El bazo estaba fallando y John Stilinski necesitaba un transplante con urgencia.
Era lo que Melissa les había explicado hacía dos horas. Lo había hecho escogiendo los términos con cuidado, intentando no usar la palabra "urgencia" o frases como "entre la vida y la muerte" y "el último recurso". Pero Stiles podía oírlas perfectamente, porque estaban ahí. Escondidas entre la sonrisa de cariño y las palabras de ánimo. Entre las palmaditas de apoyo.
Esa era la verdad. Si no encontraban un bazo, su padre moriría.
Tras escuchar las novedades, Sussan y Stiles se quedaron en silencio. Melissa supo que era su señal para marcharse, y tuvo que arrastrar a Scott con ella tras convencer a su hijo de que lo mejor que podía hacer era darle tiempo para asumir las malas noticias… Si bien no lo consiguió hasta que Scott no le hubo dado un abrazo a su amigo (sin indecisión esta vez), y le repitió un millón de veces que todo se arreglaría. Pero cuando Stiles no dijo nada y ni siquiera respondió con efusividad a su abrazo, sintió un nudo en el estómago al ver a su amigo, a su hermano, tan desolado y siendo incapaz de hacer nada para arreglar la situación.
Una vez a solas, los dos integrantes de la familia Stilinski entraron en la habitación para ver al hombre que, todo apuntaba, se estaba muriendo delante de sus ojos.
A simple vista no lo parecía.
Estaba exactamente igual a la última vez que le vieron, mientras Stiles se estaba comiendo un sándwich en la silla de plástico y Sussan bebía un café, cansada de estar sentada.
Entonces no parecía tan grave la cosa. O, mejor dicho, actuaban como si no lo fuera. Como si el hecho de que le hubieran sacado las balas del cuerpo y que siguiera con vida era lo único importante. Que a partir de ahora tan sólo era cuestión de esperar a que despertara.
Pero de repente la realidad golpeaba con fuerza, y les decía que no iba a ser tan fácil. Que tal vez nunca llegara a despertar.
Apenas vio a su padre, tumbado en la cama y los ojos cerrados, Stiles cogió la mano de Sussan y la apretó con fuerza. Sin atreverse a mirarla a la cara, sintió cómo ella temblaba y se echaba a llorar. Y aunque eso era justo lo que él también quería hacer, se obligó a no hacerlo.
Realmente no sabía por qué. Por qué se suponía que tenía que ser él el pilar que ofreciera consuelo a Sussan. Una mujer que, por mucho que quisiera a su padre y que él la quisiera, no dejaba de ser alguien que sólo había compartido años de su vida con John Stilinski. Él, por el contrario, le conocía de toda su vida, literalmente. Aunque no lo recordara, su cara fue lo primero que vio cuando llegó al mundo, y su presencia era la única que había sido una constante todos los días de su vida. Incluido el día en que la otra constante de su vida se marchó para siempre.
Se suponía que él tenía más derecho a llorar que nadie. A dejarse llevar por la rabia y el dolor, porque era su padre. Era su padre quien se estaba muriendo, y no quería que ocurriera.
Y sin embargo, sabía que no podía hacerlo. No ahora, delante de ella.
Y tal vez fuera una estupidez, pero quería pensar que su padre le estaba viendo. Que por primera vez le veía comportarse como un hombre, y que además lo hacía ofreciendo apoyo a la mujer a la que quería.
Aunque nada de eso significaba que Stiles no quisiera dejarse caer en la cama y suplicarle a su padre que por favor no se muriera.
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Finalmente, Sussan se quedó dormida.
Apenas se sentó en la silla de plástico y colocó la cabeza sobre el pecho del Sheriff, el agotamiento pudo con ella.
Stiles la observó con una mezcla de envidia y rabia. No entendía muy bien cómo era capaz de dormirse en aquella situación… Aunque se obligó a pensar con la cabeza.
Y lo cierto era que aquella situación de constante inseguridad agotaría a cualquiera, sobre todo después de haberse pasado las últimas horas llorando. Y sabía que si no fuera porque era un chico hiperactivo y porque nunca dejaba de pensar, ahora mismo estaría exactamente en la misma situación que ella.
Pero como él no era así, y tampoco lo sería en un futuro cercano, se obligó a ser un poco más práctico. Así que cogió una de las mantas que había sobre la cama, y tapó con ella a la mujer con cuidado de no despertarla.
Una vez hecho, miró una última vez a su padre antes de salir de la habitación. Necesitaba dar una vuelta y tomar el aire. Preferiblemente, hacerlo en soledad.
Y esta vez el mundo quiso ponerse de acuerdo con él, porque no se encontró con nadie en los pasillos. Deambuló durante un buen rato por el edificio, intentando alejarse de las zonas más concurridas, hasta que encontró la escalera de incendios.
Empezaba a anochecer cuando se sentó en los peldaños, metiendo las manos en los bolsillos de la chaqueta. Hacía frío y sabía que no era lo más inteligente quedarse sentado con tan poco abrigo encima, pero en esos momentos le daba lo mismo.
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Stiles consiguió dejar la mente en blanco durante casi diez minutos. Y debía estar mucho más cansado de lo que imaginaba, porque eso era todo un logro.
Pero entonces empezó a pensar. Pensó en cuál sería el promedio para conseguir un bazo compatible. En las probabilidades que había de tenerlo a tiempo, o de las que había para que el cuerpo de su padre, que había recibido tres disparos de bala, lo aceptara sin problemas.
Recordó entonces el momento en que su padre le dijo que su madre ya no estaba con ellos, y pensó si sería distinto ahora. Si la madurez que en teoría tenía haría que reaccionara de un modo más frío, o si por el contrario la muerte de un padre afecta a todos por igual, da igual la edad que se tenga.
Pensó también en lo absurdo de la situación. En el hecho de que él, un simple humano hiperactivo y negado para los deportes, había conseguido sobrevivir al ataque de psicópatas viejos y adolescentes, de Kanimas e incluso de una manada de Alfas. Pero su padre, un hombre fuerte, inteligente y que iba armado, estaba a punto de morir porque un par de capullos quisieron robar un banco y su padre pasaba por allí.
No era justo.
Su padre era el héroe. Se suponía que los héroes no morían. Y menos a manos de simples humanos en Beacon Hill, hogar de lo paranormal y de las criaturas mitológicas.
Y entonces, justo en ese momento, pensó en otra posibilidad.
Nada más llegó a su mente la idea, se preguntó cómo había sido tan estúpido de no pensar antes en ello. Sobre todo después de haber compartido la tarde con dos hombres lobo, uno de los cuales era el Alfa. Alguien que consiguió que una chica enferma y débil como Erica se transformara en la mujer más despampanante del instituto e incluso de todo el pueblo. Y qué decir de Scott, tal vez el peor jugador de la historia de Lacrosse y con asma aguda, que de la noche a la mañana se convirtió en todo un as de los deportes.
Al recordar todo aquello, una breve sonrisa se dibujó en los labios de Stiles.
Y Dios, sentaba tan bien poder sonreír por una vez.
Pero Stiles se obligó a relajarse. Sabía que aún no podía cantar victoria. Que tenía que convencer al Alfa para que lo hiciera.
Pero qué demonios. El Alfa era Derek Hale. El mismo Derek que en el fondo era un pedazo de pan pese a que se empeñaba en intentar convencer a todo el mundo de que era el lobo feroz. Y además era el hombre que desde hacía años confiaba en su padre hasta el punto de confesarle el mayor secreto de todos.
Era imposible que dijera que no.
Sintiéndose más ligero de lo que había estado desde que recibió la llamada de Melissa McCall, Stiles se puso en pie. Su sonrisa ya no era una ligera y que tenía vergüenza de salir por si acaso era demasiado pronto para alegrarse. Era una grande, hermosa y sincera. Una que logró que el corazón le latiera muy deprisa, pero esta vez por un buen motivo.
Cuando empezó a recorrer los pasillos del hospital, en dirección a la habitación de su padre, se obligó a sí mismo a mantener el control y no empezar a correr.
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Por fin las cosas le salían bien.
Incluso mejor que bien.
Porque al entrar en la habitación de su padre, Stiles encontró a Derek frente a la cama de John. Estaba exactamente igual a como le vio aquella primera vez en el bosque, cuando fueron a buscar el inhalador de Scott: Con las manos metidas en la cazadora, las piernas ligeramente separadas, los labios muy apretados y las cejas levemente arqueadas.
Pero si en aquella ocasión lo que sintió fue miedo, el verle ahora allí hizo que se sintiera increíblemente aliviado.
Esperó un par de segundos para atreverse a hablar, porque veía a Derek muy concentrado en a saber qué. Aunque realmente Stiles no necesitaba tiempo para pensar, porque ya tenía muy claro lo que iba a decir.
Stiles cerró la puerta y dio un paso en su dirección, alegrándose de que Sussan no estuviera allí para poder tener aquella conversación a solas. Ni siquiera se preguntó dónde estaría la mujer, porque lo único que importaba ahora era que Derek escuchara su plan.
- Escucha, Derek - carraspeó - Sé que no tengo derecho a pedirte esto pero…
- No – Derek le interrumpió al tiempo que dejaba de centrarse en la cama para mirar fijamente a Stiles. Tenía esa expresión que ya había mostrado antes: una muy seria pero teñida de cansancio y algo más que seguía sin poder identificar – Acabo de hablar con Sussan y me ha pedido lo mismo – soltó aire por la nariz - No puedo hacerlo.
Y entonces la expresión de Stiles cambió a ser una que el hombre lobo nunca había visto en él. Porque era una llena de rabia.
- No puedes o no quieres.
Derek volvió a soltar aire por la nariz al tiempo que apretaba la mandíbula, pensando en el mejor modo de hacerle entender.
- Tu padre está en estado crítico…
- ¡Exacto! - exclamó el chico - Y la mordedura haría que se recuperara enseguida.
- No es tan sencillo. La mordedura transformará su cuerpo. De forma radical.
- Scott lo superó sin problemas. Al día siguiente estaba como nuevo.
- Scott era un adolescente sano. Es mucho más peligroso de lo que piensas.
- ¡Si no haces nada morirá! – gritó sin pensar en lo que estaba diciendo. Porque era la primera vez que decía en voz alta lo que todos sabían pero que nadie se atrevía a decir. Y hacerlo ahora, ser él quien lo dijera, fue como recibir un puñetazo en pleno corazón.
El Alfa esperó un par de segundos para hablar de nuevo. Dando tiempo al corazón de Stiles para que dejara de latir tan rápido.
- Si lo hago en su estado, también puede morir.
Derek sabía que estaba hablando como haría con su manada. Como un Alfa que no acepta que le lleven la contraria, y que va a haber sangre en el caso de que alguien sea lo suficientemente estúpido como para hacerlo. Sabía que no debía usar ese tono al tratar con un simple humano. Más aún si ese humano era uno que tenía que ver cómo su padre se estaba muriendo, y que fruto de esa desesperación le estaba pidiendo que le transformara.
Y mentiría si dijera que no se había esperado aquello. Porque por mucho que Stiles fuera un chico muy listo que jamás cometería estupideces como aquella, también era un chico que haría lo que fuera por salvar la vida de su padre. De su única familia.
Pero en esos momentos Derek no tenía fuerzas para mantener ese tipo de conversación. Para pasarse horas y horas intentando explicarle que no podía hacer aquello, porque sabía que Stiles seguiría en sus trece… Al fin y al cabo, seguía siendo Stiles.
Y Derek era incapaz de soportar por más tiempo esa expresión que ahora tenía el chico, mezcla de tristeza, súplica, dolor y rabia. Menos cuando él era su único blanco.
Por ello no le dio tiempo a Stiles para que replicara. Derek salió de la habitación casi corriendo, agradeciendo que nadie le siguiera. Aunque sí pudo oír la rabia contenida en los latidos del corazón de un chico al que, sabía, acababa de quitarle la última posibilidad de salvar la vida de su padre.
tbc..
