A Rodrigo, amigo de la secundaria.

Por no saber antes de tu partida, por el juego del destino que nos impidió reencontrarnos.

Por darles a los gemelos Bluepool su cumpleaños y a los Salais su primer apellido.

Préstame algo de tu talento para seguir adelante.

De parte de la infanta, para el noble caballero, con un beso en la mejilla.


Catorce: Desafía al destino.

13 de diciembre de 2020.

Norte de Escocia.

Pueblo de Hogsmeade.

Todos los alumnos de tercero en adelante que podían hacerlo, salieron ese domingo al pueblo, con el propósito de encontrar algo de verdad especial para las fiestas.

—¡Vamos a Honeydukes, por favor, primero a Honeydukes! —pidió Rose.

Los amigos de la pelirroja rodaron los ojos, con vagas sonrisas en los rostros. Incluso contaron mentalmente los segundos que faltaban para que…

—Sí, ¿por qué no? Mi tío Anom me escribió contándome que a la señorita Tonks le gustan los sapos de menta, aunque no sé por qué… Y yo quiero más chocolates.

—Típico —susurró Hally, causando la risa de los demás.

—Sospecho que fue por esto que Rose estuvo tan tranquila toda la semana —sugirió Procyon.

—Eso suena lógico, amigo mío —apoyó Thomas, conteniendo una carcajada —A mis hermanos les encantaron los diablillos de pimienta, aunque hice que echaran humo por las orejas. ¿Saben de algún otro dulce de broma?

—Si vas a Zonko, hallarás unos muy buenos, Frida dijo que los mandarían desde Nueva York.

La afirmación de Danielle desconcertó por un segundo a sus amigos.

—¿Qué? Recuerden que trabajé en Sortilegios Weasley durante el verano. Casi me aprendí todo el catálogo de productos.

—Me das envidia —farfulló Rose, haciendo un mohín.

—Gracia.

El grupo entero se echó a reír.

Honeydukes estaba lleno a esa hora, y el mostrador apenas se veía por la enorme cantidad de clientes que pedían sus compras envueltas para regalo. Rose y Henry fueron los primeros en entrar, dejando a sus amigos atrás ante la vista de los mejores chocolates y otras golosinas. Al salir, fácilmente se adivinaba que esos dos habían gastado al menos la mitad de todo su dinero.

—Encontré una caja de sapos de menta enorme —comentó Henry, sonriente —Espero que a la señorita Tonks le guste.

—¿Te llevas bien con ella? —preguntó Amy.

—No exactamente. Apenas si hemos hablado. Pero percibí que quiere mucho a mi tío y con eso me basta. Llegando a casa podremos platicar.

—¿Cuándo percibiste eso? —quiso saber Procyon.

—El día de tu cumpleaños. Ella andaba allí, ¿no?

—Voy a empezar a creer que Rose tiene razón y eres una antena sentimental.

Henry alzó los ojos al cielo, en tanto Procyon y Rose se reían.

—No puedo evitarlo —explicó el castaño ojiverde cuando se calmó —Me lo advirtió mi abuelo, que entre más cercano sea a las personas, más voy a percibir lo que sienten.

—¿Por eso al iniciar el curso andabas tan mal? —Danielle se veía preocupada.

—Sí, me mareaba tanta felicidad —Henry no le dio importancia al aclarar —Y creo haberles dicho que me alegraba por ustedes dos, así que no quiero escuchar que pides perdón, Danielle.

—Pero…

—Hablo en serio. No es su culpa. Además, ya me acostumbré. Aunque…

Henry dejó la frase en el aire, frunciendo el ceño, meditando si debía continuar o no. Al final, dibujó una sonrisa ligeramente traviesa.

—Thomas, ¿qué pasó después del banquete de bienvenida?

El aludido, que venía comiendo caramelos de café con leche, se atragantó con uno.

—¿De qué hablas?

—Bueno, como al día siguiente me mareabas más y casi me haces vomitar el desayuno…

—Olvídalo, no pienso decirte.

—¿Pues qué sucedió? —inquirió Procyon, lleno de curiosidad.

—Boggarts, Thomas, ni que hubieras hecho algo vergonzoso —apuntó Ryo, bromista.

Pero tanto Danielle como Thomas se sonrojaron, adelantándose sin decir palabra, con lo cual el resto intercambió miradas de confusión antes de interrogar silenciosamente a Henry.

—Yo no les pienso decir. Eso es cosa de ellos —aclaró el castaño ojiverde.

—Entonces, ¿para qué sacas el tema? —espetó Rose, frustrada.

—Creí que Thomas lo diría, pero ya veo que no. ¿Danielle no les ha dicho nada?

—No que recordemos —Amy meneó la cabeza de un lado a otro.

En tanto, Danielle y Thomas se les habían perdido de vista a sus amigos, dando vuelta en una calle lateral y deteniéndose a recuperar el aliento.

—Tener por amigo a una antena sentimental no es bueno a veces —comentó él.

—Lo sé. Ahora me arrepiento de haberle dado esa bofetada. No tenía idea de que pudiera sentirse tan mal porque nosotros…

Danielle, cuyas mejillas estaban teñidas de rosa, se colorearon todavía más.

—Ya lo oíste, está feliz por nosotros, aunque casi hagamos que vomite.

—¡Thomas!

—Es la verdad. De estar en su lugar, pensaría igual. Soy feliz cuando ustedes son felices.

Danielle pudo calmarse un poco y sonrió.

—No sé qué haces en Slytherin —comentó en voz baja.

—Yo sí sé. Busco ser alguien, Danielle, pero tengo un orgullo del tamaño de Hogwarts, así que lo haré solo, sin importarme nada más. Agrega a eso mi lógica atemorizante y lo tengo fácil.

—¿Por qué ese afán de hacer las cosas solo?

Thomas se encogió de hombros.

—Tienes amigos, ¿recuerdas? Nos encantará ayudarte.

—¿Y si yo…? ¿Y si los lastimara sin querer?

—Nos lo habremos buscado. Pero no te vamos a culpar.

El chico sonrió, estiró una mano y sujetó la de Danielle con mucho cuidado.

—¿Por qué quisiste salir conmigo? —inquirió él, susurrando.

—Ah… Yo… Es algo complicado de explicar…

—Inténtalo.

Ella respiró profundamente.

—Aunque suene cursi, siento… Siento que me completas, Thomas. Si me faltan risas, ánimo, lo que sea… Contigo estoy llena. Quiero mucho a los otros —Danielle dejó escapar una risita nerviosa —Son muy buenos conmigo. Pero no es lo mismo.

—Pues llegué a pensar que fue porque querías deshacerte de Blow de una buena vez.

—Estás bromeando, ¿cierto?

—Más o menos.

La rubia lo miró con el ceño fruncido, pero en realidad no estaba enfadada.

—¿Por qué pensaste algo como eso?

—Si tenías que deshacerte de un fastidioso, ¿qué mejor que la ayuda de un amigo?

—Jamás te habría hecho eso. Habrías salido herido. Es lo que menos quiero hacer en el mundo.

—¿Por qué?

—¡Pues porque te quiero, y si tú estás triste, yo también!

—¿Eso no aplica para los otros?

Danielle bufó, haciendo un mohín.

—En cierta forma. Pero me duele más verte triste a ti. Siento… que se me rompe algo adentro.

Thomas le soltó la mano, abrazándola. Danielle le correspondió sin extrañarse, en ocasiones el muchacho hacía eso, pero no le gustaba que fuera porque le ganaba la emoción.

—Les escribí a mis hermanos contándoles de nosotros —le contó él al oído, haciéndole cosquillas con su aliento —¿Adivina qué me contestaron?

—¿Se alegraron por ti?

—Como no tienes idea. Ellos… Creo que ya sabían que te quería, cuando yo todavía no me daba cuenta. Me decían muchas cosas, como que hablaba mucho de mi amiguita la rubia. Aunque Skye prometió mojarte con una manguera si llegabas a tratarme mal.

—No pienso darle motivos, te lo prometo.

—Gracias. ¿Podemos quedarnos así un momento?

—Claro.

Danielle no estaba acostumbrada a los abrazos. Cierto era que en casa de su hermano le daban unos cuantos, pero prefería ser ella quien se acercara; sin embargo, apenas lo hacía. En sus últimos cumpleaños, había permitido que sus amigos la sujetaran con fuerza, aunque era muy incómodo para ella. Y el hombre misterioso de los ojos violetas… Bueno, él era un caso aparte.

Con Thomas era completamente diferente. Sentía su cariño, sus ganas de hacerla sentir bien. Incluso le gustaba que él no la soltara enseguida, significaba que la quería con él, ¿no?

Apoyó la cabeza en un hombro de Thomas, que se sentía suave debido al abrigo gris que usaba.

—Eh, Danielle… ¿Puedo hacer algo sin que te asustes?

—¿Asustarme? —ella se enderezó, confundida —¿Y eso por qué?

Él no contestó. Prefirió levantar una mano y posarla en su mejilla, moviendo el pulgar con lentitud. Danielle sintió primero que los dedos de Thomas estaban fríos, pero poco después se entibiaban. ¿O eran sus mejillas las que se calentaban?

—¿Puedo besarte ahora?

Ella asintió y poco después, sus labios fueron cubiertos por los de Thomas. No era la gran cosa, apenas se tocaban. Era un roce tranquilo y tierno.

Y aún así, no bastaba.

—Más… —murmuró sin darse cuenta, cuando se separaron.

—¿Qué?

—Yo… Thomas, quiero… quiero…

Se le hizo un nudo en la garganta. Él pasó una mano por su cabello.

—Puedes decírmelo. No me voy a molestar.

—Es que yo… No sé cómo explicarlo y…

—No tengo prisa.

—Ahora mismo te oyes muy maduro, ¿lo sabías?

—Qué halagador, sonar como Henry o Walt… El sueño de mi vida.

Danielle dejó escapar una pequeña risa. Su ánimo se serenó.

—Thomas, quiero que me beses como la primera vez.

Así, tal cual lo estaba pensando. Aunque se puso roja de vergüenza, lo había dicho.

—¿Estás segura?

Como él sonaba tímido, ella asintió lo más firme que pudo.

—¿Vas a estar bien?

—Claro que sí. Eres tú.

Para el chico eso fue suficiente. Se acercó despacio, dándole tiempo a Danielle para retirarse si quería, pero ella se limitó a cerrar los ojos. Ya no temblaba ni se encogía, simplemente esperaba.

Él no pudo sentirse más feliz. Besar a Danielle no se comparaba con las bromas compartidas con Procyon, ni con narrar un partido de quidditch; la sensación que tenía ahora ni siquiera se acercaba a obtener buenas calificaciones aún siendo un hijo de muggles que no sabía nada de magia hasta que llegó a Hogwarts. Era algo mucho mejor, más intenso, hacía que se olvidara de los días sombríos sin Jeremy, de las caras preocupadas que les causó a sus padres y a sus hermanos, del helado vacío provocado por los dementores…

Finalmente tuvieron que separarse y Thomas contempló el rostro de Danielle por varios segundos. Era adorable, no hallaba otra palabra para describirla.

—Te quiero —dijo el jovencito espontáneamente, con una sonrisa radiante en la cara.

La respuesta no se hizo esperar.

—Yo también te quiero.

Pasados unos segundos, se volvieron a besar.


—¿No los ven?

Hally arrugaba la frente, un tanto preocupada porque dos de sus amigos habían desaparecido, y antes de ir a Las Tres Escobas quería saber si estaban bien.

—Se los tragó la tierra —renegó Sunny, aunque sonreía.

—Déjenlos en paz. No vayamos a interrumpir.

Todos vieron a Henry con asombro.

—¿Qué sabes que nosotros no? —interrogó Procyon enseguida.

—No se los voy a decir. Pero déjenlos en paz.

—Lo dicho, qué difícil es ser tú.

La frase de Rose causó algunas risas. Henry se limitó a asentir con una cabezada.

—Entonces, ¿nos vemos en Las Tres Escobas en media hora? —preguntó Ryo.

—Sí, tal como quedamos. Se nota que tienen prisa —desdeñó Sunny.

Ryo y Paula rieron antes de echarse a correr calle abajo.

—¿Así será cuando todos tengamos pareja? —se preguntó Bryan en voz alta.

—Tal vez, pero seguiremos siendo amigos —aseguró Hally con firmeza.

—Viniendo de ti, es alentador —afirmó Walter.

Hally torció la boca de forma tan graciosa que los demás soltaron la carcajada.

Llegaron a Las Tres Escobas tras hacer algunas compras, sacudiéndose la poca nieve que les había caído, para luego ponerse a buscar sitio. No se veía ninguno libre, hasta que un nutrido grupo de chicos de séptimo salió entre risas, dejando atrás una larga mesa con vasos vacíos.

—Bienvenidos —saludó una señora de cabello oscuro y corto, muy rizado, que con blandir su varita un par de veces despejó la mesa —Si pueden, pasen a ordenar.

La señora les dedicó una sonrisa, caminó a otra mesa recién desocupada y también la despejó. Se preguntaron la razón de su petición hasta el minuto siguiente, al ver la barra atestada.

—Deben tener mucho trabajo —Amy tomó asiento, observando a su alrededor.

—Claro, es el último fin de semana antes de las vacaciones de Navidad —recordó Walter.

Hally revolvió sus bolsillos hasta encontrar un trozo de pergamino.

—¿Alguien tiene una pluma y tinta?

—Tengo un lápiz —Sunny se lo tendió.

—Gracias. Ahora sí, ¿qué van a querer?

—¡Pareces mesera! —dejó escapar Procyon, que tampoco se había sentado.

Hally sonrió ante la ocurrencia, pero no le contestó por anotar los pedidos del resto. Con la lista en mano, dio media vuelta y se fue a la barra, seguida de cerca por Procyon y Bryan.

Tan abarrotado estaba el local que llegaron Paula y Ryo sin que llegaran las órdenes a la mesa. El Ravenclaw, después de consultar con su novia qué quería, fue a buscar a Hally y compañía apenas dos segundos antes que Danielle y Thomas finalmente aparecieran.

—¿Acaban de llegar? —se extrañó Danielle, al ver a sus amigos sin bebidas.

—Claro que no, pero como ves, el lugar está a reventar —Sunny rodó los ojos.

—Voy a pedir por los dos —avisó Thomas, antes de alejarse.

—¿Qué hicieron Thomas y tú? —preguntó Amy.

—Paseamos, compramos regalos, nos reímos cuando Zabini se cayó en un montón de nieve…

Danielle apenas pudo contener la carcajada y sus amigos la secundaron.

—¿En serio? Me hubiera gustado ver eso —farfulló Walter, que se quedaba sin aliento.

—Yo no lo creo, porque al levantarse y secarse con la varita, le lanzó una maldición al primer chico de tercero que se le puso enfrente. Menos mal que Lovecraft pasaba por allí, si no, Urquhart habría quedado mal. O eso dijo Lovecraft cuando mandó a Zabini de regreso al castillo, castigado.

—¿Por qué no me sorprende que Zabini haga esas cosas? —desdeñó Henry.

—Porque es Zabini —dijeron Rose y Sunny cansinamente.

Los demás volvieron a reír.

—¡Hola, Rose! —saludó Nerie Longbottom, que a juzgar por la nieve en su gorro de lana verde, acababa de entrar —¿Está muy lento el servicio aquí?

—Un poco, ¿por qué?

—Bueno, Odette y yo necesitamos entretener a Alan, para que no vaya a interrumpirle la charla a Agatha con Scamander. Alan será un encanto, pero a veces ni Agatha lo aguanta.

—¿Con Russell Scamander?

—No, con su gemelo, Robin. Si no fuera por su cabello, no podrías distinguirlos. ¡Ah, allí están!

Nerie señaló la puerta, por donde entraba la melliza Copperfield riendo de algo que decía un chico de cabello rojizo y lacio. Rose y Henry coincidieron con Nerie, recordando que el Scamander que estaba con ellos en Gryffindor tenía el cabello rizado.

—Me voy, no vaya Alan a hacer algo malo —Nerie dejó escapar una risita —¡Hasta luego!

—¿Quién lo diría? A Scamander nunca lo he escuchado hablar —recordó Paula de pronto.

—¿Ah, no? —se sorprendió Rose —Nuestro Scamander es un parlanchín.

—Pues nuestro Scamander es muy tranquilo. Cuando llegó al colegio se veía algo decaído, quizá porque él y su hermano quedaron en casas distintas.

—Sé qué se siente —recordó Amy vagamente —Cuando llegué al colegio, apenas podía hablar con Ernest, acercarse a la mesa de Ravenclaw era difícil. No porque fueran malos allí —aclaró, ante las cejas alzadas de Paula —No sé… Me miraban como bicho raro. A simple vista, no me parezco mucho a mis hermanos.

—¡Gracias a Merlín por eso! —sentenció Sunny, levantando un vaso imaginario.

Sus amigos le celebraron la gracia con risas, incluso Amy.

—¡Las bebidas! —anunció Procyon a los pocos minutos, cargando una enorme charola.

Bryan, Thomas y Ryo, tras él, traían charolas más pequeñas. Hally los veía arrugando la nariz.

—Les dije que podía ayudar —se quejó, tomando asiento.

—Sí, claro, con tanta gente yendo y viniendo, seguro te tiraban algo encima.

Hally no refutó las palabras de Procyon, sino que meneó la cabeza como si pensara "estos chicos no tienen remedio".

—¡Feliz Navidad! —brindó Procyon, poniendo en alto su botella de cerveza de mantequilla.

—¡Y Feliz Año Nuevo! —completó Thomas, viéndose muy gracioso al levantar una taza de té.

—¡Salud!

Bebieron, charlaron, rieron por cualquier cosa… Recordarían ese instante con frecuencia en el futuro, con verdadera nostalgia, anhelando la alegría de esos días, deseando volver a ella.

Pero entonces no lo sabían y era mucho mejor así.


19 de diciembre de 2020.

Londres, Inglaterra.

Número 13 de Princess Road, barrio de Kew.

El Real Jardín Botánico de Kew, ubicado en el barrio del mismo nombre, desde hacía años estaba inscrito como Patrimonio de la Humanidad, tanto por sus aportes a la ciencia como por la belleza de sus terrenos. A poca distancia de allí se extendía Princess Road, una vía llena de casas de largas fachadas donde se instalaron algunos de los intelectuales más discretos de la época.

Eso sin contar a ciertos magos que querían mantenerse al margen de chismorreos.

—Pasa, por favor.

Danielle arqueó una ceja, estudiando la fachada de la casa que tenía enfrente, de estilo antiguo, que apareció mágicamente tras haber leído una nota escrita con elegante caligrafía.

La casa de la familia Nott se encuentra en el número 13 de Princess Road, en el barrio de Kew; municipio de Richmond upon Thames; en Londres, Inglaterra.

—Anda, no seas tímida.

La señora Nott, una mujer alta, delgada, de cabello color caoba y porte elegante, le dedicaba a la chica una sonrisa amable, al tiempo que su marido abría la puerta y su hijo hacía malabares sacando los baúles del maletero de un auto último modelo color gris plata.

—Gracias.

Danielle inclinó la cabeza, subió los tres escalones de entrada y miró por un segundo al señor Nott (de quien Todd había sacado su complexión enclenque) antes de atravesar la puerta abierta.

La casa tenía un aire de siglos pasados, con candelabros de cristal iluminando los rincones, las paredes recubiertas de papel tapiz arriba y madera abajo; el suelo brillaba por sus duelas de madera oscura recién pulida. A la derecha se veía el salón y a la izquierda, el comedor. Unas escaleras al fondo del pasillo de entrada, del lado izquierdo, conducían a la planta superior. A la derecha de la escalera se veía una puerta de madera.

—Todd, en cuanto metas los baúles, puedes usar magia para subirlos —indicó la señora Nott, entrando tras Danielle a la casa —Theo, ¿gustas tomar el té ahora o más tarde?

—Ahora, en el despacho. Danielle…

La nombrada dio un respingo. La voz del señor Nott era grave, baja y aún así, la escuchaba perfectamente. Lo que a la rubia más le llamó la atención fue la breve pero intensa mirada que el hombre le dedicó a su mujer cuando ella se alejó por el pasillo, cruzando la puerta del fondo y por la cual se vio el atisbo de una cocina.

—¿Sí, señor? —musitó ella, con la cabeza inclinada.

—Sígueme, por favor.

Ella asintió y esperó a que el señor Nott se colocara delante de ella para caminar. Entraron al salón, que tenía un ventanal dando a la calle y en la pared opuesta, una puerta de madera con picaporte plateado, la cual abrió el dueño de la casa antes de cederle el paso a la chica.

—Adelante.

La habitación era sin lugar a dudas el despacho. Con las paredes laterales compuestas por vitrinas, había allí libros, botellas, instrumentos mágicos que se movían y algún detalle inusual, como una daga por aquí y un telescopio por allá. El escritorio estaba de frente a la puerta, era de madera casi negra, cuya superficie perfectamente pulida estaba a medias cubierta por libros, pergaminos, un tintero de plata, una larga pluma marrón y lo que parecía un diminuto globo terráqueo… que debía ser mágico, pues giraba solo sobre su eje.

—Puedes tomar asiento.

Danielle ocupó una de las butacas frente al escritorio y para su sorpresa, la tapicería era de un tono azul medianoche muy bonito, con diminutos puntos plateados bordados.

—¿Cómo has estado?

—Ah… Bien, señor. El cuarto curso es… ajetreado, ¿sabe?

—Lo recuerdo. En mi cuarto curso se celebró el Torneo de los Tres Magos.

Ella arqueó una ceja, pero no se atrevió a mirar a su interlocutor.

—Eres la capitana del equipo de quidditch, ¿cierto? ¿Cómo estuvo el inicio de la temporada?

—Eh… perdimos contra Gryffindor, señor. Pero le ganamos a Hufflepuff.

A la jovencita le salió una gran sonrisa recordando la cara que había puesto Thompson cuando atrapó la snitch prácticamente a sus espaldas, después de veinte minutos de partido. El señor Nott alcanzó a ver el gesto y también sonrió, aunque de forma apenas perceptible.

—Ninguno de los dos resultados me sorprende, ha sido así por años —aseguró el hombre, moviéndose ligeramente en su propia butaca, de respaldo mucho más alto que las que tenía enfrente —¿Algún problema con el equipo o tus compañeros de casa después del primer partido?

Danielle encogió los hombros con indiferencia.

—Sí, nunca faltan —el señor Nott interpretó correctamente el gesto, frunciendo el ceño —Por lo que me cuenta Todd, tus amigos no son… Los magos como nosotros no tratamos con esa clase de gente normalmente.

La rubia arqueó una ceja con fría elegancia, observando el rostro impasible del señor Nott, quien ladeó la cabeza para mirar un punto vacío frente a él.

—No me corresponde decirte quiénes son las personas correctas para relacionarte y a quienes deberías evitar. Lo que sí puedo hacer es aconsejarte prudencia —el señor Nott guardó silencio por un instante antes de continuar —Si crees en la gente que te rodea, si confías en ella, debes estar atenta a cualquier cambio en su forma de actuar. Y claro, comenzar a indagar al respecto.

Llamaron a la puerta del despacho, y sin esperar respuesta, la señora Nott entró llevando una charola de plata con un servicio completo de té acompañado de unos panecillos.

—Aquí tienen —la mujer le dedicó una suave sonrisa a Danielle, antes de mirar a su marido y al tiempo que le servía, decía —Todd quiere saber si iremos a la cena de Navidad de los Zabini.

—Nosotros no, pero él puede asistir si quiere.

La señora Nott asintió y se dispuso a servir la taza de Danielle, mirándola con amabilidad.

—¿Cómo te gusta, querida?

La jovencita le respondió en voz baja, lo que a la mujer no pareció ofenderle.

—Sírvete también, Mo. Puedes escuchar esto.

Ante la frase de su esposo, la señora Nott parpadeó un par de veces, confundida, antes de sacar su varita mágica y hacer aparecer otra taza para ella.

—Le decía que debe ser prudente con la gente a su alrededor —al pronunciar esas palabras, el señor Nott señaló a Danielle con un ademán —Si ve algún cambio en esas personas, debe saber el por qué. Quizá no le halle mucho sentido a lo que digo, pero…

—No subestimes a las chicas de ahora, Theo —pidió la señora Nott con voz cauta.

—No lo hago. Simplemente que no comprendo algunas de sus…decisiones.

—De acuerdo. ¿Y ya hablaron sobre mañana?

Danielle dio un involuntario respingo.

—Aún no. ¿Vas a acompañarnos?

—Solo si crees que no molestaré a tu amigo.

—Créeme, me importa muy poco lo que Draco pueda opinar a estas alturas. Danielle, ¿está bien si mi esposa va mañana con nosotros a Azkaban?

La aludida asintió silenciosamente con la cabeza, bebiendo un sorbo de su té.

—Lo suponía. Fui sincero al mencionarte por carta que desconozco las razones de Draco para tratarte como te trató. Lo único que llegó a insinuar es que no le gustaba hacerlo.

—¿En serio? —Danielle se permitió una mueca escéptica.

—Sí. Lo he deducido tras analizar su comportamiento estos años. Soy de los que creen que el lazo entre padres e hijos es demasiado fuerte para cortarlo de tajo, como él pretendió hacerlo.

—¿Te refieres a cuando nació Danielle? —inquirió la señora Nott, curiosa.

—Exacto. Draco no es muy expresivo, pero se veía satisfecho cuando supo que tendría una hija. Decidió en ese mismo momento llamarla Eltanin, siguiendo una vieja costumbre de su familia materna, los Black. Y a diferencia de con su hijo mayor, eligió como padrinos de su hija a un par de traidores a la sangre en vez de la pareja sangre limpia que quería Pansy.

Danielle inclinó la cabeza, aparentemente concentrada en su té, sopesando aquellos datos. Si no mal recordaba, los padrinos de su hermano eran, precisamente, los Zabini, con quienes sus padres solían llevarse bien desde sus años de estudiante. Patrick ahora se burlaba de eso, enfatizando el afán de su madre por quedar bien con el resto de los sangre limpia a través de sus hijos, pero ahora mismo la asaltó una duda completamente diferente.

—¿Los llaman traidores a la sangre por vivir entre muggles? —inquirió suavemente.

—No —respondió con voz tajante el señor Nott, entrecerrando los ojos —Me limité a romper el compromiso matrimonial que me habían impuesto para poder casarme con Mo. Lo que en teoría, no contravenía a los intereses de mis padres, dado que Mo es sangre limpia.

—Pero yo sí soy traidora, así que ahora, te etiquetan conmigo —repuso la señora Nott.

—¿Por qué es traidora, señora?

—Demuestro una intensa curiosidad por el modo de vida muggle —contestó la mujer sin alterarse —Durante la segunda guerra, mi familia y yo vivimos entre muggles como medida de protección y así, aprendimos a valorar un poco lo que es no usar magia. Después, cuando la guerra acabó, me fui a vivir a un barrio muggle y procuraba hacer las cosas yo misma. Aún me pregunto qué pudiste verme —se volvió hacia su marido, quien lucía un semblante reflexivo.

—No es el momento de hablar de eso, Mo.

—Lo siento.

El señor Nott negó con la cabeza y fijó la vista en Danielle.

—Iremos a Azkaban mañana temprano. Procura llevar capa o algo abrigador, allá hace mucho frío. Y esperemos que Draco te esté llamando para algo que valga la pena.

Danielle asintió en silencio, deseando lo mismo.


20 de diciembre de 2020.

Mar del Norte.

Prisión Mágica de Azkaban.

—Da miedo.

Danielle no pudo evitar susurrar aquello, tras observar el sombrío edificio donde los criminales mágicos de Europa pagaban su deuda con la sociedad.

—No te preocupes —animó la señora Nott, tomándole una mano —Estamos contigo.

La rubia asintió con una cabezada, sin saber qué más hacer.

El señor Nott se hizo cargo de todo. Habló con los Sinodales explicándoles el motivo de su visita y uno de ellos, seguramente el jefe del turno, le indicó a un colega que acompañara a los tres hasta la sala de visitantes, una habitación que podría pasar por la sencilla sala de estar de una casa común y corriente. Al llegar allí, a Danielle le dio un escalofrío toparse con una silla de madera tapizada en tela gris, con cadenas en los apoyabrazos.

—Al menos tienen fuego —comentó la señora Nott tras un momento de silencio.

La chimenea, empotrada en el extremo más alejado de la puerta, estaba encendida.

—Aquí lo tienen.

Uno de los Sinodales había traído a un Draco Malfoy que aún conservaba algo de su anterior arrogancia en sus rasgos, pero quedaba sepultada bajo la deslucida túnica gris de los reos, una barba incipiente y la aparición de bolsas bajo sus ojos. Sin embargo, se sentó con toda naturalidad en la silla de las cadenas, sin sobresaltarse cuando se vio atado.

—Tienen media hora —avisó el Sinodal antes de marcharse.

—Theodore —pronunció Malfoy a modo de saludo —No creí que tú traerías a Eltanin.

—Me lo pidió tu hijo, él tenía un asunto pendiente en Estados Unidos.

—Y trajiste a tu encantadora esposa, por lo que veo.

La señora Nott le dedicó a Malfoy una inclinación de cabeza.

—¿Podrías acercarte un poco, Eltanin?

Danielle se mordió el labio inferior, nerviosa, pero finalmente accedió. Se colocó frente a su padre, a dos pasos de distancia, cerrando las manos con fuerza para no delatar su estado de ánimo.

—Una señorita —indicó Malfoy, observando a su hija con ojos serios —¿Vives con Patrick?

La rubia asintió, con los labios apretados y la vista baja.

—¿Qué, te echaron un encantamiento silenciador antes de entrar? Puedes hablarme.

—Ah… de acuerdo.

Malfoy estuvo a punto de elevar los ojos al cielo, pero se lo pensó mejor.

—¿Juegas quidditch? En Hogwarts, quiero decir.

Danielle apretó los labios todavía más. Así que él no sabía ni eso…

—Espero que sí, esa escoba que te compré era la mejor del mercado.

La chica se atrevió a alzar los ojos, hallando a su padre con el porte distante con el que solía tratarla. Y pese a sí misma, notó algo diferente a como se veía antes, pero no sabía qué era.

—Soy… soy buscadora —indicó ella con timidez y sin saber por qué, añadió —Y este curso me nombraron capitana del equipo.

Entonces lo vio, lo que había de diferente en la cara de su padre. Al principio, como era un detalle muy tenue, no lo distinguía, solamente tenía la sensación de haberlo visto en otra ocasión. Pero ahora, siendo un poco más evidente, supo de dónde lo recordaba y pensar que ahora se manifestaba a causa de su presencia la hizo sonrojarse.

Draco Malfoy esbozaba una ligera y tierna sonrisa orgullosa.


Londres, Inglaterra.

Número 13 de Princess Road, barrio de Kew.

Nunca supo cómo llegó a echarse sobre el mullido colchón cubierto con un colorido edredón de plumas. Lo único que quería en ese momento era dejar de pensar.

Danielle se hizo un ovillo en la cama, sin prestar atención a la elegante decoración en tonos pastel que el día anterior tanto la impresionara. Sentía la cabeza a punto de estallar, ¡pero es que era increíble! ¡Incluso absurdo!

Tras acabar la charla con su padre, Danielle se había quedado tan anonadada que apenas percibió cómo los Nott se acercaban a Malfoy, increpándole su proceder.

—¡Cómo te atreves! —era increíble que la señora Nott, con esa apariencia tan cordial y delicada, pudiera ponerse a gritar de esa forma —¡Hacerle eso a una niña! ¡A tu propia hija!

—Déjalo, Mo —pidió el señor Nott en cuanto se le pasó un poco la furia del momento —Yo ya lo di todo por perdido con Draco. Vámonos.

Acto seguido, la sacaron de allí a toda prisa.

No sintió tampoco cuando se marcharon de la isla, siendo ella guiada mediante Aparición Conjunta al salón del número trece de Princess Road, donde un aturdido Todd los miró desde su sitio en el sofá más grande, sin comprender lo que ocurría. Solo pareció presentir algo de peligro al ver el rostro de su madre sonrojado por el enfado y se escabulló a su habitación.

Danielle tampoco fue muy consciente de los paseos del señor Nott por el salón, mudo de la impresión pero manifestando en sus ademanes su desagrado por la situación en general. Su esposa se limitó a tomar asiento en el sofá que antes ocupara su hijo, colocando a la pequeña rubia a su lado, tomándole una mano y mordiéndose los labios para contener más improperios. Al final, los Nott parecieron acordarse de su ahijada, porque la señora Nott la condujo suavemente a la recámara que le habían designado y dejándola sentada en la cama, salió casi sin hacer ruido.

La chica no sabía cuánto tiempo había pasado. Se habían ido a Azkaban a primera hora, después de un desayuno más bien escaso, y ahora debería estar hambrienta. Pero pensar en comer hacía que se le revolviera el estómago y casi sin darse cuenta, de sus opacos ojos azules brotaron diminutas lágrimas que no tardaron en engrosarse hasta mojarle casi toda la cara.

¿Era acaso posible que se hubiera equivocado? ¿La última y frágil esperanza que le quedaba era esto? ¿Debía aceptar como cierta las explicaciones de su padre solamente porque ansiaba que hubiera una razón para el trato que él le había dado? ¿O era simplemente una artimaña del hombre para que ella hiciera lo que le ordenara? Sacudió la cabeza débilmente, hundiéndola en la enorme almohada casi con rabia, sintiendo que ella misma caía en alguna especie de oscuro pozo, donde acabaría ahogándose en la pena sin que nadie pudiera…

El último pensamiento lo paró en seco, espantada de haberlo concebido siquiera. Se restregó el rostro contra la almohada, apenada de que quizá estuviera ensuciándola, pero concentrada en su nueva idea. Si no lo hacía, entonces acabaría creyendo en su soledad y era lo que menos necesitaba.

Quiero vencer a la memoria.

Alguna vez le había escuchado a Walter esas palabras, refiriéndose al hecho de que escribía demasiado sobre sus asuntos cotidianos para olvidar lo menos posible. Sunny lo bromeaba diciendo que parecía una chica, con eso de llevar un diario, pero procuraba decir aquello cuando no había casi nadie alrededor, para no perjudicarlo. Sí, Walter sabía de qué hablaba. No era una mala idea.

Levantándose lentamente, Danielle observó la habitación en la que estaba. Se preguntó si de verdad era para visitas o reflejaba el deseo de los Nott por una hija, ya que los detalles en ella eran más que femeninos. Imaginarse al estoico Todd durmiendo allí casi la hace sonreír.

Gateó en la cama hasta llegar a los pies, a su baúl del colegio, sobre el cual también gateó para luego colocarse a su lado y abrirlo. Sus cosas en el interior estaban más o menos en orden, por lo que lamentó revolverlas un poco para sacar lo que quería: el regalo de cumpleaños que ese año le había dado Ryo, un precioso cuaderno de hojas de pergamino y tapas duras con hermosas piedras verdes incrustadas. Hasta ahora no la había usado, no quería escribir en ella cosas sin importancia que harían que se acabaran las páginas, pero ahora creía tener algo importante que plasmar allí antes que ya no pudiera acordarse de todo.

Y sobre todo, como pudiera debía repetirse una y otra vez que no estaba sola. Sin importar la conclusión a la que llegara con respecto a su padre.


24 de diciembre de 2020.

Inverness, Escocia.

Mahonlands, residencia del clan McMahon.

Hacía siglos, una de las bases de la sociedad escocesa había sido su organización por clanes, y nacer en uno de ellos podía determinar quiénes serían tus amigos, quiénes tus enemigos y qué rasgos predominarían en tu fisonomía y tu personalidad.

En la actualidad, pertenecer a un antiguo clan equivalía a una historia familiar digna de contar. Cualquier escocés que se preciara investigaba su árbol genealógico al menos hasta la cuarta generación y de hallar antepasados con apellidos memorables, los estudiaba a conciencia. Claro, había otros escoceses que consideraban todo eso como una pérdida de tiempo y prestaban oídos sordos a su herencia cultural, pero si había un tipo de escocés que abundara era aquel que se preocupaba por ser miembro del noble clan del que hubiera salido.

La propiedad conocida como Mahonlands, al oeste de Inverness y una de más cercana al Lago Ness, causaba envidias y asombro por igual. Los dueños por muchos años fueron los McMahon, conocidos por ser personas de gran inteligencia y excelente juicio a la hora de valorar a los demás. Aún cuando la última descendiente directa del clan había cambiado de apellido al casarse, los amigos y vecinos seguían diciéndole a ese enorme lugar "los terrenos McMahon". Así pues, cuando tres autos último modelo se alinearon frente a la entrada de la finca, el viejo administrador no daba crédito a lo que veía, pero casi enseguida sonrió cuando del primer vehículo se asomó una mujer rubia de brillantes ojos color azul claro, agitando una mano en alto.

—¡Buenos días, señor McNish! —saludó, dando tiempo a que el aludido se acercara a abrir la entrada para continuar —Espero que no haya problemas por llegar temprano.

—No lo creo, señora Charlotte, pasen ustedes. Y sean bienvenidos.

La reja, de hierro forjado y coronada por una especie de estrella con muchas puntas, se abrió de par en par, permitiendo que los tres autos recorrieran el camino de gravilla hacia la casa, una construcción sólida, de piedra gris bien escogida para durar por siglos, cuyas ventanas enmarcadas en madera tenían las cortinas corridas. La pesada puerta principal, también de madera, se abrió al poco rato, dejando ver la figura un tanto regordeta de una mujer con el cabello oscuro encanecido y unos ojos azules idénticos a los de la rubia.

—¡Son incorregibles! ¿Acaso no les enseñé buenos modales? ¡Los esperaba hasta esta noche!

—Deja eso de lado por un momento y danos un abrazo, madre —pidió un hombre alto y de alborotado cabello rubio, cuyos ojos verdes destellaban de gusto.

Durante unos minutos, las bienvenidas y las preguntas sobre la salud de los vecinos eran el común denominador de los recién llegados. El hombre rubio, que llevaba consigo a una joven mujer de cabello oscuro y abrigo gris, fue elogiado por su "buena elección".

—Siempre lo he dicho, esta familia tiene ojo para estas cosas —sentenció la madre del rubio.

—Se lo agradezco mucho, señora Jackson.

—¡Oh, por favor, querida, puedes llamarme Niffie! Todo el mundo lo hace.

—Pero señora…

—Nada, nada. Phillip, ¿qué le has dicho sobre mí a esta encantadora muchacha?

Mientras la joven mujer se sonrojaba, el hombre rubio rió y negó con la cabeza.

—¡Charlotte, querida! —la mujer mayor se volvió hacia la rubia, que en ese momento se apeaba del primer auto de la fila —Seguramente fuiste tú la que quiso llegar tan temprano. ¿Qué, así pretendías librarte de los admiradores y los paparazzi?

—Algo por el estilo. ¿Cómo has estado, madre?

Reconociendo el tono distante de la rubia, la señora Jackson dio a entender con gestos que se encontraba estupendamente. Los invitó a todos a entrar a la casa, por lo que se armó un alboroto ya que del segundo auto, un trío de jóvenes muy semejantes entre sí sacaban varias maletas.

—¡Cuidado con esa, Scott! Ahí traigo varios perfumes, no se vayan a romper…

—¡Pues tú lleva bien mi maletín, Skye, que si le pasa algo a mi laptop…!

—Chicos, por favor, vean lo que hacen. ¡Skye, mi neceser! ¡Traigo las sombras nuevas!

—Lo siento, Sydney, lo había olvidado. ¿Tú qué haces ahí parado, Thomas? ¡Ayúdanos!

Un cuarto jovencito, de cabello rojo anaranjado y ojos color verde claro, contenía a duras penas la risa, pero enseguida metió las manos en la cajuela de ese auto, un modelo deportivo color azul, y extrajo una maleta roja de aspecto costoso.

—Entonces me llevo lo de mamá primero. Si algo de ella se rompe, quedaríamos castigados hasta Año Nuevo y eso no sería muy divertido.

Las palabras del pelirrojo anaranjado apaciguaron un poco a los otros tres.

Por dentro, la casa lucía acogedora. La sala quedaba a la izquierda de la puerta y el comedor, a la derecha. La cocina estaba al fondo, lo mismo que las escaleras que conducían al piso superior y aunque no lo parecía, los recién llegados sabían que por el patio trasero podía llegarse al Granero, el edificio habilitado en décadas recientes como vivienda de los trabajadores de Mahonlands.

—Y bien, ¿dónde están mis nietos? Quiero verles las caras.

Los cuatro cargadores de maletas, tras subir y bajar la escalera de la casa varias veces, se acercaron a la señora Jackson en fila, inconscientemente ordenados por edades.

—Skye, querida, espero te hayas portado bien este año.

—Depende de lo que consideres "bien", abuela. Me divertí mucho, eso sí.

—Y tú, Sydney, ¿algo interesante en el horizonte?

—No mucho. Tuve un partido amistoso de voleibol al final del trimestre, nada más.

—Scott, mi muchacho, tú sí te portaste bien, ¿cierto?

—Digamos que lo intenté, abuela. Alguien debe andar tras estas dos para cuidarlas.

Mientras la señora Jackson meneaba la cabeza con resignación, sus nietos mayores reían a carcajadas. Finalmente, la mujer se fijó en su cuarto nieto, que estaba a dos pasos de ella.

—Thomas, cariño, ¿cómo has estado tú?

—Ah… Bien, abuela.

La abuela del chico frunció el ceño al verlo en apariencia indiferente, aunque no tuvo ocasión de preguntarle la razón. Sus hijos, los dos adultos rubios, llegaron entonces provenientes de la cocina, discutiendo sobre las crème brulè que habría de postre, y tuvo que ir a separarlos.


25 de diciembre de 2020.

—Abuela, ¿tienes un minuto?

Había sido una mañana agitada, con los trillizos Elliott alborotando desde temprano debido a sus regalos de Navidad (sobre todo por los que su hermano menor les había conseguido). Tras un abundante desayuno, los visitantes se habían separado, siendo Skye, Sydney y Scott quienes iniciaron la retirada con la excusa de recorrer Mahonlands como cuando eran niños; en tanto, Charlotte y Phillip llevaban a sus cónyuges con los vecinos más cercanos para desear felices fiestas y presentar a la esposa de él. Thomas era el único que se había quedado en casa.

—Sí, claro, cariño. ¿Qué sucede?

Parecía que Thomas no sabía por dónde comenzar, así que la señora Jackson presintió que algo no andaba bien. Dejó a un lado el tejido que le ocupaba las manos y lo invitó a sentarse junto a ella, en uno de los sillones de la sala, donde el único sonido de fondo era el de la chimenea encendida.

—Yo te traje algo… del pueblo cercano al colegio. No sé… No sé si sepas a qué colegio voy…

La mujer negó con la cabeza, sintiendo la punzada de un viejo enojo que no quería recordar.

—Bueno, allí… Allí me enseñan a no hacerle daño a la gente por… por lo que soy…

—Cariño, creí que habíamos quedado en que no fue tu culpa.

Cuando el muchachito asintió, a la señora Jackson se le escapó un suspiro. La muerte del amiguito de su nieto era un tema que estaba prácticamente vetado.

—Pero de eso no quería hablar ahora —se apresuró a aclarar Thomas —Te traje algo… Un regalo. Sé que te gustan los dulces, pensé que quizá…Así dejarías de estar molesta conmigo.

—¡Yo no estoy molesta contigo!

—Pero oí que mamá y tú…

—Eso es diferente —aclaró la señora Jackson enseguida —Charlotte… Tu madre no se había tomado la molestia de decirme lo que eras en cuanto lo supo, por eso nos peleamos. No me gusta el mundo de la magia, Thomas, pero no tiene nada qué ver contigo.

—¿Ah, no? ¿Entonces por qué…?

—Te lo contaré luego. Ahora muéstrame ese regalo, que si es un dulce, seguro me va a gustar.

El chico asintió con un poco más de ánimo y le tendió una alargada caja envuelta en brillante papel plateado con estrellas de colores. Al desenvolver la caja y abrirla, contuvo un gemido de asombro, aunque no pudo evitar que los ojos se le humedecieran.

Una fina pluma blanca, de aspecto delicado, reposaba en el interior de la caja. Al tocarla con la yema de los dedos, la buena mujer percibió que no era suave como una pluma real, sino que era ligeramente áspera, como granulada, y los finos hilos que la conformaban parecía que apenas resistirían su toque. La sacó con cuidado, observándola a contraluz.

—¿Pasa algo? —inquirió Thomas con una mueca de preocupación —¿No te gusta?

—¡Ay, cariño! Hacía años que no veía una de éstas…

Thomas no supo qué pensar. Su abuela estaba extasiada con la pluma de azúcar, una golosina que consideró que le encantaría porque en Honeydukes le aseguraron que podía durar horas. Ahora, con lo que había mencionado la señora Jackson, se había quedado un tanto confundido, pero esperó pacientemente a que ella sujetara la pluma como si fuera a escribir con ella y chupara un pedacito de la parte superior. Acto seguido, la volvió a guardar con sumo cuidado, tratándola igual que a un tesoro muy valioso.

—¿Tu madre te ha dicho cómo me llamo, cariño?

—Pues…No. Es curioso que lo menciones, mi novia me preguntó…

—Ah, ¿con que tienes novia? ¿Y no pensabas decírmelo?

—Es que… —el muchacho se puso colorado —Ella es como yo y pensé…

—No importa, me lo contarás después. Pues bien, te diré que mi padre, tu bisabuelo, fue el que eligió mi nombre, aunque sabía que era algo raro para la gente común, por lo que aceptó que mi madre me apodara Niffie. A Gerard le llegué a contar la historia, para que supiera por qué me decían así, y se rió por una hora antes de asegurar que mi nombre era bastante original.

—¿Y cómo te llamas, abuela?

—Mi nombre es Enif. ¿Te suena?

—Un poco, pero ahora mismo no recuerdo de dónde.

—Eso es raro en ti, cariño. ¿Seguro que te enseñan cosas útiles en ese colegio tuyo?

—Sí, claro, aunque hay otras bastante raras.

—Bien dicho. Como te decía, tu bisabuelo eligió mi nombre. Yo no lo decía a menos que fuera necesario y tuve que aguantar varias burlas por su causa. Un día, al recién iniciar la secundaria, me habían fastidiado tanto mis compañeros que llegué a casa maldiciendo mi nombre. Fue cuando tu bisabuelo me llevó aparte y me contó por qué me lo había puesto.

—¿Y por qué fue?

—Según él, quiso burlarse de su familia. Has de saber, cariño, que no todas las familias son tan buenas como la nuestra. La de tu bisabuelo era todo un caso, lo despreció cuando resultó ser distinto a ellos. Lástima que muriera antes que nacieras tú, le habría encantado gritar a los cuatro vientos que la magia seguía en él. Por decirlo de alguna forma.

—¿El bisabuelo era mago?

—Sí y no. Me contó que había nacido en una familia de magos, pero él fue uno de esos casos raros en los que no tuvo nada de magia. Ni una pizca. Cuando cumplió once años y no le llegó una carta de ese colegio tuyo, resultó evidente lo que era y su familia lo hizo a un lado. Ahora no recuerdo la palabra que usó para los que eran como él, pero era corta, incluso simple…

—Leí eso en un libro de la biblioteca del colegio. A un hijo de magos sin magia, lo llaman squib.

—¡Sí, esa era la palabra! Pues bien, imagina mi sorpresa cuando me habló de ese otro mundo del que su familia lo sacó a patadas por no tener magia. Mi padre era una persona serena, con sentido del humor, que seguía en contacto con algunos amigos magos aunque ya no vivía entre ellos. Así supe de dónde venían los regalos extravagantes que me daba a veces. Como los dulces que no veía en ninguna tienda de la ciudad. De hecho, me regaló una de estas cuando cumplí once años.

La señora Jackson alzó un poco la caja de la pluma de azúcar, sonriendo.

—Estuvo un poco triste cuando vio que yo tampoco tenía magia, pero al poco tiempo aseguró que era mejor así, porque de haber sido bruja, su familia no me habría dejado en paz. Luego me casé, cambié de apellido y al nacer mis hijos, como tampoco tuvieron magia, hicieron que mi padre se quedara más tranquilo todavía. Pero sé que le dolía un poco no poder volver al mundo de los magos, aunque fuera acompañando a uno de sus hijos o nietos. ¿Ahora lo ves, cariño? No me gusta la magia porque hacía sentir mal a mi padre y porque esa familia suya no lo quiso. Y por supuesto, tampoco me quiso a mí.

Thomas se quedó en silencio, contemplando a su abuela, quien había abierto de nuevo la caja con la pluma de azúcar y la contemplaba con embeleso. Nunca se había imaginado que, tal como indicaban las teorías mágicas, él fuera un hijo de muggles con antepasados magos. Se preguntó cuál sería la familia de su bisabuelo; imaginó una donde los squibs fueran una deshonra. Una de esas antiguas familias sangre limpia que repudiaba a quien le convenía.

—Espera a que le cuente esto a mis amigos —dijo finalmente, sonriendo tan ampliamente como acostumbraba —¡Y pensaba ser poca cosa para mi novia! Ella es de una familia de magos a la que todo el mundo admiraba, pero no es mala, ella es…

Thomas rió un poco, observado atentamente por su abuela, que de pronto se había quedado muy seria, con una expresión de serenidad y ligero desconcierto.

—Cariño, ¿cómo es tu novia?

—¿Perdón? —Thomas dejó de reír, sonrojándose más.

—Sí, cuéntame. ¿Cómo es ella? ¿Cómo se llama?

El chico, todavía ruborizado, asintió antes de comenzar.

—Ella se llama Danielle. Es muy bonita, abuela, quisiera que la conocieras. Tiene el cabello rubio, muy largo, como el de mamá, pero más lacio. Sus ojos son azules, y dependiendo de la luz, a veces se ven grises. Tiene mi edad, vamos al mismo curso y… ¿te contó el bisabuelo algo sobre Hogwarts? ¿De las cuatro casas? —la señora Jackson negó con la cabeza —Ah, vaya… Pues los dos estamos en la misma casa, Slytherin, así que nos podemos ver casi todo el tiempo. Se mueve muy elegante y es muy educada, igual que su hermano. ¡Ah, sí! Tiene un hermano mayor, que ya terminó el colegio y vive en Estados Unidos; incluso está casado y tiene dos hijos, unos gemelos…

Así siguió parloteando Thomas por un buen rato, hasta que regresaron los trillizos del paseo que fueron a dar. Al escuchar el tema de la charla, tuvieron ganas de bromar, pero casi enseguida se contuvieron, porque su hermanito mostraba un entusiasmo que hacía mucho no veían. Así que se sentaron en los sillones, alrededor de él y no se hicieron notar hasta que Thomas hizo una pausa, como recordando algo.

—¿Sabes qué, abuela? Danielle podría decirme si queda alguien de la familia del bisabuelo. Su madre le enseñó muchas cosas de las familias de magos más antiguas.

—No lo dudo, pero no me interesa saberlo. Además, seguro que hay un montón de magos con ese apellido revoloteando por allí.

—¡Imposible! Si esa familia creía en eso de la pureza de sangre, no deben quedar muchos. Danielle y su hermano eran los últimos Malfoy antes que nacieran los gemelos.

—Siempre me he preguntado por qué algunos magos tienen nombres tan raros —comentó Sydney, pensativa —Al menos tú tienes un nombre más normal.

—¿Estaban aquí? —Thomas se puso rojo de vergüenza.

—Claro, tonto, ¿no nos oíste entrar? —se burló Skye.

—Pues no, lo siento.

—Hablabas de tu novia, así no nos sorprende —apuntó certeramente Scott —¿Y qué es eso de la familia del bisabuelo, abuela?

La señora Jackson les narró una versión resumida de la historia que le había contado a su nieto menor y los trillizos se quedaron impresionados. Skye, con fingida indignación, volvió a quejarse de no haber salido bruja, pues ahora podrían ella y sus hermanos hacer bromas grandiosas.

—No pierdas la fe, querida. Puede pasarte como a tu madre, que tengas un hijo mago.

—¡Ah, no! Si resulta como el sabelotodo, no va a dejar de darme lecciones.

Como Skye se echó a reír, los demás supieron enseguida que se trataba de una broma.

Todos habrían seguido así de alegres si no hubiera llegado la lechuza.

Aunque era invierno, la señora Jackson acostumbraba dejar abiertas las ventanas un par de horas por la mañana, así que después que el viento ondeara las pesadas cortinas, un ave de gran tamaño y plumaje oscuro se coló a la habitación planeando suavemente, antes de posarse con cierta elegancia en el respaldo del asiento de la señora Jackson.

—¡Madre! —llamó la señora Elliott cuando, adelantándose a su marido, a su hermano y a su cuñada, entró precipitadamente en la sala —Vimos una lechuza, ¿qué…?

No terminó la frase. El ave miró a su alrededor por dos segundos antes de abrir las alas, dejar el respaldo del sillón de la señora Jackson para posarse en el hombro de Thomas.

—Así le llegaban algunas cartas a Tim —recordó con timidez la esposa de Phillip, claramente intentando romper la tensión.

Nadie replicó a eso. Thomas estaba muy entretenido quitándole a la lechuza su carga, al tiempo que se buscaba en los bolsillos unas cuantas monedas pequeñas de bronce para echarlas en la bolsita de cuero que el pájaro llevaba atada a una pata. En cuanto terminó, el animal alzó el vuelo y se marchó por donde había llegado.

—Pensé que no había diario hoy —comentó Thomas de forma despreocupada, desenrollando un ejemplar de El Profeta —Como es Navidad…

Dejó de hablar con lentitud, mirando fijamente la primera plana, con una expresión tal de asombro y espanto que todos en la sala sintieron miedo. Incluso la esposa de Phillip, que solamente conocía a Thomas por lo que le había contado su marido, pensó que algo malo había pasado para ponerlo así. Fue Skye la primera en reaccionar, levantándose de su asiento y colocándose tras su hermanito, interesada por primera vez en el periódico de los magos.

Ataque mágico al Centro Rockefeller deja aterrorizados a los muggles norteamericanos —leyó la joven en voz alta, para luego quedar pasmada —¿El Centro Rockefeller? ¿Pero cómo…?

—¿Cariño? —la señora Jackson miraba a Thomas con angustia.

El aludido seguía sin decir palabra. Skye, desde su posición, vio que su hermano movía una de sus manos, temblorosa y asustada, hacia un recuadro de la primera plana, recorriendo con el dedo índice su contenido. Skye creyó comprender qué le preocupaba, al menos al ver el título de ese recuadro tan impersonal como siniestro.

—No —oyó que susurraba Thomas.

Skye lo miró a la cara y se le rompió el corazón. Los ojos de su hermano, idénticos a los de su padre, se estaban llenando de lágrimas. Miró a Sydney y a Scott, luego a sus padres, para finalmente estrechar a Thomas entre sus brazos.

—¿Qué pasa? —le preguntó en voz baja.

Pero no obtuvo más respuesta que el ligero temblor de hombros de Thomas y poco después, que él correspondió a su abrazo mientras le humedecía la ropa con su llanto.

Al poco rato, Skye aún no sabía la razón, pero tanto ella como Sydney también estaban llorando, abrazadas ambas a su hermanito, deseando poder hacer algo por él. Scott miraba la escena con el ceño fruncido y los puños apretados, hasta que algo hizo que recogiera el periódico que se le había caído a Thomas. Leyó la primera plana, sin fijarse mucho en la foto con movimiento que mostraba un enorme árbol de Navidad humeante, antes de descubrir, con verdadero pavor, lo que seguramente había causado toda aquella escena: el recuadro de la primera plana y su título.

LISTA DE AFECTADOS DEL ATAQUE AL CENTRO ROCKEFELLER

Y sin decir palabra, Scott se unió al abrazo que le daban sus hermanas a Thomas.

Al igual que a Sydney y Skye, adoraba a su hermanito y su dolor le calaba a él también.


8 de febrero de 2012. 10:30 P.M. (Hora de Aguascalientes, Ags. México).

Hola, hola, ¿cómo han estado? Espero que bien, porque vamos, es el mes cursi, en un año donde le toca un día más, seguro los que tienen pareja están ansiosos porque llegue el día catorce para ser lo más empalagosos posibles. Y los que estamos sin compromiso, seguro maldeciremos al montón de acaramelados que veremos ese mentado día en todas partes (Bell hace un puchero).

Bien, aquí tienen el nuevo capi. Me salió relativamente rápido, o eso siento al compararlo con anteriores capítulos. Danielle se llevó el protagonismo al principio, porque seguramente muchos esperaban su reunión con papi Draco. Pero ¡oh, sorpresa!, no les mostré el contenido de la charla. ¿A que soy un encanto? (Bell se mete al refugio anti–bombas). Lo siento, pero si suelto ahora qué tanto dijo Draco, les echo a perder mucha de la trama que se aproxima. Solamente consideré bueno darles pistas al mostrar la indignación de los Nott (a quien adivine quién es la esposa de Nott, Bell le dará un premio, es en serio) y la reacción inicial de Danielle. A la rubia se le está viniendo el mundo encima y cuando sepan por qué, le darán la razón.

Luego pasamos con los Elliott, que se fueron a la casa de Niffie Jackson. Estoy dispuesta a concederle una mini–entrevista sobre la saga a quien me adivine de dónde saqué el nombre de la señora Jackson, ya que para mí es el indicador de una "historia fantasma" (o sea, la historia no revelada de un personaje). Iba a poner ese dato aquí, pero mejor no, porque entonces eso le habría robado cámara al final y de verdad, necesito que tengan el suceso en mente: el ataque al Centro Rockefeller. ¿Alguno recuerda si ya había mencionado antes ese sitio? Espero que sí; en ese caso, quizá adivine qué causó semejante reacción de Thomas.

Ya para acabar, les diré que no he recibido más candidatos para El Loco, así que me quedaré con el único que llegó… O debería decir la única, fue una chica. Damas y caballeros, saluden como imagen del Arcano cero a… ¡Sunny Wilson! Nuestra castaña dibujante nunca me pasó por la cabeza para representar este Arcano en particular, pero veamos qué tal va. Lo que sigo esperando es un candidato idóneo para La Muerte, porque nomás no llega uno que me convenza.

Siendo todo de momento, me despido. Cuídense mucho, abríguense bien (hemisferio norte), hidrátense (hemisferio sur), no sean demasiado dulces el día catorce o tendrán un coma diabético (Bell ríe por su mal chiste) y nos leemos lo más pronto posible.