Un capítulo más de esta historia llena de drama, confusión y "amor"

Que lo disfruten.


Capítulo 12

Saga hizo lo que pudo por parecer absorto en lo que decía la supermodelo pero su atención la acaparaba Camus, que estaba sentado con Shaka y sus amigos y los buceadores. También observó, no sin alivio, que Unity estaba muy ocupado con Asmita encaramada a su regazo.

Dado que era la última noche para varios invitados, incluyendo al grupo de amigos y al de buceadores, el deber de Saga era socializar y alternar con sus clientes antes de irse a cenar con Camus. Pero lo que quería hacer en realidad era encerrarse en su casa con él, como ya había hecho varias veces en la última semana.

Lo cual era una locura, teniendo en cuenta que también estaba pasando varias horas al día con él en la oficina para trabajar en la organización de la boda. Descubrió que después de terminar el trabajo del día, la idea de llevar a Camus a uno de los tres restaurantes del complejo tenía muy poco atractivo para él. La mayor parte de las noches lo que le apetecía era pedirle algo al servicio de habitaciones y pasar la velada viendo las películas favoritas de los dos y haciendo el amor.

Esa misma tarde Camus había trasladado todas sus cosas a la casa de él para que su quinta pudieran ocuparla a la mañana siguiente varios invitados de la boda. Saga se había plantado allí, a verle deshacer las maletas y guardar su ropa en los cajones, junto a la de Saga, y a ver cómo colocaba su cuchilla con cuidado en el borde de la ducha. Todo aquello debería haberlo hecho sentir una intensa sensación claustrofóbica pero en lugar de eso, se sentía extrañamente satisfecho.

Aquello se le estaba yendo de las manos. Se estaban haciendo realidad todos sus recelos sobre una posible relación con Camus. Siempre había sido él único chico que no había podido olvidar, él chico bueno, dulce y sexy que lo había vuelto loco. Le había puesto en un pedestal y se había obligado a no tocarle jamás, temeroso de que un solo beso, una caricia, nunca fuera bastante.

Mierda, cómo odiaba tener razón. Cuando Camus había llegado a Eliseos, Saga se había convencido de que aquel chico había cambiado con los años. Que el jovencito dulce, divertido y sorprendentemente inteligente por él que había perdido en secreto la chaveta en la universidad ya no existía, si es que alguna vez lo había hecho. Ese chico jamás se hubiera casado con Milo. Ni tampoco hubiera utilizado a Saga para echar un polvo y vengarse de su marido en su noche de bodas. Saga comprendió que se había engañado de forma deliberada al pensar que podía mantenerse a distancia y darle lo que querían los dos: una aventura sin compromisos que satisficiera el gusto de ambos por lo prohibido.

Menudo idiota. Desde el momento en que le había visto en la cena de gala familiar, antes de su boda, y había tenido aquella extraña sensación, como si se precipitara, sin control por un acantilado, había sabido que más le valía no acercarse o se arriesgaría a salir chamuscado. Bueno, pues estaba bien jodido, a lo grande. Porque en el poco tiempo que Camus había pasado con él, le había demostrado a Saga que era todo lo que él había creado en su mente, y mucho más. Trabajaba cada día a su lado y con cada día iba cayendo más y más bajo en el embrujo de Camus. No le costaba nada imaginárselo allí, en su vida. Convertido en su compañero, en su amante.

Le observó al otro lado del bar atestado y sintió un nudo en el pecho cuando Camus le sonrió a otro huésped. En los últimos dos días había sentido la tentación más de una vez de pedirle que se quedara. A la mierda con la vuelta a casa, a la mierda con su vida en Athenas. Podía quedarse allí, con él, y ver a dónde iba aquello. Pero a pesar de la asombrosa conexión que había entre los dos, Saga no sabía en realidad a qué atenerse. Era obvio que a Camus le gustaba, y que le gustaba estar con él, y a Saga no le cabía duda de que él joven disfrutaba del sexo.

Pero no era idiota. Sabía que una gran parte de la razón que le había llevado allí había sido poder escapar del caos que tenía en casa, y que había prolongado su estancia para evitar eso mismo. Pero a la hora de la verdad, Camus no estaba listo (si llegaba a estarlo alguna vez) para darle la espalda a su familia y comenzar una nueva vida con él.

—Estamos deseando volver con Shaina y su novio, pero tienes que prometer que no se lo vas a filtrar a la prensa —le decía Geist.

—Por supuesto —respondió Saga mientras intentaba obligarse a centrarse en la conversación y no en la ambigua relación que mantenía con Camus—. Aquí somos famosos por nuestra discreción.

—¿Discreción? Supongo que eso solo se aplica a tus huéspedes y no a ti mismo.

Saga se giró al oír la voz. Tenía a Defteros tan cerca que cuando se dio la vuelta, no pudo evitar rozarle su amplio pecho. Y solo por si Saga no había notaba la profunda abertura que llevaba con la camisa desabotonada, sin mangas, Defteros levanto los brazos con sutileza contra los costados hasta que la camisa amenazara con abrirse por completo.

En otras circunstancias, Saga habría agradecido la generosa exhibición de carne pero el caso fue que le resultó desconcertantemente fácil centrarse en el rostro de Defteros cuando le contestó.

—No sé muy bien a qué te refieres.

—A ti y a Camus —respondió Defteros al tiempo que sustituía la sonrisa coqueta por un puchero huraño—. A cómo le vas metiendo mano por las esquinas; estoy seguro de que a la prensa le encantaría saber cómo ha pasado él chico de un hermano a otro.

Saga se puso tenso.

—No sé cómo lo iban a averiguar —dijo con tono de advertencia.

—A mí no me mires. —Defteros adoptó una expresión inocente—. No me hace falta darle a la prensa más razones para molestarme.

Saga, que era muy consciente de la reputación de aquel hombre, bufó.

—Serías capaz de ir al estreno de una camiseta si creyeras que va a haber paparazzi.

La sonrisa del joven se tensó en las comisuras y sus ojos cafes adoptaron un matiz duro como una piedra.

—En cualquier caso, a mí no me hace falta competir por un espacio en la prensa —dijo con una mirada desdeñosa hacia Camus—. Tampoco es que tenga mucho de lo que preocuparme. —Pasó los dedos con ademán seductor por el antebrazo de Saga—. Escucha, cuando Don Niño Bueno se vaya a casa, si te hace falta un hombre de verdad, dame un toque. El jet de papá está preparado las veinticuatro horas del día.

Saga contuvo el impulso de limpiarse el sitio donde lo había acariciado Defteros pero antes de que pudiera responder, sintió una presencia cálida y familiar tras él. Camus. Ni siquiera tenía que darse la vuelta para saber que estaba allí. Podía oler su perfume suave, a brisa marina, y el aroma limpio de su champú.

Se giró, aliviado, le rodeó le cintura con un brazo y le atrajo en un abrazo ceñido.

—Eh, Cielo. —Después se inclinó sobre él y le dio un jugoso beso en la boca.

La expresión de su chico se suavizó pero también le lanzó una mirada recelosa a Defteros, que parecía resuelto a fingir que Camus no existía.

—Todo el mundo va hacia el restaurante —le dijo Camus a Defteros con una gran sonrisa—. Shaka quería que te lo dijera.

Defteros le lanzó a Saga una última y seductora mirada antes de dar la vuelta y alejarse con un pavoneo.

—Un hombre a la que no voy a echar de menos —dijo Camus con fiereza.

Saga lanzó una risita.

—Parece que nos sentimos un poco territoriales, ¿eh?

—¿Tienes algún problema con eso? —Camus alzó la barbilla, retador.

—Desde luego que no —sonrió el empresario al tiempo que le cogía esa barbilla testaruda. Y el caso era que no le importaba, lo que daba un poco de miedo. Por lo general, cuando un hombre empezaba a dar muestras de celos, Saga pensaba que era hora de poner distancia entre los dos—. Me gusta que te pongas celoso. —Bien —susurró Camus y se alzó un poco para besarlo en el cuello, en el sitio exacto que garantizaba que la polla de Saga se pusiera en posición de firmes. Al mismo tiempo le metió algo en la mano.

—¿Qué es esto? —consiguió decir él.

—Solo un recordatorio.

Saga sintió que se le ponía incluso más dura cuando bajó la cabeza y vio el paquetito de condón que tenía en el puño. Camus le había sorprendido. El empaque color plata con letras rojas, un condón dado por Camus. Gimió al tiempo que sonreía. Ni en un millón de años se habría imaginado a Camus Dumont dándole un condón en medio de un restaurante. Era otro de los sorprendentes lados del joven que Saga adoraba: él hombre asombroso, sensual y sexualmente seguro de sí mismo que había cobrado vida en su cama. Recordó la primera vez que lo habían hecho, solo unas semanas atrás, pero tuvo la sensación de que habían pasado años. Saga se había preocupado mucho aquella noche, y se había contenido para no asustarle con toda la fuerza del deseo que sentía por él.

Pero desde la noche que había empezado en la playa y había terminado en su cama, Camus se había deshecho de todas sus inhibiciones. Saga le había dado rienda suelta a su lujuria porque sabía que Camus podía asumirlo todo y devolverle incluso más. Para gran regocijo de Saga, había descubierto que detrás de que aquellos ojos grandes e inocentes se ocultaba una mente muy sucia.

—¿Un recordatorio? —preguntó mientras sus ojos examinaban el bar en busca de la ruta de escape más rápida. A la mierda con lo de alternar con los clientes. Tenía que meter a Camus en algún sitio más privado antes de hacerse daño, o hacerle daño a alguien, con la inmensa erección que lucía de repente.

—Un recordatorio de lo que te espera. —Camus se echó a reír y arrastró los dedos por el antebrazo del mayor en una clara burla de la caricia de Defteros. Pero en lugar de repugnarle como le había ocurrido con él otro chico, el roce suave de Camus envió esquirlas calientes a todas sus terminaciones nerviosas. Saga le deslizó la mano por la espalda, hasta la cintura, y le dio a la voluptuosa curva un buen apretón mientras le atraía hacia él con más firmeza.

—Te veo en la cena —susurró Camus al tiempo que se deslizaba de entre sus brazos. Otro beso suave en el cuello y él joven había desaparecido.

Dejándolo solo y dolorido mientras intentaba dominar su erección. Giró el cuerpo hacia la barra con la esperanza de que nadie notara que los pantalones cortos le quedaban antinaturalmente ceñidos en el trasero.

Camus se metió en el reservado junto a Aiacos con una sonrisita satisfecha. Misión cumplida, y con no poca finura, aunque estuviera mal que lo dijera é. A Camus siempre se le habían dado bien las negociaciones. Nunca perdía la calma ni permitía que la situación se hiciera hostil. ¿Quién habría pensado que sus habilidades le vendrían tan bien en el mundo de las citas?

Defteros le lanzaba miradas asesinas pero Camus se limitaba a responderle con una sonrisa serena. La cara que había puesto Saga cuando le había dado el condón… Aunque solo fuera eso, era agradable saber que la atención de su amante no estaba decayendo. Le producía un cosquilleo de emoción nada razonable saber que él, que hasta hacía muy poco tenía una vida sexual francamente normalita, era capaz de poner de rodillas a todo un atleta sexual como Saga.

Se excusó para ir al baño mientras los demás esperaban los aperitivos.

Acababa de terminar y estaba en la puerta cuando esta se abrió de golpe y le envió tropezando y sorprendido al pasillo. Antes de poder reaccionar, un par de grandes manos bronceadas le volvían a meter de un empujón en el baño.

—¿Pero qué estás…?

Saga le miró desde su altura con una sonrisa que era decididamente animal.

—¿Crees que me puedes dar el condón y marcharte tan contento? —Le arrinconó hasta que le tuvo sentado en el mostrador que había junto a los lavabos—. Tienes que aprender a no jugar con fuego, Cielo.

—¿Y si entra alguien? ¿No tienes clientes de los que ocuparte? —tartamudeó Camus, Pero después se quedó callado cuando la expresión de los ojos de Saga le hizo mojarse en ese mismo instante.

—Tienes razón, será mejor que bloqueemos la puerta.

Con un movimiento tan rápido que a Camus le dio vueltas la cabeza, Saga lo bajó del mostrador y le apoyó en la puerta. Después le bajo el pantalón hasta las rodillas mientras él le desabrochaba a toda prisa los pantalones cortos y se los bajaba por las caderas.

—Me vuelves loco —gimió Saga contra el cuello del menor, después se estremeció de dicha cuando él joven le rodeó la erección con los dedos—. Pienso en ti, desnudo y mojado —deslizó dos dedos por la hendidura de Camus como si quisiera demostrar su argumento— y se me olvida todo.

Le soltó de repente y le tomo el bolso con un gruñido de satisfacción cuando encontró un condón. A los pocos segundos se lo había puesto. Dobló las rodillas, levantó a Camus todavía apoyado en la puerta del baño, y lo penetró con fuerza.

—Eres un niño muy malo, mira que darme el condón así. —Después le mordió el hombro desnudo.

Camus ahogó sus gemidos en el hombro de Saga y le rodeó la cintura con las manos. Una gota de sudor rodó por las mejillas encendidas del empresario.

—En lo único que puedo pensar es en ti, en hacer que te corras —gruñó Saga—. Por ti me olvido de todo, salvo en meterme dentro de ti, hasta el fondo y con tanta fuerza como pueda.

Las palabras de Saga, combinadas con la impresión de sentirlo tan duro y pesado en su interior, fueron suficientes para que Camus cayera disparado por el abismo. Las manos del mayor le apretaban el trasero en una presa que debería haberle dolido pero Camus se aferró a él sin poder contenerse mientras él seguía martilleándole con las caderas. Después, Saga se apoderó de su lengua y ahogó su propio gemido cuando se corrió con tal intensidad que se le doblaron las rodillas.

—Creo que si no tenemos cuidado, nos vamos a matar —murmuró Saga mientras hacía lo que podía por recuperar la compostura.

Justo entonces se oyeron unas voces junto a la puerta. Camus gruñó cuando la puerta se abrió un par de centímetros, solo para que la bloqueara su nuca.

—Solo un segundo —rezongó Saga.

Camus no pudo evitar lanzar una risita cuando vio el reflejo de los dos en el espejo. Dejando aparte que él tenía la camisa por las axilas y Saga los pantalones cortos por los tobillos, dejando aparte la ropa desaliñada, era obvio lo que había estado pasando en aquel baño.

La cara de Camus estaba ruborizada con un intenso color rosado y llevaba el pelo pegado a las mejillas en mechones sudorosos. Además tenía la piel alrededor de la boca irritada por el rastro de barba de Saga, Camus levantó la cabeza y miró a Saga, que se apoyaba con las dos manos en la pared. El sudor le corría por la cara y estaba jadeando como si acabara de correr los cien metros planos.

—Esto no va crear muy buena impresión —murmuró él con una risita reticente.

Camus le rodeó el cuello con los brazos y le dio un rápido beso en la barbilla.

—Bobadas. Eliseos tiene fama de ser un sitio muy sexy. ¿Qué tiene de malo que el propietario aproveche la coyuntura?

—Sexy es una cosa. Guarro, otra.

Camus le dio un manotazo en el hombro haciéndose el ofendido.

—Solo porque tenga relaciones sexuales en un baño público no significa que sea un guarro. —Por lo menos Camus prefería pensar que no lo era.

—Tú jamás podrías ser un guarro —dijo Saga mientras se apartaba un poco de él para poder subirse los pantalones—. Tienes demasiada clase.

—Pero sexy con clase, ¿no? ¿No es que sea uno de esos estirados con clase? —El tono de Camus era ligero pero estaba un poco preocupado. Había hecho todo lo que había podido durante la última semana para demostrarle a Saga que era algo más que un princesito bueno y malcriado, y le parecía que había hecho algún progreso.

—Con clase y muy, pero que muy sexy, definitivamente —le tranquilizó él mientras la ayudaba a estirarse la camisa—. Tan sexy que si no salimos de aquí pronto, él que esté esperando fuera va a terminar en el lavabo de caballeros.

Para cuando se reunieron con el grupo para cenar, Saga sentía esa clase de relajación que solo se obtiene de una inmensa satisfacción sexual. Pero, por asombroso que pareciera, bastaba con que Camus le rozara el muslo con la mano para que su verga cobrara vida, esperanzada. Por fortuna, el mantel ocultaba todo lo que le pasaba de la cintura para abajo y Saga aprovechó la circunstancia para deslizar la mano por la pierna bien tonificada de Camus, sobre la tela sedosa del pantalón, para poder sentir el calor húmedo y suave que provocaba en él joven, completamente desnudo bajo sus caricias.

Defteros les lanzó una mirada asesina, como si supiera con exactitud lo que había pasado entre la visita de Camus al baño y su regreso con Saga del brazo. Saga le respondió con una sonrisa engreída. Un hombre de verdad, se había llamado Defteros. No tenía ni idea del dios del sexo que se ocultaba bajo la imagen de niño bueno que Camus cultivaba con tanto esmero. No podía creer que le hubiera llevado tanto tiempo averiguarlo.

Y no podía creer que le quedara tan poco tiempo para disfrutarlo.

Se le hizo un nudo en el estómago y el exquisito mahi-mahi a la parrilla que estaba masticando de repente le supo a tierra. Bajó la mano un poco y la dejó en la rodilla de Camus.

—Bueno, Camus, ¿y cuándo vuelves tú a casa? —le preguntó Asmita, como si leyera los pensamientos de Saga.

—El próximo sábado —dijo Camus. A Saga lo animó un poco ver que al menos parecía un poco triste.

—Tienes que llamarme en cuanto vuelvas a Athenas —dijo Shaka—. Puedes venir a visitarme a la bodega. Y, por supuesto, tienes que venir a mi boda el mes que viene.

—Es muy amable por tu parte —dijo Camus.

—Saga, ¿quizá puedas ir tú también con él?

La sonrisa huyó de la cara de Camus y Saga se encontró esperando en tensión la respuesta de su chico.

—Estoy seguro de que Saga tiene mucho que hacer aquí —dijo Camus con tono despreocupado, como si aquello fuera una idea ridícula.

—Por desgracia, estamos al completo. No podría dejar a Rada en la estacada así como así —contestó Saga, que actuaba como si no sintiera la tentación de seguirle hasta Athenas como un tonto y penoso cachorrito abandonado.

—Además —dijo Defteros con desdén—, tampoco es que Camus pueda pasear a su nuevo amante por el club de campo sin que las cotorras de la alta sociedad se lancen como poseidas para hacer sus cotilleos.

Aunque el comentario pretendía ser burlón, Saga no pudo negar que Defteros había dado justo en el clavo. Con su pericia sexual recién hallada o sin ella, Camus no era de los que hacía alarde abiertamente de la aventura que estaba teniendo con el hermano de su marido.

Camus se recostó en el respaldo de su silla y clavó en Defteros una mirada gélida.

—Tiene que ser muy triste —dijo Camus— saber que la única forma de conseguir llamar la atención es que te conozcan como la arpía más grande del mundo, y que has llevado esa necesidad de atención tan lejos que ya ni siquiera les caes bien a tus propios amigos.

Una gran carcajada estalló entre los labios de Sorrento, seguida de inmediato por la risita ahogada de Asmita. Defteros ahogó un grito de indignación y miró a Shaka en busca de apoyo pero este evitó sus ojos al tiempo que sacudía poco a poco la cabeza y se ruborizaba.

—Es que te pasas, Deft y ya no tiene gracia. —dijo Sorre.

Defteros se levantó y los miró furioso a todos y cada uno. Pero a través de la arrogancia y la indignación, Saga vio unos vestigios de vulnerabilidad. Por un momento creyó vislumbrar a un niño pequeño que gritaba, para que alguien, quien fuera, le prestara atención y durante esa fracción de segundo sintió lástima por él. Pero él niño quedó oculto de inmediato por una sonrisita engreída de superioridad.

—Puede que sea un zorro, pero nadie se olvida jamás de mi nombre. —Después se fue con paso colérico y agitando su espesa melena.

—Bien hecho —dijo Sorre, que alzó una copa para brindar por Camus—. Es agradable ver que él gatito dulce y bien educado también sabe sacar las uñas.

Todos los demás siguieron su ejemplo y brindaron por Camus, por enfrentarse a uno de los zorros más grandes del universo conocido. En las pocas semanas transcurridas desde que habían vuelto a verse, aquel hombre divertido, sexy y sorprendentemente duro había dejado pasmado a Saga a cada momento, y se preguntó una vez más cómo diablos iba a arreglárselas para dejarlo marchar.