14
Había noches que, al entrar en la habitación de Francis, lo conseguía haciendo poses frente al espejo. Si bien se burló al atraparlo las primeras veces, pronto dejó de hacerlo porque no lobraba avergonzarlo. Este le decía que le gustaba mucho verse, y Arthur no quiso saber las razones. Solo cuando encontró en la mesita de noche una cadena de oro que no le pertenecía ni a él ni a su familia comenzó a sospechar. Lo escondió en su bolsillo y aparentó normalidad, aunque ardía en deseos de interrogarle.
Esa noche Francis estaba inquieto al haberse percatado de la desaparición de la joya. Revisó la habitación con disimulo, también el resto de la casa, sin poder fingir por largo tiempo que todo estaba en orden. Llamó la atención hasta de sus hermanos, que al preguntarle qué le ocurría Francis se turbaba y no sabía qué responder.
-Nada, no es nada, tonterías mías. Debe ser la luna -y se largó de la habitación, metiéndose en otra y comenzando a revisar.
Estuvo a punto de rechazar a Arthur cuando lo llamó a su habitación, pero tras varios segundos de vacilación, decidió entrar y hacerle compañía. Al probar sus labios, Arthur los encontró fríos y temblorosos. Parecía angustiado de verdad y, por muy actor que fuera, se le estaba empezando a notar a leguas.
Aparentando no darse cuenta de esto, le dio besos que fueron correspondidos con dificultad.
-Hoy no pareces el mismo, ¿te pasa algo? -preguntó, y Francis se estremeció sin que el placer tuviera nada que ver.
-No, estoy bien. Sigue.
-Estás sudando y estás frío. Si te enfermas serás una carga.
-No estoy enfermo.
-¿Y entonces?
-Bésame más. Solo necesito que me quieras.
-Pero si yo no te quiero...
Francis fue quien le desabotonó la camisa, y a Arthur no le gustó que usara el sexo para distraerlo. Lo tiró a la cama sin delicadeza y le apretó del cuello, haciendo presión.
-¿Cómo es que de repente tienes posesiones de valor? -le preguntó ya sin poderse contener. Le retiró la mano para que pudiera contestarle, pero se mantuvo inflexible clavándolo en la cama e impidiéndole todo movimiento.
-¿De qué hablas...? Oh.
A Arthur le sorprendió la expresión que fue adoptando al mirarlo, como si le tuviera miedo, un miedo intenso, y no supiera cómo desaparecer en aquellos momentos. ¿Le temería de verdad? ¿Creía que era capaz de cualquier cosa para castigarlo?
-¿Dónde lo tienes? Lo necesito -repuso Francis-. Es un regalo viejo. Iba a venderlo para obtener algo de dinero por él.
-¿Quién te lo dio?
-Un viejo amigo. Hace ya mucho que no nos vemos, fue su último regalo.
Arthur se levantó y fue hacia el cajón donde había guardado la cadena de oro. Estaba seguro que le estaba mintiendo, pero no podía simplemente botar la cadena y darle el dinero que planeaba pedir por ella. Detestaba no estar bajo el control de la situación, desconociendo las verdaderas intenciones de Francis. Y volvió un miedo que ya creía superado.
¿Y si se iba? ¿Y si ya había otro? ¿Y si algún día llegaba y se encontraba con que se había ido? Detestaba aquella dependencia, pero no quería perderlo. Lo quería junto a él, al menos por ahora.
(Y por los siglos de los siglos)
Se sentó en la cama, dándole la espalda y sin fuerzas para echarlo. Si le veía la cara querría destruírsela, porque ¿qué era lo que los demás veían en él? Podría golpearle, dejarlo ciego, arrancarle el cabello, machacarlo hasta desfigurarle, así nadie más que él volvería a poner sus ojos en Francis. Pero no, no conseguiría nada hiriéndolo hasta que el daño fuese irreversible. No quería que volviera a mirarlo con miedo, como si pensara que fuera capaz de lo peor.
Recibió un beso en la nuca, y dos brazos le rodearon. Arthur no lo alejó, pero bajó la cabeza e intentó disipar sus pensamientos (el golpearle hasta dejarle claro que lo iba a pagar muchísimo más si le estaba mintiendo).
-No tengo ganas. Vete -murmuró, conteniendo la rabia. ¿Qué le estaba ocurriendo? Él no era así.
-Me parece tonto que te molestes por un regalo así -le repuso, con voz melosa, intentando que bajara sus defensas.
-Francis. Vete. Ahora.
Su tono de voz había adquirido un matiz amenazante. Francis se separó y se levantó de la cama.
-Eres un niño -le acusó antes de irse.
No, se dijo Arthur, un niño no sería capaz de matarle en caso de que lo estuviera engañando.
(Y, adivina, yo sí.)
El incidente de la cadena de oro quedó olvidado a los días y ambos decidieron dejarlo pasar, aunque a partir de entonces Arthur estuvo más pendiente de todo cuanto hiciera Francis, sospechando de cada acción inusual de él. No podía seguirlo, porque sería el colmo de la paranoia, pero sabía que salía de la casa una vez los demás se marcharan pero era el primero en regresar por la tarde. ¿Qué hacía en ese tiempo? ¿Para donde iba? Las respuesta de Francis a este enigma eran triviales, como pasear por la playa o recordar viejos tiempos en el parque. En resumen, ser un vago de pies a cabeza.
Manon tampoco era de ayuda. Las veces que salían juntos no iban a ningún lugar cuestionable, sino a tiendas de ropa, audiciones de teatro, librerías y dulcerías. Nada de lo que Arthur pudiera sacar algo de provecho. Estuvo a punto de sobornar a Gilbert (Sakura era imposible de comprar) para que averiguara como un detective privado, pero desistió de la idea cuando comprendió que Gilbert no era discreto y que no solo se enteraría Sakura, sino media universidad.
No valía la pena, se decía, aunque comprobara que Francis todavía no vendía la cadena de oro. Para despejar su mente del tema que lo obsesionaba, se metió en una tienda de discos y miró las novedades intentando tener interés. No había nada que él ya no tuviera, pero se preguntó qué clase de música le gustaría a Francis, nunca había sido un tópico en su conversación. Tampoco decía nada cuando él colocaba su ipod en las cornetas y dejaba al rock sonar.
Entonces fue cuando lo vio, el supuesto amigo de Francis que lo había echado del apartamento, todavía de negro y maquillaje en los ojos. El hombre también lo miraba, pero pronto bajó la cabeza hacia los discos, como si estuviera abstraído por ellos. Arthur se le acercó, decidido a despejar dudas que de otro modo no podría aclarar.
-¿Qué tal? -comenzó-, tú eres el de la otra vez. Con Francis.
-Mike -se presentó, sin mucho ánimo-. Y tú debes ser su nuevo novio, ¿no?
-No somos nada -masculló, sin saber en qué parte estar más ofendido, de que fueran llamado novio o nuevo.
-Ya, disculpa, es lo que suele hacer.
-¿Qué cosa?
-Conseguir amantes que lo mantengan -dijo como si fuera obvio. Se encogió de hombros luego-. Engatusa a todo aquel que quiera, le saca dinero y regalos y cuando ya está bien, los deja. Así fue como consiguió el puesto, por mucho que cuente otras cosas.
Su sangre había comenzado a hervir de pura ira. Aquel era un antiguo amigo, debía conocerlo mejor que otros, y que él.
-¿Qué puesto? -siguió indagando, controlando el impulso de conducir a su casa y abrirle la cabeza de un certero disparo. Tenía las armas. Tenía la disposición.
-El que tiene ahora en King Models -le dijo, y pudo distinguir un tono de amargura-. Se acostó con el director y le dieron el empleo.
Aquello era más de lo que podía soportar.
Intentó calmar sus impulsos pero era difícil, su cabeza le daba vueltas a mil ideas de venganza tan inverosímiles que nunca llegarían a concretarse. Estacionó el coche y entró en su casa convertido en una furia en busca de la sangre que en vano lo aplacaría. Aquel maldito lo había estado engañando, se había acostado con otros, lo estaba utilizando para conseguir cosas. No era más que una herramienta que se podía manipular. Se sentía como si antes hubiera usado una venda en los ojos.
No consiguió a Francis en la cocina, en su lugar estaba Manon, quien se comía un pudin de chocolate.
-¿Está Francis?
-No ha llegado todavía. Oye, ¿te sientes bien? Tienes mala cara.
-Estoy bien.
Arthur fue hacia la habitación de criados que había arreglado para hacerle sitio. Impecable, pero sin nada. Se sentó en la cama y cerró los puños. Quería destrozarlo tanto.
-Primo, ¿en serio estás bien? ¿Qué ha pasado? -Manon se acercó, y se sentó a su lado. Le acariciaba la espalda con cariño, buscando aplacarlo.
-Francis -decidió soltarle, incapaz de mantenerlo guardado para sí-. Francis usa a sus amantes para su beneficio. Se acuesta con ellos pensando en lo que va a ganar.
-¿De qué estás hablando?
-Consiguió un puesto en una compañía de modelos porque se cogió al director. Y ahora yo me lo tiro cada vez que puedo y le doy techo y comida y... -no, no diría lo último, era demasiado cursi para expresarlo en voz alta.
-¿Dónde lo has escuchado? Eso es terrible.
-Me encontré con un amigo suyo.
-¿En verdad es amigo de Francis?
-No realmente, se han peleado y no sabía por qué hasta...
-No me parece una buena fuente -le cortó Manon-. ¿Por qué no mejor le hablas directamente a Francis sobre esto y que él te diga la verdad? No veo otro modo.
-Va a mentir. El muy hijo de puta va a mentir.
-¿Y si en cambio es sincero? -Manon le abrazó, y le tomó de la mano temblorosa. Estaba fría, ¿la habría asustado con su actitud?-. Solo cálmate, no merece la pena que te pongas así. Cuando le hables, mantén la calma, hasta estás temblando.
-De pura rabia.
Cólera, aquella era la palabra. Sin embargo, había algo en la manera de abrazarle de Manon que lograba amainar su ira, tan solo un poco. Le correspondió al abrazo y se dio cuenta que su prima temblaba también, de miedo, de incertidumbre. Se sintió bastante mal. No quería desbocar su corazón en un baile frenético, ni ser responsable de sus lagrimas.
-Lo haré. Me voy a calmar y le hablaré como tú dices.
Francis llegó poco después. Miró sorprendido a Arthur que estaba acomodado en la sala, con la televisión encendida en un reality show más. Éste lo apagó al verlo y repasó a Francis de pies a cabeza. Pensó en su ira anterior, en los ruegos de Manon, en la realidad que temía tanto que de solo pensarlo... no, debía serenarse y hablarlo. Ya no era un niño.
-Tenemos que hablar -dijo cuando Francis se sentó a su lado.
-¿Sobre qué?
-Tú.
-Mi tema de conversación favorito -Francis sonrió, incluso cuando Arthur arrugó el ceño.
-Hoy me he encontrado con alguien que te conoce y ha dicho cosas muy desfavorables sobre ti.
-¿Sí? ¿Quién ha sido?
-Eres un oportunista que engañas a quienes... sacan provecho sexual de tu cuerpo. -No encontró otro modo mejor de decirlo.
-¿Provecho sexual?
-Le sacas dinero y regalos y. Hasta consigues puestos de trabajo.
-Arthur. Habla claro -repuso Francis, ya irritado. No tenía derecho, allí el ofendido era él.
-Me han dicho que ahora eres modelo. Y te conseguiste el puesto porque te acostaste con el director.
-Eso es una tontería. Una maldita mierda.
Arthur no se esperó la grosería, menos que hablara con un tono de violencia que nunca antes, ni en sus peores (mas justificados) tratos le había escuchado. Ya no quedaba rastro de su expresión usual, ni de la sonrisa, ni su mirada serena.
-Sin embargo, es lo que se dice. Hasta mis amigos lo dicen. Todo el mundo. Y tú lo crees porque eres tan inseguro sentimentalmente que me ves denigrándome porque con el talento no me basta. Tú. Es lo que me faltaba.
-¿Es mentira? -preguntó Arthur, sin poderlo evitar.
-¡Es envidia! -le replicó. Jamás le había visto las mejillas tan sonrojadas, ni el rostro tan furioso-. Su orgullo no acepta que un amateur como yo tenga mas éxito en entrevistas de trabajo que ellos de manera honesta y recurren a las suposiciones. ¿Te digo algo? Cada ladrón juzga por su condición. Yo no me acuesto con alguien por intereses de por medio. Nunca.
-¿Cómo creerte? -preguntó Arthur, y supo que lo estaba arruinando-, ¿qué hay de la cadena de oro?
-¿Todavía con eso? ¡Ya la vendí! Y el dinero me ha servido para pagar viejas deudas. No tengo nada de nadie.
-No me creo que haya sido un regalo.
-Cree lo que quieras. Hazle caso a los rumores. Pregúntale a la persona que te ha informado cómo la conseguí, así te quedarás satisfecho.
-No tienes por qué ponerte así.
Francis soltó un resoplido y se levantó. Arthur tuvo deseos de detenerlo, de explicarle los motivos de que sospechara de él y que no tenía nada que ver con que fuera inseguro sentimentalmente, pero Francis cuando quería podía caminar rápido.
-¿Eso era todo lo que tenías que hablar?
-No... Sabrás que tengo razones para creer esos rumores, tú eres...
Pero no pudo decirle lo que era, porque ya Francis había salido de la habitación. Tenía la impresión de que lo había arruinado bastante, pero ¿qué quería que pensara si no era una persona confiable y no le decía nada sobre su vida? ¿Él, inseguro? Bah.
Bah. Bah. Bah. Bah.
Manon entró, entonces, siendo el ejemplo mismo de la seriedad.
-¿Qué?
-Tendrías que tener mucho más tacto.
-Es su culpa si se altera de nada.
-Lo has herido.
-Lo ha tomado a mal.
-Tanto como tú.
Se estaba comenzando a molestar, ¿él que tenía la culpa de los rumores? Si existían era porque había dado la base para ser calumniado.
-¿Por qué te cuesta tanto hablar con él?
Arthur no tenía idea.
-¿Sabes cómo disculparte?
-Necesito más aclaraciones. Él no me dice nada sobre, bueno, él.
-Hagamos algo. Yo hablaré con Francis. Será lo mejor para los dos.
N/A: No, no tengo mucho que decir esta vez. Disculpen la espera :')
