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Disclaimer: Los personajes de esta historia pertenecen a Naoko Takeuchi, utilizados por mi solo porque los amo y me hace feliz escribir de ellos =)

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REVIVE MIS SENTIDOS.

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14º "Hacerte sentir mi amor."

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Era mediodía, Yaten escuchaba divertido a Mina, expresando a cada instante lo mucho que amaba su almuerzo, totalmente extasiada en su comida. La había llevado a un restaurante típico, queriendo que ella tuviera su cuerpo lleno de energías para el resto de la jornada.

No hubo más reclamos por los horarios, porque ella asumió la responsabilidad que le correspondía con sí misma. Yaten entonces se quedó tranquilo con eso, intentando de todas formas ayudarla en lo posible. Le pidió que dejara de hacerle los audios, que soportaría la voz de su máquina. Y aun cuando Mina no quería dejar de hacerlo, él la convenció, argumentando que la mejor forma de ayudarlo era no andar desmayándose por todos lados.

Mientas se acercaba la semana de los talleres, encontraban mas detalles que resolver, pero también el entusiasmo de Mina crecía, y Yaten podía notarlo con facilidad. Él finalmente haría un taller de escultura, para no repletar la variedad solo en asuntos musicales, estando Seiya con su enseñanza de guitarra. Serena se apuntó para guiar a los niños en cómo hacer costuras básicas, quizá no para grandes conjuntos, pero sí para solucionar asuntos cotidianos. Incluso Lita se animó con enseñar algo simple para cocinar. Y era allí donde Yaten cuestionaba a su novia.

—¿Y decidiste? —le interrumpió.

—¿Qué cosa? —preguntó entre un bocado y otro.

—Si darás algún taller —apuntó.

—No tengo talentos como los de ustedes. Podría enseñar a quemar comida, pero creo que los niños prefieren lo de Lita, podrán comérselo —bromeó.

—Canta —propuso simple.

Mina lo miró espantada.

Ella le cantó cuando él se enfermó, pero no había ni tocado el tema, no quería. Era mejor evadirlo.

—No sé cantar, paso —se excusó.

—Si sabes, es difícil olvidar tu voz —argumentó.

—Estabas enfermo, quizá alucinaste que lo hacía bien —continuó excusándose, no queriendo ceder.

—¿Por qué te incomoda?

—No me incomoda, no lo haré, fin —le cortó.

—Entonces no me dirás tu razón de fondo.

—Si te pido que por favor hablemos de otra cosa, ¿me harás caso? —pidió más suave.

Yaten solo asintió, sabiendo que era inútil. Quizá en otro momento ella hablaría de eso, porque ahora estaba demasiado curioso sobre lo que estaba escondiéndole, teniendo una leve idea de lo que podía ser. Por ahora, solo quiso agregar una última cosa:

—Esa noche, cuando cantaste, me sentí seguro. Es lo más estúpido, sé que solo era una canción de cuna, pero tu voz me hacía sentir que todo estaría bien, aun estando enfermo —suspiró. —Fue la primera vez que te vi en la forma que te veo ahora.

Mina dejó de comer, mirándolo fijamente. Yaten nunca salía con extensas explicaciones sobre su sentir, y ella lo comprendía. Muchas veces era mejor ver en los hechos lo que sentían por el otro. Solo que en algunas ocasiones las palabras lograban ese inquietante efecto, ese dulce efecto. Sonrió suave, notando su corazón acelerarse porque, por primera vez en diez años, hubo algo hermoso compartido que tuviera que ver con cantar, y él estaba diciéndoselo.

Fue curioso, Yaten había perdido su vista al tiempo que ella perdió su sueño, pareciendo que ambos al final habían permanecido esa década, sumidos en la oscuridad. Alcanzó su mano y lo notó sonreír, también sintiendo la profundidad de sus sentimientos por él.

—Me pregunto a veces qué hice de bueno, para merecer esto. Y sé que no es perfecto, sé que te cuesta creerlo. Pero no hay nada más hermoso que estar contigo —admitió, abriéndose a él. —Me siento feliz —murmuró finalmente.

Yaten siguió su mano, su brazo, llegando a su rostro, pidiéndole que se acercara porque necesitaba con urgencia besarla. Era su forma de decirle que no era la única feliz.

Seiya sostenía de la cintura a su novia, mientras ella terminaba de acomodar sus materiales, para dar su taller. Serena notó entonces las manos de su novio bajando y frunció el ceño.

—Deja de manosearme —pidió seria.

—Estoy afirmándote, quizá al embarazo aún le quedan síntomas y no quiero que te caigas al suelo por un mareo —bromeó.

Ella se enojó aun más.

Desde que la rubia le confesó su sospecha, y el resultado, Seiya no paraba de bromear sobre el tema. Le parecía cómico que ella se espantara tanto por unos pocos días de retraso, y por decirle que quizá tendrían un bebé. Seiya no lo consideraba tan terrible, hasta feliz habría estado.

—Ya Bombón, hay que tomarlo con humor. Además nos da tiempo para practicar —sugirió.

—¿Practicar con tu guitarra? —preguntó distraída.

Entonces él continuó su camino, bajando más sus manos por el costado de sus muslos, donde pudiera pasarlas bajo su corta falda.

—Otras cosas más interesantes —murmuró en su oído.

—¡Seiya! Los niños nos verán —chilló.

—Técnicamente, no —replicó.

—¡Ya! —exclamó, apartándose alarmada. Lo miró a cierta distancia y sonrió. —Por la noche, en casa, practicaremos lo que desees —propuso.

Él aceptó cómplice, satisfecho del acuerdo.

—¡Chicos! —saludó Mina, entrando con una caja. Seiya se acercó a ayudarla, poniéndola sobre una mesa.

—¿Y Yaten?

—Viene en camino —informó. —Muchas gracias por ayudarnos.

—No es nada, será divertido. —animó Serena.

Mina estaba de acuerdo. Los días fueron difíciles mientras conseguían lo que aún faltaba en materiales, pero los padres de los niños, felices de la iniciativa, aportaron bastante.

—Antes que me olvide, el próximo fin de semana, ¿planearon algo en pareja? Si no, podríamos celebrar a Yaten todos juntos —habló Seiya.

—¿Celebrarlo? —preguntó confundida.

—Su cumpleaños. Pensé que podríamos hacer una cena —opinó.

—¿Cumpleaños?

—Novia de Yaten y no sabes su cumpleaños —se burló.

Mina se sonrojó sintiéndose tonta. Nunca habían conversado de ello, incluso cuando él la invitó a tomar un café con pastel, supuestamente sacándola del aire encerrado de su reunión, justo en el día que ella cumplió veintisiete años. Ella no se lo cuestionó, ni le preguntó a él si de verdad era por salir, o por celebrarla de alguna forma. No eran aún una pareja, o alguna cosa parecida, y se sintió fuera de lugar pidiendo explicaciones sobre sus causas. Al final solo creyó que él había visto en su registro de alumna su fecha de cumpleaños, teniendo acceso por ser docente.

Y ella no preguntó por el del platinado, y la fecha se le venía encima.

—Podríamos hacer una cena, en su departamento, es más espacioso y aun tengo las llaves que me diste. O quizá, no lo sé… —dijo complicada. —No sé ni qué regalarle, él tiene todo lo que quiere. Quizá debí ahorrar un poco —habló, expresando a sus amigos lo que pensaba.

—Mina, no creo que le preocupe el regalo —le alentó Serena.

—Solo dale algo que sepas que apreciará. Da igual el precio, Yaten estará feliz si viene de ti, lo tienes bastante loquito —rió Seiya.

Mina sonrió son poder controlarlo, apreciando lo que ellos decían.

—Puedo sacarlo a pasear, ustedes cocinan y luego llegamos —propuso.

—¿Y por qué no cocinas tu? Es tu hombre.

—Él dice que quemo la ensalada.

—Ahora sé porque Bombón y tu son tan amigas —dijo en broma, recibiendo un golpe en el brazo de parte de su novia. —De acuerdo. Cena sorpresa, tú lo llevas cuando esté todo listo, y por la noche celebran en privado.

—Me parece perfecto —opinó Mina.

—¿Qué te parece perfecto? —preguntó Yaten desde la puerta, donde Lita le había conducido.

Mina se acercó, ayudándolo a moverse cerca de donde conversaban.

—Todo esto, tenerlos aquí ayudándome, es perfecto —se zafó, y aun así no mintiéndole en lo que pensaba.

—Deberías llevarme a la sala donde enseñaré, para moverme un poco allí antes de comenzar —pidió. —Y tú, Seiya, ¿enseñarás chistes? —preguntó sarcástico, dirigiéndose a su primo.

—Música, algo en lo que soy mejor que tu —respondió.

—En tus sueños —agregó el platinado.

—Ya, parecen niños —se quejó Serena.

—Él comenzó —se defendió Seiya.

Las dos rubias rieron, siempre divertidas de las conversaciones y el trato que presenciaban entre ellos dos. Mina se llevó a su novio, recordándoles a todos que en menos de una hora comenzarían.

Tomó su mano y caminó despacio, dejándolo estar seguro de donde iba. Indicó la entrada de la sala y, como gustaba hacer, lo abrazó por la espalda, guiándolo por donde llevar sus pasos.

Se separó de mala gana para que él explorara sobre la mesa, queriendo que se sintiera lo más cómodo posible antes de esa clase que él tanto evadía dar.

—Está aquí la arcilla y todas las cosas que pediste —informó.

—¿Vienen muchos?

—Los niños más grandes no son tantos. La escuela no es tan grande —explicó. — Solo son cinco alumnos para ti. Digamos que Lita se robó el show, la comida atrae —rió.

—Ah, luego de esto vamos a comer algo, ¿tienes tiempo? —propuso.

—¡Claro! Si me esperas a que ordenemos, soy toda tuya.

—Eso suena bien —sonrió. —¿Qué harás mientras damos los talleres?

—Pasearé de una sala a otra, viendo lo que puedan necesitar —comentó, recordando el asunto de su cumpleaños. Quizá era bueno comenzar a tantear el camino. —¿Pasearías conmigo? —agregó repentina.

—Estaré ocupado en un rato —indicó lo obvio.

—No, el fin de semana. Un paseo caminando en un parque, quizá —explicó. —Se que no eres fan de lugares que no tienes memorizado, pero estaré ahí.

—Eso es nuevo —comentó. —Puedo intentarlo —le dijo, aceptando tantear algo diferente. Una aventura junto a Mina no le parecía tan terrible.

—Terminando los talleres estaré más libre, saldremos —se acercó abrazándolo, quedando sus rostro cercanos. —O quizá no saldremos, y encontraremos algo divertido y más íntimo —insinuó, repartiendo besos por su rostro.

—Tú siempre quieres pasarte el día metida en la cama —respondió, dejándose hacer.

—¿Yo? No, no cama, puede ser en cualquier sitio —bromeó. — ¿Te molesta?

—No, solo me causa gracia, pareces una niñita hambrienta de dulces —comentó, atrayéndola cómodamente, aprovechando el rato juntos antes de dedicarse a los talleres.

— Una mujer hambrienta de ti —corrigió. —Y luego del paseo, nos quedaremos en tu departamento, y creo que llevaré un cambio de ropa —indicó.

—¿Estás planeando algo?

—Quizá, no te lo diré.

—Eres desesperante.

Ella no respondió alguna cosa, callándolo con un beso. Lo tomó por sorpresa, y Yaten solo confirmó su idea sobre ella, realmente hambrienta. Pero esa desesperación, esa ansiedad, lejos de estar mal, él las consideraba adorables, disfrutándola realmente.

Se separaron un momento, recobrando ligeramente la noción de donde se encontraban.

—¿Estás nervioso por el taller? —consultó preocupada.

—No lo sé, quizá. Esto es complicado para mí —admitió.

—Lo sé, y por eso lo aprecio. Me siento orgullosa de ti —le dijo, queriendo que él lo supiera.

—Hay que ver si funciona.

—Lo harás maravilloso, confía en mí —le animó.

—Confío en ti, Mina —murmuró, siendo esa la simple verdad.

Para ella, las palabras del platinado fueron toda la una felicidad.

Platicaron sobre el semestre que vendría. Mina casi completaba el primero de dos años que duraban sus estudios especializados. El semestre tres tenía menos clases, pero eso no significaba menos trabajo. Ella tenía la idea de dedicar más tiempo a la escuela, con proyectos similares a lo de los talleres, creyendo que por el medio artístico quizá avanzarían con los niños.

Siendo la hora de iniciar, Mina vio a Lita trayendo a los pequeños alumnos de Yaten, notando entre ellos al niño que poco tiempo atrás ingresó a la escuela. Y vio en él una actitud similar a la de su novio, los observó a ambos, notando la tensión. Ahí estaban los nervios del platinado, y el miedo del niño.

—Buena suerte —le susurró despidiéndose, era tiempo de dejarlo enfrentar sus propios demonios. Aunque deseó quedarse con él, apoyándolo, sabía que existían cosas que cada quién debía enfrentar por sí mismo.

Yaten se quedó en silencio un momento, esperando a que sentaran a los niños, con sus padres acompañándolos. Estaba tenso, pero necesitaba recordarse que allí nadie juzgaría, nadie reclamaría. Era solo un favor.

—Sobre la mesa hay arcilla, será con lo que trabajaremos —indicó.

Sabiendo sin alternativa, comenzó a dar instrucciones, pidiendo a los padres su cooperación cuando vieran a sus niños algo perdidos. Y al final Mina tenía razón, a esa edad él era algo así.

Yaten sabía desde temprana edad que había algo mal con su visión, pero siendo tan niño, no lo comprendía del todo.

Jugaba con sus familiares y salía, desde esa edad también sus padres le habían inscrito en variadas actividades, aprendiendo así a tocar música y algunas artes plásticas. Él opinaba actualmente, que esas actividades le fueron impuestas para hacerlo olvidar que dejaba de ver. Y de cierta forma, funcionó.

Estuvo toda su infancia y adolescencia encerrado, aprendiendo, preparándose para la soledad que vendría años después.

Recordó su piano negro y pulcro, las teclas blancas contrastando, y los colores de las pinturas que actualmente tenía guardadas. Una de esas, sería de Mina.

Hubo noches donde la desesperación ganaba, cuando ya no veía casi a esas horas. El sol le ayudaba un poco, pero al irse la luz, no podía distinguir alguna cosa, dándole una probada de su futuro en las tinieblas.

Aun así, conservó restos de esperanzas, quizá por Seiya, siempre animándolo. O pudo ser por Kakyuu y el amor que le tenía, la idea que ella tenía que quizá su problema quedaría allí, y no caería en el porcentaje de personas en su situación, que quedaban completamente ciegas. Él tuvo esa mala suerte, y supuso que ella, al notar que su esperanza murió, también se desilusionó.

Dejó tanto, perdió tanto, y ahí estaba, enseñando algo que prefería simplemente hacer. Y en vez de seguir sus instintos, como Seiya, se quedó en lo que creyó debía hacer. Buscó estudiar algo seguro, terminar enseñándolo y cuidar sobre todo a la mujer con la que planeó su vida.

Ahora eso no existía, pero tenía a Mina, y sospechaba que ella se sentía frustrada, tal como él, sobre sus estudios, eligiendo la misma carrera, solo preparándose para enseñar e investigar. Nada de poner su alma en algo creado.

Comprendió lo que ella quería con el taller, no solo para él y los niños, si no para sí misma.

La idea era quizá evitar que esos pequeños se aislaran en su condición, que quizá podrían ayudar a que ellos no repitieran la historia, las frustraciones. Él mismo había dicho a Mina días atrás, que no deseaba que más personas vivieran su situación.

—Quizá piensen, a veces, que no sirve hacer algo que no pueden ver. Pero en el caso de la escultura, pueden usar sus manos para observar. La música tampoco les está limitada, puede escucharla y sentirla siempre. Y los que tomaron el taller de cocina, podrán alimentarse con facilidad —explicó. —Además, siempre estará la gente que los quiere, siendo sus ojos —agregó suave.

Esos niños no contaron con los años previos de acomoda, que él si tuvo. Pudo al menos aprovechar el tiempo para ver los colores y formas, a diferencia de ellos, que ya no veían alguna cosa. Se sintió afortunado, por primera vez, sobre su condición. Y también fue la primera vez que comprendió el apoyo, no la lástima de la gente que lo quería.

Sonrió. Este taller quizá si era lo que necesitaba.

Mina lo miró desde la puerta en silencio. Había estado dando vueltas por las otras salas, pero los demás parecían arreglárselas perfectamente en sus talleres. Así que regresó donde Yaten, quedándose a distancia mirando a su novio, sin que él se diera cuenta.

Sabía que para él era complicado, pero a medida que avanzaba, parecía relajarse y hasta disfrutarlo. Dejó de sentirse culpable por presionarlo a ir, ahora sabía que fue lo correcto.

Fue a su oficina el jueves, teniendo poco que hacer por ese día, y mucha expectativa para el día siguiente. No era idiota, sabía que Mina planeaba algo por su cumpleaños, solo que tenía dos sentimientos sobre ello: pánico de las locuras de su novia, y emoción de la dedicación que ella ponía.

Se quedó de pie junto al escritorio de su secretaria, algo incómodo. Pero sabía que debía explicar la situación de hace unos días, sobre él y Mina. Así que le pidió seguirlo a su oficina.

Una vez dentro, se sentó, calmado y serio, buscando ordenar sus palabras para no dar una idea equivocada.

—Usted dirá, doctor Kou —le apuró ella.

—Señora Yamada, necesito explicarle un asunto —inició incómodo.

—Creo saber de lo que trata, y no debe preocuparse.

—El otro día, cuando la señorita Aino se desmayó, creo que usted escuchó más de lo necesario. Y no deseo que eso llegue a oídos de alguien más en esta universidad —expuso.

—¿Se encuentra ella mejor? Es una jovencita alegre, me recuerda a una de mis hijas —sonrió, intentando no incomodar a su jefe.

—Está mejor, pero no es ese el asunto —continuó.

—Si es por la relación entre ustedes, no lo diré, no me corresponde —se excusó.

—¿Cómo es que lo sabes? —preguntó alarmado.

—Es bastante obvio, soy vieja, puedo notar esas cosas —le dijo. —Se les ve bien juntos. Por mi no se preocupe, cuidaré de su intimidad —prometió.

—Gracias, no esperaba menos de ti.

—¿Es todo?

—Necesito que lleves a rectoría unos documentos, te los entregaré al irme en un rato.

Ella se devolvió a su lugar, esperando por instrucciones, Yaten permaneció sentado, pensativo.

¿Era obvio todo? ¿Acaso todo el mundo se había dado cuenta que ellos estaban juntos? Odiaba ser obvio, odiaba que la gente adivinara lo que él hacía, o en qué iba su vida. Su relación era perfectamente aceptable dentro de su propia privacidad, pero era un cambio brusco el vivir su relación en público.

Suspiró pesadamente, así se suponía que fueran las cosas, una relación no era un secreto guardado entre las paredes de un lugar donde solo ellos existían. No se podía esconder a las personas o los sentimientos, como si fueran simples objetos manipulados a antojo. Y era tiempo de hacerle frente, o acostumbrarse al menos, porque al terminar Mina su segundo y último año de su especialidad, no debería mantener en reserva su relación por más tiempo.

¿Estarían juntos aún?

Él se preguntaba a veces cuánto duraría, si sería a futuro, si solo sería un alivio momentáneo. Pero elegía no poner tantas expectativas hacia delante, era mejor disfrutar de lo que actualmente permanecía alegrando su vida.

Era una tarde fresca y despejada, la brisa movía a la par el cabello de ambos, estando parados un al lado del otro, fuera del auto de Yaten.

El lugar era desconocido para él, y apenas recorrido por Mina, razón por la que escogió ese sitio para el prometido paseo. Ella miró el sendero, demarcado por árboles imponente que aun en sus ramas desnudas eran hermosos, prometiendo repletarse a color en un par de meses, cuando la primavera regresara.

Independiente de la excusa de sacarlo de su departamento para que sus amigos prepararan la sorpresa, ella amó la idea de simplemente caminar al aire libre, siendo algo tan corriente un momento especial.

Ya había comprado el pastel y dado a Seiya las llaves, las que nunca regresó a su dueño, ni mencionó, en caso que él se las pidiera. Ahora era asunto de llegar a la hora y celebrar a su novio.

—¿Segura no quieres ir en auto? —preguntó Yaten.

Ella tomó su mano, enlazándola firmemente.

—Este es el único motor que necesito. Ya, deja de ser tan mañoso —le dijo.

—¿Quién lo es? Solo hablo por comodidad.

—Dioses, Yaten. Eres tan infantil.

—No puedo ser infantil, ¿sabes qué edad tengo? —argumentó.

—Perfectamente, y no hay nada de malo con ser infantil a veces —devolvió. No quería mencionar cosas sobre el cumpleaños, aun.

—Como tu —mosqueó.

—Sí, si, como yo. La niñita que sacas a pasear —dijo condescendiente.

—¿Quién es la mañosa ahora?

—Se me quitará si caminas junto a mí —sugirió.

—Eso es chantaje.

—Un infantil chantaje, vamos.

Él finalmente cedió, tomando impulso para seguirla cuando ella dio el primer paso. Despidieron al chofer, porque Mina decidió que regresarían caminando a su departamento.

No fue apresurado, Mina sabía que debía darle el espacio para saber donde se dirigían. Y no había apuro, ella misma no quería que ese día terminara, era, y prometía, ser todo maravilloso.

—Me gusta más por aquí, en la sombra —interrumpió él sus pensamientos.

—¿Cómo sabes que estamos en la sombra? —inquirió.

—Puedo sentir mi piel picar menos por el sol. ¿Qué? ¿Crees que solo viéndolo puedo saberlo? —le dijo.

—No, solo curiosidad por tus métodos.

—¿Curiosidad por mis métodos? No parecías tan interesada en cómo hacía las cosas la otra noche. Solo que las hiciera.

Mina rió fuertemente, sabiendo a lo que él se refería.

—Tus habilidades manuales me distraen mentalmente —argumentó.

—Creí que solo te hacían cumplir el estereotipo —soltó, no pudiendo dejar de molestarla.

—¿Cuál?

—Ya sabes, lo que dicen sobre la inteligencia de las rubias.

—¡Yaten! —se quejó. —¿Crees que soy tonta? Deberías darle más crédito a mi inteligencia, trabajamos en una investigación juntos.

—Exacto —rió. —Más que una persona inteligente, te definiría como astuta, y la astucia es en la vida más útil que la mera inteligencia.

—Tomaré eso como un cumplido.

—Siempre tan optimista.

Ella solo sonrió, mirando hacia donde iban, decidiendo llevarlo hacia un lugar más tranquilo y detenerse. Aunque una idea vino a su cabeza, creyendo que quizá era un experimento arriesgado, pero quería probar su punto.

—¿Confías en mi? —preguntó Mina.

—¿Y eso? —frunció el ceño. —Claro, es decir, estamos juntos, es porque confío.

—No me refiero a eso —sacudió su cabeza. —Solo sígueme el juego.

—¿Qué planeas?

Mina soltó su mano, alejándose algunos metros en dirección al lugar que eligió para detenerse y lo miró, notando la confusión y el repentino temor en su rostro.

—¿Mina, qué haces? ¿Dónde estás? —preguntó alarmado.

—Aquí, ven —pidió.

—No sé donde es, sabes que no conozco este lugar —argumentó.

—Sigue mi voz —dijo simple.

—¿Y si tropiezo?

—No hay nada desnivelado en el camino. Solo ven.

—No puedo —se quejó, negándose a hacerle caso.

—Si puedes.

Yaten se sintió molesto con ella, forzado y lleno de temor, porque odiaba la posibilidad de dar un mal paso y caer. Pero no le quedaba de otra, así que inició su avance, en dirección al lugar donde sentía la voz de Mina.

—Es poco, apenas unos metros, no es tan difícil —le habló ella, dándole guía. Pero notó que no estaba nada feliz con hacer eso, caminando sin saber dónde llegaría.

Entonces él se apuró, desesperándose ante la vulnerabilidad en ese instante.

—Unos pasos más —dijo. —Dame tu mano —pidió, estirando la suya.

Cuando él la alcanzó tiró de su cuerpo, abrazándola con urgencia.

—Juro que eres una idiota cuando haces eso —murmuró, intentando calmarse. Ella comprendió que lo asustó, que era difícil para Yaten salir de sus límites.

—Lo siento, no era mi intención —se disculpó.

—Pude caer.

—No, porque yo estaba aquí contigo.

—¿Y qué pasará cuando no lo estés? —quiso saber.

—Siempre estaré para ti, mientras me lo permitas —prometió ella.

—¿Por qué hiciste eso? —le interrogó, sus acciones eran demasiado para él.

—Porque quería probarte que no hay nada que pueda detenerte. Sé que es difícil, pero no estás solo. También está Seiya, se preocupa —explicó.

—No es tu deber cuidar de mí.

—Soy tu novia, debes comprender que lo que siento por ti no es una tontería, y es por eso que quiero asegurarme de ayudar a que tu vida sea mejor, que disfrutes. Tal como tú lo haces por mí, viendo lo de mis horarios —suspiró. —Estar juntos no es solo dormir en la misma cama después de tener sexo, o cenar en algún sitio. Es permanecer en lo difícil, no lo hagas más duro para mí. Ayúdame, dime cómo podemos ser felices —rogó.

—Así, ya lo somos —admitió, guardando cada palabra que ella pronunció. —Incluso con estas locuras tuyas que me aterran, soy feliz, y es todo debido a ti.

Mina sintió su garganta secarse, siendo todo demasiado abrumador en emociones. Quería decirle tanto, porque en ese instante algo floreció en ella, y sabía que no podía negarlo o evadirlo del todo. Pero no hubo palabras, solo la suavidad de sus labios en una caricia a los suyos, de él dividiéndolo, pidiéndole más profundidad. Solo un beso, condensando por unos instantes el crisol de sentimientos que estaban allí en sus corazones exaltándose.

Estaba anocheciendo cuando llegaron al hogar de Yaten, ambos relajados del paseo. Mina, juguetona, le quitó de las manos las llaves, dejándole entrar primero luego de abrir la puerta. Vio allí a Seiya y Serena listos, con el pastel en frente, todo como habían planeado. Entonces dio la indicación.

—¡Sorpresa! —gritaron los tres.

—¿Qué diablos? —se alarmó Yaten, confundido.

—¿Creíste liberarte de tus treinta y un años? —bromeó Seiya.

—Feliz cumpleaños —agregó Mina, besando su mejilla.

—¿Así que esta era la sorpresa?

—Seiya quería comer, Mina quería algo lindo para ti —explicó Serena.

—Tu novio siempre quiere comer, es desagradable —opinó el platinado. — No habrás hecho hamburguesas, ¿cierto? —preguntó a su primo con asco.

—Hice mi mejor esfuerzo por complacer a tu delicado paladar —respondió orgulloso.

Yaten se volteó, buscando a su novia.

—Gracias, no era necesario —dijo suave.

—Sí lo es —rebatió. —Mejor pide tus deseos, antes que las velas se derritan en el pastel.

—¿Tengo pastel? La comida era suficiente.

—Ya deja de quejarte, sabemos lo que pedirás: un auto nuevo, un reproductor mejor para regalarme el que tienes, y muchas noches apasionadas con Mina —mosqueó Seiya.

—Cállate —obligó. —Entonces, el pastel.

Se lo acercaron y Yaten por una vez, quiso darles en el gusto, haciendo creer que pedía los deseos. En realidad no sintiendo necesidad de pedir por algo. Allí, lo tenía todo.

Aplaudieron cuando sopló las velas y lo llevaron a la mesa para repartir los trozos.

Serena fue la más contenta con su dosis de azúcar, mientras su amiga reía por las inevitables rencillas entre Yaten y Seiya.

Pero la comida resultó un éxito, y el celebrado pudo disfrutar del desorden en su vida, estando allí con personas realmente importantes para él, y no desmereció a Serena, siendo ella, después de todo, quién hacía feliz a su primo.

—¿Qué se siente? Estar cerca de la crisis de los cuarenta —preguntó Seiya.

—¿No puedes callarte? Paso un rato agradable.

—Que tú admitas eso, es impresionante —agregó. —¿Qué le hiciste, Mina?

—Nada, es solo Yaten —respondió ella, encogiéndose de hombros.

Seiya lo pensó seriamente, pero quizá ella tenía razón. No era como si Yaten fuera una ternura llena de cumplidos de un instante a otro. Era el de siempre, el irónico, con sus respuestas desafiantes, nada fuera de lo normal. Pero lo veía relajarse y sacar de sí ese humor endemoniado que solía cargar. Lo veía contento, y se alegró por ello.

Mina se acercó levemente a Yaten, viendo a Serena y Seiya distraídos en otra cosa, quedándose solo donde él pudiera escucharle.

—¿Ves? Nunca estarás solo —aseguró.

—No esperé esto, pero lo disfruto muchísimo —aceptó.

—Y falta la mejor parte —insinuó.

—¿Qué es?

—Te diré cuando estemos solos.

—Mina —se quejó.

El timbre sonó, interrumpiendo a los cuatro, sacándolos de su atmósfera festiva e íntima. Yaten frunció el ceño, imaginando que se venía otra ocurrencia de ellos para celebrarle.

—¿A quién esperamos ahora? —le preguntó a su novia.

—Nadie, iré a ver —ofreció Mina.

Se puso de pie, sintiéndose animada, casi dando brincos de felicidad hacia la puerta. No tenía idea quién podría ser, pensando que quizá Seiya tenía alguna jugarreta oculta.

Cuando abrió, se quedó tiesa. Una hermosa mujer, elegante y calma, de facciones suaves y brillante cabello rojizo, estaba frente a ella. Mina necesitó con urgencia un soporte, porque no estaba preparada. Y era ella, no podía sino ser ella.

—Debes ser Minako, eres realmente preciosa —dijo gentil. —Soy Kakyuu —informó, confirmando el temor de la rubia.

—Hola —dijo torpe.

—Es un gusto conocerte, Yaten me ha hablado de ti —comentó. —¿Él está? Vine a saludarlo.

Mina asintió, haciéndola pasar. Era algo totalmente inesperado, y no comprendía del todo lo que ocurría. Si Kakyuu sabía de ella y le hablaba con tanta cercanía, era cierto que Yaten solía verla. ¿Por qué él no se lo dijo? Lo habría comprendido.

—Yaten, tienes visita —anunció, y notó los rostros de sus amigos, sorprendidos y quizá algo molesto en la expresión de Seiya.

—¿Quién? —preguntó el platinado.

—Soy yo, venía a saludar por tu cumpleaños —se adelantó la pelirroja.

Él se quedó en silencio, como los demás, confundido por el actuar de su ex esposa. Jamás imaginó que ella llegaría a verlo. Y se preguntaba también cómo se encontraba Mina en ese instante.

—Gracias, no debiste preocuparte, solo es un día más —dijo incómodo.

Kakyuu se acercó, dándole un paquete de regalo, notando el momento complicado.

—Solo traje esto, sé que amas las camisas y pensé que sería un buen regalo —le comentó, luego miró a Mina un momento. —Me alegra ver que tienes una celebración con tus seres queridos.

—Puedes quedarte —ofreció la rubia, intentando no querer arrancarle sus serenos ojos.

—Gracias, pero mi novio espera por mí en casa —se excusó. —Yaten, que te diviertas, hablamos otro día —se despidió.

—Me divierto —aseguró el platinado.

Mina acompañó a Kakyuu a la puerta, sintiéndose infantil por los celos crecientes en ella.

—Gracias por venir —dijo forzada.

—Fue un gusto conocerte, Minako —devolvió. —Es bueno que él esté contigo, luce cómodo, de verdad has hecho un buen trabajo.

—No es un trabajo, es mi pareja —respondió defensiva.

Kakyuu solo sonrió.

—No te preocupes por mí, quiero lo mejor para él, nos amábamos, pero nuestras vidas ahora están separadas. Yo tengo a mi novio, él te tiene a ti. Solo somos amigos —explicó, intentando dar seguridad a Mina.

Pero ella no lo compró del todo, no era nada contra Kakyuu, le parecía buena persona. Pero era la ex esposa de Yaten, y eso era suficiente para no confiar.

—Suerte con tu novio.

—Gracias, adiós —finalizó retirándose.

Mina necesitó quedarse junto a la puerta cerrada, o regresaría hecha una furia a la cena, y no quería arruinarlo.

Ahí tuvo a la mujer que tanto amó Yaten, la que no supo ser su compañera, hiriéndolo profundamente. Ella temía el poder que Kakyuu tuvo sobre su novio, y se preguntó si es que aun lo conservaba. Y quería que él le respondiera esa duda, pero temía a sus palabras.

Serena la miró preocupada cuando se les unió, y ella simplemente sonrió.

—Un poco más de vino es necesario, estamos celebrando, ¿no? —opinó, haciendo a Seiya rellenar las copas.

—Mina, lo lamento, no sabía que vendría —murmuró Yaten, sintiéndose culpable.

—Está bien, es normal que viniera, es tu cumpleaños. Hablémoslo después, ¿sí? —propuso, él solo asintió.

No demoraron en regresar a su modo festivo, cuando Seiya reveló que su regalo era una colección de discos clásicos que Yaten deseó por mucho tiempo, no encontrándolos en ningún sitio. El platinado no pudo ocultar su agradecimiento, fuera de las típicas ironías entre ellos. Era algo demasiado preciado para él y Seiya realmente había dado en el blanco.

Era tarde cuando anunciaron que era hora de retirarse, queriendo dejar al cumpleañero celebrar en privado. Por supuesto, Yaten ignoró todos los comentarios en doble sentido que su primo le dirigió.

Serena abrazó a su amiga al despedirse, recomendándole no alarmarse.

—Él te quiere, ella es solo el pasado, deja de preocuparte —aconsejó.

Al cerrar la puerta, Mina regresó donde Yaten se encontraba revisando uno de sus discos nuevos. Lo miró, sabiendo que él estaba contento, y prefirió quedarse callada.

—Mina —le llamó. —Te debo una explicación.

—No es necesario.

—Lo es —dijo. Fue a sentarse, pidiéndole que se acercara, y cuando ella lo hizo, tomó su impulso para continuar. —Te dije que ella y yo estábamos resolviendo la venta de nuestra antigua casa.

—Sí, lo recuerdo.

—Cuando terminó el asunto, me dijo que intentáramos ser amigos. Como, no sé, una forma de dejar atrás el matrimonio. Poe eso nos hemos visto un par de veces, y le hablé de ti cuando ya comenzamos algo serio —se explicó.

—Solo no sé porqué no lo dijiste. No iba a negarte verla o algo así —comentó.

—No lo hice porque no estaba seguro de si lo tomarías bien.

—¿Cómo tomarlo? —rebatió. Y fue todo para Mina, olvidando su auto control. —Ella es realmente perfecta, educada, hermosa, lo tiene todo. Y te trae un regalo de tu gusto, porque los conoce a la perfección. Yo no sabía siquiera que era tu cumpleaños, Seiya me lo dijo hace unos días. No tengo ningún regalo tan exclusivo para ti —soltó sin poder guardárselo.

Yaten buscó su mano, notándola molesta. Pero no con él, era consigo misma.

—Oye, ¿acaso no es un regalo toda esta celebración? No me interesa si compraste algo, y no me importa lo que digas sobre Kakyuu, porque estoy contigo. Lo único que lograrás si sigues con esto, es hacerme enojar.

Ella sonrió leve, un poco menos preocupada, sabiendo que él era honesto en sus palabras.

—Si tengo un regalo para ti —le advirtió. —Solo que no es algo tan…tangible.

Se puso de pie, buscando en su bolso un disco, interrumpiendo la música del reproductor.

Pasó tiempo intentando encontrar algo significativo, pero parecía imposible estar a la altura de sus propias expectativas sobre lo que consideraba un buen regalo para su novio. Y recordó cuando él confesó lo que sintió al escucharla cantar, así como su propio corazón repleto por las palabras de Yaten.

Mina solía cantar cuando nadie la escuchaba o veía, teniendo pánico de que la miraran con desaprobación. Sabía que era lo perdido en su vida, y no quería enfrentar el dolor que le provocó no poder hacer lo que soñó. Sin embargo, Yaten le había dado todo un nuevo aire a lo que significaba cantar.

Presionó el botón de inicio, dejando a la pista sonar, para voltear y verlo, tomando aire para comenzar.

El inicio fue algo aun tenso, no llenándose de seguridad. Pero entonces llegó a comprender la razón de porqué escogió esa canción, que cada estrofa era su propia confesión a él. Eso la liberó, permitiendo a su voz expresar lo existente en su corazón.

Yaten se sintió sobresaltado, no esperando esto. Mina era capaz de atraparlo completamente cuando cantaba, porque podía transmitirle lo que significaba para ella hacerlo. Quería saber porqué ella guardaba tan recelosamente esa parte de sí misma, pero no iba a interrumpir. No deseaba que su voz se apagara por nada en el mundo.

Y estaba la canción, tan llena de palabras para ellos, siendo una indirecta forma de verbalizar lo que existía entre ellos dos.

Cuando terminó la canción, Mina avanzó de regreso, sentándose sobre las piernas de él, abrazándolo de la misma forma en que Yaten lo hizo por la tarde, cuando lo impulsó a caminar sin conocer.

—Y decías que no podías darme un regalo. Este ha sido el mejor —agradeció.

Mina solo escondió su rostro en el hombro de Yaten, con una mezcla de emoción y vergüenza. Solo deseando sus brazos sosteniéndola.

—¿Qué ocurre? —preguntó él. —Dije que lo amé, tu voz es maravillosa.

—Gracias —murmuró. —Es raro para mí cantarle a alguien.

—Hace tiempo me pregunto por qué te niegas a hacerlo, es obvio que lo amas —indagó, intentando hacerla hablar.

Ella se quedó en silencio un momento, y luego se apartó levemente, mirando su rostro. Era Yaten, confiaba en él, y sentía que quizá debería dejarlo salir, así como intentaba siempre hacerlo enfrentar sus miedos.

—Era lo que quería —murmuró. —¿Recuerdas que te dije que Kunzite eligió la carrera que estudié? —preguntó. —Fue porque evitó a toda costa que yo entrara a un instituto de música a cantar.

—¿Por qué hizo eso? ¿No se suponía que debería ver lo mejor para ti? —interrogó, no pudiendo creer lo que ese hombre manipuló la vida de Mina cuando era más joven.

—Pensé que lo entendería, yo siempre soñé con cantar, pero él me explicó que era una forma de vida demasiado errante e infantil, que debía estudiar algo más serio y que me sirviera en la vida, Historia del arte fue lo más que me permitió hacer —le contó.

—No debiste hacerle caso.

—¿Cómo no iba a hacerlo? Para mí todo lo que él decía era lo correcto, porque era el adulto guiándome —se excusó. También sabía que le faltó valor para enfrentarse a él, cegada por el amor absoluto que le profesaba. Con Kunzite no existían debates, ni ideas compartidas, como sí tenía allí con Yaten.

—Aun puedes hacerlo —le impulsó él.

—No lo creo, ya no estoy tan joven para comenzar en eso —opinó. —No odio lo que estudié, tiene sus cosas buenas, quizá logre crear buenos proyectos artísticos para los niños de la escuela —se infundió ánimos. —Sin esa carrera que no quise, no estaría aquí contigo.

Yaten sonrió levemente, gustándole lo que ella le decía, pero deseó poder darle de vuelta su sueño. No veía nada infantil en lo que Mina quiso para su vida, y si antes odió a ese hombre por el maltrato que ella recibió, ahora ese sentimiento empeoraba.

Aunque ahora lo importante era otra cosa, no lo malo, solo lo hermoso allí presente, lo hermosa que era ella para él.

—Este ha sido el mejor cumpleaños en mi vida —admitió. Apartó el cabello de su rostro, buscando saber si ella se encontraba mejor. La encontró sonriendo.

Nunca imaginó que ella lo haría, y ahora que le explicaba la razón, atesoró aun más el regalo que recibió. Yaten no estaba acostumbrado a tanto cariño entregado, a la comprensión entre ellos, si era sincero, no estaba acostumbrado a nada de lo que tenía desde que Mina apareció en su vida.

Bajó su mano, tanteando su ropa, buscando eliminar el lazo que sostenía su vestido.

—¿Qué haces? —preguntó Mina riendo suavemente, sabiendo hacia donde él iba.

—Quiero un último regalo, estoy quitando el envoltorio —explicó.

—¿Y qué sería ese regalo? —quiso saber, siguiéndole el juego.

—Hacer el amor con la estrella más brillante —dijo sincero, no queriendo más preguntas.

Yaten tuvo muchas cosas en su vida, educación privilegiada, una vida acomodada, un trabajo estable y conformidad con el entorno que eligió. Pero nunca había sentido que todo estaba tan completo, hasta ese instante. La mujer más dispar del mundo, allí en sus brazos, era sin duda el regalo más preciado en sus treinta y un años.


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Hola!

Estoy muy feliz de lo rápido que andan saliendo los capítulos, quizá por la linda energía que me han dado algunas personas. También de lo contenta que me he sentido últimamente sobre las cosas que escribo, como un cariño más grande que antes.

El cumpleaños de Yaten es pronto, y habrá algo especial para eso fuera de este fic, pero de paso me servía para algunas cosas de la trama. Y eso de la estrella más brillante, ¿se han dado cuenta que en el anime en inglés, la traducción en el capítulo donde Yaten evalúa a Mina él dice que ella "fue la estrella más brillante"? me parece la cosa más hermosa que él haya dicho, y eso explica simplemente porque les adoro tanto.

Y como no pude elegir una sola canción para que fuera la que Mina le cantó, le paso el dato que fueron dos las que me inspiraron dentro de mi modo cursi y romántico "Save me from myself" de Christina Aguilera. Y "Make you feel my love" de Adele. Aparte de que la letra de ambas es muy acorde la situación de ellos (búsquenlas!), las voces de ellas dos son tan hermosas y transmiten tanto, como siempre imagino que canta Minako. Aunque soy una chica mas de rock antiguo, no puedo evitar adorar la voz suave de esas dos tremendas cantantes.

Abrazos a todas!