CAPÍTULO 14
(Yukito)
Sabes que no eres bienvenido en tu propio restaurante ( o pub, o bar, o lo que quiera que aquel Hard Rock Café fuese) cuando te miraban como Kagome me estaba mirando a mí. Y eso que debería ser yo el ofendido, su novio había hecho demasiado daño a la hermana de mi amigo y aun así se tomaba la libertad de hablarme del tema, como si yo pudiera solucionarlo de algún modo. Ni siquiera le escondí mi enfado cuando recogió del suelo una caja llena de botellas de JB y desaparecía con ella escaleras abajo. Apenas debía ser media tarde.
— Seiya me llamó esta mañana para preguntarme que qué sabías exactamente de todo este asunto —dije, cuando ella se paró en la puerta a morder una brillante manzana verde. Noté que me miraba de reojo—. Y yo simplemente le dije que eso no importaba demasiado.
— Y respondiste bien —murmuró ella, seca—. Está claro que eso es lo que menos debería importarle.
— También dijo… que ni siquiera te enfadaste con él.
Ella se asustó, aunque trató de disimularlo. Definitivamente, su relación se había roto por completo, justo como me había imaginado.
— No fue fácil para mí—se encogió de hombros—. Quería gritarle, arrancarle un brazo y pegarle con él, pero… —y después, como la mujer enamorada que es, bajó la mirada al suelo para contarme lo mejor—. No tuve fuerzas, Yukito. Dijo que… quería… morirse ya…
— Lo sé —siseé.
Aunque no desde hacía tanto tiempo como Touya debía pensar de mí. Siempre era costumbre para mí investigar de dónde venían los empleados que contrataba, fueran a corto o largo plazo, y no me sorprendió demasiado que dijera que no tenía miedo al cargo de conciencia (Aunque después fuese mentira, y Seiya se estuviese comiendo de los nervios por todo lo que había hecho, claro). Su historia estaba llena de violencia, tensiones, y abusos unos a otros. Una auténtica vida de mierda, como él mismo la llamaba.
Aunque eso no justificaba nada de lo que había hecho. Su teoría sobre a donde iría su alma después de muerto era un poco macabra, e implicaba hacer mucho daño a muchas personas, y ser de piedra después para no sentir nada. Puede que la primera parte del plan estuviese tirada para él, pero en la segunda fallaba estrepitosamente. Seiya tenía más corazón de lo que pretendía aparentar. Y eso sería su ruina.
— Pues no me parece justo —se indignó ella, cruzándose de brazos. Yo alcé una ceja en su dirección: ¿Es que alguien aquí pensaba que fuese justicia o algo así?—. No debería… terminar todo así.
— ¿Y cuál es la propuesta que pretendes ofrecerle, eh? ¿Años de cárcel? Acabará matándose igual —puse los ojos en blanco. Qué loco era el amor a veces—. Es más fácil para él desparecer antes y ya está, escapar de todos los problemas juntos.
— Como un cobarde —gruñó.
— Como un cobarde, sí. Pero un cobarde que ha meditado las cosas antes de hacerlas.
— Meditado, claro —como si Seiya supiera pensar le faltó decir—. Simplemente ha decidido irse sin consultarlo con nadie más, sin importar si a alguien le dolía su muerte o no. Es un verdadero egoísta.
— ¿Y qué piensas hacer para evitarlo?
Ella dejó la manzana al lado de la entrada, con un solo mordisco, y buscó en sus bolsillos. Su cara cambió drásticamente, mirándome ahora como si el psicópata fuera yo. Me culpaba por todo lo que había pasado con él. De ahí que ni siquiera hoy me dejara entrar en mi propio bar. Tampoco me importaba. Sabía lo que aliviaba sentir que alguien tenía la culpa y tú podías echárselas. Todo estaría bien siempre y cuando no quisiera hacer una locura.
— Ya verás —fue lo único que dijo. Y luego entró.
(Sakura)
El chico sonrió levemente, abriendo su paraguas en medio de la lluvia, y cediéndoselo a cambio de la mochila que escondía entre mis manos. No recordaba con exactitud cuándo había empezado a mirar a Syaoran de esa otra forma, pero me asustaba. Él no era la clase de chico que yo veía saliendo con alguien.
Aunque bueno. Él no sonreía a nadie como me sonreía a mí.
— He oído que quieres estudiar psicología, y que has hecho muchos méritos —habló, por encima del ruido de la lluvia, y yo solo asentí— ¿Por qué?
— ¿Eh?
— Que por qué psicología —se encogió de hombros—. Hay tanto entre lo que elegir…
Lo miré unos segundos, en shock, aunque en realidad sabía que mi respuesta era simple; la había estado guardando para cuando a alguien le diera por preguntarla. Mi hermano era un gran investigador científico y yo solo quería ser psicóloga. Alguien se asustaría por eso tarde o temprano.
— Las mentes me fascinan —sonreí, y él me imitó, antes de volver a mirar al frente—. Hay mucho que no consigo entender, y bueno, saber que hay un sitio donde pueden darme las herramientas para hacerlo me hace demasiado feliz, no sé. Algunos se comportan como unos gruñones cuando en realidad tienen un gran corazón— lo miré de reojo, y él alzó las cejas.
— ¿Hablas de mí? —fingió estar ofendido—. Porque vas a tener que estudiar mucho para leerme la mente…
— Los psicólogos no leen mentes, tonto. Solo las estudian.
— Da igual, para mí es lo mismo —se encogió de hombros—. Tampoco soy tan interesante como para que alguien estudie una carrera solo por mí.
— Tampoco te creas, que no lo hago solo por ti —mentí, y él miró a otro lado—. Pero reconozco que nunca me has parecido un chico normal.
—Eso es porque los Li no son gente común —dijo, con un hilito de voz—. Eso dice siempre mi madre.
— Muy sabia tu madre, sí.
En realidad no era cierto. Su mente debía ser maravillosa y si yo, una niña tonta y torpe, conseguía entender siquiera un pequeño porcentaje de ella, sería un gran logro para mí. Aunque no era eso lo que me llamara a estudiar psicología, sí era una gran forma de ocultar lo que de verdad sentía por Syaoran. Las ganas de saber qué pasaba por su cabeza, y si yo la ocupaba en algún momento del día como él la mía sus veinticuatro horas. No tardé en perderme tanto en mis pensamientos que pisé un enorme charco lleno de agua. Estábamos en mitad del parque de repente.
— A mí también me gustaría saber qué pasa por esa mente tuya, la verdad —murmuró, parándose en seco, y mirando después mis pies. Ni siquiera se rió—. Siempre es como si todo estuviese bien para ti, no he conocido a una persona tan positiva en mi vida.
— ¿Ni siquiera a Tomoyo?
— Ni siquiera me he fijado en Daidouji —dijo, con rotundidad. Y después miró a otro lado para hablar consigo mismo, aunque yo hubiera podido oírle—. Yo solo te miro a ti, idiota…
— ¿Qué decías? No te oí — fingí, y él se puso totalmente recto de golpe (y colorado)—. Creí oír que me decías algo más…
—Nada, solo que volvamos ya a casa —sonrió, apretando con más fuerza mi mochila entre sus manos—. Vas a resfriarte si sigues con los pies mojados.
— Siempre tan gentil —incliné la cabeza, ofreciéndole una pequeña reverencia.
— Siempre tan loca —me imitó él, poniendo los ojos en blanco— y tan despistada.
—¿En qué piensas, Sakura?—onrió Tomoyo, mirándome a través del espejo, mientras quitaba con cuidado las pinzas de uno de los rulos—. Te has quedado muy callada de repente.
— Él siempre ha estado enamorado de mí, y yo lo sabía —respondí, aún con aquel recuerdo rondando mi mente—. Es sorprendente hasta qué punto podemos engañarnos a nosotros mismos para no aceptar aquello que nos da miedo.
— Eso es cierto. No es solo lo que pasó con ese hombre hace unos días lo que te alejaba de él ¿Verdad?—la forma en la que había pronunciado ese hombre hacía que se me revolviera el estómago. Me sentía estúpida cuando me acordaba de él—. Siempre habías tenido miedo de Li, y solo estás usando eso como excusa.
— No tanto así…
— Puede que una gran parte no —asintió ella, sacando la pieza plástica con cuidado de mi pelo. Había adoptado la forma exacta, en la parte derecha de mi frente—. Pero tienes que admitir que es mucho más fácil alejarte ahora de Li sin que él pueda quejarse de nada. Bastaría con contarle… una parte.
Hinché mis mejillas mirándola con molestia, y ella sonrió. Odiaba que ella siempre supiera leer tan bien mis pensamientos, incluso cuando yo no los entendía. Sabía que no era su intención quitarle importancia al asunto, así que traté de no tomármelo demasiado mal, y pensar en lo que había dicho. Tenía una excusa perfecta para no tener que enfrentarme a los elefantes que corrían en estampida por mi estómago cada vez que Syaoran me sonreía, o simplemente me miraba con aquellos ojos tan brillantes (y preciosos) que tenía.
— Puede que tengas un poquito de razón —me rendí, segundos después. Ella sonrió complacida—. Pero de todas formas lo de Syaoran y yo nunca podrá ser.
— Tonterías. Seguro que cuando te vea va a morirse de la pena.
— De… ¿De la pena?
— Sí. Por haber hecho esa estúpida promesa —oh -me reí- solo Syaoran le da tanta importancia a la palabra de alguien como para prometer algo así y además cumplirlo—. Yo aún tengo la esperanza de que se arrepienta y se presente en el centro de la pista vestido de motero o algo así. Imagínate. Como Ross Lynch en Teen Beach movie.
Oh, recordaba esa película. En una escena determinada, Ross, vestido con su chaqueta de cuero, saltaba a centro de la pista y se sumaba al musical como si él fuese el protagonista de la historia de amor. No me imaginaba a Syaoran bailando entre chicas con vestidos de lunares rojos y haciéndose el interesante. Aunque la verdad, hace unas horas tampoco imaginaba que fuese a decirme que no, y ahora Tatsumi iba a venir a casa a recogerme después de preparar toda aquella fiesta, y a llegar de mi brazo estando ya Akame en el interior del bar. No era precisamente lo que tenía pensado. Pero tampoco podía quejarme, no era lo peor del mundo.
Creo.
— ¿Syaoran tocando la guitarra eléctrica y rompiendo botellas de vidrio? Permíteme que lo dude.
— ¿Quién sabe? Igual alguien lo avisa de la hora a la que empieza en el último momento….
Sonreí, negando furtivamente con la cabeza. Tenía en sus manos la percha con mi vestido nuevo y el lazo que iba a ponerme enrollado en el gancho de ésta. Que Syaoran me hubiese dicho que no era una especie de derrota parcial para ella, y seguramente iba a hacer lo que fuese para impedirlo.
Hasta cortar cierto escote en mi disfraz.
— Vamos a dejarte preciosa, ven —tiró de mis manos, y luego abrió la puerta. Touya se giró con su taza de sake junto a Eriol, y ambos me miraron con las cejas a la altura de su flequillo—. Tatsumi tiene taaanta suerte… —canturreó, para que la escucharan. La luz del cuarto de baño se encendió de golpe—. Va a llevar a una chica preciosa a la fiesta…
(Syaoran)
"Ya te he dicho que no, no insistas" escribí, tirando el móvil después muy lejos de mí, donde no volviera a oírlo sonar. Tomoyo siempre tan oportuna.
Si no tenía trabajo, iba a buscármelo. Salir a la puerta de mi casa mientras Sakura estaba aún arreglándose sería una tortura para mí. Era mucha casualidad que Tomoyo necesitase ayuda justo en aquel momento.
Abrí mis cuadernos de apuntes y los miré, receloso. Todos perfectamente subrayados con bolígrafo verde, y repasados y aprendidos. Yo no necesitaba tiempo alguno para trabajar en ellos. Por un momento, odié que me encantara tanto lo que estudiaba. Seguramente, en el piso que había frente a mí, Sakura estaría dando vueltas con su vestido nuevo de lunares blancos sobre un fondo rojo, con la atenta mirada de su estúpido hermano pegada encima, y poniéndose nerviosa cada vez que Tomoyo le hiciera algún arreglo en el pelo para dejarla, como su amiga decía "Como lo que es: una princesita".
Oh.
En serio.
Esto no podía estar pasándome a mí, ¿Verdad?
Me arrepentí entonces de tomarme ese preciso instante como descanso para sacar la cabeza por mi ventana. Un Tatsumi más desastre de lo normal había aparecido en el fondo de la calle, arrastrando sus dedos sobre el muro que tenía a su lado, seguramente canturreando alguna cancioncilla pegajosa. Quise pensar que aquel aspecto era solo parte de la caracterización, pero seguramente los nervios no le habían dejado hacer mucho más. Aunque eso daba lo mismo en realidad. Llevaba una chaqueta igual que la que Eriol me había dejado colgada en la puerta junto a unas cadenas para engancharlas a los ojales del pantalón, y un pañuelo negro para la frente. Según él, por si después a Tomoyo le apetecía ir de incognito, aunque yo lo conocía demasiado bien como para creerme algo así.
Me estaban tentando.
Demasiado, podríamos decir.
— ¡Oh! Me voy a arrepentir de pedirle a Akame que salga conmigo si vistes así más a menudo —interrumpieron mis pensamientos, de golpe—. Deja que te vea mejor, anda.
Cerré mis manos en puños, con fuerza. Era la primera vez en toda mi vida que veía a Sakura con algún tipo de escote, y me molestaba que fuese solo de lejos. Y no precisamente por el escote, sino por ella en sí. Era Tatsumi quien le estaba sonriendo, y quien había sujetado su mano para darle una vuelta sobre sí misma para que se sonrojara al decirle "guapa". Aunque lo mejor vino después, sin duda alguna. Su hermano salió unos segundos después, ajustándose la chaqueta tirando de sus solapas, y con una cicatriz falsa dibujada por debajo del ojo derecho. Tatsumi palideció.
— ¿Nos vamos ya, o qué? —pude leer en sus labios, y vi cómo se ponía entre ellos—. No sé cómo te las arreglas para que siempre haya un mocoso revoloteando a tu alrededor, Sakura — chilló.
Como si me hubiese visto rabiar de lejos, y quisiera restregármelo por la cara. Miré de nuevo la chaqueta y respiré hondo un par de veces. Esta vez no iba a dejarla pasar.
