Capítulo 13

Su cintura, curva, enmarcada por sus anchas caderas, y sus piernas, largas y delgadas, completamente definidas, lucían perfectas, apretándose armoniosamente contra su cuerpo en un acto desesperado y posesivo. Sus pechos, voluptuosos, se sacudían justo sobre aquella cintura que tanto miraba, aquella que delineaba una sensual ranura en el centro, que recordaba a cada momento su cuerpo de guerrera, totalmente tonificado. En el centro de la misma, aquel diminuto ombligo resaltaba, oscurecido y redondo, perfecto, completamente inocente dentro de la escena.

La sujeto de aquella cintura, y notó que era aún más delgada y más pequeña cuando posaba sus manos, fuertes y masculinas, sobre esta. La sostuvo, fuertemente, y sintió, acariciando sus mejillas y su frente, el largo cabello oscuro, esa cortina de humo negro y denso que lo hacía perder la visión y la respiración. El olor a hojas frescas lo inundó, y necesitó aspirar con fuerza el aroma que esparcía aquella melena, aquella que se agitaba frente a él, sacudiéndose sobre su rostro seductoramente.

Levantó sus orbes, atravesando aquella densidad, aquellas mechas que lucían como suave algodón, como una cascada oscura, una que se desbordaba desde el más precioso de los valles: su rostro. Buscándola entre el negro de su pelo y la oscuridad propia de aquella noche que marcaba sólo con un velo plata alrededor, dejándolo vislumbrarla apenas, la encontró, ahí, como raíz de toda la demás belleza que desembocaba en todas direcciones.

La miró, y se perdió en esos ojos negros profundos que lo observaban desde arriba, desde su posición a unos centímetros de él, montada sobre su cintura, a horcajadas, sosteniéndose a cada lado de ella, sujetándose con sus finas manos de las sábanas que cubrían el colchón. Y lució como un ángel, como una diosa, como la perfección que siempre resultaba ser ante sus ojos.

Ella se incorporó levemente, corriendo su cabello a sus espaldas, tan largo que cubría sus hombros y terminaba en una lisa caída justo a la altura de la cintura. Él la contempló, embelesado, encandilado en tan bello monumento que se alzaba y lucía, sólo para él. Sus ojos, poderosos ónix, la vislumbraron como si nunca antes lo hubieran hecho, y como si jamás quisieran retirarse de ahí.

La apreciaba con anhelo y con sorpresa, con deseo, y al mismo tiempo con una ternura y amor desbordante, lucía bella, tan bella y tan llena de una perfección absoluta que las ganas de mirarla de esa forma el resto de su vida lo embriagaron, pero, también, lucía pequeña, desprotegida, frágil con su piel porcelana, un ángel que requería de mimos y cuidados, le pareció tierna, encantadora y dulce, sintió el deseo de protegerla hasta el último día de su vida. Tuvo miedo, incluso, de poder romperla entre lo robusto de sus dedos, de ensuciarla con su simple humanidad.

Pero, distinto a lo que pasaba por su mente, ese algo que cada vez lo sorprendía con la misma fuerza sin importar las veces que sucediera, invadió la escena, el ángel, esa muñeca de porcelana que necesitaba ser protegida, exteriorizó, con potencia, con ímpetu, con afán y fuerza propia. Sí, era hermosa y parecía inocente, débil, pequeña incluso, pero no dejaba de ser ella, de ser su mujer, su esposa. Y, entrando entre las otras dos piezas, la última faltante encajó, tan embriagadoramente que creyó perder la razón por el momento.

Ella, habilidosa, comenzó a moverse sobre él, con lujuria, con fuerza, con sabiduría, provocando un placer en los dos, provocando en él la perversión sobre una imagen que lucía pulcra e inocente, su ángel no era ni remotamente inocente o frágil, estaba cargado por eso que él amaba, por todo lo que la volvía humana y accesible, por la pasión desbordante y asfixiante que esa mujer tenía para con todo.

Él decidió no parpadear, mirándola cabalgar sobre sus caderas, en movimientos repetitivos, guardando un delicioso ritmo que él se prohibió romper a pesar de las enormes ganas de acelerar los movimientos. Decidió no hacerlo, decidió mirarla divertirse, disfrutar a su modo, gozar de esa forma tan única e increíble, prefirió mantener sus ojos sobre esa vista, sobre ese cuerpo, sobre esos senos que se tambaleaban bruscamente con cada movimiento efectuado por ella.

Y encontró en esas pupilas que tanto conocía, la misma lujuria disfrazada de ternura que sólo él sabía leer. Esa perversión escondida tras una máscara de la más creíble decencia que siempre mostraba. Y amaba todo eso, amaba saberla sincera con él. Siempre, siempre y sólo con él. Era ensuciar y verla manchar también su figura de ángel inocente y recatado que siempre portaba. Verla de ese modo, tan ansiosa, tan decidida, luciendo tan pequeña y dulce, lo excitaba…

Lo excitaba bastante…

[*]

Despertó agitadamente, abriendo los ojos y clavándolos justo frente a él, sobre él. Encontró el vacío, y trató de regularizar su respiración, tomando grandes bocanadas mientras en su pecho seguía presente una presión y su corazón aún golpeaba con ganas en su pecho, totalmente emocionado. Tragó saliva, sintiéndose un poco revuelto, con los recuerdos de su sueño repitiéndose en su cabeza, pues eran fantasías traídas de la realidad. Sueños generados de sus propias memorias.

Extendió los brazos a los lados, respirando profundo mientras repetía a detalle su sueño una vez más. Lucía hermosa, sí, bastante, bastante hermosa. Como siempre. Se giró en su cama, tratando de no pensar más en ello, considerando volver a dormir, tratando de no embarcarse en recordarla porque sabía que, una vez comenzando a hacerlo, la sensación de vacío y la razón de saber que la extrañaba con cada pedazo de su ser lo volvería loco.

Cerró los ojos, con la intención de no pensar y dormir, sin embargo, había una parte de él que no parecía estar de acuerdo con ello. A causa de su sueño tan lúcido y tan malditamente erótico –producto de los deseos de su cabeza–, había sido inevitable excitarse en la vida real, motivado por aquella tan bella y voluptuosa escena pintada bajo sus parpados, por haberla sentido entre sus brazos, de esa manera.

Suspiró con ganas, apretando los parpados con fuerza, como si pudiese controlar sus pensamientos y detenerse, obligarse a sacar aquella sensación de su cuerpo. Pero resultó imposible. Pensó en levantarse y entrenar, tratar de despejar su mente a base de ejercicio, sacar tensión y estrés a través de golpes y patadas que le caían muy bien. Sin duda alguna, entrenar era una de las cosas que más le encantaba en la vida, era su pasión.

Sin embargo, a pesar de que tenía ganas de entrenar y sintió la necesidad de hacerlo, sabía que no sería buena idea. Desde que partieron del planeta Namek, habían comenzado un viaje de cinco días, se la había pasado entrenando los últimos cuatro días seguidos, sólo parando para comer y tomar unos breves descansos. Había entrenado como un demente, forzando su nueva capacidad de combate, probando cosas nuevas y gastándose hasta un punto que sus músculos no podían resistir más.

Brutos y salvajes, como sólo ellos podían, se había desgarrado unos ligamentos y varios huesos le dolían más de lo convencional. No podía sencillamente ir y arriesgarse a dañarse más o exigirse demasiado, necesitaba descansar, su cuerpo y su mente lo requerían. Había elegido ese, el quinto día, para descansar, para relajarse y dormir apropiadamente, dando pie a que sus heridas y golpes se sanaran, para que su cuerpo se recuperara y estuviese listo para cuando llegaran a ese nuevo y desconocido destino, no sabía que cosas podría encontrarse ahí. Aterrizar en un lugar peligroso, sin haber dormido y estando cansado, sería una enorme desventaja, sin lugar a dudas.

Por eso estaba ahí, después de la larga ducha y una comida que casi arrasa con lo que quedaba en la cocina, se desplomó sobre su cama a dormir. Y lo había hecho, contando casi con quince horas para hacerlo, en las primeras sólo cayó rendido, y tan cansado como estaba, se perdió en la nada misma, su mente ni siquiera tenía fuerzas de soñar. Pero ahora, vaya que le había traído unos buenos sueños a la cabeza.

Descartando la idea de entrenar, resultando imposible no pensar y dejar fluir sus pensamientos con libertad, se permitió repetir su sueño, y no sólo este, sino recuerdos de muchos otros días, del sonido de la cabecera de la cama golpeando la pared, imitando su pasional ritmo, la primer mesa de madera que tuvieron de recién casados, y rompieron a las dos semanas por la intensa escena que se había suscitado a la mitad de la cocina, donde más de un plato había salido volando también. Recordó, de entre sus memorias favoritas, la piel aperlada mojada por el agua del río que fluía junto a su casa, desnuda y entregada a la naturaleza, reflejando en cada una de las gotas que corrían por su tersa piel el infinito cúmulo de estrellas brillantes sobre el cielo.

Había amado las veces en el lago, lo hacía sentirse más animado de lo normal, más salvaje, sintiendo los ojos de la luna sobre sí, pues esta había actuado como voyeur desde las alturas, alumbrando, volviendo más pasional y natural la escena que ya era perfecta a sus ojos. Se sentía, junto con ella, parte del entorno, sumidos en el agua fresca del río que se pegaba a sus pieles, que los abrazaba con mimo, los envolvía en esa sábana, con el techo como estrellas, y los pastos lucían como sus almohadas. Ahí no había necesidad de ropa o de pudor, de accesorios o de nada más, eran ellos, en su máxima expresión, totalmente plenos. Y lo seguirían siendo, para siempre, dentro de sus memorias.

Por un segundo, sus pensamientos se volvieron turbios y entristecidos, desanimados con el saber de su lejanía con ese lugar, y con ese momento, también, pues la última vez en el río había sido antes de que naciera Gohan, y eso ya tenía bastante tiempo como para haberlo hecho perder la esperanza de que algún día lo volverían a hacer. Sin embargo, la melancolía duró un segundo, pues su mente se quedó pegada a ese par de redondos senos de pezones caramelo, sacudiéndose frente a su rostro.

La excitación no tardó en hacer acto de presencia, creciendo y llamando su atención completamente. Goku sacudió su cabeza, negándose, sabiendo que lo que su cuerpo quería no podía realizarse en ese momento. Pero, de entre esa negación y enfoque en tratar de dormir, otro recuerdo llegó a su cabeza. "¿No lo sabes, Goku? Vaya… sí que eres inocente…" dijo Krillin, aquella vez en Kame-House "¿Entonces no entiendes por qué tarda tanto el Maestro Roshi en el baño? Bueno… pues él…"

No quiso recordar lo demás, su ceño se frunció con el extraño e incómodo recuerdo de aquella charla, la cual por supuesto no creyó, y aunque después el mismo Maestro Roshi les habló de ello, le pareció algo fuera de lo común, algo totalmente inservible. Una acción sin significado, una que no tomó en cuenta y olvidó muchos, muchos años. Hasta, claro… aquel día.

Por supuesto que, como cualquier otro adolecente, como cualquier saiyajin o humano, también su cuerpo experimentó cambios en un momento, y con estos, necesidades un tanto diferentes a las conocidas. Estaba en el templo de Kami-sama, entrenando y teniéndolo como maestro, por aquel entonces, esforzándose con ímpetu y alegría, con toda esa energía que sólo él podía portar. Pero, de entre todo ese esfuerzo y arduos días de golpes y patadas, había una parte de él que no comprendía, algo que para Goku no tenía gran significado, por supuesto que había escuchado cosas sobre el verdadero uso de su miembro masculino, pero eran esa clase de conversaciones que no contenían patadas ni técnicas, y les restaba importancia o no les prestaba atención.

Y a pesar de que le habían mencionado sus funciones, nunca nadie le dijo que tendría reacciones, mucho menos que serían incómodas y confusas, que le daría miedo de estar incluso consigo mismo. Aquella noche no soportaba el calor, ese que se extendía en sus mejillas, que acaloraba su cabeza y su mente. Arrojó las sábanas a un lado, casando de revolverse entre ellas, cansado de ese roce que le generaba contra la piel, tan sensible en ese momento, que le producía hormigueo y escalofríos.

Ya destapado, cubierto únicamente por su bóxer, se decidió dormir, convencido de que esa frescura calmaría su irracional calor. Pero no, no sucedió, sólo provocó que su hirviente pie, al contacto con el fresco viento, se erizara, se sintiera más caliente que antes. Una parte en específica llamaba su atención, ese pedazo de él que en las últimas semanas parecía tener voluntad, que se erguía en acciones que él no controlaba, esa parte actuaba como nunca antes. Tentado y desesperado aquel día, trajo a su cabeza la misma conversación que había volado en esta ocasión a su cabeza, y, guiado más por el instinto y la necesidad, aquella primera vez, desahogó un pedazo de él mismo que necesitó ser liberado.

Ahora mismo le pasaba igual, sabía que su cuerpo se había desesterado y relajado con el arduo ejercicio y la larga ducha, pero era momento para que otras partes de su cuerpo también tuvieran desahogo, liberación. Fastidiado con saberlo, con aquella idea que no le agradaba en lo absoluto pero que se estaba viendo obligado a resolver, se decidió a hacerlo, sino, sabría que su energético cuerpo no lo dejaría en paz en un buen tiempo, y no lograría dormir tranquilo de ahí en más.

Con las mejillas rojas, avergonzado consigo mismo y con la situación, sintiendo su erección golpear su ropa interior, aprisionado en esa licra que resultaba demasiado incómoda en esa situación. Por un segundo pensó en el que había sido dueño de esa habitación, pero borró la idea, no quería sentirse más observado de lo que ya se sentía siempre que se veía obligado a hacer eso.

Con molestia, y sin quitar las cobijas de su cuerpo, bajó las manos hasta deslizar su licra por sus piernas, sintiendo la primera oleada de alivio cuando su miembro estuvo libre, expresándose en una nueva presión, en esa sensación de agobio y calor, incluso dolor, de sentir la excitación demasiado fuerte y no hacer nada al respecto aún. Cerrando los ojos y concentrándose en el rostro y ojos de su esposa, deslizó la mano por su propio cuerpo, desde su abdomen hasta que sus dedos tocaron con su cálida extremidad. Al contacto, sitió un espasmo en su pelvis, y, tras tomarlo con suavidad que luego se volvería un prolijo movimiento acelerado, se perdió en su propio disfrute, olvidándose un momento de todo lo demás.

[…]

Miró las sillas frente a él, esas dos simples sillas de madera, incómodas y tiesas a comparación con las que había allí originalmente. Sus ojos permanecieron en ese lugar, pero su mente seguía saltado como loca en muchas cosas más, unas pegadas al tema principal que lo agobiaba, otras un tanto lejanas y locas, recuerdos que nada tenían que ver pero se reproducían en su mente ahora, con detalle que incluso no sabía que tenía albergado en sus memorias.

No sabía cuánto tiempo llevaba ahí sentado, recargado en esa pared donde había destruido las sillas un tiempo atrás, moliéndolas a golpes, justo creía estar pisando los restos de algunas piezas, y de vidrios también, esos residuos de las botellas que también había destruido a golpes contra las paredes, preso de la borrachera y de los acontecimientos de esos días. Cuando lo pensaba de ese modo, parecía un arrebatado neurasténico, agresivo y destructivo, aunque, de sobra sabía que lo era, así que, siguiendo ese orden de ideas, se la sudaba que así fuera. Después de todo, era un saiyajin, no es como si fuese regando flores por el universo y tomándose de las manos con todos para volar en trineos mágicos y unicornios.

Era sólo que la quietud y reflexión del momento lo hacía verse como un individuo diferente, sabía que, si sucedía algo lo suficientemente jodido para molestarlo o fastidiarlo, no dudaría en moler las camas de cada habitación contra las paredes de los pasillos, pero justo en ese momento su propia tranquilidad lo hacía reflexionar, lo hacía sentirse inmaduro cuando pensaba en esas acciones en las que terminaba preso de la impotencia. Sí, era patético descargar su frustración destruyendo cosas, pero todo era mejor que reprimirlo, estaba cansado de esa mierda de aparentar.

Recargado en esa fría pared amarilla opaca, fue honesto consigo mismo, estaba cansado de todo, de absolutamente todo, quería despertar y ser una persona diferente, quería pararse frente al espejo y ver a alguien más, arrancarse la piel y renacer, sentirse nuevo, dejar de cargar todo lo que llevaba a cuestas. Pero no, no podía, y cada día que pasaba seguía siendo Bardock, y cada día en cualquier lugar seguía cargando lo mismo, una y otra vez, sin poder soltarlo en algún lado y sentirse libre, poder extenderse en un cielo, cerrar los ojos, abrir sus alas y no preocuparse o sentir culpa por nada, nunca jamás. Sólo el viento sobre su cara, sólo eso, nada más.

Pero nada se iría nunca, ni sus recuerdos, ni sus batallas, ni su orgullo, ni su sangre ni nada más, los arrepentimientos no se irían nunca, ni los sueños, ni los hubiera, ni las cicatrices o miedos. Todo seguía ahí, amontonándose y volviendo la montaña de mierda tan alta que era imposible dar con la punta. Se perdía en las alturas que superaban su propia expectativa.

Hacía años, tal vez muchos y tal vez también muy pocos, él creía firmemente en todo lo que había aprendido y conocido en Vegita, como saiyajin, como soldado y guerrero frío y despiadado, hambriento de peleas y ambicioso en el poder. Y ahora, muy lejano a aquel pensamiento ridículo y fantasioso de sentir la raza saiyajin invencible y todopoderosa, de sentir la gloria y el poder en la puerta, caía en la absurda realidad de poder ser consiente del destino y del futuro, no sólo de los saiyajins, sino también de todo el universo.

Condenado y maldito como estaba, habiendo viajado a muchos lados como esclavo de los Time Breakers y también perseguido por esas predicciones que él no había pedido, cualquier idea ahora perdía fundamento. ¿De qué valía todo ahora? ¿Tenía sentido seguir creyendo firmemente en todo lo que había aprendido y sabía de lo que alguna vez fue su cultura?

No. No valía la pena, ¡Jamás lo había hecho! Sólo habían vuelto a los saiyajins una raza huraña y temida en el universo, dispar entre las clases, injusta con cada miembro que perteneciera a ellos. Su forma de regir las cosas sólo había generado disputas y desconfianzas entre los mismos saiyajins, y más que nada, había causado dolor, mucho, mucho dolor. Había causado también discriminación y miedo, sí… miedo. El miedo era la base de la cultura saiyajin, el miedo lo controlaba todo, siempre.

Nunca lo había notado, porque de niño, a golpes, te enseñaban a honrar y enorgullecerte de pertenecer a la raza saiyajin, te cegaban ante una idea que se quedaba por siempre implícita en cada miembro de la misma: debías estar agradecido de ser saiyajin, y debías defender el honor de esta misma, siendo grande, siendo fuerte, sin dar vergüenzas que deshonren tu sangre. Sin mostrar a nadie tu debilidad, porque el orgullo saiyajin siempre es primero.

Tras ello, uno siempre vivía con miedo: miedo a ser débil, miedo a demostrar tus sentimientos, miedo a no ser aceptado entre los tuyos, miedo a ser sobajado por tus habilidades, miedo de perder tu orgullo, miedo de morir sin honor, miedo, miedo… todo era cuestión de miedo. Qué irónico resultaba todo cuando lo meditaba, se suponía que eran la raza más fuerte, una raza que no temía ni a la misma muerte… pero toda su ideología estaba basada en el miedo. La muerte, en ese aspecto, era la liberación del alma, la única real.

Porque, no había más verdad para un saiyajin, la muerte libera y la vida aprisiona, así de simple.

Entonces, si alguien quería ser libre, libre con sus sentimientos, pensamientos, y consigo mismo, entonces lo único que tenía que hacer era morir, ¿no es así? Si de verdad quería ser libre, sólo lo encontraría enfrentándose a la muerte. En Vegita, la libertad era una ilusión, una farsa tediosa y abrumadora, una libertad tan malditamente bien disfrazada, que a diario había luchado por ella. ¿Quién pensaría qué la libertad siempre la tuvo entre sus brazos cada vez que volvía a casa con su mujer?

Y que obvio sonaba ahora.

Sin embargo, a pesar de que Bardock lo sabía ahora, a pesar de que era consciente de que su raza había sido estúpida todo el tiempo, a pesar de saber que ellos también tenían derecho de sentir y expresar, y más que nada, tenían la capacidad de hacerlo... No podía. Y no podía porque había vivido como un saiyajin toda su vida, había vivido con el miedo de ser juzgado y rechazado en todo momento, porque no podía pararse frente a alguien y decirle "te quiero" como si fuera nada, ¡Joder, sólo de pensarlo sentía que se le caían las bolas!

Eran patéticas aquellas palabras incluso dentro de su mente, dirigidas imaginariamente a su mujer en sus pensamientos. Y no, estaba imposibilitado de decirlas, porque no podía dejar el miedo y los paradigmas de su raza de un momento para otro, abrir la boca y mencionar aquellas palabras, ¡seguro que se atragantaría o moriría envenenado! Y sabía, no tan en el fondo, que eso era a causa de que, al decirlas, sería juzgado por él mismo.

Porque no era libre. Porque jamás lo sería. Porque tenía sentimientos pero jamás le habían enseñado a expresarlos o apreciarlos, sólo a reprimir, sólo a ignorarlos porque si los demostraba sería víctima de burlas y deshonra. No, él ya no tenía libertad en sus venas, la posibilidad de abrir las alas y olvidarse de todo no existía para Bardock, siempre, permanecería aprisionado en ese miedo y orgullo que había pegado tanto a su pensamiento y a su piel que ahora eran parte de él, ahora eran él.

Y por más que lo supiera, por más que lo intentara, jamás dejaría de serlo.

Resignado a ello, resignado a que no se creía capaz de poder exteriorizar un día sus sentimientos, esos que aún se negaba a profesar incluso en su fuero interno. Se decidió a pensar en esa idea que le daba vueltas en la cabeza, en ese alguien que le jodía la existencia cuando lo miraba y lo sentía tan libre, una expresión máxima de esta, ese canal que era lo más cercano a una conexión con la libertad que él jamás tendría, porque, al mirarlo a él siendo libre, se sentía de algún modo unido a esa libertad.

Kakarotto, ese muchacho no dejaba darle vueltas en la cabeza, no dejaba de pensar en lo estúpido que era, aunque, ahora que lo pensaba adecuadamente, ¿realmente era Kakarotto un estúpido? Claro que para los saiyajins morir con honor era esencial, y era el anhelo de todos y cada uno de ellos, pero morir de la forma en la que él iba a morir hacía unos días, en la explosión de Namek, no, esa no era una manera de morir para alguien como Kakarotto, pero el parecía… ¿Conforme? ¿En paz...? ¿Libre?

Sí, ese muchacho parecía libre aun cuando seguro no quedarían ni cenizas de él, y todavía había tenido el cinismo de sonreírle. ¿Cómo? ¿Cómo podía? ¿Cómo le hacía para poder vivir con esa libertad cada segundo de su vida, incluso si estos parecían ser los últimos? No lo sabía, no lo entendía y llegaba el punto en donde no podía sacar de su mente la idea de que el muchacho seguro sufría alguna clase de retraso que lo hacía actuar de esa manera. Pero no, no lo estaba, era sólo que había crecido de una forma muy diferente a la de él.

Comprenderlo era una tarea complicada, de hecho no creía estarlo haciendo totalmente, pero si creía entender al menos las cosas lo suficiente. Había momentos en los que Bardock llegaba a pensar que el muchacho actuaba, que nadie podía ser tan malditamente calmado y alegre siendo saiyajin, pero luego su padre y la misma Gine venían a su cabeza y sabía que alguno de los dos estaba haciendo las cosas mal, y seguramente no eran ellos.

Mucho tiempo, durante su vida en Vegita, pensó que el máximo honor y gloria para un saiyajin era tener una descendencia fuerte y ambiciosa, eso obviamente quitaba tonterías como la piedad y los sentimientos, debía ser calculador y estratega, frío e inteligente. Sí, ese era el objetivo y el sueño de cada saiyajin, dar descendencia más y más poderosa, más orgullosa y con más porte. Alguien, al final, sin sentimientos, sólo enormes bolas de tenebroso poder y destrucción sin sentido.

Por eso había estado desilusionado cuando Kakarotto había nacido con un poder de sólo dos unidades, siendo un guerrero de clase baja, sin un aparente futuro, sin todo eso que creyó fundamental para un saiyajin. Qué estúpido fue todo eso considerando lo que ahora era Kakarotto, quién era dentro de toda la historia del universo, y las cosas que superó en demasía por sobre todos los demás de la raza.

Y no, no era su sorprendente poder el que hacía sentir a Bardock orgulloso de algún modo sobre el muchacho, no, no lo era ni remotamente cerca. Kakarotto era muy fuerte, sí, pero lo que le provocaba una sensación en el pecho a Bardock, una opresión que deformaba sus facciones tratando de exteriorizar una sonrisa, era más que puños y patadas certeros. Era, sobre todo, su carácter noble y la libertad de su espíritu. Nada más.

Ahora entendía que había estado equivocado igual que su raza, y que las cosas las había estado haciendo mal desde el principio de ese viaje. Los sentimientos y los lazos, esos que tanto se obligaban a reprimir los saiyajins, era lo que al final los hacía fuertes. No gastarse los cuerpos en una batalla, sino engrandecer el alma a través del cuerpo. Y qué lejos estaba ahora de poder cambiar algo en él.

Bardock había intentado morir en el planeta Kyle a manos de Miira para salvar a Kakarotto, y terminó siendo salvado por él. Y no lo entendió en su momento, él creyó haber estado haciendo algo bien por primera vez, algo que valía la pena, algo por alguien más que no fuera él mismo. Y había errado, porque aún si hubiera muerto y Kakarotto hubiese vuelto a su tiempo, no estaba haciendo lo correcto.

Lo correcto era volverlo a su tiempo y matar a Miira.

Lo correcto era tratar de pelear lo más posible por los demás, conservar tu vida para poder salvar otras.

Sí, la idea apenas y le cabía en la cabeza, apenas y podía pensar en ello sin asquearse y pensar en estupideces sin sentido para evitar razonamientos estúpidos, pero decidió mantener aquello firmemente. Había una imagen que aún perturbaba su pensamiento, uno que le hacía desear permanecer con vida, para proteger, para hacer lo que jamás había imaginado siquiera.

La sonrisa de Kakarotto, esa melancólica y resignada que le dio en la nave justo un segundo antes de que esa energía apareciera y les diera la oportunidad de huir, esa sonrisa lo martirizaba desde entonces. ¿Por qué sonrió? ¿Por qué parecía estar bien con la idea de saber que moriría? ¿Por qué le encargó a su familia y parecía tranquilo con eso? ¿Por qué parecía feliz de que él sobreviviría?

Y no, no era igual a lo que él trató de hacer en Kyle, Kakarotto estaba genuinamente feliz en ese momento, totalmente tranquilo, libre aún, como siempre. Bardock, él en Kyle sólo quería desprenderse ya de toda la mierda, que Kakarotto volviera a su tiempo y él pudiera descansar, que todo diera fin de una vez. Uno luchaba por el resto, de los mundos y de los universos, Bardock sólo luchaba por él y por la única persona que le importaba, de ahí, nadie más le parecía importante contemplar.

Sí, Kakarotto era un loco al poder pararse frente a él y admitir que amaba a todo el mundo, que tenía de hecho una loca tendencia a amar a cualquier criatura en el universo. Y él no podía admitir querer a alguien ni para su fuero interno. Seguía siendo el mismo egoísta de siempre, seguía siendo un saiyajin, nada más. Incluso si quería a su mujer muerta a sus hijos y a ese muchacho, pelearía por fines egoístas o estúpidos. Jamás alcanzaría la libertad.

Y había estado atormentado todos esos días, había estado odiándose por no ser capaz ni siquiera de cuidarlo lo suficiente, Kakarotto había estado a punto de morir por su culpa, ¡No podía hacer ni siquiera eso bien! No podía protegerlo. No había manera, la muerte los seguía y sus acciones seguramente no los llevarían a otro lado más que a la mismísima perdición.

Sabiendo eso, consideró entonces lo último y también único que podía hacer: dejar las cosas suceder. Claro que pelearía hasta el final por mantener al muchacho bien, vivo y a salvo, pero en el trayecto trataría también de sobrevivir, para seguir luchando por él. Y mientras ese día llegaba, intentaría también aprender la lección y llevarla a cabo. Valorar el presente que se desvanecía a cada segundo, ese al que seguramente un día desearía volver y no podría.

Haría vivir a Kakarotto, no sólo en su vida física, también lo haría vivir en el momento, lo haría libre, porque de alguna manera, Bardock era libre también a través de él. Y no bastaba entonces mantenerlo con vida, el verdadero objetivo, era lograr que esa libertad no muriera antes que ellos mismos.

Su mirada se movió levemente, encontrando el reloj Tsufurujin marcando el tiempo faltante para el destino: exactamente dos horas. Sacudió su cabeza para tratar de salir de sus pensamientos y su aturdimiento, poniéndose de pie mientras parpadeaba repetidas veces tratando de despejar su mente y alejar el ligero sueño que se había generado mientras estaba ahí sentado. Se concentró un momento, sintiendo la energía de Kakarotto activa, de hecho ligeramente inestable, señal de que estaba despierto y realizando alguna actividad física, seguramente.

Con la incertidumbre de no saber a donde podrían llegar, decidió que era buen momento para alimentarse, debían estar fuertes por sí el lugar era peligroso, o si, peor aún, los Time Breakers aparecían de la nada. Decidido, dio un asentimiento para sí mismo, comenzando a avanzar por el pasillo, dispuesto a hablarle a Kakarotto, para que comieran juntos.

Mientras avanzaba, se sorprendió al notar que estaba en su habitación, pues pensó que estaría en la sala de entrenamiento, ya que su energía daba leves fluctuaciones, pero ya que lo pensaba detenidamente, esos cambios en la energía eran demasiado suaves para tratarse de un entrenamiento, así que, tal vez, podría estar haciendo meditación… o teniendo una pesadilla. En todo caso, estaba ya a unos pasos de la puerta, era sólo cuestión de echar un vistazo.

Caminó los últimos pasos hasta dar con la pieza de madera, y, tan ligero como estaba, sencillamente abrió la puerta, girando la perilla y extendiendo la puerta a un lado, dándose paso a la habitación. Sin embargo, apenas abrió la puerta, un sonido llegó a sus oídos, además de la imagen que se posó frente a él un segundo después, pues no pudo frenar su movimiento y la puerta terminó abierta con él en medio de esta.

El gemido que percibió lo aturdió, sí, lo extrañó y sorprendió, pero, cuando tuvo la imagen frente de él, se perturbó, se inquietó a un punto que no creyó posible. Sus ojos se abrieron ampliamente y su quijada cayó presa de la sorpresa, congelándose en su sitio, sólo mirando al frente con incredulidad. Goku estaba con sus piernas flexionadas y su compás abierto, cerrando los ojos con fuerza mientras sus facciones eran la prueba completa del disfrute, torciéndose con cada movimiento acelerado de su brazo, el cual se marcaba a través de las cobijas.

Claro que fueron sólo segundos, quizá sólo uno o dos, pero a Bardock le pareció algo eterno, estaba estático sin saber qué hacer, definitivamente no esperaba eso, así que internamente no sabía si comenzar a reír o salir de una buena maldita vez de ese lugar. Por suerte –o por desgracia–, Goku se percató de su presencia, abriendo los ojos y girando en su dirección, con la alarma pegada ya a sus facciones. Se miraron a los ojos un momento, el tiempo en que Goku llenaba sus pulmones de aire y entraba en completo pánico.

– ¡PAPÁ! – gritó asustado, apretando sus piernas mientras jalaba las cobijas apenado, mostrando su rostro completamente rojo y avergonzado, sin saber qué hacer.

Bardock salió de su sorpresa, cerrando la puerta finalmente, quedándose fuera de esta. Sin poder evitarlo, comenzó a reír largamente una vez afuera, con algo de nervio, pero bastante divertido con la cara que había puesto Kakarotto al ser descubierto. – ¡Lo siento, no sabía que estabas ocupado! – gritó, tratando de contener la risa. – ¡Esta bien, vuelvo en una hora y media, cuando hayas acabado! – volvió a reír, pero esta vez con algo de arrogancia implícita, pues, tomando en cuenta que era su hijo, estaba fanfarroneando respecto a su tiempo en el sexo, según sus pensamientos, debía ser tan bueno en la cama como él.

– ¡Cállate! ¡Yo no…! ¡Yo no estaba haciendo nada! – dentro de la habitación, Goku se sonrojó aún más, colocándose la licra a toda prisa, quitándose la cobija de encima mientras corría hasta el baño personal de esa habitación.

– ¡Ja, ja, ja! ¡¿Y qué estabas haciendo entonces?! ¡¿Midiendo el crecimiento de tus bolas?! – se burló, muy divertido. – ¡Ya sé! ¡Estabas nada más teniendo una fea pesadilla, ¿no?! ¡Por eso tus quejidos aterrados! – hizo alusión a sus gemidos, soltando otra carcajada, acompañada de leves golpes que dedicó a la pared.

– ¡No digas nada más! ¡Yo no…! – Goku bajó la mirada una vez fuera del baño, sintiendo sus palmas frías por el agua que acababa de lavar sus manos.

Bardock pensó en decir una nueva tontería, pero se detuvo al darse cuenta que el chico había detenido sus actos, y por el sonido del grifo, intuía que se había ido a lavar. Conteniendo todo el impulso de estupidez que a veces lo gobernaba, se aguantó la risa, pegándose a la puerta mientras sonreía levemente para sí mismo. – Oh, por favor, no te detengas por mí, si quieres me voy… no puedes dejar eso a medias, ¿eh? ¡Se notaba que estabas en lo más interesante! – por más que intentó, no pudo aguantar otra risa llena de burla, logrando que las mejillas del menor se inundaran de un nuevo carmín.

– ¡Papá! ¡Ya cállate! ¡No estaba haciendo nada! – Goku fue a la puerta, abriéndola, como mostrando que no estaba pasando ya nada. Bardock arqueó una ceja, sin borrar la sonrisa cretina le miró fijamente, frunciendo levemente el ceño un segundo después.

– Venga, no te detengas por mí, ¿o lo vas a dejar a medias? – preguntó, en un tono que mostraba verdadera preocupación, como si de verdad estuviese indignado con ello. –Kakarotto, uno no puede jugar así con los sentimientos de una polla – expresó, frunciendo el ceño, con verdadera seriedad, casi como si fuese el discurso de su vida.

–No… no digas eso… – Goku apretaba y aflojaba sus facciones, con su mirada fija en el piso, como si buscara ayuda en ese lugar.

Bardock estuvo a punto de burlarse de él una vez más, por tanta vergüenza y por tanta inocencia que incluso parecía destilar, le resultó divertido verlo así de apenado, pero entonces, una realidad se le vino a la cabeza. Kakarotto no era ni remotamente cercano a lo que era él a su edad, o cualquiera que conociera. Recordaba que él y Tooma decían millones de estupideces sobre el sexo, muchos en el cuartel hablaban sin remordimientos sobre ellos, resultaban vulgares e incluso expresivos en sus charlas. Kakarotto parecía… demasiado incómodo con eso.

Afiló la mirada, sintiendo su mediocre paternidad palpitar una vez más, ¿Había tenido Kakarotto alguna vez un conocimiento previo o algo referente al sexo? Estaba casi seguro que no, con toda esa despreocupación y bondad, estaba seguro de que no había tenido tiempo de caminar por ahí y mirarle el trasero a una hembra por la calle, o visitar bares y prostitutas, pero, más que nada, no había alguien a quien preguntarle sobre eso, un apoyo o un confidente al respecto. Y ahora el chico, que no era otra cosa más que un adulto con un hijo, se avergonzaba tanto por masturbarse.

– ¿Qué sucede Kakarotto? ¿Acaso vas a negarme que te guste el sexo? – preguntó, mirando como el menor se alteraba más ante la pregunta, y ante la seriedad puesta por el mayor.

Bardock rodó los ojos, entrando en el cuarto y cerrando la habitación tras él, se adentró en el lugar y se sentó en la orilla de la cama, tratando de no pensar en que las sábanas estaban sucias, invitó al menor a sentarse a su lado con un movimiento de cabeza, y este, apenado como estaba, obedeció. Bardock suspiró largamente, sin saber cómo iniciar la conversación. En realidad en Vegita no hablabas de sexo, los padres llevaban a los adolescentes a los bares cuando eran lo suficientemente mayores, y listo, se hacían hombres. Sin embargo, había familias que procuraban chalar del asunto con sus hijos, y ese era su caso; cuando su padre le había hablado sobre eso a Turles y a él, les había explicado tan detalladamente que sonó asqueroso y estuvo alejado de eso un buen tiempo, traumado por aquella charla. Por suerte no corría ese riesgo de arruinar el sexo ante los ojos del menor, después de todo, Kakarotto ya tenía experiencia, y un hijo, por supuesto.

– No tienen que importarte las cosas del sexo, Kakarotto… a mí me encanta follar, antes de que me uniera a Gine fornicaba todos los días con rameras distintas, ¡Joder, era una gloria meterse con ellas! – expresó, casi con orgullo. –Dime entonces, ¿no te gusta el sexo? – reiteró, mirándolo fijamente. Goku, con nervios y las mejillas sonrosadas, levantó la vista al frente, formando una ligera sonrisa.

– ¿Si me gusta el sexo? Bueno… sí… me encanta, pero sólo con ella – hizo alusión a su esposa, sonriendo algo bobo cuando lo hizo. De inmediato, Bardock entendió algo, cosa que lo hizo asentir con lentitud.

–Ya veo, es esa mujer loca la que te tiene tan cohibido en ese aspecto, ¿no? – Goku le miró de mala maneta tras la forma despectiva de dirigirse a Chi, frunciendo el ceño con algo de molestia. –Bueno, ¿es o no es? ¿Acaso ella te dice que es algo malo tocarte o hablar de ello? – fue directo, y Goku deseó frenar la conversación y terminar con esa tortura que lo mataría de vergüenza, pero por alguna razón, decidió responder.

–Chi dice que esas son cosas de pareja, nadie tiene porque enterarse de ello, sólo ella y yo…, y creo que tiene razón – Bardock bufó, rodando los ojos una vez más, entendiendo en el fondo que era la mujer manipuladora la que había plantado esas ideas en el muchacho.

– ¿Alguien más te habló de sexo? ¿Sabes algo a parte de lo que has hecho con… Chi? – se contuvo de insultarla una vez más, pronunciando el nombre con algo de falsedad.

–Pues… – Goku colocó una mano en su barbilla, pensándose la respuesta un momento. –El Maestro Roshi nos habló a mí y a Krillin sobre eso… dijo cosas al respecto de nuestros cuerpos… pero dijo que lo demás nosotros teníamos que saberlo hacer en su momento – detuvo sus palabras, sonrojándose cuando se decidió a compartir una cosa más. –Chi y yo sólo lo hicimos después… nada más – Bardock casi cae dormido ante tan "emocionante" relato.

Fastidiado con esa ingenuidad de parte del joven, sacudió la cabeza, sin llegar a comprender mucho esa falta de interés. –Kakarotto, entonces ¿me estás diciendo que todo lo que has hecho está basado en la consideración de tu mujer? – Kakarotto asintió, con algo más de vergüenza. –Eso explica porque demonios actúas como una mujer – lo soltó con molestia, mostrando sus facciones apretadas en genuina irritación.

– ¿Qué? Pero si Chi sabe de eso, ella siempre dice que… – Bardock agitó las manos en el aire para que se callara, negando agitadamente mientras sus ojos volvían a dar otra vuelta, frustrados.

–Ella piensa como mujer Kakarotto, tú no – lo soltó, meditando un largo segundo, concentrándose en lo que diría, clavando su mirada en el menor para que sus palabras tuvieran más énfasis. –Los hombres sólo pensamos en una cosa: meter la sardina en el mar.

El menor se enrojeció de nuevo, cubriéndose los ojos mientras trataba de atravesar la vergüenza que le provocó oír esa frase. Bardock sonrió ladinamente, sabiendo que, si no objetaba, seguro que había dado en el blanco. Goku suspiró largamente, buscando palabras para contradecir aquello, pero, haciendo memoria, desde la primera vez que había tocado a Chi, era un tema bastante presente en sus pensamientos.

– ¿Cómo es ella? – cuestionó de pronto Bardock, recuperando seriedad.

– ¿Qué…? – Goku parpadeó, sin entender, tratando de responder a ello.

–Vamos, como es… físicamente… sabes a lo que me refiero – sonrió un poco pervertido, dibujando una silueta de mujer en el aire con las manos. Goku se sonrojó muchísimo, mirando a su padre con incredulidad, como si estuviese loco.

– ¡No voy a decirte como es! – frunció, recordando alguna cosa que dijo Chi alguna vez sobre respetar, ser discreto, no hablar de su intimidad y blablablá…

– ¡Kakarotto es importante! ¡Son asuntos de polleteo, mete-saca, duro contra el muro! Debo tener una maldita referencia – se quejó, como si fuera él el ofendido. –Bueno, vamos, lo haré yo primero – sugirió, notando que el muchacho lo miraba aún como si estuviera loco. –Mira, tu madre… bueno… – dibujó la cabeza, el cuello y los hombros con sus dos manos, deteniéndose en la curva de sus pechos. –Más o menos – comentó cuando los dibujó en el aire, continuando hasta la cintura, donde puso una expresión más alegre. –Nada mal – murmuró antes de pasar a las caderas, donde su sonrisa se ensanchó. –Bastante bien – terminó por decir, finalizando su dibujo, viajando sus ojos hasta el más joven en busca de alguna reacción.

Goku, sabiendo que no había escapatoria, suspiró, levantando las manos mientras se imaginaba a Chi frente a él, desnuda y perfecta, como sólo ella podía. La visualizó, entonces, la sintió frente a él mientras sentía su aroma inundar sus pulmones, mientras, siguiendo sólo la línea de su piel, la marcaba en al aire con precisión, con detalle en una simetría armoniosa, ignorando los sonidos de sorpresa que su padre vociferaba mientras él avanzaba, descendiendo hasta lo que fueron las rodillas de aquel fantasma de Chi.

–Con un demonio, ahora entiendo porque sigues con ella a pesar de que es una maldita loca – murmuró, cuando Goku terminó de pensarla, con los ojos bien abiertos. Goku salió del encanto del acto, lanzando una mirada molesta a su papá, quien comenzó a reír una vez más, sólo para molestar. –Bueno… recuerdo haberla visto alguna vez… en el torneo de artes marciales, antes de que la mocosa odiosa de tu nieta interviniera… pero no lucía de ese modo… ¡Se ve que esconde mucho tras esos horrorosos trapos! – A Bardock se le fueron las palabras sin pensar en ello, aun fijo en el fantasmal cuerpo que había delineado su hijo momentos atrás.

– ¿Mi… nieta? ¿El torneo? ¿De qué hablas? – Goku se impactó, mirando a Bardock, quien cayó en cuenta de su error y apretó las quijadas, pensándose unos segundos que decir.

–Eso no importa ahora… estamos hablando de cosas importantes – suspiró, recargando sus manos en el colchón a sus lados, levantando la mirada hacia el techo en una pose pensativa. –De verdad no pensé que lo hacías… ya sabes… – agitó su mano empuñada frente a él, haciendo alusión a la acción de masturbarse.

–Yo… no es algo que me guste – susurró el otro, ya un poco más sincero y calmado.

–Pero es necesario, ¿Por qué crees que tardó tanto en la "ducha" cuando odio bañarme? – comenzó a reír suavemente otra vez, mirando a Kakarotto desviar una vez más la mirada, pero, no tardó en comenzar a reír también, una risa genuinamente divertida que no combinaba en nada con su rostro avergonzado y sus mejillas rojas.

Bardock, contemplándolo, perdió el hilo de su propio chiste. Se quedó mirándolo, fijamente, sin colocar expresión en su rostro, más que un leve ápice de embelesamiento. Ahí, Kakarotto lucía tan libre que un segundo creyó que él también lo era. Supo, de sobra, que esa sarta de estupideces que soltaba no muy a menudo eran los pequeños momentos que lo acercaban a ese cielo que jamás sería cruzado por él. En dónde sólo podía observar. Pero hacerlo se sentía mejor de lo que hubiera imaginado. Ser libre a través de otros.

Sin ser muy consciente de sus actos, ni de sus pensamientos ni de nada más que esa libertad en medio de ese vínculo, extendió su brazo, pasándolo por sobre los hombros de Kakarotto en un leve abrazo, en un gesto similar al que tenía para con su compañero Tooma, con la diferencia que contenía un significado. De qué era distinto por donde quiera que lo mirara. Significaba jugar y fingir que no existía esa prohibición de su propia libertad.

Goku se sorprendió, deteniendo su risa e incluso borrando el rojo de su rostro. Miró a su padre, como buscando alguna clase de respuesta, pero este no lo miraba, miraba al frente, con una extraña seriedad, casi podría decir que se veía pensativo y melancólico, y al mismo tiempo, tranquilo y relajado como, quizá, no lo había visto antes. Sonrió levemente entonces, quedándose en su sitio, sin corresponder, pero sin quitarse. Ninguno de los dos era muy apegado a los afectos amorosos, así que sabía que ya era lo suficientemente complicado para los dos.

Bardock sonrió algo cretino, palmeando el hombro de Kakarotto mientras lo soltaba y se ponía de pie, quitando la expresión estúpida que había sostenido hasta el momento. –Apresúrate si vas a terminar, aterrizaremos en una hora y media… necesitarás comer algo por si el sitio resulta ser una mierda, ya hemos viajado por cinco días, espero que al menos el destino valga la pena – explicó, antes de salir con su seriedad y aplomo de siempre, dejando a Goku solo en su habitación.

[Mundo de los demonios, tiempo y universo desconocido]

–Señorita Towa… ¿Quién es este hombre? – preguntó un sujeto que pertenecía a la guardia real, un alto rango entre los puestos del reino que había escoltado a la mencionada hasta ese lugar.

–Un aliado, eso es lo único que importa – respondió, sin siquiera dignarse a mirar al soldado, manteniendo sus ojos fijos en Miira, quien yacía en una cama, profundamente dormido, con el brazo derecho –o lo que quedaba de él– vendado. Portaba sólo una bata blanca y estaba cubierto por una sábana, había sido intervenido y suturado del brazo, nada importante, pero había tenido que ser sedado, había perdido mucha sangre y necesitaba recuperarse adecuadamente.

–Señorita Towa… el señor ha sido informado de su llegada, él ha pedido su presencia inmediata en la sala real – informó un guardia, entrando efusivamente en el lugar.

Towa frunció ante ese escandaloso y molesto anuncio, pero al final, no era como si pudiera negarse. Asintió levemente, para indicar al sujeto que había entendido, logrando que este se marchara con la misma velocidad. La mujer observó una vez más al androide, moviendo su vista a un lado, observando por el rabillo a aquel soldado de alto mando, quien, al sentir la mirada pesada de la mujer, se tensó inmediatamente.

–Iré a la sala real, te encargó este lugar, que absolutamente nadie entre… el que lo haga, mátalo… y si no lo haces, entonces yo misma te mataré a ti… – el sujeto asintió sin chistar, haciendo una leve reverencia mientras la mujer de ojos celestes salía de la habitación, dando zancadas por el cuarto hasta llegar al pasillo, donde cerró por fuera la habitación donde se encontraba Miira, lanzando un rápido vistazo a los lado, para cerciorarse de que nadie estuviese mirando.

Soltó un suspiro cuando encontró el pasillo totalmente vacío, ni siquiera estaba algún guardia, sólo la extensión del gris de las paredes a los dos sentidos. Trató de no doblarse, de no denotar toda la tensión y frustración que tenía en ese momento, de que todas las mentiras hechas y nuevas no exudaran a través de ella, de su mirada y de su posición actual. Un fallo en ese momento sería por demás imprudente. Retomó su postura, endureciendo el rostro para no permitirse ninguna clase de fallo, de que no hubiera duda de ella por ningún lugar.

Conocía el camino hasta la sala real, era el mismo castillo en donde había vivido la mayor parte de su vida, en todos los universos era siempre igual. Tras ese pensamiento su mente arrojó una pregunta, ¿Qué universo era ese? No lo sabía, había escogido el primer universo que no fuera el propio, en un tiempo luego de la "desaparición" de esa Towa. Y ahí estaba, arriesgando bastante, sólo por mantener adecuadamente a Miira, por no dejarlo morir, y claro que no se le había ocurrido un lugar mejor al cual correr.

El planeta Plant del universo que ellos ya habían acudido con anterioridad sonó atractivo al principio, pero Trunks ya había metido las narices en ese lugar, así que seguro estaría monitoreado de algún modo y volver ahí sería una estupidez. Ese lugar, su planeta natal, era la mejor de las opciones. Por supuesto que habría deseado más ir su propio universo, de donde realmente venía ella, sin embargo, de donde venía era un lugar al cual no podía volver, al menos, no tan fácilmente.

–Hermano… piénsalo… quedarnos aquí no arreglará nada… – habló, levantando el rostro con más fiereza.

– ¿Y piensas que abandonar este mundo será la solución? ¡No seas ilusa, Towa! Nosotros no podemos ser esclavos de nadie, estamos destinados a gobernar, ¿Irás allá afuera pensando que realmente el universo será tuyo? No serás nadie si te vas – respondió Dábura, reclinándose en su trono, cruzando la pierna al frente mientras la miraba desdeñoso.

–No soy nadie aquí ahora mismo, hermano – Dábura entrecerró los ojos, colocando un rostro molesto e incluso desafiante.

–No hay necesidad de que te vayas – dijo esta vez, con más seriedad y calma.

–Tampoco hay de que me quede – contraatacó la mujer, esta vez con mucha más determinación, retando al mayor de los dos con su mirada.

–No puedo creer que seas tan tonta, pero si quieres irte, está bien, pero será sola – vociferó, con una amenaza implícita en ese reto.

–Bien, si quieres quedarte aquí atrapado por siempre en este mugre planeta de mierda puedes hacerlo, ¡Jugando a ser el rey por siempre! ¡Verás que encontraré la liberación de nuestro sello! ¡Liberaré a este mundo! – Esta vez Dábura dibujó media sonrisa en sus labios, meneando levemente el pie que apoyaba sobre su rodilla.

–Muéstrame entonces, Towa, sácame de mi error… quiero verte haciéndolo – angostó más la mirada, borrando la falsa sonrisa de sus facciones, colocando una frialdad absoluta. –Y si estás tan segura de ello, entonces te diré una cosa… tú no volverás a este reino a no ser que sea con la liberación de nuestro sello – Towa palideció un momento, quedándose en silencio mientras trataba de afrontar eso con la misma valentía.

–Padre, ¿estás diciendo que mi tía está exiliada del mundo de los demonios? – cuestionó Beelzebub, de pie al lado de Dábura, al pendiente todo el tiempo de la conversación.

–Exactamente, al abandonar este reino, lo estarás traicionando… ¡Lo sabes! Si te vas, no volverás Towa, tu exilio será permanente… – Towa apretó los labios, pero no pareció flaquear respecto a su idea. –A menos, claro, que vuelvas con la liberación del sello, ¡Con la corona del universo! – exclamó, soltando una estruendosa carcajada luego de eso.

– ¡Cretino! ¡Ya verás que liberaré este maldito reino! ¡Este que no tiene más que cucarachas! ¡Y no lo haré porque los necesité, lo haré para mostrarte que era verdad lo que decía! ¡No busques ni ruegues por perdón o poder después de esto, hermano! – bramó ella, con toda la intensidad, la adrenalina y el enojo implícitos.

– ¡Serás tú la que buscará mi perdón y querrá volver al notar que todo era una tontería! – se puso de pie, lo suficientemente irritado ya con esa conversación. – ¡Lárgate de una vez y no vuelvas, Towa, no quiero ver más tu iluso rostro! ¡No eres más que una deshonra para este reino! – La mujer chasqueó la boca, mirando con odio puro al mayor de los presentes.

–Te arrepentirás de tus palabras, Dábura… la próxima vez que esté aquí, estaré en la punta del universo.

Esa misma tarde Towa había huido del mundo de los demonios junto con Miira, y de eso a ahora habían pasado muchos años, donde viajaron a través del universo, matando a las Towa de todas las líneas y se hicieron del ADN de diversos sujetos que encontraron por los universos, luego, ellos eligieron un universo y un tiempo, exactamente el año 910, universo 3, donde se instalaron en el planeta Tierra y surgieron todas las demás cosas de persecución a Goku que ya tanto conocía.

Sí, habían pasado muchas cosas, muchos años, uniones y unificaciones de ejércitos, la formación de los Time Breakers, el poderío y gobierno de muchos lados, pero, pese a todo, aún no podía encontrar la liberación del sello del mundo de los demonios, ni tampoco estaba en la cima del universo, mucho menos. Por eso no podía volver a su tiempo real, porque allí no era más que una traidora, y si volvía sería juzgada como tal, y además de eso como una cobarde, mentirosa y fracasada, y por supuesto que su orgullo no se lo permitiría jamás.

Por eso estaba en ese universo que no estaba segura cual era, ese en donde aquella Towa había "desaparecido" hacía mucho, y ahora todos creían que ella era la Towa de ese universo y que había vuelto de donde fuera se había ido. La Shiniana sabía bien acerca de los ciclos de los universos, su repetitividad, por cada tres universos que había, en uno de ellos su hermano había sido controlado por Babidi y asesinado por Majin Buu, pero, al igual que su universo de origen, Dábura estaba vivo en ese instante.

Con pesar llegó hasta la puerta de la sala real, tomando una gran bocanada de aire mientras se preparaba mentalmente y fingía lo mejor que podía, todo lo que pudiera prepararse. Debía permanecer dócil y callada al principio, no sabía cuánto tiempo había pasado desde que había matado a la Towa original, así que decir cualquier cosa podría dejarla en evidencia. Apretando la quijada y luciendo pasiva, muy contraria a todos sus pensamientos, abrió la enorme y adornada puerta con ligera dificultad por la energía que debía disminuir para relajarse.

El pasillo alfombrado pintó frente a ella, largo y oscuro, bordeado por anchos pilares que se extendían hasta lo alto en el techo, cada uno adornado por figuras de gárgolas y demonios de piedra colgando por todos los sitios. Al fondo de todo, un trono asomaba al final de cinco discretos escalones, adornado por enormes picos y cuernos que se hacían lucir el trono más como una silla de castigo que otra cosa, pero por lo lujoso de los mangos y el acolchonado recordaba que era el sitio más deseado por todos los habitantes de ese planeta.

Dábura descansaba sobre él, sentado con aparente calma, deslizando sus largas uñas negras por el borde de uno de los descansos del brazo, denotando su curiosidad e impaciencia, pues Towa avanzó con calma, tratando de disolver la arrogancia que sintió al entrar en ese sitio y saberse, por fin, más fuerte que cualquiera en ese lugar. Qué fácil podría ser matar a su hermano y quedarse con el trono y el planeta, los títulos y los elogios. Pero no, no hacía falta, un planeta como ese no era nada si era paciente, fingía, y luego de todo podría utilizarlos, marcharse y lograr la conquista del universo.

Con ese pensamiento fijo en la cabeza, llegó hasta el principio de las escaleras, donde, en contra de toda su razón y voluntad, se arrodilló, colocando sólo una pierna en el suelo y una mano empuñada un poco más adelante. Sus ojos no miraron a su hermano, los pego de igual forma al piso, si lo hubiera visto, seguro que habría notado su asco y falsedad, su odio innegable ante todo eso. Dábura detuvo su golpeteo sobre su silla, clavando sus ojos en la figura de la mujer, dejándola sentir la potencia de esos ojos.

–Towa… cuanto tiempo –le dio asco oír su voz, pero se contuvo con todas sus fuerzas, apretando los labios mientras reprimía una mueca. –No hace falta tanta formalidad, después de todo… eres miembro de la realeza – movió su mano, indicándole que se levantara con un suave movimiento.

–Hermano, aquí estoy – dijo, más por decir algo que porque de vedad fuese necesario decirlo. Levantó la mirada y encontró la seriedad en Dábura, pero también algo más que no lograba descifrar.

–Tía… ¿Dónde había estado todo este tiempo? Mi papá y yo hemos estado tan preocupados por… – Beelzebub, joven e imprudente como era, intervino en la conversación con tono alarmante, siendo silenciado por su padre, quien levantó la mano indicando silencio.

Towa frunció el ceño, mirando a su joven sobrino, encontrando en sus ojos sorprendidos aún y curiosos hasta lo imposible, genuina preocupación. Absoluta veracidad en sus anteriores palabras. Pasó entonces a los ojos de su hermano, que se mostraron irritados ante las palabras de su hijo, pero que no desmentían, ese algo que Towa notaba era preocupación y alivio, todos tapados por una poderosa pared de frialdad para no ser vistos, para no encontrarse vulnerable y actuar sentimentalmente al verla ahí de vuelta.

Towa se relajó ante esa idea, relajado su rostro y mirando a su hermano con un poco más de docilidad. –Hermanita, ¿en dónde demonios te metiste? Creímos que… – no terminó su frase, sin saber cuál de todas las conjeturas a las que había llegado desde su desaparición decir, había pensado en tantas cosas que sencillamente no supo al cual acudir primero.

–Hermano, sucedieron muchas cosas… hubo un hombre, uno de raza Majin, con otro grupo de sujetos… traté de liberarme este tiempo, y al fin pude volver… ¡El sujeto que está ahora en la enfermería me ayudó a escapar! ¡De él es la nave y me trajo de vuelta! No sabía a donde más ir, él estaba herido, y yo y la otra mujer apenas pudimos salir de allí – mintió, sintiendo su propia mentira falta de fundamentos y congruencia por donde la viera. Sabía que a oídos de Dábura estaba la noticia de que ella, junto con un hombre y una mujer, que no eran otros más que Miira y Virgo, arribaron el planeta y que Towa había hecho una petición técnica. Pero de eso nada más, y todo lucía ciertamente estúpido.

Sin embargo, Dábura no necesitó más explicaciones, él no necesitaba nada más, ni detalles, ni nada. Se puso de pie, relajando también su expresión, a una más de alivio y al mismo tiempo rabia. Despotricó un momento sobre aquellas criaturas y juro una pronta venganza por haberla tomado de ese modo, asegurando que haría pagar al responsable, torturándolo hasta la agonía. Más sereno, bajó las escaleras, colocándose frente a su hermana y mirándola con detenimiento, casi con ternura.

–No es necesario que me digas todo en este momento… dejemos los detalles para después, justo ahora sólo importa que hayas vuelto… – la sujeto de los hombros, masajeándolos un momento. –Planearemos una venganza próximamente… y claro que ayudaremos en lo que solicitaste para ese sujeto… después de todo, él fue quien te salvó – le sonrió, genuino, dándole un apretón un poco más fuerte.

Towa sonrió del mismo modo, igual de real. Dábura, siendo el rey del mundo de los demonios, aún era su hermano, y aún sabía que se querían a su retorcido modo. Claro que él era un cabeza dura que estaba tan acostumbrado a la forma de vivir de ese lugar, tan asustado al sello que los aprisionaba, que no sería capaz de dejar ese huevo donde vivían, esa era la razón por la que se había peleado con el hermano de su tiempo, pero no por él, nunca por él, ambos confiaban en el otro, y por un efímero momento se sintió culpable por estar mintiendo de esa manera, por verlo tan ingenuo y tan conforme por esa tontería que soltó.

–Towa… ¿creciste? – inquirió de pronto, Dábura, mirando con más detenimiento a la mujer, exactamente en su pecho y en sus caderas, además de puntualizar en su vientre.

La mujer abrió los ojos ante ese comentario, sabiendo que, seguramente la Towa de ese lugar había desaparecido no hacía mucho, además, por la edad de su sobrino podría decir que ella aún debía ser joven, lo suficiente como para que su pecho no resaltara tanto como en ese momento. Se cubrió sus senos con los brazos, apenada y avergonzada, pero, luego de que notara los ojos de Dábura sobre su vientre, se asustó esta vez en serio.

–Hermano, no digas tonterías… mejor vamos de regreso a la sala de recuperación… ahí está ese sujeto del que te hablo – el aludido asintió, restándole importancia a lo demás y haciéndole una seña a Beelzebub para que los siguiera.

Los dos hombres comenzaron a caminar al frente de ella, y una vez más Towa fue víctima de un suspiro, algo agotado. Había olvidado su embarazo, seguramente por su próxima lactancia sus senos debían lucir más grandes aún de lo que los había hecho crecer la edad, además de que sus caderas lucían ligeramente más anchas, y su vientre, si se prestaba la atención debida, se notaba suavemente abultada, sobresalía una muy delicada curva de la línea recta que siempre había mantenido. Tratando de componer su postura otra vez, siguió a su hermano, deseando que Mira permaneciera dormido un buen rato más.

[…]

Negro, oscuridad profunda, ni un ápice de luz que sobrepasara esa nube sombría que lo envolvía, sólo oscuridad, sólo vacío. No estaba pensando adecuadamente, en realidad, no podía pensar en nada en concreto, sólo se quedó fijo en el negro, en la sensación de volar a través de él y ser inconsciente si estaba avanzando o no, pues no existía cambio alguno en su panorama. Sólo eterno etéreo interminable.

De pronto, algo cambió, un piteo constante, agudo y denso, cada vez más y más. Se detuvo en su andar a través del negro donde su propia contemplación era imposible, se detuvo, concentrándose en aquel sonido ruidoso y molesto, y al mismo tiempo, tranquilizador. Prestó atención, dándose cuenta que el sonido estaba cada vez más alto, más potente, como si se acerara en todas direcciones, aprisionándolo.

El negro, de a poco, se convirtió en guinda, pintando solamente puntos negros a través del lienzo carmesí que ahora lo cubría. La sensación de no existir desapareció paulatinamente, y su cuerpo, rígido, comenzó a tener forma en medio de esa nube por la cual volaba. Comenzó a sentir su corazón, calmo, discreto, pero latía al mismo tiempo y con el mismo ímpetu que había percibido antes. Uno era reflejo del otro.

Se sintió en la realidad, abruptamente; se sintió acostado, sintió su pecho alzarse cada que tomaba aire, sintió sus parpados pesados cubrir sus orbes, sus mejillas, cálidas…, lo sintió todo: el aire, la frescura, la calma, quietud, las sábanas, la almohada, su sudor. Y al fondo de esto, latentes a su lado, un grupo de energías brillaron, alarmantes en su poder considerando su situación.

Abrió los ojos velozmente al ser consiente de un posible peligro, casi dando un salto desde la camilla donde estaba, lanzando su par de ojos amenazantemente a los individuos que estaban a su lado. La primera impresión fue nefasta, eran monstruos, y no cualquiera, eran esos demonios que tan bien conocía. Asustado, sin caer en absolutamente nada aún, levantó su guardia, dispuesto a empezar y terminar una batalla. Sin embargo, antes de que pudiera hacer cualquier cosa, sus ojos dieron con esos purpuras orbes pequeños, mirándolo con algo de miedo.

– Miira, por favor, cálmate…– pidió, levantando una mano para tratar de llegar hasta él.

El androide tardó un segundo más en entender las cosas, en mirarla y leer en ella la angustia, no por él, la angustia por su reacción, pues sus ojos transmitían complicidad, transmitían súplica, "Sígueme el juego" decían, "Cálmate, no lo arruines" Miira angostó la mirada en ella, pasándola después por Dábura y Beelzebub, quienes le veían con desconfianza e incluso desprecio, pero entre ello, también había respeto y calma.

Miira suspiró, dejando caer su cuerpo de nuevo en su posición, pasando sus ojos de nuevo a Towa, recordando que había quedado inconsciente luego de llegar a la nave en aquel planeta de reunión, que luego de eso eran imágenes difusas, pues estaba exhausto y despertaba asustado y enloquecido por momentos, obligado por el fuerte dolor que lo desmayaba y luego volvía a despertarlo. Recordó, entonces, una cosa más. Sus ojos, con miedo, viajaron a su lado derecho, encontrando el vacío, un desagradable muñón en lugar de su extremidad, vendado y censurado diplomáticamente.

–Entonces no fue un sueño – murmuró, dejando caer su cabeza sobre la almohada sin ninguna precaución, cerrando los ojos un momento, reviviendo todos los hechos con detalle, con odio que se generaba en su ser, con impotencia y al mismo tiempo con miedo.

–Lamento tu perdida – la voz de Dábura perturbó su recuento, permitiéndose abrir los ojos para mirarlo, desafiante un segundo, disfrazado por falso desconocimiento y complicidad un segundo después, sin querer perder el juego. –Mi nombre es Dábura, soy el rey de este planeta… tú eres Miira, ¿No? – La altanería del rey de los demonios cubierta por esa exagerada cortesía le dio gracia, más contuvo la risa, como debía.

–Así es… ¿Towa habló de mí? – inquirió, más por no saber en realidad que decir, pues no sabía que cosas había inventado su mujer para tener a esos tipos tan dóciles allí. Obviamente, movió su vista a ella, esperando su intervención, para saber que se suponía que había pasado.

–Sí, les hablé de ti… pero no tienes que preocuparte, son mi hermano y mi sobrino… de quienes te hablé… ¿recuerdas? – Miira asintió inmediatamente, mirando de nuevo a Dábura y a su hijo, como si los observara con más detalle. –Ya saben que me ayudaste a liberarme de aquel Majin… y que interviniste en nuestra pelea… y por eso tu brazo… – un genuino gruñido molesto salió de Miira, quien frunció con la mención.

–Bueno, como sabrán… yo no tengo intenciones de atacar este lugar, también soy de una raza demoniaca, controlada por el sello de los dioses… por eso ayudé a Towa, en primer lugar – dijo secamente, incluso algo cortante, pues Towa lo había hecho sonar más como un príncipe al rescate que un mercenario asesino que en realidad era.

–Sí, entiendo eso… mi hermana te trajo aquí para que no murieras, y para ayudar en el brazo, también – Miira frunció aún más, incómodo con el tema, sin embargo, se notó interesado de aquellas palabras, virando una vez más a su mujer.

–La restauración de tu brazo – explicó con una forzada sonrisa, a lo que él sólo pudo fruncir más, al límite.

–Bueno, se los agradezco – susurró, sin quitar los ojos de la Shiniana, exigiendo explicaciones a través de ellos, haciendo notar su molestia.

–Hermano, ¿podrían dejarnos solos un momento? – pidió la mujer, prestando atención en Dábura, que a cada momento lucía aún más cargado de desconfianza.

Lo pensó un momento, pero, luego de unos segundos, asintió, lanzándole una mirada bañada de amenaza al androide, antes de indicarle a su hijo salir también. En la puerta, Dábura miró a Towa, lanzando alguna clase de mensaje absurdo, como diciéndole que, si Miira hacía algo estúpido en su contra, le avisara inmediatamente. La mujer asintió ante el pedido silencioso, y finalmente, los dejó solos, pues el guardia que estaba en ese lugar había salido también, minutos atrás.

– ¿Por qué demonios estamos en este lugar? Es peligroso, ¿no lo entiendes? Un tal Hunter…– Towa agitó las manos en el aire, silenciándolo, con la misma expresión seria plantada en el rostro.

–Lo sé, lo sé, lo sé… – murmuró, bajando las manos y mirándolo a los ojos. –Pero, ¿Qué querías que hiciera? ¿Qué te dejara morir en la nave? Sabes muy bien que esta nave no tiene todo lo que habríamos necesitado para mantenerte a salvo… debíamos ir a algún lugar – Miira entrecerró los ojos, pensando las cosas un par de segundos.

– ¿Qué sabes de Hunter? – preguntó, al notarla totalmente tranquila ante la mención que había hecho anteriormente, era claro que sabía de quien hablaba.

–Todo… Hunter, en el mundo de los demonios, al igual que en cualquier criatura sellada por los dioses, es el enemigo, el temido – informó, dando un largo suspiro, mientras traía a su cabeza viejos recuerdos. –Hunter nos encerró aquí, en primer lugar – Miira levantó el cuello por la impresión, tratando de ver más allá de ella, pero sólo había verdad, genuina preocupación.

–Ese sujeto es muy fuerte, ¿Por qué sólo los encerró y no los mató? – Towa tomó más aire, torciendo los labios al pensar en esas cosas que le molestaban demasiado.

–Técnicamente no habíamos hecho nada lo suficientemente malo. Asesinó a mis padres, los antiguos reyes de este planeta, dejándonos a Dábura y a mí vivir, éramos pequeños, dijo que no valía la pena, que nos encerraría para evitar que hiciéramos algo… y si nos atrevíamos a salir, nuestra muerte sería definitiva – pausó, sin saber que de todo decir. –Yo era un bebé, por supuesto que no lo recuerdo, no lo vi en persona… pero tengo una idea de cómo luce, por todo lo que se habla de él – divagó un poco, desviando los ojos al suelo.

– ¿Y qué dicen de él? – Miira no ocultó su intriga y su molestia, hablándole galopeadamente a la mujer.

–Qué es el ser más poderoso del universo, el mejor asesino, el más rápido y el más sádico. Es un justiciero, también, trabaja para el consejo interplanetario – levantó la vista de nuevo, pegando sus ojos a él, con una seriedad que tensó el asunto al instante. –Es un monstruo, en todo sentido, nadie sabe cómo luce, sólo saben que es frío, y que una vez que tiene que matar, no tiene piedad por nadie – expresó con pesar.

–Tuvo piedad por ti y por tu hermano – contraatacó Miira, tratando de buscar alguna pista de él, algo que lo sacara del concepto de bestia sin alma, esa que le había cortado el brazo, quería borrar esa sensación de miedo, encontrarle un defecto.

–No, no en realidad. Su orden fue matar a mis padres, mató a la mitad del planeta porque le estorbaron. Ni Dábura ni yo interferimos en su deber, no estaba en sus planes matarnos, no fue su orden – Miira torció la boca, quitando los ojos de su mujer con fastidio, clavándolos en el techo mientras se perdía levemente entre sus pensamientos.

–Vámonos de aquí… – pidió, sin mirarla, moviendo su único brazo hasta sostener su pecho, con algo de pesar.

–Sé que quieres irte, yo también quiero… con Hunter, ningún lugar es seguro, lo mejor es que nos mantengamos a flote – respondió, pues lo encontraba verdaderamente apagado y preocupado, inclusive indefenso, estaba más herido moralmente que físicamente, su orgullo debía estar más que destrozado. –Pero, ya casi está listo – se permitió sonreírle, de esa forma que compartían en su intimidad.

– ¿Ya casi está listo? ¿Qué cosa? – frunció de nueva cuenta, mirándola con reclamo y curiosidad.

– ¿Qué más? Tu nuevo brazo.

[…]

–No le creo, papá – murmuró el joven Beelzebub, cruzándose de brazos y mirando a través de la pared de cristal que daba a la sala técnica.

–Ni yo, pero es mi hermana… no sé qué puedo hacer – respondió el rey de los demonios, con sus brazos cruzados detrás de su espalda, mirando con un vacío interés las acciones que se realizaban dentro de ese lugar.

– ¿Seguro que es mi tía, papá? Yo… yo no lo creo así…–recibió una mala mirada por parte de Dábura, quien lo reprimió desde el rabillo de su ojo.

–Es Towa, estoy seguro… lo que no sé es quienes son estás personas –murmuró, tratando de mantener su confianza intacta.

–Sí… no parecen secuestrados, ni demonios, son… científicos, eso… – Beelzebub pausó, mirando como una máquina hacía una extraña función. –Además, por cómo se dirigen a mi tía, parecen más sus vasallos que otra cosa – Dábura torció los labios y miró largamente al frente, con interés, con intriga y desconfianza calcada en todas sus facciones.

–No tienen por qué preocuparse – una voz a sus espaldas los asustó, llamando su atención al mismo tiempo, girándose a donde una pequeña mujer de cabello rosa y ojos profundos azules los observaba sin expresión.

– ¿Quién…? – Beelzebub miró a su padre, quien parecía más tranquilo que él luego de mirar con más calma a la mujer.

– ¿Eres…? – murmuró, examinándola, clavando sus ojos en el extraño vestido negro, corto, de holanes blancos, como el de una sirvienta, sólo que de sus muñecas colgaban cadenas desde unas pulseras metálicas, y sus botas negras altas la hacían lucir extraña, intrigante.

–Mi nombre es Virgo, estuve junto con Miira y Towa en el planeta controlado por el Majin… – Dábura asintió rápidamente, deteniéndola en su explicación.

–Creo que Towa te mencionó cuando aguardábamos a que aquel hombre despertara – soltó cortante, desinteresado en ese punto. –Dime, mujer, ¿Tú sabes quienes son estas personas? – Virgo, sin cambiar su expresión, asintió, pasando sus ojos a la escena tras el cristal.

–Son mi grupo de ingenieros… –respondió, tomando aire mientras trataba de no olvidar todo lo que Towa le había explicado y pedido para mentir. –Soy la reina del planeta Shiro, de donde Miira, mi guerrero, pertenece… por desgracia para mí, mi planeta está en custodia, estamos resguardados por el sello y un ataque o rebelión nos costaría la vida. Ellos, como puede ver, no son razas demoniacas o guerreras, ellos pudieron venir hasta aquí inmediatamente después. Si Miira o yo volvemos al planeta Shiro en esta condición, podría ser bastante arriesgado. Sabe a lo que me refiero – se sintió extraña por hablar así de sus amos, tan familiar, pero ni eso logró deformar su rostro, ni un poco, se mostró segura de sí misma mientras le sostenía la vista al rey del planeta de los demonios.

–Sí, sé de lo que hablas, te entiendo, pero… ¿Qué se supone que hacen? ¿De dónde sacaron esa tecnología? – inquirió, mirando de reojo una máquina en especial que parecía imprimir en tres dimensiones un dibujo diseñado en un computador, más sorprendente, en un duro metal.

–Un brazo, ¿qué más? – respondió, permitiéndose finalmente esbozar una suave sonrisa. –Y la tecnología, bueno, ellos la implementaron luego de que los robé – sonrió más, divertida con la idea de imaginarse robando a esas personas.

Dábura no dijo nada más, asintió y se quedó fijo en las maniobras asombrosas de esos sujetos, que avanzaban velozmente en aquella falsa extremidad. Tras una cordial despedida a Virgo, se marchó, indicando a su hijo hacer lo mismo. Ambos anduvieron por el pasillo, en silencio, pero, tras una suave mirada que compartieron, transmitieron exactamente lo mismo: No creo nada.

[…]

– ¿No dijo nada más? – preguntó Towa, de pie a la ventana fuera de la sala de tecnología, unas pocas horas después del encuentro que había tenido Virgo y su hermano, ese encuentro que la mucama había resumido correctamente.

–Nada – respondió, quedándose en un silencio unos breves segundos, antes de que pareciera recapacitar. –Pero, mi señora… yo no lo vi muy convencido de nada – opinó, como pocas veces, sabiendo que Towa estaba tan distraída en otros asuntos que apenas recordaría quién era ella.

–Eso no importa, quería establecerme en un lugar temporal, con la tecnología que teníamos en la nave no podríamos hacer esto para Miira. Tal vez este planeta no sea el más avanzado en conocimientos, pero nuestras herramientas no son malas, el complemento de tecnologías que nos aportaron fue esencial – suspiró, con desgano. –Si no nos creen, sería una pena, porque tendríamos que matarlos – Virgo asintió, quitándole importancia a ese asunto.

Sin embargo, pareció recapacitar otra cosa en medio de todo eso, acto que la llevo a fruncir el ceño, mirando a Towa con intriga y genuina curiosidad. –MI señora, hay algo que no entiendo – comenzó, a lo que la mencionada giró en su dirección, fijándose en sus ojos. –Si usted creó a Miira… ¿por qué no sólo le fabricó un brazo nuevo? ¿Ya no se puede? – Towa se crispó ante la pregunta, pero lo disimuló, girando con velocidad al frente, tratando de fingir tranquilidad.

–No… no se puede… – susurró, con frialdad, más de la normal, mientras un pensamiento corría en su cabeza, uno que jamás nadie debía saber nunca, incluida ella, una mentira que debía mantener por el resto de la vida. No, no podía repararlo, simple.

"…Por qué no sé cómo"

[Punto muerto]

–Joder, que peste – se quejó Bardock, colocando una nueva bandeja a la pila de platos que ya había en el fregadero.

–Papá, creo seriamente que deberíamos lavarlos – sugirió Goku, con su plato sucio sobre las manos y el rostro torcido en una mueca disgustada.

–Bueno, te deseo suerte – sonrió cretino, dándose la vuelta y comenzando a alejarse del lugar.

– ¡Espera! ¿Voy a hacerlo solo? – Goku puso cara de niño regañado, fastidiado en realidad con la idea de lavar los platos.

–Pues no esperarás que yo lo haga, ¿o sí? Vamos, sé que puedes – sonrió ladinamente, algo divertido. –Además, tengo que ir al baño – señaló el pasillo, y sin esperar una respuesta, se marchó de inmediato por este, zafándose de cualquier responsabilidad.

Goku suspiró una vez que se vio solo en la cocina, con una hilera de platos imposibles por todas partes, y un olor desagradable que perturbaba sus finos sentidos. Recorrió los ojos por cada plato, vaso y bandeja, arrepintiéndose de haber dicho algo tan estúpido como "lavar platos" cuando ya sospechaba que terminaría haciéndolo solo después de todo. Lavarlos no era difícil, lo sabía, pero desperdiciaba mucho tiempo y era demasiado desesperado como para quedarse ahí remojando y enjabonado, ¡Más una cantidad tan ridículamente grande! De niño lo había hecho muchas veces antes de irse con Bulma, pero luego de ese día no recordaba haberlo hecho, quizá en una ocasión, ayudando a Chi en la casa cuando estaba embarazada de Gohan, o al menos eso creía recordar.

De pronto, eso mismo ocurrió en todo él, se puso a recordar, sin querer, sin desear, acorralado en esa esquina de la cocina, en esa nave, sobre un espacio negro donde nada había, donde no sabría donde caería, o si lo haría algún día. Sí, así de lejos y ajeno era a todo eso, pero de pronto, una figura exteriorizada de su más cruel conciencia, saltó sobre sus ojos, dibujando, en el fondo de estos, imágenes, un tanto difusas, pero certeras, lo suficientemente poderosas para hacerlo sentir –estando a un tiempo y distancia increíblemente lejanos de la Tierra– en su hogar.

¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que había ocurrido algo como eso? Si las cuentas no le fallaban, debían ser más de seis años. ¿Ella lo recordaría? Sabía que sí, sabía que ni uno de los dos podría borrar en algún momento de sus vidas aquellas mañanas cálidas y largas, perfumadas por el café que hervía en la estufa, hervía y hervía, humeando y chirreando, contrastando su vaho gris con el naranja brillante de la mañana y las hojas verdes reflejando el amanecer en cada gota de agua acomodada por las mañanas.

¿Cómo olvidarlo? No, imposible. ¿Y cómo no sentirse ahí, ahora, con ganas de ignorar esa montaña de platos y divertirse con ella sobre el sofá, sobre la mesa, sobre el suelo? Déjalo Chi, lo haremos después, anda, ven… sólo una vez más, por favor. Y no, esa vez se convertían en dos, tres, horas en que se iba incluso la mañana entera, la tarde, el día… ¿se cansaba? No recordaba haberlo hecho, recordaba verla enredada entre las sábanas blancas y sonreírle, recostada sobre el suelo, teniendo como almohada sus propia larga melena negra.

El café, Goku, el café. ¿Qué tiene el café? Se quemará… debo… ir. No, espera, una vez más. Una vez más, si, su eternidad, ni una más, nunca, serían suficientes. Pudo jurar, de pie frente a los platos que seguían intactos, verla, canturreando alguna cosa con su vocecita de pájaro, ¿le había dicho eso alguna vez?, no lo creía, seguro que se molestaría. Pero sonaba igual a las aves por la mañana, dulce y natural, armoniosa. Le encantaba. La veía, con su mandil rosado cubriendo su parte frontal, con su cabello suelto y revuelto alcanzando la parte baja de su espalda, justo sobre los glúteos.

Sí, eso, su mandil, y absolutamente nada más. Goku, que vergüenza. ¿Por qué? Luces hermosa. Pero, ¿y si alguien viene? Lo sabría, créeme… Sólo déjame verte un poco más. Y se sentaba en su eterno lugar en la mesa, mirándola de espaldas lavar los trastos, y la torturaba al mirarla, y se torturaba al contenerse y quedarse ahí en lugar de ir, mordiéndose los labios con vehemencia, con la locura y fuerza que tenía que contener para no volver a distraerla y poseerla una vez más, esta vez quizá sobre el fregadero. ¿Por qué? Porque me gusta mirarte. Pero, Goku, ¿Cómo voy a estar así por la casa? A mí me gusta. Y ella cedía, ¿Cómo cedía? ¿Por qué lo hacía siendo ella Chi-Chi la incansable e inquebrantable guerrera?

¿De verdad fue ella? ¿De verdad fue él? ¿Dónde estaba todo eso ahora? Claro, lejos, claro, arrebatado por la falta de paz, por las locuras, la adrenalina, los enemigos… ¿Cuándo había sido la última vez? No sabía con exactitud, y ahora, estúpido, no sabía si siquiera podría volver. Pero así era Goku, testarudo, siempre haciendo las cosas a su manera, arrebatado e impulsivo; a veces se preguntaba cómo es que ella podía soportarlo, a pesar de todas las cosas locas que hacía, y de nunca hacerle caso. Era un misterio, quizá, uno de tantos.

Suspiró, con resignación, no queriendo volver a la realidad, a años después, a la responsabilidad latente, al peligro, a sentirse perdido, a sentirse desesperado y abandonado, débil. Sin embargo, debía regresar a esa realidad, porque necesitaba del presente, ese extraño y escabroso presente, para poder tomar fuerzas y arrancar a un futuro, si se rendía ahora, no podría recuperar nada después. No podría, jamás, volver a mirar aquella espalda meneándose de un lado a otro en la cocina, a contra luz por la ventana siempre brillante de la pared.

Se acercó, con algo de duda, contemplando los utensilios a los lados y considerando la función de cada uno, ¿Por qué diablos un Kame-Hame-Ha no funcionaba en cosas como esas? Seguro sería efectiva una técnica que resolviera asuntos como esos, por desgracia para él y para Bardock eso no existía, y ahora debía usar sus manos para resolver aquel problema.

Tomó el primer plato, uno de los menos sucios que vislumbró, tomándolo con una mano mientras con la otra enjabonaba una esponja que reposaba ahí, esperando ser usada. Pasó el objeto sobre la superficie, con suavidad, demasiada suavidad, tanta que no se cayeron todos los residuos, pues había costras de desperdicio en las orillas. Frunció el ceño, algo disgustado, pues –según lo que había observado mirando a Chi– parecía demasiado fácil. Tal vez sólo debía aplicar más fuerza.

Recuperando su sonrisa, tomó la esponja fuertemente, aplastándola sobre el plato de cerámica, el cual tras la presión de ambas fuerzas en sentidos contrarios –la de su mano sosteniéndolo y la otra empujando la esponja– se quebró como si no fuera nada, haciéndose añicos y derramándose sobre el piso, dejando a Goku atónito ante aquella escena. Respiró profundo, soltando el trozo que había quedado sobre su mano, meditando en lo que tenía que hacer. Menos fuerza, pensó, decidiendo que al final recogería el plato roto. Claro, eso si lograba acabar… o por lo menos empezar.

Decidido, tomó otro traste, esta vez una olla de metal, la cual tenía carne pegada al fondo, residuos que dejó la comida al haberse quemado ligeramente, un problema en donde un terrícola normal habría aplicado casi todas sus fuerzas para arrancar algo tan sucio como eso. Pero Goku pasó la esponja con más calma de la que debió, pues no obtuvo resultado. Lo hizo, de nuevo, y luego otra vez más. Nada, lo mismo al fondo, sin despegarse ni un poco.

Un tanto exaltado, puso más presión, logrando que se limpiara parcialmente, sin embargo, animado por ese mínimo avance, empujó más, y sin querer, desfundó la olla, pasando su brazo completo por esta misma. Con un resoplido soltó la olla en el suelo, disgustándose más de lo que ya estaba. ¿Siempre había sido así de difícil? Recordaba que no. Él había sido más fuerte que los terrícolas, claro, y eso de controlar la fuerza era algo a lo que estaba acostumbrado, sin embargo, prácticamente no hacía nada más que entrenar en los últimos años. ¿Acaso su fuerza era tan bruta que no podía controlarla y realizar actividades tan simples como esa sin hacer un desastre?

Era ilógico, ni siquiera estaba usando mucha fuerza, pero, claro, no significaba lo mismo la mitad de su fuerza hacía diez años, que ahora. Tomándose otro largo respiro, levantó otro plato, pero no hubo caso, ni siquiera hubo tiempo de pasarle el jabón, estaba tan tenso que lo quebró entre los dedos. Luego, una vez más, recargó otro sobre la mesa y lo talló, estrellándolo. Uno más, y otro, cristal, porcelana y otras pocas ollas. Exasperado como ya estaba, creyó, por un momento, haber roto más de tres a propósito.

La puerta de la cocina se abrió, llamando su atención y sacándolo de su situación despertante. –Vaya, debiste haber visto lo que dejé en el baño, ¡No sabía si bautizarlo o bajar la cadena! – soltó Bardock, soltando una suave risa mientras se sobaba el estómago.

Goku arrugó la cara en señal de asco, soltando una suave exclamación fastidiada. –No quería saberlo, gracias – murmuró, sin entender como su padre, siendo como era, podía decir cosas como esas.

–Joder, Kakarotto, te mandé a lavar los platos, no a romperlos… ¿Qué mierda entiendes cuando hablo? En serio – Bardock notó las trizas por todos lados, colocando un rostro burlón y levemente sorprendido.

–No es tan fácil como luce – respondió, dejando ver sus mejillas levemente sonrojadas.

–Bueno, una mierda con ellos entonces, comeremos desde las latas – Goku estuvo a punto de comentar algo, pero Bardock no dio oportunidad de nada. Levantó la mano, apuntando al fregadero atascado, soltando un haz de luz que dio contra todos los trastes, pulverizándolos en cosa de nada.

– ¡¿Qué estás haciendo?! – gritó Goku, bastante tarde, por supuesto, mirando sólo como pocas cosas se habían salvado de aquel acto injustificado de su padre.

–Vamos, Kakarotto, ¿A quién le importa? – gruñó, soltando un bufido un momento después de eso.

–Genial, ahora no sólo ya no tenemos comida, tampoco trastes – Goku se notó ciertamente irritado, y Bardock le observó con gracia, con diversión aquel ceño fruncido, una calca de él, la misma maldita expresión en los mismos rasgos, en su boca apretada hacia el mismo lado, de manera inconsciente, no había notado que lo hacía de la misma forma que él.

Se quedó quieto, entonces, observándolo, mirándolo como no lo había hecho, reconociéndolo en todos los sentidos. Lo sintió propio, se sintió él en su lugar y viceversa, sintió la conexión y la extensión. Saboreó, por medio de aquella expresión tan conocida y tan ajena, producto de una nimiedad absurda, la libertad. La sintió y tuvo un momento alas, como las que Kakarotto lucía. Pero no, no eran propias, no lo alzaban, sólo le daba la sensación de sentirlas, nunca de poseerlas o usarlas. Abrió la boca, sin saber realmente que era lo que diría, pero la voz de la nave le ganó, sonando con fuerza por cada rincón de la misma.

Planeta SuJu, año 752 – habló mecánicamente, llamando la atención de los dos saiyajins.

–No conozco este planeta – comentó Goku, bajando la mirada que había viajado al techo por inercia.

–Yo tampoco… debemos tener cuidado – Goku se inquietó, mirando a Bardock fijamente, quien viajaba sus pupilas aún por el techo.

– ¿Tener cuidado? No estarás pensando en que bajemos… ¿verdad? – Bardock bajó la mirada, encarándolo, colocándose serio al respecto.

–Kakarotto, tú mismo dijiste que ya no tenemos comida, ¿Qué vamos a hacer si el siguiente lugar queda a más de una semana? ¿O sí al llegar a otro lado Miira nos alcanza? No podemos arriesgarnos – Goku asintió, dándole la razón. –Bajaremos, buscaremos víveres… nada más – el menor asintió en respuesta, comenzando a seguir a su padre, quien se adelantó por el pasillo.

Llegaron hasta la cámara principal, donde, a través de las ventanas al frente, pudieron captar el exterior, una densa oscuridad, acompañada por algunos árboles frondosos que alcanzaban a vislumbrarse gracias a las luces que desprendía la nave. No sabían si la oscuridad era temporal o no, pero esos árboles les dieron esperanza de que hubiera suficiente vida.

–Ten, póntelo – Bardock extendió aquella capucha negra que se había salvado de milagro de todos lados, la que no había soltado un segundo durante lo de Namek.

Goku obedeció, colocándose la capucha, subiendo el gorro y andando una vez más tras Bardock, quien tomó la iniciativa, abriendo la escotilla y levitando fuera de la nave. Ambos dieron contra el suelo luego de que Kakarotto cerrara la puerta principal, mirando con más detenimiento y notando las siluetas de los objetos que había entre la oscuridad, pues su mirada se acostumbró paulatinamente.

Anduvieron con discreción varios metros, esquivando ramas y piedras mientras trataban de ubicarse en un punto en especial. Sin embargo, durante su silencioso andar, un sonido de pasos se escuchó en uno de los lados. Bardock, experto como era, frenó en seco, levantando una mano para indicarle a Kakarotto hacer lo mismo. Ambos miraron fijamente en esa dirección, en donde una energía se aproximaba, una considerable, en realidad.

Se pusieron en guardia, esforzando la vista para tratar de mirar con más claridad dentro de aquel extraño bosque. Repentinamente, una silueta se marcó, a la defensiva, oscura en contraste a un azul profundo del fondo, delineando con la suficiente claridad una figura humanoide. –Cúbrete el rostro – murmuró Bardock, algo tensó, sin embargo, por el silencio sepulcral que allí reinaba, su voz timbró lo suficientemente alto como para que aquel hombre a unos metros de él los escuchara.

– ¿Qué…?– se oyó decir a aquella sombra, que pareció moverse. – ¿Eres tú, muchacho? – cuestionó, mientras parecía dar pasos, avanzando en su dirección con curiosidad.

–Esa voz… – Bardock se sorprendió en demasía, tensándose, pero no por miedo, más bien por entrar en una impresión.

– ¿De verdad eres tú, Bardock? – el hombre, finalmente, estuvo lo suficientemente cerca como para que su rostro se pintara, marcando una tez morena y un peinado en pico, pero sobre todo, se remarcaba la falta de uno de sus ojos.

Goku no entendió nada, por supuesto, no sabía quién era ese tipo, y porque parecían conocerse, no estaba seguro si estaban en peligro o no. Sin embargo, una cola saiyajin meneándose libre por un lado de aquel hombre, le dio pistas. Bardock, parpadeando apenas, boquiabierto, dejó ir un suave siseo, aún incrédulo con quien tenía enfrente.

–Paragus…

NF. Hola! Bueno, hay varios aspectos que quiero aclarar, así que perdón desde ya por la nota final tan larga, pero creo conveniente tomar esos puntos, pero primero dos cositas del capítulo:

Respecto a los ciclos de los universos que mencionó Towa, es un punto que aclararé en otros capítulos, que lo explicará, igual que otras pequeñas cosas, detalles que parece que se me van, pero en realidad van tejiendo una larga teoría. Ya falta poco para eso.

Otra cosa es la "liberación de los sellos" que Towa menciona. En el videojuego DBO Towa tiene la intención implícita de liberar el sello del mundo de los demonios, incluido su hermano y sobrino, sin embargo, cuando se refieren a Towa, siempre la marcan como la que traicionó a su reino al escapar de éste junto a Miira. No se explica cómo pasaron las cosas, por eso es que saco esta teoría, que los traicionó al mismo tiempo que quiere liberarlos. Absurdo, sí, pero acertado. Sobre el origen de Miira y las insinuaciones que di al respecto, para los que conocen el videojuego sabrán a lo que me refiero con eso, y para estos mismos también, no, no se me están yendo los hechos y las ideas, aún no nace su hijo, así que el tiempo es muy atrás, por lo que muchas cosas que están pasando en DBO actualmente y ya se saben aún no las tomo, quiero mantener esa tensión y ambigüedad que nos tuvo el videojuego mucho tiempo, y por supuesto, revelaré las mismas cosas que éste en su momento.

Ahora sí, contestando dos cosas de dos Reviews que me dejaron, las cuales menciono aquí y no en privado porque son puntos importantes que debo comentar en general:

Diosa de la muerte mencionó que es imposible que Bardock venga del universo 3 porque Goku ve su fantasma en la pelea contra Freezer, por lo tanto, que hubiese sobrevivido sería ilógico. Sí, absolutamente sí, en mi fic que sean del mismo universo sería absurdo, sin embargo, yo estaba mencionando la información oficial de DBO, videojuego que está basado únicamente en el manga, por lo que, en DBO, tiene sentido que Bardock sea del mismo universo, ya que en la pelea contra Freezer, en el manga, jamás sale Bardock. En este fic revolví todo, películas, ovas, Toei, Toriyama, mucho, por lo que nadie viene de un universo en especial, sólo Trunks (universo 2)

Por último, pero no menos importante, Urbanita hizo otra mención importante, me preguntó y sugirió hablar de las personas/familia/amigos de la Tierra del universo de Goku. Pero no puedo hacerlo, y no porque no quiera o no lo hubiera pensando, sino porque ese es el misterio del viaje. Es decir, si comienzo a hablar de la Tierra, y pasa un día, una semana, un mes, un año, estoy dando por sentado que Goku y Bardock no lograron regresar en ese tiempo. Lo que quiero decir es que Goku y Bardock pueden llegar al siguiente día de que se fueron, o a la semana, o un segundo después que Trunks fue y charló con Piccolo (en ese momento había pasado un día desde que Goku se fue en la nave) No es como si estuviese congelado el tiempo en la Tierra, es que, si Goku y Bardock logran su cometido, pueden volver en cualquier momento, y podría no haber pasado ni una semana en la Tierra. Por eso no puedo, porque no se sabe en qué momento volverán… o sí volverán. Pero mil gracias por mencionarlo y sugerirlo, linda, junto con lo otro que notaste xD me pone muy feliz que noten esas cosas y me sigan el hilo de la historia, y más que nada, que ayuden a la continuidad de la misma.

Y ya :D... Millones de gracias a Urbanita, Lyla (gracias por seguir *3*) y Diosa de la muerte por suscomentarios, y muchas gracias a Isacari29 por su PM.

Espero leernos en el siguiente, que espero sea pronto (estoy que muero por escribirlo) un saludo, suerte, besos y abrazos, si tienen dudas o sugerencias, ya saben! Con amorsh Inu, *3*.