CAPÍTULO 14
Aunque hubiese sido el día más gris y lluvioso de la historia, para Caroline era el día más hermoso de toda su vida. No sólo se había reconciliado con Klaus sino que su madre parecía dispuesta a darles su bendición y Elijah había ha comenzado a variar su opinión con respecto a su relación. Entendía a la perfección el recelo de Klaus. El cambio de actitud de su hermano resultaba cuanto menos sorprendente y ni ella, que se jactaba de conocerlo bien, podía encontrar una explicación. Sin embargo, y tal y como le había dicho el día anterior a la Marquesa, lo importante era que aceptase a Klaus, aunque tampoco podía engañarse. El rencor hacia Esther estaba más que justificado, y más habiendo sido su propia mano la que causara la muerte de los padres de Elena. Elijah jamás la aceptaría y, a lo máximo que podía aspirar Caroline era a que su hermano se mostrase fríamente educado ante ella. A pesar de todo, no podía reprochárselo, y más sabiendo de su amor por Elena, aunque él lo negara y se hubiera casado con aquella desagradable mujer que ahora la miraba con sonrisa maliciosa conforme se acercaba Caroline a la mesa.
-Se te ve contenta esta mañana -apuntó con declarada intención.
Bien sabía Caroline que Hayley estaba molesta por lo ocurrido con el Capitán Tyler y, en cierto modo, eso la llenó de culposo regocijo.
-He dormido muy bien, gracias -le sonrió con fingida gratitud tras besar la mejilla de su hermano, quien le sonrió.
-Seguro -masculló ella por lo bajo.
Por supuesto que Caroline había dormido bien, como nunca en mucho tiempo. Disfrutar de la dicha del amor de un hombre tan maravilloso como Klaus era el mejor bálsamo para conciliar el sueño, sobre todo si éste se veía inundado de él, aunque eso no era de la incumbencia de su cuñada ¿verdad?
Le entrada de Jenna con una bandejita de plata en sus manos en la que descansaba un sobre la hizo abandonar sus pensamientos. Elijah la tomó con cierta desgana y la leyó.
-Habrá otra recepción en el palacio de la Condesa Camille -les anunció Elijah a lo que Caroline respondió con un mohín de disgusto.
-Pues siento decirte que parece que la Condesa quiere darlo en tu honor, Caroline -añadió Hayley quien revisaba la invitación que le había arrebatado de las manos a su esposo.
-¿En mi honor? -esgrimió una mueca de horror. Elijah no pudo evitar lanzar una carcajada, al igual que Jenna, quien la disimuló con su mano.
-¿Y por qué no? -alegó Hayley con sorna -¿No estamos todos embrujados por tu fascinación, querida?
El rostro de Elijah se tornó serio, lanzándole una mirada de advertencia a su esposa, no habiéndole pasado inadvertido la mala intención de su comentario.
-Seguramente querrá que narres tu aventura con El Gavilán -agregó pasando por alto la desaprobación de su esposo.
-Puedes reservarme todos los bailes si eso te hace sentir más confianza -le guiñó un ojo su hermano. Caroline agradeció el gesto. Elijah la conocía bien y sabía que su apoyo le infundiría ánimos para soportar ese tipo de eventos que ella tanto detestaba.
-Querido, creía que tú tampoco eras aficionado a este tipo de acontecimientos -se sorprendió Hayley de su tan buena disposición. -Ni siquiera has dudado un segundo en aceptar la invitación.
-No veo la necesidad de desairar a Camille -le quitó Elijah importancia al asunto. Aunque había una muy buena razón para asistir aquel palacio y que únicamente su corazón conocía. Elena se hospedaba allí, podría verla, aunque fuera un instante, y eso bien valía el tener que soportar toda una noche de cuchicheos o falsas alabanzas en busca de favores, como solían resultar aquellas reuniones. Entre la aristocracia piamontesa Elijah contaba con muy pocos amigos, Jeremy era el único en el que podía confiar plenamente y toda aquella hipocresía y frivolidad que se respiraba en el aire le desagradaba. Por eso él tampoco era dado a asistir a aquellas fiestas, mas, esa noche, habría un buen motivo para sacrificar su tranquilidad.
-Entonces voy a mi recámara a elegir un buen vestido para la ocasión -se levantó Hayley de la mesa. Ni en su voz ni en su rostro se podía ocultar la emoción ante aquella invitación ¿Qué acababa de concluir Elijah acerca de la frivolidad?
-Jenna, partiremos hacia Turín después del almuerzo -le informó. -No creo que regresemos hasta bien entrada la noche así que pueden tomaros el resto del día libre.
-Gracias, Señor Conde -se inclinó ella con seriedad.
-De verdad, Jenna -rezongó él incómodo. -Cuando te diriges a mí con tanto protocolo... -emitió un bufido de disconformidad.
Entonces Jenna se inclinó sobre él y, tomando una de sus mejillas, estampó un sonoro beso sobre la otra, haciendo a ambos hermanos reír.
-Eso me gusta más -concluyó él con ojos brillantes. -Me aterra parecer un tirano.
-Nada más lejos de la realidad -negó ella con la cabeza. -Nuestro respeto hacia los Forbes proviene del cariño, no del temor.
-Me alegra oír eso -le sonrió Elijah.
-Si no necesitan nada más me retiro -les anunció. -Le diré a Rose que deje preparado algo de cena en caso que vuelvan antes.
-Gracias -exclamó Elijah un momento antes de que desapareciera por la puerta.
-Tú también te has levantado con buen ánimo -apuntó Caroline con sonrisa traviesa.
Elijah desvió su mirada hacia la taza que tenía enfrente, como si, de repente, fuera de lo más interesante. Podría jurar que había enrojecido cual jovencita y resopló disgustado, cosa que a su hermana le resultó de lo más gracioso.
-Elijah, no puedes ignorar el hecho de que tu comportamiento y tu ánimo han cambiado mucho estos días -otorgó más seria ahora. -No es que me preocupe en absoluto, al contrario, pero si me dolería que no confiaras en mí.
Elijah pasó saliva. Por supuesto que confiaba en su hermana y no temía que traicionase su secreto, sino que no lo comprendiera.
Como si Caroline hubiera leído su pensamiento, tomó su taza y se sentó a su lado.
-No te juzgaré -le aseguró apretando su mano. -Es Elena ¿cierto? -agregó de súbito ante la expresión pensativa de su hermano y que se llenó de sorpresa al instante.
-¿Tan... tan obvio es? -preguntó con cierto temor.
-He tentado al azar y he tenido suerte -sacudió ella la cabeza negando. -Por cierto, me apenó no poder despedirme de ella.
-Esta noche podrás resarcirte -esbozó media sonrisa.
-Bueno, no me cambies de tema -palmeó su mano. -¿Qué ha pasado con Elena?
El rostro de Elijah se endureció mientras tomaba aire.
-Pasa que no amamos -admitió cabizbajo.
-¿Y eso te avergüenza?
Elijah levantó su rostro sorprendido. Esperaba que su hermana se escandalizara por su actitud, que lo censurara y sin embargo le reprochaba su propia censura.
-Caroline... ambos estamos casados -le recordó con pesar.
-Sin duda con la persona equivocada -apostilló ceñuda.
-Te juro que no sé qué hacer -suspiró.
Caroline posó su mano en su hombro, con gesto comprensivo. En los tiempos que corrían un divorcio estaba casi peor visto que un romance fuera del matrimonio. Y, aunque no fuera santo de su devoción, sabía que su hermano no querría repudiar así a Hayley. A no ser que Elena...
-¿Elena te ha puesto alguna condición? -se atrevió a preguntar, aún sabiendo que aquello no sería propio de ella.
-Ni siquiera hemos hablado del tema -negó él. -Caroline, sé que tengo una responsabilidad con Hayley, es mi esposa pero quiero estar con Elena, siempre.
Elijah suspiró profundamente mientras posaba una mano en su mejilla.
-Te comprendo tan bien, hermanita, pero Esther...
-No hablemos de ella -tal vez debería decirle que Esther consentía, pero sería más fácil que él comprendiera ese hecho si primero aceptaba a Klaus. -¿Hablarías con él?
-Imagino que también estará invitado a la recepción -se encogió de hombros con simulado desinterés.
Caroline, imitando lo que hiciera Jenna hacía unos momentos, depositó un sonoro beso en el rostro de su hermano.
-Parece que hoy todas las mujeres que se me acercan sienten deseos de besarme -bromeó entre carcajadas.
-Pues seguro que el beso que tú más deseas se te concede esta noche -le susurró divertida al oído. -Voy a ver a Klaus y a contarle que quieres hablar con él -añadió levantándose de la mesa.
Elijah la observó alejarse mientras se disipaba su sonrisa. Esther no era un asunto a obviar, jamás permitiría que Caroline se casase con su hijo. De esa mujer cabía esperar lo peor, pero Elijah se aseguraría de que no le hiciera daño.
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-Tenía pensado ir al arroyo a la hora de siempre -extendió Klaus los brazos para recibirla. Cuando Marcel le había informado de que Caroline lo esperaba en los jardines apenas había podido creerlo.
-Tengo algo que contarte y no podía esperar pero nos encontramos luego si quieres.
Frunciendo los labios hizo ademán de separarse de él, pero Klaus la atrajo hacia su pecho, hacia sus labios, acallando su queja con un beso cálido e impaciente.
-Tontita -suspiró sobre su boca. -¿Aún no sabes que las horas lejos de ti se me hacen eternas?
Las mejillas sonrosadas de Caroline respondieron por ella y Klaus esbozó una sonrisa, era tan encantador su rubor.
-¿Qué es lo que me quieres contar tan urgente? -desvió el tema.
-Ah, sí -se separó de él para rebuscar en su bolsito de mano. -Antes que nada, y no me preguntes porqué, Jenna me ha pedido que le entregues esto a Alaric -le ofreció una nota. -Cuando le he preguntado me ha dado la impresión de que tienen un romance pero ella ha evadido mi interrogatorio diciéndome que en otra ocasión me contaba.
-Es que sí tienen un romance -alegó él divertido. -¿Te sorprende? -le cuestionó al ver su expresión.
-Bueno, sí -titubeó ella. -Ni siquiera sabía que se conocían.
-Pues hace bastante tiempo, en realidad.
La joven seguía sin comprender.
-Caroline, ¿Por casualidad no te diste cuenta que entre la gente de El Gavilán había una mujer? -habló Klaus en apenas un susurro.
Caroline necesito sólo un segundo para entender.
-Y él también -confirmó Klaus a sus sospechas. -Caroline no la juzgues duramente -le pidió en vista de su mutismo.
-No, claro que no -parpadeó deshaciendo su expresión de perplejidad.
-Cada uno de los que se ha unido a mi causa se han visto movidos a hacerlo por algún motivo -la excusó.
-En su caso dos -se lamentó Caroline. -Me alegro por ella -señaló la nota.
-Yo por los dos -bromeó rompiendo la tensa atmósfera. -¿Y era eso todo lo que querías decirme y que no podía esperar? -levantó las cejas haciéndose el interesante.
-¿Has recibido la invitación de la Condesa Camille? -le preguntó sonriente.
-Sí, pero no he querido aceptar hasta saber si tú asistirías -reconoció.
-Asistiré con Hayley y Elijah -sonrió complacida por su gesto. -Mi hermano me ha dicho que está dispuesto a hablar contigo.
-¿De verdad? -mostró cierta incredulidad.
-Tan solo tiene miedo de que tu madre se oponga.
-Pero...
-No le he dicho que conversé con ella -le aclaró.
-¿Por qué? -quiso saber él.
-Es mejor que primero aclare las cosas contigo, que acepte nuestra relación -le explicó.
El muchacho la miró contrariado, aquel rencor injustificado y desmedido por parte de Elijah...
-Confía en mí, Klaus -insistió Caroline. -Es mejor que no lo sepa, al menos por ahora.
Klaus asintió, aunque a regañadientes.
-¿Vendrás? -tomó su rostro entre sus manos haciendo que la mirara.
-Si me reservas un baile -bromeó. -No, mejor dos.
-¡Klaus! -golpeó su hombro como reproche.
-Claro que iré -la rodeó con sus brazos concluyendo así su arrebato. -Espérame en la sala de música de la Condesa y después hablaremos con tu hermano. No podré saludarte como es debido frente a él.
-¿Y en qué forma tienes pensado hacerlo para que Elijah no pueda ser testigo? -trató de seguir su juego aunque su sonrojo pronto la delató.
-Mejor te hago una demostración -susurró sobre sus labios, tras lo que acortó la poca distancia que le separaba de ellos, uniendo sus bocas en un beso lleno de necesidad, tan insuficientes ya los momentos que pasaban juntos. Pronto, se decía Klaus. Pronto sería suya y para siempre.
-La Condesita ya se ha marchado, Señora Marquesa y el joven Señor se ha retirado a la biblioteca -le informaba Marcel.
-Habrás visto -retorcía Esther un pañuelo entre sus manos. -Semejante desfachatez, presentarse en la casa de un hombre con tal descaro, pretendiendo engatusar a mi hijo.
La cama al completo se agitó con sus ademanes.
-Si la tengo en mis manos, la mato -escupió con ira.
-Por favor, Marquesa, su salud -se inquietó su siervo. -Le lo ruego, se calme.
-Por mi salud no hay necesidad de preocuparse -agitó su mano para que se alejara de ella. -Esa maldita abandonará este mundo antes que yo, lo juro. Elijah ha resultado más débil de lo que creía.
-Pretende encontrarse con el joven Señor en la fiesta -le comunicó con cierto temor.
Esther meditó unos segundos.
-¿Dónde está Alaric? -preguntó de súbito.
-Ha partido hacia el pueblo, Señora Marquesa. Parece que tiene una mujer allí -agregó con cierto desdén.
-Bendito sea -sonrió ella con malicia. -Roguemos porque lo entretenga unas cuantas horas.
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Alaric azuzó su caballo con cierto nerviosismo. Sentía arder contra su piel la nota de Jenna en su bolsillo. Dios, si parecía un adolescente en la primera cita, con la inquietud propia de la juventud. No es que él fuera un imberbe en cuestión de mujeres, tampoco un gran experimentado, pero toda esa experiencia, ya fuera mucha o poca se iba al traste en lo que a Jenna se refería.
Aún recordaba el primer día que la vio, llegó junto con Marcel, ambos reclamando justicia; Marcel por un hermano perdido a manos de los franceses y ella, a causa también de su hermano y de su esposo. Aunque cada vez que alzaba la voz proclamando al cielo el porqué de su lucha, siempre lo hacía en aras de su hermano, jamás de su esposo. El día de su llegada fue la primera vez que lo nombró, y la última.
A Alaric no le fue difícil averiguar el motivo. En el pueblo de Vilastagno todos se conocían y él conocía la naturaleza humana y lo que un buen vaso de vino en comadrería, a la lumbre de una buena fogata, podían hacer.
Su matrimonio no se había acercado de ninguna de las formas posibles al idilio que toda muchacha casadera imagina. La casaron con un muchacho al que apenas conocía, a pesar de ser prácticamente vecinos y, al parecer, él no tuvo ningún interés en que aquella nueva situación fuera lo más llevadera posible. Tal vez ella le hubiera abierto su corazón, cual muchacha inocente que desea el amor de su esposo, pero, según su chisposo confidente, en público él se mostraba más bien rudo con ella, quien sabía cómo sería en privado, en la soledad de su hogar. Además, Logan, como así se llamaba, dio claras muestras de que no consideraba a Jenna ni una mínima parte de la mujer que era pues pronto precisó de las atenciones de otras muchachas para satisfacer sus deseos.
Como muestra de su arrojo y de lo atípico de su carácter para la época, Jenna se reveló aunque, para su asombro y desgracia, aquel infame se escudó en el hecho de que habiendo pasado los meses no había sido capaz de concebir un hijo. La puso en vergüenza frente a todos y la repudió acusándola de ser una mujer vacía, muerta por dentro y, con la excusa de alistarse en la milicia contra los franceses, la abandonó.
Jamás volvió a verlo hasta que cierta mañana, llamaron a su puerta y le dejaron en el umbral los cuerpos de su esposo y su hermano, quien se había alistado tiempo después.
El viejo le contaba a Alaric como la recordaba, arrodillándose frente a su hermano, tomando su cabeza entre sus brazos, acunándolo mientras le pedía al Padre Kieran que apartara el cuerpo de su marido de su vista.
Cuando Alaric quiso indagar y le preguntó si Logan en alguno de sus tantos escarceos amorosos, había engendrado algún bastardo, recibió un seco "no" como respuesta. La calidez del vino no le había impedido al anciano llegar a la misma conclusión que él. Muy posiblemente aquel infeliz fuera estéril y había lanzado su propia vergüenza sobre ella, marcándola.
Toda aquella historia, lejos de incomodarlo, no hizo otra cosa que acrecentar su interés por ella y, cada vez que podía, procuraba algún acercamiento a ella. Era cierto que a veces aceptaba de buena gana sus insinuaciones, como si le agradara el hecho de ser cortejada pero a la mínima se retraía comportándose fría e incluso distante, mostrándose cautelosa o, más bien, desconfiada.
Recordó con regocijo la noche que consiguió derribar todo aquel muro de simulada indiferencia, cuando le pidió que no asistiera al canje del grano, a cambio de liberar a Caroline. Aquella noche la verdadera Jenna hizo su aparición en su apasionada respuesta ante su declaración pero entonces fue él quien comenzó a actuar con cautela; sabía de su pasado y no quería forzarla a nada ni hostigarla de forma alguna. Por eso, esa noche, tras acompañarla y asegurarse de que no acudiría a la recogida del grano, se despidió de ella y se marchó al Palacio Mikaelson y así había sido desde entonces. Si las cosas debían darse, se darían, pero no porque él las apresurara.
Mas, aquella nota... Con palabras simples, Jenna le invitaba a pasar la tarde con ella pues quería conversar sobre cierto asunto. Al pensar que el tema a tratar podría ser sobre ellos, un escalofrío recorrió su espalda, nada agradable, por cierto y que se repitió cuando, tras dejar su caballo a uno de los mozos, se dirigió al patio de servidumbre del Palacio Forbes, donde se situaban las dependencias del servicio.
Llamó a la puerta, no sin cierta vacilación y escuchó resonar sus pasos en el suelo de madera acercándose.
-Hola, Alaric -lo recibió con una sonrisa.
Alaric lo hizo con un dulce beso. Demasiado corto para lo que él desearía pero el temor de incomodarla siempre estaba presente en él.
-Pasa -lo invitó. -Es humilde pero cuento con lo necesario -señaló el interior.
La estancia, única, que hacía las veces de cocina, comedor y dormitorio, lo sorprendió gratamente. Lógicamente esperaba algo sencillo pero aquel lugar estaba mejor equipado de lo que habría creído, comparado con algunas de las viviendas que había visitado en París en su época de estudiante para atender a algún enfermo. Además estaba decorada con gran gusto a pesar de la sencillez, los cortinajes, la ropa de cama y de mesa, el delicioso diván colocado estratégicamente hacia la ventana, desde la que se podía disfrutar del paisaje y que era perfecto para leer. El conjunto contagiaba de esa sensación de comodidad y calidez de hogar y que a él lo maravilló.
-El Conde Forbes es muy generoso con su gente -le comentó Jenna. -Se esfuerza porque tengamos lo que necesitamos, incluso más, diría yo.
-Sois afortunados, sin duda -objetó él.
-Siéntate -le hizo un gesto. -¿Puedo ofrecerte algo? Vino, cerveza...
-Huelo a café recién hecho -aspiró disfrutando del aroma. -Una taza estará bien.
Jenna se dirigió al fogón sonriendo para sus adentros. En todas las jornadas compartidas en el refugio, jamás lo había visto beber, tal vez un vasito de vino dulce pero nunca como lo hacían otros, rodeando la hoguera y rondando las jarras de cerveza por sus manos, riendo con grotescas carcajadas. Desde el primer momento que lo vio supo que era diferente al resto y ya no sólo porque fuera un doctor, un hombre ilustrado, sino porque su voz, su mirada, sus gestos, todo él irradiaban bondad, sensatez y calma. A pesar de tratar de negarlo con todas sus fuerzas, su corazón quedó prendado del brillante cobalto de sus ojos desde el mismo momento en que puso sus ojos sobre ella. Mucho le había costado a ella aceptarlo, mas ahora, sin embargo...
Sirvió sendas tazas de café y tras ofrecérsela, se sentó frente a él.
Alaric la acercó a su nariz deleitándose en su aroma y luego lo llevó a sus labios.
-Exquisito -sonrió después de dar un sorbo.
-Me alegro que sea de tu gusto -sonrió ella complacida, bebiendo también.
-Creo que muy pocas cosas habrá que salgan de tus manos que no me gusten.
Aquello no era una insinuación. Jenna dejó la taza en el platillo que tintineó como reflejo de su nerviosismo.
-¿Entonces no te ha molestado mi nota? -preguntó insegura.
-En absoluto -negó él. -Aunque debo reconocer que me inquieta su contenido.
Se observaron en silencio unos segundos. Entre ellos se estaba condensando una atmósfera enrarecida, llena de tensión e inseguridad. Una risita nerviosa atacó a Jenna.
-Discúlpame -se excusó rápidamente aún con sonrisa temblorosa. -Me resulta inverosímil y casi ridículo pero me siento como una adolescente.
Bajó el rostro avergonzada mientras Alaric situaba su silla a su lado y tomaba sus dedos trémulos entre los suyos.
-Me alegra no ser el único -le confesó, a lo que ella alzó la vista, sorprendida. -Quita el aliento ¿verdad? -le sonrió con picardía.
Jenna asintió sonriendo también.
-¿Hay algo que quieras decirme? -la instó a hablar. -Evita los rodeos, conmigo puedes ser franca y directa.
-Te lo agradezco -hizo una pausa para tomar aire. -Me preguntaba si en los últimos días había ocurrido algo para que ya no estés interesado en mí.
Aquello sí era ser directo. Alaric se tomó un par de segundos para reponerse.
-¿Qué... qué te hace pensar que no estoy interesado en ti? -su sorpresa era evidente.
-Te noto distante, en cierto modo diferente a como eras antes conmigo.
-¿Distante? Jamás. Tal vez cauteloso e inseguro sí y, desde luego avergonzado de que hayas malinterpretado de la peor forma mi buena intención -reconoció apenado.
Jenna caviló unos segundos tras lo que, con semblante mortificado, se levantó alejándose de él unos pasos.
-¿Qué sabes acerca de mí? -inquirió con cierta desazón.
-Todo lo que necesito saber.
Aquella respuesta ambigua no era suficiente para Jenna.
-¿También que mi difunto esposo me abandonó por no ser capaz de concebir un hijo? -preguntó secamente.
Alaric quiso hablarle sobre sus sospechas, pero ni estaba seguro de esa certeza ni era el momento para lanzar una suposición como ésa al aire.
-No quiero tu lástima -espetó dolida.
Alaric se levantó y caminó hacia ella, tomando sus brazos. Si le había pedido que no se anduviese con rodeos, tampoco lo haría él.
-¿Recuerdas lo que te ofrecí aquella noche? -habló con suavidad, más con firmeza. -Ya sabía entonces de tu pasado y lo que te dije fue sincero; Sigue siéndolo hoy, como aquel día.
-¿Y crees que mis palabras fueron menos sinceras que las tuyas? -alegó atormentada.
Mi señor, mi dueño, mi amor le había respondido a su ofrecimiento de ser todo para ella. Y con esas palabras ella cumplía su anhelo de que ella fuera todo para él. ¿Acaso no era suficiente? Y tanto que lo era...
La atrajo hacia él y la besó, con toda la intensidad y vehemencia que había estado ahogando hasta entonces. Y ella respondió de igual modo, alzando sus manos hasta las rubias hebras de su pelo y escapando de su pecho un suspiro de liberación. Alaric se estremeció con su reacción, con la caricia casi exigente de sus labios y que él gustoso acataría.
-Perdóname -se separó levemente de ella. -Creí que necesitarías tiempo, yo...
-Llevo toda mi vida esperando sentir lo que me haces sentir tú, Alaric -la miel de sus ojos refulgía. -Al casarme con Logan perdí toda la esperanza pero la vida me ha otorgado otra oportunidad. Se acabó la espera, ya no quiero esperar más.
Alaric posó sus dedos en su mejilla y los deslizó con suavidad hasta sus labios. Sería tan hermoso tomar lo que ellos le ofrecían.
-No es tiempo lo que necesito, Ric -musitó ella, adivinando aquel atisbo de duda que quedó inmediatamente despejado.
Los labios de Alaric tomaron el lugar que habían ocupado sus dedos y la besó con pasión, con avidez, desatados los sentimientos que Jenna le provocaba, aceptando con aquel beso lo que ella le ofrecía. Cuando se separó de ella y observó su rostro, suspiró encandilado. Sus ojos dorados se habían oscurecido por el mismo deseo que él sentía recorrer su cuerpo y sus labios entreabiertos y turgentes se mostraban enrojecidos, como sus mejillas. Era cierto que en Jenna ya no habitaba el temor virginal de una novia, pero no había amado nunca, ni la habían amado como merecía, y eso era algo a lo que dichoso pondría remedio.
Caminó hacia las ventanas y una a una las cerró, corriendo las cortinas, dotando a la estancia de la intimidad oportuna y de una tenue penumbra, pues algunos rayos de la tarde atravesaban traviesos el telar.
Jenna aguardó observando sus movimientos hasta que volvió a caminar hacia ella, tratando de controlar el oscilar errático de su pecho y su respiración. Alaric tomó sus manos llevándolas a sus labios y besándolas con dulzura, haciéndola temblar. Sin dejar de mirarla la llevó hacia la cama y vio como una leve sonrisa de complicidad y aceptación asomaba a sus labios.
Guió sus finas manos hasta su camisa, en una clara invitación y que ella aceptó, desabrochándola y liberando de la cárcel de aquel tejido su torso bien formado, de líneas y curvas perfectas. No pudo reprimir los deseos de acariciarle y lo hizo, lanzando miles de descargas a través del cuerpo de Alaric, quien tomó sus labios con ardor como respuesta. Despacio, botón a botón se deshizo de su blusa y después de su falda, quedando patente en la liviandad de su ropa interior de lino cada una de las curvas de su cuerpo. No tardó en liberarla de ellas mientras ella hacía lo propio con su pantalón, para finalmente fundirse sus cuerpos en un abrazo de desnudez, sin temores o pudor alguno, sólo un hombre y una mujer, amándose.
La tumbó con delicadeza en la cama mientras él se colocaba a su lado. No pudo evitar contemplarla, extasiado. Cualquier sinónimo de "hermosura" era una alusión soez para aquella imagen. Su cuerpo maduro no había perdido ni la frescura ni la lozanía y la redondez de sus pechos y sus caderas lo invitaban a perderse en ellos. Y aquel sonrojo en sus mejillas, encantador. Aunque sabía que no era debido al hecho de mostrarse ante él, sino por la inseguridad acerca de su propia belleza.
Se inclinó sobre sus labios y los acarició con la yema de sus dedos.
-Eres deliciosa, perfecta -respiró en su boca para después atraparla con la suya.
Alaric recorrió con dedicación cada uno de los rincones de su cuerpo, con sus manos primero y sus labios después, sin obviar ni un centímetro de su piel. Con tortuosa lentitud llegó hasta la cumbre de uno de sus pechos que se endureció bajo la caricia de su boca y Jenna profirió un gemido ahogado mientras enredaba sus dedos en el dorado de su cabello, despertando a un sinfín de sensaciones desconocidas, que le aturdían la razón de forma exquisita y que se elevaron a alturas vertiginosas cuando sintió la dulce caricia de sus dedos en su intimidad. Aquel ardor como metal fundido que recorría sus venas la dejó sin aliento y aunque la necesidad de sentir todavía más se volvió imperiosa, una nueva inquietud se apoderó de ella. ¿Qué sería para él? ¿Sería capaz de provocar en él...?
Mas su cuerpo tomó voluntad propia decidido a contestar aquella pregunta. Deslizó su mano entre ambos y alcanzó con sus dedos su masculinidad haciéndole emitir un gemido incontenible.
-Jenna...
La respuesta la tuvo en aquella mirada incendiada, casi ennegrecido el azul de sus orbes por la sublime sensación de su caricia.
Sin poder contener más la fuerza de su deseo, Alaric se posicionó sobre ella y la hizo suya, tomándolo ella a él por entero, en mutua entrega.
-¡Ric! -la escuchó jadear sobresaltada.
Alarmado se detuvo a mirarla un segundo. Creyó no haber sido brusco pero se maldeciría eternamente si la había dañado. Sin embargo, aquello no era dolor, la languidez de sus facciones, el gesto de abandono de sus ojos cerrados, su boca entreabierta en busca de aliento. ¿Cómo un ser tan maravilloso había estado privado de aquella dicha hasta ahora?
Y es que ese instante, guiados ambos por aquella danza tan antigua como la vida, iba más allá del placer físico. La plenitud de su unión se reflejaba en el perfecto complemento de sus cuerpos y la conjunción de sus almas, como una única esencia; piel, espíritu y corazón formando un todo, impertérrito y eterno. La hizo llegar al borde abismo a la vez que él, cayendo ambos, recorriendo juntos aquel laberinto sinuoso que los sacudía despertando todas las fibras y terminaciones nerviosas de sus cuerpos, fundiéndolas como oro líquido. Sin aliento, Alaric hundió su cabeza en la curva de su cuello, sintiendo casi al instante como una pequeña gota golpeaba su mejilla.
Con la respiración aún entrecortada, elevó su rostro y tomó el suyo obligándola a mirarle, surcando ya su piel las lágrimas. De nuevo el temor de haberla dañado acudió a su mente pero la luz, el fulgor que emitían sus ojos empañados lo apartaron de un soplo. El amor que irradiaban sus pupilas hizo encogerse a su corazón y la besó, impulsado por aquel sentimiento que también a él lo invadía por completo.
-Gracias -le susurró él besando su frente y acariciando su mejilla aún húmeda. Rodó tumbándose de espaldas y la colocó sobre su pecho, confortándola.
-Creí que era yo la que debía decir eso -sonrió ella.
-El amor no se agradece, se siente, como lo hemos sentido tú y yo hace un momento y como lo seguiremos sintiendo -le respondió.
-Entonces tú... ¿por qué?
-Yo te agradezco la dicha de que me hayas dado cabida en tu vida, de tenerte -musitó con dulzura.
-¿No te irás? -preguntó alzando su rostro presa de antiguos temores.
-Eres mía y yo soy tuyo ¿Qué sentido tiene el irme? -le sonrió.
-Te amo, Ric -se estrechó contra su cuerpo.
-Y yo a ti -la apretó con fuerza. Luego la acomodó entre sus brazos y ambos se dejaron embriagar por el sopor de la tarde y su amor.
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-Joven Señor -irrumpió Michael en la biblioteca con el rictus compungido.
-¿Qué sucede? -se alarmó Klaus.
-Su madre sufre otra crisis, pero temo que esta vez sea grave -le informó.
Klaus corrió hacia la recámara de su madre seguido de cerca por el criado. La halló sumida en la tos, en su lecho, pálida como la cera.
-¡Madre! -tomó Klaus una de sus manos, infundiéndole fuerzas.
-Es una de mis crisis habituales, pasará -alegó la Marquesa con un lastimero hilo de voz.
-He buscado a Alaric pero parece que no está en el Palacio -comentó Michael con voz plana.
-Tenía un asunto que arreglar -le excusó. -Saldré a buscarlo de inmediato.
-Pero joven Señor, estás invitado a la fiesta de la Princesa Camille -lo detuvo. -Yo iré en su busca o no llegara a tiempo.
-No importa -sacudió la cabeza. -Mi cita con Elijah Forbes deberá esperar -masculló entre dientes conforme se marchaba.
Casi no había cruzado el umbral de la habitación cuando Esther apartó la ropa de la cama, dejando al descubierto un elegante vestido negro de raso y organdí que enfundaba su cuerpo.
-Perdoname el atrevimiento, Señora Marquesa -se excusaba su criado ayudándola a ponerse en pié. -En mi humilde opinión, esto es una locura.
-Yo no perdono nada -lo miró con desprecio. -Y nadie te ha pedido tu opinión. Ahora vamos a divertirnos. Elijah Forbes me espera.
Lo primero que hizo Elijah al entrar al suntuoso Palacio fue buscarla entre el gentío. La halló conversando con Camille, hermosa, resplandeciente, dedicándole el brillo de sus ojos al verlo.
-Caroline, querida -se apresuró en saludar a su hermana la Condesa. -Me alegra que hayan aceptado mi invitación.
- Y privado de toda la diversión -farfulló por la bajo Hayley.
-Elena, ni siquiera te despediste de nosotros -la besó Caroline en las mejillas ignorando el comentario ladino de su cuñada.
-Lo siento, habías salido y no pude esperarte -lanzó una mirada significativa a Hayley.
-Estás espléndida, como siempre -la halagó Elijah inclinándose sobre ella para también besar sus mejillas.
-Te espero en el saloncito del fondo -le susurró Elena aprovechando la ocasión. -Iré a buscar a Matt -dijo en voz alta al separarse de él. -Querrá saludaros.
-No hay que perder de vista al marido, querida -comentó Hayley con sarcasmo.
-Condesa ¿has visto a mi buen amigo el Conde Jeremy? -le preguntó Elijah a Camille.
-Creo que está en el jardín -meditó un momento.
-Estupendo, las dejo en libertad para abordar esos temas que nosotros no deberíamos escuchar -bromeó.
-Sí, Hayley, yo quería preguntarte algo -la tomó Camille del brazo y llevándose también a Caroline hacia un diván.
Elijah serpenteó entre la gente con disimulo caminando hacia la puerta y, echando una última mirada hacia las mujeres, que parecían muy divertidas cuchicheando a excepción de Caroline, por supuesto, salió hacia el corredor. La actividad social se centraba en el salón que acababa de dejar y en el jardín así que sólo se topó con un par de criados que venían de la cocina con bandejas llenas de viandas. Abrió con sigilo la puerta del saloncito y la encontró allí. Apenas había cerrado la puerta y ya avanzaba hacia él con los brazos extendidos, recibiéndola él con los suyos y el calor de sus labios.
-Me has hecho tanta falta -susurraba él entre besos.
-Y tú a mí.
-Elena...
-Sé que algún día estaremos juntos -tomó su rostro para fundir sus ojos en el negro de los suyos. -No sé cómo pero así será.
Elijah la abrazó con fuerza.
-Tengo tan poco que ofrecerte -se lamentó él.
-¿Me amas? -preguntó ella con firmeza.
-Jamás lo dudes, pase lo que pase -se perdió un segundo en el aroma de su cabello.
-Con eso es más que suficiente -afirmó ella. -Y nunca te exigiré nada a excepción de una cosa.
-¿Cuál? -se apartó de ella para mirarla.
-Que no dudes del mío por ti -le pidió.
-Nunca -respondió Elijah volviendo a fundir sus labios con los suyos. Ambos estaban ávidos de su contacto, llenos de necesidad de sus caricias, algo que ese encuentro fugaz no sería capaz de aliviar.
-Te amo, Elena -susurró contra sus labios. -Te necesito tanto.
-¿Ah, sí? -sonrió ella coqueta.
-Te burlas de mí -hizo un mohín infantil.
-Yo también te amo y te necesito de la misma forma, Lijah -le aseguró más seria ahora.
-He de verte -masculló ahogada su voz en la desesperación.
-Pensaré algo, pronto -le respondió. -Pero ahora debemos irnos, no lo estropeemos -se apartó de él.
No se había alejado unos pasos cuando Elijah estiró de su brazo y volvió a atrapar su boca, devorándola, consumiéndola con el fuego abrasador de la suya.
-Pronto -respiró él sobre sus labios.
-Vamos -le instó ella a salir, asintiendo con una sonrisa.
Antes, Elijah ojeó tras la puerta asegurándose de que nadie los vería y abandonaron el saloncito, tomándola del brazo. Al fin y al cabo eso no estaba prohibido ¿no?
-Tu hermana parece nerviosa, debe estar sofocada con tanta atención -señaló el lugar donde se sentaba con Hayley y Camille y rodeada de gente que, con interés, escuchaba su encuentro con El Gavilán.
De repente, por la puerta del salón vieron entrar al Capitán Tyler y al Teniente Damon. Camille se apresuró a saludarlos quienes besaron su mano con caballerosidad. Como era de esperar, Tyler apenas saludó a Elijah, un leve movimiento de cabeza a lo sumo, cosa que no hizo Damon quien, a pesar de recibir una mirada reprobatoria por parte de su Capitán, se inclinó a saludarlo.
-Sólo faltaba él -farfulló Elijah por lo bajo. -La verdad, empiezo a estar harto.
Elena se percató de que, aprovechando la ocasión, Caroline se agazapaba entre la gente y salía del salón.
-Hay novedades desde mi marcha por lo que veo -aventuró Elena.
Elijah se tomó unos minutos para explicarle lo sucedido con Tyler y su cambio de opinión respecto a Klaus.
-Imagino que habrá ido a su encuentro -supuso Elijah. -He accedido a hablar con él.
En el rostro de Elena se dibujó una amplia sonrisa.
-Si pudiera te besaría -murmuró para su oído.
-Ya tendré ocasión de recordártelo -apuntó divertido, justo en el momento en el que Caroline volvía a entrar al salón, con clara decepción en su semblante.
-¿Será que no se presentará después de todo? -se temió Elijah.
-Tal vez se haya retrasado -quiso quitarle ella importancia, hasta que advirtió el rictus severo y endurecido de Elijah, quien miraba hacia la puerta como si hubiera visto al diablo.
Y ahí estaba, el demonio en persona, Esther Mikaelson.
Elena se soltó de su brazo mientras Hayley y Caroline se acercaban a Elijah con el rostro lleno de asombro.
-Espléndida fiesta -saludó a Camille que se aproximaba a ella.
-He sabido que no estabas bien de salud, Marquesa. No esperaba veros.
-De hecho Klaus está muy preocupado por mí, mi pobre hijo -afirmó con voz lastimera. -Ha ido en busca de mi médico personal tras una crisis que me sobrevino esta tarde. Pero no podía perder esta ocasión en la que tengo la oportunidad de interceder por él -concluyó mirando hacia Elijah.
Apoyándose en su bastón y a pasos cortos que parecían costarle un esfuerzo sobrehumano se aproximó hasta él quien observaba sus movimientos contrariados.
-Elijah, te lo ruego, óyeme -comenzó ocultando tras el pañuelo su boca donde acudía un repentino ataque de tos. -Como bien ha dicho Camille, mi salud está muy debilitada y tal vez sea mi última ocasión de presentarme humildemente ante ti.
El joven hizo ademán de protesta pero Esther alzó su mano rogándole silencio, volviendo a cubrir su boca, aquejada por la tos.
-No vengo a interceder por mí -miró de soslayo a Elena. -Mis pecados no se expían únicamente mostrando arrepentimiento, aunque te aseguro que el mío es del todo sincero.
Con los mismos pasos lastimeros se acercó a Caroline y tomó su barbilla, sonriéndole.
-Caroline ha venido a iluminar la vida de mi hijo y el amor que ha nacido entre ellos lo colma de dicha, al igual que a mí.
Se volteó hacia Elijah y lo miró con ojos lastimeros. El muchacho sentía las miradas de todos sobre él, a la espera de su reacción, de juzgarlo.
-Te lo ruego, Elijah, no castigues a mi hijo por mis delitos. Él es un buen muchacho y de sentimientos nobles. El veneno que según muchos corre por mi sangre no ha conseguido contaminarlo. Por favor, Elijah, -comenzó a acercarse a él de nuevo con su dificultoso caminar -Permite que sean felices. Por lo que a mí respecta es la única cosa que deseo.
De repente, un fuerte ataque de tos acudió a ella, robándole el resuello de los pulmones, haciéndola tambalearse sobre su bastón. El primer impulso de Elijah fue tomar sus brazos para que la mujer se apoyara en él, dejando caer ella la cabeza sobre su pecho. Más, la giró poniéndola a la altura de su oído y tomó aire con profundidad.
-Sabe algo -la escuchó carraspear con una voz de inframundo, casi en un susurro pero que le erizó la piel por completo. -Permite que Caroline ponga un pié en mi casa y la haré sufrir todo lo que se merece por haberme robado a Klaus.
-¡Maldita! -exclamó apartándola de él con brusquedad. Un murmullo de censura se alzó ante su actitud.
-Elijah, no actúes así, te lo suplico -continuo la Marquesa con su farsa. -Va en ello la felicidad de estos dos jóvenes -le imploró casi al borde de las lágrimas.
-No se acerque a ella -la señaló con un dedo con gesto amenazante.
-Elijah, por favor -intervino Caroline, pero Elijah la hizo callar alzando su mano.
-Se repito lo que ya le dije a su hijo -continuó con firme advertencia. -No se acerquen a Caroline o juro que los mato.
-Elijah, estás loco -le reprochaba su hermana.
-Tú no lo entiendes, Caroline ¡Ustedes no entienden! -clamó ante todos los asistentes que le lanzaban miradas acusadoras, entre ellos el Capitán Tyler. -¿Pero no saben quién es este monstruo? Asesinó a los padres de la Marquesa Elena, intentó matar a la madre de Caroline y ahora intenta matarla a ella.
Todos lo observaban como si hubiera perdido el juicio, mientras Esther sollozaba contra su pañuelo. Excelente actuación la de la Marquesa, pensó Elijah. Pero no se saldría con la suya.
-Mis disculpas, Camille. Nos retiramos.
Ni siquiera esperó su respuesta, la muchacha titubeaba azorada ante la situación.
-Vámonos -extendió la mano hacia su hermana, quien negaba con la cabeza sin entender nada. -¡He dicho que vamos!
Finalmente tomó su mano y notó como su hermano tironeaba con fuerza llevándosela de allí, como alma que lleva el diablo.
Hayley con semblante avergonzado, se inclinó despidiéndose de Camille para seguir a su marido, no sin antes lanzarle una disimulada sonrisa de complacencia a la Marquesa quien disfrutaba, hundiéndose de nuevo en el dolor de su pañuelo, del sabor del triunfo.
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