Aparecieron a dos metros de altura de un campo pedregoso y tranquilo, sin inercia, pero fue como dejarse caer de una escalera, por lo que rodaron levantando una polvareda.

Al ponerse de pie, estaban en el día soleado, cerca de una pendiente frondosa que arrojaba sombras sobre una antigua construcción en ruinas, desmenuzada por el tiempo, mostrado su silueta de ladrillos, dotada de arco y vestigios de una reja en una ventana baja, rodeada de escasa vegetación. Un brazo de tranquilo río se desplazaba, sobre un sendero pedregoso.

Mirando arriba, descubrieron que la sombra provenía de un elevado puente, que parecía romano por sus numerosos arcos de ladrillo desnudo, sorteando el cauce principal del río, siguiendo camino -a juzgar por la posición del Sol, hacia el sur.

Justo al ver el puente, vieron un tren pasar sobre él.

La cabina de conducción era amarilla-azul, seguida de vagones azul-gris cruzados por una línea roja horizontal, mostrando un rótulo donde se leía CrossCountry Trains. El tren de la Costa Este de Inglaterra.

―Es un tren de pasajeros -dictaminó Ives.

Pansy fue al modesto brazo de agua, al pie de aquella vetusta ruina que tenía facha de haber sido prisión medieval.

―Además de la pelos de Medusa, uno de los sujetos era muggle, el otro era mortífago -opinó, refrescándose la cara.

―Les echamos a perder alguna carga muy valiosa, creo -supuso Ives, de espaldas a Pansy, mirando la construcción dorada por el sol, que semejaba una torre lentamente desintegrada.

―La loca de los pelos medusa nos atacó -rebatió Pansy, quitándose el polvo de las manos-, nosotros no le hicimos nada.

―¿Y cómo estará tu amigo?

―¿Por qué le llamas "tu amigo"? -se extrañó ella, sacudiéndose las manos- Suena raro, como si lo relacionaras conmigo de otra forma. ¿Es candidato a la intoxicación por tus celos?

Ives ya no sabía si hizo aquello sólo para alejar a Pansy o por verla cariñosa con Draco.

―Su nombre se me escapa -aclaró el Hufflepuff-, nunca había reparado en él.

―Es Emil Gallant, de séptimo. Espero que esté bien. Ya no lo vi, pero como su prioridad es alcanzarnos dudo que se haya quedado en ese tren.

Ives comentó:

―No entiendo cómo logró ir detrás nuestro.

―No importa eso por ahora, creo yo, si seguimos alejándonos -ella se encogió de hombros, levantándose-. Deberíamos…

Ives le colocó un pañuelo bajo la barbilla, para que no le goteara el agua a la ropa.

Aquel era un gesto que nadie había tenido con Pansy. Su extrañeza se diluyó en lo grato del contacto, y en la pregunta amable del Hufflepuff:

―¿Te lastimaste?

―No, Ives -susurró-. Estoy bien, gracias, lindo.

Al Hufflepuff le agradó tocar a la Slytherin con esa ternura, y se guardaba el pañuelo cuando ella le preguntó:

―¿Qué sentirías si me pasara algo?

―¡No digas eso…! -protestó, alarmado y triste.

―¿Qué harías? -insistió Pansy, por el tono de voz de él; los ojos le brillaron.

―Haría una fiesta, embriagándome junto con los Gryffindor y regalando dulces a todos los niños del Valle de Godric. ¿Qué crees que haría, Parkinson?

¡… Parkinson!, sonrió ella. Ives sólo una vez antes la había llamado por su apellido, como recriminación la primera vez que ella le dio besos en las orejas. Así que el apellido era para situaciones graves. Eso significaba que la idea de verla lastimada le fue terrible. Ella volteó a la torre, para ocultar su cara de felicidad. Posiblemente por el peligro pasado, preocupado por ella, él ya no le tenía miedo.

El Hufflepuff cambió la plática, preguntando para sacar alguna verdad:

―¿Gallant nos seguirá por salir de Hogwarts o te seguirá por falsificar un Sigilo?

―Los Sigilos en forma de cartas no existen -admitió ella, yendo a la torre en ruinas-. Un Sigilo verdadero es el sello de un ser espiritual. Pasé la idea al sello de dos almas. Se me ocurrió por los Pactos de Sangre hechiceriles. En ellos son una especie de Juramento Inquebrantable. En ti y en mí, es un pacto de amor. Eso será. Yo sé que lo firmarás cuando aceptes sin dudas, que me amas.

Cavendish asintió, admirado, cambiando la plática:

―Impostura de Documentos -afirmó-, un delito.

Llegaron al área de luz, fuera de la sombra del puente.

―Mi papá lo ha visto -añadió él, para molestarla-. Impostura de documentos, falsificación de personalidades, usurpación de profesiones... Capítulo Vigésimo del Código Penal.

En respuesta, Pansy volteó a él y se entrecruzó los dedos de ambas manos a la altura de las clavículas, colocando la punta de un pie en el suelo, mirando al cielo, teatral.

―¡Oh, entonces soy una prófuga de la justicia, oh, soy una criminal peligrosa, deberé pasar el resto de mi existencia huyendo por valles y campos comiendo raíces y robando leche de las vaquitas!

Ives rio por la magnitud de las maniobras de Pansy, sentándose al pie de la torre.

―¡Eres una Slytherin tan aparatosa…! ¡Si hay una Oscuridad de las Tinieblas, eres tú!

Pansy se apoyó los dedos de una mano abajo de las clavículas, señalando al cielo con el índice de la otra, haciendo voz de fábula moral, sin dejar de ver a las nubes.

―¡Es la historia de la fugitiva Pansy Parkinson, del Yukón, culpable de que le guste un chico a morir, al que hizo saber de toda forma posible que está loca por él, quien, indiferente criminal, no sólo no la acepta, sino que la envió al Inframundo! ¡Es tan criminal que se niega a aceptar que ella lo ama, pero eso sí, le ha visto la ropa interior dos veces! ¿Qué suerte correrá la pobre heroína? ¿Qué peligros deberá enfrentar antes que la acepte el Envenenador del Intestino?

Ives reía, moviendo la cabeza.

―Pansy, esto empezó porque dijiste que Dumbledore nos casaría en su despacho.

―¡Empezó porque me besaste -adelantó la cara, señalándose, retadora-, a mí, una chicuela ignorante de la vida!

―Chicuela ignorantuela.

El rostro de ella se iluminó por una idea. Lo señaló, encantada.

―¡... o porque descubrieron que intoxicaste a esos cuatro...!

―¿Eh? -Ives no se lo esperaba.

―¡La verdad debe ser más simple! -captó ella- ¡No nospersiguen, no me persiguen, te persiguen porque descubrieron que soltaste el estómago de cuatro alumnos destacados, que por tu culpa en vez de salir en el Anuario, saldrán en los Anales...! Por el Slytherin no se van a preocupar, ¡ah, pero por los Dumbledóreans, sí! -soltó una risa, sin dejar de señalarlo, saltando de gusto- ¡Ése fue tu error! ¡En vez de dejarte bulear por los favoritos, cometiste el crimen de desquitarte de ellos!

Ella se cruzó de brazos, moviendo lentamente los dedos de una mano remedando a Snape, e hizo voz grave y lenta, alzando una ceja:

―Dígame, señor Cavendish, ¿quién tuvo acceso a los registros de talla y peso de los jugadores de quiddtich? ¿Quiénes llevaron el caldero que trajeron de la cocina? ¿Quién de ellos tenía motivos para desquitarse de los Gryffindor y de alguien a quien la señorita Parkinson mostraba simpatía, tomando en cuenta que usted en el Daily Prophet declaró amarla, es decir, a qué alumno veía usted como a un intruso, teniendo móvil para convertirlo en poponauta? ¿Quién, dígame?

Pansy se colocó las manos en la cintura, inclinándose hacia él, balanceándose y mostrándole la lengua.

―¡Ah-ha-ha-há! ¡Intoxicación por doo-sis! ¡Snape te va a descubri-ir!

Ante un pasmado Ives, que se levantó y caminó atrás paso a paso, sin dejar de verla, ella lo siguió, señalándolo, deleitada:

―Digamos que a Snape los Gryffindor no le dolerán, pero no tendrá el mínimo interés en encubrirte. Y peor, será con… ¡Malfoy…! ¡El posible Elegido de Slytherin! ¡De quien se dice es mi novio secreto o que soy su… sombra! ¿Quién iba a estar celoso de él y con eso tener motivos para eliminarlo?

Cuánto me gustaría odiarla cuando me habla así, pensó Ives, retrocediendo.

―Ya veo -él la puso en duda, para ganar tiempo-, es decir, que actué por celos meramente. Por venganza meramente. Un delincuente juvenil, en suma.

―¡Sí, porque metiste a varios en tu caldero de venganza, también a mí, perjudicándome con tus malas intenciones!

Pansy, sonriente, le tocaba la nariz con la punta de un dedo, cual boxeador abofetea la pera.

―¡Niégalo! Con los Gryffindor tenías, ¿para qué metiste a Draco? Por celos.O contra mí, pues seguro pensaste hufflepuffianamente y creíste que como lo aprecio, me dolería mucho. Olvidaste que soy Slytherin y que Draco sólo me importa como aliado.

―Uno que ya perdiste -soltó él, para cubrir su retirada-, porque tú y yo nos besamos frente a Slytherin. Malfoy no creerá que desconocías mis motivos, a través de la pipeta del suero le dirán que te vieron yendo a mi mesa, pensará que me felicitaste. Hoy debe quererte mucho por haberlo cambiado por un Tejón.

―Oh, no, yo me daba cuenta de sus miradas burlonas a sus amigos porque me mostraba interesada en su salud. Draco es un pagado de sí mismo. En cuanto a ser aliados eso se ha hecho humo, pero… Tú me necesitas, ¡me necesitas, Mr. Cavendish! -chasqueó los dedos, señalándolo; llegaron a la torre- Deberás casarte conmigo para que te lleve de comer a la Correccional Mágica y te rasque detrás de las orejas de conejo, también para que cuando te enjuicien encadenado hasta el dedo gordo del pie siniestro yo declare que eres inocente, pues sé cuánto te buleaban los Gryffindor por quererme, al grado que uno invadió mis miles de hectáreas de bosque privado. Valdré mi peso en oro cuando declare que con Malfoy tuviste un motivo comprensible, ya que me amas. Sólo yo estaré contigo porque, culpable o inocente, las demás casas dirán: "Ives está enamorado de una Slytherin, no hay que hablarle, está contaminado".

Ives pisó una piedra suelta de la vieja construcción y cayó sentado en la tierra. Pansy se colocó en cuatro manos de cara a él y le plantó un beso sonoro en los labios que, a pesar de sí mismo, Ives le devolvió con necesidad de sentir otra vez su boca aterciopelada y de respirar el aroma dulce de la Slytherin. Estaba aficionándose a besar a Pansy Parkinson y deseaba que ella no lo supiera, pero, ¿cómo no se iba a enterar, si él comenzaba a ver sus facciones con mayor gozo?

―Lo vas a hacer, lo vas a hacer -afirmó la Slytherin, dándole pequeños besos, mirándolo de cerca-, porque te conviene mi testimonio, el mío, el de tu novia, Pansy, la hija única y malcriada de los Parkinson de Norfolk, de los Veintiocho Sagrados, mientras que tú solamente eres el quincuagésimo Duque de No-Where.

La leve sombra que lanzaba el puente, los cubrió. Pansy cerró los ojos, sonriendo y adelantando los labios. Ives se hizo adelante y le dio un beso largo, respirando el aroma acaramelado de la Slytherin. Cada beso era idéntica emoción. ¿Cuándo se curaría y cómo?

Un nuevo tren cruzó, haciendo vibrar el puente y lanzando destellos metálicos.

―Deberíamos subir -opinó Ives.

―Deberíamos -coincidió Pansy, viéndolo a los labios, cerca. Las pestañas de la Slytherin lo hipnotizaron

―Deberíamos.

Se causaron una vibración mutua en los labios, provocando que se besaran de nuevo. Ives la abrazó y Pansy lo tomó de los hombros. El rio corría liberando un canto alegre.

Al tercer intento, Ives logró ponerse en pie, dando la mano a Pansy.

Subieron hacia el puente ferroviario, que saltaba sobre el gran río. Al llegar arriba, se dirigieron a la puerta de la primera de varias residencias, donde se enterarían que la población se llamaba Berwick-upon-Tweed.

Ives continuó su primera idea, fingiendo que no le importaba lo dicho por Pansy.

―... luego encontramos unos seres de muy mala leche. A menos que los aurores se duchen con carroña, dudo que sean aurores. Deben ser los que dices, mortífagos. La pregunta es, ¿por qué nos atacaron en el vagón?

―¿Además de la dientes de piraña? Dijeron que lastimamos a la cosa Nagini. Debió ser eso que se fue por los rieles después de la loca. Yo creo que iba escondida en una caja grande, o... ¿será por esto? -recordó.

Ella le mostró un objeto que guardaba en la túnica.

―Salió de una de las cajas cuando se fue por el agujero -explicó ella.

Era una figura geométrica en forma de pirámide, de tres caras y base.

―Es un tetraedro -dictaminó Ives-. ¿Por qué lo tomaste?

―Creí que era un regalo que venía con el helado -se encogió de hombros.

El objeto, pesado, en cada una de sus cuatro caras mostraba relieves de formas geométricas, con letras en un alfabeto desconocido.

Aquello cambió la primera intención de Ives, de alejarse de Hogwarts para dedicarse a la reflexión (y escapar de la Slytherin), pues aunque por principio se percataba que ella se salió con la suya de seguir juntos, igualmente cierto era que él no deseaba dejarla atrás. No obstante, ahora experimentó la necesidad de cuidar a sus amigos en el colegio por medio de saber qué era ese objeto. Atacados Pansy y él, aquellos individuos podían atacar a cualquier alumno. Buen Hufflepuff, no se planteó una misión, sino ayudar a otros a que ellos resolvieran el misterio, para lo cual tenía un as bajo la manga, no muy lejos de ahí.

Pansy, más sencillo, su mayor motivación fue considerar que si llevaban algo bueno al regreso a Hogwarts, evitarían el bodrio de la reprimenda.

Habían salido del colegio sin útiles escolares, pero cargaban las pequeñas libretas Whizz Hard Diary.

Cuando salieron de Berwick, con la orientación que les dio un matrimonio muggle del poblado (que les dio de comer, así como un mapa y provisiones para el camino), empezaron unos pequeños Diarios de Viaje como los ingleses del siglo 17. Mejor todavía, descubrieron que si hablaban cerca de la página, sus frases se convertían en escritos. Ives halló que podía tomar imágenes apuntando con el Diario y dándole una pequeña sacudida, logrando modificar la perspectiva medianamente.

―Comprobemos a qué distancia estamos de Hogwarts -opinó Pansy, casi leyendo la mente de Cavendish sobre indagar un poco-. De estar cerca, regresamos lo más posiboe en tren y avisamos. De estar muy lejos, veamos qué podemos averiguar y dejamos que Emil nos alcance, porque dudo que solos logremos hacer el hechizo para volver a Hogwarts. Tal vez deberemos seguir huyendo, queridísimo mío.

Anotaciones de los viajeros con imágenes de la locación:

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