DISCLAIMER: LOS PERSONAJES PERTENECEN A JK Y LA HISTORIA A JUDE DEVERAUX, YO SOLO ADAPTO ESTA HISTORIA PARA EL DISFRUTE DE LOS SEGUIDORES DEL DRAMIONE.
POR PRIMERA VEZ EN UN TIEMPO HE SUBIDO EN MI FECHA. COMO PREMIO PARA TODO EL MUNDO AHI VAN TRES CAPITULOS.
COMO SIEMPRE, SI VEN UN FALLO AVISENME Y LO SOLUCIONARE EN EL MENOR TIEMPO POSIBLE.
19
El día de la partida de Draco fueron al aeropuerto en silencio. Hermione parecía estar consumida por los pensamientos y las preocupaciones... e incluso por cierto miedo al futuro. Por mucho que Draco repitiera que esa separación no iba a cambiar su relación, ella seguía preocupada.
—¿Te vas a poner un traje? —le preguntó cuando Draco se detuvo junto a la máquina que daba acceso al aparcamiento del aeropuerto.
—Sí. No me apetece, pero es Nueva York.
—¿Vas a afeitarte y a cortarte el pelo?
—No —contestó él con una sonrisa—. A menos que quieras que lo haga, claro.
—No, no quiero. ¿Te va a gritar Tim por estar tanto tiempo fuera?
—A Tim solo le preocupa que los planos de la casa de California estén terminados. —Draco aparcó en un espacio libre, apagó el motor y la miró—. ¿Qué te preocupa de verdad?
—Nada —contestó—. Es que nos conocemos desde hace muy poco tiempo y eres... —La mirada que le lanzó Draco la instó a decir lo que no quería—. Serás él de nuevo.
—¿Y «él» es uno de los malos? ¿Un explotador de mujeres? ¿Un tío que se las tira y luego las deja?
—No me refería a eso —respondió, pero después hizo una mueca—. O a lo mejor sí.
—Si te hiciera algo así, tus padres me matarían.
—Estupendo —dijo ella—. Me alegra saber que el miedo es lo que te mantiene a mi lado.
Draco se limitó a menear la cabeza.
—Con palabras no voy a conseguir convencerte de nada. Llámame y yo también te llamaré. Mándame mensajes de texto, de correo electrónico. Lo que se te ocurra. Te diré en todo momento dónde estoy. ¿Así te sentirás mejor?
—Solo cuando vuelvas me sentiré segura. Vuelve a mí, no solo a tu antigua casa y a tu querida isla.
Draco se echó a reír.
—Creo que me conoces demasiado bien. Vamos.
Una vez en la pista, Draco estaba a punto de subir al pequeño jet, pero se dio la vuelta, la abrazó y volvió a besarla. A continuación, posó los labios cerca de su oreja y le susurró:
—En menos de cuatro horas, todos los habitantes de la isla sabrán que somos pareja.
Le dio otro beso de despedida antes de que Hermione lo viera cruzar la pista y subir al avión. Su asiento estaba junto a una ventanilla que ella podía ver, y desde allí se despidió con una mano mientras el avión despegaba.
En cuanto se perdió de vista, Hermione se volvió para irse, momento en el que vio que varias personas la miraban con una sonrisa. No eran los turistas que viajaban en grupo y que tenían expresiones nerviosas, ni tampoco los residentes estivales con sus prendas de lino y sus pulseras. Eran habitantes de Nantucket, los hombres y las mujeres que vivían y que trabajaban en la isla. Las personas de verdad. Las personas importantes. Las mujeres le sonrieron y los hombres la saludaron con gestos de cabeza... tal como había visto que le hacían a Draco. Era como si ese beso en público hubiera sido un anuncio de que Hermione era... ¿El qué?, se preguntó. ¿Señal de que estaba emparentada de alguna forma con los habitantes de la isla? ¿De que ese era su lugar?
No pudo contener la sonrisa en respuesta. Mientras iba en busca de la camioneta aparcada, un hombre que cargaba equipaje la saludó con una inclinación de cabeza. Comenzaba a correrse la voz.
A la mañana siguiente, Luna se presentó en la casa y le preguntó a Hermione si le gustaría dar una vuelta por Nantucket, a lo que ella accedió encantada.
Luna condujo por la isla, pasando por las playas, las marismas, el altar de piedra y la casa más antigua con su precioso jardín de hierbas medicinales. Ya andando, dejaron atrás la encantadora casa antigua hasta llegar a Something Natural, donde almorzaron.
Cogieron el coche para regresar a Black Lane, aparcaron y fueron andando al pueblo. Dado que Luna no había nacido en la isla, tenía mucho más claro cuáles eran sus peculiaridades.
—Todo se llama Nantucket: el pueblo, la isla y el condado. —Continuó diciendo que hacía poco que Nantucket recibió el dudoso honor de ser declarado el condado más rico de Estados Unidos—. Aunque muchos tenemos problemas para poner comida en la mesa —añadió.
Hermione no creía que Luna tuviera ese problema. Exudaba algo que solo podía ser descrito como elegancia. Su ropa era de excelente calidad, aunque discreta. No llevaba un montón de pulseras ni un collar de oro de un dedo de gordo, como hacían los forasteros. Y tampoco llevaba un sombrerito de ala corta que solo con verlo se sabía que costaba más que el salario mensual de una persona normal. Con Luna, todo era sencillo y refinado. Al final del día, Hermione se descubrió caminando más erguida y jurándose tirar los pantalones de chándal más raídos.
Más tarde, Lexie se presentó en Black House con una bolsa llena de verdura fresca para la cena, recién cogida del huerto de su jefe.
—Bien sabe Dios que él nunca las recoge. Solo le gusta ver a las chicas agachadas mientras quitan las malas hierbas.
Luna y Hermione se miraron con las cejas enarcadas.
—¿Qué lleva puesto Roger mientras observa a las chicas? —preguntó Hermione.
—Lo mínimo que le permite la ley —contestó Lexie.
Luna y Hermione se sonrieron. Era una imagen agradable.
Después de la cena, las tres se sentaron en el salón familiar y se bebieron una botella de vino. Como de costumbre, Lexie fue directa al grano.
—Bueno, ¿qué tal os lleváis Draco y tú?
Hermione era muy consciente de que Lexie y Draco eran primos, así que ¿cómo contarle sus preocupaciones por la marcha de Draco?
—Bien, estupendamente —aseguró.
—¿Podemos ayudarte en algo? —preguntó Luna. Era evidente que no se había tragado la bravuconada de Hermione.
—Es cuestión de tiempo —respondió Hermione antes de tomar aire. Sí que tenía preocupaciones y su mejor amiga no estaba allí para hablar con ella, de modo que prima o no, aireó sus pensamientos—. Sé que a Draco le gustan mis diseños y mi forma de trabajar, y el sexo es increíble, pero creo que es feliz tal como está. Y... —Inspiró hondo—. Tiene una vida en Nueva York además de esta, así que a lo mejor no encajo en aquel mundo. —Miró a Lexie—. ¿Por qué sonríes?
—Porque Draco no es como piensas. No es el famoso que la gente ve. Aquí en Nantucket demuestra su verdadera personalidad.
—Supongo que el tiempo lo dirá, ¿no? —replicó Hermione—. Vale, ya basta de que desnude mi alma. Quiero saber cosas sobre vosotras. ¿Qué le pedís a la vida?
Lexie hizo una mueca.
—Mi problema es que sé perfectamente cómo será mi futuro y mi vida. Estoy segurísima de que me casaré con Nelson dentro de un par de años. Sé dónde viviremos, incluso sé en qué casa viviremos. Lo sé todo. Todo.
—¿Quién es Nelson? —quiso saber Hermione. No había visto a ningún hombre cerca de Lexie con excepción de su jefe, y era evidente que Lexie no quería saber nada de él.
—Es mi Eric.
—Pero a mí me dejó —le recordó Hermione.
Luna asintió con la cabeza.
—Si Lexie no se casa con él pronto, la va a dejar.
Lexie bebió un sorbo de vino.
—Es que quiero una vida de la que no lo sepa todo. No quiero un caminito recto, quiero algunas colinas, incluso alguna que otra montaña. Quiero aventura. La verdad es que me conformaría con algo que se saliera un poquito de lo normal.
Hermione se volvió hacia Luna.
—¿Qué me dices de ti?
Lexie se adelantó en la respuesta.
—Luna tiene algo más que problemas con los hombres. Tiene a una madre.
Hermione miró a la aludida con expresión interrogante.
—Mi madre —comenzó Luna— estaba... está, supongo... En fin, que está obsesionada con... No sé cómo explicarlo, pero creo que lo más indicado sería decir que quiere que la consideren de clase alta. Verás, mi padre es...
—Un aristócrata —suplió Lexie—. O la versión americana más aproximada. Clubes de golf, colegios privados, un árbol genealógico que se remonta a... ¿Hasta dónde?
—Da igual. —Luna apartó la mirada, avergonzada.
—¿Cómo es tu familia materna? —preguntó Hermione.
—No lo sé. Nunca he conocido a los parientes de mi madre ni a nadie que la conociera antes de que se casara con mi padre. Es como si hubiera nacido el día que se casó. —Luna las miró—. Sin embargo...
—¿Qué? —Se inclinaron hacia delante.
—Una vez mi madre se enfadó mucho conmigo y...
—Por lo que tengo visto, es su estado natural —la interrumpió Lexie, y dejó bien claro por su tono de voz que no le gustaba.
Luna continuó:
—Una noche, después de la cena, mi madre quería que mi padre y yo nos diéramos prisa para ir a algún sitio. Cogió nuestros platos medio llenos y se colocó uno en el antebrazo y otro en la mano. Con mucha soltura. Y le dije: «Mamá, lo haces como una camarera profesional.» No le habría dado mayor importancia al comentario de no ser porque mi madre tiró los platos al suelo y salió en tromba... y mi padre se echó a reír.
—Muy interesante —comentó Lexie—. Parece un misterio digno de ser investigado.
—A Lexie le encantan las novelas de misterio —dijo Luna.
Lexie hizo una mueca.
—En este misterio, el único hombre que recibiría la aprobación de tu madre sería el príncipe azul.
—Pues llegas tarde —repuso Hermione con expresión seria—. Porque ya lo he pillado yo.
Luna se echó a reír y Lexie gimió.
—Queremos saber cosas de tu madre —dijo Luna—. ¿Cómo es vivir con alguien tan única como ella?
—¿Única? —repitió Lexie—. Luna está siendo educada. Victoria Granger es una sensación internacional, es preciosa y tiene éxito. ¡Y esos libros!
—Conocéis el Gran Secreto de sus orígenes, ¿verdad? —preguntó Hermione.
—¿Te refieres a que se basan en mi familia? —replicó Lexie—. Pues claro. Todos los habitantes de Nantucket lo saben. —Agitó una mano para restarle importancia—. Me lo sé todo de mi familia. Quiero enterarme de cosas de la tuya.
—Bueno... —comenzó Hermione despacio mientras pensaba cómo describir a su madre de un modo que no le llevara horas—. Es una mezcla entre lo práctico y lo extravagante, lo vanidoso y lo desprendido, lo ingenuo y lo sofisticado.
—Eso parece que es terrible... o maravilloso —comentó Lexie—. Pero lo que queremos saber es cómo es vivir con ella a diario.
Hermione meditó la respuesta un momento.
—Vale, voy a contaros una anécdota que ilustrará mi vida con ella, y solo conozco los detalles porque años después mucha gente me contó lo que había pasado. Era mi quinto cumpleaños y mi madre y yo vivíamos en un apartamento en la planta dieciséis de un edificio en el centro de Nueva York. Ya le iban a publicar su primer libro, pero aún no estaba en la lista de los más vendidos. Sin embargo, lo importante para mí era que mis padres se acababan de separar y que yo echaba mucho de menos a mi padre. —Hermione apartó un momento la mirada—. El asunto es que la mañana de mi cumpleaños, me desperté y al abrir los ojos me encontré con un poni de carne y hueso.
Lexie sonrió.
—Qué bueno. Tu madre se tomó la molestia de llevarte a unas cuadras mientras dormías.
—No —corrigió Hermione—. Estaba en mi dormitorio de nuestro apartamento de Nueva York. Mi madre había subido el poni en el ascensor de servicio. Le había dorado la píldora al portero, creo que incluso derramó unas lagrimillas por su matrimonio fallido, y había conseguido que el hombre hiciera la vista gorda.
—Me pregunto qué dijeron los vecinos —comentó Luna.
—Ahí voy. A mi madre le habría dado igual que el suelo quedara dañado para siempre por los cascos del poni, pero cuando los vecinos se quejaron por el ruido, tuvo que hacer algo.
—¿Y qué hizo? —preguntó Lexie.
—Lo convirtió en una fiesta sorpresa. Escogió al hombre más feo de todos, que estaba en silencio junto a su furiosa mujer, y le pidió que comprara bebidas. Y, por supuesto, mi madre no tenía dinero, de modo que las pagó él de su bolsillo. Después, hizo que un adolescente guapetón preparase las bebidas de todo aquel que apareciera para quejarse.
—No creo que usar a un adolescente para eso fuera legal —comentó Luna.
—Mi madre no cree que las leyes vayan con ella. Cuando los niños salieron del colegio, aparecieron más vecinos todavía con sus hijos, y todos montaron en el poni por el apartamento.
—¿Qué me dices de la porquería? —quiso saber Lexie.
—Mi madre se acercó a dos chicas que no podían quitarle los ojos de encima al muchacho del bar y les dijo que él quería que echaran una mano.
—¿Se encargaron de limpiar las cacas? —preguntó Lexie con una sonrisa.
—Totalmente —respondió Hermione—. ¿Y sabes lo mejor? Que años más tarde mi madre me dijo que una de las chicas se casó con el guapetón.
Lexie y Luna se echaron a reír.
—Tu madre es una casamentera.
—Adora el romance en cualquiera de sus formas —les aseguró Hermione.
—¿Qué pasó con el poni? —preguntó Luna.
—Al final del día, cuando el propietario volvió, ¡echaba pestes por la boca! Mi madre le había mentido al decirle que tenía una granja en el campo y un entrenador. Se había mostrado tan convincente que el hombre le había entregado el poni. Cuando descubrió la verdad, se puso furioso, pero mi madre coqueteó tanto con él que para cuando el poni bajó de nuevo en el ascensor, el hombre sonreía. Y a esas alturas mi madre tuvo que echar a todos del apartamento porque estaban borrachos. Después, me dio un baño, se acurrucó conmigo en la cama y me leyó un libro. Que fueran las galeradas de su libro, saltándose las partes de sexo, daba igual. Me quedé dormida enseguida. Y después de eso me convertí en la niña más popular de todo el edificio. Todo el mundo lloró cuando nos mudamos.
Lexie y Luna se quedaron calladas un momento mientras asimilaban la historia.
—¡Maravilloso! —exclamó Lexie con un suspiro—. Me vendría bien un poco de aventura en la vida.
—¿Tu jefe no...? —comenzó Hermione.
—Se quiere demasiado como para considerarlo —la interrumpió Lexie.
Hermione y Luna se miraron. A juzgar por lo que habían visto de Roger Plymouth, estaba locamente enamorado de Lexie, no de sí mismo.
Después de esa primera noche, las tres se volvieron inseparables... siempre que podían, por supuesto. Tanto Luna como Lexie tenían que trabajar, y Hermione intentaba terminar los bocetos para los clientes de Draco.
Además, por supuesto, tenía que trabajar en la boda de Pansy. Sin el cenador y con la capilla, todo había cambiado. Se le ocurrió que el tema central fueran las flores silvestres, inspirada por la vajilla de Black House. Le enseñó uno de los platos a Luna y esta preparó un arreglo floral que se parecía al dibujo de la porcelana. Lo planearon todo en torno a las florecillas, muchas de ellas en ramilletes, pero todas ligeras y vaporosas, nada recargadas.
—Creo que casi lo tienes —le dijo Luna a Hermione cuando comenzó a dibujar las flores para los centros de mesa.
Para la capilla, diseñaron guirnaldas celestes que colgaron del techo junto a la pared. En cada lazo, habría una corona con un ramillete de espuelas de caballero azules y diminutas margaritas blancas. Todo rodeado por plantas verdes.
—Creo que es precioso —dijo Hermione, tras mirar lo que Luna había hecho, y Lexie le dio la razón.
Hermione le hizo fotografías a todo y se las mandó a Pansy, pero su amiga no podía concentrarse mucho. Las náuseas matutinas eran muy fuertes, y le dijo a Hermione que se pasaba todo el día dormida.
—Sabes lo que me gusta —dijo Pansy—. ¿Qué te gustaría para tu boda? Me quedo con eso.
Hermione no se permitió pensar en su boda. Si alguna vez tenía lugar, sería dentro de muchos años.
La noche siguiente a la marcha de Draco, Hermione se sentó delante del ordenador y comenzó a buscar a Parthenia. Dado que solo contaba con un nombre, sería difícil. Sin embargo, añadió un lugar, Nantucket, y encontró a una tal Parthenia Taggert Kendricks. El apellido Taggert la condujo hasta los Malfoy de Warbrooke, Maine.
—¡Bingo! —exclamó Hermione, que se dispuso a buscar a todos los Malfoy o los Taggert que vivieran en la actualidad en Maine. Se llevó una alegría al comprobar que había muchos.
Cuando Draco la llamó esa noche, tenía mucho que contarle.
—Hubo una Parthenia Taggert, prima de Valentina, y las dos eran oriundas de Warbrooke. Parthenia se casó con un habitante de Nantucket llamado John Kendricks, pero solo he podido averiguar que era maestro de escuela. Te mandaré las fechas por correo electrónico. —Titubeó.
—¿Qué se te ha ocurrido?
—Creo que deberías ir a Maine y hablar con estas personas —dijo ella.
—¿Y preguntarles por algo que pasó hace doscientos años? —sugirió Draco.
—¿Por qué no? —replicó—. A lo mejor la familia es como la tuya y tienen una vieja mansión llena de trastos que nadie ha tirado en siglos.
—Es imposible que haya dos familias iguales.
Hermione era de la opinión que no había nadie en el mundo como él.
—Bueno, ¿de verdad crees que debería ir? —preguntó Draco.
A Hermione le encantaba que le pidiera su opinión, incluso su aprobación.
—Pues sí.
—Tengo que ir a Vermont para conseguir las bisagras, así que podría continuar hasta Warbrooke, Maine —dijo Draco.
Hermione esbozó una sonrisa de oreja a oreja. El hecho de que hubiera aceptado su sugerencia la hacía sentirse bien.
—¿Se alegraron de verte en Nueva York? —Quería saber qué sentía Draco al haber regresado a su estudio, pero hacía mucho que había aprendido a no preguntarle a un hombre por sus sentimientos.
—Tim y Stanley no cabían en sí de gozo, pero he roto ocho diseños de los trabajadores. Querían mandarme de vuelta al infierno, donde creen que vivo cuando no estoy en la oficina.
Hermione se echó a reír.
—¿Se llevaron una sorpresa al enterarse de lo agradable que eres en realidad? —preguntó antes de inspirar hondo para armarse de valor y añadir—: ¿Me echas de menos?
—Con locura. Le enseñé tres de tus bocetos a uno de los inútiles que Tim ha contratado. El chico te odia.
—¿¡De verdad!? —preguntó Hermione con tanto entusiasmo que Draco se echó a reír.
—Sí, de verdad. Por cierto, deberías invitar al señor Huntley de la Asociación Histórica para pedirle que averigüe todo lo que pueda de ese Kendricks. Además, Huntley seguramente eche de menos las reuniones para tomar el té de la tía Andy. Y es un buen amigo de tu madre, así que si hablas de ella, no me cabe la menor duda de que hará todo lo que le pidas. Pero asegúrate de no dejarlo subir al ático. Esos historiadores pueden tener un ataque de cleptomanía a la menor oportunidad. Si encuentran un objeto antiguo, querrán ponerlo detrás de un cristal y cobrar entrada para poder verlo.
—Lo haré —le aseguró Hermione con una carcajada.
—Tengo que dejarte. ¿Crees que podrás darme un nombre y una dirección para saber a quién buscar en Warbrooke?
—Claro.
—Ahora tengo que cortar, pero te llamaré sobre las nueve y podremos hablar de sexo.
—¡Me parece genial! —exclamó con entusiasmo antes de colgar a la vez.
Hermione tiró el teléfono en la cama y se plantó delante del retrato del capitán Abrax.
—¿Lo has oído? El Gran Draco Malfoy le ha enseñado mis bocetos a uno de sus trabajadores. ¡Estoy en una nube! —Bailoteó un poco y después sacó el cuaderno de dibujo.
Se le había ocurrido una idea para la casa de invitados y quería plasmarla en papel antes de que se le olvidara.
Pocos días después, les concedieron los permisos para construir la capilla, de modo que el padre de Hermione, junto con Twig Perkins y sus trabajadores, comenzaron el rebaje. Desde el primer día, Ken le prohibió a Hermione ayudar.
—Ya estás muy liada ayudando a Pansy —le dijo su padre—. Deja que yo me encargue de esto.
Sabía que su padre quería erigir el edificio como un regalo, pero aun así ella quería estar presente durante el rebaje del terreno. ¿Qué encontrarían entre las ruinas de la vieja casa? ¿Huesos?
No encontraron nada. Unas cuantas vigas quemadas, pero nada más. Hermione no sabía si sentirse aliviada o decepcionada. Hasta el momento, no habían encontrado nada que les sirviera para resolver el misterio de Valentina.
Hermione sabía que debía subir al ático y comenzar la investigación, pero algo en su interior se lo impedía. «Todavía no», le decía. Además, Draco la disuadía una y otra vez.
—Sigue buscando por internet hasta que yo llegue y ya subiremos los dos juntos —le decía.
Era una sugerencia demasiado tentadora como para no hacerle caso.
Cuando Hermione le dijo a su padre que Draco iba a ir al norte a lo que él consideraba la «zona de antigüedades», Ken lo llamó por teléfono al momento. Hermione tuvo que contener una carcajada al escuchar que su padre le decía que debía comprar en algún punto entre Vermont y Maine.
—Una vidriera —dijo Ken—. Y no quiero una de esas baratijas modernas con mucho emplomado y trozos de cristales enormes. Quiero algo antiguo y bien hecho. Nada posterior a 1910. Después de la guerra, toda la artesanía y la atención a los detalles se perdieron para siempre.
Lo más divertido era que le estaba hablando a un hombre considerado uno de los más grandes... En fin, todo lo que era Draco. Pero Ken lo trataba como a un crío de catorce años que sabía más de hacerle un puente a un coche que de escoger una vidriera.
—¿Has anotado las medidas? —preguntó Ken—. ¡Estupendo! Ahora no pierdas el móvil. Cuando llegues a Maine, pregúntale a alguien dónde comprar antigüedades de calidad. —Ken escuchó lo que Draco le decía—. Sí, sí, me vale que sea una pieza rescatada de un edificio. ¿Qué? Ah, sí, la tengo aquí al lado. —Ken le pasó el teléfono a su hija—. Quiere hablar contigo.
—¡Lo de tu padre es muy fuerte! —exclamó Draco, exasperado, algo que ella comprendió—. ¿Sabes algo de tu madre?
—No. Y tú creías que se presentaría aquí enseguida.
—El único motivo de que no lo haya hecho es que la llamé para decirle que estaba siguiendo una pista sobre los diarios de la tía Andy. Pero añadí que si se presentaba en Nantucket, deslumbraría de tal forma a mi informador que perderíamos la oportunidad de averiguar algo.
—¿Y se te ha ocurrido todo a ti solito?
—Pues sí —contestó.
—No le digas a mi madre que se te da tan bien mentir o querrá que tú le hagas el argumento de su próximo libro. Seguro que le encantó eso de que iba a deslumbrar a alguien.
—Creo que piensa que es lo más normal. Desde luego que no le sorprendió el halago —dijo Draco—. Por cierto, si a tu padre no le gusta lo que compre, se lo puede meter por donde le quepa.
—Se lo diré de tu parte.
Draco bajó la voz.
—Como se lo digas, yo le diré a tu madre que tú tienes los diarios.
—Eres cruel —replicó Hermione—. Muy cruel.
Hermione invitó al señor Frederick Huntley a tomar el té el domingo por la tarde. Se sorprendió al darse cuenta de lo mucho que recordaba de las reuniones para tomar el té de la tía Andy. Sabía dónde estaba escondido el juego de té de porcelana Herend. Se puso de rodillas y rebuscó en el fondo de un armarito para sacar la preciosa tetera blanca y verde, el azucarero y la lechera, y dos tazas con sus platillos.
Luna la ayudó a preparar unos dulcecitos, e incluso los adornó con diminutos capullos de rosas amarillas. Prepararon mini sándwiches a los que les quitaron las cortezas y que rellenaron con finísimas rodajas de pepino. Y Lexie las entretuvo con más anécdotas de las aventuras de Roger Plymouth.
Cuando llegó el señor Huntley, Luna y Lexie se escabulleron por la puerta trasera mientras Hermione abría la principal.
La primera impresión de Hermione fue que se trataba de un hombre muy triste. Tenía los hombros un poco encorvados, y sus párpados tendían a cerrarse en los extremos.
Tardó solo unos minutos en pedirle ayuda para averiguar más acerca de John Kendricks. El hombre anotó el nombre y las fechas, le dijo que lo investigaría, y después se quedó sentado a la espera de que ella le dijera qué más necesitaba.
—¿Quiere una taza de té? —preguntó Hermione al tiempo que lo servía—. Mi madre habla muy bien de usted. —Era una mentira descarada, pero Hermione consideró que las circunstancias lo permitían.
El señor Huntley esbozó una sonrisilla que la llevó a pensar que podría ser más joven de lo que aparentaba.
El hombre se quedó alrededor de una hora. Se bebieron dos teteras, se comieron todo lo que había preparado y Hermione tuvo que escuchar muchas cosas acerca del encanto de su madre y de lo mucho que el señor Huntley y su esposa solían disfrutar de su compañía y de la de Andromeda.
—Eran mujeres muy interesantes —añadió—. Victoria nos narraba sus viajes a lo largo y ancho del mundo mientras investigaba sus novelas, y Andy lo sabía todo acerca de la isla. Contaba unos detalles tan minuciosos que a veces daba la sensación de que hubiera conocido a las personas que vivieron en esta preciosa mansión siglos atrás.
El fantasma del capitán Abrax seguramente se lo hubiera contado todo, pensó Hermione, aunque no lo dijo en voz alta. En cuanto a su madre... ¡Viajes, ya! Era más una exploradora de sillón. Hermione ya sabía que las descripciones del extranjero que salían en los libros de su madre estaban sacadas de los diarios de mujeres que sí habían estado en dichos lugares. Desde luego que su madre no iba a recorrer una isla perdida del Mar del Sur para averiguar dónde tuvo lugar un macabro suceso a fin de describirlo. Aunque antes creía que se lo inventaba todo, por fin sabía que lo había copiado.
El señor Huntley se acordaba de cuando era una niña y le contó que la había visto construir torres con objetos que deberían estar en un museo.
—Cuando volvía a casa, mi mujer tenía que revivirme con una copa de brandy.
—Pues que lo acompañe la próxima vez que venga —replicó Hermione.
Si bien le había costado una hora borrar la expresión triste de la cara del hombre, regresó al instante en ese mismo momento.
El señor Huntley se apresuró a decirle, de un modo que parecía ensayado, como si no soportara la idea de contarlo con sus propias palabras, que su mujer había muerto dos años antes. A él le habían diagnosticado cáncer, y ella lo había atendido durante el tratamiento, desentendiéndose de su propia enfermedad.
—Cuando por fin estuve en remisión, ya era demasiado tarde para ella. —Miró de nuevo a Hermione con una expresión desgarradora—. En fin —dijo al tiempo que se levantaba—, eres joven y tienes toda la vida por delante, y no puedo entretenerte más.
Hermione se alegró de no haber experimentado nunca todo lo que había vivido ese hombre. Se levantó y le colocó una mano en el brazo.
—Ojalá hubiera conocido a su mujer.
—Le habrías caído bien. Adoraba a Victoria, tan llena de vida, tan jovial y con la vista tan puesta en el futuro. Y Victoria no dejaba de hablar de su maravillosa hija.
—¿De verdad? —preguntó Hermione, sorprendida.
—Decía que una de las cosas más duras de su vida era que tú siempre escogías pasar el tiempo que ella estaba en Nantucket con tu padre. —Le lanzó una mirada de reproche—. Deberías habernos visitado al menos una vez.
Hermione se las apañó para mantener la sonrisa aunque se juró echarle un buen sermón a su madre... No serviría de nada, pero al menos ella se sentiría mejor.
El lunes, Ken cogió el ferry que iba a Hyannis para recibir el camión que el siempre eficiente Stanley acompañaría hasta el puerto. Se había superado a sí mismo al reunir todos los materiales de construcción en tan poco tiempo.
—Dadme unos pocos hombres y una flotilla de camiones, y en dos días os monto una catedral —le dijo Stanley a Ken, que le contó la bravuconada a Hermione.
Cuando ella usó el comentario para alabar a Draco por su habilidad para contratar al personal, Ken se alegró de que estuvieran hablando por teléfono y no pudiera ver cómo puso los ojos en blanco.
Ken compró más herramientas en Hyannis y, como todos los habitantes de Nantucket, fue al almacén local y adquirió un montón de suministros domésticos. Los conductores de los camiones, que no eran de la zona, se quedaron de piedra al ver la cantidad de cosas, como enormes paquetes de servilletas, que se suponía que tenían que meter entre las vigas de madera y las cajas de clavos. Cuando preguntaron qué pasaba, los trabajadores del ferry los miraron como si estuvieran locos.
—Viven en Nantucket —fue la respuesta a todas las preguntas, como si eso lo explicara todo... y para un isleño, así era.
Cuando Draco llegó a Warbrooke, llamó a Hermione. Había descubierto los nombres de Michael Taggert y Adam Malfoy a través de la guía que encontró en internet. A juzgar por lo involucrados que estaban en la comunidad, supuso que eran los patriarcas.
—Parece que la familia posee casi todo el pueblo —le dijo a Draco.
—Es un lugar bonito —comentó él sobre el pueblo de Maine—. Me recuerda a Nantucket.
—Todo un halago.
El día acordado para que Draco conociera a los hombres que ella había localizado, Hermione descubrió que también estaba un pelín nerviosa y que le costaba concentrarse en lo que Luna le decía. Casi habían terminado con los preparativos de la boda, incluidas las reservas para todos los invitados de Harry y de Pansy. Algunos se hospedarían en hoteles, que costaban una fortuna, pero la mayoría se alojarían en las casas de la familia Black. Lexie lo había organizado todo, y también había convencido a Roger Plymouth de que le dejara usar su casa de seis dormitorios para los invitados.
—¿Va a estar él? —quiso saber Luna.
—¡No! —contestó Lexie—. Ha prometido quedarse en su casa de Taos.
—¡Qué lástima! —exclamó Hermione—. Luna y yo habíamos pensado en hacernos con el dormitorio principal.
—Y si aparecía... —comenzó Luna.
—Lo encerraríamos con nosotras —terminó Hermione.
—Estáis locas —replicó Lexie—. Y no tenéis ni idea de cómo es en realidad.
—Pues dínoslo —la instó Hermione, y Luna y ella se inclinaron hacia delante al tiempo que apoyaban las barbillas en las manos, dispuestas a escuchar con atención.
Lexie frunció el ceño e hizo ademán de hablar, pero después meneó la cabeza.
—Sois imposibles. Bueno, ¿qué tal le va a Draco con esos nuevos parientes de Maine?
—Todavía no sé nada de ellos. Solo me ha hablado del pueblo, que le gusta mucho —explicó—. Va a reunirse con ellos hoy y me llamará por la noche.
No la llamó hasta las diez de la noche.
—¡Cuéntame! —le ordenó—. Quiero que me lo cuentes todo con pelos y señales.
—Son... atípicos —dijo él.
—¿Qué quieres decir?
—Son dos familias, los Malfoy y los Taggert, que empezaron a casarse entre sí hace mucho tiempo.
—¿Cuánto llevan viviendo en ese pueblo?
—Parece que llegaron hace unos cuantos siglos. —Hizo una pausa—. ¿Te estás riendo porque parece la historia de mi familia?
—Es igualita. ¿Tienen alguna documentación acerca de Valentina y de Parthenia?
—Pues la verdad es que sí.
—Me estás tomando el pelo.
—No. Hay una mujer que se ha convertido en una especie de historiadora familiar y va a venir desde Colorado para traerme las cartas entre Valentina y su prima.
—Es estupendo —comentó Hermione—. Bueno, ¿te caen bien tus nuevos parientes?
—Sí —contestó él, pero había cierto titubeo en su voz.
—¿Qué pasa?
—Nada. De hecho, todo va genial. Se parecen tanto a mí que tengo la sensación de que los conozco desde siempre, sobre todo a los Malfoy. Incluso se parecen físicamente a mí. La verdad es que estoy intentando que vayan a Nantucket una temporada. La casa Harper está en venta.
—¿No es la mansión grande de la esquina? ¿Y el precio de salida no es de siete millones doscientos cincuenta mil dólares?
—Creo que sí —contestó—. Pero pueden permitírselo.
—¿¡En serio!? —preguntó Hermione.
—En serio. Tengo que dejarte. Voy a reunirme con Mike en unos minutos. Mañana me voy de pesca con unos cuantos primos. Y puede que me quede unos cuantos días más de los que había previsto en un principio. ¿Te importa?
Hermione sonrió. No pensaba decírselo, pero era maravilloso que le pidiera su opinión. Como si fueran una pareja de verdad.
—Creo que te mereces un descanso, así que diviértete. Por cierto, ¿qué tienen que necesite un buen diseño?
Draco se rio con tanta fuerza que Hermione se tuvo que apartar el teléfono de la oreja.
—Hay una enorme mansión emplazada en una formación rocosa que necesita una reforma integral, pero no confiaban en nadie para hacerla.
—Hasta ahora —matizó Hermione.
—Hasta que apareció un pariente. Es un parentesco lejano, pero esa lejanía temporal no parece inquietarlos.
—Vas a encajar a la perfección, porque hablas del capitán Abrax como si lo hubieras visto ayer mismo.
Draco se sorprendió un poco por el comentario, pero sonrió.
—Te echo de menos —le dijo—. ¿Te las estás apañando bien?
—Lo suficiente. —Hermione se alegró al escuchar la dulzura de su voz—. Mi padre no quiere que vea el progreso de la capilla, Pansy parece incapaz de permanecer despierta el tiempo necesario para tomar una decisión y esta casa es demasiado grande y está demasiado vacía con la única presencia del capitán y de la mía. Salvo eso, estoy estupendamente.
Draco inspiró hondo.
—¿Has estado hablando con él?
—Sí, mucho. Por desgracia, nunca me contesta.
—¿Ni siquiera te da un besito en la mejilla?
—Nada —contestó Hermione—. ¿Qué tengo que hacer para que el legendario fantasma de los Black me hable?
—Ahora que lo pienso, creo que sería mejor que te mudaras con Luna y con Lex hasta que yo vuelva.
—¿Detecto celos en tu voz?
—¿Tú quieres hablar con un fantasma y yo estoy celoso?
—Otra pregunta que no quieres contestar.
Draco se echó a reír.
—Vale, vale, tengo un pelín de envidia porque él está contigo y yo no. ¿Qué llevas puesto?
Tras mirarse los pantalones de chándal y la camiseta vieja, Hermione mintió descaradamente.
Unos días más tarde, Draco la llamó y le habló de Jilly Taggert. Era la historiadora de la familia que había viajado hasta Maine para verlo.
—¿Te parece bien que la lleve de vuelta a casa conmigo?
Hermione contestó de inmediato.
—¿Cuántos años y qué aspecto tiene?
—Es guapa, con un aura serena y sosegada, también es inteligente y supongo que tiene cuarenta y algo de años. Me ha dicho que siempre ha querido ver Nantucket, así que...
—Así que le dijiste que la isla es tan bonita que tiene que verla sí o sí —terminó por él.
—¡Eso! —Hizo una pausa—. Hermione, ¿me tomarías por loco si te digo que me recuerda un poco a tu padre?
¿Estaba ejerciendo de casamentero?, se preguntó ella. Si lo hacía, a ella le parecía estupendo. Su padre se merecía encontrar a alguien.
—¿Debo suponer que Jilly no se parece a mi madre?
Draco soltó una risotada.
—Jilly es totalmente distinta a tu madre. Nunca exige que le presten atención y es muy considerada con los demás.
—Parece que a mi padre le caería bien, ¡así que adelante! Tráela de vuelta contigo. ¿Vas a volver en coche o en avión?
—En coche. —Le dio la fecha en la que tomaría el ferry de vuelta—. Te veré a primera hora de la tarde —continuó él antes de bajar la voz—. Bueno, ¿has escrito más poemas?
—No, pero se me ha ocurrido una idea para uno.
—Cuéntamela —le pidió él en voz baja.
20
Era domingo por la mañana, muy temprano, y Hermione estaba en la cama escuchando llover. Parecía que todos sus conocidos de la isla se encontraban en otra parte u ocupados. Luna estaba preparando los arreglos florales para una boda esa misma tarde, y Dilys y Lexie se habían marchado de Nantucket para hacer las compras. Su padre estaba en la obra desde las seis de la mañana, los siete días de la semana, y sabía que no la quería ver aparecer por allí.
Tenía que trabajar en los bocetos para la casa de invitados del hombre que se encontraron en el Festival de los Narcisos, pero no tenía ganas. Por fin, esa mañana se había despertado con el anhelo irrefrenable de subir al ático y averiguar qué podía encontrar. Pese a la proposición de Draco de ayudarla, sabía que había llegado el momento de empezar a buscar en los documentos de Valentina.
Se levantó, descorrió las cortinas del dormitorio y vio que llovía con fuerza. El día estaba oscuro, teñido por una mezcla de lluvia y niebla. La isla también recibía el apodo de La dama gris, y ya entendía el motivo.
Hermione no perdió tiempo en vestirse. No tenía que arreglarse el pelo ni maquillarse si Draco no estaba para verla. Se comió un cuenco de cereales a toda prisa y después subió la escalera en dirección al ático. Unos cuantos días antes le había preguntado a Lexie qué sabía del ático y de su contenido.
—Ese sitio está manga por hombro —contestó Lexie—. Aunque a Draco le gusta. Sube y se queda allí horas y horas.
—Interesante —replicó Hermione—. Tengo que empezar a desentrañar este misterio. Además, si espero a que Draco vuelva, nos meteremos de lleno con los diseños y no subiré en la vida. Bueno, ¿dónde están guardados los documentos de Valentina?
Tal como Lexie le indicó que hiciera, Hermione dejó la puerta abierta para que entrase «la luz del pasillo» y después tiró de la cadenilla que encendía la única bombilla. Aunque no había subido antes, supuso que estaría lleno. Pero lo que encontró la dejó muda de asombro. El enorme espacio abarcaba toda la planta de la casa, y si bien las plantas inferiores habían sido remodeladas y restauradas, el ático tenía el mismo aspecto que debía de tener cuando el capitán Abrax construyó la casa. Había enormes vigas de madera a la vista, y el suelo era de madera. Sin embargo, Hermione se alegró al comprobar que todos los rincones estaban secos y bastante limpios. Saltaba a la vista que el equipo de Domestic Goddess de Jo Costakes, que solía limpiar la casa cada dos semanas, también se ocupaba del ático de vez en cuando.
Claro que tampoco podían hacer mucho más que limpiar el polvo. Delante de ella, había un espacio despejado con un pequeño sofá, una vieja mesita de café y un sillón orejero muy desgastado. Tras esos muebles, ocupando el espacio donde reinaba la oscuridad, había hileras de cajas, baúles, cestas, muebles y maletas, que llegaban hasta el techo. Los objetos estaban separados por estrechos pasillos y vio un par de bombillas más en el techo, pero tras encontrarse lo que tenía delante, la idea de buscar algo en ese revoltijo hacía que le entrasen ganas de salir corriendo.
Abrió la puerta de un enorme armario y encontró ropa antigua que parecía de los años veinte o treinta. Vio un abrigo con cuello de pelo auténtico, unos cuantos vestidos de algodón y un vestido muy brillante, perfecto si los invitaban a una fiesta de disfraces.
¿Dónde estaba la información acerca de Valentina?, se preguntó. Lexie le había dicho que estaba toda junta, «a la derecha de la puerta». Pero había mirado junto a la puerta nada más entrar y solo había visto unas cuantas mesas apiladas.
—A lo mejor quería decir el pasillo de la derecha —dijo en voz alta al tiempo que echaba a andar.
A medio pasillo, encontró otra bombilla, que encendió. La poca potencia de la bombilla le confirió un aire más tétrico al lugar. Tendría que llevarse cualquier documento que encontrara a la planta baja, ya que estaba demasiado oscuro para leer.
A la derecha vio varias cajas apiladas, de las usadas para documentos. En la tapa de cada una, escrito con letras enormes, podía leerse VALENTINA. Se apartó todo lo que pudo, ni medio metro, para mirarlas. Debía de haber al menos veinte cajas, todas ellas llenas a rebosar. Se subió a un baúl que había en el otro lado del pasillo y se estiró para coger la primera caja. Consiguió alcanzarla, pero perdió el equilibrio. Durante un segundo, creyó que se caería. Se le resbalaron los pies, de modo que aferró la caja con fuerza y saltó al suelo. Cayó de culo sobre el baúl. Justo cuando lo golpeaba, la bombilla se apagó.
—¡Genial! —exclamó al tiempo que se levantaba. El día anterior se había dado cuenta de que se habían quedado sin bombillas de repuesto y de que tenían que comprar. Cogió la caja y echó a andar hacia la puerta, rezongando entre dientes.
—¿Hola?
Era una voz masculina que le resultaba familiar. Por un segundo, creyó que se trataba de Draco, que había vuelto antes de tiempo, pero después se dio cuenta de que la voz era más grave y de que parecía provenir de una persona mayor.
Al final del pasillo, se detuvo en seco. Allí de pie vio a una versión moderna del capitán Abrax. Llevaba vaqueros, una camisa del mismo tejido y unas botas de cuero marrón con cordones, pero salvo por el atuendo, era el capitán.
—Creo que te he asustado. —Su voz se parecía muchísimo a la de Draco—. Lo siento muchísimo. Me parece que será mejor que me vaya y que vuelva cuando nos hayan presentado debidamente. —Se volvió hacia la puerta.
—¡No! —exclamó ella—. No tienes que irte. Te pareces tanto al capitán Abrax que solo puedes ser un Black.
—¿Me parezco al capitán Abrax? —preguntó él, e incluso a la mortecina luz Hermione vio el brillo travieso de sus ojos—. Seguro que no puedo ser tan guapo. Ningún hombre podría serlo.
Hermione sonrió y soltó la caja en el suelo.
—Te daría la razón, y tal vez tengas algo distinto. Tus ojos son menos serios.
—Ah, pero cuando pintaron ese retrato suyo, el capitán tenía muchas cosas en la cabeza. Intentaba conquistar a la guapa Valentina.
—Según tengo entendido, no tuvo problemas para conseguirlo. —Hermione se sentó en el pequeño sofá y al ver que levantaba una nube de polvo, suspiró—. Lo siento —dijo al mirarlo—. Es que estoy agobiada con todas las cajas que se supone que tengo que revisar.
—¿Te importa? —le preguntó él al tiempo que señalaba el sillón que ella tenía delante.
—Por favor, siéntate.
El hombre se sentó en el enorme sillón orejero, y las sombras que proyectaban las orejas le ocultaron el rostro. Se parecía muchísimo al capitán, pensó, pero tal vez fuera porque ella miraba el retrato de Abrax cada mañana y cada noche. Fuera cual fuese el motivo, le resultaba conocido.
—¿Quién eres? —le preguntó.
—¿Draco no te ha hablado de mí?
—Pues no —contestó—. Claro que tampoco me habló mucho de su primo Wes.
Cuando escuchó la risa del hombre, Hermione casi habría jurado que lo oyó reír cuando era niña.
—Creo que ya nos conocemos, pero eres... —A juzgar por su aspecto, era algo más joven que Draco, lo que quería decir que no habría podido tener esa carcajada varonil cuando ella era pequeña.
—Nos conocimos cuando eras una niña —le aseguró él con una sonrisa—. Pero has conocido a tantos familiares míos que tal vez no me recuerdes. Soy Abrax.
—Me parece lógico —replicó.
Su sonrisa hizo que Hermione se relajara.
—Supongo que la ingente cantidad de objetos no te anima precisamente a explorar, ¿verdad?
—La verdad es que no.
—Te contaré un secreto —dijo él—. Me he leído todas y cada una de las palabras de los documentos de esas cajas.
—¿En serio?
—Ya lo creo. De hecho, soy el responsable de mucha de la información aquí almacenada. ¿Quieres que te cuente la verdadera historia de Valentina y de Abrax? ¿La que el resto de mi familia desconoce?
Hermione titubeó. Tal vez debería esperar a que Draco volviera para que Abrax se la contara a ambos. Pero fue incapaz de resistirse. Asintió con la cabeza.
El hombre echó un vistazo por el ático.
—Dado que es una historia de un amor profundo y verdadero, necesitamos el ambiente necesario. Tengo un... ¿Cómo lo llamáis? —Trazó un círculo con las manos—. Toca música. ¿Tienes un gramófono?
Sonrió al pensar en el viejo aparato, que encajaba a la perfección con el resto de objetos que los rodeaba.
—No, pero tengo un portátil estupendo que reproducirá tu CD.
La miró con una sonrisa como si fuera la persona más inteligente de la Tierra.
—Recuerdo haber visto un vestido en una caja, en el primer pasillo. Su propietaria era bastante alta, como tú, y creo que la prenda te sentará bien. A lo mejor te apetece ponértelo, y mientras hablamos, podría enseñarte un baile de la época de Valentina.
—Oh —exclamó ella, con los ojos como platos. Dado que era una mujer moderna que rara vez se molestaba en emperifollarse, hizo ademán de protestar. Pero después miró por la ventana. Seguía lloviendo con fuerza y no tenía nada urgente que hacer, así que ¿por qué no bailar con el guapo pariente de Draco?—. ¿Dónde está el vestido?
Abrax la miró con una sonrisa tan cariñosa que Hermione dio un paso hacia él. ¡Por el amor de Dios!, pensó al tiempo que retrocedía. Si el verdadero capitán Abrax tenía el mismo magnetismo, entendía perfectamente por qué Valentina acabó embarazada antes de que se hubieran casado. El hombre pareció leerle el pensamiento, pero no hizo el menor comentario mientras le indicaba cómo encontrar la caja con el vestido.
Hermione lo encontró a la primera, pero sacar la caja no fue tan fácil. Tuvo que quitarle seis objetos de encima. Era una caja para vestidos, de un color verde oscuro, con el nombre de una tienda de Boston en la tapa.
Cuando llegó hasta donde se encontraba Abrax, este estaba junto al sillón, sonriendo. Se preguntó por qué no se lo habían presentado. ¿Vivía cerca?
—Ese es —dijo él.
Hermione abrió la caja sin dificultad. En su interior, encontró lo que parecía un vestido de algodón blanco. Lo sacó y lo sostuvo a la luz de la bombilla. Era precioso: de algodón fuerte y limpio, con un amplio escote cuadrado, mangas largas y una falda hasta el suelo de capas superpuestas. Era, sin lugar a dudas, un vestido de novia. Miró a Abrax.
—¿De los años cincuenta?
—Eso creo. —Hizo una pausa—. ¿Te gustaría probártelo?
Miró el vestido blanco. No había motivos para probárselo, pero de un tiempo a esa parte tenía la cabeza tan llena de bodas y de todo lo relacionado con ellas que se sentía atraída hacia el vestido. Y, cómo no, estaba Draco. ¿No había dicho que su vestido de novia sería de algodón?
—Creo que bajaré a ponérmelo.
—¿Y después volverás conmigo? —preguntó él con un tono que la pilló desprevenida. Tuvo la impresión de que se quedaría desolado si se negaba.
—Sí, volveré —le aseguró antes de correr escaleras abajo a su dormitorio.
Una vez en la habitación, no pudo resistirse y se acercó al retrato del capitán Abrax. ¡El hombre del ático se parecía muchísimo a su antepasado!
—No es tan guapo como tú —dijo—. Pero te pisa los talones.
En cuestión de minutos, se quitó la ropa. Guiada por un impulso, rebuscó en el cajón para sacar su mejor ropa interior de encaje blanco y se la puso. Miró el vestido, pero en vez de ponérselo, fue al cuarto de baño para maquillarse. Se alegró de tener el pelo limpio. Se quitó la coleta y consiguió hacerse un recogido. No era un trabajo profesional, pero quedaba mejor con el elegante vestido.
Después, volvió al dormitorio en ropa interior y por fin cogió el vestido. Tuvo que lidiar con las estrechas mangas para luego abrocharse como pudo la espalda llena de botones. Esperó hasta tenerlo abrochado para mirarse en el espejo. Aunque se lo hubieran hecho a medida, no habría podido quedarle mejor. El escote era bajo y enseñaba bastante. Intentó subírselo a regañadientes, pero después sonrió. ¡Jamás había lucido tanto la delantera!
Las dudas la asaltaron mientras subía la estrecha escalera hasta el ático, ataviada con un vestido de novia y un portátil en las manos, pero en cuanto vio a Abrax, se esfumaron. Llevaba un esmoquin que le sentaba como un guante, hasta el punto de que parecía sacado de una película de Cary Grant. Se le ceñía a la perfección, ajustándosele a la cintura y marcando sus largas y musculosas piernas. No sabía a qué gimnasio iba, pero tendrían que darle un premio.
La mirada que le lanzó a Hermione hizo que esta se irguiera todavía más.
—Las diosas deben envidiarte —susurró él.
Esas palabras eran un halago y, cómo no, falsas, pero hicieron que las dudas de Hermione desaparecieran del todo. Soltó el portátil y metió el CD que él había dejado en la mesa en el lector. La primera canción era una mezcla de tonadillas escocesas e irlandesas, con muchos violines. Era una melodía muy rápida, pero también armoniosa.
Con una sonrisa, él le tendió una mano.
Cuando Hermione la aceptó, sintió que la asaltaba una repentina calidez. Su caricia no era tan electrizante ni tan sexual como la de Draco, pero era relajante... y energética al mismo tiempo. Las preocupaciones por el trabajo que tenía por delante se desvanecieron. Lo único importante era ese momento y lo que ese hombre tenía que decirle.
Tras apartarse de ella un paso, Abrax le hizo una reverencia, y aunque Hermione desconocía por completo el baile que él iba a iniciar, sus pies parecían conocerlo. Hizo una genuflexión y después anduvo cuatro pasos hacia delante, con Abrax a su lado. Se detuvo, se volvió hacia Abrax y levantó las manos para tocar las suyas.
—¿Cómo es posible que sepa lo que tengo que hacer? —le preguntó.
—Recuerdos pasados —contestó él, que la hizo girar otra vez—. Pero ahora no es el momento para pensar. Solo siente mientras yo te cuento la historia. Valentina era guapísima. Pelirroja, con los ojos verdes y una cintura que cabía entre las manos de un hombre.
Se estaban moviendo al compás de la música hacia la pared más alejada.
—Se parece a mi madre.
—Es clavada a ella.
—En ese caso, tuvo que causar sensación entre los jóvenes de la isla.
—Ah, sí —contestó Abrax con una voz que sonaba muy distante—. Todos se comportaban como idiotas cada vez que ella estaba cerca.
—¿El capitán Abrax y ella se enamoraron de inmediato?
—Él sí. No lo supo en su momento, pero lo hizo. En cuanto a Valentina, al principio lo odió.
—¿No es algo recurrente en todo Gran Romance? —Hermione se volvió sobre sí misma antes de quedar de nuevo frente a él.
—Tal vez sea bonito leerlo, pero no vivirlo. Su primer encuentro se produjo porque el capitán volvió de un largo viaje antes de lo previsto.
—Como nos pasó a Pansy y a mí —señaló Hermione—. Si no hubiéramos aparecido antes, no habría conocido a Draco.
—¿Te refieres a tu hermana?
Hermione se echó a reír.
—Me resulta creíble que Pansy fuera mi hermana en otra vida. Supongo que ahora me dirás que mi otra yo conoció a Draco.
—Construíais edificios juntos —dijo Abrax—. Muchas de las casas de esta isla son vuestras. Tú las diseñabas y él las construía.
Hermione se echó a reír de nuevo.
—¡Qué mentiroso más maravilloso eres! Tienes que conocer a mi madre. Con tu don para los argumentos y su talento para la escritura, seréis la pareja perfecta.
—Lo fuimos —aseguró él.
—Sí, por supuesto. No podías ser otro que el capitán Abrax. Pero ¿cómo pudo odiarte Valentina alguna vez?
Coquetear con él fue un impulso irresistible. Si alguna vez había nacido un hombre hecho para coquetear, era él. Sus ojos tenían una expresión sensual y dulce, y si a eso se le sumaba el vestido que llevaba, Hermione comenzaba a sentirse como la mujer más deseable del mundo. Hacía mucho tiempo que había descubierto que con una madre como la suya, tenía que ser lista y demostrar su talento y su valía. En cuanto a atractivo sexual, nadie podía competir con Victoria. Pero en ese mismo instante, ese hombre hacía que se sintiera como una seductora nata.
—Verás —continuó Abrax—, cuando el capitán llegó a Nantucket, no sabía quién era Valentina. Ella había llegado a la isla después de que él partiera en un viaje hacia China, de modo que no la conoció. —Dio una vuelta y se plantó de nuevo delante de Hermione con una mirada que indicaba que había estado lejos de ella demasiado tiempo.
La cara de Hermione estaba muy cerca de la suya. Él estaba recién afeitado y olía el aroma de su piel. Era un olor salado y muy, pero que muy masculino.
Comenzó a sonar una canción, más pausada y lenta. Abrax extendió los brazos hacia ella. A Hermione le pareció lo más natural del mundo dejarse rodear por ellos. Abrax la guio para bailar un vals tan ligero que no creía que sus pies tocaran el suelo. Y giraron y giraron, cada vez más alto.
Hermione echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos. Cuando los volvió a abrir, miraba por la ventana, pero hacia abajo, y también tenía que agachar la vista para ver las cajas. Ese hombre y ella parecían estar muy arriba, por encima del techo. Como arquitecta que era, sabía que era imposible, ya que el techo era demasiado bajo, pero en ese preciso momento no se sentía muy profesional. El precioso vestido blanco giraba en torno a ella, y casi los envolvía a ambos en una dulce bruma. Sintió su esencia más femenina. Los detalles atractivos e incitantes que la convertían en la persona que era estaban saliendo a la superficie, como rayos de luz.
Y ese hombre, ese hombre guapísimo, estaba propiciando que todo sucediera.
Hermione se dejó llevar por las sensaciones y los sentimientos. La música subió de volumen, como si hubiera una orquesta en la enorme estancia. Olía a comida y a perfume. Escuchaba las risas y las conversaciones de la gente. Cuando bajó la vista, vio luz: un resplandor dorado y cálido. Eran velas, cuya luz titilaba mientras iluminaba los semblantes sonrosados de cientos de personas.
Era como si pudiera ver más allá del suelo. Toda la planta baja estaba iluminada, y en ella reinaban las carcajadas.
—Lo veo —susurró, y aferró con más fuerza la mano de Abrax.
—¿A quién ves? —le preguntó a su vez en un susurro.
—¡A mi madre! Está rodeada de hombres. Tiene el mismo aspecto que por las mañanas, antes de maquillarse. Nunca la había visto con las cejas sin depilar.
—Es Valentina —le aseguró Abrax en voz baja—. ¿A quién más ves?
—A muchas personas. Ese hombre se parece a mi padre.
—Es John Kendricks, el maestro de escuela, es viudo y construyó esta casa mientras el capitán estaba de viaje —dijo Abrax—. ¿Te ves a ti misma? Eres la hija de John. Allí, en el alféizar acolchado.
—Ah, sí. La niña con el cuaderno de dibujo me recuerda a mí. ¿Qué está dibujando?
—Una casa, por supuesto —contestó Abrax—. ¿Ves a Parthenia? Debería estar con tu padre. Están muy enamorados.
—¡Allí! —señaló Hermione—. ¿La mujer tan guapa que está junto a él es Parthenia? —La mujer estaba a su lado, con una sonrisa, pero no reía a carcajadas ni hablaba como las demás personas—. Parece muy callada.
—Lo es.
—¿Quién es el hombre canoso? Se parece al señor Huntley.
—Es el padre del capitán —dijo Abrax—. Hará cualquier cosa por su hijo.
Hermione volvió a cerrar los ojos y la música aumentó de volumen. Tras abrirlos de nuevo, miró a Abrax con una sonrisa.
—Ayer estaba calculando cuánto cemento pedir para un trabajo. Ahora llevo un precioso vestido y bailo en el aire. Literalmente. Por cierto, ¿dónde está el capitán? —Aún jadeante por el baile, lo buscó.
—No lo verás ahí abajo. Acaba de volver de un largo de viaje, tiene la sensación de que lleva en el mar una eternidad. Está cansado, tiene hambre y quiere ver su nuevo hogar.
—¿Así que el suculento capitán Abrax volvía a casa esa noche?
Abrax sonrió.
—Suculento. Me gusta esa palabra. Pero esa noche no lo era en absoluto. Cuando puso un pie en Black Lane y vio su nueva casa iluminada... no le gustó. Verás, John y Parthenia se casaban esa noche y habían invitado a media isla. Sin embargo, el capitán no lo sabía. Solo sabía que había miles de velas, y que había muchos carruajes y caballos en el exterior. Los excrementos llegaban hasta los tobillos.
—Qué imagen más romántica —repuso Hermione con una carcajada—. ¿El capitán los echó a todos?
—No, jamás habría hecho algo así. Pero no tenía ganas de ver a nadie de momento, de modo que se escabulló escaleras arriba hasta su dormitorio. Por desgracia, encontró su cama cubierta con abrigos de damas, de modo que subió al ático.
—Para esconderse y despotricar contra el mundo.
—¡No! —exclamó Abrax con voz dolida, pero después hizo girar a Hermione con más rapidez y esbozó una sonrisilla—. Tal vez sí, pero fuera cual fuese la razón, estaba allí cuando Valentina subió la escalera.
—¿Con un hombre? —preguntó Hermione.
—No, quería quitarse los zapatos y descansar un momento. Tenía los pies reventados de tanto bailar.
—¿Fue un encuentro romántico?
—Ni mucho menos —contestó Abrax, con un deje travieso en la voz—. Verás, él no la conocía, y a juzgar por su aspecto, la tomó por una dama de la noche.
—Me parece que el capitán Abrax acababa de volver de puertos exóticos, le echó una mirada a la voluptuosa y guapísima Valentina, y le tiró los tejos. No creo que tuviera precisamente la cabeza puesta en ese primer encuentro.
—Tal vez —convino con una sonrisa—. Creo que la hija del maestro de escuela es demasiado lista. Así no vas a conseguir marido.
Hermione le devolvió la sonrisa.
—Mi madre también es muy lista y ella consiguió al capitán Abrax.
La carcajada de Abrax resonó en la estancia. Una carcajada que Hermione recordaba a la perfección. Un sonido ronco que surgía de su interior y que brotaba como la melaza espesa.
—Te juro que no me he reído tanto desde la última vez que estuviste aquí. Bueno, ¿por dónde iba?
—La hija de John Kendricks era demasiado lista para que la manejara un hombre.
Abrax sonrió.
—Es cierto que aquella primera noche el capitán Abrax intentó engatusar a la guapa Valentina para que lo besara. Pero eso fue todo.
—¿Cuánto ron hubo de por medio? —preguntó Hermione.
—¿Lo medimos en litros o en galones?
Hermione se echó a reír.
—¿Valentina lo abofeteó?
—No —contestó Abrax—. Ella...
Hermione lo miró.
—¿Te has ruborizado?
—Eso solo lo hacen las mujeres —contestó él—. Los hombres no se ruborizan.
—¿Qué le hizo Valentina al capitán? Quién, por cierto, seguro que estaba un poco achispado.
—Le jugó una mala pasada. Verás, fingió estar dispuesta para hacer el amor.
—¿Qué quieres decir?
Abrax siguió bailando, sujetándola con fuerza, y tardó en contestar.
—Logró que el capitán se quitara la ropa.
—¿Quieres decir que él se desnudó y ella no?
—Sí. —Abrax esbozó una sonrisa tímida—. En cuanto el capitán se desnudó por completo, Valentina recogió su ropa y salió del ático. Y cerró la puerta con llave.
—Vaya. —Hermione se echó a reír al imaginarse la escena—. Si la casa era nueva, seguro que no había muchas cosas aquí arriba, ¿verdad?
—Solo una jarra de ron medio vacía. —La expresión de Abrax era una mezcla de arrepentimiento y de vergüenza—. Y era una noche fría.
Hermione fue incapaz de contener las carcajadas.
—¿Cómo saliste del ático?
—A la mañana siguiente, Kendricks escuchó... bueno, escuchó unas palabras muy malsonantes a través del suelo. Costó trabajo despertar a los habitantes de la casa después de la noche de fiesta.
—Por no mencionar que era la noche de bodas del maestro de escuela. No quiero reírme del capitán, pero se lo tenía bien merecido.
—Pues sí —convino Abrax—. Aunque desde luego no era de esa opinión cuando le pasó. Cuando por fin lo liberaron del ático, se puso su uniforme más impresionante y fue a la lavandería de Valentina, donde ella estaba removiendo ollas llenas de jabón. Le exigió que se disculpara.
—¿Y ella lo hizo?
—Le dijo que hiciera algo útil y que cogiera una pala para remover.
—El capitán de barco no estaba acostumbrado a que lo trataran así, ¿verdad?
—No —contestó Abrax con una sonrisa—. No estaba acostumbrado a que lo trataran así en absoluto.
Se sonrieron y siguieron bailando.
21
Draco regresaba de Maine en la destartalada camioneta que tenía en Hyannis. Durante el verano, era difícil conseguir una plaza en el ferry para salir de la isla. Eso sumado a los seis mil turistas o más que entraban y salían de la isla junto con sus vehículos, hacía que muchos habitantes de Nantucket mantuvieran un coche en tierra firme.
A su lado, iba Jilly Taggert Leighton, una de las muchas parientes que había conocido a lo largo de los últimos días. ¡Parecía haber cientos de ellos!
Algunos, la mayoría Malfoy, vivían en el pueblo que sus ancestros habían fundado en Maine. También había otros, la mayoría Taggert, que vivían en Chandler, Colorado. Había visto fotos de una enorme casa construida en Colorado por un importante hombre de negocios del siglo XIX. Según le habían contado, la casa no se había remodelado desde hacía años. Aunque no lo dijo, deseó meterle mano al lugar para actualizarlo y convertirlo en un hogar seguro. No quería ni imaginarse lo peligroso que debía de ser el cableado eléctrico.
Mientras Draco miraba las fotos, había pensado en la cara de Hermione cuando viera la mansión de Colorado. Y también se había imaginado lo que diría cuando viera la enorme casa de Maine. Además de eso, se preguntó qué miembro de la familia le caería mejor y quién le provocaría aversión. ¿Tendrían la misma opinión sobre todo y sobre todos? ¿O discreparían en algo?
La verdad era que se había pasado todo el tiempo pensando en Hermione. Y había hablado sobre ella. Tal vez eso fuera lo más sorprendente de todo, el hecho de haber hablado sobre ella. Cuando no estaba en Nantucket, siempre se mostraba muy celoso de su intimidad. Su abuelo decía que era un buen contraste. En Nantucket no se podía tener novia, cortar con otra o incluso tontear con alguna chica sin que se enterara medio pueblo. Precisamente ese era uno de los motivos por los que él solo salía con turistas cuando estaba en la isla. Y también por lo que había mantenido a sus novias neoyorquinas apartadas de Nantucket.
Sin embargo, Hermione era distinta. Jamás se había sentido tan cómodo con una mujer, tan a gusto. Ya fuera limpiando pescado o diseñando una casa, parecían saber cómo... bueno, era como si supieran cómo vivir juntos.
En un par de ocasiones, había vivido con mujeres, pero siempre había acabado en un desastre. El motivo principal era porque todas parecían más preocupadas por su éxito que por la pasión que sentía hacia su trabajo. Era un famoso arquitecto que se movía en círculos elitistas y querían formar parte de ese selecto grupo. Querían llevar vestidos de miles de dólares, joyas aún más costosas y asistir a fiestas todas las noches. Querían ser vistas con el famoso Draco Malfoy, querían que las asociaran con él. Draco se sentía como un accesorio de ese hombre, a quien veía como una creación mediática.
A lo largo de los años, había intentado salir con mujeres pertenecientes a distintas clases sociales. Recordaba a una chica muy guapa de Indiana que trabajaba como recepcionista. Su elevado nivel de vida la había abrumado tanto que un día se la encontró llorando en su apartamento. Le pagó el billete de vuelta a su casa. Las mujeres que habían crecido nadando en dinero se molestaban porque pasaba muy poco tiempo con ellas. Las ambiciosas solían usar sus contactos sociales para trepar hasta lo más alto.
Sin importar sus orígenes, todas las mujeres con las que había salido estaban más interesadas en Draco el Famoso que en Draco el Hombre. Ninguna de ellas había asimilado el concepto del trabajo que implicaba su profesión. Del increíble volumen de trabajo que debía realizar.
Con Hermione no era así. Si le daba el extremo de un metro, sabría que hacer con él. Podía hablarle sin explicarle demasiado las cosas porque ella lo entendía. Sin embargo, el trabajo no lo era todo, ni siquiera era lo fundamental. Hermione lo veía como a un hombre. Veía ambas facetas de su persona y las apreciaba por igual.
—¿La echas de menos? —le preguntó Jilly desde el asiento del copiloto.
Draco sonrió.
—¿He hecho el tonto hablando a todas horas de ella?
—En absoluto —contestó Jilly—. La mayoría hemos pasado por esa experiencia, y los que no lo han hecho sueñan con que llegue el momento. ¿Le has dicho a Hermione que llegaríamos hoy?
—No. No me espera hasta mañana. —La idea de verla de nuevo le arrancó una sonrisa.
Dos días antes, fue en busca de la vidriera de la capilla acompañado por el hermano mayor de Jilly, Kane, y sus hijos gemelos. Encontraron la vidriera perfecta en la segunda tienda que visitaron. Databa de 1870 y en ella se representaba un caballero apoyado en su espada con expresión melancólica. Draco no lo dijo, pero el hombre guardaba un escalofriante parecido con su abuelo Abrax.
Después de comprar la vidriera, Draco hizo ademán de ayudar a los otros a cargarla en la parte posterior de la camioneta, pero Kane dijo:
—Eres un Malfoy, así que es mejor que nos dejes a nosotros.
Draco no tardó en percatarse de la rivalidad existente entre ambas familias. Los corpulentos Taggert afirmaban que los Malfoy, más altos pero más delgados, eran débiles y escuálidos, mientras que los Malfoy afirmaban que los Taggert carecían de inteligencia. Por supuesto, nada era cierto, pero Draco disfrutó mucho de dicha rivalidad.
En resumidas cuentas, encajaba en la familia y sí, se parecía a los Malfoy. Ellos fueron los que lo animaron a hablar de los diseños que había hecho a lo largo de su carrera y también quienes disfrutaron averiguando el parentesco exacto que los unía.
De los Taggert, a Draco le cayeron especialmente bien Kane y Mike. Ambos pasaban de los cincuenta y habían amasado grandes fortunas, pero tenían los pies bien plantados en el suelo. Eran gemelos idénticos y a Draco le resultaba difícil distinguirlos. Sin embargo, sus esposas los diferenciaban sin problemas. Y a sus hijos no podían engañarlos.
La esposa de Kane, Cale, era una escritora famosa y lograba que todo el mundo riera con sus chistosos comentarios. Algunos eran un poco sarcásticos, pero siempre daba en el clavo. Era capaz de resumir perfectamente una situación con tres o cuatro palabras.
—¿Cómo es Nantucket? —le preguntó durante su segundo día, mientras él contemplaba el océano sentado en un punto de la costa de Maine. Había caminado hacia él con un cuaderno en la mano, como siempre.
—Es un lugar tranquilo —respondió Draco—. Si pasas de los turistas, claro.
Cale era una mujer bajita y guapa, siempre curiosa. Tenía la misma expresión que lucía a menudo Victoria. ¿Los escritores se pasaban la vida buscando inspiración?, se preguntó.
—Además, tenemos fantasmas en la isla —añadió.
La vio abrir los ojos de par en par.
También había visto esa expresión en los ojos de Victoria.
—Algunas de las historias sobre cómo acabaron convirtiéndose en fantasmas son largas y complicadas, además de fascinantes.
—¡Oh! —exclamó ella, pero no pareció capaz de añadir nada más. Como escritora profesional siempre estaba a la búsqueda de material nuevo. Al igual que los alcohólicos necesitaban la bebida, los escritores sufrían una adicción a las historias.
—Será mejor que te deje seguir con lo tuyo —dijo Draco, señalando con la cabeza el cuaderno que llevaba en la mano. Se puso en pie para alejarse, pero se dio media vuelta para mirarla—. En Black Lane hay una casa en venta. Es grande y antigua. Se llama MÁS ALLÁ DEL TIEMPO porque, según cuenta la leyenda, el fantasma que la habita es capaz de llevarte a la época en la que vivió. —Draco agitó la mano—. Pero solo es un rumor. No sé si alguien lo habrá hecho. ¿Cómo empezaría dicho rumor? Porque lleva siglos corriendo por la isla. Espero verte durante la cena. —Se alejó sonriendo. Si no se equivocaba, acababa de conseguir la venta de la casa.
Jilly llegó desde Colorado pocos días después de que él llegara a Maine. Era viuda y sus dos hijos, ya crecidos, disfrutaban de los campamentos de verano. Era el último antes de que empezaran sus estudios universitarios.
Según le habían dicho, la familia contrató a Jilly poco después de que muriera su marido para elaborar el árbol genealógico. Había pasado años investigando los numerosos documentos familiares y escribiendo las historias de todos los miembros. Poco tiempo antes, había publicado en internet un detallado árbol genealógico, precisamente donde Hermione encontró a Valentina y a Parthenia.
Jilly llegó desde Colorado acompañada por tres grandes cajas llenas de documentos fotocopiados.
—Los originales están en una caja de seguridad —comentó durante la cena la misma noche de su llegada. En una de dichas cajas se encontraban las cartas que Valentina y Parthenia se intercambiaron. Le resumió el contenido de las mismas a Draco.
Draco la observó con atención mientras ella le contaba lo que decían las cartas, mientras le hablaba de las dos muchachas que se echaban mucho de menos y que hacían planes para visitarse. Era una mujer dulce y refinada, al contrario que el resto de los Taggert, que eran grandes y toscos.
—Se parece a su abuela materna —le dijo Cale a Draco—. O si no, es una alienígena procedente de otro planeta.
Draco se echó a reír. Jilly, con ese aspecto tan frágil y sus modales exquisitos, sentada entre sus corpulentos hermanos, parecía recién llegada de otra dimensión.
Al ver que había logrado una audiencia, Cale siguió:
—¿Cómo crees que es su planeta? ¿Todo rosa y beige?
Draco le siguió la corriente.
—Creo que debe de ser como Nantucket. Con brumas y atardeceres en el océano, arena cálida y casas agrisadas por siglos de vida.
Cale lo miró atónita un instante, y después miró a su marido que se encontraba sentado al otro lado de la mesa.
—Necesito tu talonario de cheques.
—¿Y eso? —le preguntó Kane con cierto brillo en los ojos—. ¿Qué vas a comprar?
—Una casa en Nantucket.
Kane miró a Draco después de mirar a su mujer, tras lo cual clavó de nuevo la vista en ella.
—A ver si lo adivino. La casa tiene una historia espectacular.
—Es posible —replicó ella, y todos se echaron a reír. Sabían que a Cale le encantaban las historias.
Eso fue después de la cena, la noche anterior a su partida, mientras Draco estaba sentado en un balancín junto a Jilly, quien le había recordado a alguien desde que la conoció. Al principio, pensó que se trataba de Luna. Ambas poseían una elegancia serena, pero durante la cena vio el gesto con el que sostenía el tenedor, y comprendió que le recordaba a Ken. Ciertos gestos, ciertas palabras susurradas con esa voz tan cálida, lo hicieron desear llamar a Ken y decirle que había conocido a la mujer perfecta para él.
Sin embargo, sabía que todo acabaría antes de que empezara, de modo que solo puso al corriente a Hermione de que volvía a Nantucket con Jilly. Durante la última noche, estaba sentado con ella, escuchándola mientras ella seguía contándole cosas de las cartas.
—Tras la primera visita a Nantucket, Parthenia regresó a Maine y retomaron la correspondencia. Pero en esa ocasión comenzaron a hablar de los hombres a quienes querían. Parthenia se había enamorado del maestro y Valentina de...
—De Abrax —dijo Draco—. ¿Qué le pasó?
—Sabemos tan poco como vosotros. Cuando Valentina desapareció, Parthenia estaba casada con su maestro y vivía en Nantucket, así que ya no tenemos más cartas. Un antepasado Malfoy escribió diciendo que después de la desaparición de Valentina, tres hombres de su familia fueron a Nantucket a buscarla. Encontraron a unos marineros que les dijeron que la habían llevado al continente, pero allí perdieron la pista. Jamás regresó a Maine. Después de la muerte de Parthenia, todas las cartas que le había escrito Valentina fueron enviadas a Warbrooke. Las he leído todas y no he encontrado la menor explicación sobre la desaparición de Valentina.
Draco frunció el ceño.
—Me dijeron... bueno, o mejor dicho, se dice que nadie vio a Valentina abandonar la isla.
—Tal vez se mantuvo en secreto. Que una mujer se marchara abandonando a su hijo no estaría muy bien visto, y dudo mucho de que a sus parientes les interesara andar diciéndolo por ahí. Además, todo sucedió hace mucho tiempo. ¿Tienes documentos familiares en tu casa?
Draco comprendió que a Jilly le encantaría examinarlos, de modo que aprovechó el momento.
—Toneladas de ellos. Mi familia lo conserva todo. Poseemos varias casas y todas están llenas hasta el techo de papeles amarillentos, de cartas y de libros.
—Parece fascinante.
—Hermione no es de la misma opinión. —Sonrió intentando hacerlo de forma persuasiva—. ¿Por qué no vienes conmigo y pasas el resto del verano investigándolos?
—No podría —respondió con un suspiro—. Claro que mis hijos se marcharán pronto de casa y casi he acabado con los documentos de mi familia. Me temo que padezco un caso severo de síndrome de nido vacío. —Levantó la cabeza—. La verdad, me encantaría ir a Nantucket contigo. ¿Dónde puedo reservar una habitación?
—Mi casa tiene un apartamento en la planta alta. Puedes alojarte en él todo el tiempo que quieras.
—Pero Hermione y tú necesitáis intimidad.
—Nos encantará disfrutar de tu compañía —replicó, pensando en Ken.
Ella lo miró con los ojos entrecerrados.
—No te conozco muy bien, pero tienes una expresión que según mi familia, los Taggert, significa que un Malfoy está tramando algo y que es mejor andarse con cuidado.
Draco soltó una carcajada que llegó hasta el interior de la antigua mansión.
—¿Eso significa que no te gustan las aventuras?
Jilly sonrió.
—He criado sola a dos hijos desde que tenían tres años y mi trabajo ha consistido en bucear en toneladas de documentos antiguos. La verdad es que si un pirata me pidiera que navegara con él en su barco, le diría que sí. ¿A qué hora debo estar lista?
—¿Mañana al amanecer es demasiado pronto? Tardaremos cinco horas en llegar a Hyannis. He encontrado a alguien que puede llevar la vidriera, de modo que cogeremos el último ferry a Nantucket.
—Estaré lista para las cuatro de la madrugada.
—Así me gustan las chicas —replicó él.
—No puede decirse que sea una chica, pero gracias por el cumplido.
Esa fue la última noche en Maine. Ayudó a Jilly a preparar el equipaje. O más bien vio cómo las mujeres se apresuraban a ayudarla mientras él se sentaba frente al televisor con los hombres para ver los deportes. Las mujeres fueron pasando para soltar algún comentario.
La mujer de Mike le dijo que estaban encantadísimos por la alegría que eso suponía para la vida de Jilly.
—Es la más cariñosa de todos los Taggert.
—Tampoco hace falta mucho para conseguir ese título —comentó un Malfoy, y los Taggert lo atacaron arrojándole palomitas.
—Después lo limpiáis —dijo la mujer de Mike antes de marcharse.
Cale llegó con un portátil, se sentó al lado de Draco en el sofá y le enseñó la página web de una agencia inmobiliaria donde aparecía una casa de Black Lane en venta.
—¿Esta es la casa de la que me has hablado? ¿La que tiene un fantasma que viaja en el tiempo?
—Sí —contestó él.
—Pero cuesta un pastón.
—Es Nantucket —adujo Draco.
Cale no preguntó qué significaba eso. Se limitó a mirar a su marido.
—Voy a tener que convencerlo.
—Compradla entre varios —sugirió Draco—. Podéis compartirla y distribuir los meses que pasáis en ella. Así compartís también los gastos. —Se inclinó hacia ella—. A los escritores les encanta pasar el invierno en la isla. Es cuando se está más tranquilo y cuando los fantasmas aparecen.
—Eres un Malfoy de los pies a la cabeza, ¿verdad? Un vendedor pícaro. —Cale sonreía—. Me gusta la idea y pienso proponérsela a la familia. —Le colocó una mano en un brazo—. Me alegro de que te hayas unido a nosotros, y estoy deseando conocer a Hermione.
—¿Qué pasa con vosotros dos? —preguntó Kane desde el otro extremo de la estancia.
—Estoy planeando fugarme con tu nuevo primo —respondió Cale—. ¿Dónde está Kane?
Draco levantó la cabeza, sorprendido.
—¿Ese es Mike?
—Sí —respondió Cale—. Está gordo. Mi marido no lo está.
Mike rezongó algo en respuesta y siguió viendo la tele.
Draco sonrió por la ridiculez del comentario de Cale. Sabía que tanto Kane como Mike usaban el gimnasio que tenían en el sótano para mantenerse en forma con un programa de ejercicios digno de un deportista olímpico. Sus musculosos cuerpos así lo atestiguaban. Ninguno de los dos tenía un solo gramo de grasa.
Tal como había asegurado, Jilly estaba lista para partir al amanecer. Y todos los miembros de la familia mayores de dos años salieron para despedirla. Draco jamás había visto tantos besos y tantos abrazos. Uno de los Taggert más corpulentos le dio un abrazo casi asfixiante mientras le decía:
—Como permitas que le pase algo, te las verás con nosotros.
Draco asintió con la cabeza a modo de respuesta. Entendía el mensaje y lo compartía.
Horas después, ya en el puerto de Hyannis, descubrieron que uno de los primos de Draco los estaba esperando. Él se encargaría de trasladar la vidriera que iba en la parte posterior de la camioneta el día siguiente, tomando el ferry que transportaba vehículos a la isla. Después, se quedaría en Nantucket para ayudar en la construcción de la capilla.
Draco y Jilly cogieron su equipaje de mano y embarcaron en el último ferry que partía a la isla. Durante la hora que duraba el trayecto, estuvieron sentados a una mesa. Jilly leía un ejemplar de la guía Yesterday's Island y le preguntaba sobre las personas a las que iba a conocer.
Draco se acomodó en el banco con una taza de café en la mano y le descubrió a la gente que vivía en Black Lane.
—Ken se aloja de momento en la casa de invitados. Es el padre de Hermione. —No quería arruinarlo todo al decir que creía que le caería muy bien, pero sí le contó que fue Ken quien lo ayudó a empezar su carrera y que si no fuera por él, posiblemente estaría en la cárcel a esas alturas. También le dijo que Ken lo ayudó a finalizar el proyecto de fin de carrera, que no estaba casado y que buscaba pareja. Unos cuantos datos sin importancia.
Jilly lo escuchó atentamente, sin hacer un solo comentario, y después dijo:
—¿Y la madre de Hermione? Sé que es una escritora, como Cale, pero ¿cómo es personalmente?
Draco sonrió. Desde el punto de vista físico, no podía haber dos personas más distintas que Victoria y Cale. La última era bajita y delgada, mientras que Victoria era alta y voluptuosa.
—Victoria no se parece a nadie —dijo—, pero no está ahora mismo en la isla. Ken está construyendo una capilla donde se celebrará la boda de la mejor amiga de Hermione. —Le habló sobre el diseño de Hermione, sobre la inminente boda y sobre todos los preparativos que se estaban llevando a cabo.
—Supongo que sabes que se te ilumina la cara cuando hablas de Hermione —comentó Jilly.
Draco apartó la mirada un instante a fin de recuperar la reserva típica de los habitantes de Nueva Inglaterra.
—Parece que estamos hechos el uno para el otro.
—Pues espero que no la pierdas —replicó Jilly—. Háblame de los demás vecinos de la calle.
Al cabo de unos minutos, Draco logró que riera a carcajadas mientras le hablaba del jefe multimillonario de Lexie, y de las bromas que le gastaban Hermione y Luna sobre él.
—Las chicas dicen que es guapo, pero a mí no me lo parece. En las fotos que he visto de él me resulta un pelín afeminado.
Jilly soltó una carcajada.
Cuando el ferry llegó a la isla y atracó, Draco cogió el equipaje de ambos y la llevó hasta Main Street. Siempre le había gustado enseñarle la isla a los recién llegados. Ver Nantucket a través de sus ojos renovaba la visión que tenía de la belleza de la isla.
—¡Ah, sí! —exclamó Jilly—. A mi familia le encantará Nantucket. —Sus preciosos edificios, perfectamente proporcionados, con ventanas altísimas y elegantes vidrieras. Los pasos de peatones en la calzada adoquinada para facilitar el tránsito de los transeúntes. No paraba de mirar de un lado para otro, contemplando las casas antiguas. Cuando llegaron a West Brick, se detuvo para admirar su majestuosa belleza antes de enfilar Black Lane. Después se detuvo otra vez al llegar a la primera casa de la derecha—. MÁS ALLÁ DEL TIEMPO —leyó en el clisé de madera situado sobre la puerta—. ¿Esta es la casa de la que hablaba Cale? ¿La que está en venta?
—Exacto. ¿Ya está haciendo campaña para que la familia la compre?
—Pues sí, y después de que les describa la isla, ganará. Además, Kane está tan enamorado de su mujer, que haría cualquier cosa por ella.
—Me alegro —replicó Draco, que apretó el paso. Estaba ansioso por ver a Hermione.
Su vieja casa estaba muy cerca y jamás le había parecido tan bonita. Entraron por la puerta lateral al patio trasero y por una de esas coincidencias cósmicas, Ken salía en ese instante de la casa de invitados, con un plano enrollado bajo un brazo y una taza humeante en la otra mano.
Sin embargo, Draco sabía que el encuentro no era fortuito. Se dio media vuelta, miró hacia la ventana del ático y allí estaba su abuelo. Mirando a Jilly como si la estuviera examinando.
Draco frunció el ceño, ya que no le gustaba la idea de que su abuelo lo hubiera preparado todo, y miró a Ken, que estaba observando a Jilly con los ojos como platos, como si estuviera contemplando una visión celestial, un ángel en toda su gloria... y ella lo miraba con la misma expresión.
En vez de jactarse del éxito de su plan, se limitó a esbozar una discreta sonrisa.
—Ken, Jilly. Jilly, Ken —dijo, y siguió caminando hacia la casa—. ¿Os importa si entro para ver a Hermione?
Nadie respondió. Ken y Jilly siguieron mirándose en silencio.
—Vale —dijo—. Pues me voy. —Se dio media vuelta y sonrió de oreja a oreja.
Tan pronto como entró, estuvo a punto de llamar a Hermione, pero vio que su abuelo lo esperaba en la puerta.
—¿Dónde está?
—En el salón principal —contestó Abrax—. Pero antes debemos discutir un asunto.
—Luego —replicó Draco, que atravesó la figura de su abuelo para caminar hacia el salón principal. Aunque pensaba que Hermione estaría acurrucada con un cuaderno de dibujo en la mano, diseñando el plano para una casa de invitados, comprobó que se equivocaba. Estaba sentada en el suelo, con las piernas cruzadas y rodeada de cajas de documentos polvorientos. Los papeles y las cartas atadas con cintas cubrían el sofá, las mesas y las sillas. En su regazo tenía un montón de documentos amarillentos.
»Hola —la saludó en voz baja.
Hermione lo miró y vio cómo se le iluminaba la cara como si acabara de descubrir lo más maravilloso del mundo. Así le demostró la alegría que sentía al verlo de nuevo. Acto seguido, se levantó de un brinco, tirando los documentos al suelo, saltó sobre dos cajas y le arrojó los brazos al cuello mientras lo besaba en los labios. Fue un beso apasionado... y alegre. Se habían echado mucho de menos y así se lo hicieron saber el uno al otro con las lenguas y los labios.
—¿Has pensado en mí? —le preguntó él mientras le besaba el cuello.
—¡Sí, a todas horas! —exclamó Hermione, que echó la cabeza hacia atrás—. Tengo muchas cosas que contarte. El señor Huntley descubrió a John Kendricks y me trajo documentos sobre él, pero todavía no los he leído. Luna, Lexie y yo hemos adelantado muchísimo los preparativos para la boda. Y Abrax me ha hablado del capitán y de Valentina, y sobre su prima Parthenia y...
Draco le colocó las manos en los hombros y la apartó un poco para poder mirarla a los ojos.
—¿Abrax? ¿Cuándo lo has visto?
—Ayer domingo. Él y yo... —No sabía muy bien cómo decirle lo que habían hecho Abrax y ella.
—¿Qué hicisteis?
—Lo siento, pero estuvimos bailando. No te enfadas, ¿verdad? En serio, no significó nada.
Draco intentó calmarse.
—Tranquila. Sé que Abrax posee un encanto sobrenatural.
Hermione suspiró aliviada.
—Y es un narrador excelente. Mientras me contaba la historia, fue como si yo misma viera el interior de esta casa durante la noche de la boda de John Kendricks y Parthenia Taggert. Vi las velas y olí la deliciosa comida. También escuché la música, pero, claro, tenía un CD en el portátil y... ¿por qué me miras así?
—Quiero que nos vayamos de esta casa. Ahora mismo.
—No puedo. —Hermione se alejó de él—. Abrax me contó cómo se conocieron el capitán y Valentina. Una historia muy graciosa que acabó en tragedia. Debo descubrir la verdad de lo que le pasó a Valentina. —Hermione señaló las cajas y los papeles que los rodeaban—. Necesito examinarlos todos y descubrir... ¡Oye! ¿Qué estás haciendo?
Draco se había inclinado, había levantado a Hermione del suelo y se la había echado a un hombro. Después, se volvió hacia la puerta. Su abuelo estaba en el vano, observándolos con una mirada contrita por haber llevado las cosas tan lejos con Hermione.
Draco lo atravesó con cara de pocos amigos y puso rumbo a la puerta trasera.
Hermione, con la cabeza hacia el suelo y el culo en pompa, dijo:
—Nada más lejos de mi intención que interrumpir tu momento Shrek, pero te recuerdo que el dormitorio está arriba.
—No vamos a la cama. Al menos de momento. Vamos a alojarnos en casa de Dilys unos cuantos días.
—Pues entonces necesito llevarme ropa.
—No vas a necesitarla —replicó él mientras salía de la casa con ella al hombro.
—¡Ooooh! —exclamó Hermione—. Estaba deseando que volvieras, pero esto mejora por momentos.
Después de que Draco dejara a Ken y a Jilly solos, ella fue la primera que habló.
—Así que eres el hombre que le dio vida a la mujer más guapa, inteligente y con más talento de la tierra.
—Exacto —confirmó Ken, complacido por sus palabras... y por su voz. Jamás había visto a una mujer tan guapa. Era muy delgada, con una cara ovalada, y llevaba un vestido rosa y blanco tan delicado que parecía haber sido confeccionado con pétalos de rosa. En la mano llevaba una pamela—. ¿Es Draco quien está de acuerdo conmigo?
—Sí. Le habló a toda mi familia de Hermione, e incluso nos mostró sus diseños.
Ken se limitó a mirarla con una sonrisa, hasta que pareció recuperar el sentido común.
—Qué cabeza la mía. ¿Te gustaría entrar y tomarte un té? Tengo donuts.
—¿De Downyflake?
Ken soltó una carcajada.
—¿Draco te lo ha contado todo sobre Nantucket?
—Solo ha dicho cosas buenas. De hecho, quiere que mi familia compre una casa aquí. La que está al principio de la calle.
—¿MÁS ALLÁ DEL TIEMPO? —quiso saber él.
—Exacto, esa.
—En ese caso, debemos discutirlo. —Ken retrocedió y abrió la puerta principal de la casa de invitados.
Unos minutos después, estaban sentados en el exterior, a la preciosa y envejecida mesa de cedro, comiendo donuts mientras el té reposaba. Tenían las cabezas inclinadas y se encontraban tan cerca que casi se rozaban.
Fue Ken el primero que vio a Draco caminando hacia ellos con Hermione al hombro.
Draco se detuvo al llegar junto a la mesa, con cara de que no estaba pasando nada fuera de lo común.
—Nos vamos a casa de Dilys unos cuantos días —anunció—. Está fuera de la isla, así que tendremos la casa para nosotros solos. —Miró a Ken y luego a Jilly—. No parece que vayáis a echarnos de menos.
—No, creo que no lo haremos —replicó Ken, que se puso en pie.
La maleta de Draco estaba en el suelo, de modo que Ken la cogió y se acercó a la camioneta para dejarla en la parte trasera.
Jilly los siguió.
—Creo que debo preguntar: Hermione, ¿estás bien? Y, por cierto, soy Jilly Leighton. Mi apellido de soltera era Taggert.
Draco se volvió para que Hermione pudiera mirar a Jilly aunque fuera boca abajo.
—Encantada de conocerte y sí, estoy bien. Draco solo está celoso porque me pasé toda la mañana de ayer bailando con uno de sus parientes.
Ken sonrió.
—¿Con cuál de ellos? ¿Wes?
—Abrax —contestaron Hermione y Draco al unísono.
—¡Ah! —fue lo único que Ken logró decir. Después añadió en voz baja mirando a Draco—: Por favor, llévate a mi hija y mantenla alejada todo el tiempo que quieras. Todo el tiempo que puedas.
—¡Traicionada! —gritó Hermione—. Me siento traicionada por mi padre. —Su tono de voz dejó bien claro que estaba encantada con todo lo que sucedía.
Draco dejó a Hermione en el interior de la camioneta, cerró la puerta y rodeó el vehículo para sentarse tras el volante.
—Llámame —le dijo Ken a través de la ventanilla.
—Puedes estar seguro de que lo haré —replicó Draco, con una expresión que ponía de manifiesto lo enfadado que estaba con su abuelo. Metió marcha atrás para salir a la calzada.
Cuando se quedaron de nuevo a solas, Jilly dijo:
—Draco me ha hablado de mucha gente, pero creo que no mencionó al tal Abrax. ¿Hay algún problema con ese hombre?
Ken la acompañó de nuevo hasta la silla. Una vez que estuvieron sentados, contestó;
—Supongo que depende de cómo se mire. Verás... —La miró. Solo hacía una hora que la conocía, pero le gustaba. Su aspecto físico, su forma de moverse, su voz. Todo lo atraía. Pero temía que si le decía la verdad, saliera corriendo. Claro que a veces había que arriesgar algo para ganarlo todo—. Abrax... —dijo en voz baja.
—¿Sí?
—Abrax murió hace unos doscientos años.
—¡Madre mía! —exclamó Jilly mientras cogía un donut con cobertura de chocolate—. Ya puedes contármelo todo desde el principio.
Ken no pudo evitar sonreírle. ¡Una mujer que no se asustaba por la mención de un fantasma! ¿Dónde había estado metida durante toda su vida?
—¿Quieres más té? —le preguntó, sonriendo aún más.
—Sí, por favor, pero creo que debemos calentar más agua porque quiero oír todos los detalles.
—Me da que tienes razón. Verás, todo empezó cuando descubrí a mi ex mujer, la madre de Hermione, en la cama con mi socio.
—Qué horrible para ti.
—No hay palabras para describirlo.
—Me imagino lo que sufriste —replicó Jilly mientras pensaba en su triste experiencia matrimonial, aunque no lo mencionó. Le tocaba a Ken desahogarse.
Él la miró a los ojos. Desde que se divorció de Victoria, había estado con otras mujeres y en dos ocasiones había estado a punto de casarse. Pero se echó atrás en el último momento. Jamás había querido contarle a nadie la verdad sobre Victoria, ni siquiera había hablado sobre su estancia en Nantucket. Ni tampoco sobre la estrecha relación que tenía con el famoso arquitecto Draco Malfoy. Ni mucho menos sobre el fantasma que rondaba Black House, un fantasma que su hija veía claramente cuando era pequeña... y con el que parecía haber bailado durante un día lluvioso.
La guapa Jilly lo miraba con gesto paciente. Era como si tuviera todo el tiempo del mundo y lo único que quisiera fuese escuchar su historia.
Ken comprendió que lo único que quería era contársela.
En la ventana de la planta alta, Abrax los miró con una sonrisa.
—Bienvenida a casa, Parthenia —susurró.
TACHANNNNN
PARECE QUE ABRAX ESTA JUNTANDO LA COLECCION DE REENCARNACIONES DE TODOS SUS CONOCIDOS VERDAD? JAJAJAJA
SE ENAMORARAN KEN Y JILLY COMO EN SU ANTERIOR VIDA O ESTA VEZ SERA DIFERENTE.
LO SABREMOS EN EL PROXIMO CAPITULO( no exactamente en el proximo, pero ya me entienden).
NOS VEMOS LA SEMANA QUE VIENE
XAU
