Hola c: No me cuelguen. Me metí a un nuevo fandom, y este capítulo... No le encontraba la vuelta. Pero no es que haya perdido las ganas, es que TENGO MUCHAS IDEAS. Y respecto a nuestro fanfic, aunque este capítulo sea corto... Es el gatillo.

A partir de ahora, despídanse de la felicidad.

La música es: Stay with my heart, de Sophie Zelmani.

Chicos, ya lo saben: síganme en el FB, estoy como La Pequeña Saltamontes, con esta misma foto de perfil. Allí aviso todo lo referente a mis fanfics. Tienen mi twitter, también, jlorlila, pero ese es más personal xD
Y el fanfic que hice fue de Free!, RinHaru, si quieren pasar a leerlo c: Es cortito, y quizás le añada un capítulo más.
Perdón si les decepciono con este cap, solo quería sacármelo de encima, porque cosas geniales van a venir a partir de ahora.

Cosas horribles, en realidad :c


CAPÍTULO XIV: ALEA IACTA EST

La aurora saludaba a los habitantes del castillo Kurosaki como se saluda a viejos amigos.

El sol, como siempre, hacía cosquillas al dormido Futuro que pronto habría de despertar.

Pero Nel sabía que no era tan sencillo como una broma al durmiente.

La noche anterior las estrellas le habían hablado.

Le habían hablado de traiciones, de guerra, de muerte.

De un error que había costado la corona de un príncipe.

Y de la redención, que se llevaría su vida.


—Hinamori.

Ella sintió que podría derretirse al instante. Ah, él lo valía todo: incluso el haberle mentido a Rangiku para ir al castillo Kurosaki.

— ¿Señor Aizen? —se acercó respetuosamente a él, al tiempo que intentaba ocultar el nerviosismo en su voz; era extraño que la hubiese mandado llamar con urgencia, y más el que la recibiese a horas tan tempranas, cuando aún no había desechado los ropajes de la noche por unos más acordes.

—Aproxímate más, mi pequeña… —esbozó esa sonrisa que parecía estrujar el corazón de la pobre chiquilla, y le tendió la mano—. Tengo algo que decirte.

Con pasos largos, aunque lentos, ella cumplió su petición.

Con aquel temor infantil causado por las tiernas emociones del primer amor, tomó la mano masculina.

Él llevó la mano ajena a sus labios con el fin de depositar un casto beso sobre el dorso de la misma.

—Mi pequeña Hinamori… ¿oirás lo que este viejo tiene para decirte?

¿Viejo? Para ella, él era perfecto. No le importaba la edad, no le importaba nada. Solo su calidez…

La calidez del hombre que amaba, el hombre que aún sostenía su mano.

—Usted no es ningún viejo, señor Aizen —respondió tras bajar la cabeza—. N-no para mí, al menos…

Un suave tirón la obligó a mirarlo de vuelta.

—Ah, eso lo dices porque tú ya eres una mujercita… y las mujercitas tienen que ser corteses. Eres más que cortés.

La joven tragó saliva.

—No… No lo digo por cortesía, señor Aizen.

Él enarcó una ceja, aparentemente sorprendido.

— ¿Ah, no? ¿Y por qué lo dices, entonces, mi pequeña, querida Hinamori?

Su voz era como un ronroneo, y ella sencillamente no podía resistirse.

—Porque yo… Yo…

Las palabras no alcanzaban sus labios. Sus mejillas, hartas de soportar aquella tensión, adoptaron un vivo color rojo…

No obstante, no pudo decir nada más: un dedo sobre sus labios la silenció.

¿Señor Aizen…?

—No es necesario que digas nada —le aseguró él, entonces—. Yo lo sé.

Los ojos marrones se abrieron desmesuradamente. Cuando él dejó libre su boca, ella se atrevió a hablar:

— ¿Lo…? ¿Lo sabe?

—Sí —él respondió sencillamente, y estrujó la mano que aún sostenía—. Lo he sabido por un largo tiempo.

Ella sintió que podría desmayarse en aquel mismo instante.

—Y… debo confesarte algo.

La mirada femenina era una súplica: no deseaba, no podría soportar palabras amargas. No dichas por él.

—Te he estado esperando, Hinamori.

— ¿Es… perando?

Él sonrió. Ella se percató de que aún no llevaba puestas las gafas, y su rostro sin ellas se asemejaba —en su mente— a un dios.

Su dios.

—Esperando… por ti, Hinamori —con delicadeza, la llevó junto a él. A su lecho. Encima de su cálido cuerpo—. Solo por ti.

Ella se estremeció al sentir aquellos labios con los que había fantaseado tantas veces apretar los suyos.

Y cerró los ojos al advertir los lazos de su corsé ser desatados.


Ingenuo. Iluso. Idiota.

Toushiro no decidía cuál de las palabras lo definía mejor.

¿Qué? ¿Había pensado que, solo porque ahora era un Guardián, Hinamori se fijaría en él?

El culmen de la estupidez. Imposible de cabo a rabo.

Y aun así, no podía dejar de mirar.

La había observado desde que había puesto el primer pie en la tierra de los Kurosaki, su jurisdicción.

La había observado viajar a pie, la había mirado mientras solicitaba ingresar al castillo Kurosaki.

Y ahora la veía desnuda, como siempre había soñado verla, debajo del cuerpo de aquel hombre…

No le daba buena espina. No le había agradado nunca; siempre le había parecido demasiado falso. Como si ocultase un puñal en una de sus mangas; un puñal que esperaba el momento propicio para rasgar la carne.

Toushiro era un buen amigo, con un corazón enorme aunque aparentemente frío: de esos que son como glaciares, con kilómetros y kilómetros ocultos debajo del agua.

Por eso, no permitiría que nada le ocurriese a su amiga.

Incluso si eso significaba presenciar el momento en el cual aquel hombre la hacía suya, su enorme cuerpo presionando contra el colchón a su amada Hinamori, apenas una flor que aún no ha visto el sol.

Incluso si eso significaba sentir en carne viva cómo el glaciar se iba desmoronando dentro de su pecho, al igual que el corazón de hielo que tanto se había esforzado en perfeccionar con sus nuevos poderes se deshacía lentamente en la palma de su mano.

Como se deshacían sus infantiles esperanzas.


Caminó rápidamente por los pasillos. Esta vez, sin embargo, su meta no era pasar inadvertido: todo lo contrario.

Cuando llegó a su destino, notó los ojos verdes lánguidos y el cabello rubio algo despeinado.

—Es la hora —se limitó a anunciar—. Todo está en marcha.

Urahara suspiró.

— ¿Cuándo?

—Ahora mismo.

Supo que al Guardián se le heló la sangre ante aquella noticia.

—Creí… que aún no tenía listo el ejército…

A esto, él no sabía qué decir. Guardó silencio.

Finalmente, levantó la vista al sentir un par de fuertes manos en el cuello de su túnica.

—Gin —Urahara nunca se ponía nervioso, nunca lo llamaba por su nombre de pila—, si algo le pasa al hijo de Juliette, si algo le pasa a Hime… te mataré.

El aludido solo lo miró.

De todas maneras, él no tenía planeado salir vivo de esta.


Sus ojos se abrieron lentamente. La calidez era agradable, en especial por el ambiente frío que los rodeaba.

—Hmm…

Se sentía calentita, cómoda y reconfortada. Y recordó prontamente el porqué al ver las largas pestañas negras a su lado.

Y debajo, un par de esmeraldas.

—Ey —saludó ella con una sonrisa, y no se demoró en depositar un beso en la mejilla ajena.

Su mirada era de adoración, y aunque él la mirase con la más completa frialdad, había… algo detrás de aquellos cristalinos orbes que era distinto.

Distinto al muerto en vida que había encontrado años atrás.

— ¿Cómo amaneciste? —le preguntó entonces ella.

Él no habló. Solo la siguió mirando como si la estudiase, para luego atraerla más hacia sí con los brazos que no la habían dejado ir desde la noche anterior.

—Bien.

Esa simple contestación causó que las comisuras de los labios femeninos se elevasen en una sonrisa.

—Yo también dormí bien —se concentró por un instante en apartar un mechón negro de su rostro, su atención seguidamente de vuelta en los ojos de Ulquiorra—. Es… agradable dormir contigo.

Él asintió, y no dijeron nada más por un largo rato. Solo se contemplaron mutuamente, y finalmente ella decidió que sería mejor levantarse.

Pero al hacerlo, algo llamó su atención. O mejor dicho, la falta de algo. Sus ojos plateados escrutaron los almohadones, sus ropajes tirados…

… y nada.

Trémula, volteó hacia Ulquiorra. Este estaba tranquilo, y al parecer, no había advertido lo que a ella tanto preocupaba.

—Ulquiorra —lo llamó entonces ella—. Tú… Tú fuiste… fuiste el primero.

Él no respondió. Ella esperaba que dijese algo. ¿No le creería? Ah, ¡qué atroz! Algo debía estar mal con ella… Su primera noche con un hombre, mas no había rastro alguno de la siempre esperada mancha femenina.

No le sorprendería que Ulquiorra pensase que le había mentido.

— ¿Me crees…?


Ella se veía hermosa. Hermosa cuando dormía, y hermosa cuando despertaba. Hermosa cuando se sobresaltaba, e incluso cuando tenía miedo.

Pero no cuando tenía miedo de él.

Juntó las palabras, las analizó, y comprendió a qué se refería ella: a la sangre virgen que debía ser visible ahora para él.

Mas a él aquello no le importaba. Sería una doble moralidad de su parte esperar algo como la virginidad de la mujer siendo que él mismo no era casto al haberse unido a ella.

Y además…

—Te creo.

El cuerpo de ella se relajó al instante. Comprendió que, como era parte de la realeza, ella debía tener grabadas muy hondo estas convencionalidades.

—No te sentí como una mujer experimentada.

Ella se ruborizó, e intentó cubrir su desnudez. Eso no le agradaba a Ulquiorra. Podría haberle dicho que era inútil cubrirse, que ya había visto todo, mas en realidad aquello carecería de sentido: después de todo, él no deseaba que ella se cubriese porque, aunque hubiese podido explorar cada rincón de su cuerpo la noche anterior —que ciertamente no había podido—, anhelaba fervientemente el seguir contemplándola siempre.

Y no hablaba del siempre de los cuentos, ni el siempre de los príncipes como el humano de cabello naranja.

Hablaba del siempre de la oscuridad, las noches frías endulzadas con calor humano y las piernas entrelazadas bajo las antorchas.

Así que volvió a hablar:

—A veces las hembras no sangran —la mujer se mostró muy sorprendida ante aquella información—. Ya sangraron antes, sin notarlo, o serán necesarias más veces para hacerlas sangrar.

Advertía la incomodidad ajena, y se preguntó el porqué. Era su cuerpo, ¿por qué le incomodaba? Así que colocó su barbilla sobre el hombro ajeno, y pegó su mejilla a la de la mujer, su pecho contra la espalda femenina.

Se dio el lujo de cerrar los ojos y dejar que su aroma inundase sus fosas nasales.

— ¿Ulquiorra…?

Su voz se sentía como una suave vibración. Hasta podía sentirla temblar entre sus brazos.

Él solo deslizó su mejilla contra la de la mujer, hasta que, con un ligero movimiento, halló sus labios.

Ella no se resistió.

El beso fue suave, tierno. Un beso de «buenos días». Un beso de «dormí bien a tu lado».

Un beso de «por favor, no me dejes».

Y tal vez el beso habría podido mutar, transformarse, ser algo más…

… si no fuese por el carraspeo que escucharon entonces, y que los obligó a separarse.


La reina no podía creer lo que veía. Avergonzada, roja hasta las orejas, tomó su vestido y lo utilizó como una manta para cubrirse.

—Veo que se han divertido anoche, ¿eh?

A su lado, Ulquiorra se tensó. Sabía por qué. Lo había incluso presenciado, aunque ellos no lo supiesen.

—Lárgate.

—Esa no es la forma de recibir a una vieja amiga, Ulquiorra.

Yoruichi sonreía al hablar. Pero su sonrisa era de desdén, de rencor. A Orihime no le gustaba cuando sonreía así.

Y menos si dicha mueca era dirigida a Ulquiorra.

—Lárgate. O te mataré.

— ¡No! —se levantó con rapidez, aunque tuvo cuidado de colocarse de una manera tal que ninguno pudiese verla desnuda; era hasta irónico, con lo que acababa de hacer con Ulquiorra, y con Yoruichi como su tutora hasta la adolescencia—. ¡No digas eso!

Los ojos verdes se fijaron en ella. Una vez más eran glaciales. La pelirroja sintió ganas de llorar: ¿por qué debían ser así las cosas? ¿Por qué debían retroceder tanto apenas avanzaban un poco…?

Aparentemente, y por mucho que Orihime odiase admitirlo, su relación con Ulquiorra lucía destinada a fracasar…

Y todo era peor porque cuando ella creía que lo comprendía, él le probaba lo contrario: ahora, por citar un ejemplo, ella esperaba que él intentase defenderse, que justificase sus palabras…

Pero no. Él solo miraba tanto a Yoruichi como a ella misma de forma impávida. Como si pudiese odiar a ambas.

—Vine porque te necesitamos, Hime —habló al fin Yoruichi—. Tu gente te necesita.

Orihime sintió su mundo desmoronarse. ¿Así que eso era? ¿Su gente…? Miró a Ulquiorra. Cualquiera hubiese dicho que no le molestaba en absoluto la presencia de Yoruichi, sino fuese por la leve tensión que solo la pelirroja notaba en los músculos de sus brazos.

— ¿Qué… ocurre?

—Hay… noticias.

El silencio reinante era tenso. Más que tenso. Y Orihime sentía que una importante elección se aproximaba…


Los pétalos del cerezo alcanzaban el río cada tanto. Una especie de caricia recordándole a este su presencia.

Pero todo esto pasaba inadvertido en medio del fragor mudo de la batalla que estaba por desencadenarse.

La batalla que no llegó a desencadenarse, puesto que una voz se alzó por sobre la tensión:

—Basta.

Todos se giraron. Y todos se sorprendieron de ver a Kisuke Urahara interviniendo, con una expresión más que seria.

Una expresión que hablaba de guerras y devastación.


Los cabellos plateados de aquel misterioso hombre se agitaban con el viento. Sus pasos se perdían con el ruido de las hojas que la brisa causaba.

A ella le costaba seguirlo. Pero sabía que debía hacerlo.

De pronto, él se detuvo.

—No es recomendable que me siga, señorita.

Ella se detuvo. Sintió miedo, demasiado, pero no aun así no se dejó amilanar.

—Quiero la verdad. ¿Quién eres? Y ¿qué haces en el castillo?

Él giró el rostro, la misma sonrisa astuta que recordaba.

Una similar a un zorro.

—Me parece que las respuestas que quieres no te incumben. Pero las tendrás.

Rangiku esperó. Pero la contestación nunca vino. Él solo le dio la espalda, y siguió caminando:

—Solo que no ahora.

Iba a seguirlo. Iba a correr detrás de él y exigirle una explicación.

Empero, sus palabras la detuvieron en seco:

—Cuida el collar, Rangiku.

Cuando intentó seguirlo, notó que había desaparecido.


Caminaba en silencio junto a Yoruichi. No sabía qué ocurría. Solo una alerta: una fuente anónima había advertido de un posible ataque.

Pero ¿de quién?

Orihime no sabía qué pensar. ¿Era esto debido a su negativa a contraer matrimonio? ¿Alguno de los Justos o los Futuros deseaba tanto que ella se casase…? La idea le resultaba inverosímil.

Además, ahora ya…

Pero no pudo continuar el hilo de sus pensamientos, puesto que un sonido como de cascos de caballo acercándose la puso en guardia.

— ¡Maldición! —exclamó Yoruichi al tiempo que tiraba de ella para esconderla detrás de un arbusto—. ¡Huye, rápido! ¡Ve al castillo!

Ella no supo qué ocurrió. Le pareció ver una mata azul antes de dar la espalda y huir.

No es que no desease ayudar a Yoruichi, sino que sabía que sería un estorbo. Además, su deber era seguir viva: por la soberanía de Karakura.

Así que corrió, a lo que ya estaba acostumbrada.

Correr era todo lo que podía hacer.

Sabía quiénes eran: los centauros.

Se enfrentaba a dos de ellos. Una era una mujer rubia, y el otro era un tipo de cabello azul. No le gustaba para nada la desventaja numérica.

Y le gustó menos cuando la centáuride habló:

—Grimmjow. Tú ve por la humana. Yo me encargo de la mujer.

El otro esbozó una sonrisa diabólica.

Y galopó directamente hacia ella.

Yoruichi sabía que debía frenarlos. Pero no había manera… ¿Cómo ganaría en una pelea de dos contra uno? Intentó golpear al centauro llamado Grimmjow, pero este únicamente la esquivó en el último momento…

… momento en el que recibió un golpe en el rostro de la centáuride.

No era su mejor día, eso estaba claro.

—Yo soy tu oponente —dijo de forma fría la mujer.

—Voy a hacerte morder el polvo, y luego iré a por Hime —masculló entonces Yoruichi, al tiempo que se ponía de pie nuevamente.

Solo rogaba que contase con suficiente tiempo…


¿Por qué no podía ser fuerte? ¿Por qué debía ser una inútil? Deseaba poder volar, al menos, como Ulquiorra, y salvar a Yoruichi.

Deseaba no ser ella. No ser la causa de una pelea incontenible y a la vez ni siquiera ser capaz de defenderse.

— ¡Ey, ey, pequeña humana, voy a atraparte!

El cántico le llegó como un ramalazo de pánico instantáneo. Se desesperó. Echó a correr más rápido con la esperanza de encontrar algún lugar donde esconderse antes de que la alcanzasen…

— ¡Te veo, te veo! —y una carcajada le indicó que este era el fin.

No podría esconderse ahora, y el sonido de los cascos contra la tierra cada vez se hallaba más cerca…

De pronto, sin embargo, oyó un relincho y un golpe. Cascos alejándose. Dejó de correr, creyendo que se trataría de Yoruichi.

Pero no era Yoruichi.


Urahara miró al vasto reino de Karakura desde el balcón de los Inoue.

A su lado, se hallaban todos los Justos, todos los Futuros.

— ¿Es la hora, Kisuke? —inquirió Isshin.

— ¿Hora de qué? —Ichigo, como siempre, sin saber qué ocurría.

Rukia solo permanecía en silencio, al igual que Byakuya. Ambos habían cambiado, y aún no sabían cómo.

Ryuuken y Uryuu también permanecían en silencio, porque eran los estrategas, y su mente no podía desgastarse en palabras.

Tatsuki y sus padres: ellos estoicos, ella esperando por su amiga.

Chad, el gigante amable, estrechaba en silencio la mano de la joven Yuzu; una historia que Karakura no sabía, y esta batalla habría de definir si alguna vez llegaría a saberlo…

Por su parte, los ojos de Yuzu decían lo que su boca no podía siquiera aspirar a comunicar.

Miedo.

Y su hermana Karin, portadora de secretos ella misma, le hacía la contra a su hermana, como siempre había hecho.

«Fortaleza», decían sus ojos.

Porque allá abajo, en las colinas, todas las sombras se acercaban.

Las sombras de todo lo malo, las sombras que arrastraban pesadas cadenas.

Las sombras que quebraban huesos, las sombras que enmudecían a los ruiseñores.

Las sombras que se extinguirían para siempre, o se alzarían en una eterna noche.


Ulquiorra se internó en lo más profundo de su celda. Y una vez allí, reparó en algo hacía tiempo olvidado.

Era un libro. Pero no de los suyos, en blanco, sino de los de la mujer: uno de sus libros de cuento.

Con dedos torpes, se las arregló para abrirlo. Había una frase, una frase que le gustaba, y cuyas letras la muchacha le había enseñado. Una frase que ella había repetido varias veces para él, porque él se lo había pedido.

Irónicamente, comprendía las letras, pero no podía juntarlas. La frase era demasiado complicada para él. Pero sí que podía trazar cada línea con sus garras mientras susurraba en voz baja:

—«Golondrina, Golondrina, Golondrinita… ¿no te quedarás otra noche conmigo?».

Ella era su golondrina. Ella había estado junto a él desde siempre, cuando podría tener tantas cosas mejores…

Y se contentaba con tan poco… Sabía que ella esperaba palabras dulces de él, al igual que todas las mujeres hacen de los hombres; solo que no se lo decía.

Y sabía que por eso mismo, su pequeña golondrina había derramado tantas lágrimas de alegría cuando él pronunciase una palabra que tenía un significado mayor para él que el que tenía para ella.

Porque era la palabra que nunca olvidaría, ni aunque le echasen diez maldiciones encima.

La palabra con la que llamaba a su golondrina en su mente, en su corazón, aunque no escapase de sus labios.

—Orihime…

Y cerró el libro, porque ya no quería saber más de príncipes ni golondrinas que eran inasequibles para él.


—Su Alteza.

Ella alzó la vista. Un rostro amable, un rostro de salvación en aquel instante.

—Tú…

La mano se extendió hacia ella con una cálida sonrisa.

—Mucho gusto. Soy el tutor de los Kurosaki, Sousuke Aizen.

Y la reina tomó su mano.


No me maten. Es corto, y sé que están acostumbrados a caps largos. Pero la inspiración no me daba, no sabía cómo poner en palabras este capítulo. Pero a partir de ahora, como ya dije, viene lo bueno c: Déjenme reviews... ¡Casi llego a los 100!
Y para que sepan, tengo mucho trabajo en la facultad, así que escribo de a ratos, cosas espontáneas. Ah, y gané un concurso de cuentos, así que me presionan para que escriba algo bueno -otra vez- por acá.

"No puedo, escribo fanfiction por ahora", les dije. Me están por pegar. No me peguen ustedes también :c

-Pequeña.