Y este es el último cap de nuestra historia :)
prometo que nos veremos pronto! :*
Capítulo 14
CANDY tenía las maletas a medio hacer cuando alguien llamó a la puerta. Cuando bajó, le sorprendió ver a la criada de la condesa esperándola.
Agnese explicó en pocas y tensas palabras italianas que la señora Rinaldi y los niños habían regresado y que la señora quería ver a Candy en la villa.
«Más despedidas», pensó ella después de dar las gracias.
Encontró a Pauna en el salón con Anthony, que estaba jugando con el coche. Pero Paty no estaba allí.
Pauna parecía transformada, su rostro con vida.
—Candy, estoy encantada. Albert estaba aquí esperándonos cuando hemos vuelto.
—Sí, lo sé —Candy forzó una sonrisa—. Él… me ha contado lo de Maddalena.
—¿Lo de Maddalena? —repitió Pauna sin comprender—. No me estoy refiriendo a Maddalena, sino a mi marido. Sergio vuelve, Albert ha dicho que estará aquí mañana.
—Eso es maravilloso —dijo Candy con sinceridad—. Me alegro mucho por usted.
—Oh, estoy deseando verlo. Por la mañana voy a ir al salón de belleza en Siena y voy a comprar algo de ropa.
—Voy a llevarme a los niños a la casetta para que se cambien de ropa para la cena. ¿Está Paty jugando en el jardín?
—La he dejado en mi habitación, quería ponerse ropa mía.
Candy encontró a Paty desfilando con un vestido rosa que le arrastraba por el suelo y moviendo las muñecas.
—Soy una princesa —anunció la niña.
—En ese caso, alteza, es hora de que se cambie de ropa para asistir al banquete.
Paty se permitió una mueca de desagrado, pero se sometió con docilidad a la voluntad de Candy y le permitió que le quitara el vestido para ir a la casetta.
Después de decirles a los niños que se marcharía al día siguiente, decidió terminar de hacer las maletas por la mañana y se puso un sencillo vestido negro para la última cena en la villa.
El camino a la villa fue alegre, los dos niños no cesaron de charlar. Pero tan pronto como entraron en la casa, Candy se dio cuenta de que algo andaba mal.
Teresa estaba en el umbral de la puerta de la cocina con el rostro pálido y angustiado. Desde el salón, se oía la estridente voz de la condesa que contrastaba con el tono más suave de Pauna.
—¿Qué ocurre? —preguntó Candy—. ¿Qué ha pasado?
Teresa se encogió de hombros y desapareció en el interior de la cocina.
Candy abrió la puerta del salón, el instinto no le había engañado.
—Ah —Elroy Andley se volvió como una tigresa al ver a su presa—. La digna de confianza señorita White. Quizá ella nos pueda explicar este misterio.
—Mamá, no tienes derecho…
—Tengo todo el derecho que quiera. No sabemos nada de esta mujer, que ha aparecido Dios sabe cómo y de dónde. No tiene referencias ni recomendaciones de nadie, que nosotros sepamos.
—De Albert —dijo Pauna.
La condesa hizo un gesto de desdén.
—Otro misterio. Quién sabe qué relación han tenido… o lo que esta puttana se ha creído.
El italiano de Candy era muy limitado, pero reconoció la palabra.
—¡Cómo se atreve!
—No se haga la inocente conmigo, señorita. ¿Acaso cree que estamos ciegos y que no nos hemos dado cuenta de cómo mira a mi hijastro?
Se oyó un ruido ahogado y Candy vio que las lágrimas corrían por las mejillas de Paty.
—Cariño —dijo Candy, arrodillándose al lado de la niña mientras Anthony también estallaba en sollozos.
—¡Mamá! —esta vez, la voz de Pauna era afilada—. Mamá, ya es suficiente.
Pauna se acercó a la puerta y llamó a Teresa, que pronto apareció y se llevó discretamente a los niños.
—Candy, tenemos un problema. Ha ocurrido algo terrible y estamos muy disgustadas. El rubí, el anillo Andley, ha desaparecido de la habitación de mi madre. Lo hemos buscado por todas partes, pero no lo hemos encontrado —la joven hizo una angustiada pausa—. Por difícil que resulte, tenemos que preguntarte si lo has visto.
Se hizo un breve y tenso silencio; entonces, Pauna continuó casi desesperadamente:
—Candy, tú has pasado el día aquí sola. Ángela y Terry se marcharon antes de que mi madre saliera siquiera de su habitación, y ninguno de los dos ha regresado todavía —se hizo otra pausa—. Quizás hayas visto a algún desconocido por aquí…
—Pauna, eres tonta —le interrumpió la condesa con impaciencia—. No ha venido ningún desconocido por aquí. Esta chica ya ha espiado por la casa. Hace una semana, Agnese la vio salir de mi habitación. Y hoy, Albert me ha dicho que vuelve Maddalena y que Candice se marcha; por lo tanto, ha decidido cobrar un extra por los servicios prestados. Se acabó la discusión, voy a llamar a la policía.
Candy se la quedó mirando y luego dijo despacio:
—¿Cree que yo he robado el anillo Andley? Debe de estar loca.
—No. Eres tú quien está loca, loca porque mi hijastro va a casarse y ya no quiere saber nada de ti. Y has decidido llevarte el anillo de la familia para vengarte porque sabes que es el símbolo del compromiso de Albert con mi sobrina.
Candy se volvió a Pauna.
—Señora Rinaldi, no puede creer…
—No sé qué pensar —dijo Pauna con expresión dolorida—. Pero hemos buscado por todas partes y ahora mamá insiste en que registremos la casetta. Espero que no te opongas a ello.
—Por supuesto que no.
De repente, Candy vaciló. Paty, pensó al recordar el repentino llanto de la niña.
Paty había estado jugando sola a las princesas. ¿Podría haberse apoderado otra vez del anillo?
—La señorita White no parece muy segura —dijo la condesa en tono casi triunfal.
—No pasa nada —respondió Candy—. No tengo ningún inconveniente a que registren la casetta.
El problema podría ser en el cuarto de los niños. Si Paty había tomado el anillo, Candy siempre podía encontrarlo y devolverlo, haciendo ver que no habían buscado bien en la villa.
—¿Y también podrá explicar por qué estaba en mi habitación el otro día?
—Estaba jugando al escondite con los niños.
—Ah —la sonrisa de la condesa era irónica—. Y hoy vamos a jugar todos al escondite.
—Mamá —Pauna parecía desesperada—, te agradecería que no dijeras esas cosas. Puede que el anillo se haya perdido simplemente…
—Tonterías —dijo la condesa con desdén—. Lo han robado y ha debido ser esta chica. Venga, vamos a la casita.
—¿Puedo hacerle una pregunta? —dijo Candy con voz serena—. ¿Cómo sabía que el conde Andley ha estado hablando conmigo… respecto a mi partida?
—Agnese los vio juntos… en la casetta —contestó Elroy—. Todo el tiempo que ha estado usted aquí, señorita, mi criada la ha estado vigilando.
—Entiendo.
Agnese las acompañó a la casetta. La condesa no se iba a manchar las manos en la búsqueda, pensó Candy irritada.
—¿Es realmente necesario? —le preguntó a Pauna.
—Mi madre lo cree así, Candy… lo siento.
—No tanto como yo.
Elroy Andley no perdió el tiempo con el cuarto de estar. Seguida de Agnese, fue directamente a la habitación de Candy y señaló la maleta abierta que había encima de la cama.
—Mira ahí.
Como en una pesadilla, Candy vio a Agnese alzar un vestido amarillo con falda plisada. Un pequeño objeto envuelto cayó al suelo y la condesa lanzó un grito de triunfo. El anillo Andley brilló como sangre ardiente.
«El vestido que llevaba puesto en Firenze», pensó Candy. «Qué extraño que Paty escogiera ese escondite, pero al menos ha tenido el sentido común de no esconderlo en su cuarto entre sus cosas».
—Ni siquiera es una ladrona lista, señorita —Elroy Andley se puso el anillo y miró a su hija—. Ahora vamos a llamar a la policía.
—No —respondió Pauna con más firmeza que nunca—, no voy a permitirlo. Mamá, ya tienes el anillo, conténtate con eso. Candice se va mañana y a Albert no le gustaría un escándalo.
Había dolor en su mirada cuando clavó los ojos en Candy.
—¿Puedes darnos alguna explicación, Candice?
«Sí», pensó Lucy. «Pero no puedo hacerlo. Paty es sólo una niña, no comprende las consecuencias de sus actos y esto podría ser desastroso para ella. Además, ¿de qué serviría? Nunca voy a volver a veros».
Candy alzó la barbilla y respondió:
—Señora, no sé cómo ha llegado el anillo aquí. Lo único que puedo decir es que yo no lo he puesto en mi maleta.
—En ese caso, no hay más que decir —Pauna suspiró—. Haré que te sirvan la cena aquí esta noche y mañana Franco te llevará a Montiverno para que tomes el autobús que va a Pisa. Tendrás que comprender que no queremos tener más contacto contigo, ni nosotras ni mis hijos. Ellos dormirán en la villa esta noche.
Candy terminó de hacer las maletas como una autómata.
Cuando la infeliz Teresa le llevó la bandeja con la cena aquella tarde, Candy enderezó los hombros para darle una nota para Terry.
La tarde pasó despacio y Candy estaba a punto de darse por vencida e irse a la cama cuando Terry llamó a la puerta.
—Vaya cara dura de llamarme —fue el saludo de él—. Ahora podrían pensar que estábamos compinchados en esto.
Candy jadeó.
—No es posible que creas que yo he robado el anillo.
—Pues alguien lo ha hecho… aunque Ángela cree que lo has hecho por despecho, no por robarlo, porque estás enamorada de Albert Andley.
—Esa mujer tiene una manera de pensar muy enrevesada —declaró Candy fríamente—; sin embargo, su opinión no me interesa. La cuestión es que necesito que me prestes algo de dinero para volver a casa. Tal y como están las cosas, no me van a dar el dinero para la vuelta.
—¿Y quieres que te lo dé yo? ¿Cuando llevas evitándome toda la semana?
—Es sólo un préstamo —Candy tragó saliva—. Terry, no te lo pediría si no me encontrara en una situación desesperada. Te lo devolveré cuando vuelvas.
—Podrías pagármelo en especias… ahora —dijo él en tono calculador—. ¿Qué dices, Candy? ¿Un revolcón en la cama?
Perpleja, Candy se dio cuenta de que Terry no estaba bromeando.
—Prefiero volver andando.
—Bien. No tienes mucha suerte, ¿verdad, Candy? Dos hombres en tu vida y Ángela te ha quitado a los dos. No me sorprende que se esté riendo de ti.
El vaso de vino seguía sin tocar en la bandeja.
—En ese caso, yo también me voy a reír —y le tiró el vaso de vino a la cara.
Durante un momento, Terry se quedó inmóvil mientras el rojo líquido le caía por la nariz y la barbilla, manchándole la cara camisa.
—¡Bicho! —dijo en tono venenoso.
Y se marchó con toda la dignidad de que fue capaz.
Franco, con expresión apesadumbrada, se presentó en la casetta por la mañana temprano.
Fue un viaje tenso y Candy sintió un gran alivio cuando llegaron a Montiverno.
Le sorprendió que Franco le estrechara la mano cariñosamente.
—Ti credo, signorina —le dijo Franco—. La creo, y Teresa también la cree.
A Candy se le llenaron los ojos de lágrimas al verle partir. Y le dieron ganas de echarse a llorar otra vez cuando se enteró de lo que tenía que esperar para tomar el autobús a Pisa. Para matar el tiempo, se compró un bollo y un café cerca de la parada de autobuses y se sentó en un banco a esperar.
Intentó leer, pero no podía concentrarse. Le dolía abandonar Toscana en aquellas circunstancias, aunque no era responsable de lo que había ocurrido.
Sintió náuseas al imaginar lo que le contarían a Albert, al imaginar lo que pensaría él.
Sin embargo, Albert era el único que comprendería lo que había hecho Paty y por qué, el único que se guardaría esa información y perdonaría a la niña al igual que le prestaría la ayuda que Paty necesitaba.
Oyó el chirrido de unos frenos y vio un autobús detenerse, su destino era Firenze.
Candy se puso en pie temblando. «Tengo que decírselo», pensó. «Tengo que decírselo por el bien de Paty, para que él pueda protegerla. De lo contrario, volverá a ocurrir y su abuela hará que la lleven a una institución donde quedará marcada para siempre».
Fue un trayecto rápido y directo, pero Candy no cabía de impaciencia cuando llegaron a Florencia. El autobús paró cerca de la estación de ferrocarril y Candy dejó la maleta en consigna. Después, entró en la oficina de turismo y allí le indicaron dónde estaba el banco Andley.
Era un edificio relativamente moderno en una calle anónima que salía de la plaza de la República.
Su insistencia en ver urgentemente al conde Albert Andley fue recibida con educación, pero escepticismo. Por fin, se vio delante de una secretaria de mediana edad que explicó que el conde Andley no podía atenderla.
—En ese caso, le agradecería que le diera un mensaje —dijo Candy nerviosa.
—Lo siento, señorita, el conde no va a volver al banco hoy. Le llamaron urgentemente por un asunto de familia.
«Bueno, lo he intentado», pensó Candy tratando de consolarse mientras volvía a la estación. Allí, se encontró con que había perdido la conexión para Pisa y debía esperar una hora.
Sin saber cómo llenar esa hora, sus pasos la llevaron a Il Porcellino. El oso de bronce le sonrió amistosamente.
—He vuelto —le susurró Candy—, pero no como quería. Y ya no volveré nunca más.
Alzó una mano y le acarició el hocico en señal de despedida.
Pisa se encontraba bajo un sol abrasador cuando, por fin, Candy llegó al aeropuerto Galileo Galilei. Puso las maletas en un carrito y se dirigió hacia los mostradores pensando lo que iba a decir.
Cuando las puertas se abrieron silenciosamente para permitirle la entrada, lo único que vio fue a él.
Estaba delante de ella, con las manos en las caderas y una expresión seria y cansina, un brillo azulado de humor iluminaba sus ojos. Candy pensó que daría un año de vida por verle sonreír otra vez.
Albert avanzó un paso y puso una mano en el carrito, deteniendo el avance de Candy.
—Vaya, por fin has llegado.
A Candy le dio un vuelco el corazón.
—¿Has venido para que me arresten? —preguntó ella con voz ronca—. ¿O sólo para asegurarte de que abandonaba el país?
—Ninguna de las dos cosas. Candy. Deberías conocerme mejor.
Candy ya no estaba segura de nada, pero tenía que dejar clara una cosa.
—Albert, te juro que no he sido yo, yo no robé el anillo —hizo una pausa—. Pero me temo que sé quién lo hizo.
—Y yo también —dijo él débilmente—. No puedes imaginarte cómo lo siento.
Candy quería ponerle las manos en el rostro y, con un beso, hacer que desapareciera esa expresión de pesar.
—No seas muy duro con ella. Es desgraciada y está confusa… creo que lo ha hecho por ti.
—¿Cómo puedes decir eso? —preguntó Albert secamente—. Si se hubiera salido con la suya, ahora estarías en una comisaría.
Candy se estremeció.
—Ella no puede querer eso. Estoy segura de que no era su intención…
—Estás equivocada, Candy. Ella quería destruirte. Sergio y yo hemos tenido que escuchar todo lo que ha salido por su boca, todo el veneno que lleva dentro. Ha sido horrible.
—Cariño, no digas eso, es sólo una niña. No sabe…
—¿Una niña? —Albert arqueó las cejas—. Dudo que Elroy haya sido nunca una niña.
—¿Elroy? —Lucy casi gritó el nombre—. ¿Que ella ha robado el anillo?
—Sí—Albert inclinó la cabeza—. Se lo dio a su criada para que ésta lo escondiera en tu maleta. ¿No lo habías sospechado?
—No. Yo creía que… había sido Paty.
—¿Paty? —repitió Albert—. Pero, ¿por qué…?
Candy se lo quedó mirando.
—Paty te había oído discutir con su abuela sobre el anillo y quería ayudarte. Tomó el anillo en una ocasión, pero yo la obligué a devolverlo. Sabía lo que haría la condesa Andley si lo descubría. Sin embargo, parece que Agnese me vio.
—Vaya, ahora todo concuerda —dijo Albert, cansado—. Ha estado espiándote desde el principio y nos ha visto besarnos. Al decírselo a Elroy, tramaron esto para deshacerse de ti con la esperanza de que volvieras a Inglaterra antes de que yo me enterase de nada.
—Es increíble.
—No, si uno conoce a Elroy —Albert suspiró y miró a su alrededor.
—No podemos seguir aquí. Vamos a meter tu equipaje en el coche y vamos a un sitio tranquilo donde podamos hablar en privado.
—Tengo que comprarme un billete, tengo que volver a casa. Sólo quería que tú supieras que no soy una ladrona.
—Idiota —dijo él con voz sumamente tierna—. Tonta. ¿En serio crees que voy a dejarte marchar?
—No puedes retenerme aquí —protestó Candy y comenzó a empujar el carrito—. No tienes derecho, te vas a casar con Ángela.
—Vamos a dejar las cosas claras. No me voy a casar con Ángela, ni ahora ni nunca. No estoy enamorado de Ángela y nunca lo he estado. Por fin, ella y Elroy se han enterado.
—¿No la deseas? —preguntó Candy con voz ahogada.
—Te amo, Candy —dijo él con ternura—. Y tan pronto como estemos solos, voy a pedirte que seas mi esposa. Pero no aquí, en medio del aeropuerto.
Candy, atónita, le siguió hasta el coche.
—Bueno, aquí estamos —dijo él, después de sentarse al volante—, justo en el mismo sitio donde empezamos.
Albert se metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y sacó el anillo Andley.
—Dame la mano, mi vida.
Ella le obedeció y Albert deslizó el anillo en su dedo.
—Y ahora, mi amor, ¿me crees?
Albert la besó profunda y tiernamente; después, con una pasión desenfrenada que hizo que Candy creyera que se le iba a parar el corazón.
Cuando pudo hablar, Candy dijo casi sin aliento:
—Pero tú me dijiste que me fuera. Dijiste que tenías deberes, obligaciones…
—Yo no, mi vida, pensé que eras tú. Creía que seguías enamorada de ese Terry que no se lo merecía. Descubrí una foto de él rota el primer día, en tu habitación en la villa, y lo reconocí cuando le vi aparecer con Ángela.
—¿Cómo pudiste reconocerlo? Nunca lo habías visto, ¿no?
Albert se encogió de hombros.
—Ángela es una mujer rica. Su padre, por supuesto, tiene cuidado con los hombres con los que ella sale e investiga sus antecedentes. Y me pasa la información que obtiene como medida de precaución debido a la relación entre nuestras familias. No me impresionó lo que leí sobre Terry.
Albert hizo una pausa antes de continuar.
—Cuando fui a Lussione y pregunté a tus amigas, ellas confirmaron que Terry te había dejado por otra y que tú estabas destrozada. Lo último que podía imaginar fue que Ángela apareciese con él.
Albert se interrumpió de nuevo, la miró y añadió:
—No podía pensar más que en lo mucho que debías estar sufriendo. Quería protegerte. Fue entonces cuando me di cuenta de que lo que sentía por ti era algo más que una atracción pasajera. Me di cuenta de que me había enamorado de ti cuando temblaste por primera vez en mis brazos.
El comienzo de una sonrisa curvó los labios de Candy.
—Creo que fue también cuando yo me enamoré de ti, querido Albert.
Él le levantó la mano y se la llevó a los labios.
—Qué tontos hemos sido, qué de tiempo hemos perdido —Albert suspiró.
—¿Cómo se te ocurrió pensar que aún estaba enamorada de Terry después de ver la forma como reaccionaba contigo? —las mejillas de Candy se encendieron.
El le acarició el rostro.
—El sexo puede engañar, Candy. Me convencí de que le pertenecías a otro hombre, que no tenía derecho a confundirte… a seducirte.
Albert sacudió la cabeza.
—También intenté mantenerme apartado de ti, pero me resultaba imposible. Por eso dejé la villa y volví a Firenze, porque no me fiaba de mí mismo.
—En realidad, al poco de dejarme, me di cuenta de que la relación entre Terry y yo no habría podido llegar a ninguna parte y que él nos había hecho un favor a los dos al marcharse —dijo Candy—. Admito que me quedé mal cuando me dejó, pero era el orgullo lo que me dolía, no el corazón.
—Pero esa chica, Annie, estaba tan segura… Dijo que eras una mujer de un sólo amor, que estabas destrozada.
Candy se mordió los labios.
—Annie y yo trabajamos en la misma empresa, pero nunca hemos sido amigas y nunca he confiado en ella. Creo que tenía sus propios motivos para decirte eso.
Albert lanzó un gruñido.
—Debería haberte preguntado a ti, pero no me atreví.
Candy se tocó el anillo Andley.
—¿Qué es lo que te ha hecho cambiar de idea?
—Pauna me dijo que Terry había vuelto a la villa manchado de vino anoche. Uní eso con el hecho de que te dejaba marchar sola para que no lo asociaran con el robo y también tuve en consideración ciertos comentarios sobre tu supuesta frigidez. Le debe a Sergio que no le partiese la cara. Cuando me marché, Ángela y él estaban discutiendo, se merecen el uno al otro.
La boca de Candy esbozó una temblorosa sonrisa.
—Sí, eso creo. ¿Pero cómo descubriste lo de Elroy?
—De nuevo, gracias a Sergio. Llegó a la villa esta mañana después de dejarte y encontró la casa alborotada. No le costó mucho darse cuenta de que Paty estaba preocupada. La niña había oído parte de la conversación que mantuvieron Agnese y Elroy y, aunque no lo comprendió todo, le contó a Sergio lo suficiente como para que él sospechara algo. A Sergio le pareció lo mejor avisarme y, entre los dos, le sacamos la verdad a Agnese y, por fin, a la misma Elroy.
Albert suspiró antes de continuar.
—La ordené que hiciera las maletas y se marchara de la villa inmediatamente, y le dije que no quería volver a verla nunca. Después, dejé al pobre Sergio y he venido a Pisa para buscarte. Llevo aquí la mayor parte del día.
Candy suspiró.
—Y yo estaba en Firenze buscándote a ti. No podía soportar marcharme sin volverte a ver.
—Pues ya me has visto otra vez —le dijo él con ternura—. Cariño mío, no puedo vivir sin ti.
—Ni yo sin ti —Candy lo miró con súbita timidez—. Pero todo ha pasado tan rápidamente…
—Lo mismo pasó con mi padre y mi madre —dijo él sonriendo—. Una mirada, una sonrisa… y estaban perdidos. Y ahora, cielo, ¿crees en la fuerza del destino?
—Sí.
Albert asintió.
—Cuando lleguemos a la villa, todos se habrán marchado ya. Sergio se va con su familia, así que ya lo conocerás en otro momento, cuando Pauna se haya tranquilizado. Así que tú y yo, cariño, vamos a tener tiempo para hacer planes para la boda.
Albert hizo una pausa antes de añadir:
—De todos modos, creo que aún te queda algo por decirme.
—¿Sí? —Candy frunció el ceño—. Creo que ya hemos hablado de todo.
—No —la mirada azul brillaba de amor y ternura cuando se clavó en el rostro de Candy—. Todavía no me has dicho que me amas, Lucia.
Lucy le rodeó el cuello con los brazos y se apretó contra él. Después, le susurró junto a los labios:
—Creo que voy a pasarme el resto de la vida amándote, cariño.
