Este es un copy-paste. El nombre del libro lo dire al final.
Los personajes de SCC son propiedad de CLAMP.
¿Quién es el jefe?
Capítulo Trece
A solas en su despacho a eso de las cuatro de la mañana, Touya al fin consiguió acabar su programa para ordenador. En el pasado, habría saltado de júbilo, gritado de alegría.
En ese momento, la victoria le resultó vacía y sin sentido.
Sí, había estado trabajando casi tres años en el sistema que sabía que redefiniría el software tal como se conocía. Y también había medido su éxito en base a él.
Pero en ese instante el éxito no significaba nada si no tenía a Tomoyo para compartirlo.
Se pasó las manos por la cara cansada y echó un vistazo alrededor. La única luz procedía del ordenador. El único sonido era de la cafetera, que funcionaba a la perfección después de haber cambiado el cableado.
Pero daría cualquier cosa por que estuviera Tomoyo y la hiciera estallar. Sólo entonces todo sería perfecto.
Antes, había depositado grandes sueños en el programa. Lo haría famoso, alguien importante. Le daría riqueza y seguridad para el resto de su vida.
Ya no le importaba nada de eso. Lo único que deseaba era ser alguien para una mujer hermosa y cariñosa llamada Tomoyo Daidouji, que no quería saber nada con un imbécil frío como él.
No podía culparla.
Necesitado de aire fresco, se apartó de la mesa y se dirigió a la puerta.
En el exterior, rodeó al hombre que dormía en la calle y contempló el amanecer. Echó la cabeza atrás y observó las brillantes estrellas.
Una brisa fresca le agitó el pelo. Si cerraba los ojos, imaginaba su dormitorio. La cama enorme. Los suspiros y murmullos, el crujido de la ropa al caer al suelo. La había echado, y tal como lo veía en ese momento, disponía de dos elecciones. Podía ser un completo idiota y vivir y sufrir con su decisión de guardarse el amor para sí mismo. O podría hacer lo que había jurado que jamás haría… suplicar.
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La había buscado por todo el mundo. Al menos eso le parecía. Con sensación de derrota, dejó las llaves a un lado, se hundió en la silla y apoyó la cabeza en la mesa.
A última hora de la tarde, debió enfrentarse a la devastadora verdad. Tomoyo había desaparecido.
—¿Sigues sin suerte, Touya? —preguntó Yukito desde el umbral.
No levantó la cabeza, pero supo que también Yue estaría ahí, a la espera de alguna noticia.
—Sí.
—¿Miraste en su piso?
«Sólo seis veces».
—Sí.
—Y volviste a comprobar tu piso, ¿verdad? —fue Yue quien lo preguntó con voz preocupada.
Decidió que no estaba mal que se preocuparan, porque si Yukito o Yue la estaban escondiendo, tendría que matarlos.
—Sí, volví a mirar en mi piso —de hecho, lo había dejado sin cerrar, por si acaso. Pero ella no había aparecido.
—¿Su madre tenía alguna casa?
—Fue vendida, pero también lo comprobé. Y los hoteles y moteles de la zona —y los hospitales, las comisarías y, desesperado, tres de los centros comerciales más próximos. Incluso había ido al apartamento de Amy, después de suplicarle al casero que le diera su dirección. No contestó nadie.
Tomoyo se había desvanecido, y nunca en su vida se había sentido peor.
—Así que ya lo has fastidiado, ¿eh?
Eriol. Toda la mañana había estado sospechosamente ausente. Touya se puso de pie, furioso.
—Dime dónde está.
—Me halaga que pienses que recurriría a mí —esbozó media sonrisa, que desapareció en una mueca de disgusto—. Lo único que tenías que hacer era amarla, Touya. Es como la mujer más perfecta jamás creada. ¿Qué tenía de malo que te entregaras por completo a ella?
—Dímelo, maldito seas.
Yue y Yukito se apartaron de su vista.
—No sé dónde está —se encogió de hombros—, pero te diré una cosa. Si la encuentro primero, no tendrás ni una sola oportunidad.
Touya estudió su cara en busca de alguna señal de engaño, pero no halló ninguna. Derrotado, volvió a dejarse caer en la silla.
—Realmente no sabes dónde está, ¿verdad?
Eriol metió las manos en los bolsillos, se apoyó en la pared y sacudió la cabeza.
—¿Crees que se encuentra bien?
—Dios, espero que sí —de pronto toda su ira se esfumó. Se pasó la mano por el pelo y volvió a levantarse, incapaz de quedarse quieto—. Soy el idiota más grande del mundo.
—No —Eriol logró esbozar una sonrisa—. Bueno, tal vez. Pero al menos eres el más rico. No puedo creer lo que van a pagar por el sistema, Touya. Por no mencionar los derechos de autor. No puedo creérmelo.
—Lo único que tenemos es un breve compromiso previo a través de una llamada telefónica. Aún deben probarlo y comprobar por sí mismos que es capaz de hacer lo que yo digo que puede hacer —advirtió con los pies en la tierra—. Espero que no te sientas decepcionado por haber decidido venderlo en vez de comercializarlo nosotros mismos.
—¿Bromeas? Si todo sale bien, harás que los gemelos y yo disfrutemos de una buena vida —el júbilo de Eriol se desvaneció—. Pero, ¿y tú? ¿Disfrutarás de una buena vida?
—No hasta que encuentre a Tomoyo —suspiró.
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Dos días después, Touya se sentía atormentado. ¿Cómo podía haberse desvanecido en el aire?
Lo sorprendía el giro que habían tomado las cosas. En apenas dos días había recibido la petición de crear un sistema por completo nuevo, algo que lo mantendría ocupado mucho tiempo. Eso sumado a una oferta por el sistema que acababa de completar. Le habían ofrecido cinco veces más que lo que había esperado. Si Sonomi estuviera viva, reiría ante el hecho de que, de pronto, tuviera más dinero que él.
Pero Sonomi no estaba viva, Tomoyo se había ido y la victoria no significaba nada.
Sonó el teléfono; contestó sobresaltado, con el corazón latiéndole con fuerza.
—Sí —gritó, encendida la esperanza.
—Touya, ¿podrías subir a mi oficina?
Sakura. La esperanza se desinfló y sólo le dejó desesperación.
—Estoy ocupado.
—Siempre dices lo mismo.
—No puedo ocuparme de los impuestos en este momento, Sakura —musitó.
—Por favor, ven, Touya —la voz dejó de ser amigable y sonó urgente—. No lo lamentarás.
Contempló el auricular después de colgar. Sakura jamás pedía algo a menos que fuera absolutamente necesario. Suspiró, dejó su despacho y se dirigió al ascensor.
Cuando unos minutos más tarde entró, ella salió de uno de sus despachos y lo metió en otro antes de que pudiera respirar.
—¿Qué de…?
—Shh —cerró la puerta y lo empujó sobre una silla.
—Sakura —comenzó despacio, irguiéndose—. Resulta halagador, pero…
—Cállate, Kinomoto —plantó las manos en sus esbeltas caderas y lo miró furiosa—. No puedo creer lo lerdo que eres —se puso a caminar por el despacho—. Prometí no involucrarme, y por lo general cumplo mis promesas, pero voy a saltarme mi propia norma. Causará problemas, aunque quizá valga la pena.
—¿De qué demonios hablas? —empezaba a marearse de seguirla con la vista.
—Aún no he deducido todos los detalles. Ella es mucho, mucho más inteligente de lo que había pensado, pero creo que si tú…
—Sakura —Touya se quedó quieto.
—Funcionará. Creo que si lo haces bien, ella sentirá pena por ti y tendrá que ceder. Por algún motivo, está loca por ti, lo cual juega a tu favor.
—Sabes dónde está Tomoyo —le costó mantenerse tranquilo.
—Claro que sí —paró y lo miró como si fuera un idiota.
Lentamente, con el fin de no matarla antes de que le proporcionara la información que necesitaba, se dirigió hacia ella.
—Dime dónde está. Luego puedes contarme por qué me lo ocultaste casi tres días cuando sabías lo mucho que esto significaba para mí.
Sakura suavizó la expresión de sus ojos, pero mantuvo la cordura suficiente como para retroceder.
—Lo siento, Touya. Pero se sentía tan herida… y tú de verdad estropeaste las cosas. Me suplicó que callara, pero ahora, después de verla trabajar mientras intentaba no echarte de menos, creo que me equivoqué al prometerle que no te lo diría. Creo que te ama de verdad. Y sé que tú la amas, en la profundidad donde escondes ese corazón negro que tienes —él se acercó y ella habló más deprisa—. ¿Podrías hacerme un favor, uno muy grande? ¿Podrías entrar en el otro despacho y hacer que mi nueva asociada sonría? ¿Podrías convertir su dolor en gozo para que pueda continuar con mi trabajo?
—¿Contrataste a Tomoyo? —se detuvo en seco.
—Bueno, ya has visto lo que es capaz de hacer con los números. Además, me cae bien —su rostro se suavizó—. En serio.
—Pero…
—Deberías ver la mente que acecha detrás de ese corte de pelo… Dios mío, Touya. Le gustan los números casi tanto como a mí. No es muy hábil en contestar al teléfono, y tiende a distraer a todos mis clientes masculinos, pero deberías verla cuadrar un libro. Es una chica de las que a mí me gustan.
—No puedes quedártela… es mía —dijo mientras abría la puerta dominado por los nervios.
—¿Quieres apostar algo? —al oírlo gruñir, rió—. Que gane el mejor jefe —anunció con diplomacia. Sonrió cuando él se marchó—. Soy tan romántica —susurró, y se dejó caer en la silla para ver si podía terminar algo de trabajo.
Era la última hora de la tarde cuando Tomoyo terminó de cuadrar la cuenta bancaria de uno de los clientes de Sakura. Había sido un caos de cheques confundidos, depósitos equivocados y columnas sin cerrar. Al principio había sentido pánico, pero después de examinarlo más detenidamente, se entusiasmó.
Tendría que haberse sentido contenta y no a punto de llorar.
—No —murmuró, conteniéndolas sin piedad mientras afilaba el lápiz en el afilador eléctrico—. No derramaré ni una lágrima más por él. Ni una.
—No te culpo.
Estuvo a punto de caerse de la silla al oír esa voz familiar e increíblemente sexy a su espalda.
—Hola —saludó él despacio cuando ella lo miró. Cerró la puerta del despacho. Se acercó a su mesa con el corazón desbocado. Parecía el mismo, el mismo estilo de ropa. Pero fueron sus ojos los que le pararon el corazón a Tomoyo. La inmovilizaron, la acariciaron, se negaron a soltarla—. ¿Vas a afilar ese lápiz hasta consumirlo?
—¿Qué haces aquí? —quitó el lápiz del afilador.
—Su nuevo secretario, a su servicio, señora —sonrió e inclinó la cabeza.
