga de Cersei para defenderla, Brienne insistió en que se llevara a Guardajuramentos, pero sabía que no sería capaz de volver a tocar esa espada.

Parecía que llevaban horas caminando, cuando unos ruidos de pasos comenzaron a acercarse. Provenían del lugar adonde ellos se estaban dirigiendo. Jaime ordenó a Sansa que se fuera mucho más atrás. Él esperaba poder convencer a los guardias de que era él, Jaime Lannister, hermano de la madre del Rey, que había regresado de un largo cautiverio y que les ordenaba salir de allí. Pero no eran soldados de Desembarco del Rey.

La imagen de lo que en otro tiempo había sido Catelyn Stark le dejó sin habla. Por un segundo pensó que estaba muerto, o febril, o contagiado por la locura de Cersei, pues al lado de la pequeña Stark le agarraba de la mano el mismísimo Renly Baratheon. ¿Estaría soñando? Tampoco era posible que ninguno de ellos estuviera ahí, nadie ajeno al castillo podría conocer esos pasadizos.

Jaime templó su cabeza. Tenía que hacerlo, o estaría muerto en pocos segundos. La escasa luz le engañaba, aquel chico era más moreno que Renly, más joven y más corpulento. Su mente le estaba jugando una mala pasada. Y ya sabía que Catelyn Stark estaba viva, Brienne se lo había dicho hace mucho, mucho tiempo, era la culpable de su idílico exilio. Tampoco era imposible que estuviera en aquellos pasadizos, alguno de los hombres de la Hermandad sin Estandartes debía haber sido alguien en aquel castillo. Él siempre sería el Matarreyes, pero estaba claro que los cambiacapas y traidores de Desembarco del Rey eran más numerosos que las monedas de Roca Casterly.

-Los dioses son bondadosos. Apresadle y dadme una espada, no quiero perder el tiempo.-Su voz era tenebrosa y grave, pero Jaime pudo entenderla perfectamente.

La niña Stark permanecía a su lado, muda, inmóvil, sin entender qué hacía allí el Matarreyes.

-Madre, por favor, hemos hablado de esto…

Su cabeza empezaba a estar más fría, en orden, a pesar de los hombres que le sostenían y agarraban por todas partes. -Mi señora, antes de que me matéis, tengo un regalo para vos. Os lo envía Brienne de Tarth.

Una delgada sombra empezaba a surgir de la curva más próxima. La imagen resonaba en la mente de Lady Corazón de Piedra, como si pudiera recordarla de otra vida, de un tiempo mucho, mucho más feliz.

-¡Madre!

Cuando su hija mayor se lanzó a sus brazos y la pequeña se unió enterrando el rostro en el pelo de su hermana, la espada y la venganza cayeron de sus manos, para siempre.

Jaime pensó en la frase que una vez leyó mientras su padre le torturaba con la maldita lectura: la venganza es para los que sufren. Se preguntó si otra mujer estaría dispuesta a ser tan magnánima con él, a olvidar y perdonar, pero si alguien había sufrido en los siete reinos, esa era Daenerys Targaryen.

DAENERYS

Daenerys seguía de pie al lado del cadáver.

-Lo siento mi señora, os juré que permanecería con vida para vos.

-No es eso. Pensé que cuando estuviera muerta me sentiría mejor, pero no es así. He perdido uno de mis hijos, y aún no he tenido tiempo de llorarle. Tampoco pude llorar al que perdí antes que a él, nunca hay tiempo.

-No sabía que fueran cuatro dragones.

-No lo eran. Era…un niño, o lo habría sido.

Brienne se quedó pálida. No sabía cómo responder ante eso.

-Sois terriblemente joven, apenas una niña. Podréis tener más hijos.

-No, no puedo. Desde lo que pasó con él soy…incapaz de concebir.

Las palabras se clavaban en su pecho.

-Yo…yo tampoco puedo. O eso creo. Estuve viviendo más de un año con Jaime y nunca… Pero no es raro, supongo que demasiados golpes en el abdomen, demasiadas heridas de lucha y demasiadas muertes no encajan con traer vida al mundo.

-¿Hubierais querido ser madre?

-Antes no. Ahora…no lo sé. Vos tenéis a Rhaegar y Viserion, y prometo cuidarle bien durante la guerra.

-No lo pongo en duda, no lo confiaría a nadie más.

Daenerys arrancó la espada del cuerpo de Cersei y se la entregó a Brienne.

-Monta, ahora voy yo. Vuela hasta lo que queda de la torre de la mano y espérame ahí.

Jaime había podido vestirse, pero las ropas de Brienne estaban hechas jirones por la daga de Cersei. No las necesitaba ni las quería, subió a lomos de Viserion y alzó el vuelo. Daenerys la observaba desde el enorme ventanal. Si alguien había dudado alguna vez de la feminidad de Brienne de Tarth debería observar esa escena. Aquella era la imagen más hermosa que jamás alguien podría contemplar. Las canciones hablarían sobre la enorme mujer que montaba sobre el dragón blanco como su propia piel, expuesta y brillante a la luz del atardecer.

Cuando se quedó sola con Rhaegar, se agachó sobre Cersei, tomándole la mano.

-¡Dracarys!

El dragón incineró por completo la habitación. Daenerys se mantuvo junto al cadáver hasta que la mano que agarraba se transformó en cenizas, permitiendo que el fuego consumiera a Cersei y a ella la llenara y purificara. Se levantó sin pelo y sin ropa, como el primer día de su nombre y como el día que nació Drogon. Acarició a Rhaegar y levantó el vuelo, directa a su destino.