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I'm broken here tonight and darling, no one else can fix me. Only you
Only You — Cheat Codes, Little Mix
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—Mar adora este pastel. Es su favorito desde que era una niña —les dijo la cocinera, dándole los últimos toques al postre de chocolate recién salido del horno—. Unos trozos deberían hacerla sentir mejor. Siempre lo hace.
—Muchas gracias, señora Pettigrew —murmuró Mary, esbozando una sonrisa triste—. Aunque no creo que vaya a ayudar mucho en esta ocasión…
—Igual me quedaré más tranquila si se lo llevas —confesó la aludida, suspirando con mortificación—. Esa pobre niña. No ha comido nada en días, se va a enfermar…
Mary se mordisqueó el labio, conflictuada. Quiso desmentir su afirmación, pero no tenía sentido negar algo que ya era un secreto a voces en los pasillos del palacio. No podía ser de otra forma cuando Mar tenía más días de los que podía contar sin salir de su habitación. Comía lo mínimo indispensable y eso porque Mary no dejaba de fastidiarla hasta que lo hacía.
No se había separado de ella en ningún momento, pero lo prefería así.
—Ve, lleváselo y mándale cariños de mi parte —le indicó la señora Pettigrew, entregándole el pastel—. Peter, ve con ella.
—Sí, claro —aceptó el chico, dejando su puesto para ir junto a la aludida—. Vamos, Mary.
Ella le dedicó una pequeña sonrisa, tratando de ignorar el calor en sus mejillas, y se despidió de la mujer antes de salir de las cocinas con su hijo.
—Gracias por comentarle lo del pastel —le dijo Mary una vez estuvieron afuera—. En serio no creo que haga mucha diferencia, pero es mejor que nada.
—Lo que sea para ayudar —le respondió el chico, suspirando con pesadez—. Está siendo difícil para todos…
Un asentimiento de cabeza fue todo lo que la chica dio por respuesta. Se dirigieron a las escaleras en silencio, metidos en sus pensamientos que no distaban demasiado.
Aún le costaba recordar el momento en que todo se había complicado sin que su estómago diera un vuelco desagradable. La imagen de Marlene echándose en sus brazos, llorando desconsolada, era una de la cual no iba a deshacerse pronto.
Tenía ya más de un año trabajando para ella, y Mary había jurado que ese tiempo le había bastado para conocer cada faceta de la princesa. La noche de su fiesta le había probado lo equivocada que estaba.
Había sido la primera vez que había visto a Mar así de descompuesta… de quebrada.
Era otra versión de ella, una que dolía demasiado para presenciar, pero que no permitía otra cosa.
—Creo… Creo que nunca la había visto llorar —le confesó Mary, hablando bajito y asegurándose de que no había nadie cerca—. O no de verdad. Quizás estando ebria un par de veces… Pero no como lo ha estado haciendo últimamente, es tan… —La chica suspiró y sacudió la cabeza, sin encontrar las palabras.
—Comprendo, pasa lo mismo con James —le contó Peter, cabizbajo. Dobló la boca en una mueca amarga—. Son tan entusiastas todo el tiempo que cuando algo los deprime es perturbador.
—Es una buena forma de ponerlo —concordó la joven, pensando en la actitud sombría que el príncipe también cargaba—. ¿Y Sirius cómo está?
—Pues… En verdad no lo sé —admitió el chico, con la voz estrangulada—. No hemos hablado mucho, creo que nos está evitando —Pareció pensarlo mejor y ladeó la cabeza antes de continuar —. A James, específicamente.
Mary frunció los labios, guardándose para ella sus comentarios.
La verdad era que quería estar enfadada con Sirius por el estado de Mar, pero cada vez que lo intentaba terminaba recordando lo enamorado que lucía siempre que estaba cerca de ella.
No hacía falta que Peter se lo dijera para saber que tampoco debía estar pasándola bien.
—James tiene sus propias preocupaciones, no creo que tenga energía para estar molesto con él —Fue lo que dijo al final, decidiendo que lo mejor sería no comentar sobre Sirius.
—Es lo que Remus dijo, pero a él le cuesta captar lo que para los demás es obvio —Peter resopló y entornó los ojos con hastío—. Estamos dándole su espacio. Si pasa de esta semana, haremos una intervención.
—Sí… Creo que yo haré lo mismo —decidió Mary, fallando en su intento porque no se le quebrara la voz—. Empiezo a preocuparme de verdad.
—A todos… Pero Mar ha pasado por cosas más duras. Muchísimo —señaló Peter con gravedad, pero un brillo de seguridad en los ojos que la hizo sentir más segura—. Ella es fuerte. Saldrá de esto.
Mary decidió aferrarse a sus palabras, esperando de corazón que estuviera en lo correcto.
—¿Y tú cómo has estado? —soltó Peter de golpe, tropezando con las palabras—. Bueno, aparte de estresada y trabajando…
—Aparte de eso no mucho —contestó la chica, sonrojada por su interés—. Hace días que no voy a casa y mi madre empieza a preocuparse, pero no quiero dejar a Mar…
—Sí, entiendo… No creo que siga así muchos días más, pero si pasa y tienes que volver, solo dinos —farfulló el chico, posando la mirada entre ella y sus zapatos—. Remus y yo estamos aquí, podemos estar al tanto.
—Realmente ahora no quiere ver a nadie —Se lamentó Mary, recordando las pocas veces que había aceptado hablar con alguien que no fuera ella. Incluyendo a James—. Pero eso sería de mucha ayuda… Gracias.
—No hay nada que agradecer —le aseguró el chico, dedicándole una pequeña sonrisa—. Solo quiero que ella esté bien… Y ayudarte, si puedo.
Mary le devolvió la sonrisa, atreviéndose a mirarlo a pesar de que sentía el rostro en llamas.
Justo después de llegar de Italia se había desatado aquella tormenta, por lo que no había pasado mucho más entre ellos. Sin embargo, ella guardaba la esperanza de que cuando las cosas se calmaran, habría una oportunidad.
Le gustaba pensar eso. La hacía desear con incluso más ganas que Mar se repusiera pronto.
El vacío que su estómago ya no podía soportar fue lo único que logró despertar a Mar ese día.
Las cortinas estaban cerradas, impidiendo el paso de la luz y dejando la habitación en penumbras. No sabía a qué hora se había dormido ni durante cuánto tiempo lo había hecho, por lo que tampoco tenía claro en qué momento del día se encontraba.
—¿Mary? —llamó con la voz ronca, pastosa, contando con la presencia perenne de la chica.
No la sorprendió no recibir respuesta, sabía que debía haber ido a buscar o resolver algo. No podía haber ido muy lejos, pero esperaba que volviera pronto.
Le angustiaba la soledad.
Tomó un suspiro congestionado y se incorporó con dificultad, sentándose con la espalda pegada a la cabecera de la cama sin soltar el grueso edredón que la cubría. Estaban en pleno verano y aún así ella sentía que se moría de frío cada vez que dejaba la cama.
Cogió el celular perdido bajo la almohada y dejó que la luz blanca de la pantalla le quemara los ojos secos. Primero revisó la hora y luego, como la idiota que era, buscó el mensaje que había llenado su buzón cada día durante los últimos seis meses.
La desilusión le arañó el pecho cuando, de nuevo, lo encontró vacío.
Apretó los dientes con fuerza y enterró el rostro entre sus rodillas, cerrando los ojos para no echarse a llorar como una niña. Todavía sentía los restos de lágrimas resecas de la noche anterior, y no quería regresar a ese estado tan pronto.
Tenía que aguantar, y eso estaba haciendo.
A pesar de su reclusión voluntaria y su patética necesidad de llorar cada media hora, Mar podía asegurar, con total honestidad, que estaba aguantando.
Las sombras habían regresado. Las sentía a su alrededor, acechando y amenazando con envolverla y arrastrala de regreso a la oscuridad, pero todavía no la alcanzaban.
Mar había sufrido y luchado demasiado para trepar fuera de ese agujero, para poner su vida en orden. Los recuerdos de todo lo que una vez había vivido seguían presentes en ella. No podía dejarse arrastrar. No de nuevo.
No por eso.
No por él.
—Ey, buenos días —Escuchó que le decía Mary, hablándole con suavidad mientras entraba a la habitación—. ¿Cómo te sientes hoy?
—Como la mierda —murmuró con honestidad, todavía con el rostro escondido—. ¿Es de mañana?
—No por mucho, son casi las doce —le contó la chica, sonando más cercana. El movimiento del colchón le dejó saber que se había sentado a su lado—. Te traje algo para que comieras. La madre de Peter lo envió para ti.
Mar sonrió contra su rodilla, encontrando agridulce que a raíz de aquel vergonzoso incidente, Mary se hubiera decidido a tutearla. Al menos, algo bueno había salido.
Tenía demasiada hambre para negarse a comer, y se sintió mucho más dispuesta cuando descubrió lo que la chica había llevado.
—¿El nuevo plan es alegrarme a base de azúcar? —inquirió la princesa, sonriendo con ironía y aceptando un trozo de pastel—. No está funcionando, pero tampoco me disgusta.
—Come. Dejé el resto sobre la mesa —le indicó Mary, suspirando con alivio al ver que la obedecía—. La señora Pettigrew manda saludos.
—Pasando tiempo de calidad con la futura suegra —la molestó Mar, tratando de subir el ánimo—. Al menos, la vida sentimental de una de las dos sigue en pie.
—Por favor, no empieces —casi le rogó la chica, dedicándole una mirada suplicante—. Voy a prepararte la bañera, ¿de acuerdo? Quizás te ayude a sentirte mejor…
—No presiones, Mary —le cortó ella, fallando en su intento de no ser hostil—. Déjame comer y luego vemos.
A pesar de haber adquirido una actitud más relajada, Mary todavía era sensible a esos arranques de su personalidad. Mar lo sabía, por eso no pudo evitar sentirse culpable al ver como la chica cerraba la boca de manera automática y se echaba para atrás, cohibida.
—Me duele la cabeza —se excusó, disculpándose con la mirada y llevándose a la boca un pedazo de pastel—. Tengo que dejar de llorar como una imbécil.
—Yo no creo que sea malo, mientras te ayude… —razonó Mary, dedicándole una sonrisa alentadora—. Es la mejor forma de desahogo que hay.
—La más asquerosa también —resopló Mar, doblando la boca con desagrado—. No entiendo cómo la gente pasa por esto regularmente. Es una puta mierda…
—No creo que alguien lo escoja. Solo… Pasa.
Mar hizo una mueca y siguió comiendo en silencio.
Sabía que tenía razón y que aquello era algo que solo pasaba, pero seguía haciéndose a la ide de que, por primera vez, le estuviera pasando a ella.
Los desencadenantes con los que lidiaba su estabilidad mental eran muchos, pero el despecho nunca había sido uno. Los hombres nunca habían tenido ese poder sobre ella. Ninguno le había gustado tanto ni se había quedado lo suficiente como para romperle el corazón.
Sirius era el único que había quebrado todos sus muros. El único al que se lo había permitido.
—Fui tan estúpida —soltó de repente, rabiosa. El regusto a chocolate pronto se volvió amargo y nauseabundo—. Debí saber que no… Él no valía la pena el esfuerzo. Nunca pretendió tomarse esto en serio, fue mi culpa creer que… Que era algo más que un juego…
—Yo no creo que fuera solo eso —opinó Mary, cautelosa—. Al menos, no me dio esa impresión. Él parecía preocuparse por ti…
—Sí, por eso no se ha tomado la molestia de averiguar cómo mierda estoy —espetó Marlene, apretando la mandíbula y peleando para que no se le quebrara la voz—. Él solo hace el desastre y luego se desentiende.
—¿No crees que también la esté pasando mal?
—No, no lo creo. Pero ojala.
Ignoró la mirada aprehensiva que Mary le lanzó y siguió comiendo, masticando con rabia.
Conociendo a Sirius, ya debía haber encontrando un reemplazo. Uno que no conllevara tantos compromisos ni tuviera tanto equipaje como ella.
El pensamiento le apretó el corazón con violencia, enviando lágrimas a sus ojos que se apresuró a secar.
—En fin, no quiero seguir hablando de él —decidió la chica, carraspeando para que su voz no sonara tan aguda—. Mejor hablemos de otro idiota, ¿has visto a mi hermano hoy?
—No, Peter me dijo que había ido a un campo de motocross en la mañana y no ha regresado —le explicó Mary—. También me contó que está haciendo muchas actividades al aire libre.
—Agh, me enferma lo saludable que es —Se asqueó Mar, secretamente resentida—. ¿Qué tiene de malo quedarse en casa y entregarse al ocio?
—Eh, ¿es una pregunta real o retórica?
La respuesta de Mar se vio interrumpida por la vibración de su teléfono, anunciando un nuevo mensaje y provocando que su corazón saltara ilusionado.
Desde luego, la decepción llegó antes de que pudiera procesarlo.
¡Amiga! Escuché lo que pasó. Espero que estés bien y recuerdes que puedes conseguirte algo mejor que ese imbécil. ¡En fin! Estoy en la ciudad, llámame para salir a divertirnos como en los viejos tiempos. Te adoro, xxxx.
—¿Todo bien? —preguntó Mary, leyendo la sorpresa en su rostro.
—Sí, no pasa nada —aseguró Mar, arrojando el celular sobre el colchón, sin responder—. Solo es Sarah. Dice que está en la ciudad y que quiere verme.
—Oh… —Fue todo lo que Mary dijo, mordisqueándose el labio, notablemente incómoda—. Y vas… ¿Vas a verla o…?
—Claro, como obviamente estoy muy emocionada por salir de aquí —ironizó la rubia, entornando los ojos—. No hagas un drama de esto, ¿de acuerdo? Solo voy a ignorarla.
Mary asintió y por suerte lo dejó estar, a pesar de no lucir muy segura al respecto.
James bajó de la motocicleta sin mucha ceremonia, se quitó el casco con brusquedad y emprendió el camino de regreso a los vestidores, levantando nubes de tierra con sus pasos demasiado violentos.
Cargaba un humor terrible.
No quería admitirlo, y hubiera preferido no tener que hacerlo, pero ya la verdad le había quedado más que clara y no tenía sentido seguir negándolo: el motocross no era divertido si lo practicaba solo. O sin Sirius, específicamente.
Aunque la verdad era que últimamente muy pocas cosas lo divertían. Las actividades físicas a las que se había sometido de manera casi obsesiva esos últimos días le servían para distraerse, para apartar la mente de aquello que le tenía el pecho congestionado con sentimientos donde regían el dolor y la culpa. La diversión era en lo último en lo que pensaba.
Era una mierda, porque no sabía cómo lidiar con esa situación sin la compañía de Sirius. Era su actitud relajada y su capacidad de buscarle el lado divertido a todo lo que siempre lo ayudaba a ver la luz en ese tipo de escenarios. Sin él todo era más difícil.
No estaba enfadado, no más de lo normal, pero consideraba que a ambos les haría mejor mantener la distancia. Al menos, mientras la tormenta siguiera en su punto más alto.
—Ya estoy listo por hoy —le informó al Remus cuando lo divisó en la puerta de los vestuarios—. Creo que va a llover.
—No sería una novedad —murmuró el chico, frunciendo el ceño a echar un vistazo por la ventana—. ¿Te divertiste?
James hizo una mueca con la boca, encontrando difícil mentir o encontrar una respuesta decente.
—Me distraje —se limitó al contestar, haciendo eco de sus anteriores pensamientos—. Quizás me habría divertido si alguien me hubiera acompañado…
—Te dije que trajeras a Peter, pero no quisiste escucharme —se desentendió Remus, encogiéndose de hombros y dedicándole una mirada significativa—. Sabes que estos deportes no son lo mío.
—Nada divertido lo es —se mofó James, tratando de ponerle diversión a la situación—. Vamos, ¿no has subido a la moto de Sirius mil veces? Todos lo hemos hecho.
—Sí, cuando no te tenido otra opción —señaló el chico, suspirando con incomodidad ante el recuerdo—. Si quieres distraerte con algo que no involucre deportes extremos, sabes que puedes contar conmigo. Para esto…
—Sí, sí, para esto me jodo —James chasqueó con la lengua, arrugando el ceño como un niño testarudo.
—Iba a decir que llamaras a Sirius —corrigió Remus—. Pero como no quieres hacerlo…
—Dudo mucho que Sirius esté de humor para esto —le cortó James, desviando el tema—. Sabes que tenemos formas diferentes de drenar.
—Sí, y las suyas nunca terminan bien…
James suspiró con pesadez y movió la cabeza con un asentimiento corto. No quería darle largas al tema, especialmente porque no quería pensar en las estupideces que podía estar haciendo su amigo y sentirse culpable por no estar más pendiente. Prefería pensar que Remus y Peter se estaban encargando por él.
Se metió a las duchas luego de eso, agradeciendo que el sitio estuviera vacío ese día. Había pasado los últimos días tratando de evitar el contacto con desconocidos. No estaba de humor para poner su mejor sonrisa y aparentar que todo estaba bien.
—¿A dónde quieres ir ahora? —le preguntó Remus media hora después, ya en el auto y listos para partir—. ¿Ya te cansaste o hay algún otro deporte que desees probar?
—No, mejor vayamos a casa —decidió James, haciéndole una seña al chófer—. Quiero ver como está Mar…
—Devorando un inmenso pastel de chocolate —completó Remus, ojeando su celular. Se apresuró a explicarse ante la mirada perdida de su amigo—. Eso me dijo Pete. Le pedí que le echara un ojo y justo estaba con Mary.
—Ah… Pues genial. Me alegra que esté comiendo —asintió el chico, sintiéndose más o menos aliviado. Estiró las comisuras para sonreír con diversión—. Y que Peter esté sacándole provecho a esta situación de mierda…
—Hay que aplaudirlo. Está haciendo un esfuerzo con lo poco que tiene —La respuesta de Remus volvió al resultarle confusa. Por suerte, volvió al explicarse—. Me contó que iba al invitarla a salir, pero está muy ocupada cuidando al Mar así que se ha mantenido a margen.
—Eso es ridículo. Mar no necesita… —No fue necesario la mirada escéptica de su amigo para callarse, él solo se dio cuenta de lo que decía—. Bueno, pero nosotros podemos asegurarnos de que esté bien. Mary merece una noche libre.
—La verdad es que temo que pases mucho tiempo cerca de Mar —murmuró Remus, frotándose la sien con las yemas—. Pueden terminar deprimiendose mutuamente.
—Qué gracioso —soltó James, resoplando con ironía—. Yo puedo cuidar de mi hermana. Y si no me crees, puedes intentarlo tú…
—Lo haría, ¿pero quien te cuida a ti?
James gruñó con hastío y entornó los ojos. Era desesperante la postura que Remus había decidido tomar en toda la situación.
Sirius tenía la facilidad de quitárselo de encima. Él, por razones obvias, no contaba con la misma suerte.
—No sé qué estás esperando que haga, pero no necesito una niñera, Remus —masculló de mala gana—. Estoy llevándolo bien.
—No digo que no, pero me preocupa cuál será el próximo deporte que te ayude a llevarlo "bien" —explicó Remus, enarcando una ceja—. Espero que saltar en paracaídas esté fuera de tus planes.
—Lo que sea para mantenerme distraído —respondió James, manteniendo la mirada en su ventanilla.
—Si te parece que esa es la solución… —comentó Remus, como quien no quiere la cosa.
—Remus, ¿qué tal si me dices lo que en verdad estás pensando? —Se hartó el chico, incapaz de seguir ocultando su irritación—. Estamos muy viejos para estos rodeos.
—Solo me parece que podrías dejar de pasearme por todas las áreas deportivas de la ciudad y atacar el verdadero problema —contestó su amigo. Tomó un suspiro profundo y se giró, finalmente encontrando su mirada—. Lo único que tienes que hacer es llamarla…
—No veo cómo eso solucionaría nada —zanjó James, quien había estado esperando ese giro en l conversación. Ignoró la pesadez en su pecho y continuó—. No es como si ella estuviera muriendo de ganas de hablar conmigo…
—Porque eres un idiota —resolvió Remus, pasando por alto su mirada ofendida—. Pero de eso Lily está más que clara así que…
—No empieces con esta mierda, Remus —Sin quererlo, la petición terminó saliendo más como una orden—. Hice lo que tenía que hacer. Lo que es mejor para ambos...
—Entiendo que lo veas así, pero estoy tratando de que te des cuenta de tu error —Intentó razonar el otro chico, resoplando y moviéndose en el asiento para quedar más cerca—. La estás subestimando, James. Y sinceramente no entiendo cómo puedes hacerlo después de que llegaras a conocerla tan bien.
—Por lo bien que la conocí es que decidí hacer esto —masculló el chico, apretando los dientes—. Lily merece algo mil veces mejor que esta vida…
—Esa decisión no te correspondía a ti —le cortó Remus con una firmeza que lo descolocó—. Solo ella puede decidir que tipo de vida quiere y merece.
—Sí, pero no quiero que escoja algo de lo que luego vaya a arrepentirse —explicó James, suspirando y frotándose los ojos por debajo de los lentes—. Y sé que fue mi culpa, yo… No tome esto con la seriedad que merecía. Digo, sabía que me gustaba, muchísimo, pero nunca creí que llegara a tanto. Yo… —Se encogió de hombros y esbozó una sonrisa amarga—. No lo sé, creo que solo esperaba que las cosas se resolvieran solas…
—Obviamente no van a resolverse solas, pero eso no quiere decir que no se vayan al resolver en lo absoluto —contrarió Remus, usando su capacidad innata para darle lógica al todo—. Estás apresurándote a los acontecimientos, James, asumiendo que todo te saldrá mal… Sinceramente te desconozco.
Él también se desconocía, solía pasarle mucho desde que había conocido a Lily. Era como si su usual impulso a lanzarse a la vida sin pensar las consecuencias se hubiera apagado. Al menos, en esa situación.
Quizás porque nunca se había sentido por una chica cómo se sentía por ella.
—Yo puedo arriesgarme a cualquier mierda ridícula cuando solo se trata de mí —continuó explicando, dejando que la amargura que sentía en el pecho se colara en su voz—. No puedo ser egoísta con ella, Remus. Yo conozco de qué va esto y es… Es demasiado.
—Si tú puedes con ello, ¿qué te hace pensar que ella no? —inquirió Remus con paciencia—. Tienes que dejar de pensar en Lily como una damisela en peligro a la que tienes que proteger. Estamos en el siglo veintiuno, James, lo de príncipe no va tan en serio.
Él se echó a reír, a su pesar, sintiéndose como idiota por siempre darle razones a sus amigos para que lo molestaran por lo mismo.
—Ya sé que puede ser demasiado. Sabes que lo sé —insistió Remus—. Pero ni siquiera le diste la oportunidad de verlo por ella misma. De decidir si era lo que quería. Al menos eso le debías.
—No quiero que tenga que hacer sacrificios por mí. Lily…
—Lily te ama, James —Remus soltó eso con una seguridad y ligereza que lo dejó tieso—. Y sé que eso no lo es todo, pero en el caso de ustedes me parece suficiente para empezar.
James no encontró nada que contestar ante eso, especialmente porque no confiaba en ser capaz de abrir la boca sin que se le quebrara la voz.
Había estado completamente seguro de que su decisión había sido la correcta, y se le estaba haciendo muy difícil seguir recibiendo las señales que le decían lo contrario.
—Un par de semanas con novia y ya te crees en la autoridad para sermonearme —Sonrió con mofa, viendo su oportunidad para cambiar el tema y tomándola—. No creí que llegaría este día, pero me alegra haber vivido para verlo…
—No seas ridículo —desestimó Remus, envarándose y dedicándole una mala mirada—. Eso no tiene nada que ver, cualquiera con dos dedos de frente podría sermonearte sobre esto. Es muy lógico.
—No te enfades porque digo la verdad —Siguió burlándose James, riendo con toda la soltura que fue capaz de recoger—. Basta de mi asquerosa vida sentimental. Mejor dime qué tal la tuya.
—No hay nada que reportar —murmuró su amigo, aunque después de pensarlo mejor, volvió al verlo con una expresión casi adolorida—. Voy a ir a cenar en su casa la semana entrante.
—¿De verdad? —Se sorprendió James—. ¿No te parece que es un poco precipitado?
—Por supuesto que sí, ¿pero crees que ella escucha? —preguntó Remus, resoplando con exasperación y nerviosismo—. Igual los conozco de antes, así que supongo que no será tan malo.
—Pues…
—Al menos, déjame creerlo, ¿quieres?
Para variar, James decidió guardarse su opinión... aunque fuera bastante obvia.
El gruñido ronco hizo eco dentro del pequeño baño, repicando contra los azulejos.
Inspiró con rabia a la vez que un temblor lo recorría de pies a cabeza. Apoyó una palma contra la pared, buscando soporte, mientras que con la otra se sujetaba la erección, aumentando la fricción cada vez más.
Sirius había esperado que el agua fría lo ayudara a quitarse la calentura del cuerpo, pero al final se había rendido, obedeciendo a sus necesidades más profundas.
Sin embargo, no estaba resultando tan placentero como en otras oportunidades. Lo hubiera sido, de no haber estado tan concentrado en pensar en cualquier cosa que lo excitara. Menos en ella.
Estaba luchando para apartar su imagende su cabeza, para no sentir el calor de su aliento rozándole el cuello ni imaginar que era su mano —suave y habilidosa—, la que estaba atendiéndolo en aquel momento.
Lo había hecho bien, al principio. Había escogido el recuerdo que una chica que había llevado a su apartamento luego de encontrarla en un pub un par de días atrás. Había sido fácil calentarse pensando en el culo de infarto que no se había cansado de apretar, o en cómo se la había chupado como una experta. Esas imágenes habían sido suficientes para llevarlo al límite, tanto, que había terminado recordando más de la cuenta.
—Házmelo como a ella… —Había jadeado la desconocida, apretando las piernas alrededor de su cintura—. Como a la princesa.
Entonces, había estado muy excitado para prestarle atención a sus palabras. Pero en ese momento, en la soledad del baño, la historia había sido otra.
De pronto, el rostro de aquella espectacular chica había desaparecido, siendo reemplazado por el de esa princesa del demonio que no parecía dispuesta a dejarlo en paz.
Le había sido imposible seguir masturbándose sin pensar en ella, sin recordar todas las veces que habían follado en ese puto baño. De repente, Mar había vuelto a hacer lo mismo de los últimos seis meses: meterse en su cabeza e invadir cada rincón disponible.
Se había corrido contra su mano, imaginando que estaba dentro de ella, gruñendo su nombre con rabia como el patético imbécil que era.
Estaba jodido. Y se iba a terminar de volver loco en cualquier momento.
Salió del baño con paso veloz, tratando de ignorar el cepillo de dientes junto al las cremas y mierdas de maquillaje olvidadas sobre el lavabo. Empezaban al enfriarse, y él seguía siendo incapaz de quitarlas de ahí.
Era lo mismo en cada maldito rincón del apartamento. Era la presencia de la chica materializada en distintos objetos que había dejado regados por doquier. Desde piezas de ropa y su asquerosa comida orgánica, hasta el perfume carísimo que había dejado impregnado en las camisetas del chico y en todas sus almohadas.
Sirius empezaba a plantearse la posibilidad de que lo hubiera hecho de manera intencional, que hubiera dejado su marca en todos los rincones para que lo atormentaran cuando ella no estuviera.
Lo único que contradecía su teoría, era que estaba casi seguro de que Mar no se había planteado ese escenario.
Se vistió para salir, sin preocuparse por el cabello mojado que le empapaba los hombros. Se dejó caer sobre el puff de la sala y empezó a revisar su celular. Tenía un par de horas antes de encontrarse con Lily, y por desgracia, tendría que matarlas allí sin hacer una mierda.
No tenía ganas de pillar la moto, y mucho menos de caminar. Sin embargo, no pretendía quedarse sin nada que hacer, dándole rienda suelta a su mente para que recordara cualquier momento de mierda que seguro envolvía a Mar y el puff dónde estaba sentado.
Tenía que dejar de ser tan patético.
De inmediato, dio con los números de dos de sus amigos, a los que había estado evitando menos. Y aunque la idea de hablar con ellos para joderlos un rato le sonó bastante atractiva, le pareció que era hora de hacer lo que había estado retrasando toda la semana.
Casi se arrepintió cuando el imbécil no atendió sino justo antes de que lo enviara al buzón.
—¿Sirius?
—Vaya, parece que sí cuento con la suerte de ser atendido por su alteza —ironizó el aludido, usando el tono más afable que consiguió—. Espera, ¿Borraste mi número o solo te querías asegurar?
—Me apego a mi derecho constitucional de no incriminarme —Fue la respuesta de James, sonando divertido.
—¿Qué mierda dices? —Sirius se carcajeo, aliviado de que le estuviera siguiendo el juego—. Tú no tienes derechos constitucionales… ¿O sí?
—Eres un imbécil —soltó James, riendo por lo bajo—. ¿Cómo estás, Sirius?
—Excelente, nunca he estado mejor —contestó, desprendiendo ironía en cada frase—. ¿Y tú? ¿Qué tal el clima?
—Sigo en Londres, así que es una mierda —resopló James, fastidiado—. ¿Y por allá?
—Pues igual, por desgracia —Sirius echó un vistazo a la ventana y frunció el ceño ante el cielo grisáceo—. Ey, ¿estabas evitándome hace un segundo? Porque pensé que no ibas a atender.
—No seas ridículo, había dejado el teléfono en mi habitación. Estaba hablando con…
Su silencio brusco y elocuente le sirvió a Sirius para adivinar de inmediato con quien había estado hablando.
Lo irritó que sintiera la necesidad de ocultárselo, por lo que no pudo contener el gruñido que salió de su garganta.
—Estaba ocupado —Resolvió James al final, sonando ridículamente casual
—Oh, me pregunto en qué —le espetó con ironía y hostilidad, entornando los ojos hasta el cielo—. James, puedes decir que estabas con Mar, no me voy a poner a llorar.
—Prefiero prevenir que lamentar —murmuró su amigo, guardando silencio un momento antes de continuar—. Y ella está bien, en caso de que te lo estuvieras preguntando.
Sirius no alcanzó a responder de inmediato. Le hubiera gustado hacerlo para poder fingir que lo tenía sin cuidado, pero James había contestado a una pregunta que había dado vueltas en su cabeza durantes y que no se había atrevido a formular. Le parecía estúpido rechazar la respuesta cuando por fin llegaba al él.
—¿De verdad? —inquirió, bajando la voz sin darse cuenta.
—Sí… Bueno, no creo que vaya a organizar fiestas en ningún momento cercano —añadió James con cierta amargura que Sirius no pasó por alto—. Pero creo que lo peor ya pasó así que...
—Pronto estará como si nada, dale unos días —intervino rápidamente, tratando de sonar seguro para que se lo creyera. Para que ambos lo hicieran—. No es ni cerca lo peor que ha tenido que atravesar.
—Por supuesto que no —concordó James, soltando un suspiro pesado—. Espero que escuches tus propias palabras.
Sirius esbozó una sonrisa que no tenía ni una pizca de gracia, ahorrándose el decirle que era lo que había estado tratando de hacer esos últimos días.
—¿Y desde cuándo soy bueno haciendo eso?
—Pues creo que es hora de que empieces a serlo —opinó James, y Sirius pensó que iba a tomar el papel de Remus, pero por suerte cambió el tema—. ¿Qué has estado haciendo? Los chicos dicen que no quieres compañía.
—Ah, eso es sinónimo de que me extrañan. No me sorprende, claro, pero deberían decírmelo personalmente —Se jactó Sirius, tomando la oportunidad de volver a terreno seguro—. Y he estado en más de lo mismo. En el taller, paseando en la moto… Lo otro divertido me lo daba tu hermana, así que…
—Pensé que seis meses después esa idea dejaría de repugnarme, pero definitivamente no —James chasqueó con la lengua, sonando asqueado.
—Bebé —se burló Sirius entre risas—. ¿Y tú? ¿Qué tal? ¿Ya corriste el maratón de la ciudad?
—Quería, pero Remus insiste en no acompañarme —se quejó James, enfurruñado—. Le rogué para que practicara motocross conmigo y fue inútil. No cede tan rápido como tú.
—¿Me estás proponiendo algo, James? —adivinó Sirius, esbozando una sonrisa entusiasmada—. Porque ganarte una carrera definitivamente me ayudaría a sentirme mejor.
—A mí me ayudara probarte que eso es imposible —contrarió James, y no tuvo que verlo para saber que sonreía—. Ey, ¿qué vas a hacer en la tarde? Bueno, yo estuve ahí hace rato, pero no tengo nada mejor que hacer así que puedo volver.
—¿Puede ser mañana? No creo que me dé tiempo, en un rato voy a ir con… —Detuvo el resto de la oración por inercia, dándose cuenta de que había hecho lo mismo que su amigo un segundo atrás—. Estaré ocupado.
—Ya, entiendo —murmuró James, sonando atragantado—. Yo tampoco voy a llorar si la mencionas, Sirius.
—¿Seguro? Porque por tu voz puedo decir que sí.
—Gracias por siempre mencionar lo obvio —resopló su amigo, suspirando y guardando un segundo de silencio—.Oye, ¿puedes…? ¿Puedes mandarle saludos?
A Sirius no lo tomó por sorpresa aquella petición, era lo que se esperaba viniendo de James. Él era así de cursi… Y de valiente.
Él no consiguió las agallas para pedirle lo mismo.
Lily había escogido la mesa más apartada en el café, esperando que a Sirius no se le hiciera muy difícil ubicarla.
Normalmente, hubiera escogido un lugar en la terraza, dónde le diera el sol y pudieran comer con aire fresco. Por desgracia, ninguna de esas cosas valía pasar ese almuerzo bajo el escrutinio de extraños. Ya tenía demasiado de eso en su día a día.
James se había equivocado al pensar que terminar con ella sería la clave para permitirle volver a su anonimato. Como Lily lo vivía, seguía siendo tan interesante para la gente como cuando estaba con él. La única diferencia, era que el brillo de envidia y devoción en las miradas fortuitas había cambiado por uno de infinita lástima.
Y eso era mil veces peor.
Revisó su imagen en la pantalla apagada de su celular, queriendo asegurarse de que su estado de ánimo no se reflejara demasiado en su rostro. El maquillaje estaba haciendo su tarea disimulando las bolsas bajo sus ojos debido al cansancio de estar trabajando horas extras para no pensar. Y las lágrimas, desde luego.
Suspiró con cansancio y se frotó los ojos. Había habido demasiadas lágrimas.
No había sido una semana fácil. Su fortaleza mental se había visto bastante comprometida y solo la galería le estaba ofreciendo un escape. Le hubiera encantado no estar de vacaciones en la universidad. De hecho, estaba pensando en tomar unos cursos de verano.
Las actividades sociales no llamaban tanto su atención, requerían demasiado energía. Sin embargo, ese día había hecho una excepción y se había obligado a quedar con Sirius. Quería saber cómo estaba y le hacía mucha falta una cara amiga.
Lo mucho que le recordaba a James era el precio que iba a tener que pagar.
—Finalmente —le dijo Lily, sonriendo cuando llegó a su mesa casi veinte minutos después de la hora acordada—. Gracias por honrarme con tu presencia.
—Siento cierta ironía en tu tono, pelirroja. Y no puedo decir que me guste —respondió Sirius, dedicándole una mirada de impostado reproche, tomando asiento en la silla libre—. ¿Qué crees? Algunos tenemos cosas que hacer.
—Algunos tenemos que trabajar, y aún así nos las arreglamos para llegar a la hora —señaló ella, enarcando una ceja de manera significativa—. Tienes que aprender a respetar el tiempo de los demás.
—Y tú tienes que dejar de ser un dolor de culo, pero cada quien a su tiempo.
—Siempre tan adorable —resopló la pelirroja, sin alcanzar al ocultar la sonrisa cariñosa—. También me da gusto verte, Sirius.
—Ya, si vas a hacer de esto un reencuentro sentimental, avísame para empezar a beber —resopló el chico, tomando el menú que la camarera había dejado antes de su llegada—. Nos vimos hace poco más de una semana. No hagas drama.
—Me lo tomaré como que también te alegra verme —decidió Lily, entornando los ojos y tomando un suspiro—. Y mejor ordenemos, ¿de acuerdo? Cuento con que tener la boca llena te hará callar.
—Ah, pelirroja, algún día quizás tenga la dicha de conocer lo bueno que soy en multita…
El puntapié que recibió en la pantorrilla fue suficiente advertencia para reservarse el resto de la oración y comportarse. Al menos, mientras escogían sus órdenes y llamaban a la camarera.
Charlaron con tranquilidad mientras esperaban por su comida, tocando temas sin importancia para entretenerse y pasar el rato. El elefante en el lugar era tan grande que solo le faltaba tomar una silla y sentarse junto a ellos, pero hicieron un buen trabajo ignorándolo.
Hasta que empezaron a comer.
—¿No había una hamburguesa más grande en el menú? —la picó Sirius, sonriendo burlón cuando ella le dio su primer bocado a su almuerzo—. Digo, para saber que vamos a pedir cuando te comas esa.
—No, esta era la más grande —aseguró la chica, siguiéndole la puya con una sonrisa—. Y después voy al pedir un helado, así que no puedo llenarme.
—Claro, porque seguro quedas con hambre —se rió él, picando las papas que había pedido—. No te veía comer así desde que descubrimos que el imbécil de Derek era… Bueno, un imbécil. Aunque yo lo sabía desde el principio, fue a ti a quien le llevó tiempo darse cuenta.
—Lo recuerdo —murmuró la pelirroja, obligándose a seguir sonriendo a pesar del nudo en su garganta.
El comentario de Sirius no resultó una novedad para ella, mucho menos una ofensa. Era ridículo ofenderse por una verdad tan obvia como esa.
Todo el que la conocía podía saber cómo se abría su apetito cuando estaba triste. Y estaba segurísima de haber ganado por lo menos una talla durante esos días.
—Esa vez dijiste que lo golpearías si te lo pedía —recordó ella, enarcando las cejas de manera inquisitiva—. ¿Voy a recibir el mismo ofrecimiento esta vez?
—Eh, eso es trampa y lo sabes —la acusó él antes de encogerse de hombros y seguir comiendo—. Pero si en serio quieres que lo haga, supongo que podemos resolver algo. ¿Qué te parece?
—No seas ridículo —saltó Lily de inmediato, abriendo los ojos con horror—. Por supuesto que no lo decía en serio, yo…
—Bah, eres muy débil, pelirroja —se burló el chico, sonriendo apenas—. Sabes que lo merece, un poco.
—¿Estás proyectándote, de casualidad? —Se atrevió a preguntar ella, enarcando una ceja.
Sirius volvió a encogerse de hombros, sin encontrar su mirada, y siguió comiendo como si su comentario no hubiera sido más que un ruido molesto sin importancia.
Lily le lanzó una mala mirada, pero él continuó ignorándola, dejándole saber sus pocas ganas de hablar del tema. Sin embargo, no pensaba ceder tan rápido.
—Y sí, se lo merece un poco —admitió a final, haciendo el sacrificio de seguir hablando del tema. Soltó un suspiro pesado—. Pero no es como si fuera a cambiar algo así que…
—Siempre podemos contar contigo para ser racional —Tras decir eso, Sirius subió la cabeza, encontrando su mirada. De repente lucía bastante serio—. Por lo mismo, espero que sepas que lo único que quiere es cuidarte.
Aunque trató, Lily no fue capaz de mantenerle la mirada. Sirius la conocía muy bien, y sabía que podía leerla a la perfección si lo intentaba.
Y no quería que adivinara lo mucho que le dolía y, a la vez, la hacía rabiar esa realidad.
—Yo no estaba con él para que me cuidara —señaló entre dientes, encontrando difícil seguir almorzando—. Soy una mujer adulta.
—Estoy seguro que eso se lo dejaste claro —comentó el chico, esbozando una sonrisa llena de dobles intenciones. Ignoró su mirada asesina y continuó—. No es que no te crea capaz de cuidarte, Lily, solo que James es así con todo el mundo. Creo que ni siquiera tiene que ver con cómo lo educaron, habría sido igual de imbécil con o sin títulos.
A pesar de lo pesado que había empezado a sentir el pecho, Lily no pudo evitar sonreír con tristeza ante eso.
No hacía falta que Sirius se lo jurara, ella misma había sido testigo de la necesidad de James de cuidar de todas las personas que le importaban. Era como si no pudiera estar tranquilo consigo mismo si no se aseguraba que todos a su alrededor estuvieran en perfectas condiciones. Sabía que así era.
Era una de las principales razones por las cuales se había enamorado de él.
—En fin, eso ya no importa —murmuró la chica, decaída—. No tiene que seguir preocupándose por mí. Lo único que nos queda es… Superarlo, supongo.
—No seas dramática, pelirroja —casi le ordenó Sirius, resoplando con exasperación y pasándose una mano por el cabello—. No tienen que superar una mierda. Pronto estarán como si nada.
—¿De verdad? ¿Te lo dijo él? —A pesar de haber sonado genuinamente irónica, el corazón de Lily había dado un salto ilusionado.
—No hace falta, yo lo conozco. Está como un imbécil por ti y eso no lo va a superar rápido —Sirius esbozó una sonrisa inmensa, demasiado confiado de sus palabras—. Dale unos días para que vuelva como un cachorro perdido y te declare su amor eterno. Máximo una semana.
—De nuevo: eres ridículo —murmuró Lily, bajando la cabeza.
Las palabras de Sirius sonaban muy bien. Demasiado bien.
Eran justo lo que había estado deseando escuchar todos esos días, era lo que había esperado mientras lloraba contra sus almohadas, tratando de deshacerse del dolor punzante que se había aferrado a su corazón.
Sin embargo, en ese momento se le hizo muy difícil creerlas. Ya había sufrido demasiado, no quería también agregarle el peso extra de las ilusiones infundadas.
—Bueno, esperemos que sea antes de que me arme de valor para llamarlo y pedirle las cosas que dejé en su habitación —comentó la chica, esbozando una mueca de fastidio—. No debí tomar por sentado el cariño que le tengo a mi pijama favorita.
—Sí, pensaba lo mismo hace un rato cuando no encontraba mi puta chaqueta —coincidió él, esbozando una sonrisa forzada—. Supongo que habrá otra en el mismo lugar donde encontré esa…
—O quizás puedas recuperarla —contradijo la pelirroja, encontrando una rendija por la cual escabullirse—. No tiene que ser de inmediato, pero en unos días…
—¿Tú crees que puedo pasearme por ese palacio como si nada? —Sirius resopló, notablemente nervioso e incómodo—. Apreció mucho mi cuello para que lo corten, Lily.
—No seas exagerado. Sabes que en algún momento tendrás que hablar con…
—Yo ya no tengo nada que hablar con nadie —cortó él, eliminando cualquier posibilidad de discutir el tema—. Lo que tenía que decir, ya lo dije. Fin.
—Sirius, no puedes solo…
—¿Vas a pedir ese helado o no? —la ignoró, echándose hacia atrás en su silla, mirando hacia la cocina—. Quizás quieras mojar las papas en mantecado. Suena asqueroso, pero te juro que no lo es.
—¿Quieres dejar de ignorarme? —demandó la pelirroja, tan aireada como indignada—. ¿Está bien hablar de lo mío, pero de lo tuyo…?
—No tiene sentido hablar de algo que no tiene solución —completó Sirius, enarcando las cejas y esbozando una sonrisa irónica. Triste—. Las cosas son como son, Lily. Y hablarlas no hará que cambien.
Lily abrió la boca, lista para darle un millón de razones para asegurarle por que estaba totalmente equivocado. SIn embargo, no alcanzó al soltar ninguna.
Suspiró con resignación y asintió en silencio, dejando el tema al regañadientes, entendiendo que nada bueno saldría de tratar de forzarlo.
Con Sirius había aprendido a escoger sus batallas.
Esperaba que él pudiera hacer lo mismo.
Cuando la madre de Mary la había llamado para asegurarse de que estaba bien, a pesar de tener días sin pasarse por su casa, Mar supo que era hora de dejarla ir.
No se había sentido muy cómoda al respecto, pero entonces James había ido a verla y la idea de quedarse sola no había sonado tan espantosa. Si para algo siempre había servido su hermano, era para subirle el ánimo cuando más lo necesitaba.
Seguía sin sentirse lista para salir, pero enrollarse en sus sábanas y llorar como tarada había quedado descartado por ese día. Entonces, buscando en qué ocupar su mente, había dado con un par de blusas viejas que necesitaban arreglos y se había puesto en eso.
Se encontraba remendando unos botones de colores cuando la puerta de su habitación se abrió. Se había emocionado pensando que Mary había vuelto antes, o que quizás sería Peter con más pastel de su madre.
Al final, todas las alternativas habían sido reducidas a la peor realidad posible.
—¿Qué mierda quieres aquí? —preguntó de golpe, sin molestarse en ocultar la aversión que le provocaba su presencia.
—Marlene, por favor —la reprendió Camille, dedicándole una mirada significativa a la vez que entraba al cuarto—. ¿Algún día vas a controlar ese vocabulario horrible?
—¿Algún día vas a usar ropa que no te haga ver más vieja? —inquirió la chica, ojeando con mala cara el traje amarillo que había escogido—. Y ese vestido es muy de domingo para usarlo un martes.
—Es viernes. Lo sabrías si te dignaras a salir de tu habitación —la ignoró la mujer, frunciendo el ceño y caminando directo hacia las ventanas—. O al menos, abrieras una cortina…
—No me…
El resto de la oración quedó en el aire cuando se vio obligada a cerrar los ojos con fuerza, sintiendo que la luz que de repente entró iba a quemarle las retinas. No estaba haciendo día particularmente soleado, pero había perdido la cuenta de la última vez que había pasado las cortinas.
—Maldita sea —gruñó con fuerza, pasándose las manos por los ojos con brusquedad—. ¡Lárgate!
—En un momento, no creas que voy a quedarme. Tengo compromisos a los que asistir —le dejó saber su madrastra, parándose junto a ella y chequeando su reloj—. Cosa que tú pareces haber olvidado.
—Si por olvidar te refieres a que conscientemente decidí no ir —corrigió Mar, sonriéndole con ironía y volviendo a su tarea previa—. Supongo que sí lo olvidé.
—Marlene, no sé cuántas veces vamos a tener esta conversación —Camille suspiró, ese suspiro condescendiente y ruidoso que le hacía hervir la sangre—. No puedes simplemente faltar a tus eventos. Te hace quedar mal.
—Me explicas como si no lo supiera, pero la verdad es que no me importa.
—Pues debería importarte. Después del bochornoso episodio de tu cumpleaños necesitas toda la buena publicidad que puedas conseguir.
Mar apretó la aguja entre sus dedos con tanta fuerza que no tardó en hacerse daño. Sin embargo, aquello fue mejor que hacer con ella lo que realmente hubiera querido en ese momento.
—Tú necesitas irte de mi habitación —siseó con rabia, sintiendo su pulso empezando a acelerarse—. De inmediato.
—Es como si estuvieras decidida a avergonzar a esta familia, sinceramente —Continuó Camille, ignorándola por completo—. Lo único que me da un poco de paz es saber que ya terminaste con todo este circo.
—¿De verdad? ¿Eso te da paz? —preguntó Mar, soltando una risa sin nada de gracia—. Pues que puta ironía.
—Solo digo que sin tantas distracciones ridículas podrás enfocarte en lo realmente importante —señaló la mujer, pasando por alto la ironía en sus palabras—. Así que es hora de que dejes este drama y vayas a tus actividades. Esta noche te apuntamos a un hermoso concierto sinfónico que seguro te…
—Camille, por una vez en tu vida, escúchame —le ordenó la chica, tratando de no dejar que sus palabras calaran demasiado hondo—. No pienso salir ni asistir a eventos de mierda en lo que queda de semana, ¿de acuerdo? Cuando me sienta lista para hacerlo te dejaré saber, hasta entonces…
—Estás ahogándote en un vaso de agua, Marlene —desestimó su madrastra, moviendo una mano como si tratar de apartar una mosca molesta—. ¿Quieres explicarme qué sentido tiene perder tu tiempo lamentándote por algo que no tiene solución?
Que le recordara eso con aquella soltura, como si estuviera hablando del puto clima, fue más bajo y doloroso de lo que se podía haber esperado.
Mar le sostuvo la mirada con firmeza, luchando contra la indignación y la rabia que empezaba a rasgar su pecho. Estaba apretando las mandíbulas para no echarse a llorar, no podía hacerlo delante de esa mujer.
—En la vida hay un momento y lugar para todo, tienes que aprender a leerlos —siguió Camille, utilizando ese tono odioso de cada vez que le daba un sermón—. Ya tuviste tu diversión con ese chico, ahora es tiempo de volver a la vida real.
—¿La vida real? —preguntó Mar, con la voz tan tensa que parecía a punto de quebrarse—. ¿Y qué crees que estaba viviendo antes? ¿Una especie de fantasía?
—Supongo que puedes verlo de esa forma. Vaya, debiste haberme escuchado antes de que todo esto te explotara en la cara —se lamentó, sacudiendo la cabeza con un pesar que Mar no se creyó—. Lo he hablado con tu padre, pero tu problema es que nadie te ha explicado que no puedes obtener todo lo que se te antoja.
Mar sintió como las lágrimas de rabia empezaban a agruparse en su rostro.
Quiso echarse a reír ante lo absurdo que era aquello que estaba implicando y por lo cruelmente irónico que resultaba que, una de las pocas cosas que de verdad quería en su vida, fuera justo la que le estaba negada.
—En fin, espero que asistas a ese concierto —Concluyó Camille, dedicándole una sonrisa llena de condescendencia—. No vale la pena que detengas todo por un capricho que salió mal.
—¿Capricho?
—Haré que le envíen los detalles a Mary y ella te explicará todo —Volvió a ignorarla, dándose la vuelta para dirigirse a la puerta—. Y usa uno de los vestidos nuevos que te enviaron, ¿sí? No creo que tengas algo apropiado para la ocasión.
Entonces salió de la habitación, dejándola sola nuevamente, pero con un montón de sentimientos que no era capaz de seguir conteniendo.
Un capricho. Acababa de llamar capricho a la única relación real que había tenido en su vida, a los meses más felices que había pasado.
No tardó en sentirse asqueada. Lo había hecho sonar como un deseo infantil y ridículo, como algo que deseaba solo porque no podía tenerlo.
Era la misma palabra que había utilizado Sirius.
Capricho.
¿Era eso lo que todos pensaban? Que estar con Sirius era solo un deseo banal que había tenido un día, al igual que sus viajes costosos o sus fiestas extravagantes. Solo una casilla por llenar en su lista de superficialidades.
¿Era así cómo todos las veían? ¿Cómo una princesa malcriada y caprichosa que era incapaz de querer algo de verdad?
¿Así la veía él?
De repente, fue muy consciente de los latidos erráticos de su corazón y de cómo su respiración se había vuelto demasiado pesada, irregular. Todo comenzó a pasar demasiado rápido, sin que ella pudiera controlarlo.
No se dio cuenta de que estaba temblando hasta que tomó su teléfono. Su visión estaba muy nublada, pero aún así se las arregló para encontrar el mensaje que Sarah le había enviado más temprano.
Se había cansado de estar triste.
¡HOLA, MIS AMORES!
¡He vuelto! ¡Finalmente he vuelto! Ya pasó más de un mes desde la última vez que estuve aquí y en verdad se siente como mucho más. No es la primera vez que paso tanto sin actualizar, pero creo que como en esta ocasión lo hice de manera consciente se sintió más largo.
¡No se imaginan cómo extrañe este fic! No voy a mentir, poder adelantar mi novela fue hermoso y estar cada vez más cerca de terminarla es un sentimiento que no tiene precio, pero eso no quita que haya echado de menos escribir esto. Estamos llegando a la ronda final de esta historia y hay cosas que ya quiero empezar a contar, así que me alegra mucho volver.
Fue un capítulo más corto de lo que acostumbro, pero creo que era necesario hacer esta transición luego de todo el drama del anterior. También sirvió para dejar claro en qué andan todos y, seré honesta, dar un abrebocas del drama que está por venir. El próximo será mucho mejor, eso lo prometo.
¡GRACIAS POR ESPERARME! Y gracias a Lucyta Lupin que me escribió en mi ausencia recordándome que también me extrañaba y que sí había gente deseando seguir leyendo esta historia. ¡Eres un encanto! También quiero dedicarle este capítulo ValhallaSB que siempre me deja los reviews más largos y hermosos y está en twitter dándome animo en todo lo que hago (y fangirleando jeje).
Y en general gracias a todos lo que están leyendo esto por llegar tan lejos, significan muchísimo para mí. ¡Espero que les haya gustado este capítulo! La próxima semana voy a actualizar LU, para los que también me leen por allá, así que estén pendientes de las notificaciones.
¡LOS AMO! Les mando un beso y un abrazo enorme, cuidense mucho y nos leemos pronto. ¡Bye!
