Habían pasado tres semanas desde la salida a Hogsmeade y la situación en la Torre de Ravenclaw era bastante agridulce. Por un lado, Cyrill estaba en una nube. Después de su desastrosa cita con Lucy habían quedado un par de veces más y las cosas entre ellos parecían ir viento en popa. En su primera cita habían salido a pasear por los jardines y habían estado hablando (o, intentándolo, porque ambos estaban tan nerviosos que a él apenas le salían las palabras y ella era incapaz de dejar de decir tonterías) y en la segunda habían subido a la Torre de Astronomía a ver las estrellas (que Lucy sabía distinguir a la perfección gracias a su padre y los Malfoy). El chico estaba decidido a besarla de una vez la próxima vez que quedaran, aunque sus piernas temblaban solo con pensarlo.
Pero, por otra parte, las cosas entre Audrey y Ethan parecían ir de mal en peor. Desde que vieron a la chica besándose con aquel alemán, la relación entre ambos era realmente tensa. Audrey todavía podía recordar a la perfección la discusión que tuvieron en cuanto la vio aparecer en la Sala Común y, aquella noche tumbada en un sofá de la Sala Común, no era capaz de dejar de pensar en ella.
- Vaya, a buenas horas. – Dijo el pelinegro nada más verla entrar.
- Ya te dije que tenía planes. – Replicó ella, enarcando una ceja. – ¿Qué mosca te ha picado?
- No lo sé, quizás que he visto cómo un tío bastante mayor te metía mano contra un árbol.
- ¿Has estado espiándome?
- No es que estuvieras escondiéndote precisamente. – Ethan puso los ojos en blanco. – ¿Quién es y, lo más importante, por qué nunca me has hablado de él?
- Lo conocí hace poco, además, tú tampoco me hablaste de Riley.
- Pero te la he presentado.
- Sí, por supuesto, cómo olvidar ese maravilloso rato que hemos pasado todos juntos.
- ¿No te ha caído bien, Dri?
- ¿Cómo no iba a hacerlo si, al parecer, es perfecta?
- Hombre, pues mejor que ese tío con el que estás liada seguro que es.
- ¿Qué sabrás tu de Michael?
- Oh, así que Michael.
- Sí y, para tu información, estudio Economía tras terminar Durmstrang y ahora está aquí administrando las propiedades de su familia. – Dijo, cruzándose de brazos. – Es un chico muy inteligente y encantador.
- Ah, ¿pero habías tenido tiempo para hablar? Creía que se había limitado a meterte la lengua en la garganta.
- ¡Ethan!
- Solo te estoy diciendo la verdad. – Se defendió. – O, al menos, eso fue lo que vi.
- Como si tú no te hubieras enrollado con la… con Riley. – Replicó la chica, cada vez más enfadada. ¿Pero quién se creía que era?
- ¿Con la qué? ¿Qué tienes que decir en contra de Riley?
- Nada, olvídalo. Lo mejor será dejar esta conversación aquí.
- Pues yo no quiero.
- Mala suerte porque yo sí.
La chica se dirigió rápidamente hacia los dormitorios femeninos mientras él se giraba para ver a sus amigos, que habían sido testigos de la discusión y no sabían qué hacer o decir. Aquello no tenía buena pinta.
Audrey suspiró. Aquellas tres semanas casi sin Ethan no estaban siendo fáciles, apenas se dirigían la palabra y él pasaba la mayoría del tiempo con Riley. No lo culpaba, era su novia, pero aún así no podía evitar odiar todo aquello. Y encima Michael pasaba de ella. No es que le importara demasiado, ella ya se había imaginado aquello antes de liarse con él, sabía perfectamente dónde se metía, pero aún así no podía evitar sentirse un poco decepcionada y traicionada. Se había esperado que, al menos, contestara la carta que le había enviado apenas unos días después de aquello. Habría sido un detalle hacerlo, especialmente porque había pasado bastante más allá de segunda base y, si no hubiera sido virgen, lo habría dejado ir aún más allá cuando la llevó a aquel local vacío y se quedaron prácticamente desnudos. Pero bueno, ya había obtenido lo que quería: su madre había firmado el contrato y ella (bastante despechada por mucho que le doliera admitirlo) le había hecho cosas que no pensaba admitir en voz alta. Ambos habían pasado un buen rato y ya está, aunque no habría estado de más contestar al menos diciéndole que también le había gustado lo que había pasado entre ellos y sugiriéndole ser mejor solo amigos. Habría sido cortés al menos.
- ¿Qué haces aquí?
Se incorporó al escuchar la voz de Ethan, que acababa de entrar a la Sala Común.
- ¿Ahora vuelves? – Le preguntó, frunciendo el ceño e ignorando su pregunta.
- No me has contestado, Dri. – Se acercó a ella y se sentó en el sofá, un poco preocupado. Sabía que la chica bajaba ahí cuando estaba preocupada, triste, nerviosa o asustada y no estaba muy seguro de cuál de aquellas emociones estaba sintiendo en ese instante. – ¿Va todo bien?
- Supongo. – Mintió.
- Venga ya, no esperes que te crea. – El chico suspiró y pasó un brazo alrededor de sus hombros, haciendo que ella suspirara, reconfortada. – ¿Qué te pasa, Dri? ¿Tiene algo con ver con ese… con Michael?
- Sí, supongo que sí. – Murmuró, con el sabor amargo de la mentira tiñéndole la boca. Si Ethan supiera que él era el principal motivo de su insomnio…
- ¿Te ha dicho algo?
- No. – Audrey sonrió levemente. – Justo ese es el problema: no me ha dicho nada. No ha vuelto a dar señales de vida, pero no quiero hablar de él.
- ¿Por qué no?
- Porque solo es un imbécil de sonrisa bonita y acento sexy con el que pasé un buen rato. Yo tampoco quería nada más, fue solo una atracción primaria, no hubo sentimientos involucrados.
- ¿Hasta dónde…?
- No tanto. – Confesó, encogiéndose de hombros. – Tercera, pero sin llegar al final. ¿Y Riley y tú?
- Solo primera, aunque cada vez está la segunda más cerca. – Respondió, sonrojándose un poco. ¿Por qué Audrey conseguía en unas horas más que él en un mes?
- Algún día caerá, sobre todo ahora que estáis saliendo…
- Sí, supongo que sí. – Ethan suspiró. Riley le gustaba mucho y sentía cosas por ella, pero aún así seguía sintiendo esa fuerte conexión con Audrey. No entendía qué le pasaba, era como si pudiera querer a las dos al mismo tiempo y eso a veces le daba un poco de miedo.
- Tiene mucha suerte. – La voz de la morena era apenas un murmullo y él tuvo que acercarse un poco para escucharla. – No todas encuentran a un chico como tú.
- Yo también he tenido mucha suerte con ella, Dri.
- Supongo. – Suspiró y cerró los ojos mientras una punzada de celos aparecía en su pecho. ¿De verdad sentiría cosas por él? Aquello era imposible además, si lo quería, ¿por qué no tenía ningún tipo de problemas para liarse con otros tíos? Seguro que todo eran imaginaciones suyas o, peor aún, que estaba así por culpa de los demás, que no paraban de insistir con aquello.
- ¿Quieres que me quede hasta que te duermas?
- ¿No estábamos peleados?
- Creo que estoy cansado de no hablar contigo, ¿no te pasa lo mismo?
- La verdad es que sí. – La chica se tumbó y apoyó la cabeza en su regazo. – ¿Fingimos que hay tormenta y me cuentas un cuento y me cantas hasta que me duerma?
Ethan lanzó una pequeña carcajada. En su primer año descubrió que a Audrey la atemorizaban las tormentas y, siempre que había una, se hacía una bolita en la Sala Común y esperaba, entre temblores, a que pasara así que él comenzó a reunirse con ella esas noches para distraerla y que pudiera dormir. Con el paso de los años, se dio cuenta de lo mucho que le costaba a la chica admitir que estaba asustada o disgustada así que las tormentas se convirtieron en su particular eufemismo. Aquel era su pequeño secreto y jamás pensaban confesárselo a nadie. Así que el chico empezó a acariciar su pelo y a contarle la historia de una princesa guerrera mientras ella cerraba los ojos y se iba quedando profundamente dormida. Aunque no pudo evitar pensar que era irónico que la única persona que pudiera calmarla, fuera la misma que había hecho que estuviera así.
- La verdad es que es un color precioso. – April, que miraba con atención las uñas de Eve, suspiró. – Es muy bonito, tu madre tiene buen gusto, ojalá la mía me enviara también pintauñas, pero ya sabéis lo que dicen siempre: "esas cosas muggles interfieren con la magia de las varitas y la debilitan". Como si yo fuera a dedicarme a eso…
- Solo quieren que sigas la tradición familiar, April. – Carina se encogió de hombros. – Eres una Ollivander al fin y al cabo, hacer varitas es algo inherente a vosotros.
- Sí, pero será mi hermano el que se quede con el negocio. – Replicó. – Lleva ya años trabajando allí y se le da genial. Yo quiero hacer otras cosas y poder pintarme las uñas cuando quiera.
- Bueno, ahora puedes hacerlo. – Eve le dio el tarro de pintura rosa. – Corre, antes de que llegue el profesor Lupin.
La chica se pintó las uñas rápidamente y sonrió al verlas. Estaban preciosas, además, ahora que podía llevarlas un poco más largas, lucían más. Pero, justo cuando le estaba devolviendo el botecito a Eve, un libro le dio en el brazo y se le cayó sobre la túnica de Carina.
- Mierda. – La pelirroja se puso de pie de un salto y se miró la ropa, que tenía una enorme mancha rosa.
- ¡Mi pintauñas! – La rubia corrió a recogerlo antes de que se derramara más y suspiró aliviada. Todavía quedaba bastante.
- ¿Quién ha sido? – Carina se giró hacia atrás, furiosa, y, cuando su mirada se encontró con la de Thomas no pudo evitar sentir cómo la furia la invadía. ¿Pero quién se creía que era riéndose? – No habrás sido tú, ¿verdad, Potter?
- Ha sido sin querer, Malfoy. – Intervino Ethan rápidamente, dedicándole una mirada de disculpa. – Estábamos haciendo el tonto, he lanzado el libro para que él lo transformara y se nos ha escapado. Disculpa.
- Pero ha sido muy divertido. – El otro chico sonrió de medio lado. – ¿Te has manchado tu túnica de diseño? ¿Vas a llorar?
- ¿Disculpa?
- Sí, ya sabes, es lo que hacéis las niñas pijas, ¿no? Llorar cuando alguien os mancha.
- Corta el rollo, Potter. Se lo pienso decir a Remus en cuanto entre.
- Encima de malcriada y repelente, chivata. – Replicó él, negando con la cabeza, pero todavía con aquella sonrisa que tanto la estaba sacando de quicio dibujada en sus labios.
- Serás… - Sacó su varita, pero no pudo hacer nada ya que Eve y April la agarraron de ambos brazos.
- ¿Qué? Anda, vuelve a tu sitio y déjate de tonterías. No eres capaz de hacer nada más que llorar y quejarte. Niña consentida y malcriada…
Aquello fue más de lo que Carina pudo soportar. Con un movimiento rápido, se libró del agarre de sus dos amigas y le lanzó un desmaius que él pudo esquivar por muy poco. Sacó su varita también y le lanzó un hechizo que ella paró con un sencillo protego. Se miraron el uno al otro y volvieron a atacarse, haciendo que sus hechizos chocaran. Se pusieron de pie en sus respectivos pupitres mientras el resto de sus compañeros los miraban sin saber qué hacer y siguieron con aquel improvisado duelo hasta que, de repente, una fuerza sobrenatural los elevó en el aire.
- ¡¿Se puede saber qué estáis haciendo?! – Remus estaba furioso y los miraba sin ser capaz de creerse que realmente estuvieran luchando en mitad de su aula. – ¡Esto está terminantemente prohibido!
- ¡Ha empezado él! – Lo acusó Carina.
- ¡Y tú lo has seguido! – El profesor negó con la cabeza. – Se acabó. Estoy harto de vuestras tonterías, ya os dije que la próxima vez que os viera peleando, no os libraríais. Estáis los dos castigados, tendréis que limpiar todas las aulas del castillo los sábados por la noche, empezando por el aula de Pociones este próximo sábado.
- ¿Qué? – Thomas negó con la cabeza. – ¡No es justo! Fue un accidente, yo no quería hacer nada, pero es que ella se lo toma todo a la tremenda, es una malcriada.
- ¡Ya basta!
- Pero, Remus…
- Pero nada. – Los cortó a ambos. – Voy a escribir a vuestros padres en cuanto acabe la clase. No voy a consentir este comportamiento ni un minuto más así que espero que estos castigos os sirvan para hacer las paces de una vez o, al menos, para aprender a convivir juntos si no queréis que vuestro último año se convierta en un infierno.
- No puedes amenazarnos así. – La pelirroja lo miró con los ojos muy abiertos.
- No me pongáis a prueba. – El chico negó con la cabeza. – No sería la primera vez que un Potter y una Malfoy han intentado quedar por encima de mí y han acabado casi expulsados o, si no, preguntadle a Leah y Lyra.
- Profesor, la verdad es que realmente ha sido un accidente, nosotros…
- ¿Quiere acabar también castigado, señor Mosby? Porque, si es así, no tendré ningún problema en ponerlo a limpiar a usted también.
- Pero, profesor, la cuestión es…
- ¿Usted también, señorita Mcmillan? Creo que, como Delegada, no debería tratar de impedir que un profesor ejerza su autoridad por muy amiga que sea de la castigada.
Los dos chicos suspiraron y asintieron antes de dedicarles miradas de disculpa a sus amigos, que se encogieron de hombro.
- Y ahora, por favor, vuelvan a sus sitios, a no ser que hayan resultado heridos.
- No, yo estoy bien, no me ha dado. – Murmuró Carina.
- Yo también.
- Bien, pues siéntense para que podamos comenzar esta clase de una vez. – Remus se dirigió hacia su mesa y soltó sus cosas. – Todos tienen ya una edad, no son críos así que más les vale empezar a comportarse como tales. Espero que el castigo del señor Potter y la señorita Malfoy les sirva de advertencia a todos.
