Disclaimer: Inuyasha y todos sus personajes originales son propiedad de su autora Rumiko Takahashi, los tomo prestados para medios recreativos sin fines de lucro.

Safe Haven
Por: Hoshi no Negai

14. La nota en el bolsillo

Sango y Miroku fueron los primeros en llegar al edificio, y a la otra patrulla no le tomó más de un minuto estacionarse y correr hasta el departamento.

La detective sólo se había puesto unos vaqueros y unas zapatillas deportivas mal calzadas, y bajo el abrigo con el logo de la policía continuaba con una camiseta larga que utilizaba para dormir. Pero Miroku, que apenas llegaba a casa cuando Sango le dio el aviso, estaba completamente vestido con su atuendo del departamento de investigaciones de fraudes financieros. Estando al tanto de la situación, y ante la tensa actitud de Sango, se negó a dejarla sola y no dudó en llevarla él mismo con el auto, que aún estaba tibio por su reciente uso. Ambos llevaban sus armas automáticas reglamentarias en la cintura.

Les costó un poco deshacer la palanca que Rin había puesto en la puerta, aunque Sango tuviera una copia de las llaves. Lamentablemente la silla no sobrevivió a la fuerza que Miroku empleó para quitarla del medio, pero eso era lo de menos. Esquivando lo que quedaba de ella, el matrimonio no tardó en encontrar a la inquilina acurrucada en el suelo, con Ben resguardándola celosamente, gruñendo con la mayor capacidad de sus pulmones. Si no los había atacado era porque una de las manos de su dueña estaba afianzada en su collar.

―No te acerques, Miroku ―recomendó la mujer al ver que su marido se aproximaba para tranquilizar al animal―. Ben es el caso contrario del refrán del que dice que perro que ladra no muerde. Te morderá y no te soltará. Tranquilo, amigo, está todo bien, ¿ves? No le haremos nada a Rin, tú sabes que no soy mala persona ―le habló con voz calmada agachándose a su altura y mostrándole las palmas de las manos. El perro olisqueó el aire y pareció reconocerla por las innumerables veces que la había visto, por lo que cesó los gruñidos y gimió agudamente bajando la cabeza―. Eso es, buen chico. ¿Puedo pasar? ―Ben se sentó soltando un sonoro resoplido, dándole completo acceso para que se acercara a ella. Sin embargo, no dejaba de ver a Miroku como si evaluara dónde era mejor darle un buen mordisco―. ¿Te encuentras bien, Rin?

La detective se arrodilló ante la muchacha completamente estática, buscando alguna señal de que estuviera herida o hubiera tenido que pelear por su vida. Detrás de ella, un pequeño grupo de compañeros que estaban de guardia en la estación entraban por la puerta y comenzaban a revisar el lugar. Los sonidos de sus pisadas, conversaciones aisladas y transmisiones de radio llenaban el ambiente que a Rin le pareció que transcurría a varios kilómetros de distancia. Sus ojos estaban idos y desenfocados, su respiración era rápida y superficial. Las manos estaban heladas, con un brazo rodeando sus piernas como si fueran un aplastante agarre metálico incapaz de ceder y el otro aferrado a su perro.

A Sango le tomó varios minutos hacerla reaccionar, e incluso con la ayuda de su abuela ―que había escuchado el alboroto de las sirenas y su buena intuición le dio una acertadísima idea de lo que pasaba― fue bastante difícil. Sus músculos estaban tiesos del pánico y cuando intentó levantarse las piernas le fallaron. Se veía desfallecida y muy lívida, tal como quedaría alguien después de presenciar un evento traumático.

Sango y Kaede la guiaron lentamente hacia el sofá, donde Ben se sentó a su lado de un salto, aún vigilando a cuanta persona le pasara por enfrente, y después de que la anciana le preparara y casi obligara a tomar un fuerte té de tilo, Rin fue capaz de decir sus primeras palabras. Había intentado hablar antes, pero simplemente no había podido coordinar sus cuerdas bocales, lengua y labios para que saliera algo coherente.

―Revisamos todas las cámaras de la entrada del edificio y del apartamento, pero no encontramos nada fuera de lo normal. Estamos trabajando con las imágenes de la que da al balcón ―avisó uno de los policías después de recibir una señal de radio.

―Por los alrededores todo parece estar en orden, detective. Nadie entró o salió de este edificio en la última hora.

―N-no, nadie entró ―corroboró Rin con la voz muy débil. Todos le dedicaron suma atención apenas habló―. N-nadie estuvo conmigo.

―¿Entonces qué fue lo que pasó? ¿Qué viste, Rin?

―Afuera... estaban afuera. L-los vi desde el balcón ―señaló con una mano temblorosa hacia el mirador. Uno de los oficiales se apresuró para asomarse y vigilar el área―. Eran dos sujetos en un auto... c-creo que era gris, estaban parados en el paso peatonal. Cuando me vieron m-me saludaron y... y me sacaron una fotografía. Se quedaron ahí hasta que entré.

―¡Ya tengo las imágenes! ―anunció un hombre que había estado trabajando desde la mesa del comedor con una laptop. Se acercó a la detective y al resto del grupo para mostrarles el vídeo en blanco y negro de la visión nocturna.

―Ese debe ser el auto ―asintió Sango. La cabeza de Rin estaba de espaldas a la cámara, asomada por la barandilla. Apenas se distinguían dos diminutas personas moviéndose en la calle, y muy fuera de foco. El video cambió cuando Rin salió corriendo de regreso al interior, y tembló un poco por la fuerza que había usado para cerrar la puerta. Unos segundos después, ambos sujetos se introducían en el vehículo y desaparecían del cuadro.

―Esas farolas tienen cámaras para la policía de tránsito ―declaró uno de los oficiales que estaba al lado del sujeto con la computadora―. De ambos lados, precisamente. Podemos sacar el vídeo. Si estaban en el paso peatonal la cámara del frente los apuntaba, podríamos obtener un reconocimiento facial.

―Y de la otra cámara podríamos sacar la matrícula ―razonó Miroku, que casi no había hablado desde su llegada. Aunque aquel no fuera su departamento, Miroku estaba muy bien relacionado en toda la estación y cada oficial y detective lo tenía en altísimo estima―. Llama inmediatamente a los de tránsito, deben estar a punto de cambiar la guardia. Que uno de ustedes vaya a revisar el material y se asegure de conseguir una copia.

―De inmediato ―el mismo hombre que había hablado antes salió del apartamento con paso apurado.

La detective seguía pendiente de Rin, de su cara demacrada y profundamente perturbada, de los temblores en sus extremidades y la increíble palidez de su piel. Desde que la había conocido se había dado cuenta que era una persona asustadiza, pero nunca la había visto así. Y podía poner su carrera al fuego asegurando que no podía equivocarse. Si Rin decía que la habían encontrado, tenía razón. Ya lo había vivido, ya sabía cómo era.

Determinada, se puso de pie y comenzó a tomar nota de todo lo que Rin tuviera que decir, exprimiendo hasta el último detalle de cómo había sido su día antes de las once y media de la noche.

Incluso Kaede, tras oír de nuevo sobre el coche gris, corroboró que había visto un vehículo así aparcado frente a la entrada del edificio y en zona restringida. No pudo dar mucha información al respecto, pero para Sango era más que suficiente como para, al menos, indicar un vínculo y asegurar que no era mera casualidad que supieran por dónde mirar cuando Rin se asomó por el balcón.

―Rin, ¿te sentirías mejor si pasaras la noche con nosotros? ―preguntó Miroku cuando Sango había terminado su trabajo, y Rin entonces reparó en él. Era un hombre de ojos de un azul oscuro, con una pequeña cola de caballo atada en la nuca y dos aretes en una oreja. Pero lo que más le llamó la atención fue su expresión calmada y serena que se le hacía ligeramente familiar―. Disculpa, creo que no me presenté. Soy Miroku Tsujitani, el esposo de Sango. Si quieres Sango y yo nos podemos quedar contigo esta noche para que no estés sola. No podemos dejarte sola ahora.

―Con dos policías armados bajo el mismo techo no hay nada que pueda pasarte ―asintió Sango mientras cerraba su libreta y marcaba el número de su superior en el celular para pasarle la información―. ¿Quieres quedarte aquí, ir a la estación, a nuestra casa...?

―O pueden pasar la noche en mi departamento si quieres ―ofreció conciliadoramente la anciana Kaede―. Tengo suficiente espacio para todos.

Rin se quedó en silencio un momento.

―Yo... no lo sé. ¿Si me voy a otro sitio no es posible que nos sigan? N-no quiero involucrar a nadie más.

―De eso no tienes que preocuparte, Rin. Tú eres la que importa ahora ―volvió a hablar la anciana. La chica negó con la cabeza lentamente.

―No, no puedo hacer eso. Ya puse en peligro a mi abuelo, a mis amigas y a sus familias... no quiero que pase eso otra vez. Me quedaré aquí ―asintió muy decidida. Los demás intercambiaron miradas preguntándose mudamente qué hacer, pero ante la decisión de Rin no les quedó otra que aceptarlo.

―Está bien, será como quieres ―concedió Sango tras terminar su llamada de apenas un par de minutos―. Pero Miroku y yo nos quedaremos contigo esta noche, y en eso no te aceptaré negativas. Vamos a disponer también una patrulla para que esté por los alrededores del edificio en caso de que los sospechosos regresen. Los demás pondrán manos a la obra para atrapar a los cerdos que estaban viendo hacia su ventana, ¿quedó claro? ―habló ahora más fuertemente, dirigiéndose a los tres oficiales que aún permanecían en la sala de estar. Los hombres asintieron enérgicamente y esperaron afuera a que Sango repartiera las instrucciones, dejando a Rin sola con Miroku y Kaede.

―¿Quieres que prepare algo de comer? ¿Una sopa, tal vez? Uno tiende a sentirse mejor con el estómago lleno ―preguntó amablemente Miroku. La chica declinó tímidamente con una sacudida de cabeza, llevando una mano al cuello de su perro para acariciarlo.

―Pues yo voy a preparar más té, esta será una noche larga ―Kaede se puso en pie y no tardó en preparar otra tetera de la fuerte bebida para calmarle los nervios a todos. Rin todavía temblaba y Ben le dio una lamida en la mano queriendo tranquilizarla.

―Qué criaturas tan nobles son los perros, ¿no crees? No les importa quién seas o lo que hagas con tu vida, le das un poco de cariño y te protegerán por siempre ―sonrió el hombre de ojos azules, sentándose en el sillón individual al lado del de tres plazas que ocupaban Rin y Ben―. Claro que los gatos también son excelentes mascotas, pero la gente siempre prefiere a los perros. Aunque Kirara es casi como un perro en miniatura.

―¿Kirara? ―preguntó ella por lo bajo tratando de enfocar la atención en cualquier otra cosa.

―Nuestra gata, una mezcla entre el himalayo y alguna otra cosa. Logramos enseñarle trucos y reconoce muchas palabras, es bastante inteligente y una excelente cazadora. Una vez nos dejó un pajarito descuartizado en una almohada, fue una sorpresa muy interesante. Sango gritó del susto y se cayó de la cama.

Rin sonrió un poquito al imaginarse la escena, distrayéndose momentáneamente de todo el pánico que la asfixiaba.

―Así está mejor. Tu rostro tiene mejor aspecto cuando sonríes ―halagó Miroku, cosa que hizo que Rin apretara los labios y se retrajera un poco―. No te apenes, es la verdad.

Pero la muchacha no hizo más que guardar silencio y acurrucarse al lado de su mascota, buscando algo del contacto y cariño que tanto necesitaba en ese momento. Las veces anteriores había tenido contado con sus amigos más cercanos y su abuelo para darle apoyo emocional, pero ahora, aún con el apartamento ocupado con tres personas que se preocupaban por ella, no podía evitar sentirse más sola que nunca. Y gracias a ello su pesimismo no podía sino aumentar y hundirla tan bien como ya sabía hacerlo.

Los policías restantes se marcharon en pocos minutos y la puerta se cerró detrás de una Sango con un rostro sereno y determinado. La sala estaba inundada en un tenso silencio que Kaede y Miroku intentaban romper a menudo, aunque con muy poco éxito. Todo lo que pudo hacer para ayudar fue explicarle a Rin los planes a partir de ahora.

―Bien, ya lo hablé todo con el jefe y los muchachos, y por ahora esto es lo que vamos a hacer: incrementaremos la vigilancia en esta zona a todas horas, especialmente en las que sales y entras del edificio y por la noche. Colocaremos más cámaras en los alrededores e instalaremos medidas especiales de seguridad en todo el octavo piso, vendrán a trabajar en ello a primera hora de la mañana. También dispondrás de escoltas en cada salida que hagas, y a donde sea que te dirijas.

―¿Tendré guardaespaldas? ―se extrañó Rin, sin saber si aquella medida tan extrema la alegraba o preocupaba.

―No exactamente. Tendremos agentes encubiertos vigilándote sin que siquiera te des cuenta. El punto no es exactamente ver qué es lo que haces, sino detectar a los que te estén siguiendo para atraparlos infraganti. Y por supuesto que saltarán a la acción si es que te llega a pasar algo. Pero no te preocupes, seguramente encontraremos algo de utilidad antes de tomar esas medidas ―la tranquilizó con una confianza muy elevada en la voz. Sango sabía lo que hacía, y era realmente buena en ello―. He pensado en prohibirte las salidas a pie y hacer que te llevemos y traigamos de cada lado por un tiempo, pero eso sería poco práctico. No podemos darte más vigilancia por un periodo de tiempo, porque aprovecharán el momento en el que retomes tus actividades pensando que todo está bien. No, debes seguir con tu vida normal tal cual como la llevas. Si ven que nada ha cambiado en tus costumbres, se confiarán y no se darán cuenta de que ya tenemos registrados todos sus movimientos.

―Es una buena idea ―concedió Miroku―. Es mejor atraparlos a todos ya que tenemos su atención en lugar de asustarlos y hacerlos desaparecer. El único fallo que veo es el de esta noche. Si tienen ese sitio vigilado, se habrán dado cuenta de que Rin está bien protegida al aparecer coches patrullas en menos de cinco minutos del contacto que estableció con los sospechosos.

―Eso también lo pensé, pero ya no podemos hacer nada al respecto más que esperar que crean que Rin tuvo un ataque de pánico y no tomamos muchas medidas al respecto. Todos los movimientos que hagamos ahora tienen que ser con sumo cuidado para no llamar su atención. Cero patrullas, uniformes ni nada semejante. Debemos hacer como ellos: mezclarnos con los civiles para ser más difíciles de detectar.

―Estoy completamente de acuerdo.

La muchacha sólo los escuchaba parpadeando lentamente. Estaba emocionalmente agotada pero era incapaz de pensar en dormir, sabiendo ya que esto significaría una noche llena de pesadillas despertándola a cada rato. Había entendido perfectamente la idea que tenían los oficiales, y aunque admitía que era bastante astuta, también le aterraba en un grado bastante superior. Ya no se escondería ni huiría, sino que iría a campo abierto en una invitación para que la atraparan, dando fe en que la policía sería más rápida y lista que los hombres de Naraku.

Rin quería creer que podía funcionar. El sistema policial nipón era bastante eficiente y comprometido, de eso no cabía duda, pero Naraku... sencillamente estaba a otro nivel. No era como Onigumo que podía dar pasos en falso y explotar por su temperamento irritable. No, Naraku era paciente, calculador y muy siniestro. Kagura se lo había dicho en más de una ocasión: lo que él disfrutaba era saberse con el control absoluto de la vida de las personas bajo su mira, controlar sus pensamientos y emociones al punto de quebrarlos con un chasquido de sus dedos. Ella ya lo había probado de vuelta en Kioto, cuando Naraku la aterrorizó de tal manera que no le quedó otra que marcharse para protegerse a sí misma y a las personas que amaba, que lastimosamente había puesto en peligro con el único hecho de demostrar sus lazos con ellos.

Pasaba de la una de la mañana cuando la anciana Kaede anunció su retirada tras las insistencias de Sango por el bien de su presión arterial. Miroku la escoltó hasta su departamento ―pues sabía que siendo hombre, su presencia no mejoraría la actitud de Rin si se quedaba solo con ella―, y volvió poco después para continuar la guardia policial que la más joven se negaba a abandonar.

Escuchó cada reporte e informe telefónicos que le daban los oficiales a la pareja. Ya tenían los videos de los sujetos del auto gris, una toma decente de sus rostros y el número de matrícula que, según el sistema, pertenecía a un auto completamente diferente y del que se investigaba su paradero actual. Las patrullas, encubiertas en vehículos civiles aleatorios, recorrían las calles como si no fueran nada más especial que alguien que regresa a casa muy tarde, comunicaron normalidad absoluta en las adyacencias del edificio.

Las horas pasaron lentas y agonizantes hasta que el cielo comenzó a aclarar con la llegada del amanecer. Los ojos de Rin estaban hinchados y sus músculos extremadamente entumecidos por la rigidez en que los había mantenido toda la madrugada sin apenas cambiar de posición, pero aún así no quería irse a dormir. No sólo por las pesadillas, sino porque estaba ansiosa por obtener respuestas.

A las seis de la mañana en punto, los agentes se pusieron en contacto con Sango para contarle las novedades. Habían hecho el reconocimiento facial, estaban casi seguros de tener los nombres reales de los sujetos de la noche anterior y actualmente trabajaban para dar con su localización. Lo que quedaba ahora era que Rin los identificara.

Hablaron por un momento más y acordaron que no la trasladarían a la estación, sólo para mantener el juego activo por más mínima que fuera la posibilidad de que aún la estuvieran vigilando a esas horas. Lo mejor era comunicarse con video llamadas, donde podían mandarle la información al mismo tiempo que hablaban con ella. Miroku demoró sólo unos diez minutos en instalar el sistema en la computadora de Rin y pronto se encontró cara a cara con el jefe del departamento donde trabajaba Sango.

El hombre calvo, con perilla y una mirada mortalmente seria ―casi tanto como la de Taisho― comenzó dándole un resumen del proceso que habían seguido para obtener los datos de los hombres al mismo tiempo que en una ventana paralela se mostraban los documentos. Cuando aparecieron las tomas hechas por la cámara del departamento de tránsito, Rin saltó del asiento del que no se había despegado toda la noche y exclamó:

―¡Sí, son ellos! ―fue un movimiento tan brusco que Ben se sobresaltó y comenzó a ladrar. Sango intentaba apaciguarlo para que no interrumpiera la comunicación mientras Rin, con los ojos abiertos a más no poder, miraba las diversas imágenes que pasaban en la diapositiva. El oficial en la ventana de la video llamada asentía y tomaba nota.

Bien, Noto, esta imagen fue tomada a las 11:47 de la noche donde estimamos que se dio el contacto. Emprendieron la retirada justamente a las 11:51, según el video original ―la foto cambió a una igual de oscura y algo borrosa por la distancia, donde la única diferencia era que el sujeto gordo y bajo alzaba una mano y el otro la cámara fotográfica que llevaba guindada de su cuello. Rin contuvo el aliento al sentir los golpeteos de sus latidos―. Y estas son las fotografías que el sistema coincidió con el reconocimiento facial ―de nuevo hubo un cambio en la imagen. Ahora se veían dos fotos tipo carnet, como ésas que se sacan para la documentación personal. La chica abrió la boca y se resbaló lentamente hasta sentarse en el suelo de espaldas al sillón. Sango y Miroku la observaron atentamente, sabiendo que los había reconocido. El jefe al otro lado de la pantalla también lo daba por hecho―. ¿Se te hacen familiares?

Ella asintió una vez sin quitar la expresión de sorpresa y espanto de la cara.

―S-son Mukotsu y Ginkotsu ―susurró. Sango tuvo que repetir los nombres para que el jefe los escuchara bien.

Apodos, ¿no? ―preguntó él, chequeando en su propia computadora. Rin volvió a asentir―. Sus nombres reales, según lo que tengo aquí, son Tetsu Sugita para el más bajo y Hisao Sugita para el otro. Hermanos, aparentemente, aunque no les encuentro mucho parecido físico ―ella afirmó con la cabeza otra vez. Oh, pero claro que eran hermanos... de sangre o no, pero así se hacían llamar. Cuántas veces no los había visto desfilar por las puertas de aquel tugurio, precisamente a esos dos. Mukotsu siempre fue el más repugnante de todos, y no sólo por su apariencia.

―¿Qué sabes sobre ellos, Rin? ―indagó Sango al notar que por su manera de actuar había algo más con aquellas personas además de ser los mirones espías. Rin resopló un par de veces con los labios temblorosos, sin poder dejar de ver la pantalla de la laptop.

―No mucho, sólo algunas cosas. Forman parte de un grupo que se hace llamar los Shichinintai, son siete hermanos en total, y todos están metidos en negocios con la Yakuza. No forman parte de ellos, pero hacen el trabajo sucio para varios de sus clanes. Creo que el líder se llama Bankotsu, aunque nunca lo he visto. Sólo conozco a cinco: Mukotsu, Ginkotsu, Renkotsu, Suikotsu y Jakotsu ―enumeró con la voz tensa y forzada, reviviendo esas cosas horribles. Sango, al igual que su jefe en la estación, tomaba nota de cada palabra a una velocidad alucinante―. Renkotsu es el que se encarga de los asuntos relacionados con el dinero y llevaba la economía de la casa de Onigumo, según me dijo Kagura. Ginkotsu era el loco contrabandista de armas ―y da unas palizas demoledoras, estuvo por añadir. Más de una vez le había dado una a ella, para ser precisos―, Jakotsu conseguía mujeres extranjeras para la venta. Creo que se hacía pasar por un agente de casting para películas. Y Suikotsu... ése era el supuesto médico que... nos inyectaba y revisaba regularmente para... bueno, ¿para qué más? ―escondió la vista en sus rodillas. Lo cierto era que aunque estaba acostumbrada a dar declaraciones y le salían de sopetón a gran velocidad, había cosas que no cambiaban: seguía dándole un asco terrible hablar al respecto, sin importar las circunstancias.

Los tres agentes que la escuchaban le dieron un momento para recuperar la compostura. No era la primera vez que hablaba de esas personas, pero rara vez habían tenido algo de importancia considerando el resto de las cosas que relacionaban a Rin con ese mundo. Y ahora... ahora tenía dos nombres supuestamente reales, un verdadero paso hacia adelante para darle un golpe duro y certero a Naraku. ¿Podría realmente estar pasando? ¿De verdad los podrían encontrar así, tan fácil como lo habían hecho hasta ahora, con sólo tomar una fotografía de una cámara de tránsito? Rezaba a todos los dioses porque así fuera.

¿Y Tetsu Sugita qué es lo que hace? El tal Mukotsu ―cuestionó entonces el hombre de la perilla tras haber tomado las notas en su computadora.

―Ser un cerdo asqueroso ―gruñó Rin con rabia incontenible. De todos los Shichinintai que había conocido, ése era el que más detestaba. No podía decir mucho de los demás porque sólo a él la obligaron a atender. Mukotsu era una visita continua en la casa de Onigumo y solía solicitar a varias chicas en la misma noche. Muchas veces a todas juntas. Y si no hacían lo que quería... bueno, era mejor no desobedecerlo. Donde estaba el gordo de cara horrible siempre estaba su hermano Ginkotsu, listo para persuadir a base de puños―. Creo que lo suyo eran las drogas. Por lo que Kagura me comentó, cada hermano tenía su propio grupo de matones a los que les repartían el trabajo. Son algo así como los traficantes exclusivos de la Yakuza ―resopló. Eso no recordaba haberlo dicho antes en ningún otro interrogatorio. Más importantes le habían parecido sus propios problemas como para intentar desenmarañar el bajo y oscuro mundo de la mafia del que ella sólo había visto la superficie.

¿Estás segura de eso, Noto? ―preguntó el jefe extrañado.

―Es lo que recuerdo que me han comentado ―fue lo que ella respondió. Los policías intercambiaron miradas de sospecha: pensaban en lo mismo.

―Si todos son jefes especializados en un área de contrabando específica...

―Y tienen a sus propios matones... ―completó Sango a su esposo―. ¿Por qué estarían haciendo trabajo de espionaje que no les corresponde? Podrían mandar a cualquier persona que ni siquiera conozcas para no levantar sospechas si son descubiertos.

Es bastante extraño ―concordó el jefe frunciendo el entrecejo mientras leía alguna información de su lado de la pantalla.

―No creo que lo sea ―abordó Rin tras un pequeño silencio―. Quizás... Naraku quería que los viera. Quizás quería que supiera que ya me encontraron. Lo disfrutó mucho la última vez, puedo apostarlo ―musitó con esfuerzo. Se cubrió la cara con las manos y se masajeó las sienes en un intento de alejar el creciente dolor de cabeza, sin ningún éxito.

Sango posó una mano en su hombro en una muestra de apoyo, y cuando Rin alzó la mirada hacia ella, se la devolvió con una solemnidad casi palpable.

―No dejaremos que te vuelva a tocar un solo cabello, ¿me escuchas? Ni él ni ninguno de ellos. Te lo prometo.

Era tal su compromiso que la chica no se atrevió a contradecirla, y asintió lentamente sin dejar de mirarla.

La investigación ya está en marcha y creemos que estamos por buen camino para encontrar al sujeto que se hace llamar Mukotsu. No es un tipo muy inteligente, deja varios registros de sus movimientos y no es la primera vez que ha estado en problemas policiales. Kuwashima, necesitaremos que nos des apoyo en cuanto demos con él para el interrogatorio, ¿está claro?

―Por supuesto, señor.

La conversación no duró mucho más y cuando finalizó, Rin soltó un largo suspiro nervioso. Había pasado por varios procesos de ese estilo y muy pocos de ellos habían tenido resultados tan positivos, por así decirlo. Un par de fotografías y nombres aparentemente reales era bastante alentador.

―Me sigue pareciendo sospechoso que estos sujetos hayan estado observando en el momento preciso ―dijo pensativo Miroku cuando Sango cerraba la laptop. Rin lo observó por el rabillo del ojo, muy atenta a lo que tuviera que decir―. Por más miedo que quiera causar, parece ser un movimiento muy arriesgado. Es decir, esos tipos pueden ser aliados de mucho valor, ¿y los expone sólo para asustarla? No cuadra.

―A mí tampoco me cuadra. No es posible que hayan estado vigilándola sólo en el momento exacto en que Rin los descubre, tuvieron que haber hecho el trabajo en otras ocasiones ―asintió Sango, sentándose en el sillón al lado de Ben―. Pero, ¿por qué arriesgarlos a ellos? Tendrían que haber sabido que tarde o temprano los descubrirían, y más si se delatan saludándola y tomándole fotografías tan abiertamente, especialmente en un sitio con cámaras de vigilancia.

―¿Tú qué piensas, Rin?

―No sabría decirle ―contestó ella mientras abrazaba sus rodillas. Aunque era alentador saberse con la información adecuada, las interrogantes que ésta dejaba atrás eran muy desconcertantes―. Naraku es bastante impredecible. Tal vez... les haya ofrecido una buena suma de dinero para hacerlos acceder o los haya engañado de alguna forma. Es posible que ni siquiera le importe perderlos, pero eso lo puede meter en problemas con otros clanes, ¿no? No sé qué pensar ―admitió encogiéndose de hombros. Ese tipo de razonamientos no eran precisamente lo suyo, y Naraku de verdad era extremadamente difícil de leer.

Miroku resopló silenciosamente mientras se ponía en pie e iba al lado de su esposa.

―Nosotros nos encargaremos de encontrar esas respuestas, descuida ―le prometió con una cabezada y una sonrisa tranquilizadora que a Rin de nuevo se le hizo algo familiar―. Voy a avisarle a Kagome, sería bueno que venga a calmar un poco las aguas ―Sango le dio la razón y Rin también, aunque no dio muestras de reconocerlo.

Después de la llamada, los tres se sentaron en la mesa del comedor bajo un ambiente agotado y bastante tenso. Aunque tristemente Rin tuviera ya buena experiencia pasando noches en vela, comenzaba a sentir la vista desenfocada hacia las ocho de la mañana. Su taza de café con leche ―su primera taza de café, mejor dicho― se desdibujaba constantemente mientras más tiempo intentaba fijar la vista en ella. Su cuerpo le pedía dormir, pero su mente se lo negaba rotundamente y luchaba con permanecer lo más alerta posible.

El timbre sonó poco después, pero fue el estridente ladrido de Ben lo que la sacó de su trance. Al ver que Sango les daba paso a Kagome y a la señora Kaede, el perro se calmó y fue a recibirlas con más tranquilidad, aunque con el hocico en alto, buscando algún aroma desconocido y peligroso.

La doctora habló un momento con sus amigos antes de acercársele a Rin, quien apenas se había alejado de su asiento y se quedó rezagada sin saber muy bien qué hacer mientras la anciana le acariciaba el hombro para captar su atención un momento.

―¿Pudiste dormir algo? ―le preguntó. La joven negó con la cabeza antes de contestarle:

―Llevaba algunos meses sin pasar una noche completa en vela.

La mujer apretó los labios con impotencia y dejó un pequeño paquete sobre la mesa.

―Son hierbas relajantes que te ayudarán a dormir mejor, las acabo de conseguir para ti. Hazte un té cuando sientas que debes descansar.

―No se hubiera molestado, señora Kuwashima ―se apenó Rin al ver todos los detalles que tenían con ella. Le daba algo de pena considerando que era una señora mayor y probablemente no debería angustiarse con sus problemas―. Pero de todas formas se lo agradezco mucho. Lo tomaré esta noche.

―Si necesitas algo... compañía, ir a algún sitio, hacer compras o lo que sea, sólo llámame por teléfono y haré todo lo que pueda. Sin peros, niña ―negó con la mano antes de que Rin replicara―. Si me ofrezco es porque puedo hacerlo, así que no te cortes ―Kaede miró momentáneamente sobre su hombro y dio una cabezada hacia Kagome y Sango―. No te acaparo más, hay otra persona que quiere ver cómo estás. Ánimo, corazón, todo estará bien.

―Muchísimas gracias ―Rin apretó la mano nudosa e igualmente suave que tenía sobre el hombro antes de que la anciana se fuera a reunir con su nieta para salir del apartamento poco después.

Los pasos suaves de los pies descalzos de Kagome apenas hicieron sonido cuando se aproximó a ella. Rin sabía que era una falta de respeto no recibirla apropiadamente dándole la cara, pero en ese momento no se sentía con fuerzas siquiera de levantarse de la silla o alzar mucho la cabeza. La doctora aparentó normalidad al dirigirle una sonrisa exactamente igual a la que Miroku le había dado cuando le habló por primera vez aquella madrugada.

―No tuviste una buena noche por lo que escucho ―apretó su hombro cariñosamente al igual que lo había hecho su vecina, para luego sentarse en la silla frente a la suya, dejando un paquete de papel blanco al lado del que Kaede le había dado pocos minutos antes―. Pensé que podría ayudar a mejorar los ánimos por aquí ―le explicó. El olor a panecillos y pasteles salados emanaba de la bandeja mientras rasgaba el papel―. Uno tiende a sentirse mejor con el estómago lleno.

―Es lo mismo que dijo el señor Tsujitani ―reconoció Rin. Kagome y Miroku intercambiaron una mirada cómplice y sonrieron.

―Bueno, la familia tiende a parecerse ―se encogió de hombros Kagome.

―¿Son familia?

―Primos. Nuestras madres son hermanas ―explicó Miroku. Ahora que los veía uno al lado del otro, se podían ver a simple vista algunos rasgos compartidos―. Los ojos son de nuestro abuelo alemán, sólo nosotros los sacamos de entre todos nuestros otros parientes.

―Tuvimos suerte ―concordó Kagome―. Sango, ¿estaría bien si me quedo a solas con Rin por un rato?

―Sí, me parece bien. De todas formas tengo que ir a atender a los técnicos que instalarán los nuevos sistemas de seguridad, ya deben estar en camino. Y Miroku debería irse a descansar, no ha dado abasto en toda la noche.

―En eso debo estar de acuerdo contigo, querida Sango ―Miroku le dejó un beso en la mejilla y se volvió para ver a Rin y a su prima sentadas en la mesa. Kagome le ofreció de los bocadillos que había traído y él accedió a llevarse un pastelillo de queso y espinacas―. Gracias, Kagome. Rin, tú también deberías descansar un poco después de esta noche tan agitada. No tienes de qué preocuparte, todo estará bien, ya lo verás.

Por primera vez en varias horas, Rin se vio a sí misma regalándole una pequeña y sincera sonrisa de gratitud. No importaba que fuera un hombre, podía ver que era una buena persona. Y el hecho de que se hubiera quedado con ella al igual que Sango, cuando aquel ni siquiera era un caso de su departamento, daba mucho que decir sobre su buen corazón estaba entrando en la reducida categoría de hombres a los que no podía temerles, algo muy positivo contando el peligro a que se sometía ese grupo tras los acontecimientos de la media noche.

―Muchas gracias por todo, señor Tsujitani ―respondió ella sin ninguna muestra de tartamudeo en su voz.

―Llámame Miroku, por favor, no es necesaria tanta formalidad. Cualquier cosa que lleguen a necesitar avísenme por favor, ¿de acuerdo? Estoy a su disposición ―volvió a dejar un beso en la cara de su esposa cuando ésta lo acompañaba a la salida, y, sin que Rin pudiera verlo por estar de espaldas a la puerta, le posó una mano en la nalga con una mueca de plena felicidad―. Descansaría mejor sabiendo que me llevo esto a casa, es una lástima que no pueda ser así. Para la próxima vez será.

Sango le dio un codazo en las costillas con más fuerza de la necesaria y casi lo hizo caer. Su cara estaba roja como un tomate, y todo lo que podía hacer Miroku era mostrar esa sonrisa boba y ligeramente libidinosa que no había perdido con el correr de los años.

―Y justo cuando pensé que te estabas portando bien, ¡qué poco oportuno!

La puerta se cerró tras de ellos y Rin giró la cabeza sin comprender de lo que estaban hablando. Kagome, que lo había visto todo y sabía cómo eran su primo y mejor amiga, prefirió no hacer ningún comentario.

―¿Cómo estás? ―cuestionó suavemente cuando Rin regresó la vista al frente. No hacía falta que ella dijera nada, su apariencia hablaba en demasía por sí misma. Pero Kagome sabía que era mejor hacerla desahogarse cuanto antes para aclarar su mente y poder descansar con la cabeza un poco más ligera.

―Molida. Aterrada. No sé qué surgirá de todo esto, no sé qué será de mí en las próximas horas, días y meses. Si ya saben dónde estoy, el resto les será pan comido. No les costó nada burlar a la policía en Kioto, no les fue difícil agarrarme de nuevo cuando tuvieron la oportunidad. Si no fuera por Ben...

―Yo no subestimaría a Sango tan pronto. Créeme, ella sabe lo que hace. Es lista, intuitiva y muy decidida. No dejará que nadie te vuelva a hacer nada ni descansará hasta meterlos a todos tras las rejas, eso te lo puedo asegurar.

La chica no comentó nada al respecto para no faltarle al respeto ante tal muestra de confianza. Ella también quería confiar, sabía que las autoridades eran buenas en su trabajo y daban lo máximo, pero Naraku siempre daba un poco más. Al final había conseguido silenciar a Kagura para siempre, ¿no? Inclusive sin tener que tocarla, evitó que revelara su secreto más preciado: su identidad. ¿Por qué no iba a poder hacer lo mismo con Rin en cualquier momento?

La charla que tuvieron a continuación duró al menos dos horas completas, hasta que Kagome se dio cuenta de que iba tarde para su consultorio médico. Bastante tarde, de hecho. Rin hizo el ademán de prepararse para acompañarla, comenzando a empacar un almuerzo ligero con lo primero que encontró en la nevera, hasta que Kagome la miró extrañada:

―¿Qué crees que haces? ¿Por qué preparas un bento?

―Bueno... hoy es miércoles, debo cubrir a Isao desde la mañana... ¿no es así?

―No ―negó rotundamente como si creyera que se había vuelto loca―. No, no, tú no vas a ningún lado con esa cara. Debes descansar. Hazme el favor y tómate el día ―¿cómo podía querer ir a trabajar después del tremendo susto que se había llevado? Debía estar funcionando en piloto automático, estaba tan perturbada y cansada que no pensaba en lo que hacía.

―Pero si ni Isao ni yo vamos, entonces usted...

―Me las arreglaré como he hecho muchas otras veces. No te preocupes por mí. Preocúpate por recuperar tus energías, las necesitas.

Rin entreabrió los labios, pero no dijo nada. Esta vez debía darle la razón a su terapeuta, se encontraba física y emocionalmente agotada. Aunque estaba segura de que si se acostaba e intentaba dormir, el sueño tardaría varias horas en llegar a ella.

Asintió mansamente con la cabeza sin siquiera energías para replicar o decir algo. Kagome puso una mano en su brazo y le dedicó una cándida sonrisa.

―Date una ducha caliente y trata de dormir un poco. Me quedaré aquí hasta que Sango regrese, no te preocupes.

―Muchas gracias, Kagome ―suspiró sin darse cuenta. La otra mujer alzó las cejas y su sonrisa creció aún más.

―Oh, ¿has usado mi nombre? ―preguntó maravillada. Rin estuvo a punto de disculparse hasta que se vio interrumpida―. ¡Ya era hora! Ni se te ocurra corregirlo, déjalo así. Mi nombre es mucho más bonito que la palabra doctora o mi apellido.

―Está bien, te lo concedo ―cabeceó de nuevo, casi haciendo un mohín. Había sido un gesto involuntario, lo último que había pensado antes de decirlo era en el esposo de la detective hablándole confianzudamente a su prima.

―Anda, prepárate el baño, viste tu pijama más cómodo y envuélvete en las sábanas. Un buen descanso no le hace daño a nadie.

Kagome se quedó en el sofá de la sala, viendo cómo Ben le pisaba los talones a su dueña hasta permanecer sentado pacientemente al lado de la puerta cerrada del baño. Sólo transcurrieron diez minutos hasta que Sango llegó para relevarla una vez que las instalaciones de los nuevos equipos estuvieran hechas, pero ambas esperaron a que Rin saliera del vaporoso cuarto de aseo para comunicarle que, aunque se tenía que marchar al trabajo, Sango se quedaría hasta la media tarde, cuandola siguiente oficial llegara a tomar su casi las diez de la mañana cuando Rin se llevó el cobertor al cuello. El aire acondicionado del cuarto zumbaba calladamente en el fondo, y más allá, el típico sonido de las ajetreadas calles llenaba el vacío que quedaba. Ben, acostado a su lado y con la cabeza apoyada en sus piernas, resopló y se acurrucó lo mejor que pudo. Le acarició el lomo distraídamente, sin siquiera detenerse a pensar en la cantidad de pelos que tendría en su cama en cuanto se levantara.

Y como lo supuso, aunque estaba medianamente cómoda, con la puerta cerrada, las luces apagadas y la tranquilizadora presencia de la detective Kuwashima y la de sus compañeros montando guardia en la sala y los alrededores del edificio, no pudo simplemente echarse una siesta.

Por inercia, ante tanto tiempo en la única compañía de sus lúgubres pensamientos, no tardó nada en romper en un silencioso sollozo que duró lo que consideró horas y horas. La nariz se le tapó y tuvo que sonársela lo más discretamente posible, la vista se le nubló y la boca se le secó hasta ser insoportable de aguantar, y justo cuando se levantaba para buscar algo con que aplacar la sed, se encontró con que detrás de su puerta la detective le tendía una botella de agua fría.

Se miraron a los ojos durante un segundo, pero no hubo ningún intercambio de palabras. ¿Qué más podría decirse cuando todo ya había salido a la luz? Sango parecía comprenderla mejor de lo que pensaba cuando, mientras le pasaba la botella, apretó levemente su mano y le dedicó una sonrisa muy pequeña para infundirle ánimos. Incluso hizo algo que no se esperaba: la abrazó.

La detective haló su mano y la rodeó con sus brazos en un gesto conciliador que la tomó completamente desprevenida. Y lógicamente, todo lo que pudo hacer fue reanudar el llanto sin poder contenerlo. Sus brazos se fijaron a su espalda temblorosamente, aceptando casi con desesperación aquello que tanto necesitaba en ese momento tan horrible. Pasaron algunos segundos sin que ninguna de las dos dijera nada, y no fue sino hasta que Rin se sintió medianamente mejor que decidió que era hora de soltarse. Lejos de portar su temple solemne y duro, Sango le dedicó una mirada cálida y llena de comprensión que atenuaba sus rasgos notablemente.

―Todo estará bien ―le aseguró. Rin le sonrió con gratitud, asintiendo con la cabeza y apretó la mano de la mujer una última vez antes de volver a su recámara.

Tomó la mitad del agua de un solo golpe y volvió a la cama, donde el perro se había subido de nuevo de un ágil salto y recuperado su sitio. La miró torciendo la cabeza, con las orejas bajas y moviendo débilmente la cola mientras se relamía los labios. Rin lo abrazó por un rato largo y le dejó un beso en la frente. Cómo se alegraba de tenerlo a su lado.

Ahora, arropada y aún más cansada tras tanto llorar, pudo encontrar más fácilmente el sueño tan elusivo como necesario. Ben se giró de su posición para no dejar de recibir mimos y acurrucó el cuerpo a su costado, dejando la barbilla sobre su hombro mientras el brazo de Rin intentaba rodearlo lo más posible en un abrazo.

Cerró lentamente los ojos y suspiró. Ya no podía aguantar más.

Pero aparentemente tenía que hacerlo.

Tomó el celular que mantenía en la mesita de noche ante el típico sonidito de alerta por la llegada de un nuevo mensaje. Iba a ignorarlo creyendo que era la línea telefónica con alguna de sus fastidiosas promociones publicitarias que siempre mandaban puntualmente a la misma hora. Eso definitivamente podía esperar. Sin embargo, por impulso, activó la pantalla para ver el contenido. Casi se le escapó un gemido lastimero.

El remitente era Sesshomaru Taisho.

A la misma hora de siempre. No llegues tarde.

No había nada más escrito, y era eso lo que siempre solía mandarle cada vez que le tocaba a él invitarla a comer. Y aquella iba a ser la primera vez que ella rechazara sus invitaciones tan regulares.

Leyó el mensaje y el nombre del destinatario unas cuántas veces antes de decidirse a responderle.

Lo lamento mucho, hoy no puedo asistir. Tendrá que ser en otra oportunidad.

Quiso añadir un millón más de disculpas, pues era lo más sincero que podía darle. Y era cierto, de verdad lamentaba no poder cumplir con su encuentro cuando era algo que disfrutaba y hasta le hacía ilusión. Ya ni siquiera sabía si podía seguir viéndolo.

Presionó la opción de enviar y se quedó con el teléfono en las manos, muy cerca del rostro y con los ojos entrecerrados. El señor Taisho era tan bueno y amable con ella, siempre atento y paciente. Ni siquiera su seriedad o aparente mal carácter podían opacar sus buenas cualidades, esas mismas que ella consideraba tan preciadas. Él era, de hecho, una de las principales razones por las que había decidido salir de su cascarón y aventurarse en un mundo que creía que ya no podía habitar por los peligros que la asechaban. Sin siquiera saberlo la había ayudado a abrirse, a desenvolverse y a recuperar esa actitud relajada y alegre que creía perdida después de tantas tragedias.

Era una persona tan valiosa... y no podía perderla. No, definitivamente no podía permitir que nada malo le sucediera, no a él.

Si los hombres de Naraku se daban cuenta de lo mucho que le importaba, podrían llegar a hacerle mucho daño para perjudicarla. Como casi lo logran con su abuelo y amigos más cercanos.

Pero de seguro que ya saben que me encuentro con él, pensó realistamente. Si tenían ya un tiempo asechándola, al menos como para saber dónde vivía exactamente, era lógico deducir que la habían seguido más de una vez. Debían conocer sus rutinas, sus lugares favoritos y las personas con las que compartía su tiempo, como lo eran Kagome, la señora Kaede, Sesshomaru Taisho...

Era posible que todos ellos estuvieran en la mira.

Debía conversarlo muy seriamente con la policía para saber qué medidas tomar al respecto, pero de momento pensaba que lo mejor era guardar ciertas distancias. Con algo de suerte, llegarían a descartarlos como peones a eliminar por pura diversión de verla sufrir.

Eso significaba que sus reuniones con el señor Taisho debían acabar al menos hasta que todo se solucionara. ¿Y cuándo podría ser eso exactamente?

¿Te ocurre algo malo? fue la respuesta algo tardía de su interlocutor. El corazón de Rin latió con fuerza y tristeza mientras nuevas lágrimas tibias bajaban por sus mejillas.

Quería contarle la verdad, quería verlo y explicarle todo cara a cara, dejar de mentirle tan descaradamente y darle la información que tanto merecía saber. Y si lo hacía... si lo hacía seguramente le causaría mucha repugnancia. Era lógico y natural. Su situación y su pasado eran repugnantes. Y de todas las personas, Taisho era una de las pocas de las que de verdad no quería recibir esa reacción. Sencillamente no quería perderlo.

Aunque sabía que terminaría ocurriendo tarde o temprano.

Sólo es un pequeño resfriado, no se preocupe. Perdone que no pueda acompañarlo hoy.

Ni ninguna otra vez, estuvo por añadir.

Pero tenía que hacerlo, se convenció para darse ánimos. Tenía que mantenerlo a salvo, lejos de ese asqueroso mundo que no se rendía en su afán de engullirla por completo. Lo más que podría hacer de ahora en adelante era saludarlo causalmente, de la misma forma que hacían cuando sólo eran conocidos que se encontraban de manera eventual. Era lo mejor que podía hacer por él.

No te disculpes. Recupérate.

Era como una orden, pensó ella al atender de nuevo el timbrecito del mensaje entrante. Nada de un espero que te mejores o recupérate pronto, no, era un simple y cortante recupérate, sin mayor opción. Estuvo a punto de sonreír, pero sólo salieron otro par de lágrimas al parpadear con fuerza.

Gracias, eso haré.

Los dedos le temblaron y tuvo que borrar las letras varias veces al presionar las equivocadas. Acto seguido, cerró la aplicación de mensajería y dejó el teléfono en modo de reposo con la pantalla apagada. No quería seguir leyendo una y otra vez las simples palabras que le había mandado, por más bien que le hicieran sentir. Sabía que se preocupaba al menos un poco por ella, y en definitiva no podía mantener más esperanzas.

Justo entonces recordó la conversación que había mantenido el día anterior con la doctora. Antes no estaba segura de lo que sentía por él, más allá de que le atraía y lo encontraba agradable. Ahora comprendía que le gustaba ese hombre. No sólo gustar, sino que de verdad lo quería. Y mucho.

Se llevó las sábanas hasta la frente y las apretó con los puños cerrados.

De ahora en adelante todo sería más difícil.

...

Ya habían pasado casi dos semanas enteras y Sesshomaru seguía esperando que le diera una confirmación. No me siento bien. Tengo que salir a esa hora. Se me presentó un compromiso. Podía tomar una indirecta a la perfección y sabía que no quería volver a verlo. Así que dejó de insistir y no volvió a abrir su número de contacto. Si lo hacía, caería en la tentación de llamarla para preguntarle qué rayos le pasaba.

Guardó el teléfono celular en una gaveta de su escritorio y contempló el almuerzo que tenía enfrente, una de las típicas bandejas del comedor que Jaken le había traído hacía unos minutos para dejarlo solo en su oficina, justo como a él le gustaba. Y pensar que antes, mucho antes de sus encuentros con Rin Takahashi, la hora del mediodía sólo le resultaba un inconveniente por los minutos que perdía con la comida. Incluso muchas veces se la saltaba para adelantar lo más posible. Pero cuando Takahashi estaba en medio, podía relajarse y simplemente pasar una hora desconectado de ese mundo tan absorbente. Le sentaba bien estar con ella, escucharla mantener el liderazgo de una conversación y descubrir la cantidad de cosas que podía llegar a decir en apenas unos pocos minutos. Era un cambio total de aquel frío ambiente en el que siempre estaba sumergido.

Y ahora que volvía a estar en él era inevitable sentirse frustrado.

¿Había hecho algo malo, acaso? El último día había sido completamente normal, no podía pensar en nada dentro de su comportamiento que pudiera hacerla cortar la comunicación tan abruptamente. Y si le pasaba algo malo, ¿por qué no se lo decía? ¿No confiaba en él?

Se dio cuenta de lo que aquella pregunta implicaba y bajó los palillos hasta hacerlos reposar en un plato que apenas había tocado. ¿Confiar en él? ¿Desde cuándo él demandaba confianza en otra persona? ¿Desde cuándo eso le importaba?

Un tenue gruñido se formó en su garganta al notar lo mucho que había cambiado. Se había acostumbrado tanto a su presencia que ahora ni siquiera se sentía como él mismo. Antes sólo era un hombre de negocios cuyo único propósito era escalar posiciones hasta llegar a la cima y ver el mundo desde lo más alto. Ser el mejor, el más competente e inteligente en un mar de tiburones hambrientos, crear la más pulcra y perfecta reputación y disfrutar de sus éxitos. Aquel era el plan de vida que siempre había tenido desde temprana edad y nunca lo había puesto en duda.

Y seguía sin hacerlo.

Lo que sucedía era que ahora habían algunos cambios: Takahashi se había colado en ellos y se negaba a salir. Secretamente, y en lo más privado de sus pensamientos, Sesshomaru se dio a la tarea de ver cómo podía hacerla encajar en todo el modelo. Quería que encajara, quería que estuviera ahí.

¿Pero cómo?

Aún no había llegado a esa resolución, era un callejón sin salida en el que todavía estaba atrapado.

Y sus constantes rechazos de los últimos días sólo hacían que la cosa empeorara.

Quizá sólo se había dejado llevar, tal vez le había dado demasiada importancia a algo que claramente no la tenía. Después de todo, ¿por qué habría de afectarle? Él tenía mejores cosas que hacer que preocuparse por las reacciones de una mujer que, luego de mantener una sana relación amistosa, regresaba a sus simples cortesías formales, si es que llegaban a cruzarse en alguna ocasión.

Lo evadía, decía cualquier excusa para no tener que quedarse por mucho rato y ni siquiera le daba tiempo para decirle algo más allá de un saludo. Debía intuir que le pediría una explicación por su tan repentino comportamiento cortante, y huía antes de que se le diera la oportunidad.

Molesto por concebir tales emociones impropias, descubrió que era incapaz de probar un bocado más. Vació el contenido completo de la bandeja en la papelera al lado de su escritorio y se llevó una mano a la sien para masajearla impávidamente mientras exhalaba con lentitud. Se sentía ridículo.

Seguramente todo lo que necesitaba era algo de tiempo para que terminara de pasar por su sistema y deshacerse completamente de todo lo que albergaba en su interior. Tiempo, distancia y trabajo, porque de igual manera debería marcharse fuera del país en unos días. Y esperaba que tras esos días, todo el asunto quedara zanjado de una vez por todas. Si ella no tenía interés por mantener contacto con él, ¿por qué Sesshomaru debería hacerlo? No tenía sentido.

Pero, al verla salir aquella misma tarde de la clínica, en una de esas rarísimas ocasiones en las que coincidían, no pudo evitar que su plan flaqueara. Rin lo saludó a lo lejos con una sonrisa tímida que apenas duró un segundo, para luego mirarlo con algo parecido a la pena o alguna otra cosa que no pudo descifrar, antes de perderse en el mar de gente en dirección al parque con paso apurado.

No importaba su empeño, ella se negaba a irse de su mente.

...

Rin cerró la puerta detrás de ella con el corazón latiéndole como loco. Cada vez que salía era lo mismo, siempre sentía el miedo y los nervios carcomiéndola, como si el fin del mundo se le echara sobre los hombros. Anteriormente era fácil mezclarse entre las demás personas y pretender que era una más, una cara desdibujada en la multitud que no pasaba desapercibida ni tenía nada de especial. Era algo que había aprendido a aceptar e incluso adorar. Se sentía protegida.

Pero no lo estaba, y nunca lo habría estado. Tal vez nunca lo volvería a estar.

Ahora sentía que cada par de ojos de todas las personas con las que se cruzaba se clavaban en ella y la leían como si fuera un libro abierto. Juzgándola, desvalorizándola y exponiéndola sin ninguna clase de tapujos. Veía enemigos en todos lados de nuevo y le costaba muchísimo seguir el juego de que todo estaba normal y no tenía mayores preocupaciones fuera de las que vienen de la mano con la vida diaria. Kagome hacía todo cuanto estaba en su poder para no dejarla caer en el abismo del que tanto le había costado salir, pero a esas alturas Rin sentía que era algo inevitable.

Sabía que debía seguir adelante, sabía que debía luchar y aguantar para conseguir justicia, y sabía muy bien que debía hacerlo por sí misma. Ahora estaba en la mira, y era su obligación continuar con la actuación para hacerlos morder el anzuelo. Lo morderían tarde o temprano, estaba completamente segura, del mismo modo que tenía la misma certeza de que no sólo se llevarían el anzuelo, sino toda la caña de pescar e incluso también al pescador.

Debía ser fuerte y valiente, se decía. Toda la gente en la que confiaba le infundía sus ánimos para superar esa prueba ―todos menos su abuelo, a quien le escondía celosamente el asunto por terror a que afectara su delicada salud―, y a pesar de lo reconfortante que era saberse con su apoyo, seguía sintiéndose sola. Nadie podía pelear esa batalla por ella, nadie podría asistirla más allá que con sus consuelos y buenos consejos, que, además de tener las mejores intenciones, lamentablemente no eran algo físico. Ninguno de ellos podía estar ahí cuando ella más los necesitaba.

Y sabía que era egoísta e inmaduro de su parte querer algo de cariño, pero maldición, era lo más normal del mundo. Tenía al maravilloso Ben, a Kagome, Sango y la señora Kaede, pero no eran su familia, no eran sus amigos de confianza, y no eran...

No eran Taisho.

Qué estupidez, pensó ofuscada, añorar algo que nunca tuve. Como si él sintiera algo por mí, como si no fuera a poner mala cara si le contara el peligro del que me salvó ese día...

Pegó la espalda a la puerta y se resbaló por la lisa superficie hasta quedar sentada en el suelo, donde el perro intentaba darle lametones en la cara sin que ella pusiera demasiada resistencia. Al final, el animal logró sacarle una sonrisa triste y unos cariños detrás de sus orejas, pero no aplacó la tormenta que tronaba en su interior.

Verlo al otro lado de la calle sólo hacía las cosas más dolorosas.

Kagome tiene razón. Sin importar lo mucho que los aleje, estos sentimientos se aferran todavía más.

Como si ya no tuviera suficientes problemas.

...

Sesshomaru se sentó en el cómodo sillón de terciopelo verde de una de las tantas salas VIP del aeropuerto de Narita a esperas de su vuelo hacia Ámsterdam. Viajaba con el gerente de finanzas como apoyo ante la ardua misión de incursionar en la bolsa de los Países Bajos, una tarea sumamente importante que no le delegaría a nadie más.

Su acompañante, un sujeto mucho mayor que él y con aire cansado, dormitaba a medias en uno de los asientos más alejados para conseguir algo de privacidad. Les esperaba un vuelo de más de diez horas y el hombre ya se había dormido, qué poca resistencia. Bueno, también había que considerar que eran las cinco de la mañana y todos los gerentes y jefes de departamento, incluyéndolos a él y a su padre, habían tenido una larga reunión el día anterior que duró hasta bien entrada la noche. Era comprensible que el pobre hombre no pudiera con su alma, pero para Sesshomaru seguía siendo inaceptable.

Consultó su reloj y vio que aún faltaba una hora más para que siquiera hicieran el llamado para abordar. La sala estaba medianamente llena, y sus ocupantes eran hombres de negocios iguales a él: envueltos en trajes carísimos, con buenos relojes de pulsera y maletines con las mejores computadoras portátiles que el dinero pudiera comprar. Incluso parecían desprender un fino aroma a brandy y a humo de habanos, aunque ninguno de ellos estuviera fumando o bebiendo licor a esas horas.

Nada rompía el silencio excepto la enorme televisión que transmitía las noticias y los sonidos típicos del aeropuerto, apagados en buena medida por las gruesas paredes de la sala preferencial. Ninguno de los hombres hablaba, sólo revisaban el celular, sus tablets, laptops o leían el periódico. Igual que él.

Debía mantenerse ocupado para ignorar el hecho de que aquel ambiente lo hastiaba. Los lugares cerrados y viciados como ése lo hartaban, sin importar lo elegantes y exclusivos que fueran.

Terminó de revisar las notificaciones pendientes en su celular y aguardó pacientemente al llamado para abordar, organizando los esquemas de todo lo que tenía que hacer al llegar a su destino. Sin duda sería un viaje muy ajetreado y agotador, no creía que le diera tiempo siquiera para tomarse un descanso y salir de las salas de reuniones.

¿Y no piensa tomar ninguna fotografía?¡No puede ser! ¡Llenaría mis tarjetas de memoria el mismo día si tuviera la oportunidad!

Y de nuevo, la voz de la muchacha se infiltraba en sus pensamientos desordenándolo todo. Era inevitable.

Incluso horas después de eso, cuando ya el avión abandonaba el suelo nipón, seguía pensando en todas las cosas que le podría decir ella al enterarse que iría a visitar uno de sus países preferidos. Algunas de ellas casi lo hicieron curvar las comisuras de la boca en una pequeña sonrisa involuntaria.

Se reclinó en el asiento y resopló sin apenas hacer ruido. Abrió la solapa de su chaqueta negra de cuero para dejar el teléfono en el bolsillo interior, no tendría utilidad hasta llegar a su destino. Era tanta la influencia de Rin que hasta había sacado aquella prenda para utilizarla en el viaje, pues no le había dedicado mucha atención tras haberla recibido de vuelta. Sólo era una chaqueta, no tenía nada de especial. Pero ahora que Takahashi guardaba tanto sus distancias, de alguna manera que no lograba entender se vio atraído por ella como si al usarla pudiera descubrir los secretos que guardaba tan celosamente.

Había decidido dejar pasar el asunto de su curiosidad durante un tiempo en respeto a la relación que mantenía con ella, evaluando lo poco correcto que sería preguntarle directamente sobre cosas de las que la muchacha definitivamente no quería hablar. Ignorar la chaqueta era parte del asunto, como si no fuera más que el triste resultado de un mal momento en común que no merecía mención alguna.

Y ahora que la usaba de nuevo, después de tantos años de habérsela puesto y tantos meses intocable en el armario tras serle devuelta, debía admitir que era un poco extraño ser envuelto por ella.

Casi deseaba no haberla preferido antes de otra de sus cazadoras de viaje, aunque desechó la idea al encontrarla absurda. Era sólo una prenda de vestir, nada más.

Pero cuando soltó el teléfono celular en el bolsillo, escuchó el inconfundible sonido de un papel arrugándose bajo su peso. Hasta donde sabía, el bolsillo estaba vacío ya que no la había tocado desde que la recibió poco después de año nuevo, y ya eran principios de junio.

Extrajo un pequeño sobre de color blanco y lo admiró extrañado. Ni siquiera estaba cerrado, y en su interior sólo había una hoja doblada a la mitad.

La letra era pequeña, apretujada y estilizada, e incluso sin haberla visto antes sabía de antemano a quién le pertenecía. Sus ojos dorados se abrieron en su totalidad al leer las pocas líneas escritas en ella:

Esta prenda me ayudó a mantenerme firme cuando mi vida perdió su valor. Gracias por demostrarme que en este mundo no sólo hay monstruos de los que debo escapar. Siempre estaré en deuda con usted.

Rin.

El gerente que descansaba a su lado con la cabeza pegada a la ventana no se dio cuenta de que Sesshomaru se inclinaba hacia adelante con la nota fuertemente sujeta entre sus dedos. Por un instante supo que le faltaba el aire al olvidarse de inhalar.

Decir que estaba estupefacto era poco.

Leyó las palabras varias veces más hasta que no encontró ninguna otra forma de interpretarlas. Todas sus antiguas teorías sobre el extraño encuentro con esa chica y las circunstancias que lo antecedieron regresaron de golpe con mucha más vida que nunca. Poco a poco comenzaban a tornarse espeluznantemente posibles. Y peor aún... reales.

En ese momento se sintió completamente fuera de lugar.

Todo lo que sabía era que no debería estar sentado en ese avión.

...

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...

¡Así es, Sesshomaru! ¡Regresa tu sensual trasero a Japón y persigue a Rin para que acepte tu amor! ¡Hazlo, no pierdas tiempo! Bueno, al menos eso es lo que nos gustaría a todas decirle, ¿no? xD En especial ahora que Rin lo necesita tanto.

¡Y con más razón, contando lo que le toca! Ya se han descubierto algunos personajes clave, y para quienes dijeron que Los Siete Guerreros podrían estar involucrados, ¡bravo! Acertaron. Digamos que tienen una relación dudosa con Naraku, quien no tiene problemas en usar a todo el mundo como peones en su sucio juego de cacería.

La partida ya comenzó y Rin es la pieza que se disputan ambos bandos, en una pelea de poderes y estrategias entre dos titanes del país: la mafia y la policía. Debo admitir que para esto me inspiré un poquito en Death Note y todos los juegos mentales entre Light para ocultar su identidad y de L para desenmascararlo como Kira xD

Pero vemos que aunque el panorama se ve oscuro para Rin, hay cierta esperanza en su horizonte, porque Sesshomaru no se dará por vencido tan fácilmente. Al fin hace aparición la abandonada nota en la chaqueta, lo cual fue un punto clave para que él mantuviera su atención donde debe: ella.

Y ahora vamos con los reviews de esta semana. ¡No me esperaba que fueran tantos! Lamento haberles cortado las alas a su emoción por el avance de los protas, ¡pero Naraku estuvo demasiado tiempo dormido y necesitaba volver a la acción! Me alegra mucho que lo hayan disfrutado a pesar del fuerte encontronazo con la cruel realidad. Puede que las cosas se hayan complicado ahora, pero tengan fe, ¡el SesshRin prevalecerá! Gracias especiales a C, Jenks, Floresamaabc, ArianaDeTaisho, Nina Guzmán, MinaaRose, Star fiire -Lupita Reyes, Gogo Yubhari, Sakura521, Rosedrama, Katy-Ber, Blueberry Bliss, Carmenj, Himeryu, Annprix1, Frealin'love-sesshourin, NUBIA, Maril Delgadillo, Cath Meow, Roxana, Daniela Taisho, BABY SONY, Bucitosentubebida, Kim Sam, Alambrita, Lucemg, Ginny, Aoi Moss y RYTH por sus geniales reviews, ¡las adoro a todas y cada una de ustedes! A ti también, Ginny, cállate y acepta mi amor xD Gracias por dedicarse a dejar sus impresiones, teorías, algunos insultos y todo su cariño pese a que deberían querer matarme xD Si pueden me dejan sus impresiones sobre este capítulo también, ¡espero no haberlas defraudado!

Antes de irme, tengo un ANUNCIO IMPORTANTE: El próximo capítulo será el siguiente en la serie de Inicios, donde además de revelarse información muy importante sobre el pasado de varios personajes, tendrá un contenido bastante fuerte que podría ser desagradable para algunas personas. Quedan advertidos: el siguiente es uno de los capítulos más crudos de la historia (si no es el más crudo), así que si prefieren saltárselo no hay problema, es perfectamente entendible.

Con eso dicho, me despido de todos con un fuerte abrazo y mis deseos de que hayan disfrutado la entrega de hoy. ¡Gracias por leer y hasta la próxima semana!