Opio
Capítulo XIV
… Le empujó contra el árbol con suavidad y ambos, entre besos, fueron bajando lentamente hasta la fría nieve. Ren se recargó en sus codos, el ainu sobre él, sin detenerse; los besos iracundos…
Mientras el japonés se dedicaba a asuntos más importantes, el más bajo empuñó una porción de nieve con su mano izquierda: cerrando los ojos interpuso el truco entre el rostro de Horo y su mano izquierda, con brusquedad. Logró distraerlo y así se levantó con agilidad, respirando muy exaltado a causa de tanto sentimiento encontrado, de aquellas acciones burdas y confusas, de tanta atracción…
Ren apoyó un codo en el tronco del árbol astillado y se quedó viendo a Horo lo más frío que pudo, mientras los cabellos violáceos que aparentaban verse más oscuros reposaban sobre su rostro y frente, cansado, levemente transpirado. Cuánto fastidiaba ese brillo nacarado en su piel… con el frío se sentía horrores.
Se llevó una mano a la frente para acomodar su cabello, brusco como era, y dando una última mirada al de abajo, tomó a Horaikken entre sus manos temblorosas, amenazante.
Las pupilas arándano se alzaron curiosas, la mano aún apoyada en la fina nariz respingona quitando los restos de escarcha impávida del perfil. Los ojos asustados, volteando a encontrarse con los jaldres de Ren, ahora inundados en enojo e inseguridad. Horo estaba apoyado en sus rodillas: se levantó con pesadez, algo dudoso. Sonrió infantil, intentando comprender el juego del mandarín…
"Esa sonrisa tan dulce…"
Ahora Ren estaba asustado y lleno de rabia, tembló al apuntarle al recién llegado con la hoz de media luna. Frunció el ceño y movió la cabeza con violencia para así apartar los molestos cabellos que vagabundeaban húmedos. Los ojos vengativos, resentidos…
Tanto le había extrañado y el muy desconsiderado volvía en un año eterno, como si nada, como si fuese así de fácil corregir los errores. Bufó, exhalando todo el aire pesado e inundado de rencor, que se marcaba difuminándose como una jugarreta desvanecida, terrible y cruel, que no perdona.
Porque así era Ren. No perdonaba, no olvidaba. No amaba… ¿Verdad?
La sonrisa se borró de inmediato del rostro infantil del mayor, de sus labios, siendo éstos recubiertos por la sorpresa, apenas… temor incluso. Un escalofrío recorrió su espalda fuerte, ahuyentando el calor que antes le había recorrido tan fervoroso. Esa sensación que hace un rato había sido tan reconfortante e incitadora ahora se volvía terriblemente desagradable.
--
Calma… había sólo unos minutos para conservar la calma y hacer parecer que no había ocurrido nada, que todo seguía tan normal como antes de su llegada… caminó a las afueras del dojo, consciente de que el ainu le seguía, pero sin mirar atrás. ¡No sabía qué demonios hacer¡Quería quedarse solo de una vez! Que le dejara en paz…
- ¿Dónde dejaste tu equipaje? –preguntó Ren sin verle a los ojos, evadiéndolo dentro de lo posible.
Y es que casi era imposible teniéndole así de cerca y prácticamente a su merced… Pero tenía que imponerse a una situación tan absurda, tenía que controlarse y aparentar: no había estado a punto de clavarle la hoz hace un rato, no le había distraído con la nieve… no le había besado. Era un sueño como tantos que ya había tenido. Un sueño que se asemejaba más a una pesadilla del mundo al revés.
Horo tomó un color bastante semejante al de un durazno, se encogió de hombros y partió corriendo en dirección contraria. Había dejado el equipaje botado por llegar lo antes posible…
Por fin un respiro… podía dejar de contener el aliento y soltar un suspiro profundo. Estaba solo un momento, pero no había tiempo para pensar demasiado las cosas, tampoco era bueno hacerlo porque ambos podían arrepentirse y desistir.
¿Era lo correcto¿No debió haberle golpeado por propasarse y creer cosas que no eran…? No, porque todo apuntaba a que las cosas sí eran, no podía engañarse, se moría de felicidad al advertir la necesidad del ainu, sus sentimientos… incluso su ingenuidad.
Cuánto fastidiaba el deseo de sentir eso de nuevo, de ser…
- Agh, maldito miserable…. –Ren se mordió los labios, estba harto, pero aún así se podía notar una pseudo-sonrisa muy disimulada.
… De ser besado por ese imbécil de nuevo. Se sentía hecho un tarado, pero le deseaba tanto que casi no podía controlarse… se tomó el cabello entre los dedos, con fuerza.
- Nh… te odio… -murmuró muy bajito, en un gruñido, y se echó de espaldas al suelo, harto.
- ¿De verdad…? –Horo sonrió burlón, le había escuchado. Sus ojos estaban fijos en los de Ren, las cejas alzadas y el temple malintencionado, como niño que planea una travesura.
El rostro pálido como la porcelana había hecho la languidez a un lado: adoptando un color similar al rojo de una cereza. Los ojos jaldres brillaban con esmero e indecisión, las manos jugueteaban con los broches de su gabán rojo oscuro.
- Mnh… -
- ¿Qué demonios?
- No debía ir tan rápido…
- ¿El qué?
- ¡Demonios Ren, no te hagas el tarado!
- Puedes irte a freír monos al África, Hoto - el aludido agradeció en secreto el gesto de la estúpida de Tamao, que en ese momento llegó con una bandeja con un par de tazas de té verde –mandato de Anna-, y muy abochornada y triste se fue lo más rápido que pudo.
- P-pero…
- No hay peros. –Le dio un sorbo a su taza y alzó la mirada, fija en el techo.
- ¿Algo que decir…? –Horo desvió la mirada, abochornadísimo, con un gesto de berrinche infantil.
- ¿De qué…?
- D-de… ¡Ren no hagas eso!
- ¿Hacer qué?
- Hacer como si… no hubiese pasado nada.
- No pasó nada.
- Sí pasó.
- Que no…
- ¡¿Quieres pelear?!
- Mfh… -otro sorbo lento a la taza de té, en los labios del Tao.
- ¡VAMOS AFUERA AHORA MISMO!
- Estamos afuera… idiota –susurró y se mofó, dando el último sorbo, el más amargo.
- Deja de beber esa cosa tan tranquilamente y mírame de una vez, tenemos que hablar.
- No se me antoja hablar.
- ¿Por qué demonios haces esto?
- ¿Qué cosa…? –reiteró, dejó la taza a un lado y se cruzó de brazos.
- ¡No me hagas decirlo, te advierto!
- No seas ridículo.
- ¡Al menos protesta, o haz algo! –lo asió por los hombros.
- ¿Por qué debería?
- ¡Porque es importante, mierda! –lo zamarreó intentando hacerle ver.
- No quiero.
- Ren… -lo soltó, vencido.
- Yo mañana me vuelvo a China y seguimos como si nada¿de acuerdo? No te sientas mal, yo lo tenía pensado desde antes, no lo hago porque se te ocurrió llegar justamente ahora. Las cosas no son tan fáciles, bienvenido al mundo. –Sentenció levantándose del suelo, sin verlo.
- … ¿Tienes que ser tan tonto?
- Debiste pensar mejor las cosas.
- ¿Quién eres tú para decir qué es bueno y qué es malo?
- Supongo que Ren Tao. –Sí, estaba siendo irónico, y le costaba muchísimo porque había esperado el momento de verlo con ansias, pero era un error el estar así. Y no lo hacía por la Dinastía, lo hacía porque pensaba que… si a Horo le hubiese importado… se hubiese quedado, jamás hubiese ido a Hokkaido. Pero los 'hubiese' eran infinitos y no valía la pena seguir torturándose.
- Lo haces porque no soy una chica¿verdad?
- Sí.
"No fui yo quién se fue pretendiendo omitir esto que ahora es tan fuerte…"
- ¡¿De verdad?! –Horo le imitó y se puso de pie frente a él. Ya lo pasaba notablemente en cuanto a estatura se refería.
- De verdad.
- ¡¡Pero a mí no me importa!!
- Cállate.
- No quiero.
- Hoto, te callas.
- Si sigues así voy a golpearte, Ren.
- Hazlo si te place, pero no creas que no voy a defenderme.
- Maldito…
- Ah, y otra cosa… no quiero que nadie sepa de esto. Haz como si no hubiese ocurrido¿bien?
- ¡Les diré a todos!
- Entonces te irás conmigo.
- ¡NO HARÉ NADA QUE TÚ ME DIG--…! –Horo retrocedió unos pasos y le vio fijo a los ojos, dudoso, totalmente dudoso. ¿Qué había dicho?
- No quiero protestas, imbécil.
- Siempre es un agrado que me llames así… -bufó y frunció la boca. Detestaba –y le encantaba- que Ren le mangoneara así… tenía que aceptar que le había extrañado como a nadie en el mundo. Sacudió la cabeza ante pensamientos tan perturbadores.
- Siempre es un honor llamarte así, idiota.
- ¿Entonces…? –le vio desafiante. De verdad había creído que era una broma. Se llevó el dedo índice a la barbilla, y dirigió su mirada a cualquier lugar. Nada importaba demasiado. Estaba de pésimo humor.
- Entonces no saques nada de las maletas, nos vamos en dos horas.
- ¡¿QUÉ¿Es en serio?
- No suelo bromear, retardado…
- Agh…
- Y no creas nada que no es, digamos que somos muy buenos… -tosió- amigos.
- P-pero…
- No hay peros, ya te lo dije.
- Oye…
- Y no creas que China es la octava maravilla. Bueno, ya has visto una parte de la mansión, los calabozos…
- ¿Pero qué significa esto?
- Nada en realidad. Mi padre está agonizando y es necesario que alguien se encargue de la Dinastía. Jun es mujer y se lo tienen prohibido.
- ¿Y…?
- Y no podía llevarme a Yoh porque Anna se moría. Necesito un sirviente real y tú estás de turno… -hablaba pausado mientras caminaba hacia uno de los pasillos de Funbari Onsen, sabiendo que Horo le seguía. Bufó. Era tan difícil fingir, pero no tenía de otras… era lo que había planeado hace unos minutos pues las soluciones no eran muchas. Si bien era cierto que en un principio se iba solo…
- ¿Cómo sabes?
- Es obvio. Se casan luego… y Anna está embarazada. –Dijo simple, como si fuese lo más normal. Horo se inquietó y abrió los ojos de par en par, como un par de platotes.
- Ren…
- No puede dejar a ese crío solo. –Corrió la pasadera de la puerta de su habitación y comenzó a sacar toda su ropa del armario.
- ¿Y cómo fue eso…?
- Yo qué sé¿crees que me interesa verlos haciendo sus cosas¿Qué acaso no te fijaste en la pancita de Anna¡Qué pelota eres!
- ¡Oye…! Recién llegué…
- Bueno, eso no importa.
- ¿Y tenías planeado ir conmigo de antes…? –preguntó ya recuperándose. No había reparado en lo de 'sirviente', ni en el viaje en sí. Tenía sueño y hambre, pero ahora estaba lo más importante frente a sí y aguantaría cuanto fuera necesario… ya había hecho tanto.
- No, pero así es la vida.
- ¿Quieres llevarme de veras?
- No, pero eres el último recurso. –Alzó las cejas y tiró algunas cosas a un lado. No tenía necesidad de llevar nada, si algo no hacía falta allá… era la ropa, y el dinero.
- ¡Oye! Eres bien orgulloso…
- ¿Y…?
- ¡Y tarado!
- Muy bien¿eso es todo?
- Mnfghnh…
- Vete a gruñir a otro lado, voy a cambiarme.
- A… etto… -Horo se sonrojó a más no poder. Antes solía cambiarse frente a él y no importaba, pero ahora… Desvió la mirada.
- Vete…
- P-pero da igual… ¿no? Es decir, no creas que quiero verte pero…
- Es mejor prevenir que lamentarse, Hoto. Sal de aquí. –Alzó las cejas desafiante y se cruzó de brazos, altivo.
- ¡¿Lamentarse de qué¡Oye, tenemos lo mismo! –infló las mejillas, protestante.
- Eso no quiero saberlo… -alzó las cejas y desató los broches de su vestuario tradicional chino.
- Agh… te detesto. –Horo se cruzó de brazos y salió de la habitación.
- Y yo a ti… -gruñó Ren, ya solo, disponiéndose a terminar de desvestirse y cambiarse ya para irse a dar un baño. El último en ese lugar…
Qué extrañas eran las cosas. Pareciera que su mundo se había puesto de cabeza de un día a otro. Y así era. No precisamente de un día a otro, pero más o menos… era mentira lo de En Tao agonizante, lo cierto era que le habían ordenado irse ya a practicar a China, sólo como precaución, pues era cierto que era él el sucesor del legado, de la Dinastía Tao.
No lo ambicionaba en absoluto, pero sería un interesante desafío eso de los entrenamientos, comenzar de nuevo… con Horaikken.
Ya dejaría libre a Bason… le pediría a Anna el descanso eterno para él. Ya no le importaba ser un shaman, ni ser el más fuerte.
Ahora sólo importaba una cosa… pero no iba a admitirlo todavía, hasta que la decisión fuese más firme, hasta que todo estuviera seguro.
Se amarró una toalla blanca a la cintura, y tan erguido y superior como era, abrió la puerta corrediza y se dirigió al baño termal más vacío que encontrara… Hace un tiempo solía hacer las cosas así, porque estaba tan solo que ya casi no compartía más que con Yoh a ratos, cuando no era esclavizado por su adoradísima Anna.
Agradeció el no divisar cerca al ainu perturbador y en una sonrisa maliciosa dio un movimiento rápido y se internó en las termas.
---
RUEGO reviews, NECESITO saber qué piensan... gracias.
