NA: ¡Hola! Antes que nada, quería disculparme por la tardanza. Realmente quería escribir un buen capítulo que cerrara esta historia, y la verdad es que ha sido un poco difícil hacerlo. Para seguir, me gustaría agradecer a todas esas personas que han seguido mi fic hasta el final... Para alguien que pone toda su alma y su corazón en algo así, es muy importante que haya personas a las que les guste... Que lo que hagas entretenga o ayude a alguien a evadirse un ratito del mundo es una sensación única y especial :)
Así que muchas, muchas gracias por leer mi historia y apoyarme. Hoy traigo el último capítulo, aunque al final del mismo os encontraréis otra pequeña sorpresa :)
No os entretengo más, ¡a leer!
Capítulo 13: La lágrima.
—¿Y bien? —preguntó mi tía con voz nerviosa a la vez que sostenía a aquel muchacho frente a mí, unos pasos más allá.
Él se encontraba de rodillas en el suelo, e intentaba por todos los medios no hacer una mueca de dolor por la manera en que ella lo agarraba del pelo. Posé de nuevo mis ojos en él, sin saber muy bien qué parte de su deforme y desfigurado rostro mirar. Era difícil hacerlo, repugnante.
—No… No puedo estar seguro —dije al fin, con un hilo de voz.
De repente, un escalofrío recorrió mi columna vertebral. Sentí una mano fría como la muerte rozar la piel de mi nuca. No necesitaba girarme para saber con certeza que aquellos dedos congelados eran los de mi padre. Por el rabillo del ojo vi cómo acercaba su rostro al mío. Aquella proximidad me permitió sentir su aliento cuando, con sumo cuidado, susurró unas palabras en mi oído.
—Draco, fíjate bien, ¿quieres? —pidió él, con una mezcla de excitación e impaciencia en la voz—. Piensa en la recompensa del señor Tenebroso si le entregamos en bandeja al mismísimo Harry Potter… Nuestras deudas serán saldadas, ¿lo entiendes? —hizo una leve pausa, en la cual me obligó a girar la cabeza para mirarme a los ojos. Su aspecto demacrado parecía volver a albergar algo de esperanza—. Nos perdonará todo, Draco… Todo volverá a ser como antes. El nombre de los Malfoy volverá a ser respetado.
Alguien a nuestras espaldas decidió romper el silencio de la estancia, que parecía más lúgubre y oscura que de costumbre.
—¿Es que acaso se ha olvidado quién ha sido el que realmente los ha capturado? —la voz de aquel carroñero, que parecía ser el líder del grupo, sonaba acusadora y algo desconfiada.
—¿Cómo te atreves a hablarme así en mi propia casa? —gritó mi padre. Profirió tal alarido que di un respingo del susto. Acababa de perder el poco sosiego que quedaba en él en ese mismo momento. Tal fue la rabia que le provocaron las palabras de ese hombre, que apretó inconscientemente los dedos de su mano alrededor de mi cuello.
Sentí los pasos de alguien acercándose, y unos segundos más tarde, los aprisionadores dedos de mi padre dejaron de clavarse en mi piel, donde estaba seguro de que habían dejado huella.
—Tranquilo… —escuché susurrar a mi madre, que se encargó de llevarse a mi padre de la mano hasta su posición.
Fue entonces cuando Bellatrix clavó sus largas y sucias uñas en mi brazo. Me agarró con fuerza y me llevó donde el muchacho esperaba, postrado de rodillas. Luego, presionó mis hombros y me hizo agacharme hasta la altura del chico. Ella también se agachó, sin quitarme el ojo de encima.
—No seas tímido, cariño. Ven, acércate… —pidió—. Míralo bien, cielo —no pude evitar estremecerme. Bellatrix Lestrange no conocía el amor. Por eso, siempre que escuchaba palabras de afecto salir de su boca, sabía que no eran más que el augurio de una desgracia aproximándose. Aquello era algo que había aprendido desde bien pequeño.
Dudé unos segundos antes de volver a mirar a aquella persona a la cara. Ya lo sabía. Lo supe desde el primer momento en que lo vi. Él era aquel muchacho que tanto ansiaba encontrar el señor Tenebroso para terminar el trabajo que un día dejó a la mitad. Él era el motivo por el que magos y brujas del lado oscuro se habían movilizado para buscarle. Era él… Harry Potter.
—¿Y bien? —repitió mi tía, subiendo el tono de voz.
Fui consciente del vínculo visual tan fuerte que habíamos establecido. Él y yo nos mirábamos tan fijamente que ninguno fue capaz de apartar la mirada del otro ante la impaciencia de Bellatrix.
Sentía cómo cada segundo que pasaba aumentaba la tensión entre aquellas cuatro paredes. Sentía también los ojos de todos los allí presentes clavados en mi espalda, expectantes. Ni la malvada mujer de cabellos sucios y enredados que se encontraba a mi lado se atrevió a abrir la boca para decir nada más. Todos me estaban esperando. Me estaban dando tiempo. Estaba seguro de que pensaban que tal vez no encontraba las palabras adecuadas, o que simplemente me estaba entreteniendo en comprobar que aquel chico era realmente el que todos buscaban, debido a la gravedad de las consecuencias que podría acarrear aquella acusación.
Si resultaba que simplemente era una versión fea del niño que vivió, mi familia y yo no tendríamos mundo para huir de la furia del señor Tenebroso…
Sin embargo, lo que estaba intentando hacer era encontrar las palabras adecuadas para definir lo que transmitía su mirada. Al principio pensé que era miedo… El hecho de haber sido capturado y puesto a disposición de una familia de mortífagos que, sin duda, lo entregarían al señor Tenebroso, debía parecerle terrorífico. Incluso yo, que no corría ese riesgo, sentía miedo en aquella habitación… Sin embargo, luego aprecié que su ceño no estaba tan fruncido como para considerar que sintiera congoja o angustia. Después, creí que se trataba de una súplica silenciosa. Creí haber apreciado en sus ojos un atisbo de algo que me pedía clemencia, que me rogaba que no lo delatara… Pero sólo fue unos cuantos segundos, pues enseguida noté, por cómo me sostenía la mirada, que no esperaba que yo hiciera nada por sacarlo de aquel entuerto. En ese mismo instante supe que él ya lo había dado todo por perdido, y que lo único que mostraba su mirada era resignación. Simplemente estaba a la espera de que lo acusara de ser el elegido, porque lo haría, porque no podía ser de otra manera. Se suponía que él y yo éramos enemigos declarados, que entre nosotros no existía otra cosa que la rivalidad que nos había llevado a odiarnos durante todos nuestros años en Hogwarts, a detestarnos, a hacernos la vida imposible el uno al otro… A desearnos incluso la muerte.
Entendí entonces la situación. Tantos años después, y sin ni siquiera haber tenido la necesidad de mover un dedo, lo tenía frente a mí, esperando pacientemente que salieran de mis labios esas palabras que lo sentenciarían para siempre, esas palabras que tenían la capacidad de mandarlo directo a la tumba, esas palabras que significaban que, después de todo, había perdido… Y que yo había ganado.
Harry Potter esperaba que yo, Draco Malfoy, lo sentenciara a morir.
Tragué saliva con dificultad y me aclaré la seca garganta antes de hablar. Estaba preparado para decir lo que tenía que decir.
—No estoy seguro —susurré, extendiéndose mis palabras a cada rincón de aquella habitación.
Las reacciones a mi mentira no tardaron en llegar.
—¡Cobarde! —bramó mi tía, dándome una bofetada tan fuerte que me hizo caer al suelo—. ¡Llevadlos al calabozo! —ordenó—. ¡No, a ella no!
Mientras decía aquello, Bellatrix se levantó e hizo que Potter hiciera lo mismo. Caminó con suma rapidez, atravesando la habitación y entregándole el susodicho al carroñero que sostenía a Hermione.
—Te la cambio —dijo, con un tono de voz infantil que ponía los pelos de punta—. Tú y yo vamos a tener una charla, de mujer a mujer.
No. No, no.
Después del bofetón me había apresurado a levantarme del suelo… Pero aquellas palabras provocaron que me temblaran las piernas repentinamente. No supe cómo fui capaz de mantenerme en pie a partir de entonces.
Hermione parecía clavada en el suelo. No se movía lo más mínimo. Estaba muerta de miedo. Aunque sabía que no lo merecía, me permití mirarla unos segundos. ¿Había perdido peso? Me di cuenta de que ahora no era su pelo lo más caótico de su persona, sino sus ojos. Sin duda, lo más triste de ella en aquel momento era su mirada. Con aquellos caídos y llorosos ojos, marcados por unas enormes ojeras oscuras, observaba horrorizada cómo esa mujer con la que yo compartía sangre se acercaba lentamente y aproximaba su rostro al de ella hasta quedar a sólo unos centímetros de distancia.
De repente, y sin mediar palabra, Bellatrix golpeó a Hermione con el puño cerrado. Ésta cayó al suelo de rodillas, conteniendo la respiración. Presenciar aquello me dolió más que mi propio bofetón. Sin saber cómo reaccionar, observé cómo mi tía le daba una patada en el costado, haciendo que Hermione terminara con la mejilla sobre la fría superficie de la habitación. Enredó sus dedos en su cabello y la agarró con fuerza, tirando de ella, forzándola a girarse y quedar boca arriba.
—Esa espada, la que llevabas en tu bolso, debía estar en mi cámara de Gringotts —señaló ella mientras se ponía sobre Hermione, inmovilizándola—. ¿Qué otras cosas habéis sacado tú y tus amigos de mi cámara? —prosiguió, alzando la voz a medida que hablaba.
—Yo… Yo no he sacado nada —respondió Hermione entrecortadamente.
El sonido de su voz me dejó totalmente devastado. Sentí náuseas, algo se revolvía convulsivamente en mi interior.
Tal vez fuera mi conciencia.
Había estado tanto tiempo teniendo esas visiones de una Hermione muda en mi cabeza, que volver a escucharla había provocado que entendiera que, si la imaginaba siempre callada, era porque inconscientemente temía todos esos reproches que la Hermione real, sin duda, me habría hecho.
Entonces, abrí los ojos. No recordaba cuándo los había cerrado. Tal vez el cuerpo fuera más sabio de lo que dicen: el mío intentaba ahorrarme aquella visión que sabía que me supondría un tremendo sufrimiento más adelante.
—No te creo —susurró Bellatrix, sacándome de mis cavilaciones.
—No he sacado nada —repitió Hermione, con la voz quebrada y los ojos cerrados con fuerza. Estaba aterrorizada.
—¡No te creo! —gritó la mujer, y acto seguido sonrió como solo una persona desquiciada lo haría.
Mi tía se inclinó sobre el brazo izquierdo de Hermione, quien empezó a gritar de dolor.
Mi cerebro se colapsó con el primer alarido. De repente, empezaron a acudir a mi mente imágenes borrosas de todos los momentos que había pasado con ella. No entendía por qué, pero lo agradecí. Sin pensarlo dos veces, y sabiéndome cobarde, me permití evadirme de la realidad. Me perdí entre aquellos recuerdos y me concentré en mirar a la Hermione de mis pensamientos con más atención de la que le había prestado cuando tuve la oportunidad, cuando todo era diferente… Pronto me di cuenta de que en mi memoria, siempre sonreía. No me acordaba de cuánto me gustaban sus ojos cuando lo hacía. No me acordaba de lo afortunado que había sido por poder estar con ella… Por dejarme compartir momentos a su lado.
—¡Eh! —exclamó Hermione cuando le cerré el libro de pociones que estaba leyendo.
Totalmente indignada, alzó la mirada, dispuesta a reprender a quien fuera que hubiera osado hacerle tal cosa. Sin embargo, cuando descubrió que el culpable de aquella terrible interrupción había sido yo, sólo alcanzó a decir:
—¿Por qué has hecho eso?
Dejé escapar una sonrisa ladeada.
—Porque incluso las ratas de biblioteca descansan de vez en cuando. Son las once de la noche… —respondí, haciendo un gesto con la mano para que viera lo desierta y oscura que se había quedado la biblioteca—. ¿Acaso pretendes descubrir cuánto tiempo eres capaz de estar con la cabeza metida en un libro?
—Pero ni siquiera has dejado que vea por qué página iba —terció ella, ligeramente molesta.
—Totalmente intolerable —dije, negando con la cabeza, dramatizando—. Mil millones de puntos menos para Slytherin.
—Tronchante —apuntó ella mientras se levantaba, haciendo una mueca.
Hermione hizo el amago de recoger su libro de encima de la mesa, pero con un rápido movimiento, se lo arrebaté antes de que pudiera cogerlo.
Ella resopló.
—Devuélvemelo.
—¿Qué pasa si me niego? —pregunté, divertido.
Volvió a resoplar.
—Draco, de verdad, hoy ha sido un día duro, ¿no podrías simplemente devolvérmelo? —dijo, casi suplicante.
—¿Qué pregunta es esa, Granger? Eso sería ponértelo demasiado fácil.
—¿Qué quieres que haga? —exclamó, empezando a perder la paciencia.
Sonreí, victorioso. Aquellas eran exactamente las palabras que quería escuchar.
—Ven conmigo a la sección prohibida —dije firmemente.
Ella abrió la boca, dispuesta a decir cualquier cosa, a rechistar, pero volvió a cerrarla sin decir nada. Ante aquello, la miré de manera interrogante, enarcando una ceja.
—No —consiguió decir, unos segundos después—. No sé cómo lo haces, pero ya consigues que rompa demasiadas reglas cuando estoy contigo.
Aquella noche estaba especialmente ruda. Los test parciales, aunque fueran simples pruebas de evaluación continua, la hacían estar de un humor de perros el poco tiempo que pasaba fuera de la biblioteca.
Hermione se acercó a mí, alzando la mano para intentar arrebatarme el libro. Yo sólo tuve que estirar mi brazo para que comprendiera que lo que intentaba hacer era misión imposible. Le habría resultado más fácil atrapar una Snitch con los ojos vendados.
—Entonces me temo que no podrás terminar de repasar en tu sala común para la dificilísima prueba de mañana —sentencié, dándome la vuelta y adentrándome solo en la sección prohibida.
Aquella parte de la biblioteca estaba más oscura que el resto. Me hubiera atrevido a afirmar que incluso hacía más frío. Caminé por el pasillo hasta que supe que la oscuridad se había encargado de hacerme desaparecer de su vista. Entonces, me metí entre dos estanterías a mi izquierda.
Agucé el oído, y la oí resoplar por tercera vez. Me tapé la boca con la mano que no sostenía su libro para evitar hacer ruido. Reírme era inevitable. Volví a prestar atención, y escuché cómo caminaba con pasos decididos en mi dirección.
Esperé el tiempo necesario. Cuando noté que estaba a mi altura, logré agarrarla del brazo y acercarla a mí. La puse contra la estantería y la aprisioné con mi cuerpo, mientras mi mano libre acariciaba suavemente su cintura.
De repente, sus brazos se enlazaron en mi cuello, jugando sus dedos con el cabello de la parte trasera de mi cabeza. Sabía que era la única persona en la faz de la Tierra a la que le permitía tocar mi fino y rubio pelo, y eso le gustaba.
Sentí sus labios presionar un intenso beso en mi cuello, haciéndome excitar rápidamente.
Dejé que aquel libro de pociones cayera al suelo y acto seguido cargué a Hermione, que enredó sus piernas en la parte baja de mi espalda. Una serie de besos nos hizo perder la noción del tiempo, aunque tampoco nos importaba demasiado. Me separé de la estantería. Sabía que entre una y otra siempre había una mesa. La busqué a tientas mientras seguía cargándola y atendiendo a sus besos. Cuando mis pies dieron con una de las patas de la misma, la dejé sobre ella. La intensidad de los besos de Hermione fue aumentando a medida que mis manos se atrevían a tocarla un poco más. Las dejé adentrarse bajo su falda, la cual le llegaba por las rodillas, y acariciar sus muslos, agarrando allí donde creía conveniente.
Luego, sin dejar de lamer y morder sus labios, presioné suavemente para tumbarla sobre la mesa. Me puse sobre ella, posando las manos a cada lado de su cabeza, intentando apreciar su rostro entre la oscuridad… Pero sus manos me atrajeron a ella enseguida. El baile de nuestras lenguas se hizo más apasionado y vivo que nunca. El hecho de explorar el cuerpo del otro y tocar allí donde nunca antes habías tocado era, indudablemente, algo provocador y estimulante.
A ambos nos costaba un poco mantener una respiración acompasada, y el acaloramiento provocado por el alocado latir de nuestros corazones no ayudaba en absoluto. Tomé su cara con una de mis manos mientras la otra volvía a palpar la suavidad de sus piernas. Pero no parecía querer conformarse sólo con eso. Avanzó hasta sus nalgas, haciéndola estremecer. Unos segundos más tarde, se dispuso a adentrarse bajo la fina tela de sus braguitas… Pero ella se incorporó rápidamente, haciéndome saber de esa manera que seguía sin estar preparada.
Apoyó su cabeza en mi pecho, en lo que supuse que era un gesto de disculpa. Me quedé quieto unos segundos, con los brazos cayendo a cada lado de mi cuerpo y sintiendo cómo el calor en mis mejillas iba disminuyendo hasta desaparecer. Quise enfadarme, gritarle, reprocharle el hecho de que me hubiera dejado llegar tan lejos si sabía que aquella tampoco iba a ser la noche… Pero por más que lo intenté, no pude. Con un leve resentimiento recorriendo todavía mi ser, la rodeé con los brazos en la oscuridad, quedándonos así hasta que se durmió con los latidos de mi corazón.
Otro grito desesperado me hizo volver bruscamente a la realidad de aquella fría noche. ¿Cuánto tiempo había estado sumido en mis pensamientos? Confuso, intenté enfocar mis ojos en las dos mujeres que se encontraban frente a mí. Hermione chillaba de una forma que helaba la sangre. Pataleaba, intentando zafarse de ella, tratando de quitársela de encima.
Mi tía, en cambio, no podía parar de reír.
A pesar del sudor frío que empezaba a aparecer en mi frente y de los repentinos mareos que amenazaban con hacerme caer al suelo, desmayado, entorné los ojos para fijarme en lo que le estaba haciendo mi tía para provocarle tantísimo dolor. ¿La estaba mordiendo? Bellatrix estaba encorvada sobre su brazo, lo que no me dejaba ver más allá de su rizada y negra melena… ¿Realmente quería saberlo?, me pregunté. ¿Realmente quería saber a qué clase de tortura estaba sometiendo mi tía a Hermione? En aquel momento, me sentí la persona más miserable del planeta. Hermione estaba siendo torturada, y en lo único en lo que yo era capaz de pensar era en que prefería ahorrarme la molestia de saberlo.
Hermione abrió la boca desmesuradamente, pero no fue capaz de proferir ningún alarido más. Aparentemente estaba demasiado exhausta para seguir luchando. Posé mi mirada en su rostro, tan diferente ahora del que solía ver un tiempo atrás… Pero el dolor que encontré en su expresión fue tan desolador que hizo que no pudiera evitar mirar para otro lado.
Finalmente, miré a mi derecha, donde, con la mirada impasible, se encontraban mis padres.
Luego miré a mi izquierda, donde los carroñeros parecían disfrutar del espectáculo.
Éramos eso, simples espectadores. Partícipes pasivos de su dolor. Cómplices. Monstruos sin corazón.
—¡Traedme al duende! —exigió Bellatrix, que parecía haber terminado de hacer lo que fuera que estuviera haciendo con ella. Se levantó, dejando a Hermione tirada en el suelo.
No supe quién corrió a obedecer sus órdenes, pero pronto estuvo de vuelta, trayendo consigo al susodicho. No sabía cuándo había llegado a mi casa. Bellatrix empezó a gritar y a hacerle preguntas acerca de su cámara de Gringotts, pero mi atención ya no estaba en esa dirección. No podía dejar de mirarla a ella, a Hermione, tendida en el suelo.
Tragué saliva forzosamente. Por un jodido segundo pensé que no respiraba. Con el semblante descompuesto por todo lo que estaba pasando aquella madrugada, di un pequeño paso en su dirección, sintiendo que las fuerzas iban a fallarme de un momento a otro. Pude apreciar entonces un leve movimiento de su pecho. Suspiré. Respiraba.
Sin embargo, parecía tan muerta que me pregunté si aquello también había sido producto de mi imaginación.
Posé mis ojos en su pelo desparramado por el suelo, sucio, enredado, e inesperadamente otro recuerdo vino a mi mente.
Era un frío y nublado día de mayo en la clase de encantamientos. Hacía tiempo que había dejado de escuchar al profesor Flitwick y sus estúpidas explicaciones sobre cómo convertir una copa de vino en vinagre.
—No sé qué maldita utilidad puede tener esto —dije a Crabbe mientras señalaba la copa encima de la mesa y hacía una mueca de desaprobación.
Sin embargo, unas mesas más allá, en la primera fila, Hermione tomaba apuntes como loca mientras, a su lado, Potter miraba por encima de su cabeza para intentar copiar algo. Me recliné sobre la silla y estiré las piernas, esperezándome.
—¿No copias? —preguntó Crabbe.
—¿Por qué debería hacerlo? —inquirí.
—El profesor ha dicho que entra en el examen —respondió con la vista fija en su hoja de pergamino, la cual rasgaba con excesiva fuerza.
—No hace falta, tengo una memoria privilegiada —dije, mientras echaba un leve vistazo a la espalda de Hermione. Por supuesto, nadie sabía que yo tenía trato de favor con sus apuntes.
Disimuladamente, saqué la varita del interior de mi túnica y la puse en mi regazo, apuntando unas filas más adelante. Cuando me cercioré que efectivamente estaba enfilando a mi objetivo, la moví levemente, formando círculos. De su extremo salió un pequeño remolino de aire que se dirigió hacia su pelo castaño, enredándolo a su paso.
Hermione se sobresaltó en su asiento, provocando que su pluma hiciera un rayón inintencionado en el pergamino, estropeando así sus apuntes de caligrafía exquisita.
Malhumorada, giró la cabeza en busca del culpable de aquel terrible accidente. Sus ojos entrecerrados se encontraron con los míos, y frunció aún más el entrecejo al percatarse de la disimulada sonrisa que intentaba contener. Divertido, le guiñé un ojo, y sus enfurruñados labios se suavizaron.
—¡Dime la verdad, duende!
Aquel grito volvió a sacarme de mis recuerdos abruptamente. Desvié la mirada hacia la desquiciada Bellatrix, que parecía a punto de perder la poca cordura que le quedaba, aunque empezaba a sospechar que nunca había estado cuerda. Al parecer, aquel duende no le estaba dando la información que ella quería obtener.
Después, volví a mirarla a ella. Esta vez, mis ojos buscaron inconscientemente su brazo izquierdo. Extendido e inmóvil, seguía en la misma posición en la que Bellatrix lo había dejado. Vi unas pequeñas gotas de sangre resbalar por su brazo, cayendo de una en una al suelo, sin embargo, no fui capaz de ver más allá de unos cortes.
De repente, un escalofrío me erizó el vello de la nuca. La sentí. Sentí su mirada clavada en mí. Creí que sería incapaz de volver a mirarla directamente a los ojos. No mientras ella me mirara. Sin embargo, lo hice. Aparté la mirada de la sangre que seguía saliendo de su antebrazo y la clavé en sus ojos castaños de largas pestañas en los que tantas veces me había perdido. Aquella noche no fue una excepción.
Su rostro carente de expresión hizo un leve gesto de dolor cuando se percató de mi mirada, y sus labios se entreabrieron ligeramente, conteniendo la respiración.
Como si ella también hubiera creído tiempo atrás que nuestros ojos jamás iban a volver a encontrarse al mismo tiempo.
Como si ella también hubiera dejado de escuchar los gritos a nuestro alrededor.
Como si ella también sintiera que el tiempo se había parado para concedernos un momento de intimidad en aquella habitación llena de gente.
Exhaló el aire que había retenido en sus pulmones por un momento, moviendo los ojos en dirección a la mujer que la había herido. Yo también había escuchado el golpe, pero fui incapaz de dejar de mirar sus ojos.
—Considérate afortunado, duende —oí decir a mi tía a lo lejos, escupiendo las palabras—. Ella no correrá la misma suerte.
Inmediatamente después de esas palabras, Hermione volvió los ojos hacia mí. Aprecié un brillo nuevo en ellos. Un brillo apagado, un brillo muerto. Era la mirada de alguien que sabía que no le quedaba mucho tiempo. Peor: era la mirada de alguien que se rendía a lo inevitable.
Escuché los pasos de mi tía aproximándose. Sentí los latidos de mi corazón golpeando tras las orejas. Noté un calor sofocante inundando cada parte de mi cuerpo.
Ella no correrá la misma suerte… ¿Eso fue lo que dijo?
Cerré las manos en puños, clavándome las uñas en las palmas y sintiéndome las venas en los dorsos. La habitación pareció haber callado ante el inminente asesinato que estaba a punto de presenciar. Empecé a escuchar un pitido dentro de mi cabeza, un sonido uniforme, agobiante… Bellatrix estaba cada vez más cerca, lo que significaba que eran los últimos segundos…
Sus tristes ojos no pestañeaban. A pesar de todo, parecían no querer perderse ni un detalle de los míos.
Vi de soslayo cómo mi tía la apuntaba con su varita. Una lágrima escapó de sus ojos y resbaló por su piel, dejando un húmedo camino salado sobre su mejilla. Rodó por ella hasta acabarse en su cuello.
Suficiente. Ya había tenido bastante de mi propia cobardía.
Saqué la varita del bolsillo interno del traje y la empuñé con fuerza.
—¡Expelliarmus! —grité.
La varita de Bellatrix voló por los aires, dejándola perpleja y con los ojos abiertos de par en par ante mi actuación.
—¿Pero qué…?
Esa voz que una vez temí por encima de todo me hizo girar sobre mí mismo. Él ya estaba sacando la varita del interior de su túnica.
—¡Petrificus Totallus!
Un relámpago oscuro impactó justo en el pecho de mi padre, haciéndole erguirse y congelando cada extremidad de su cuerpo. Cayó de espaldas al suelo con un golpe seco, ante los ojos de mi aterrorizada madre, que profirió un grito ahogado y me miró con ojos acusadores.
—¡Traidor!
Volví a girarme justo cuando mi tía, que volvía a empuñar su varita fuertemente, pronunció el hechizo Desmaius.
Pero no por nada había sido uno de los mejores jugadores de Quidditch en Hogwarts. Mi habilidad para esquivar Bludgers siempre me había ayudado a sortear ese tipo de ataques, aunque aquella vez había pasado rozándome el hombro.
Un estallido de luces de colores que iban en todas direcciones invadió la estancia por completo. Al percatarse de que estaban en medio de una lucha despiadada por parte de tía y sobrino, los carroñeros salieron corriendo de la habitación a los pocos segundos.
Sólo quedamos mi familia, Hermione y yo. Mi madre seguía allí plantada, de pie junto al rígido e inmóvil cuerpo de mi padre, demasiado conmocionada para darse cuenta de que debía ponerse a salvo. Hermione seguía tirada en el suelo, aunque parecía haber vuelto en sí, pues se había incorporado levemente. Mi tía no cesaba de lanzarme hechizos, de los cuales no conocía la existencia de la mayoría, por lo que no podían ser otra cosa que magia oscura.
Yo los esquivaba como buenamente podía mientras intentaba lanzar alguno en las milésimas de segundo en que su varita no expedía relámpagos. Todos ellos los lanzaba directos al corazón. Feroces. Despiadados.
Otro haz de color púrpura me pilló desprevenido, y me vi obligado a tirarme al suelo para evitarlo. Rodé hasta desaparecer detrás de uno de los enormes sofás de la habitación, y me senté con la espalda pegada a la parte de atrás del mismo. Con el corazón latiendo estrepitosamente en mi pecho, me permití un par de segundos para coger aire antes de asomarme al campo de batalla.
Pero mi tía ya no me apuntaba a mí, sino al sofá.
—¡Carpe Retractum!
Una soga de color naranja rodeó el sofá, y ella hizo un gesto hacia el mismo con la varita que hizo que se moviera rápidamente y me arrastrara hasta la pared más cercana. Pretendía aplastarme.
Conseguí saltar en el último segundo antes de que el sofá diera un fuerte golpe, provocando que uno de los antiguos cuadros colgados en aquella pared cayera al suelo, rompiendo el marco. Tras dar un par de traspiés, perdí el equilibrio y caí de nuevo al suelo.
—¡Crucio!
No me dio tiempo a reaccionar.
Miles de agujas invisibles traspasaron mi piel, haciéndome estremecer de dolor. Las sentí atravesar mi cuerpo rápidamente, de lado a lado.
Grité de dolor mientras me revolvía en la fría superficie de mármol, intentando deshacerme de ellas. Se habían metido en mis venas. Sentí cómo se clavaban.
Entonces, un calor descomunal empezó a quemar mis entrañas. Me sentía arder, explotaría de un momento a otro. La quemazón fue extendiéndose por todo mi cuerpo… En mi espalda había prendido un fuego invisible y yo me restregaba contra el suelo para intentar apagarlo. Mis párpados hervían y calcinaban mis ojos, impidiéndome ver con claridad debido al borrón que dejaban al pestañear. Mis pulmones parecían tan abrasados que incluso el hecho de respirar era un suplicio. Ardía bajo mis uñas. Se quemaba mi garganta.
Llegados a ese punto, lo único que escuchaba eran mis gritos a lo lejos.
Un torbellino de dolor recorrió mi columna vertebral una última vez, haciéndome girar para quedar boca abajo, antes de parar en seco.
Exhausto, intenté empezar a respirar de nuevo antes del golpe final. En esos pocos segundos sentí cómo las agujas y el calor iban desapareciendo de mi interior poco a poco. Mi sentido de la vista parecía reacio a volver, y en mi fuero interno me lamenté de que no pudiera llevarme a la tumba una última visión de ella. De Hermione. Agucé el oído, Intentando escucharla al menos.
De manera inconsciente me preparé para sentir aquella última maldición, la más imperdonable de todas, la que sabía que vendría ahora.
Pero nunca vino.
Me esforcé por enfocar mis ojos en aquellos relámpagos de luces que habían empezado a volar a poca distancia de donde me encontraba. Distinguí una figura borrosa cerca de mí que lanzaba ataques con rapidez y se protegía de aquellos que lanzaba otra figura al otro lado de la habitación.
Me froté los ojos con cierta dificultad. Cuando volví a abrirlos, lo primero que vi fue a mi madre empuñando su varita y arremetiendo contra su hermana.
Ambas combatían en silencio, con los labios apretados y mirándose fijamente. Parecía que ninguna de las dos tenía intención de perder. Pero una se equivocaría.
Obligando a mi cuerpo a sacar fuerzas de donde fuera, me fui incorporando lentamente, sintiéndome aún pesado por el tremendo dolor que mi cuerpo acababa de soportar. Me sentía abatido, física y mentalmente.
Fue cuando me erguí del todo cuando llamé la atención de mi madre, que desvió la mirada hacia mí la milésima de segundo necesaria para que Bellatrix apuntara su varita hacia ella y chillara:
—¡Immobilus!
Mi madre se quedó petrificada en la posición en la que le alcanzó el encantamiento, como congelada.
Entonces, una sensación extraña recorrió mi cuerpo al darme cuenta de que no llevaba mi varita encima. Me sentía desnudo, vulnerable, indefenso. Seguramente la hubiera soltado cuando empecé a revolverme de dolor en el suelo bajo la maldición Crucio. La busqué desesperadamente con la mirada, y pronto la encontré cerca de la chimenea. Literalmente me tiré a por ella, empuñándola y girándome velozmente hacia la hermana de mi madre… Pero ella ya había descubierto mi debilidad, y como buena villana, lo usó en mi contra.
—Baja la varita —dijo escupiendo las palabras, mientras agarraba a Hermione del pelo con una mano y le ponía un cuchillo en la garganta con la otra—. Ahora.
La bajé todo lo lentamente que pude. Sabía que no dudaría en rajarle el cuello si consideraba que estaba haciendo algún movimiento extraño… Porque en lo referente a matar, a Bellatrix le daba igual mancharse las manos. A ella le daba igual asesinar al modo muggle con tal de ver sangre correr.
—Que sepas, sobrino —dijo, mencionando esa última palabra con todo el asco del que fue capaz, y presionando el cuchillo un poco más sobre su piel—, que tú serás el siguiente.
Un extraño sonido llamó nuestra atención en ese preciso momento. Un sonido agudo y molesto, como si alguien estuviera desenroscando algo viejo y oxidado.
Un par de segundos fueron suficientes para comprender que aquel sonido provenía de un punto por encima de nuestras cabezas. Alzamos las miradas para descubrir de lo que se trataba, y pronto me percaté de una pequeña criatura subida a una de las antiquísimas y pesadas lámparas de araña con lágrimas de cristal que colgaban del techo. Un segundo después, la lámpara se desprendió del mismo y cayó al suelo, provocando que Bellatrix tuviera que soltar a Hermione y apartarse para evitar ser aplastada. Ésta última corrió en dirección contraria, y debido a que era evidente que le fallaban las fuerzas, Weasley, que no sabía cómo había logrado escapar de las mazmorras, corrió a su encuentro. Ella se dejó caer en sus brazos y él la sostuvo con excesivo cuidado, como si temiera romperla después de haber estado a merced de una psicópata la última media hora.
Ningún amigo, por muy íntimo que fuera, la tocaría de esa manera, a no ser que hubiera tenido permiso en el pasado. A no ser que antes ya hubiera tocado de una forma más íntima su piel…
Me pregunté qué habría pasado entre ellos, y me descubrí suponiendo que ella habría encontrado por fin el momento perfecto para entregarse a las candentes manos de un hombre durante todo este tiempo que había transcurrido. Había pasado para ella, aunque no para mí. Y me sentí estúpido por ello.
Me pregunté los motivos que habrían provocado que ella se sintiera preparada.
¿La habría querido igual de bien que como yo había estado dispuesto a hacerlo tantas veces antes?
Mientras él se apresuraba a llevarla donde estaban Potter y mi antiguo elfo Dobby, ella giró la cabeza buscando mis ojos.
Y los encontró.
Nos miramos en lo que pareció ser una eternidad, y supe que sus ojos me imploraban perdón al advertir que yo ya lo sabía todo. Sin embargo, no se pueden disculpar esos actos de quien no fue nunca tuya.
Potter, Weasley y el elfo juntaron sus manos y con cierta ansiedad instaron a Hermione a que hiciera lo mismo. Por un momento, aprecié un atisbo de dolor en su rostro por el hecho de volver a tener que decir adiós. Luego, ella también posó su mano sobre la de ellos y desaparecieron de mi casa. Se fueron, se esfumaron de mi vista… Aunque yo me quedé con la amarga sensación de que, para mí, ella ya se había ido hacía mucho, mucho tiempo.
. . .
—Te creía menos estúpida como para casarte con Weasley —espeté, cerrando la puerta con pestillo.
—Yo creí que volverías.
Me giré rápidamente ante sus palabras y la miré confundido.
—Te esperé —confesó.
Ambos nos quedamos en silencio unos incómodos segundos. Luego, me acerqué a ella, que no hizo ningún amago de apartarse.
Cerré los ojos en el preciso instante en que las yemas de mis dedos se deslizaron lentamente rozando su mejilla derecha, sin apenas tocarla.
Había esperado diecinueve años para hacerlo, para volver a verla, para volver a tenerla frente a mí... Había soñado tantas veces con ese momento, que temí despertarme sobresaltado en mi cama si la tocaba demasiado rápido.
Pero ella movió la cabeza, encajando su mejilla en la palma de mi mano.
Suspiré cuando ella acarició mi rostro.
Abrí los ojos de nuevo, y tomé su brazo estirado entre mis manos. Noté cómo se tensaba levemente, pero eso no me hizo detenerme.
Le subí la manga izquierda del jersey hasta la altura del codo, y aprecié dos palabras grabadas en forma de cicatriz en su antebrazo.
—Sangre sucia —susurró ella cerca de mi rostro, antes de que pudiera decir nada.
La miré directamente a los ojos.
—Nunca supe qué te había hecho —respondí, también en un susurro.
—Marcarme para siempre —añadió ella.
. . .
Sí, ¡habrá otro capítulo! He pensado recompensaros por todo vuestro apoyo y escribir el último (el definitivo, lo prometo), en el que Draco y Hermione se reencuentran diecinueve años después. Ambos tienen cuentas pendientes que aclarar, ¿no creen?
Así que ahí he dejado un pequeño adelanto. Prometo subirlo, como mucho, en una semana... No vais a volver a tener que esperar un mes :P
Muchas gracias de nuevo a todos.
Cristy.
* Una mención especial a MrsDarfoy por betear parte del capítulo :)
