Esta historia fue escrita y subida a Fanfiction entre febrero del 2012 y agosto del 2013, con otro nombre de usuario. Obra registrada en Safe Creative el 6 de julio del 2013, código 1307065389071. -OBRA EN EDICIÓN 2017-
Capítulo 14
La desesperación me tenía loca. Me transformaba en todo lo que odié, pues había utilizado a un tercero y resultó dañado.
Caminé a pesar de la custodia en la entrada.
— ¡Isabella! —gritó Jacob furioso. No me importó, yo entraría a como dé lugar. A medida que me iba acercando podía escuchar gritos, pero no sabía si eran de Newton o de algún otro.
—Usted no debe estar aquí —dijo uno.
—Black, llévatela. —Añadió otro severo.
—No, Jacob, por favor —supliqué.
—Isabella, no sacamos nada… Además, ya llevamos siete minutos de retraso.
— ¡Me importa una mierda! —Cómo entro, ¡ah! Sí no lograba salvar a Mike cargaría con su muerte toda mi vida. Por mi salud mental, y porque se lo debía, pues al fin y al cabo había vuelto loco a Edward, demostrándole que no tenía poder sobre mí. Incluso ahora, a pesar de mi debilidad, él no lo tendría completamente.
Si Mike moría me transformaría en Edward, por la culpa y todo eso. ¡Yo no iba a cargar con una muerte a cuestas! No dejaría que el remordimiento me tomase. ¡Nunca!
Tiré a Jacob nuevamente para avanzar. Se detuvo un momento y, ya rendido, les pidió a los hombres que nos dejaran pasar. Le noté nervioso, pues su móvil no dejaba de sonar. A medida que nos adentrábamos en el pasillo todo quedó a oscuras, a ciegas nos desplazamos. Yo agarré a Jacob como lazarillo.
Esto es bien parecido a una catatumba, húmedo, sofocante y tétrico. Podía sentir como la muerte se camuflaba en los rincones. El corredor de piedra se extendió varios metros, oí un grito. Mi corazón se encogió y apreté a Jacob.
—Será mejor que regresemos.
—Newton —susurré. Sí, era su voz. Gritaba. Traté de dirigirme hacia el origen de su voz, pero Jacob me lo impidió.
—¡Isabella, no! —Jacob me reprende.
— ¡Déjame ir, Jacob!
—Isabella, no. Esto es mucho, el tipo está sentenciado a muerte. No hay nada que puedas hacer por él.
A pesar de la oscuridad caminé, sin embargo, me vi obligada a detenerme, pues una luz titilaba desde mi izquierda.
— ¿Black?
—Mierda… —Espetó él.
— ¿Qué haces aquí? —El hombre preguntó un poco molesto.
—Solo venía a ver si la orden de Cullen se cumplió. —Nunca le había oído voz de mando.
—Está hecho. Incluso ahora se lleva el cuerpo al picadero…
Oh Dios… Mike… ¡Mike, está muerto! Solté un quejido.
— ¡No! —gritó Jacob—, ella está conmigo.
—Y ¿quién es? ¿Una mujer? —Añadió cuando la luz fue dada en mi cara. Cegándome—. Es extraño, ¿qué haces tú con ella? —Realmente estaba anonadado.
—No te incumbe. —Él avanzó hasta mí y me arrastró—. Apúrate. —Me exigió. Yo estaba lo suficientemente consternada, no había podido salvarlo, ¡no había podido hacer nada! De pronto, unas luces fluorescentes se encendieron sobre nuestras cabezas. Jacob bufó y mi instinto me decía que algo iba mal, o peor aún. Mis ojos escocieron al principio, luego distinguí un túnel con muchas puertas, un laberinto supuse. El hombre vestía de gris, un traje formal, con dos armas en los costados y una en la mano.
—Si querías al tipejo ese cierra los ojos, no querrás… —Jacob masculló en mi oído, pero no alcanzó a terminar la frase cuando en una camilla, si es que a eso se le podía dar ese nombre, pasó el cuerpo de Mike empapado en sangre y un tiro en la frente. No les bastó con matarlo, sino que lo torturaron sólo para su deleite. Un escalofrío me recorrió dolorosamente. Atiné a llevar mis manos a la cara de forma mecánica. No podía despegar la vista de su cuerpo maltrecho y mugriento. Lo peor es que ni siquiera puedo llorar, no tengo fuerza, ni cabeza. Es como no sentir nada, pero a la vez sintiéndolo todo… paradójico.
— ¡Llévenselo de una vez! —Jacob ordenó.
— ¿Puedes llamar al señor Cullen e informarle, por favor? —Black asistió y marcó a Edward.
—Está hecho. —Musitó y cortó. Suspiré con un nudo en mi garganta y pestañeé desmesuradamente. Aquella imagen no se me olvidaría jamás.
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Llegamos donde Billy una hora más tarde. Jacob se había adelantado y le contó. Billy no me dijo nada, pero se notaba cabreado, no conmigo, sino con su hijo. Billy me miró inquisidor, para luego preguntar si estaba bien, ya que ahora todos pensaban que Mike fue mi novio, amante o algo así.
El bunker no era tan lóbrego ni húmedo como la catatumba, pero tampoco me era agradable. Con escaleras de piedra y puertas de hierro. Me dejaron en un hall, había una mesa y una silla. En lugar de una recepcionista, había un hombre armado hasta los dientes. Fumaba como condenado. El humo solo me incitaba a fumar, lo deseaba. Él me ofreció uno, pero me negué, no me gustaba fumar si no era con boquilla.
—Bien, Isabella. Este será tu equipo de trabajo. —Billy habló mientras una fila de hombres entraba al lugar marchando, lo que me recordó a los militares. Quedaron todos frente a mí.
—El primer grupo se encargará de tu entrenamiento personal, acondicionamiento físico y defensa. El siguiente grupo te adiestrará en conocimiento de armas, función y manejo. El tercer grupo, te pondrá a prueba en diferentes situaciones para aplicar el conocimiento. Por esta razón, con estos últimos, trabajarás después de dos semanas. El entrenamiento comienza ahora. Ve a alistarte.
—Sí, señor.
—Black estará encargado de traerte todos los días, él también te recogerá. Como ya hemos acordado, el entrenamiento comenzará a al ocho y media y terminará a las dos de la tarde. Con horas de descanso, a las diez y las doce, con un intervalo de veinte minutos. A las dos almorzarás y a las cuatro y media irás al salón de estudio. Ahí estudiarás hasta las ocho de la noche. ¿Alguna duda?
—No señor.
—Bien, pueden comenzar.
El primer grupo de hombres, conformado por siete, me escoltó hacia una sala. La primera instrucción fue cambiarme de ropa a una apta para correr y hacer todo tipo de peripecias. Los camerinos no poseían ningún tipo de privacidad. Si no fuese porque era la única mujer y estaba sola, esto sería raro. Regresé al hall con pantalones de chándal, una sudadera y tenis. Bien, al menos eran considerados, pero estaba segura que al cabo de unos días tendría que hacerlo con tacones, puesto que cuando esto fuese real ese sería mi atuendo.
—Soy Gallagher. —Se presentó el cabecilla—. Seré tu instructor. Comenzarás a trotar, luego una secuencia de ejercicios…
El primer descanso llegó y yo estaba muerta, no hacer ningún tipo de actividad me tenía en un estado físico que daba vergüenza. Fui a cambiarme de ropa para poder continuar con la primera clase de armas.
Otro tipo me llevó hacia una salita, para mostrarme unas diapositivas con toda la teoría. Comenzaríamos con las armas pequeñas, pistolas y revólver. Al menos tenía conocimiento en revólver. Mike me había enseñado. Mi pecho se apretó, aún sentía la angustia de su muerte. La culpa haciéndose presente.
—Señorita Dwyer, estas son las partes de un revólver —fue diciendo e indicando las partes.
—La armadura o armazón, empuñadura, arco guardamonte, caja plana de mecanismo, ventana rectangular del cilindro…
Continuó, no estaba concentrada en lo que me decía, pues ya lo conocía.
—El mecanismo de disparo y percusión consta de las siguientes piezas: disparador, biela del disparador, corredera y muelle recuperador. La siguiente arma es una pistola, está compuesta por el cañón y resorte recuperador. El primero posee las siguientes partes: ánima, recámara, rampa de acceso, embrague, planos de apoyo, ojales. Mientras que el resorte recuperador posee: bloque de cierre, embragues, ventana de expulsión, uña extractora, elementos de puntería, rebajes y finamente, está la armadura o armazón, este suele ser construido de aluminio, acero o plástico.
Me hicieron repetir cada una de las partes de ambas armas de fuego, muchas veces, hasta que las memoricé. También me enseñaron a armar y desarmarlas. La clase terminó cuando supe como cargarlas con nuevas municiones. Satisfecho con el resultado, Gallagher II, me dejó en libertad. Yo quería comenzar con las instrucciones de tiro, pero para eso faltaba aún.
Me dolía cada músculo, hasta la cabeza, memorizar cada parte bajo presión me había agotado mucho. Estaba exhausta y aún me quedaba la clase con el padre de Jacob. Sería un día realmente largo, no obstante, estaba muy entusiasmada. Ahora ya no me vería débil, pues incrementaré mi seguridad. Terminaría con todos estos hombres rendidos a mis pies. Total, ya había sangre derramada por mi causa, indirectamente, pero lo había.
Aún no sabía qué iría exactamente a hacer, eso no lo había mencionado Black, pero yo lo había aceptado con la única intención de llevar a cabo mis intenciones de revancha. Los Vulturi debían pagar por el daño que le habían hecho a mi familia y, tarde o temprano, también lo harían los Cullen.
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Dos semanas después
Increíble que en tan poco tiempo hubiese progresado tanto, pero eran tan duros y estrictos que me llevaban al límite. Carlisle vino el lunes y le pareció un poco brusco para mí. Yo no había ido a quejarme, no me importaba si eso me hacía rendir mejor. El lunes comenzaría con quienes me pondrían a prueba en diferentes situaciones. Progresivamente, mi cuerpo se acostumbró a la exigencia física y mental. El viernes, luego del entrenamiento con armas, ya disparaba.
Me dirigía hacia las regaderas. El lugar estaba desierto, como estoy yo solamente, poseía el ala completa. Sentí pasos y me preocupé, nadie venía, ni se acercaba a este sector sin autorización. No alcancé a desvestirme, pues salí a averiguar presa de la curiosidad.
Mi sorpresa fue mayúscula al ver de quien se trataba: Edward.
No lo había visto hace semanas. No entendía qué hacía aquí, de seguro venía a fastidiarme. No había olvidado la carta.
—La práctica no ha terminado aún. —Me advirtió al ver que daba media vuelta. No le hice caso y regresé al camarín a ponerme zapatos.
— ¡Isabella! —bramó. Mierda. Rodé los ojos, ¡este hombre me desespera!
—Buenas tardes. La gente educada saluda primero.
—Exacto, la gente educada no deja a personas con la palabra en la boca.
Bufé.
—Parece que no estuvo muy excitante tu luna de miel.
—No te incumbe.
—Ahora no… De seguro me extrañaste. Ángela, la virgen, es muy insulsa para complacerte.
—No te burles de mi mujer.
—Ya es tuya, la noche conmigo te dio valor para desflorarla —avanzó hacia mí y me agarró con firmeza de un codo. Y, pegando su cabeza a la mía, espetó.
—Cállate. Ahora empuña este revólver y corre.
—Estoy cansada. Me voy a las duchas.
—Corre. —Sentenció y me obligó a sostener el arma. Cuando comencé a trotar me hizo detener—. Ve a cambiarte de ropa. —Le miré cabrada.
—No estoy para tus juegos. Edward.
—Cullen. Limítate a decirme así en horas de entrenamiento. —Arrugué el entrecejo y fui a cambiarme de ropa—. Ponte lo que traías en la mañana. No es necesario que te duches, quiero que estés aquí en cinco minutos.
—Tendrás que esperar, no pienso vestirme estando sudada.
—Los minutos que demores serán añadidos… te arrepentirás. —Me advirtió con diversión.
Regresé a los veinte minutos, con una blusa de seda y un pantalón de tela, y merceditas. Todo ajustado en las curvas de mi cuerpo y fragante, no iba a pasearme oliendo a caballo después de las carreras.
¿Él traía sombrero? Ahora lo miré con detención, está pulcramente vestido de gris oscuro.
—Corre. —Ordenó por enésima vez mientras fuma de un habano—. Corre ahora. Quiero verte dar vuelas al hall cien veces.
—Olvídalo, estoy lista para irme.
—Y ¿se puede saber cómo? Black no vendrá, no queda nadie más en este sector. Solo estamos tú y yo, ma belle.
— ¿Me hiciste cambiar ropa para esto?
—Evidentemente.
—No lo haré.
—Puedo esperar aquí toda la tarde, te perderás el almuerzo, tus clases, tu descanso nocturno. Nadie te sacará de aquí. La única forma de irte es que comiences a correr, quiero verte toda mojada y jadeante. Antes de eso no te dejaré ir —Iba a quitarme los zapatos—. Con ellos será más excitante.
—Maldito estúpido. —Mascullé. Me guiñó un ojo con picardía y esa sonrisa maliciosa que no veía hacía tanto tiempo.
No llevaba ni diez minutos y mis pies ya me pedían auxilio. Cien vueltas, estaba loco. Al cabo de unos minutos comenzó a disparar a diferentes cosas, estas caían con el fin de esquivarlas. Luego disparó hacia mi dirección. Eso no lo esquivé, unas manchas negras quedaron en mi blusa, al menos eran balines de pintura. Para colmo, me hizo correr más rápido.
—No llevas ni la mitad de las vueltas. —Le mostré mi dedo corazón llena de rabia. Él solo se rio, hasta que se acercó a mí y me pasó el arma que había dejado en los vestidores —. Tendrás que disparar a las cosas que te salgan en el camino, a todo lo que veas.
— ¿Incluso a ti?
—A ver si logras llegar a mí —dijo desafiante y con orgullo.
Sumado a las cosas que aparecían, que eran muchas y por doquier, tenía que esquivar las cosas en el suelo, los disparos de Edward, e intentar dispararle. ¡Esto era un caos!
—Así me gusta. —Tocó mi blusa empapada en sudor—. Hace calor aquí —diciendo esto se alejó y agua salió por las regaderas de emergencia—. ¡Tienes un objetivo frente a ti! Ese es fácil. ¡Vamos Isabella! —Su grito de ánimo era tan irónico que me causó más cólera de la debida.
Cuando las regaderas cesaron comenzó a oírse música, bastante parecida a la que había en el vehículo aquel día con Jacob.
—Música de tu siglo.
—Buena música y no veo que le hayas dado a ese objetivo, Isabella. Eso, y me doy por satisfecho.
Puse los ojos en blanco.
—Pues creo que se le acabaron las balas.
—Eso ya lo has aprendido, así que cárgala.
Estaba agotada, mis pies me dolían como los mil demonios, y ahora sentía frío. No podía ser peor.
Oí sus pasos hasta que su aliento tocó mi cuello.
—Concentración —susurró en mi oído de una forma tan sexual que todo en mí se calentó. Santa mierda, ahora no—. Eso te falta, Isabella. Concentración, eso, entre muchas cosas, es lo que te daré.
— ¿Podrías callarte? ¡Tú me desconcentras!
—Tendrás que acostumbrarte, porque te quedan tres meses conmigo, todos los días.
—Tienes asuntos más importantes que atender, eres el jefe de la familia.
—He decidido hacerlo a mi manera. Además, no me perdería por nada del mundo ser tu mentor, Bella. —Volvió a susurrar de manera sexual. ¿Cómo se supone que me concentraré?
— ¿Qué?
—Seré tu mentor en situaciones críticas, te pondré a prueba. Ma belle.
— ¿Tú estás a cargo?
—Pensé que estabas atenta cuando dije que la práctica no había terminado.
Esto no me lo esperaba. Edward disfrutaba del momento, me había tomado por sorpresa. Mi expresión de molestia y asombro debían causarle gracia.
—Tendré que seguir soportándote.
—Será divertidísimo.
—Como no.
—Te falta ese objetivo.
—Me distraes.
—Ignórame —habló bajo—. Haz de cuenta que no estoy aquí, haga lo que haga, solo piensa en que tienes que disparar.
Sus manos me estrecharon hacia él. Podía sentir que movía sus caderas al ritmo de la canción, yo apuntaba hacia el bloque de concreto pintado de amarillo chillón, pero sus movimientos cadenciosos, sus susurros, me hacían imposible poder acertar. Llevaba tres intentos fallidos. Metió sus manos dentro de la blusa, y deslizando un dedo por detrás de los botones, ejerció presión sobre estos. La blusa se abrió.
— Alguien me ha dicho que la soledad se esconde tras tus ojos. Y que tu blusa atora sentimientos, que respiras. —Se fue directo a mi cuello. Su nariz tocó la unión de la oreja y continúo cantando algo en español que yo no entendí, pero por su tono y seducción debía ser algo oscuro—. Tenés que comprender, que no puse tus miedos, donde están guardados. —Desgarró la parte delantera de la blusa—. Y que no podré quitártelos, si al hacerlo me desgarra. —Con una navaja la fue cortando, hasta que quedé solo con el brasier. Tiró la navaja, y con sus dedos y palmas recorrió la piel húmeda que quedó expuesta. Hasta que se detuvo en mis hombros—. "Quiero que me trates suavemente".
— ¿A qué viene eso? —Apenas pude responder.
—Eso dice la canción, Bella —murmuró como si fuese obvio, pero solo hasta ese momento me tradujo. Deslizó sus manos por mis brazos tiritones, con lentitud, hasta que, con sus manos enormes, cubrió las mías y las guio para que pudiese acertar.
— "Suavemente". —Repitió un par de veces hasta que el disparador se movió y la bala dio justo en el blanco—. Sencillo. Eso es todo, puedes irte. —Para él lo fue, lo que es para mí… terminé con los nervios de punta. Mucha tensión. Mierda, este hombre terminaría matándome. No obstante, yo también podía ser un dolor en el culo. Así que saqué a colación la puta carta, necesitaba saber los motivos o alguna interpretación, aunque fuese semi- coherente.
— ¿Por qué me dejaste una carta? —Sus hombros se tensaron y se detuvo en seco.
—Ve a cambiarte de ropa.
—No me cambies el tema. —Taconeé molesta.
—Vamos por toallas. —Avanzó hacia el sector de los camarines.
— ¡Es el colmo que me ignores de manera tan pendeja! ¡Dime! —Se quitó el sombrero y mirándolo me dijo.
—Vamos a secarnos, puede que tu pregunta encuentre respuesta.
Una vez envuelta en la toalla y descalza, daba gracias por eso, esperé a que Edward hablase.
—Edward, quiero las cosas claras, tus palabras me tienen vuelta loca. ¡Esa puta carta! ¿Es lo que haces con tus amantes? ¡Dime! No te quedes ahí como estúpido mirándome. Quiero las palabras claras, precisas.
—Ahí están todas Isabella. No hace falta más. Ma bella, no hay nada que aclarar, la carta contiene todo lo que siento.
—¡Sé más preciso, por la mierda! ¡qué conexión hay entre Elizabeth y yo! —Las dudas, la incertidumbre, mi culpa todo iba impreso mientras le gritaba.
—No lo recuerdo, estaba ebrio cuando la escribí.
¡Esto es el colmo!
—No estoy para tus pendejadas. No más, y se supone que yo soy la niñata —dije cruzándome de brazos.
—Es verdad, no recuerdo, pero si tú quieres saber lo ocurrido, te lo diré. —Volteé y me quedé quieta lo que dura un latido, para luego acomodarme en una banca.
—Pues habla —espeté. Su mirada lúgubre me abrasó, pues buscó mi cara y sin dejar de mirarme, relató.
—Hace seis años aproximadamente conocí a Elizabeth en una reunión informal de trabajo. Iba acompañada de Félix. Solíamos vernos para hacer acuerdos con la familia Vulturi y esas cosas. Más tarde esa noche salí a fumar y ella me alcanzó. Volvió a presentarse, pero fuera de todo pronóstico, la conversación comenzó a tomar otro rumbo. Ella estaba aterrada y no quería casarse con él. No encontré nada anormal a su comentario, incluso bromeé, pero ella insistió, quería que interfiriera en el acuerdo de sus familias. Conocía muy bien sobre la persuasión de mi padre. Yo solo asentí. Lo que fue un encuentro casual se repitió muchas veces. Tantas que comencé a tomarle afecto.
Cuando vio que no podría zafarse de su matrimonio acordado, se vio acorralada por la fecha y sus sentimientos. La encontré donde siempre nos veíamos, afuera de los picaderos. Un lugar donde van solo los soldados y quienes desaparecen los cuerpos. Llegué en el instante que sacaba una navaja. Maldita estúpida, ¡se quería suicidar! La detuve, pues si alguien me encontraba con ella se me culparía de su muerte. Nos había costado volver a tener una relación pacifica con los Vulturi como para que ella la derrumbase. Lo que no esperé ni por asomo fue que ella estuviese tan empecinada en dejar de vivir. Su determinación, sus pequeñas manos en su piel blanquecina... Ella solo quería morir, mientras Esme moría. Esto lo encontré tan ridículo y estúpido, como una teleserie barata. Intenté mucho rato persuadirla, entretanto, Carlisle me avisó que hacía dos horas habían atacado el hospital donde Esme se encontraba. Los Vulturi había roto la alianza de paz.
La rabia se apoderó de mí. Quería llorar como un mocoso, estaba asustado y con rabia. Elizabeth me miró cuando dejé de prestarle atención. ¿Es Esme, verdad? La ignoré. Yo sé lo que quieres. Lo que necesita. Puedes tenerlo de mí, trae a tus hombres, aquellos médicos corruptos. Diles que tienes un cuerpo que mutilar, que tienes un corazón para Esme. Solo ahí reparé en su rostro, su mirada impenetrable, la resolución en sus ojos… Me sentí extrañamente atraído a su propuesta, repudiándola a la vez.
Le guardaba respeto y un deje de cariño. No había decidido nada aún, hasta que, en una llamada, Marcus contactó conmigo increpándome, diciendo que Elizabeth era mi amante, que sus hombres me habían visto con ella. ¡Una mierda! Por eso ellos tomaron a Esme para cobrar su honor. Entonces fue mucho para mí. Me vi sobrepasado por culpa de ella, de esa mujer. Por escucharla es que se habían llevado a mi madre.
Y con su oferta no tuve otra alternativa, ¡no sería un homicidio, ella quería que la matara! ¡Me lo pidió! ¡Me lo propuso! ¿Qué debía hacer? Los dos ganábamos, era el negocio perfecto. Entonces me lancé sobre ella con toda la furia... pensó que la mataría fácilmente, y no fue hasta que mis médicos llegaron que dejó de respirar, toda la rabia contenida fue descargada en ella. No sentía nada más, estaba acostumbrado a eso, llevaba siete años haciéndolo. Cuando la tendieron en la improvisada camilla, Jane abrió su pecho y yo me acerqué, con unos guantes sostuve su corazón, sus latidos, cada vez más lentos, punzando en mis manos. Sentí todo el poder de la vida. Aquella que arrebataría, y que le daría a otro... Un Dios.
Ayudé a Jane y a los otros médicos hasta que fue declarada muerta. Estaba sumergido en un éxtasis. Abrumado, todo era confuso, irreal. Apenas me desocupé, ayudé a mi familia para librar a Esme lo antes posible, ya que ni su corazón ni el que le conseguí durarían mucho.
No sabía qué hacer con su cuerpo, quería llevarlo al crematorio, pero Swan no estaba, lo contacté para dejarle ese lío a él, total era experto. Además, estábamos cerca del picadero. Yo tomé lo que me servía y me marché.
El resto lo debes suponer, mi madre está viva. Sin embargo, Elizabeth guardó muy bien el secreto de su procedencia, sabía que si me enteraba de su apellido no le ayudaría. Masen. Familia que traicionó a la mía, pero seguía siendo mi familia, de Esme. Asesiné a alguien de mi sangre...de mi propia sangre.
Su confesión me había dejado tan pasmada… ¿qué hacer?, ¿qué decir? ¿Abrazarlo? No, con Edward no sabía qué acción tomar. Lo veía tan vulnerable, tan solo. Me regaló sus palabras, su dolor. ¿Qué debía decirle?
— ¿Por qué? —Mi voz salió como un sollozo—. ¿Por qué me lo dices?
—Bella. —Suspiró pasándose las manos por la cara. Estaba abatido—. Tú... tú me lo has pedido…
— ¿Por qué me haces esto? —La frustración por no saber qué decirle se estaba transformando en rabia—. ¿Quieres que te ayude? ¿Qué te consuele? ¡Qué!
Me miró, ¡Dios! Sus ojos verde-oscuro me calaron, me penetraron con toda la melancolía, tristeza y sufrimiento… ahora sabía qué los hacía turbios. Esa súplica tácita. Me acerqué y le acaricié el rostro, elevé su mentón y le di un casto beso. Inhalé con pesar.
—No sé qué quieres conseguir con esto, pero me vale mierda. —Temblé por entero, lo besé de nuevo. Él se ancló a mi espalada, ahí permanecieron sus manos hasta que nuestros labios se separaron.
—Bella. —Repitió como si fuese lo único que pudiese pronunciar—. Acéptame. —Esta vez no repliqué, no había caso con él.
—Estoy cansada.
—El entrenamiento es agotador. Aquí también hay camas. —No capté su indirecta hasta que agregó—. Quiero dormir contigo.
—Edward, no lo sé… —Rozó su mano por mi brazo.
—Este es el único lugar donde podremos estar juntos.
Pero yo no quería estar con él ¿o sí? No estaba segura.
—Nuestra relación ya ha sido demasiado confusa, ¿quieres quedarte conmigo esta noche?
—Después de lo que te he dicho, no quiero estar en ningún otro lugar que no sea tu cuerpo.
Me estremecí.
—No quiero follar Edward, pasó una vez, no se repetirá.
—No he dicho eso.
—Entonces qué.
—Ven. —Me tomó de la mano y me llevó por los corredores del bunker hasta llegar a un cuarto, era pequeño, de solo una cama—. Puedes darte una ducha, traeré ropa para que te cambies, pero no te vayas. —Me suplicó. No creía que un hombre como él pidiese algo, que se viera tan frágil—. Te he entregado todo lo que soy Bella. Mis palabras son tuyas.
—Yo… no… sé qué decirte… me agruma todo esto.
—Hay días en que yo también me sobrepaso, la culpa me corroe. Todo lo que soy es remordimiento. Sin embargo, tengo claro que todo lo que tú eres me calma.
Y así Edward Cullen se rendía ante mí, entregándome su secreto, su alma. No podía creer que un hombre como él dejase ver su fragilidad. Más aún este nivel de vulnerabilidad.
Espero no arrepentirme.
—Iré a ducharme. —Él sonrió triunfante, pero su alegría solo fue un espejismo. Cuando salí del diminuto baño, la ropa estaba puesta sobre la cama; un camisón de seda celeste, con una bata de franela bastante gruesa. Edward no estaba.
A pesar de lo austero del lugar, me sorprendió notar calefacción. Al menos en el sector que nos encontrábamos no era para prisioneros. Resultó ser que en este lugar también entrenaban a sus otros soldados. De hecho, aquí vivían.
—Mañana Jacob irá a recogerme. Preguntarán por mí, tu padre…
—Eso lo he arreglado. Te quedarás aquí, no tienes más pretextos.
—Te gusta mantenerme cautiva. —Intenté sonar hilarante.
—Estás aquí por tu voluntad —respondió sombrío. Mi intento fue en vano.
—Porque me lo pediste.
—Por favor, Bella, no quiero discutir esta noche.
—Yo tampoco estoy de ánimos, solo quiero dormir. —Me metí en la cama. No pasó mucho hasta que él me acompañó. Apenas cabíamos, estábamos muy juntos, tocándonos. Él rodeó sus piernas con las mías. Estaba muy frío. Me abrazó. Su aliento chocó en mi rostro cuando habló.
— ¿Aún quieres ir donde Vulturi?
—Sí, eso no está en discusión.
—Pensé que podría persuadirte.
—¿Acaso no fue idea tuya? —Recordé a Mike decirlo.
—No, siempre fue de Billy. Me convenció, él es muy astuto y todo lo que dice siempre termina siendo verdad. Por algo es nuestro consejero. Pero exponerte…
—Tú ya querías matarme. ¿Por qué te importa tanto ahora? Si llegase a morir tu secreto se iría conmigo, no tienes que temer.
—Es porque estoy acostumbrado a perder o a destruir lo que quiero.
—¿Antes hubo alguna a la cual quisieras?
—La hubo.
— ¿Como la perdiste? —Estaba yendo muy lejos. Edward ya me había contado una parte importante de su pasado.
—Nunca la tuve. —Se lamentó.
— ¿Hace cuánto?
—Diez años.
— ¿Ángela?
—Ella es mi esposa, no es mi obligación amarla. Su familia posee gran influencia en el mercado de las armas. Nos es útil. El matrimonio significa el sello de la alianza entre familias, eso es todo.
Pero yo podía ver que su padre adoraba a Esme, que la estúpida de Alice se viera feliz junto a Jaspe, hasta Emmett con Rosalie, ¿Ellos no tenían matrimonios por acuerdo? ¿Por qué él debía ser infeliz?
— ¿Qué es lo que te causa gracia? —preguntó por la risa involuntaria de mi parte. Era gracioso que ahora me preocupase por su felicidad.
—Nada, nada. Buenas noches. —Me estrechó hacia él. Mi nariz quedó a la altura de su cuello, podía sentir su aroma a habano y a perfume, una mezcla poco común.
—Te necesito, Bella. No sabes cuánto —declaró pensado en que yo dormía.
A pesar del cansancio, mi mente no dejaba de trabajar, y el calor que emanaba su cuerpo me tenía enajenada. No podía conciliar el sueño.
—Y eso me aterra.
Pude sentir su estremecimiento y asombro.
—Pensé… no importa. Comprendo tu temor.
—Pues yo pienso todo lo contrario.
—Lo comprendo, pues yo estoy aterrado al no saber cuánto te necesito.
—Me das una responsabilidad muy grande, no confundas tu obsesión conmigo con otro tipo de necesidades, y no me refiero a las físicas.
— ¿Por qué no quieres volver a follar conmigo?
—Porque… porque soy cobarde Edward. Ese tipo de contacto te lleva a un nivel de relación que no estoy dispuesta a tranzar, contigo ya no sería solo sexo. —No era una gran confesión, pero significaba mucho para mí.
—Contigo no es solo sexo.
—No vengas con el cuento de las rosas y la vainilla.
—Nunca lo he querido.
—No seré tu amante, aunque lo parezca.
—Es obvio que no podemos ser amigos.
— ¿Quieres ser mi amigo, es eso?
—No, pero tú ya significas algo para mí.
—No seamos nada, no tenemos por qué ponerle nombre a la relación.
Tomó una de mis muñecas y descendió sus yemas por mi brazo, por las cicatrices.
— ¿Están antes de que te secuestrara Demetri, verdad?
—Así es. —Mi voz tembló, no era agradable recordar. Edward preguntó.
— ¿Fueron los soldados del bastardo?
—No lo tengo del todo claro. Esos sucesos están confusos en mi mente.
—Supongo que no será el día de las confesiones.
—No, no tengo nada para decir. A diferencia tuya no encontraría liberación, solo me dañará más.
Acarició mis cicatrices con ternura, y luego les besó.
—Eres increíble.
—Entre muchas cosas... —pronuncio en tono de chiste—. ¿Sabes? Luego de mucho tiempo siento algo de tranquilidad.
—Pues comparto contigo la sensación y no te encuentro para nada cobarde, por el contrario, tu entereza y entrega me sorprende.
—No me vas a persuadir, estoy muy cansada para tener sexo.
—Eres muy intuitiva.
—Digamos que siento mi intuición en mi vientre —le dije divertida al sentir su erección—. ¿No me forzarás?
—¿Qué gano? Estoy seguro que terminaré sin bolas si lo intento.
—Acertado comentario. Suelo ser muy molesta cuando tengo sueño.
—Eres molesta todo el tiempo.
—Quién lo dice. —Rodé los ojos.
—Buenas noches, Bella.
—Igualmente, Edward.
A veces se me olvida que él es trece años mayor que yo. Ha vivido más, sabe más y que, con un movimiento, puede tenerme entre sus redes, mierda, como ahora. Por lo mismo lo he desafiado desde que nos conocimos, nunca le di la oportunidad de ser amable conmigo. Temía sucumbir a la tentación, me aterraba sumergirme en su oscuridad. Sin embargo, ahora que la había probado, en vez de alejarme, surtió efecto contrario, lo que me había llevado a preguntarme: ¿tanto anhelaba una caricia honesta?, ¿compañía? Por la gran mierda, ahora yo se la estaba brindando, tratándolo con ternura…
Di media vuelta y cerré los ojos. Edward pasó su brazo por mi cintura, dejándola en mi vientre.
Después no te lamentes Bella, esto es más peligroso que enfrentarte sola a un batallón. Duermes con el enemigo y, aunque te cueste aceptarlo, repulsión ya no es lo que sientes, sino algo que te destruirá tarde o temprano…
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Gracias por leer y comentar (=
