Disclaimer: Esta historia no me pertenece. Los personajes son de Rumiko Takahashi y la historia es de TouchofPixieDust, yo sólo la traduzco.

Capítulo catorce: Cuentos y niñeras

Día veinticuatro:

Queda menos de una semana de trabajo. Estoy empezando a preguntarme cómo es la vida sin una migraña constante. Por no hablar de que dormir toda la noche parece algo de cuento de hadas.

Y hablando de cuentos de hadas, he hecho una lista de cuentos y nanas para Mikomi. He tenido un poco de ayuda para elegir las mejores.

También he hecho una lista para dársela a una niñera. Eso supuso un mayor desafío una vez que empecé a preguntar por lo que debería ir en la lista a los otros miembros de mi pequeña familia.

Kagome cogió otra bola de papel y la lanzó al fuego. Las listas aún no estaban terminadas. Se preguntó si las podría acabar algún día. Con la ayuda de sus amigos… bueno… puede que una lista incompleta no le bajase mucho la nota…

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—¡Suéltalo!

—¡No!

—¡SUÉLTALO!

—¡NO!

—¡Inuyasha SUÉLTALO AHORA!

—¡SUÉLTAME, niña!

Shippo sacó la piruleta de su boca y se rió disimuladamente de los gruñidos que no venían del medio demonio, sino de la miko. Oyó que Sango suspiraba pesadamente y se volvió hacia los humanos que estaban detrás de él.

—¿Por qué Kagome está tratando de estrangular a Inuyasha? —preguntó el niño.

Sango resopló.

—Porque es un idiota.

—Siempre ha sido un idiota, pero nunca ha tratado de estrangularlo antes. —No era que el niño se estuviese quejando. Un ligero sonido de clic obtuvo su atención, levantó a Mikomi y presionó uno de sus botones. Ayer se había dado cuenta de que podía oír el clic justo antes de que empezara a llorar, así que comenzó a presionar los botones antes de que hiciera ruido. Claro que no le iba a contar a nadie su descubrimiento. Inuyasha le haría estar levantado toda la noche prestando atención a los clics.

La exterminadora de demonios pareció incómoda cuando se sentó al lado del niño.

—Bueno, mencionó algo que no debería haber dicho el otro día, mientras estaban al otro lado del pozo.

Shippo asintió.

—SPM. Ayer escuché a Kagome disculparse por haber estado tan exaltada por ello. Pero, ¿por qué iba a molestarle eso? ¿Qué demonios es?

Sango se aclaró la garganta, ignorando la mirada curiosa del monje.

—Toda mujer tiene un ciclo mensual. —Intentó no sonrojarse bajo su escrutinio.

—¿Mencionó ESO? —Miroku se rió —. ¡Kagome debe de amar de verdad a Inuyasha si todavía sigue vivo!

—Este ciclo es lo que hace posible tener bebés —explicó Sango mientras seguía ignorando al monje—. Cambia el balance hormonal de la mujer mientras está preparando su cuerpo. Y durante este cambio, la mujer a veces siente dolor o incomodidad. También hay otros síntomas psíquicos. Y a veces, esto es lo que hace que la paciencia de la mujer sea menos de la normal durante este tiempo.

Shippo asintió sabiamente.

—Las pone locas.

—¡SHIPPO! —le regañó Sango mientras Miroku se doblaba de la risa.

—¿Qué? ¡Eso fue lo que dijo Inuyasha, no yo!

Haciendo una nota mental de jamás de los JAMASES decir esas tres letras a ninguna criatura hembra, Shippo decidió que tendría una mejor vista de la pareja peleándose desde el hombro de Miroku. Tenía, después de todo, unos fuertes instintos de auto-conservación.

Ver la pelea fue lo más entretenido que había visto en mucho tiempo, y más seguro que seguir con la conversación con la irritada exterminadora. Kagome tenía ambas manos alrededor del rosario y su pie derecho estaba sobre el estómago de Inuyasha, haciendo de palanca mientras tiraba con todas sus fuerzas. El enfadado hanyou le estaba sujetando ambas muñecas y trataba de aflojar su agarre.

—Entonces… está tratando de matarle porque mencionó… eh… ¿porque la volvió loca?

Aún riéndose, Miroku sacudió su cabeza.

—No está tratando de matarle, Shippo. Está tratando de quitarle el rosario.

—¿QUÉ? —A Shippo se le heló la sangre. Inuyasha sin el rosario que lo sometía. Sería comida para perros al anochecer—. ¿Por qué iba a hacerme eso?

—¡AU, mueve tu pie Kagome!

—¡Entonces SUÉLTALO!

—Mujer… —le previno—. ¡MUEVE tu PIE!

Shippo suspiró mientras Inuyasha caía, llevándose a la miko con él cuando trató de deshacerse de ella. Kagome se puso sobre sus rodillas sin soltar el agarre del rosario. Se puso en pie rápidamente, un pie a cada lado de Inuyasha. Con las rodillas flexionadas, tiró con todas sus fuerzas. Shippo sabía que Inuyasha podría vencer a Kagome fácilmente. Pero no quería hacerle daño, lo que lo ponía en desventaja. El niño se bajó del hombro de Miroku después de que hiciera un comentario indecente sobre la situación, el búmeran le alcanzaría en unos segundos.

—No te lo está haciendo a ti —le dijo Sango mientras apoyaba su arma contra un árbol. Se detuvo al lado del cuerpo tumbado de Miroku para coger al niño—. Lo hace por Inuyasha. Quiere que sea libre.

—Pero, ¿cómo lo controlará?

Sango le dio una palmadita en la cabeza.

—No quiere controlarlo, Shippo. No es una mascota, y ella tiene miedo de que llegue a odiarla porque tiene ese control.

Shippo se quedó callado ante esto. Ya no se acordaba de por qué había empezado la pelea. Inuyasha se las arregló para salir de debajo de Kagome y deshacer el agarre que tenía en su rosario. Su pausa en su momento de gloria le dio a la chica el tiempo suficiente para saltar sobre su espalda y agarrar otra vez el rosario. El hanyou maldijo sonoramente mientras daba vueltas para tratar de deshacerse de Kagome. Pero era cuidadoso. Siempre era cuidadoso con ella. ¿Qué habría pasado si Inuyasha hubiera empezado a odiarla porque tenía el poder de sentarlo?

—¿Por qué no quiere que se lo quite?

Sango sonrió ligeramente.

—El día en que Kagome conoció a Inuyasha, Kaede hechizó el rosario para atar a Inuyasha y hacerlo obedecer a Kagome.

—Sí… ¿y?

—Nunca ha atravesado el pozo sin él. ¿Y si es el rosario lo que le deja atravesar el pozo? Si se lo quita puede que no sea capaz de atravesarlo. No sería capaz de ir tras Kagome.

Shippo mordió su labio mientras pensaba. Tenía que haber alguna alternativa que hiciera felices a todos. ¿Kagome acababa de morder la mano de Inuyasha? Au.

—¿Y si Kaede rompiera el hechizo? De esa forma cuando Kagome dijera "siéntate" no pasaría nada. ¡Todos ganan!

—¿Y si es ese hechizo lo que lo une a ella?

Shippo suspiró.

—Suena como si hubieras estado pensando en esto mucho tiempo.

Sango meneó la cabeza con una sonrisa, luego miró hacia la pelea, Kagome estaba gritando. Inuyasha le había sacado el zapato y le hacía cosquillas en uno de sus pies con una mano, la otra estaba ocupada atrapando sus muñecas alrededor de su cuello de modo que no pudiera arrancar las cuentas y los colmillos.

—Yo no. Inuyasha. Ha estado hablando con Kaede.

—Entonces, ¿por qué iba a tratar Kagome de quitarle el rosario?

—¿De verdad piensas que estaría luchando si lo supiese?

Shippo suspiró.

—El idiota no se lo ha dicho, ¿verdad? —Se volvió hacia Sango y la miró con curiosidad—. Tú tampoco se lo has dicho, ¿verdad?

La mujer sonrió disimuladamente.

—¿Bromeas? ¿Y perdernos todo ESTE entretenimiento? ¡Ni de broma!

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1. Números de teléfono: número del móvil, número del restaurante, número de los bomberos y de la policía.

2. Ofrecerle al bebé un biberón de leche cada hora o cada dos, usar sólo la leche embotellada de la nevera.

3. Darle al bebé comida del bote al mediodía o a las siete de la tarde.

4. Cambiar los pañales cuando se necesite. Usar los polvos de talco.

5. Elementos de primeros auxilios en el armario al lado de la nevera, en el armario debajo del lavabo del cuarto de baño, en el armario de la habitación principal y en la parte de abajo del cambiador del bebé.

6. Siéntete libre de comer aperitivos, ver la televisión, o hacer los deberes.

Llámame cuando:

1. Llama si el bebé llora durante 20 o 30 minutos y no consigues averiguar el porqué.

2. Llama si el bebé tiene fiebre, se cae, o se hace daño.

—¿Y si ataca un demonio? —preguntó Sango—. ¿No deberías poner eso en la lista?

Kagome paró de escribir y levantó la vista. Se preguntó si les debería haber preguntado su opinión.

—Eh… no tenemos tantos demonios en mi época.

—Pero hay algunos —dijo Miroku—. Así que sería bueno incluirlo en tu lista.

—Estoy de acuerdo —dijo Shippo mientras se tomaba otro fideo de su ramen.

—Yo también. —Inuyasha lamió su tazón de ramen por última vez—. Ponlo en la lista.

3. Llama si ataca un demonio.

—O mikos oscuras —agregó Sango mientras le daba un poco del líquido de los fideos a Kirara.

3. Llama si ataca un demonio, o una miko oscura.

—O animales salvajes —dijo Shippo mientras tiraba su envase sobre el hombro, asegurándose de darle a Inuyasha en el proceso. Sus orejas se movieron cuando la taza le dio en la cabeza, pero lo ignoró completamente.

—Shippo… no creo que…

—Ponlo. —Como Kagome no movió su lápiz, Inuyasha agarró su mano y la movió por ella. Ella puso los ojos en blanco.

3. Llama si ataca un demonio, o una miko oscura, o animales salvajes.

Inuyasha frunció el ceño en dirección al papel. Se sentó al lado de Kagome y cogió su lista.

—A lo mejor no deberíamos dejarle el bebé a nadie. Nunca. Es demasiado peligroso. Nadie puede protegerlo como nosotros. No es seguro —gruñó haciendo una pelota con el papel y tirándolo detrás de él antes de cruzar los brazos sobre su pecho—. No lo dejaremos.

Suspiro.

—El trabajo dice que tengo que hacer una lista para dejársela a la niñera.

—Eso no pasará.

—Pero…

—No.

—¡Suspenderé!

—Feh.

—Tendré que repetir todo el curso otra vez. Un año más de colegio.

Gruñido. Murmullo. Crujido crujido.

—Keh. —Le arrojó la ligeramente arrugada, pero en su mayoría alisada, lista a Kagome.

—Asegúrate entonces de que la niñera pueda crear una barrera.

Kagome parpadeó. ¿Una barrera?

—Inuyasha…

—Ponlo, Kagome. La única persona a la que le dejaremos el bebé será a alguien que pueda crear una barrera.

—¡OYE! —Sango tiró su tazón vacío a la cabeza de Inuyasha.

Él suspiró.

—O que pueda luchar contra demonios. —Miró sobre el hombro de Kagome—. No lo estás escribiendo. Escríbelo. —Les lanzó una mirada fulminante a sus amigos—. Y si alguien más me tira un tazón a la cabeza, os despedazo.

Tienes que ser capaz de luchar contra demonios o de crear barreras.

—Esa no es de las cosas por las que se llama. Creo que eso va más en las cualificaciones —dijo Kagome mientras escribía las palabras hacia el final de la página.

Inuyasha la miró pensativo.

—Está bien, entonces ésa es la número uno. —Miró al grupo—. Necesitamos más cualificaciones. Eso no es suficiente.

De verdad, debería aprender a mantener la boca cerrada, gruñó Kagome mientras escribía la palabra "Cualificaciones" como otro encabezamiento. Debería haberse quejado y negado a hacerlo si no era tan buena idea.

1. Tienes que ser capaz de luchar contra demonios o de crear barreras.

Aunque, se dijo a sí misma, sólo tengo que reescribirlo un poco antes de convertirlo en la lista definitiva. Dudaba que su profesora la tomara en serio si escribía lo de luchar contra demonios como requerimiento para niñeras y lo de llamar en caso de mikos oscuras. Bueno… quién sabe. A lo mejor obtenía una puntuación extra por ser creativa.

—¡Waaahhhhh!

Paciencia, Kagome. Ten paciencia.

—¿Qué pasa Shippo?

—¡Yo no puedo crear barreras y no soy un exterminador de demonios, pero puedo cuidar a Mikomi mejor que nadie! —sollozó dramáticamente mientras le daba otra cucharada de comida a la muñeca—. ¿Ves? Pon que la niñera también puede ser un demonio zorro experto en ilusionismo.

—No.

—¡Kagome! ¡Inuyasha está siendo malo!

—¡No! ¡Au! ¡Para de morderme, mocoso! —Inuyasha sacudió su brazo para deshacerse del niño de dientes puntiagudos, dándole de vez en cuando en la cabeza. Mikomi aprovechó para llorar—. ¡Eres demasiado joven! ¡Nosotros tenemos que cuidarte a TI!

—¡Kagooomeeeeee!

Las orejas peludas se pegaron a su cráneo mientras Inuyasha se preparaba para la orden de sentarse. Como no llegó, Shippo y él se miraron el uno al otro, luego a Kagome. Estaba respirando profundamente y contaba hasta diez en voz baja, una y otra vez mientras intentaba que el bebé parara de llorar.

—Inuyasha, no le pegues a Shippo. —El niño sonrió con altanería y el hanyou frunció el ceño—. Shippo, no muerdas a Inuyasha. —El frunce se convirtió en una sonrisilla.

Una vez que Mikomi paró de llorar, después de cambiarle el pañal, Kagome hurgó entre sus papeles para buscar su trabajo. Le echó un vistazo a la página y asintió cuando encontró lo que estaba buscando.

—Creo que dejaremos la lista de la niñera por ahora. Eh… trabajaremos en ella más tarde. —Sacó un trozo de papel en blanco y empezó a escribir.

—¿En qué estás trabajando ahora? —preguntó Miroku—. ¿Es otra parte de tu trabajo de Mikomi?

Tentada como estaba a mentir, asintió.

—¿Y bien? —demandó Inuyasha—. ¿Qué es?

A Kagome le empezó un tic en el ojo. Empezó a contar otra vez para evitar que le hirviera la sangre.

—¿Por qué sigue contando? —le preguntó Shippo a Sango. La exterminadora de demonios se encogió de hombros mientras empezaba a prepararse para ir a dormir.

—¿Por qué no le preguntas?

—Porque —susurró el niño—, su ojo está haciendo esa cosa tan rara.

Kagome ignoró a sus amigos y siguió haciendo su trabajo. Una sombra con forma de orejas de perro cayó sobre su papel. Suspiró. Él no se iba a dar por vencido. Una parte de ella estaba agradecida de que quisiera ayudar. La otra parte sabía que cada vez que lo hacía, los otros también lo hacían, y luego todo se convertía en un desastre.

—Necesito adjuntar una lista de cuentos que leerle al bebé.

Inuyasha miró el papel con atención.

—¿Qué tienes hasta ahora?

Kagome leyó su lista en voz alta.

Caperucita Roja

La Cenicienta

La Bella Durmiente

Los tres cerditos

—¿Caperucita Roja no es esa historia en donde el lobo es el malo e intenta comerse a la chiquilla? —preguntó Shippo.

Inuyasha sonrió satisfecho y esperó la respuesta de Kagome.

—Sí, Shippo.

—¿Qué pasa al final de la historia? —preguntó el divertido medio demonio.

Kagome no pudo evitar sonreír. Él sabía la respuesta a aquello. Kagome lo adivinó por el tono de su voz. Aunque no fue su tono sediento de sangre lo que le hizo sonreír, era el hecho de que no sólo había escuchado los cuentos que le había narrado a Shippo, sino que los recordaba.

—El cazador lo mata, Inuyasha.

—Je. —Sonrió—. ¿Qué pasaba en el del cerdo?

Kagome agachó la cabeza para ocultar su sonrisa.

—Creo que los cerditos le engañaron para que bajara por la chimenea y lo cocinaron.

—Je. —Volvió a sonreír.

—A lo mejor deberíamos quitar de la lista La Cenicienta y La Bella Durmiente —sugirió Sango.

—¿Eh? —Kagome volvió su atención hacia su amiga.

—En la Cenicienta, la chica se casa con un hombre al que ni siquiera conoce. Él ni siquiera puede reconocerla sin su fantástico vestido. ¡Se iba a casar con cualquier chica a la que le sirviera el zapato! —Miró a Miroku, quien se veía sorprendido al notar que, de alguna manera, le estaba echando la culpa—. Y en La Bella Durmiente, ella se casa con un hombre al que conoce cuando se despierta ¡porque la besó! Esa no es razón suficiente para casarse.

—Fue un beso de amor verdadero lo que la despertó —trató de explicar Kagome en su defensa—. No era un beso cualquiera proveniente de un extraño.

Sango resopló.

—Ni siquiera lo conocía. ¿Cómo podía amarlo?

Inuyasha se levantó y se estiró antes de saltar a una rama baja. Se apoyó contra el tronco y puso las manos detrás de la cabeza antes de cerrar los ojos.

—Eh, déjala que mantenga sus historias. No importa.

—¿No? En La Cenicienta la chica se casa con un hombre estúpido que ni siquiera sabe que tiene delante a la chica equivocada, aun cuando a la hermanastra sólo le entra el pie en el zapato cortándose los dedos. ¿Es ése el tipo de hombre que quieres que se busque tu hija? ¿No te importa que tu hija escuche historias en donde una mujer se enamora de un completo extraño? En donde la mujer es besada por un hombre que no conoce y aun así se casa con él. ¿No te importa que tu niñita aprenda que se supone que tiene que esperar a ser salvada, en vez de aprender que se puede salvar ella misma?

Kagome tuvo que emplear todo su autocontrol para no reírse de la expresión de horror que había en la cara del hanyou. No fue ninguna sorpresa que se convirtiera en una mancha roja mientras bajaba del árbol y acababa a su lado. Le quitó el lápiz de las manos y tachó con fiereza el nombre de dos de los cuentos favoritos de la miko. Su postura relajada se esfumó mientras miraba fijamente a Kagome.

—¿Qué? ¡Son clásicos!

Shippo cogió el lápiz y lo puso de nuevo en la mano de Kagome.

—Pon el de la sirena. Me gustaba ese.

—¿La Sirenita?

Sonrió.

—Sí, ése es.

Sango asintió.

—La sirena pasa por muchas dificultades para perseguir su sueño. Le cortan la lengua y soporta un gran dolor para estar con el hombre que ama. Es una mujer fuerte, un gran modelo a seguir. ¡Incluso es la que salva al príncipe! Añádela a tu lista.

—Ponlo, Kagome —le ordenó Inuyasha mientras se sentaba otra vez a su lado. Aparentemente, había decidido no volver a la rama.

Pero el lápiz no se movió.

—¿Quieres que ponga esa historia? —preguntó. Él asintió y empujó su brazo con un toque sutil para que empezase a escribir—. ¿Quieres que ponga la historia en la que la chica trabaja muy duro y sufre mucho, sólo para que el hombre al que ama más que a nada en el mundo se case con otra y ella acabe muriendo?

—Olvídalo —gruñó Inuyasha.

—¿Y la historia de la bella mujer y la bestia? —sugirió Miroku esperando distraer a Inuyasha de las miradas asesinas que les estaba lanzando a Shippo y a Sango.

—¿Aquí no es donde el padre prácticamente le vende su hija a la bestia para comprar su propia libertad? —Sango le dirigió al monje una mirada fulminante de su propia cosecha.

—Déjala fuera de la lista.

—Pero Inuyasha, es una buena historia —discutió Kagome mientras empezaba a escribir el título.

—No. ¡Déjala fuera!

—¡Devuélveme mi lápiz, chico perro!

—¡Au! ¡Deja mi pelo!

—¡Entonces devuélveme mi lápiz!

Inuyasha sostuvo el lápiz fuera de su alcance mientras ella intentaba cogerlo. Tiró de su pelo y de su manga.

—Cierto —dijo Miroku como si dos compañeros suyos no estuvieran peleándose por un lápiz como si fueran un par de niños pequeños—. La hija intercambia su libertad por la de su padre. Lo que demuestra que es bondadosa y desinteresada.

—O que no tiene carácter —murmuró la exterminadora.

Kagome paró de forcejear.

—Pero Sango, Bella es fuerte a su manera. Vivió con la Bestia, al que todos temían y odiaban. Estaba lleno de amargura e ira, pero Bella vio la persona que era en su interior, no vio a la bestia que veían los demás. —Inuyasha también paró de forcejear—. Se enamoró de él, y cuando sus hermanas la engañaron e intentaron apartarla de él, ella volvió. Al final eligió quedarse con él porque lo amaba, sin importar lo que otra gente dijera o pensara. Y él la amaba a ella.

Inuyasha se volvió a sentar y le devolvió el lápiz a la miko.

—Ponlo. —Se sonrojó ante la sonrisa que le dirigió—. ¿Cuántas historias tienes que tener?

Kagome miró tristemente al papel.

—Sólo tengo tres… Necesito, por lo menos, dos más.

—¡Coge una que tenga un zorro como héroe!

La siguiente hora, más o menos, se utilizó para debatir verbalmente… y no verbalmente también… diferentes historias que añadir a la lista. Hubo un momento en el que Kagome dejó de escribir y se sentó acunando a Mikomi mientras escuchaba a sus amigos. Esto le enterneció el corazón. Era obvio que Inuyasha no había sido el único que había escuchado sus historias por la noche.

Mientras que Inuyasha insistía vehementemente en que Caperucita Roja debía estar en la lista independientemente de si era una heroína o no debido a la angustia que tenía que haber pasado (sentía que cualquier historia en donde el lobo muriera TENÍA que estar en la lista), Kagome se colocó detrás de él, donde podía ver sobresalir el rosario. Si era cuidadosa y no tocaba su pelo, podría tener una oportunidad para agarrar la estúpida cosa mientras estaba distraído. Sus dedos estaban a milímetros de distancia cuando Inuyasha se dio la vuelta de repente y agarró su muñeca, mirándola fijamente.

—Ni se te ocurra, niña.

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Hacer las listas para la niñera y la de los cuentos me llevó más tiempo del que pensaba. Había un montón de cosas en las que no había pensado al principio. Afortunadamente, tenía algunos amigos para ayudarme con la lluvia de ideas. Fue muy interesante escuchar el punto de vista de cada uno sobre las cosas que consideraban importantes en ambos aspectos: sobre cómo cuidar a los niños y sobre los cuentos que oirían sus hijos.

Creo que nunca he pensado completamente en la importancia de las historias que les contamos a nuestros hijos. ¿Puede ser TAN malo contar un cuento en el que un príncipe guapo salva a la chica y la lleva en brazos? ¿Qué hay de malo en el amor a primera vista? Es posible enamorarse de alguien que está bajo un hechizo de sueño, lo sé.

Además, quiero que mis hijos crean en finales felices. A veces, cuando todos los demonios del mundo están descendiendo sobre ti, esa creencia en un final feliz es lo que te hace seguir adelante.

Kagome Higurashi