AN: ¡Gracias mc! No habrá un capítulo contado desde el punto de vista de Alec, pero él participará bastante en la historia (aunque no mucho en este capítulo en particular). ¡Gracias Mary! Sí, pobrecita… ¡Bienvenidos y gracias Guest y Claudia!
Capítulo 14: Tortura
Se me hicieron eternas esas horas en el sarcófago. Me dolía el trasero, y estaba angustiadísima pensando en que tendría que escribir otra redacción en unas horas. No sabía cómo lo haría para que me saliera bien, y asumí que terminarían pegándome nuevamente. Deseaba que el general fuera como Esme, que siempre era muy paciente conmigo. Aunque a veces me pegaba, sólo lo hacía cuando le desobedecía o la sacaba de quicio. Ella nunca me había castigado por tener malas notas.
Cuando sentí pasos acercarse me resigné. Haría todo lo que pudiera, y cruzaría los dedos para que funcionara. No tenía alternativa.
–Buenos días Daniela –me saludó el general. Venía sólo.
–Buenos días señor –le respondí, amargada.
–¿Todavía te duele? –Me preguntó, preocupado.
–No, ya se me pasó –admití.
–¿Te sientes mal?
–No señor.
–¿Qué te pasa?
–Tengo miedo –confesé.
–No pasará nada diferente hoy –me dijo con amabilidad–. Y estoy seguro de que tu trabajo de hoy será mucho mejor que el de ayer.
–Intentaré que así sea –prometí–. Pero soy un poco tonta –confesé.
El general suspiró.
–No eres tonta –me dijo–. Sólo necesitas esforzarte.
–Ayer me esforcé –le aseguré.
–Bueno, entonces tienes que esforzarte más –insistió.
–Sí señor –murmuré.
–Vamos –me dijo, y me empujó un poco la espalda para que avanzara.
En la sala de reuniones, cuando me senté, él se sentó también. Había una nueva hojita impresa y la leí. ¡Era exactamente igual a la del día anterior! Levanté la vista, sin entender.
–Repetirás ese mismo ejercicio hasta que te salga bien –explicó al verme la cara–. Pero, esta vez, quiero que pases más tiempo releyendo tu trabajo. Quiero que leas cada una de las frases que escribas, y te preguntes qué quisiste decir. ¿Te parece?
–Sí señor, lo haré –prometí.
–Tienes cuatro horas a tu disposición –insistió–. Más que suficiente para hacer un buen trabajo.
–Sí señor –repetí.
El general se paró, y salió. Pronto comenzó una nueva serie de videos, que eran diferentes pero básicamente iguales que los del día anterior. Me volví a aburrir soberanamente. Pensé en dibujar un poco aprovechando que tenía bolígrafos y un block, pero descarté la idea. Probablemente se molestarían, y no tenía dónde eliminar la evidencia. Esme siempre se cabreaba cuando me evadía haciendo monitos, cuando estudiaba con ella, y probablemente el general se enojaría también.
Cuando por fin se apagó la tele, agarré el block y me puse a escribir. Recordaba más o menos lo que había escrito el día anterior, pero decidí que era mejor hacer algo diferente. Me devané los sesos intentando hacer frases inteligentes, y deseé tener el intelecto de mis hermanos. Seguro Bella haría una super–redacción y el general le pondría un once sobre diez. Pero yo no era Bella, lamentablemente.
Puse varias frases usando correctamente la conjunción "porque", para demostrarle al general que le estaba haciendo caso y que recordaba sus instrucciones. Decidí también escribir lo que yo suponía que ellos querían leer: si me tenían seis horas al día mostrándome los beneficios de su gobierno y sus políticas, entonces yo debía escribir cuán bueno era su gobierno y cuán necesarias eran sus políticas. El orden era bueno porque traía paz a la gente… La vigilancia constante era buena porque evitaba el crimen… Tener muchos hijos era bueno porque así se prevenía la extinción… Controlar a los vampiros era bueno porque así no caían en tentación… El gobierno era bueno porque garantizaba todo lo anterior…
Releí varias veces mi redacción, y me pareció completamente absurda. Pero supuse que al general le gustaría más que la del día anterior. Esperé, nerviosa, a que llegara. Tuve una idea, y me puse a contar las palabras de cada línea y a escribir el numerito junto a ellas, como había visto hacer al general. Tal vez así se alegraría, al ver cuánto estaba yo cooperando.
Cuando llegó, y se sentó frente a mí, se la acerqué nerviosa. Me sonrió, y la tomó.
Lo vi fruncir menos el ceño que el día anterior, y eso me dio esperanza. Tal vez tenía suerte, y no me apalearían. Cuando vi que escribía un seis en la esquina de la hoja me amargué. No había conseguido el ocho. Vi que escribía segunda–feira 17 novembro 2223 y me pregunté si "segunda–feira" sería lunes. Si el día anterior había escrito domingo antes del 16, debía ser lunes lo que había escrito antes del 17 ¿no?
–¿Segunda–feira es lunes en portugués? –Le pregunté.
Me sonrió.
–Sí Daniela –me contestó–. Feira es la palabra en portugués para feria, que significa día, salvo por los sábados y los domingos. Como el domingo se considera el primer día, el lunes se considera el segundo.
–Yo pensaba que la feria era donde se compraban las papas –comenté, extrañada.
–Sí, también significa mercado –admitió–, y me devolvió mi redacción. Vi los lugares en que había puesto cruces y algunos círculos.
–¿Qué tiene de malo mi redacción de hoy? –Pregunté amargada.
–Muchas faltas de ortografía –me dijo–, y poner tantas frases seguidas escritas de la misma forma resulta desagradable de leer. Más que una redacción parece una enumeración.
–Pero en las instrucciones decía que había que explicar por qué había que mantener el orden, y escribí un montón de razones –argumenté.
–Sí –dijo con paciencia–. Pero te faltó hablar de los peligros, y tienes que escribir frases y párrafos de una forma que no parezca una enumeración de ejemplos.
–Ok… –murmuré amargada.
–Mañana te dejaré un diccionario para que puedas revisar la ortografía –me prometió–. Y quiero que en tu próximo trabajo redactes frases diferentes, y que respondas bien al enunciado.
–¿Se refiere a lo de los peligros y beneficios? –Pregunté.
–Sí Daniela –respondió.
Me quedé callada.
–Está mucho mejor que tu trabajo de ayer –me consoló.
–Gracias señor –murmuré.
–Vamos –me ordenó, parándose.
En el pasillo llamó a la puerta de la sala de la tele, y salieron al pasillo el vampiro del avión, Tomás, y el que se llamaba Mariano.
–¿Insuficiente? –Preguntó Mariano, con expresión resignada.
–Sí –dijo el general–. Vamos.
Sólo me dieron dos golpes, y eso me consoló. Entendí que se debía a que la nota había sido más cercana al ocho. Tal vez, si revisaba bien la ortografía, y si variaba un poco las frases, conseguiría salir invicta al día siguiente.
En la sala de descanso puse la tele nuevamente. Había conseguido no llorar con el castigo, pero igual me había quedado doliendo bastante y preferí el sillón. Mariano y Tomás, al igual que Macareno y Ricardo el día anterior, pasaron el rato jugando a las cartas. Me llamó la atención que hubiera tanto silencio. ¿No había nadie más en el sócalo de arriba o en el resto del edificio? Tuve curiosidad, pero no me atreví a preguntar.
–.–
Al día siguiente el general me dejó un diccionario como había prometido. Predeciblemente, el enunciado del ejercicio era exactamente igual a los dos anteriores. Antes de salir, me dio unas palmaditas en un hombro y me dijo "buena suerte, puedes hacerlo".
Me mamé otras seis horas de videos y testimonios, y me pregunté cuántas horas de bazofia tendrían grabadas. Supuse que, en algún momento, tendrían que comenzar a repetirse los videos. Si me iban a obligar a ver eso por seis horas diarias, por dieciocho meses, necesitarían más de tres mil horas de bazofia para no repetirse. Dudaba que fueran tan creativos.
Me concentré cuando llegó el momento de escribir. Revisé las frases, y cambié algunas para construirlas de un modo diferente a las anteriores. Me preocupé de hablar de los beneficios, poniendo palabras felices como "esperanza", "optimismo" y "dicha". También escribí sobre los peligros, incluyendo palabras como "caos", "violencia" e "inseguridad". La redacción me quedó un poco sucia con las frases tachadas. Y, luego de que me diera la lata de revisar la ortografía, quedó con todavía más borrones. La miré, inquieta. Miré la hora, vi que tenía tiempo todavía, y decidí pasarla en limpio. Quedó bastante decente, y rogué para que fuera suficiente.
No lo fue, por desgracia. Me dieron ganas de gritar cuando el general me puso un siete. ¿Qué mierda le ocurría? Cuando me la tendió de vuelta, vi que había algunos círculos en rojo, y algunas cruces, aunque mucho menos que el día anterior. Lo miré, amargada.
–Está mejor –me aseguró–. Pero todavía tiene errores. Por ejemplo, cuando escribes "El presente y el futuro es más optimista" estás cometiendo dos errores. "El presente y el futuro" es plural, por lo que deberías haber escrito "son más optimistas". Y, por otra parte, la frase también está mala porque son las personas las que pueden o no ser o sentirse optimistas, no el tiempo. ¿Entiendes?
Lo miré, algo confundida. Demasiada información. El tipo inspiró, y expiró lentamente.
–¿Se te ocurre otra forma de expresar la misma idea? –Preguntó.
–¿El presente y el futuro son más optimistas? –Sugerí, insegura, recordando lo que me había explicado.
–Sí, Daniela, eso sería sintácticamente correcto –explicó–, ya que el verbo coincide en número y persona con el sujeto, y el adjetivo también concuerda. Pero te acabo de decir que son las personas las que pueden ser o sentirse optimistas, no el presente o el futuro. Podrías incluso hablar de ideas optimistas, o frases optimistas, pero ni el presente ni el futuro pueden ser optimistas. ¿Entiendes?
–Señor… La verdad es que no –confesé–. No es mala voluntad, se lo juro –agregué desesperada–, pero es que usted me confunde.
El general se pasó la mano por la cabeza.
–Sería más correcto decir "Las personas se sienten más optimistas" o "Las personas se sentirán más optimistas" o "Las personas se sentirán llenas de optimismo".
Entendí mejor. Las personas se pueden sentir optimistas. Ok. El presente y el futuro no sienten.
–Sí señor, ya entendí.
–¿Seguro? –Preguntó.
–Sí señor. Las personas pueden sentirse optimistas. Las ideas pueden expresar optimismo. El presente y el futuro no.
–Ok… –Me dijo–. En tus próximas redacciones quiero que verifiques la concordancia entre los verbos y sus sujetos, y entre los adjetivos calificativos y los nombres a los que se refieren.
Me estaba hablando en chino, pero asentí. Recordaría el ejemplo, e intentaría aplicarlo a las otras frases. El general me miró, algo suspicaz, pero luego pareció tirar la esponja y se puso de pie. Lo seguí al pasillo, amargada, suponiendo que me darían un fierrazo. Y así fue.
–.–
Por suerte, en mi cuarta redacción, conseguí al fin el ansiado ocho. El general pareció todavía más aliviado que yo. Lo celebré dibujando por primera vez. Le pedí a Joao (me vigilaban él y Samuel esa tarde) el material para pintar y él lo sacó del locker. Me dijo que podía sacar yo misma las cosas de ahí cuando quisiera, en mi tiempo en esa sala, y que solamente tenía que recordar dejar todo guardado antes de irme.
Me senté en la mesa de la sala de descanso con la libreta y los lápices de colores. Era una cajita bien miserable, sólo doce colores, y más bien duros, pero no tenía importancia. Sólo sería un año y medio después de todo. Y habían recordado incluir un sacapuntas.
Joao y Samuel jugaron dominó, en el otro extremo de la mesa. Pensé nuevamente en preguntarles si podía jugar con ellos, pero no tuve las agallas. No me lo habían ofrecido, y eran mis carceleros después de todo. Estaban ahí para vigilarme, no para entretenerme.
–.–
El quinto día pensaba que me darían un tema diferente para escribir, y me decepcioné. El enunciado era exactamente el mismo, salvo que en vez de exigir mil quinientas palabras exigía mil seiscientas. Arrugué la cara, pero no me atreví a reclamar. Me consolé pensando que, al menos, ya sabía más o menos qué decir y cómo escribir algo que me permitiera aprobar.
–.–
En la medida que pasaron las semanas me fui acostumbrando a la rutina. Lo único que rompía la monotonía era cuando me bañaba y me cambiaba de buzo, semana por medio, y que algunos fines de semana el general estaba ausente y era reemplazado por el señor García o por el señor Baurú. Ellos corregían mis redacciones con los mismos criterios que el general, y como yo ya sabía en qué fijarme rara vez me castigaban. Sólo en dos ocasiones se me pasaron errores, tiempos de verbos mal usados y cosas así, pero no bajé del siete y sólo me gané un fierrazo. Comparado con los cinco del primer día, no estaba tan mal.
Los otros ocho vampiros se rotaban para vigilarme, en mi tiempo de descanso, y nunca me invitaron a jugar con ellos. Las parejas eran siempre las mismas: Héctor con Fabián, Joao con Samuel, Mariano con Tomás, y Macareno con Ricardo. Me pregunté qué criterios habían usado para determinar las parejas, pero no di con la respuesta y tampoco me atreví a preguntar. Tal vez sólo había sido por sorteo.
Aunque no me invitaban a jugar con ellos, ni se ponían a conversar conmigo por iniciativa propia, no me ignoraban. Cuando les preguntaba algo siempre me respondían con amabilidad. Macareno, por ejemplo, me contestó sin ofenderse que su madre lo había llamado así por una manda que había hecho a Santa Macarena. Había prometido llamar Macarena a su primera hija, pero sólo tuvo seis hijos hombres y llamó Macareno al último al enterarse de que no podría volver a tener hijos. También me explicaron, cuando pregunté, que los únicos dos humanos que visitaban el recinto eran los que hacían el aseo, pero que no bajaban al zócalo.
La séptima semana ocurrió algo que me hizo muy feliz. Fue una sorpresa tan inesperada que me puse a tiritar pero de alegría, cosa rara en mí. Cuando abrieron mi sarcófago, el jueves 25 de diciembre, sentí olor a Carlisle además del olor al general. Me senté, asombrada, antes de que alcanzara siquiera a levantarme, y al ver a mi padre sonriéndome salté a sus brazos.
–Hola hija –me dijo, abrazándome y besándome la frente varias veces.
–Hola papá –lo saludé, tiritando.
El general se aclaró la garganta, y despegué mi cara del cuello de Carlisle a regañadientes para ponerle atención.
–Daniela, Carlisle pasará el día contigo –me informó–. Por hoy quedas dispensada de reentrenamiento, y puedes permanecer en la sala de descanso hasta las diez de la noche.
–Gracias señor –le dije. Me sonrió contento.
–Feliz Navidad –me dijo–. Ahora me retiro, ya que mi propia familia me espera. No escapes –me recordó.
–No señor –le respondí–. Feliz Navidad.
El general se fue, y yo volví a enterrar mi cara en el cuello de mi papá. Lo sentí moverse, apagar la luz de la sala, cerrar la puerta, y llevarme a la sala de descanso. Una vez adentro cerró la puerta, y se sentó en un sillón conmigo. Noté que estábamos solos, y me alegré.
–¿Estás bien? –Me preguntó, luego de un rato de silencio en el que se limitó a hacerme cariño en la espalda.
–Sí –le dije, tiritando aún–. Sólo estoy muy contenta de verte.
–Ya lo noté –me dijo, con un poco de burla–. A Esme y a tus hermanos les hubiera gustado venir, pero sólo conseguí que me dejaran visitarte a mí.
–¿Por qué?
–Porque, en teoría, los vampiros que cumplen condenas menores a dos años no pueden recibir visitas –explicó–. Pero han sido flexibles, afortunadamente.
–¿Cómo están todos en casa?
–Bien, aunque te extrañamos mucho –me contestó–. Tus hermanos no han querido hacer guerra de nieve, porque dicen que te esperarán para hacer la primera batalla –explicó riendo.
–Diles que no es necesario que me esperen –le dije, apenada.
–Se los diré –me prometió.
–¿Y Esme?
Carlisle se puso triste.
–Esme está triste, hija –confesó–. Le haces mucha falta, y vive preocupada por ti. Pero se mantiene ocupada para no deprimirse.
–Lo siento –murmuré.
–Sé que estás arrepentida, tesoro –me dijo–, no te preocupes. Ya has cumplido casi dos meses de los dieciocho totales. Te prometo que el tiempo pasará rápidamente, y tendremos muchos años luego para estar juntos y felices.
–Sí sé…
–El general Veloso me ha dicho que has progresado rápidamente en tu reentrenamiento –me felicitó.
–Sí, aunque a veces me pegan con un fierro –le conté–. Al principio fue horrible.
–Lo siento –me dijo, apenado.
–Pero ahora ya casi nunca me castigan –lo tranquilicé–. Aparte de los tres primeros días, sólo me han pegado en dos ocasiones, y sólo un fierrazo cada vez.
–¿Por las redacciones, no? –Me preguntó.
–Sí. Aunque ahora estoy escribiendo mucho mejor, y voy casi en las cinco mil palabras por redacción –dije orgullosa.
–Te felicito, hija –me dijo, besándome la cabeza.
–Los videos que me obligan a ver son una bas… –comencé a decir, pero Carlisle me tapó la boca con una mano y me tiró la oreja con la otra.
–Piensa dos veces lo que vas a decir, tesoro –me previno, y me di cuenta de que había estado a punto de criticar al nuevo orden diciendo que sus videos de lavado de cerebro eran una bazofia.
–Son una base para entender cuán bueno es el nuevo orden –inventé, cuando por fin me sacó la mano de la cara.
Carlisle me sonrió, y me soltó la oreja, pero me dirigió una mirada de advertencia.
–¿De verdad me crees capaz de decir palabras tan feas como "bazofia", "basura" o "bascosidad" papá? –Le pregunté muy bajito, al oído, riendo.
–Daniela, compórtate –me dijo, muy serio. Eso me amargó.
–Sí papá. Perdóname –murmuré.
–Está bien, hija –me dijo más amablemente, dándome unas palmaditas en la espalda.
–¿Has sabido de Alec? –Pregunté, para cambiar de tema.
–Sí, está en Moscú –me dijo–, y por lo que el general Alí me ha contado, todo va bien.
–Ah. ¿Y lo has visto? –Pregunté.
–No todavía, pero tengo una visita programada a esa unidad en febrero, y espero que me autoricen a verlo en esa ocasión.
–Se debe sentir solo –comenté, triste por él.
–Dentro de unos pocos meses habrá salido, hija –me recordó–. Y ya recibí la autorización para hacerme cargo de él. Legalmente, ya es mi hijo.
–¿En serio? –Pregunté, contenta.
–Sí, tesoro –me respondió, con una gran sonrisa.
–¿Se lo dijeron?
–No todavía, pero se lo contaré cuando lo vea.
–Supongo que eso lo alegrará –razoné–. Aunque no sé si le gustará llamarse Alec Cullen. Suena medio raro.
Carlisle sonrió levemente, pero volvió a ponerse serio.
–Ha tenido una vida muy dura. Pero tengo fe en que con nuestra familia sea feliz.
–Lo será –le dije con seguridad.
Se produjeron unos segundos de silencio, en los que me contempló con una expresión muy tierna y me acarició el pelo.
–¿Quieres jugar, pintar, o ver tele? –Me preguntó finalmente.
–No –le respondí–. No quiero perder este tiempo contigo distraída con otras cosas. Preferiría que me siguieras haciendo cariño y me contaras qué han hecho en casa.
–Ok, hija –me respondió, sonriendo. Se acomodó mejor en el sillón y me puso de modo que quedara de lado, medio tendida.
Y Carlisle continuó haciéndome cariño en el pelo, y comenzó a contarme en qué habían estado en esas pocas semanas. Habían hecho algunos muebles más, Esme había contratado un profesor de karate y otro de latín, ya tenían muchos más libros y la nueva biblioteca estaba mitad llena…
Esme había comenzado a coser cortinas, había comenzado a plantar flores de bulbo en el patio, tenía pensado reparar la fuente de agua del patio grande, al que daban los cuartos de Bella y Rosalie, y tenía pensado construir otra, más pequeña, en el patio al que daban nuestros cuartos. También estaba pensando en aprender a hacer esculturas de bronce, pero no estaba decidida.
Habían comprado dos veleros y dos kayaks, y mis hermanos habían transformado la estancia sudeste del muro externo del castillo en bodega para botes. Esme y mis hermanos habían comenzado un blog con los comentarios de libros que redactaban en clases…
Yo me sentí en paz con el mundo durante esas horas que pasé en brazos de mi padre, acariciada, mientras oía lo que me contaba. Podía imaginármelo todo, y deseé que mayo del año subsiguiente llegara rápido.
–.–
Cuando sentí pasos bajar la escalera, y vi la hora en el reloj de la pared me amargué. Eran cinco para las diez, y no quería que Carlisle se fuera. Él percibió mi angustia, y me apretó contra él.
–Sé valiente, hija –me dijo–. El tiempo va a pasar.
–Sí sé. Es que los extraño mucho.
–Nosotros también. Pero tienes que conservar la calma, ¿está bien?
–Sí papá –le contesté.
Por la puerta entraron Héctor y Fabián.
–Buenas noches Carlisle –lo saludaron.
–Buenas noches Fabián, Héctor –los saludó Carlisle, parándose conmigo en brazos, sin soltarme–. ¿Todo bien?
–Sí, todo en orden –dijo Fabián–. ¿Quiere llevarla usted?
–Sí, me gustaría –dijo Carlisle.
–Adelante, no hay problema –dijo Fabián.
Carlisle me cargó hasta la sala del fondo, y prendió la luz. Intentó depositarme en el sarcófago, pero me agarré de su cuello.
–Quédate otro rato –le rogué.
–No puedo, hija –me respondió–. Si quieres que me vuelvan a autorizar a visitarte tenemos que seguir las reglas.
Me solté, a regañadientes, ya que no quería que le prohibieran volver a visitarme. Me miró, y noté que estaba muy triste.
–Paciencia –me dijo. Asentí, y tras darme un beso en la frente cerró la tapa.
Sentí cómo apagaba la luz, cerraba la puerta y se alejaba por el pasillo. Oí que se detenía antes de la escalera, y supuse que hablaría con los otros vampiros. Pero rápidamente oí sus pasos subir. Me puse a llorar con ganas, ya que me daba mucha pena tener que estar encerrada en esa especie de ataúd y no poder irme con él.
–.–
Los días que siguieron me sentí muy deprimida, pero conseguí cumplir con el reentrenamiento en forma satisfactoria. Superé las 5000 palabras, luego las 6000, las 7000, y había comenzado a incluir ejemplos de los videos para encontrar con qué rellenar.
A fines de enero, el lunes 26, el general me anunció que ya no habría redacciones cortas, sino que trabajaría toda la semana en una de diez mil palabras que corregiríamos el domingo.
Eso me alegró, ya que significaba que sólo arriesgaría apaleo una vez a la semana. Pero, cuando el general me dijo que corregiría en forma más exigente, me amargué.
–Tendrás mucho tiempo para corregir y releer –argumentó–. Quiero que te preocupes de estructurar mejor tu argumentación.
–¿Qué quiere decir? –Pregunté, urgida.
–Que planifiques mejor en qué orden expondrás las ideas, cómo pasarás de una idea a la otra, cómo concluirás…
–Ok… –Murmuré, insegura.
–Lo estás haciendo bien –me tranquilizó–. Pero ahora quiero que planifiques un trabajo más a largo plazo. Tendrás tiempo de sobra para hacerlo, con siete días para completar las diez mil palabras.
–Sí señor –murmuré–. ¿Quieren que termine escribiendo un libro?
–Más o menos –contestó–. Cuando hayas cumplido tus condenas, todo lo que escribiste quedará empastado junto como prueba de que reflexionaste mucho sobre el tema.
–Ah. ¿Y no basta con que haya pasado todas esas horas viendo los videos? –Pregunté.
–No, tiene que quedar un testimonio de que pensaste en el tema –explicó.
–Está bien –le dije–. Entendí.
–Lo harás bien –me dijo, parándose y yéndose a poner el video.
–.–
Conseguí superar la prueba, y mi redacción ese domingo fue calificada con el bendito ocho. Agradecí haberle hecho el quite al apaleo, y para la siguiente redacción me exigieron quinientas palabras más.
El sábado siete de febrero, cuando ya acababa mi redacción de diez mil quinientas palabras, ocurrió por fin algo que había estado esperando que ocurriera: los videos se comenzaron a repetir. Se lo comenté al general esa tarde, y se rio.
–Sí –me dijo–, tienes razón, algunos de los videos que te tocaron ya los habías visto. Lo siento, pero sólo tenemos quinientas horas de material, por lo que de ahora en adelante serán todos repetidos. Pero espero que nos llegue material nuevo en algún momento.
–No hay problema. Hay material de sobra para entender la idea –le aseguré.
–Bueno, entonces espero una redacción perfecta mañana –me dijo.
–Sí señor –le contesté, algo nerviosa, pero confiada en que mi segunda redacción larga pasara la prueba.
La pasó, y la pasaron también todas las siguientes. Estaba consiguiendo llegar a las diecisiete mil palabras para cuando terminó mi primera condena, el sábado 8 de mayo, y no había vuelto a ser castigada. Me sentía bastante orgullosa de la verbosidad que había desarrollado, y suponía que saldría de prisión como una perfecta charlatana.
Lamentablemente, el día siguiente, vinieron a abrirme el sarcófago en manada. Ya me dio mala espina cuando oí acercarse varios pasos y, cuando el general me sacó y vi a los otros diez alineados y a Héctor con los fierros, me amargué. Todos me miraron con empatía.
–Señorita Daniela Cullen –comenzó el general, como la vez anterior–: ha sido condenada a un castigo y seis meses de privación de libertad con reentrenamiento por encontrársele culpable de escapar de un recinto militar. Cumplirá su castigo hoy, domingo nueve de mayo del año dos mil doscientos veinticuatro, teniendo como testigos a los once miembros de la Unidad Sudamericana de la Fuerza de Paz.
Nuevamente me pusieron boca abajo en el sarcófago, inmovilizada de cabeza y de pies, y la única diferencia fue que me apalearon vestida con buzo en vez de bata. Aunque desde el punto de vista del dolor no hubo mucha diferencia, el buzo quedó un poco dañado con los fierrazos. Pero, como tenía otro, no hubo problema. Me dejaron cambiarme, a solas en la sala, en cuanto terminó el castigo. Me costó hacerlo, ya que me dolía todo el cuerpo al moverme.
Cuando terminé de cambiarme, y toqué la puerta para avisar, el general volvió a entrar a mi cuarto. Los otros vampiros habían desaparecido. Él traía la caja metálica y me pasó una bolsa de sangre. Me la bebí, y se la devolví.
–Vamos –me dijo el general, dejando la puerta abierta e indicándome que saliera al pasillo.
–¿No me va a dejar descansar? –Pregunté, llorando aún, ya que estaba muy adolorida.
–En teoría no puedo dejarte –me respondió–. Debes pasar 12 horas al día fuera de la unidad de contención hasta el fin de tus tres condenas.
–Pero luego del primer castigo me dejaron –le recordé.
–Sí. Pasaste la primera semana en la unidad por procedimiento –explicó.
–Ya tengo lista la redacción de todas formas –insistí, amargada–. Si se la entrego ahora, ¿me puedo quedar acostada por favor? –le rogué.
El general pareció indeciso unos segundos, pero finalmente dijo "está bien".
Fuimos a la sala de reuniones, y le pasé la hoja que había dejado lista el día anterior. Por suerte la había alcanzado a terminar y ese día sólo había planeado releer para revisar.
El general dejó la caja metálica a un lado, se sentó a leerla, y tuvo el tino de no pedirme que tomara asiento. Cuando puso un ocho en la esquina de la hoja, inspiré y expiré aliviada.
–Está bien, Daniela. Por hoy quedas dispensada de reentrenamiento. Vamos –me dijo con amabilidad.
Y, por suerte, me pude quedar boca abajo descansando en mi sarcófago hasta la mañana siguiente.
–.–
Pasaron los meses, sin novedad. Mi cumpleaños pasó sin pena ni gloria, como cualquier otro día. Conseguí que no me apalearan por mis redacciones y, a fines de agosto, cuando acababa de entregar una redacción de veinticinco mil palabras, me volvieron a cambiar la modalidad.
Ese lunes, el general me anunció que desde esa semana y hasta el fin de mis condenas tendría dos semanas para hacer mis redacciones, y comencé la de esa quincena con una meta de treinta mil palabras.
No me asusté tanto, ya que para ese entonces confiaba mucho en mi charlatanería. Era una experta hablando bien del sistema que odiaba. Y, mientras más horas pasaba defendiéndolo por escrito, más lo odiaba. Pero era una perfecta cínica, por lo que nadie lo notó. Aparentaba ser un corderito, perfectamente domada, puros "sí señor", "no señor".
Tres semanas más tarde, el veinte de septiembre, volví a ver a mi padre. Pero no pude estar con él más que unos minutos, ya que había visitado la unidad por motivos de trabajo y no estaba autorizado a verme, en teoría.
Pero el general Veloso hizo la vista gorda, dejándolo entrar de sorpresa a la sala de reuniones donde me encontraba.
Cuando sentí su olor, me volví sorprendida. Cuando lo vi, me llené de alegría y salté a abrazarlo.
–¡Papá, me viniste a ver! –Lo saludé, contenta.
–No hija –me dijo, apenado–. Vine por trabajo, y en teoría no debería estar aquí hablando contigo. Pero el general Veloso decidió autorizarme a ver a la prisionera por cinco minutos –me dijo, algo más contento.
–¿Sólo eso? –Pregunté amargada.
–Sí, lo siento tesoro. ¿Cómo estás?
–Bien –le dije–. Sin novedad. ¿Y ustedes? ¿Cómo está Esme?
–Estamos todos bien, extrañándote como locos –me contestó–. No nos dejaron saludarte para tu cumpleaños, lo siento.
–No hay problema –le contesté, para que no se pusiera triste–. ¿Has sabido de Alec?
–Lo vi en febrero –me dijo–. Ya sabe que es mi hijo, y se alegró. Está bien, y en siete semanas más vendrá a vivir al castillo.
–Que bueno, me alegro por él –respondí, algo amargada porque a mí me esperaba toda una condena después de eso. Probablemente, mientras Alec recuperaba su libertad, yo estaría siendo apaleada por tercera vez.
–Lo has hecho todo muy bien –me aseguró Carlisle, entendiendo mi amargura–. Solo te quedan unos meses. Paciencia.
–Sí papá –murmuré.
–Tu madre construyó la fuente que quería, y se ve desde nuestros cuartos –me contó Carlisle, en un tono más alegre, para distraerme–. Pero desistió de hacer esculturas de bronce. Tus hermanos han aprendido a tocar el saxo y la flauta dulce. A Jasper se le da muy bien la flauta.
–Ah. Bueno, me alegro de haberme perdido eso –le dije–. Soy pésima en eso de los instrumentos.
–Podrías aprender perfectamente –me dijo–. Piensa que hace un año no sabías que podías escribir textos largos.
–Sí, supongo que tienes razón –admití.
–Carlota y Franco están muy enojados, ya que aseguran que los habías invitado a tu cumpleaños. Y, aunque comprendieron que no pudiste cumplir con el compromiso, esperan que los invites a tu siguiente cumpleaños.
–¿Puedo invitarlos? –Le pregunté.
–Sí, no hay problema –respondió Carlisle–. Y Esme piensa incluso hornear un pastel de cumpleaños para la ocasión.
–Bueno, habrá que aguantar el olor –le dije, riendo.
–Franco me pidió perdón por causar tu accidente –confidenció, muy serio–. Está muy arrepentido.
–Dile que no se preocupe, cuando lo veas, por favor –le rogué–. Es sólo un niño, y no planeaba hacerme caer de la azotea.
–Está bien, hija, se lo diré cuando lo vea –prometió–. Pero mi jefe me contó que estuvo varios meses castigado por provocar tu accidente. Él y su padre esperan hablar contigo cuando vuelvas a casa.
–No es necesario –murmuré–. Si puedes, diles a tu jefe y al papá de Franco que lo dejen en paz. Yo no estoy enojada con él.
Sentimos unos golpecitos en la puerta, y se asomó el general sin esperar a que lo hiciéramos pasar.
–Carlisle…
–Sí Gael, me despido y salgo –le dijo Carlisle, con amabilidad.
El general cerró la puerta, pero se quedó en el pasillo. Sentí a varios vampiros bajar la escalera, y supuse que tendrían alguna reunión de trabajo.
–Hija, debo irme –me dijo–. Estoy orgulloso de ti, lo has hecho muy bien. Continúa así, y el tiempo pasará rápido. En pocos meses todo habrá acabado.
–Sí papá –le respondí, intentando no llorar.
Carlisle me dio un beso en la cabeza, y salió al pasillo. Me senté resignada a seguir viendo el video. Me había perdido una parte, pero de todas formas ya lo había visto tres veces antes por lo que no tenía importancia.
Al poco rato tuve que contener la risa. Oía que estaban entrando por turnos al cuarto con el sarcófago, y asumí que Carlisle les estaría cambiando la pila o algo así. No escuché ni gritos, ni llantos, ni quejas, así que no podía estar segura. Y, como tampoco había ventanita en la puerta como para ver si salían caminando raro, no podía confirmar o descartar mis sospechas. Pero, ¿para qué más podrían todos estar necesitando el sarcófago el mismo día?
Esperé que Carlisle pasara a despedirse antes de partir, pero no tuve suerte. Cuando el general llegó a sacarme de la sala de reuniones, y le pregunté, me informó que mi papá ya se había ido a eso del mediodía.
Me fijé disimuladamente para ver si caminaba raro, pero resultó que no. Caminaba como todos los días. Supuse que, si le habían cambiado la pila a su dispositivo, ya se debía haber curado. Ricardo y Macareno, que me vigilaron durante el descanso, tampoco mostraron signos de dolor o incomodidad.
–.–
Mi último apaleo ocurrió el martes nueve de noviembre, cuando acababa de comenzar mi texto de treintaicinco mil palabras. Le pedí al general que me dejara descansar, argumentando que tenía dos semanas casi enteras para terminar mi redacción, y que un día menos no supondría una gran diferencia. Se dejó convencer con facilidad, por suerte.
Otro evento que interrumpió la monotonía fue que Carlisle llegó nuevamente a visitarme por el día en navidad. Me dio pena que sólo lo hubieran autorizado a él, ya que tenía muchos deseos de ver a Esme, a mis hermanos, y a Alec.
Carlisle me contó que mi nuevo hermano estaba bien, que se había adaptado rápido a la rutina del castillo, que se portaba bien con Esme cuando estudiaban por las mañanas, y que había asumido mis funciones de barredor de patio y regador de plantas a la hora de limpiar. Además, el aseo de esa área había comenzado a incluir el limpiado de piletas, que consistía básicamente en quitarles bichos y hojas, y escobillarlas de vez en cuando para eliminar algas y guano de pájaro.
Me contó también que su cuarto era el del otro lado del de Alice, y que entre todos le habían hecho muebles y le tenían todo listo para cuando llegó.
El día pasó demasiado rápido, y pronto llegó el triste momento en que me llevó de vuelta al sarcófago. Lloré mucho, pero me consolé pensando que sólo me quedaban poco más de cinco meses de condena. Ya había pasado lo peor, y había sobrevivido.
–.–
Cuando entregué mi última redacción, de cuarentaisiete mil palabras, el domingo ocho de mayo del año siguiente, sentí que podría cantar de alegría. No podía creerlo. El general me puso un ocho, y me sonrió.
–Lo conseguiste –me dijo–. Te felicito Daniela. Has sido nuestra primera prisionera, y te has portado muy bien. Mañana volaremos a Berna.
–Gracias señor –le dije.
–Vamos.
Ese descanso se me hizo eterno, y Tomás y Mariano sonreían al ver mi impaciencia.
–Tic–Tac… Tic–Tac… Tic–Tac… –Se burló Tomás, al verme mirando el reloj de la pared.
–Sí, creo que no haya la hora de no volver a vernos –dijo Mariano, fingiendo que estaba ofendido.
–Nada personal. Ustedes también querrían irse si estuvieran en mi lugar –les aseguré.
–Sí, Daniela –me dijo Mariano, con amabilidad–. Era broma.
–Sí sé –le respondí, sonriendo.
–Mañana a esta hora estarás volviendo a casa –me tranquilizó Tomás–. Intenta distraerte para que el tiempo pase más rápido –sugirió.
Le hice caso, e intenté concentrarme en los dibujos animados. Pero, a pesar de que ya entendía algo de portugués (de tanto ver tele en ese idioma), mis ojos se iban solos al reloj.
A las ocho en punto me metieron al sarcófago por última vez, y las doce horas se me hicieron eternas. Cuando el general lo abrió y me sacó, por la mañana, lo miré aliviada. Me duró poco el alivio, ya que estaba acompañado con García y Baurú, y me tendió la bata.
–Sácate toda la ropa y póntela –me dijo con amabilidad–. Te tenemos que sacar el dispositivo anti–fuga.
Lo miré amargada. Había olvidado eso.
–Obedece –me dijo, sonriendo burlón–, que mientras estés aquí abajo todavía puedo castigarte…
Le acepté la bata de inmediato, ya que aunque su tono era de broma no pensaba correr riesgos.
Me volvieron a poner boca abajo en el sarcófago, me volvieron a tapar entera salvo por las caderas, y me sacaron la huevada a velocidad de vampiro. Grité. Aunque entendía que prefirieran hacer la tortura lo más breve posible, igual prefería la forma más delicada de Carlisle. Era más lenta, pero dolía menos.
Cuando me sacaron del sarcófago lloraba, y me tragué la sangre que el señor García me tendió con dificultad. Pero, cuando me tendieron el gancho con mi ropa de persona libre, lavada, me consolé un poco. Salieron nuevamente para que pudiera vestirme, y me tardé un poco porque me dolía estar parada.
Cuando estuve lista, el general me cargó a la sala de reuniones, donde estaban los otros diez miembros de la unidad. Me dijo en forma oficial que había cumplido mis tres condenas, y me dijo en forma informal que esperaba no volver a tenerme "de visita". Los demás me dijeron que a pesar de las circunstancias estaban contentos de haberme conocido, y que esperaban que me fuera bien de ahí en adelante.
El general me cargó escalera arriba, luego de los dieciocho meses que había pasado encerrada en ese subsuelo. Nos siguieron Samuel, Tomás y Joao. Los otros siete me hicieron chao con la mano, desde el pasillo.
En el avión no me pusieron candados, asumiendo que no sería tan tonta de escapar. El vuelo fue lento, aunque más agradable al ser de día. O puede ser que yo estaba contenta porque iba a casa. No hubo turbulencia, y eso me alegró. También me dejó de doler el culo, y eso me alegró todavía más. Anocheció absurdamente rápido, pero no me importó.
Cuando llegamos a la pista de aterrizaje de la instalación militar de Berna toda mi familia estaba ahí, junto con el tipo que había leído mi condena. Esme me apretujó la primera y, como no me soltaba, los otros se resignaron a abrazarme la espalda y a hacerme cariño. Alec estaba entre ellos, y me pareció que estaba muy limpio. La última vez que lo había visto, estaba cubierto de harapos y olía a pescado podrido.
Aunque seguía en esa maldita instalación militar, ya me sentía en casa.
–.–
