Rating: T {Clasificable como Josei/Seinen más que como Yaoi}
Disclaimer: Historia original. Todo es culpa mía.
—EGO—
8.5— Ego.
El aire estaba viciado e impregnado del olor al sexo y el alcohol que habían protagonizado las horas en aquel apartamento. El sofocante ambiente incluía unas sábanas manchadas de sangre y fluidos que era mejor no catalogar y una mancha de aspecto viscoso junto a la cama que perfectamente podía ser vómito. La colcha estaba en el suelo, enmarañada, y sobre la mesilla de noche había dos latas de cerveza y un rollo de cinta adhesiva para embalar.
Los cuatro hombres que acompañaban a la escena parecían desempeñar una tarea específica, y que no se alejaba demasiado de la absoluta y total degeneración. El primero, de aspecto sombrío, se mordía el labio inferior mientras obligaba a una mano que no era suya a masturbarle. Había otro, moreno y sin camisa, apoyado junto a la ventana, de brazos cruzados, mientras observaba a un tercero y un cuarto moverse a ambos lados de un quinto cuerpo casi inerte, y que Ichinose reconoció tras un escrutinio desalentador como Shigeru, el vecino de Ryohei.
—Por Dios santo… —pudo decir, con un hilo de voz, tras llevarse la mano a la boca de pura impresión. Había conseguido imponerse a los caprichos supremos de Sawamura y empujado la puerta para colarse antes de que pudiera volver a echarle. Por supuesto, y aunque esperaba un escenario macabro con algún arma homicida improvisada y a un Ryohei más asustado que orgulloso de su obra, lo que estaba viendo consiguió igualmente helarle los sentidos y encogerle el estómago.
¿Qué se suponía que debía decir en aquella situación? ¿Qué demonios tenía que hacer? Aquello pasaba con creces las obligaciones de un representante, y por mucho. Giró la cabeza hacia Ryohei, que inmediatamente apartó la vista de él mientras chasqueaba la lengua, seguramente consciente de lo que podría estar a punto de caérsele encima.
Sin embargo, antes de encargarse de sus dudosas capacidades morales, Ichinose tenía que detener aquella barbarie.
—¿Se puede saber qué pasa con todos vosotros? ¿¡Estáis locos!? —sin más reparo, caminó a zancadas hacia el cuarto y apartó a un ya de por si sorprendido hombre siniestro a un lado, logrando que se tapase con un repentino pudor—. ¡Apartaos de él! ¡Apartaos!
—¿Qué pasa? Espera tu turno… —el Comisario se enderezó sobre Shigeru y se peinó el pelo hacia atrás con los dedos, limpiándose de paso la frente perlada de sudor. Cuando pudo ver quien parecía tener tanta prisa, levantó las cejas al reconocerlo de los ensayos—. Anda, ¿tú también estabas incluido en la fiesta? Si lo llego a saber… —con una sonrisa socarrona, alargó el brazo y rodeó por la cintura a Ichinose, que directamente lo amenazó con la mirada.
—¿Tiene el valor de seguir bromeando después de violar a un hombre? Es usted un salvaje sin escrúpulos —le apartó el brazo con el codo y le empujó hacia atrás por el pecho—. No me toque. ¡Y quítese de encima!
Siendo consciente de que aquello no formaba parte de un espectáculo más que el modelo hubiera preparado de antemano, El Comisario arrugó las cejas y movió el cuerpo hacia atrás, desencajando la polla del culo de Shigeru y arrastrando consigo a la otra que había terminado compartiendo a la fuerza el espacio. Bajó una pierna de la cama, y apoyándose aún sobre el puño buscó con la mirada a Ryohei, al que parecía habérsele borrado la alegría de la cara.
—¿Qué está pasando aquí…? —el hombre que estaba debajo, y que dejó caer a Shigeru con suavidad en la cama, parecía igual de confuso que el resto. Y aunque a Ichinose le hubiera gustado cantarle las cuarenta, dio como prioridad el estado del vecino.
—¿Itoh? —le apartó el pelo, enmarañado y pegajoso, hacia un lado, y le dio una palmada en la mejilla. Shigeru tenía la mirada velada y perdida en alguna parte, como si su cerebro se hubiera desconectado de lo que pudiera seguir pasándole a su cuerpo físico. También había indicios de quien vomitase hubiera sido posiblemente él y de que le había sangrado la nariz por los restos secos sobre el labio—. Itoh, ¿me oye? ¿Itoh?
Shigeru estaba extenuado. No era mentira afirmar que su cuerpo no estaba ni la mitad de acostumbrado a trotes como aquel, así como tampoco lo estaba a soportar el dolor. Y aquello último le había dolido muy por encima de su umbral. Sentía el cuerpo pesado y el cerebro ralentizado, y hacía ya un buen rato que no era capaz de enfocar en condiciones. No sabía por dónde empezar a quejarse, porque cada articulación le gritaba de una manera diferente y exagerada.
Las voces de su alrededor sonaban distantes, como si no estuvieran en la misma habitación que él. Pero pese a parecer ecos casi incomprensibles, pudo identificar la entonación insistente de su apellido, y un rostro simétrico y familiar que fue como una brisa fresca tras un soporífero día de calor.
El representante. Kuga Ichinose, quien una vez se había disculpado ante él por la conducta malcriada de Sawamura.
"Finirà presto, caro"
Las palabras susurradas por el hombre que había abandonado el apartamento cobraron un poco más de sentido, aunque no hubiera entendido en su momento ni una palabra. Le escocieron los ojos, porque aunque ahora quisiera llorar de alivio, sintió que no le quedan más lágrimas que soltar por ese día. Poco después se desmayó.
Ichinose forcejeó con la cinta que le envolvía los brazos a la espalda hasta que pudo quitársela lo más rápido que sus manos poco firmes pudieron permitirle. Después se incorporó, se quitó la chaqueta y le tapó con ella, por lo menos para dignificar un poco lo que habían dejado de su maltrecho cuerpo. Observó con prisa a su alrededor, rodeando la cama para hacerse también con la colcha a cuadros, donde lo envolvió con firme intención de sacarle de allí.
—¿De qué va esto, rubito? —preguntó de repente el Comisario, rompiendo el tenso silencio instaurado en el piso. El resto se estaba dando prisa en vestirse, aunque terminasen con las camisas del revés.
—¡Venga ya! —escupió Ryohei, despectivo—. Cómo si no te hubieras dado cuenta de lo que hacías. De lo que hacíais todos —levantó las manos, con una sonrisa autosuficiente—. Yo no le he tocado.
Hubo un instantáneo fruncimiento de cejas por parte de la mayoría.
—¡Serás hijo de puta! ¿Nos has utilizado para hacerte el trabajo sucio?
—¡Ninguno de vosotros tiene excusa! —intervino Ichinose, que trataba de apañárselas para encontrar un buen ángulo en el que cargar a Shigeru, que aunque más bajo que él, no pesaba especialmente poco—. Sois una panda de animales arrastrados a este sin sentido por un crío envidioso y cobarde, incapaz de arreglar sus diferencias como una maldita persona normal.
—¡Cuidado con lo que dices, viejo! —se quiso defender Ryohei, dando un brinco en su lugar cuando Ichinose se enderezó de golpe y le apuñaló con una mirada fría y amenazadora.
—Aunque en una cosa sí coincido contigo, y es que tampoco me creo que no supierais lo que estaba pasando —echó una mirada en derredor, donde el grupo de hombres, ahora vestidos, se dispersaron por la casa con intenciones o de huir a la mínima oportunidad o de pasar lo más desapercibidos posible—. Quizás acabéis de desgraciarle la vida a un hombre felizmente casado, cuyo delito fue simplemente no caerle bien a su vecino, así que espero que estéis orgullosos.
Aunque tuvo que medio cargárselo al hombro, Ichinose intentó sacar a Shigeru del apartamento con la mayor dignidad posible. Sin añadir palabra alguna, salió fuera y caminó directamente al ascensor, aunque tuvo sus primeras dificultades al intentar darle al botón que le llevaría al rellano. Hasta que lo que pareció una mano amiga lo hizo por él. Era el Comisario.
—Va puesto. Drogado, quiero decir. Por si lo llevas al hospital.
—Estupendo —Ichinose estuvo lejos de estar agradecido por aquel dato, algo que se reflejó en su cítrica ironía, y se limitó a ignorarlo mientras se cerraban las puertas.
Ya una vez dentro del ascensor, tuvo tiempo suficiente para expresar su preocupación con una mueca y un suspiro entre dientes con el que no se sintió mejor. Se sintió responsable por no saber frenar la conducta de Ryohei, a pesar de su tóxica actitud a lo largo de los meses que estuvo encargándose de él. Sabía que su personalidad se oscurecía al mismo ritmo en el que su fama subía, alimentando ese desmesurado ego que nunca anteponía a nadie más que a sí mismo y a sus necesidades egoístas. Y aunque vio venir que todo aquel veneno acabaría disipándose como una mala enfermedad, no lo detuvo. O por lo menos, no con el ímpetu adecuado.
Estoy seguro que en el fondo es un buen muchacho, sólo hace falta escarbar un poco más, ¿no le parece?
—Lo siento, Itoh —se disculpó, con la voz contenida—. Pero creo que en el fondo, no hay nada mejor que esto.
Las cosas no mejoraron cuando las puertas se abrieron de nuevo. Una preocupada y muy apurada Chitose corría a trote irregular y desnivelado directa hacia las escaleras; perseguida como no por un Rikiya que no hacía más que intentar frenarla y ser todo lo positivo que ella no parecía poder ser ni queriendo.
Por supuesto, cuando le vieron salir con la maraña de cuadros y pelo alborotado del ascensor, no dudaron ni un segundo en echarse sobre él.
—¿¡Shigeru!? ¡Dios mío, Shigeru! ¿Qué demonios ha pasado? ¿¡Qué le ha pasado!? —dominada por la histeria, Chitose intentó ver el rostro de su marido e incluso cargarlo ella misma de camino a urgencias.
—Será mejor que dejemos las explicaciones para otro momento —Ichinose se obligó a estar sereno y tratar de manejar la situación con cordura. Pero eso no le impidió lanzarle una mirada cómplice a Riki, que entendió inmediatamente que había sido cosa de Ryohei—. Tengo el coche fuera, le llevaré al hospital.
—¿Está herido? ¿¡Dónde!?
—No parece grave, pero será mejor que lo vea un médico —explicó el representante, esquivando en todo momento la realidad que sujetaba entre sus brazos. Bajó el escalón que precedía al rellano y se dirigió a la puerta, mientras Chitose había empezado a sollozar y sujetaba la colcha como si temiese ver desaparecer lo que envolvía—. ¿No vienes, Rikiya-kun?
Riki se había quedado clavado junto a la escalera, con una expresión ensombrecida que no parecía propia de alguien como él. Levantó el brazo y sin mirar a nadie, se metió en el ascensor.
—Ahora os alcanzo con la moto. Marchaos —se lo escuchó decir, e Ichinose no pudo más que confiar en que no se cometiese una segunda estupidez en aquel edificio ese fatídico domingo.
Por suerte, Riki, aún enardecido, tenía la mente resuelta y ordenada, pero con demasiadas cosas bailándole en la boca del estómago como para no soltarlas por fin. Aquella grandilocuente fantasía de ser el Rey en su propio reino tenía que terminarse, porque acababa de sobrepasar los límites de las bromas de mal gusto y las sanas pretensiones entre colegas para irse por unos derroteros por los que Riki no estaba dispuesto a pasar. Y mucho menos teniendo tan reciente lo que le había pasado a Hana. E Incluso involucrando a Ichinose, quien solo velaba ciegamente por él.
Quería escucharlo. Oír que clase de justificación tenía para todo aquel rencor; por qué acumular tantísimo odio hacia una persona cuyas únicas víctimas eran las malditas tostadas que quemaba siempre. Y aunque no hubiera excusa para sus actos, por lo menos quería que intentase explicarse con algo que no pareciera estar dicho por un niño de cinco años.
En su camino por el tercer piso, pasó de largo al grupo de hombres que habían perpetrado aquel caos, y que simplemente se perdieron escaleras abajo balbuceando insultos y verborrea sin sentido. Riki tenía un objetivo, y tuvo la suerte de encontrar la puerta abierta para cumplirlo.
El piso estaba hecho un asco…
—Vaya, vaya. Mira quién ha vuelto a las faldas de su amo —Ryohei salía del baño pocos segundos después de escuchar el chirrido de la puerta al cerrarse, con una toalla sobre los hombros y el pelo ligeramente húmedo. Sin la diadema, el largo flequillo rubio casi le tapaba los ojos—. Un poco tarde. La fiesta ha terminado.
Riki se mordió el labio por dentro, asintió despacio con la cabeza, halagando con ironía sus palabras, y después abrió los brazos.
—¿Me lo explicas?
—¿Qué más hay que explicar? —cruzó el salón, dándole un golpe intencional con el hombro al pasar hasta la cocina.
—Oh, no sé —se exasperó el músico, girándose a mirarle—. Quizás el por qué se te ha ido la olla, por ejemplo —sacudió el brazo, señalando mucho más allá del apartamento, en dirección al ascensor—. ¿De verdad no vas a admitir que se te ha ido la puta mano con esto, Ryohei?
—¿Me estás sermoneando? ¿¡Tú!? —saltó el modelo, dejando la nevera abierta para mirarle, enseñando los dientes como un perro rabioso—. Te recuerdo, Riki-el-buen-chico, que tú eras uno de los que te metías con él al principio.
—Una cosa es dejarse llevar por las impresiones y tener una opinión colectiva y otra muy distinta es sacarle de su casa a rastras para… ¡Joder, no quiero ni pensar para qué! —sacudió los brazos y bajó el mentón, llevándose una mano al puente de la nariz, donde aún ahora descansaban las gafas de sol—. Mira, quiero pensar que te arrepientes de todo esto. Que fue un…
—Espera, ¿Qué me arrepiento? —empujó la puerta de la nevera y se carcajeó—. ¿Qué yo me arrepiento? ¿De qué? —levantó una ceja y levantó la comisura, y toda la encarnación de lo ególatra y lo despreciable que podía ser una persona, se reflejó en su expresión en aquel mismo instante—. Me he limitado a cumplir una función social. Los cerdos tienen que revolcarse con los cerdos, no pretender estar al mismo nivel que sus amos. Y ese viejo quiso comer hasta de mi mismo plato, así que se merece esto y mucho más.
—No —Riki negó con la cabeza y se giró, gesticulando—. No, no, no —lo señaló, moviendo el dedo índice como para reafirmar que lo hacía—. Estás como una puta cabra. Así de simple. No te llega el riego, macho; todo este rollo de la fama y las fans te está transportando a un mundo de lucecitas muy lejos de la realidad. Y en tu paradisíaca imaginación de chico rebelde has arrastrado a un hombre que, a fin de cuentas, ni siquiera es tan malo como lo pintas. Es un poco cojonero, pero venga, ¡tú lo eres mucho más!
—¡No me compares con un mierdecilla como ese! —alzó la voz Ryohei, acercándose a Rikiya de dos contundentes zancadas—. Ni se te ocurra volver a compararme con eso.
—Eso es una persona, Ryohei.
—Que falso eres. ¿Le defiendes ahora porque es tu súper-amigo? —ladeó la cabeza, burlón—. ¿Os dais bien por el culo todas las noches? Porque parece que le gusta. Gemía como un cochinillo al que están a punto de cortarle la cabeza.
Sin poder contener las manos, Riki le cogió por la pechera y se inclinó suavemente hacia él, acercándose y entrecerrando los ojos en pos de llevar su crítica a un nuevo nivel de seriedad.
—Escucha, tío. Si quieres vivir como si fueras el protagonista de todo cuanto te rodea, por mi genial. Que tu ego te consuma, pero que te consuma a ti solo. No arrastres a nadie más contigo, ¿estamos? —le dio un empujón hacia atrás, soltándole—. Y ni te acerques a Kuro o a Hana. Dudo mucho que necesiten seguir siendo pisoteados por un narcisista como tú.
—Oh, ¿ahora soy un narcisista? Y cuando te invitaba a mis fiestas era tu mejor amigo, ¿o cómo va eso? —gesticuló con las manos, aludiendo al dinero—. ¿Necesitas un buen par de yenes para ser fiel a alguien?
—Admitámoslo —quiso concluir Rikiya, negando con la cabeza y caminando de nuevo hasta la puerta:— En todo este tiempo te aporté más yo a ti, que tú a mí. Espero que tu cara bonita y tu dinero te hagan buena compañía.
Con gesto airado, y mirándole por última vez, Rikiya, quién siquiera se había descalzado al entrar, se marchó. Quizás no diciendo todo lo que le había hormigueado en la lengua en el momento de subir hasta su apartamento, pero lo suficiente para dejar claro su completo y total desacuerdo con todo aquello. Ryohei era una persona tóxica, un hombre incorregible al que veía incapaz de cambiar después de haber sido testigo, a lo largo de los meses, de un comportamiento errático y egoísta que se había limitado a ignorar. Aquella vez, y con el remordimiento de no haber podido ayudar mucho antes de Hanami, no pudo seguir haciéndolo.
Se enfundó el casco satánico y se encajó las gafas de sol sobre el puente de la nariz, arrancando la moto cuando dedujo que Ichinose había ido directamente al Hospital Universitario de Nagoya, el más cercano a aquella parte de la ciudad. Así pues, tras calentar motores, se puso en marcha.
[…] Ichinose había intentado ser lo más discreto que le fue posible.
Después de haber recibido a Shigeru con una camilla y una promesa de que estaría en buenas manos, el representante se había dado prisa en explicarle al médico a cargo de la cuadrilla de enfermeras lo ocurrido durante el recorrido al ala de ingresos. Omitiendo algunos detalles y puntualizando algunos de importancia –como el tema de las drogas–, puso en situación a un doctor que volvió a asegurarle que tendrían noticias lo más pronto posible; alegando después que no debía preocuparse por nada.
Chitose se había aferrado a la camilla hasta perderse con ella por las puertas del fondo; límite que se autoimpuso Ichinose al verse fuera de lugar en aquellos momentos. Emitiendo un angustioso suspiro, y peinándose el normalmente recto pelo hacia atrás, se quitó las gafas y se masajeó sobre las cejas, no pudiendo pensar en nada que no hubiera pensado ya. Así que divagó.
¿Qué haría a partir de aquel momento? ¿Qué le contaría a los medios? Después de hacerse público tal escándalo, dudaba mucho que el estudio quisiera mantener en nómina a alguien que solo les daría mala fama. Aunque también existía la triste verdad de que lo negasen todo y usaran aquel bombazo para ser portada mientras durasen las dudas y la confusión. Ryohei podía simplemente negarlo todo, ya que ninguno de ellos podía hablar abiertamente del asunto sin exponer a Itoh. La prensa amasaría las acusaciones a su propia conveniencia y aquello terminaría cayendo en el olvido, para frustración de los afectados.
Así funcionaban las cosas en un mundo donde los famosos corrompidos parecían ser más importantes que la propia honradez humana. Ichinose, que pertenecía a la farándula, sabía que aunque brillase mucho visto desde fuera, su interior estaba completamente podrido.
—Hey —si aquella voz no pudo arrancarle fuera de sus pensamientos, la mano en el hombro que le precedió si lo hizo—. ¿Cómo ha ido todo? ¿Se sabe algo?
Era Rikiya. Ichinose parpadeó un par de veces, apretó los párpados y se puso las gafas antes de mirar el reloj de pulsera. Llevaba casi veinte minutos sumergido en sus preguntas internas, tratando de solucionar problemas futuros con el único poder de su mente.
—Aún no. Pero supongo que si le han atiborrado de drogas lo primero será un buen lavado de estómago —miró hacia la puerta del fondo y suspiró, cruzando el brazo sobre el pecho y levantando el otro hasta un lado de la cabeza, en actitud preocupada—. Aún no puedo creer que esto haya pasado. Sabía que consentirlo tanto no acabaría bien.
—Nada de esto tiene que ver con que lo hayas o no consentido. Ninguno le dimos el alto cuando debíamos, y aunque lo hubiéramos llegado a hacer nos habría ignorado olímpicamente —opinó Riki, con franqueza. Después de un largo silencio, dónde solo se escuchó el gentío murmurar y los altavoces resonar con algún llamado urgente, añadió:— ¿Es verdad que le violó?
—No. Él no —no le hizo falta especificar más, pues recibió un asentimiento y la mano del joven pidiéndole que no necesitaba detalles—. ¿Qué le voy a decir a su mujer? No sé por dónde puedo empezar a disculparme, aunque imagino que para ella eso no sería un gran consuelo.
—Tú no vas a disculparte por nada —intervino Rikiya, recibiendo una mirada perpleja de Ichinose—. No te dejaré agachar la cabeza por algo que no es culpa tuya.
—¿Y qué sugieres? —dejó caer el brazo y tensó las cejas, frustrado. Y aunque intentó contener el tono de su voz dado el lugar donde estaba, no pudo disimular la ofuscación—. Lo que hay ahí dentro no deja de ser un delito, ¿sabes? Dudo mucho que su mujer se limite a pasar página y olvidarlo todo; y mucho menos teniendo a quién le hizo esto a su marido viviendo al lado. Sabes qué querrá denunciarlo, y sabes tan bien como yo que Ryohei lo negará todo y esto quedará como la nota a pie de página de alguna revista de la prensa rosa.
—No quieras cargar con la responsabilidad de todo, Icchi. O me enfadaré —ladeó una media sonrisa, pequeña y fugaz, y cogió de los brazos al mayor, dándole un apretón cómplice—. Ningún Rey tirano ha estado sentado en su trono durante mucho tiempo. Habrá otros modos de hacerle entender que la ha cagado, y bien.
Ichinose vio su propio reflejo en las gafas de sol, incapaz de atisbar los ojos que el joven músico siempre escondía tras ellas. Le hubiera gustado poder hacerlo para saber de dónde venía toda aquella confianza, o si verdaderamente podía confiar en que todo aquello podría terminar con algo de justicia. Era más que evidente que, después de aquello, no seguiría representando al que se conocía como El Rey del Ranking, y tampoco quería que otro ocupase tal puesto. No era un testigo que desease entregarle a nadie.
—No seas vulgar —lo amonestó, reuniendo algo de normalidad para romper con aquella tensión que le atenazaba las piernas—. Y para ti sigo siendo Ichinose-san.
—¿Incluso ahora…? No me pasas ni una.
—Por supuesto que no —relajó el ceño y pudo respirar hondo sin sentir que le faltaba el aire. Por lo menos hasta que volvió a contenerlo al ver la puerta del fondo abrirse de par en par.
Había dos enfermeros tirando de una camilla con suero, y que giraron a la derecha nada más salir. Tras ellos, el mismo médico al cargo que les había recibido, y que hablaba con Chitose mientras le ofrecía otro pañuelo. Tras varios asentimientos de la mujer y de que el médico cabecease en dirección a ambos hombres, se perdió por la izquierda tras un último apretón reconfortante en el hombro de Chitose, que tras sonarse la nariz se echó el pelo hacia atrás, agobiada.
Rikiya e Ichinose no tardaron en acercarse.
—Se pondrá bien. Le harán un lavado de estómago y unas curas en los desgarros. Físicamente tiene algunas contusiones que no les han parecido preocupantes, aunque quieren mantener vigilada la fiebre. En principio se quedará aquí hoy y mañana, pero en casa tendrá que descansar un buen tiempo —Chitose se explicó de manera clara, aunque con voz nasal. Tenía una pelota de papel llena de maquillaje en el puño, y cuando trataba de respirar profundamente el aire se le entrecortaba.
Ichinose apretó los puños, pues la imagen que tenía frente así resultaba demasiado desoladora para su más que estricta moralidad. Quería disculparse; pegar la frente al suelo si con ello conseguía que la mujer pudiera levantar cabeza. Y volver a hacerlo cuando Itoh Shigeru pudiera verle y aceptar su más sincero perdón. Por no haber sabido pararlo, por haber sido blando, por un todo en general; no importaba ya qué.
Sin embargo, Riki leyó sus intenciones, y antes de que pudiera pensar en inclinarse frente a ella, el músico le puso una mano en el pecho.
—¿Y tú cómo estás, Chitose-san? —preguntó, antes de que la intención ajena adquiriese protagonismo. Se sacó un coletero naranja brillante del bolsillo de la chaqueta y se lo ofreció.
—¿Además de encabronada, quieres decir? —ironizó de forma amarga. Se hizo un moño alto y puso los brazos en jarra—. Preocupada. Muy preocupada. Y la frustración me está comiendo por dentro —sorbió por la nariz y miró a Ichinose—. ¿Dónde lo encontró?
Ambos se devolvieron una mirada de reojo, dudando si contestar o no. Por otro lado, coincidían, incluso sin hablarse, que ella tenía pleno derecho a saberlo. Aunque podían ahorrarse todo lo demás por el momento.
—En el apartamento de Ryohei.
Chitose hizo una mueca con los labios y asintió, concretamente solo tres veces y de forma pausada, como si estuviera procesando tanto la información como su odio.
—Entiendo —con un gesto más recatado, le hizo una leve reverencia al representante—. Gracias por traerle. Me quedaré con él en su habitación por ahora, así que a partir de aquí ya me encargaré yo.
—Llama en cuanto se despierte —le pidió Riki.
—Lo haré, no te preocupes. Y, por favor —añadió antes de que ambos pensaran en retirarse por ahora—, sed discretos con esto. No quiero que Shigeru se lleve más disgustos.
Ichinose tensó las cejas y finalmente terminó por hacer una firme reverencia, pegando los brazos a ambos lados de su espigado cuerpo.
—Cuente con ello.
