Capítulo 14
Una batalla inesperada: Despedidas
"Así que vamos a plantar nuestros pies
nuestras raíces crecen silvestres
nuestras raíces crecen en lo profundo para siempre
y como un árbol
nos despojamos de nuestras hojas
hasta que todo brille ,"
(Everything is brilliant – Rosi Golan)
Thorin peleaba en aquella batalla, lejos había dejado a Bilbo y a Dwalin, su meta era aquel trasgo pálido, que había logrado convocar tanta maldad en contra de su familia y su pueblo.
No estaría con vida al caer el sol.
Corrió asesinando orcos y trasgos por igual a su paso. De Kíli hacía buen rato que no sabía nada, de verdad esperaba que estuviese bien al igual que Fili. No entendía bien que hacía ahí la elfa que antes salvo a su sobrino, pero agradecería que pudiera hacer algo al respecto, tenía poco tiempo para meditar sobre aquello.
La concentración era ahora su mejor aliada para derrotar a sus enemigos. Aquello era vital para el triunfo de su pequeña empresa. Ignoraba como aquel trasgo hubiese logrado convocar a semejante ejército y ahora tenían que enfrentarle. La misión era la misma derrotarle y acabar con aquella innecesaria guerra.
Él era el único con el derecho de poseer aquella montaña y ningún orco pondría sus sucias garras dentro de los salones que una vez pisaron sus antepasados. Ellos estaban destinados para él, su familia, sus amigos y el resto de su pueblo. Restaurarían la antigua gloria de Erebor y esta vez sí ayudaría a Dale, cumpliendo su promesa. Pese a que ellos le habían combatido, sabía que era la necesidad lo que les aquejaba, no la ambición de los tesoros encontrados en sus salones.
Entonces fuera de sus pensamientos, por fin le vio de frente, aquel infeliz ya le esperaba con una grotesca sonrisa en sus labios.
Thorin debía librarse de algunos orcos y trasgos que corrían hacia él. Poca cosa, pues con algunas estocadas caían muertos sin siquiera hacerle un solo rasguño. Era importante mantenerse lo más intacto posible, una herida a estas alturas sería la diferencia entre la victoria o la derrota.
El derrotado no sería él.
No había reparado que algunos de sus atacantes provenían de atrás de él. No fue hasta que uno cayó cerca de él y vio que tenía una flecha incrustada en la cabeza. Una flecha… lo primero que pensó fue en Kíli… luego de observarla apenas detenidamente se dio cuenta de que no era de las suyas, pertenecía a los elfos.
¿Los elfos en aquella batalla? Acaso Thranduil había llevado su ejército hasta aquellas montañas. Giró un poco el rostro esperando visualizar a su sobrino y encontró a un elfo apostado sobre una cúspide nevada. Al principio no le reconoció muy bien… luego lo recordó como el elfo que les había apresado en el bosque, después de ser atacados por las arañas… era el hijo de Thranduil, al mismo que había salvado en el camino junto al río, impidiéndole que un orco le atacase por la espalda.
Por lo menos eran agradecidos y le estaba devolviendo un favor que no pidió.
Ahora su prioridad era arrancar la vida de aquel odioso trasgo que debió haber muerto por las heridas hechas hace más de cien años… no podía dedicarle más tiempo al elfo que le estaba ayudando.
Aquel repentino y oportuno ataque le daba la oportunidad de acercarse más a su oponente. Ya estaba muy cerca y no se veían más trasgos u orcos que interrumpiesen la batalla que desde hace años se tenían jurada aquellos eternos rivales.
Llegó sin interrupciones hasta ponerse frente a su cazador, pese a que Thorin era más alto que los demás (igual que Kíli), este le sobrepasaba por más de una cabeza y era mucho más corpulento que él. Sabía que ya le había enfrentado antes, conocía aquel trasgo más de lo que le gustase, era el causante de la fragmentación de su familia, a quien el responsabilizaba por la desaparición de su honorable padre.
Se dio cuenta como hace tantos años había guardado aquel rencor, creyendo que estaba enterrado en lo más profundo de la montaña de moria, donde antes tuvieron su pelea y él se ganó el respeto de sus amigos y súbditos, así como el sobrenombre de "escudo de roble" por su muestra de coraje y valor.
Poco había cambiado desde ese día. Él seguía siendo un enano temerario y voluntarioso, de carácter y con la disciplina para lograr sus metas y si en aquel momento aseguraba que sería el último día de aquel pálido líder, estaba seguro que así sería como terminaría el día.
Corrió hasta su encuentro, el trasgo le imitó. Ambos deseaban la muerte del otro y ninguno cedería hasta no lograr sus propósitos.
/
Legolas vio como peleaban ambos, entre los dos se defendían y lo hacían bien.
No pudo evitar notar la sonrisa de Tauriel, pese a estar ahí estaba feliz. Peleaba al lado del amor de su vida, y parecía decirlo con cada golpe que daba, en cambio el enano, no se veían tan feliz… estaba seguro que le pesaba verla ahí.
A él mismo le sucedía lo mismo, antes le había animado a ir a la batalla, estar ahí, pero una vez que vio la masacre que esta podría resultar, ya no le había parecido tan buena idea. Entonces ella era la única feliz por estar ahí. Ambos se sentían contrariados por su presencia.
Definitivamente les preocupaba y aquello no resultaba ser muy bueno.
Pero ¿Cómo detenerla? Era Tauriel… parecía imposible… ella era una guerrera muy capaz, pero ahora se encontraba dudando no de su capacidad, sino de su concentración en la batalla, cualquier descuido podría costarle la vida y él quedaría devastado… lo mismo pasaría con el enano.
Notó que el enano estaba herido, algo que no era muy bueno, pero parecía superficial… cuando tuviera tiempo, Tauriel se encargaría.
No podía seguir preocupándose por ellos, sin embargo algo que deseaba por sobre todas las cosas, era que Tauriel tuviera el tiempo suficiente para hablar con el enano. Ella no borraba aquella dulce sonrisa de su rostro, rara veces la veía, sobre todo cuando crecieron fueron más esporádicas. Con él sonreía… pero nunca como la que le regalaba al sobrino del rey… de niña Tauriel era un derroche de risas para con él.
Merecía tener su momento.
Bajo de su lugar y se comenzaba a dirigir hacia él orco que solo observaba como sus compañeros caían ante él. Debían arreglar cuentas, ningún trasgo le podía hacer sangrar y andar por ahí como si fuese cualquier cosa, él era Legolas príncipe de Mirkwood, hijo del rey Thranduil. Algo habría que hacer.
Fue a ponerse cerca de él, notando que su amiga y el enano, estaban demasiado ocupados para notar su presencia o su ausencia y se dirigió a atacar al robusto trasgo. Este al parecer adivino sus intenciones.
- Vaya otro elfo, para destruir… ¿Qué acaso no te ha bastado lo que pasaste en la ciudad del lago? - dijo mofándose – Vamos elfo… seguro que ahora si estas buscando la muerte, le encontrarás –
- No le temo a la muerte… pero no he de marcharme de este mundo sin al menos haber hecho justicia por todos los de mi pueblo y los que han asesinado tú y tu padre este día –
- Después de todo eres solo un elfo enclenque… que podrías hacer contra mi gran poder… apenas te mostré algo de lo que puedo hacerte en aquella ciudad… -
- Pues lo mismo he de decirte… y vamos que no tengo todo el día… -
- Mi misión no es eliminarte a ti… la muerte te llegara algún día por nuestra mano… ahora tengo pendiente una misión mucho más apremiante… - dijo volteando a ver al enano que peleaba junto a Tauriel – Ese es un premio que deberé darle a mi padre… ese inmundo enano, es al que debo asesinar… -
Legolas vio con temor, que no se movía… de verdad esperaba asesinar al arquero ahí frente a ella y a él.
- De todas formas, no creo que llegue muy lejos con esa herida sangrante… - comenzó a caminar hacia él.
La primera parte de su plan estaba saliendo muy bien. Debía alejarles lo más posible de ellos y asesinarle, esa era también su meta. Debía evitar que asesinara a aquel enano o al tío de este.
Legolas dispuso de sus espadas y se preparó para la pelea, hasta ese día la pelea había sido cuerpo a cuerpo, ahora esperaba que aquellas armas le sirviesen para aniquilarle.
Contaba con ello.
/
- ¡Tauriel debemos llegar hasta mi tío! – grito Kíli en medio de la batalla.
Peleaban con una nueva horda de orcos y trasgos. Hasta ahora parecían contener los ataques de estos.
Kíli llego hasta ella y le tomó de la mano, para llevarla hasta donde fue la última vez que le vio, era necesario llegar hasta él, debían lograr vencer a Azog o esta lucha podría llevarles días o unos instantes más, una mala pisada, un mal golpe y ambos estarían fuera de este mundo en menos de lo que caían al suelo.
El enemigo se volvía más violento y ambos lo notaban, pues ya no gozaban de pelear con un enemigo a la vez. Estos les atacaban de más a la vez. Era cada vez más constante las ocasiones en la que por poco eran heridos.
Kíli ya no se lamentaba el que ella estuviera ahí, ahora se sentía un poco más confiado. Ella le inspiraba fuerza y una determinación que antes no logro ver. Ella a cambio se movía con la gracia que acostumbraba, tenía la ventaja de ser mucho más ligera que él, por no mencionar su altura y lo esbelta que era a comparación de él. Era toda una guerrera, repartiendo golpes a sus enemigos como toda una experta.
Tauriel se sentía tan segura a su lado, como si nada en el mundo pudiese pasar y la burbuja en la que se encontraba fuera irrompible. El era tan fuerte y no solo ello… tenía una voluntad de acero y un corazón leal a sus metas, daría todo por cumplirlas y ver feliz a su familia de regreso a su hogar. Él era un enano honorable.
Se aferró a su mano dejando que le guiase por aquel pasillo de nieve… hasta que le obligaron a soltarle…
Una flecha le atravesó el hombro.
Kíli se volvió a verla.
- Tauriel – dijo sorprendido de ver como la elfa que amaba se había soltado de su mano, descubriendo el por qué.
- ¡Sigue Kíli! – le pidió ella, caminando. Era solo una flecha en el hombro, nada de otro mundo. Sentía dolor y observó atenta la flecha… no se consideraba una llorona y no le daría a él un motivo para preocuparse – Vamos escóndete… - pidió urgentemente. No entendía ni había previsto de donde provenía aquella flecha, pero pronto le siguieron más.
Escondidos entre aquella pared, intentó ver la herida de Tauriel.
-¿Cómo estás? ¿De dónde ha venido eso? - intentó revisar, sabiendo que él no podría hacer mucho. Estaba preocupado. Necesitaba que ella le tranquilizara.
- Tranquilo… Kíli, estoy bien, no es una herida seria… mira – mostrándole su hombro desnudo y sangrante – necesitaré que me ayudes… quiero que retires la flecha… debes hacerlo rápido o el brazo me quedara inmóvil… ¿Me expliqué? - dijo reuniendo todo el valor y fuerzas que fuesen necesarias.
- Bien… - dijo nervioso, pero intentó disimularlo bastante bien. Pensó que era más grave de lo que aparentaba, pero ella lo hacía parecer como si fuese cualquier espina en la mano… debía ser molesto, más de lo que aparentaba – No quiero lastimarte, siempre soy quien las ensarta en alguien, no quien las saca… tendrás que ser muy valiente, pero confía en mi… - dijo sonriendo para ella.
- Si la dejo ahí se infectará… y con el frío que hace… podría ser muy rápido… confió en ti… - dijo mientras se mentalizaba para el dolor que sentiría en unos instantes.
Kíli, se puso a su lado y le tomo del hombro herido con sumo cuidado, intentando ser lo más delicado que sus manos le permitían. Sentía que la dañaba con cualquier movimiento… se estaba poniendo nervioso y entonces Tauriel tomó sus temblorosas manos.
- Kíli… todo va estar bien, te lo prometo, no me ha dañado mucho… - reconoció en sus ojos que no estaba convencido - Si estoy herida, pero no me impedirá defenderme y no quiero que te preocupes por mí… iremos con tú tío y le ayudaremos con Azog… de acuerdo… solo hazlo rápido – le pidió respirando hondo.
- Lo intentaré… no quiero verte lastimada, mi Tauriel – dijo acariciándole el rostro, poniéndose frente a ella – Toma mi brazo – ella volteó a verle – Estoy seguro que va a doler y hasta tu lo debes sentir, déjame ayudarte en eso –
Ella le tomo del brazo que no estaba herido y se sujeto con fuerza, cuando sintió salir la flecha. Encerró en sus labios un grito… aquello dolió más de lo que pensaba. No pudo evitar que Kíli lo notase, pues había clavado en él sus dedos.
- Lo siento tanto – dijo con los ojos vidriosos – No quería lastimarte –
- No ha sido nada… - mientras le vendaba con una tira que corto de sus ropas, temió hacer la pregunta, pero requerían moverse de ahí o serían encontrados y si se tardaban más nunca llegarían con Thorin - ¿Seguimos? ¿Puedes hacerlo? O nos quedamos un… –
- Sigamos – dijo enérgicamente poniéndose de pie a su lado.
Salieron del túnel de nieve y no vieron más flechas por el lugar. Caminaban despacio y observando el lugar, no deseaban ser sorprendidos de nuevo. Vislumbro a lo lejos a su tío peleando con Azog. Estaba muy cerca, cuando sintió que Tauriel volvía a quedarse atrás.
Giro el rostro para verla en manos de aquel trasgo alto, del cual se habían olvidado, del que ni siquiera habían notado su ausencia mientras ambos se declaraban su amor y compartían sus ideas para el futuro.
Ahora Tauriel estaba en sus garras con un brazo herido y casi imposibilitada para defenderse…
Kíli no dudó en tomar su decisión… debía regresar por ella.
- ¡TAURIEL! – gritó mientras se lanzaba hacia él.
- ¡No Kíli! - exclamó ella, retorciéndose en los brazos de aquel trasgo – ¡vete! – exclamó apresuradamente.
Rápido fue a dar al suelo el enano. No había forma de sorprenderlo.
Tauriel intentaba liberarse de aquel infernal abrazo, sin mucho éxito. Tiraba patadas a diestra y siniestra, en la sorpresa que le había tomado, había soltado su daga, aquel trasgo era muy fuerte y le presionaba contra su pecho adornado con púas metálicas, de las que si no se liberaba pronto le penetrarían el cuerpo dañándola seriamente.
Entonces vio que Kíli se movía rápidamente y con su daga le atinó a herir en el pie a tan abominable bestia… quien a pesar del dolor de aquella herida, no la soltó completamente pero si debilitó su agarre, cosa que aprovechó Tauriel para zafarse y correr a sujetar su daga y ayudar a levantar al enano del suelo.
- Vaya con la elfa bastarda… sí que eres resistente al igual que el principito que ahora yace en el fondo del precipicio –
Tauriel se quedo congelada… estaba hablando de Legolas…
- No te atrevas a hablar de él miserable bestia… él no caería ante ti, ni es sus peores días – dijo furiosa.
- Vaya, vaya… se ha puesto sentimental la elfa… - dijo sardónicamente – No te preocupes… donde este él, pronto podrás acompañarle… te han herido con una flecha de morgul y el veneno hará efecto en ti, no desesperes –
Ella hizo como si no hubiese dicho nada…
Kíli la observaba atentamente, dudando que ella no le hubiese revelado la naturaleza de su herida, el mismo la había padecido hace poco y sabía lo que podía hacerle, pero dispondrían de tiempo para sanarla, cuando toda aquella guerra hubiese terminado.
- No tengo miedo a la muerte… - dijo ferozmente – Deja de hablar y pelea, que no te dejare hablar de Legolas… como si fuese cualquier cosa, no oses ensuciar su nombre con tus podridos labios, el es ante todo un príncipe y un buen elfo e hijo del rey y te aseguró que si ha caído ante ti hoy, será vengado por mi o por su padre… -
Se colocó frente a Kíli, haciendo un esfuerzo por defenderle de aquel trasgo.
El enano le miró asombrado por el derroche de valor que demostraba, aun sabiendo lo que le deparaba el destino si no fuese curada a tiempo… estaban en medio de una montaña nevada, que no contaba con ninguna vegetación, mucho menos con la añorada Athelas o hoja de reyes que le ayudo a salvarse a él.
Él era quien debía salvarla, más sin embargo vio que estaba decidida a defender al que fue su príncipe y su querido amigo de toda la vida. Era como su Fili. Él deseaba hacer lo mismo con Azog, solo que ahora estaba muy lejos de él, lejos de Thorin y no sentía deseos de dejar a Tauriel a su suerte. La había recuperado, no esperaba perderla tan pronto.
Todo estaba pasando demasiado pronto.
Apenas descubría que el amor que profesaba por ella era reciproco, que ella al igual que él anhelaba una vida a su lado, que poco le importaban las tierras o tesoros, que lo único que albergaba en su corazón era su amor a cambio. Esa era la dama de la que se había enamorado. Apasionada, valiente, fuerte y decidida… cabía decir que había algo de imprudente en ella, pero le justificaba por todo lo bueno que había en ella.
De ninguna manera le abandonaría… no frente a aquel ser inmundo…
Su mejor amigo podía estar muerto, él le debía la vida, por lo menos honraría su memoria ayudándole a vencer a semejante espécimen.
Se colocó a su lado y empuño su espada con gesto feroz.
- No te abandonare, Tauriel -
- Lo sé –
Más sin embargo esperaba que lo hicieras…
/
Se encontraba peleando con tan despreciable ser. Irradiaba maldad a su alrededor y con gusto sería el encargado de destruirle.
Resulto bastante satisfactorio saber que podía defenderse bastante bien con sus armas. Era fuerte, los de su especie lo eran. Seres con ágiles reflejos y habilidades, pero enfrentarse a aquella bestia no era algo fácil. Debía pesar una tonelada y por lo que apreciaba era puro músculo.
El estaba en forma y era atlético, lo que ayudaba en aquella situación. Sabía que los de su clase, quiero decir la realeza, no siempre se formaba como guerreros, pero su padre y él así lo disponían. Vivían en una región que estaba en constante pelea con arañas gigantes y debido a la mala experiencia que tuvo su madre, prepararse en el arte de la guerra era indispensable.
Bolgo, si así se llamaba el maldito también sabía defenderse.
No sabía cuando tiempo llevaba en aquella disputa, no estaba cansado, pero advertía que ya habían tenido el tiempo suficiente para que Tauriel y Kíli se hubiesen jurado amor eterno y esas cosas. No era necesario seguir jugando con aquel inmundo ser.
Llegaron a un momento en el que la batalla estaba más reacia, el maldito orco no cedía terreno y Legolas por supuesto que tampoco se lo permitiría… él también lo defendía.
- No podrás vencerme… - dijo sonriendo – No has podido hacerlo esa noche, no lo harás ahora –
El trasgo dejo caer todo su peso en su arma y está casi se incrustaba en el pecho de Legolas.
El elfo resistió aquella embestida. Estaba haciendo uso de todas sus fuerzas, pero no se dejaría vencer.
- No te será tan sencillo bestia –
El trasgo molesto por la ofensa retrocedió tomando impulso, corrió hasta Legolas golpeándole con fuerzas. Al ver su oportunidad Legolas acertó clavarle su espada entre las hendiduras de hierro que brotaban de su cuerpo. Para retroceder antes de que lo sujetase como en la ciudad del lago.
El otro se levantó y comenzó a reírse a carcajadas de aquel intentó de ataque.
- ¿Acaso crees que con tus espaditas podrás derrotarme? pobre iluso… me has confundido con un inmundo orco… al igual que tú, mi descendencia es larga y mi voluntad me permite cumplir mis deseos… el enano es lo primero, pero te has ganado el segundo lugar en mi lista… -
Se puso en posición de combate y se quedó ahí intentando hacer que Legolas se dirigiera hacía el.
- Vamos… o es que ya has mostrado todas tus habilidades… señor del bosque-
Legolas no solo era un buen contendiente, además gozaba de una gran inteligencia que le había dado sus días de infancia en la biblioteca de su padre y durante excursiones que logró hacer para conocer el reino y más allá de él.
Observó que el terreno sobre el que peleaban era solo nieve congelada… si el pudiese provocar una pequeño derrumbe… aquella bestia se iría al precipicio, pues notó que bajo sus pies no había nada… esa era la oportunidad perfecta para hacerlo.
A lo largo de su vida había logrado conocer sus habilidades y las debilidades que también poseía. Sus habilidades todo mundo las elogiaba… pero también era de sabios reconocer lo que no se puede hacer, en este caso posiblemente era exterminar él solo a aquella bestia… muy a su pesar, pues deseaba hacerlo, pero las circunstancias apremiaban… no debía perder más tiempo, si podía eliminarle de esta manera lo intentaría.
Contaba con su agilidad y ligereza de pies, como para salir de aquel derrumbe sin caer en su propio plan. Era tiempo de ponerlo en marcha.
Aquella bestia estaba dispuesto a esperarle… sabía lo engreído que se sentía, esperaba terminar con él y pasar a su meta principal: el enano de Tauriel.
Legolas le mostraría cuán importante era en la guerra no solo llevar las armas, sus armaduras y confiar en que la batalla se ganaría solo por ser mucho más grandes que el rival. A la guerra también debía llevarse el cerebro, sino para que más estaba ahí.
- Vamos, vamos… trasgo mugriento… acaso crees que he mostrado todas mis habilidades… - dijo mientras pensaba la mejor manera de llevarlo a cabo – Con tan solo verte a la cara, me dan ganas de honrarte quitándote tu enorme cabeza de encima de ti… quizás así puedas ver lo horrendo que estas… de todas formas dudo mucho que la uses… - dijo burlándose.
- ¿Crees que ofendiéndome, lograras algo?... –
- Por lo menos estoy expresando lo que pienso y lo que indudablemente no se puede negar… -
Esta vez el trasgo, se movió. Aquella ofensa después de todo había surtido efecto, quién pensaría que un trasgo podría ser vanidoso. Abrió las piernas tomando más terreno, como si pretendiese volver a salir corriendo hacia él.
Justo lo que Legolas pretendía.
Esta vez, fue él quien corrió a su encuentro… el trasgo se sorprendió y por primera vez sintió miedo. Cualquier cosa que pretendiera aquel elfo, estaba cayendo en su juego y eso no le pasaba a menudo.
Justo cuando el elfo llegó a su altura se deslizó bajo sus pies y llegó al otro extremo, deslizándose en la nieve… al parecer a los elfos se les daba bien eso…. Años matando elfos, enanos y hombres…. Y ahora le pasaba esto, su padre estaría molesto.
Se volteó rápidamente e intento devolverse rápidamente hacia donde el elfo se encontraba, levantando con furia su enorme arma de dos filos. Y esta vez no fallaría, el elfo le esperaba ahí sin moverse, debía pretender algo… pero estaba cegado por la ira, aquel ser le estaba sacando de sus casillas y él era más grande, más poderoso y mucho más fuerte.
En el preciso momento en que llegaba hasta él, el elfo saltó sobre él. No entendió como sucedió… pero él fue a estrellarse de lleno con una helada pared de hielo y entonces le escuchó…
Algo se había estrellado… vio como sobre la nieve se dibujaban líneas y más líneas, entonces sintió como sus pies se movían de forma irregular… aquel elfo le había puesto una trampa… y él había caído directa en ella. Pero no era tan estúpido como para irse él solo… tenía muy poco tiempo y logró visualizar al elfo que se sostenía de una parte de la montaña.
Estaba seguro ahí, pues si sería lo último que haría… al menos le llevaría consigo. Tomó su arco con cuidado y tiró de él hacia el elfo que seguía escapando de su ataque con gracia y elegancia.
- Maldito elfo... muere de una vez… - vociferó cuando una de ellas dio sobre el encima del elfo, provocando que un montón de piedras cayesen sobre él. Esta vez le tenía.
Había olvidado lo frágil que era el suelo sobre el que pisaba… preparó su lanza para clavarla sobre el elfo que yacía sobre el suelo intentando levantarse rebelándose con el peso de aquellas rocas… entonces lo sintió, el suelo bajo sus pies se abría y le dejaba ver que no había algo más allá que un enorme acantilado.
Era una de aquellas caprichosas formaciones de la naturaleza. Con aquel impulso de golpear, estaba quitando la poca estabilidad que le quedaba al piso y cuando sintió que caía se sujeto fuerte a unas rocas… logrando ver como el elfo no tenía la misma suerte.
Desapareció rápidamente en una mancha de blanco y gris.
El mismo elfo que antes había preparado aquella trampa mortal para él, no había logrado escapar de ella.
Estúpido y arrogante elfo… solo preparaste tu misma muerte…
El elfo había sido exterminado… la vida del enano ya tenía fecha de expiración… había vencido a un elfo… a un príncipe. Su orgullo no pudo haber crecido más en tan poco tiempo… se irguió soberbio y sin volver la vista a donde antes, ahora solo se veía un claro pedazo de nada… la caprichosa nieve había estado ocultando todo este tiempo un precipicio.
Sus pasos se dirigían ahora en búsqueda del enano y la plebeya elfa… una combinación por demás extraña, pues hasta donde ellos sabían, eran dos especies que se odiaban…
Que importaba, todos morirían hoy o mañana… por lo menos ellos lo harían cuando les encontrara…
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- Vaya, vaya… ¿De qué ha de servirte ser tan valiente? – Exclamó el trasgo… - Acabemos esto rápido… ¿No tendrás miedo para venir a atacarme?... de todas maneras no he de tener ninguna consideración contigo o con el enano que tanto te aferras a defender… tu príncipe cayó en su propio juego y estaba sano… tu no durarás conmigo ni un segundo… -
Tauriel no se movió ni un poco. Estaba herida y la farsa había sido develada, estaba peor de lo que le había dicho a Kíli. Deseaba tanto que se fuera de ahí, que le dejará… nunca se lo reclamaría. Deseaba ir con él, pero que le viera partir o exponerlo a aquel ataque, cuando sabía que quería ayudar a su tío ya era demasiado… además estaba el hecho de que si Legolas había caído en las garras de aquel monstruo, ella le había alentado a estar ahí… en parte se sentía responsable por ello y por amor y honor vengaría su muerte.
Ahora era demasiado tarde…
- ¡Al menos lo intentaré inmunda bestia! – grito enfurecida.
Kíli permanecía a su lado, intentaba encontrar la cordura en lo que estaba pasando. Tauriel herida, su amigo muerto, Thorin peleando muy cerca de ahí con el orco, el constante recordatorio de vengar a su hermano herido… pero su corazón le decía que permaneciera ahí, que la cuidara… ella le necesitaba, como lo hizo en la ciudad del lago.
Lamentablemente él no sabía cómo ayudarla más que prestando su espada a su servicio.
Ella volteó a verle, cuando hizo por avanzar hacia el trasgo - No… esto me corresponde a mí, él era mi amigo… -
- Lo sé Tauriel… pero estas herida, necesitarás mi ayuda… -
- Si me ves necesitada ayúdame entonces… creo que puedo defenderme… deberías marcharte con tu tío… -
- Yo deseo quedarme… -
Tauriel le contempló acongojada… ahora ella era la que estaba preocupada. Esperaba vencerle sin necesitar que Kíli se involucrara.
No había pasado ni un instante, cuando vieron al trasgo correr hacia ellos con su arma en lo alto. Tauriel apretó el mango de su espada y se preparó para el ataque.
Fue rápido, sin descanso y con un uso descomunal de fuerza. El trasgo estaba decidido a liquidar a quienes se interpusieran en su meta: Kíli.
El debía irse de ahí.
Se movía con gracia, pese a la herida sangrante en su hombro, soportaría aquel dolor. Lo soportaba, porque sabía que nada era comparable al dolor de perder a su mejor amigo… y ninguno podría consolarla si perdía al enano que estaba a su lado, con su espada presta.
Entonces no supo de donde… salieron más orcos y trasgos, aquel ejército era interminable, Kíli se volvió a ellos para pelear.
Estaban en un lugar cerca de las escaleras que conducirían al lago congelado donde peleaba Thorin, el tío de Kíli. Estaban tan cerca que pensó que él fácil podría haberse ido allí. Más sin embargo escogió quedarse ahí con ella.
Bolgo, se movía rápido y le golpeó en el vientre con sus enormes garras, cayendo aturdida, pues había perdido el aire y le costaba recuperarlo.
El trasgo nuevamente le tomó del brazo herido y la levantó por los aires, como si fuese una pluma.
Gritó ante aquel dolor… sentía como si le despegase el brazo del cuerpo… como si intentará arrancárselo. Intentaba parecer que aquella tortura, no era tal, pero su rostro le traicionaba, de verdad que le dolía y entonces el orco la sujeto de la herida y comenzó a presionarla aumentando el sufrimiento en ella.
En su vida había sentido un dolor como aquel… su cuerpo le estaba traicionando.
Pero aún había deseos de vida en ella…
El enano se abalanzó sobre aquel perverso orco y le golpeó con todas las fuerzas que poseía. Estaba torturando a la doncella que amaba y todo era culpa de él, por atraerla a aquel lugar… porque él le había hecho una promesa y ella le amaba demasiado como para abandonarle en aquella fría montaña.
Tiró varios golpes hasta que el trasgo lanzó a Tauriel sobre unas rocas, cayendo sin fuerzas sobre ellas.
Sintió deseos de correr hacia ella, pero no se lo permitirían, el debía hacer algo… con su espada intento defenderse a él y a ella, colocándose frente a Tauriel que aún no se levantaba…
Les admiro con cinismo, aún se resistía a dejarla, aquello debía significar algo, ambos ya estaban heridos y era cuestión de minutos que cayesen muertos. Lo mejo de todo era que aquel enano ya no escaparía, la muerte le esperaba al final de su lanza. Era demasiado pequeño comparado con él, si la elfa no tenía posibilidades aquel ser mucho menos.
Kíli se defendía bastante bien, no podía evitar golpes, pero al menos sí que su arma terminase en su cuerpo. Aquel trasgo era muy fuerte y su armadura era bastante dura, pero no impenetrable. El encontraría la forma de de exterminarle.
Tauriel seguía sobre el suelo, le preocupaba que no se levantase, si llegaba otra horda de orcos, no podrían defenderse… debía ponerse de pie.
- ¡Tauriel… despierta! – gritó desesperado.
- Tu amiga ya debe estar muerta… - dijo el trasgo lanzando un golpe a su cabeza – No te preocupes tú pronto lo estarás –
- Vamos Tauriel… debes despertar… ¡debes ponerte de pie! - dijo con voz entrecortada.
Fue solo un momento de distracción y el cayó al suelo con un fuerte golpe que le dio el trasgo en la cabeza con la suya propia.
Le tomó fuertemente de la cintura, vaya que era fuerte, parecía querer partirlo en dos y espero a que le viera a los ojos, quería ver el miedo en los ojos del enano, como suplicaba por su vida, como la vida escapaba de su rostro.
Tauriel levantó el rostro se sentía mal, pero aún estaba viva, lo primero que vieron sus ojos fue la escena que tanto había temido. Kíli estaba ahora a merced de aquel sanguinario ser, le iba a matar… iba a asesinarlo y ella sería obligada a ver cómo le era arrancada la vida al ser que amaba.
Ella no se permitiría aquello, sacando fuerzas de no sé donde, se levantó justo en el mismo momento en que el trasgo intentaba clavar su arma en el pecho de Kíli. Saltó como pudo y con fuerzas que no sabía que poseía y se trepó sobre su espalda sujetando fuertemente el arma, en un intento por evitar que se introdujera en el pecho del enano.
Aquello fue muy rápido, realmente la cadena de sucesos que pasó fueron muchos en tan poco tiempo.
Kíli cayó al suelo medio inconsciente, Bolgo comprendiendo que su ataque había sido evitado, intento tomar a la elfa que estaba sobre él y estuvo cerca de hacerlo… al no lograrlo decidió castigarla golpeándola contra la pared rocosa e irregular que estaba a su alrededor.
Tauriel recibió fuertes golpes en la espalda y una roca afilada se introdujo cerca de su cuello, haciéndola sangrar sin poder controlarlo. Bolgo sintió como la fuerza con la que lo sujetaban disminuyó y esta vez alcanzó su pie, dejándola caer todavía en el suelo con gran fuerza.
La elfa se veía fatal, estaba muy golpeada, herida por la flecha y ahora no dejaba de sangra de la herida causada por las rocas. Ya era tiempo de terminar con aquella terrible distracción, tenía al enano donde quería… todavía no podía ponerse en pie y se arrastraba hacia ella. Aprisiono a la elfa con su pie y la vio gemir de dolor, mientras la aplastaba con todo su peso.
- Voy a reventarte… y créeme lo estaré disfrutando – exclamo con una alegre expresión.
Tauriel ya no hablaba, ni siquiera se retorcía bajo él. Giró la cabeza y buscó a Kíli con la mirada… esta vez las lágrimas la traicionaron y brotaron de sus claros ojos verdes. Iba a morir de ello no había duda y buscaba el consuelo que el enano solo podía darle.
Entonces inesperadamente alguien golpeo al trasgo derribándolo y librando a Tauriel de aquella presión, quedándose ahí tirada sin fuerzas.
/
Legolas se había salvado por poco de caer, no intentaba ser quien cayera al precipicio, pero su agilidad le había salvado, logrando sujetarse de alguna roca firme, que le permitió escapar de la muerte esta vez.
Maldito trasgo ese, debía sentirse muy orgulloso de su logro, esta vez él le borraría la sonrisa de su horrible rostro.
Ascendió con dificultad, pues algunas rocas se desprendía impidiéndole subir rápidamente.
Cuando por fin llegó a la superficie, comenzó a buscarle, hasta dar con él. Estaba peleando con Tauriel… o más bien presionándola… el enano debía estar herido pues se arrastraba hacia ella y el trasgo la oprimía contra el suelo, si seguía haciéndola terminaría por asesinarla con aquel peso sobre su delicada figura.
Tomó impulso y se dirigió hacia él con todo su peso, logrando desequilibrarlo y hacerle quitar su pie de encima de su amiga. Ya había sido bastante de jueguitos, debía terminar aquello de una vez por todas, mientras los otros dos se recuperaban de sus heridas, él pelearía contra aquel monstruo.
Le llevó hasta un pasadizo de piedra que se alzaba nuevamente sobre una gran pendiente y luego un vacio. Esta vez no debía equivocarse. Se golpearon ambos y los dos resistieron, con cada golpe el suelo por donde pisaban perdía ladrillos y pronto esta se desvanecería.
Legolas saldría vivo de ella.
Haría todo lo que estuviera en sus manos por asesinarle. Él había dejado en una condición deplorable a su adorada amiga, la que tanto había estado cuidando y por la que tanto temía.
Con renovadas fuerzas y la determinación de exterminarle por fin, Legolas acertó a clavar sus dagas sobre la cabeza de aquel trasgo en un ataque certero, que el miserable no vio venir. Estaba hecho, aquella criatura por fin había muerto y el podría seguir adelante.
Por fin el suelo que ambos pisaban cedió y se vio en la necesidad de salir corriendo de ahí. Milagrosamente alcanzó suelo firme y pudo respirar.
Vio como se perdían en el vació el cuerpo del trasgo y los ladrillos en el vació.
Debía volver a verla.
Caminó hasta que la encontró recargada a una pared, lucía fatal.
Su bella Tauriel…
Estaba muy mal.
/
Kíli por fin llegó hasta ella, el aire estaba haciendo efecto en él. Pudo levantarse y verla. Se veía muy mal… pero aún estaba viva.
Sus ropas estaban raídas y manchadas de su propia sangre. Sus cabellos enredados y húmedos por estar en el suelo. Su piel antes clara y rosada, ahora se acercaba peligrosamente al blanco, como un fantasma o como imagino debía verse uno. Ella le miraba sin hablar, había sangre en sus labios, pero en ella se intentaba formar una sonrisa.
- Oh Tauriel… ¿Qué te he hecho?... – exclamó con tristeza.
Ella hizo el intento por acariciarle el rostro, pero su mano cayó de nuevo sobre ella. Estaba muy cansada y adolorida. Todo su cuerpo pedía a gritos que lo dejara descansar, no moverse jamás… más sin embargo ella deseaba hacerle saber que estaba ahí.
Con sumo cuidado la levantó de aquel lugar y con unas fuerzas que no sabía que poseía la cargó, algo que él creía imposible o simplemente no había concebido hasta ahora. Ella se veía realmente muy mal. No le importó que ensuciase sus ropas o que se viera algo ridículo cargando a alguien más grande que él. Era la dama que amaba, la que se había puesto en peligro tratando de protegerle a él.
La llevó cerca de unas rocas que le ayudarían como respaldo y se sentó a su lado, contemplándola afligido. Se sentía incapaz de verle de otra manera, no era lastima, era preocupación y angustia. No sabía cómo ayudarla, el también estaba herido, pero podía moverse y tenía fuerzas para hacerlo. Algo de los de su especie, ella era fuerte, ahora parecía frágil, como si se rompiese.
- Kíli… debes ir con tu familia… - dijo cuando vio que Legolas se acercaba a ellos.
El volteó a ver al príncipe, que ya no le miraba con aquella expresión de enojo. En su mirada notó la gran preocupación que sentía por Tauriel allí postrada. Deseaba ayudarla, quizás él podría.
- ¿Puedes ayudarla? – exclamó esperanzado. Él también era un elfo, debía saber cómo curarla o ayudarla… un maldito cliché que castigaría si Bofur hubiese mencionado en un chiste sobre los elfos.
- Me temó que no… - dijo desilusionando al enano – Nunca me dedique mucho en el arte de la sanación… en cambio a ella siempre le pareció importante –
Kíli volvió la vista a ella. ¿Estaba perdiéndola?
- Melme-nya, no te aflijas – dijo tomando la mano que estaba cerca de la suya con gran esfuerzo – Debes cumplir lo que te has propuesto… el rey aún debe estar peleando sobre la montaña y ya estas tan cerca… ve, Legolas aquí me ha de cuidar, en cuanto me sienta mejor iré contigo… - dijo regalándole un tierna sonrisa.
Kíli la miró dudando de si hacerlo o no.
- Vamos, creo que tu tío necesitara de tu ayuda, yo he de encargarme de cuidarla… prometo que lo hare como si fueses tú el que se quedara con ella, se cuanto la amas y no dejaré que nada malo le pase –
Respiró hondo y entonces se acercó a ella y le besó en los labios rozándolos apenas, pues no quería incomodarla y mucho menos lastimarla. Se puso en pie y le dio la mano al elfo alto que se erguía a su lado.
- Prométeme que la cuidaras… ella es todo para mí… si es necesario sacarla de aquí hazlo, no sé realmente como vaya a terminar todo esto, pero ya está bastante herida y no quisiera que algo peor le pasara – le dijo sincero – Preferiría que se marcharan de aquí… -
- Lo haremos, en cuanto pueda ponerme de pie… ahora vete, te necesitan en otra parte… hazlo Kíli o no podrás vivir con ello, se cuanto quieres a tu tío, Fili está bien, ayuda a tu tío, yo estaré bien… -
Entonces el partió a defender a su Thorin que aún peleaba con el enorme trasgo.
Legolas se volvió a ella.
- Debiste ser sincera con él… al menos eso le debías… -
- Él está mejor así – dijo mientras un arranque de tos le daba y en su mano quedaba rastro de sangre fresca.
- Oh mi querida Tauriel – dijo postrándose a su lado, consolándola, mientras gruesas lágrimas brotaban a raudales de sus ojos.
- Lo sé, lo sé – intentando consolarse en aquellas palabras.
Le había dejado marchar, no sabiendo si volvería a verle.
/
La tarde ya caía, el sol hacía su breve aparición entre las montañas tiñendo el cielo de un naranja y rosado entre las nubes que aún deseaban cerrar el cielo.
La pelea con el trasgo era bastante cansada, pero deseaba salir victorioso, por lo que ponía todo su empeño en ella. Tenía casi doscientos años y seguía siendo fuerte. No estaba precisamente en la flor de la juventud como lo estaban sus sobrinos, pero su determinación le permitía seguir tirando golpes contra aquel ser frente a él.
Por el momento habían cesado la intromisión de otros en su pelea, desconocía quienes estaban vivos o muertos en el campo de batalla en el valle, ignoraba si todavía Dwalin o Bilbo estaban vivos, lo mismo le pasaba con Kíli, de corazón esperaba que ninguno de ellos hubiese caído bajo las armas del enemigo.
La batalla había dejado de ser verbal y ahora solo se concentraban en hacerse daño el uno al otro. En la cara de Thorin se notaban rasguños y comenzaban a aparecer moretones por las caídas y golpes que había recibido a lo largo de todo el día.
En cambio Azog se veía casi entero, la maldita bestia no se veía tan golpeado como él, aunque lo estuviera. Odiaba aquello, deseaba verle herido, lastimado, sangrando… muerto.
Azog intentaba hacerle caer sobre una especie de mazo con cadena que podía lanzar a voluntad, haciéndole retroceder en ocasiones, pues no era sencillo acercarse a él, con semejante arma que alcanzaba a distancia lacerarle. Por lo que aprovechaba cada descuido para herirle cuanto podía, pero la realidad es que no era mucho el daño que le había causado. Al menos no el que quisiera.
Entonces le escucho. Una voz familiar.
Kíli se acercaba a él.
Thorin no le mostró mucha atención, estaba en un claro, alguien que notara su presencia, le podría herir desde donde estaba. Desconocía si en aquel ejército había arqueros, pero si alguno le viera sería un blanco fácil.
/
Ya se acercaba hasta su tío, ascendió las escaleras tan rápido como pudo y pese a que sintió malestar en las piernas, logró verle a lo lejos. Estaban ellos solos en el centro de lo que parecía un lago congelado.
Estaba seguro que entre ambos podrían derrotarle.
Estaba tan cerca de llegar, cuando una flecha le atravesó por la espalda, le había dado justo en el hombro. Había olvidado que había arqueros en aquel lugar. Se volvió adolorido por la flecha.
Un trasgo ya venía corriendo hacia él con su arco listo para herirle. Kíli se movió rápidamente evitando que otra flecha se clavase en su cuerpo. El arquero seguí lanzando flechas cerca de él, pero ninguna daba en el blanco, al ver que la distancia ya era muy poca, decidió que era mejor atacarle con su espada.
Entonces Kíli se defendió como pudo con el brazo herido. Alcanzando a ver que más trasgos se acercaban hacia ellos. Acertó una firma estocada en el pecho del arquero y este cayó sin vida al suelo. Esperaría a los siguientes mientras su tío peleaba a solo unos pasos de él.
/
Thorin no vio llegar nunca a Kíli, intuyó que algo lo mantenía ocupado atrás… debía seguir peleando.
El hielo se quebró por un fuerte golpe que dio el trasgo y sintió casi perder el control ante los movimientos bruscos que tenía por el impacto de aquella estrepitosa capa de hielo sobre las aguas congeladas.
El trasgo no cedía y entonces reconoció la posibilidad de vencerle en su propio juego… si él era el grande y fuerte Azog, él era el gran e ingenioso Thorin. Decidió llevarle por un paseo a las aguas heladas, saltando de aquel pedazo de hielo que donde ambos se encontraban.
Una vez bajo el agua creyó que por fin todo aquello estaba terminado… cuan equivocado estaba…
/
"Tú y yo somos como dos estrellas detenidas en el espacio,
separadas por la distancia y unidas por el recuerdo."
Kíli peleaba con dos criaturas fuertes y decididas, solo que ambos peleaban por motivos muy diferentes, estos con la firme convicción de asesinarles mientras que él pensaba en defender a su tío y volver con Tauriel.
Alguna voluntad debía ser más fuerte. O la suerte de alguno sería la que definiría todo.
La última vez que vio a su hermano, este estaba muy mal herido, el mismo lo estaba, desconocía como estaban todos los demás allá abajo en el valle, la pelea seguro sería todavía complicada, aunque no mucho más que ahí. Tauriel estaba muy mal herida y encima con una lesión por flecha negra, ahora el mismo había sido herido por una flecha y aunque fuera una normal le restaba posibilidades de victoria a su empresa.
No se daría por vencido. Thorin debía cumplir su meta, él debía volver con ella y salvarla.
Su espada era el medio perfecto para hacerlo. Cortaba, hería mutilaba a su paso.
Lamentablemente, la suerte no parecía estar de su lado en aquel momento. Otra flecha le atravesó la pierna derecha, haciéndole caer momentáneamente.
Se puso de pie como pudo y recibió otro golpe en la espalda.
Aún de pie intentaba moverse, logró cortar la cabeza del orco que le atacaba de frente. Vio que el arquero se acercaba a él, seguro de la vitoria sobre el enano.
Se consoló sabiendo que por lo menos Tauriel no estaba viendo aquella escena. Aún estaba vivo, pero sabía que le dolería como a él verle tan herido.
Casi sintió como la flecha se introducía en su pecho, casi pudo respirar su inmundo aroma. Si habría de morir ahí, no lo haría arrodillado frente aquella bestia. No pidiendo piedad, ni suplicando misericordia. Era un legítimo hijo de Durín. Moriría con el orgullo que aquello representaba. Aun tenía un movimiento que dar.
Aquella criatura creyéndose victoriosa, se poso frente a él. Le dedicó una sonrisa de satisfacción. Sabía que su presa no podría escapar de su ataque y siendo así, podía jugar con aquello. Pues ante todo eran criaturas crueles y viles. No conocían de amor o piedad, solo de muerte y destrucción. Y al paso de cualquier muestra de aquellos valores, sentían el más acérrimo desprecio.
Aquel enano parecía tenerlo. Debía morir.
Cuando por fin le tuvo de frente solo requería de soltar la flecha con sus dedos, solo aquello y el enano caería muerto al instante.
Frente a sus ojos, pasaron fragmentos de lo que dejaba en la tierra. Su madre Dís, la promesa que ya no cumpliría, Fili solo en aquella ciudad de hombres, su tío abandonado cuando más le necesitaba. Tauriel y la promesa de una hermosa vida juntos.
Aquello le peso en gran manera, se mantenía de pie por pura voluntad, porque su cuerpo le pedía abandonarse en el suelo y descansar por las heridas. Pero se negaba rotundamente a obedecerle, estaba esperando la estocada que habría de llevarle lejos de sus seres amados, esta vez sin retorno, pero no le dejaría hacerlo tan fácilmente, el se defendería hasta donde la vida y oportunidad le fuese posible, no importaba si la suerte estuviera o no de su lado.
El añoraba un destino con su amada Tauriel, deseaba encontrarla feliz a su lado, deseaba que los recién descubiertos labios de su amada fueran besados con la misma o mayor pasión con la que los había besado antes. Deseaba aprender de ella, todo lo que sabía que ella conocía de sus estrellas, del mundo que les rodeaba, amaba como veía la vida, como creía en la bondad y añoraba una vida lejos de las guerras e injusticias.
Él deseaba proveérsela. Lo anhelaba como no había soñado antes, como jamás se imagino estar deseándolo. La quería a su lado, para amarla siempre, para hacerla feliz, para que él pudiera besarla cuando quisiera, para que ella le amara y se lo mostrará con cada mirada, cada sonrisa, cada caricia.
Le pareció lejano el día que su madre le llamó imprudente, el día que aprendió a usar su arco, cuando le separaron de Fili, al emprender su primer viaje y más tarde hizo su primera promesa, cuando la encontró alta y regia en medio de aquel bosque obscuro, luego bajo aquellas hermosas estrellas, para luego reencontrarla mientras ella le sanaba irradiando su brillante luz para él. Todo se resumía a ello. Su vida estaba terminando ahora.
La flecha le paso por el pecho y su espada se encajo justo en el centro de aquella inmunda criatura.
La bestia cayó hacia atrás muerta y él se dejo caer sin nada más que hacer.
La respiración antes agitada, disminuía.
Sintió que sus músculos se relajaban. Esto era morir.
Estaba muriendo.
No habría una despedida para él o para Tauriel, para Fili o su madre. Ahora no cumpliría con su promesa. Se marcharía contemplando el cielo en el cual predominaba un rosado. El ocaso estaba llegando. El se iría antes de poder ver sus estrellas, aquello le entristeció en gran manera.
Se consolaba sabiendo que al menos pudo amar a alguien… y ese alguien le amo.
Adiós querida Tauriel… vive una vida feliz, lejos de aquello que te entristezca… lejos de la avaricia y la maldad. Contempla tus estrellas y recuérdame de vez en cuando, al alzar tus ojos y las veas. No me guardes siempre en tu corazón… pero si recuérdame alguna vez, vive una buena vida a lado de alguien que pueda amarte y sea merecedor de aquel amor tan puro que ofreces…
Pensó mientras esperaba el último aliento llegar a él.
/
Thorin tuvo oportunidad de ver hacia su alrededor y ya no vio a Kíli por ahí. El menor de sus sobrinos había caído en aquella guerra.
Su familia estaba destinada a caer bajo las más horribles tragedias. Si el también lo haría… ya estaba preparado.
Había sido muy necio y terco al no escuchar a su hermana hace ya más de un año. Ahora le había arrebatado todo lo que ella poseía en la tierra: Sus hijos. A él sus sobrinos.
Lejos estuvo de importarle si el lograba asegurar y reconstruir sus tierras, su vida… su familia no volvería a ser jamás la misma. Estaba rota, incompleta… él era el rey lo sabía, le dolía reconocerlo y entonces comprendió a Fili…
"Yo le pertenezco a mi hermano"
Aquel viaje a la montaña había sido una necedad. Eran demasiado pocos y al verse superados numéricamente, debió haberse retirado, no por cobardes, simplemente porque era de sabios reconocer cuando se tienen las posibilidades de vencer y era claro que nunca las tuvieron.
Ahora los que pagaban el precio de su necedad eran sus sobrinos, uno herido y desconociendo si podría salvarse y si lo hacía, no sabía que calidad de vida podría tener. El otro seguramente muerto, pues le vio correr hacia él y hablarle… ahora nada, un silencio sepulcral en aquella montaña.
Regresaría a buscarle creyendo que por fin había vencido a su rival, cuando fue herido en el pie por el trasgo que no se deseaba dejar la tierra todavía.
Emergió de entre las aguas heladas, para cumplir su meta.
Indudablemente aquel trasgo, el segundo en causar semejante desgracia debía morir ahí mismo en sus manos… como fuese.
Golpe a golpe fueron acercándose más uno con otro hasta que los dos por fin estuvieron cerca el uno del otro…
Y fue rápido como todo paso.
El trasgo cayó cajo su espada, firme y directa en el pecho, atravesándole, destruyéndole el corazón, si es que una criatura como aquella pudiese tener uno. Lo vio en sus ojos, había sido herido de muerte y vio como la luz de sus ojos se apagaba. No más terror para su pueblo, ni más odio, no más miserables cacerías por la tierra media a cargo de aquel incansable trasgo.
Thorin caminó unos pasos más lejos de aquel espacio de hielos estrellados, vio el brillante sol en su ocaso y entonces a los lejos le vio. Kíli estaba en el suelo.
Intentaría llegar hasta su sobrino.
Pero el daño de su herida en el pecho le impidió acercarse más a él.
Cayó moribundo sobre el suelo, en un golpe seco.
Había logrado su meta. Libró a su pueblo de aquella maldad arrolladora.
A un costo muy alto.
Tarde se había dado cuenta de aquello, pero al final lo logró.
Vio corriendo hacia él al pequeño hobbit que le acompaño valiente todo el tiempo. Aquel que él llamó traidor, al que intentó asesinar en aquel arrebato de ira, poseído por una terrible enfermedad.
Ahora él era quien le seguía consolando.
Apenas tuvo algunas palabras para despedirse de él.
Y la vida le dejó.
/
En el camino les encontró Thranduil rey de los elfos, después de todo había ascendido a la montaña, pero ya era demasiado tarde.
La vio en tan deplorable estado y en su rostro reconoció la angustia de verle tan lastimada, seguramente falleciendo. En sus ojos se asomaban unas lágrimas, que atrapo perfectamente evitándoles salir. Legolas se acercó a él inmediatamente, también había percibido su cambio de estado.
- ¿Ella… Tauriel… estás…? – preguntó con voz entrecortada.
- Me temo que si Su majestad… - dijo sonriendo con gran esfuerzo. No lo lamentaba, si ella moría al menos sería sabiendo que lo había hecho por el enano que amaba – Quite ese rostro Señor, no está perdiendo a nadie… -
El rey comprendió que ella era más de lo que siempre pretendió. La quería, siempre lo había hecho, ella nunca fue lo que él esperó, más sin embargo la quería, se había ganado un lugar en su corazón, era como la hija que nunca tuvo, siempre rebelde a su voluntad, pero admiraba eso de ella. Tarde lo estaba comprendiendo.
- ¿Por qué? – preguntó.
- Por que le amo Señor… por que no podía concebir una vida sin él… por que una vida sin amor, ya no era vida para mí… - dijo acariciándose el adolorido abdomen. Entonces se dio cuenta que entre sus ropas aún tenía la roca de Kíli… la promesa que ya no podría cumplirle a ella, por que se estaba marchando, pero que aún podía devolver a su madre.
Les era desconocido lo que había acontecido a tan poco de llegar a donde ahora yacía el cuerpo moribundo de Thorin escudo de roble.
Tauriel vio como ascendían unos enanos por las escaleras en las que antes vio partir al joven príncipe, eran los enanos de aquella compañía, todos ellos corrían con sus armas prestas para el ataque. Quizás la pelea en el valle había terminado y entonces todos alzaron la vista, águilas volaban arrasando a los enemigos, sin piedad caían sobre ellos… sintió un atisbo de esperanza… quizás Kíli también les estaba observando, ya no estaban solos.
La ayuda tardó pero había llegado.
El sol ya se escondía entre las montañas, las nubes no cedían todo el terreno, pero regalaban una hermosa postal. Ella desearía que se ocultara pronto, deseaba ver sus estrellas, contemplarlas antes de formar parte de ellas, deseaba despedirse y ver que sus padres le recibieran.
En ese momento frente a ella estaba el rey que tanto sirvió al que obedeció y que tanto deseo que la amase como a una hija, del que solo hasta ahora sabía que le importaba, pero ya estaba resultando algo tarde.
Tomó impulso y se levantó.
Ambos rey y príncipe hicieron el intento de dejarla donde estaba. El rey dio la orden inmediata de traer un sanador antes de que ella se marchase.
- Así que entonces… era real lo que sientes por ese enano… lamento haber sido tan duro contigo, espero puedas perdonarme… - aquellas eran las palabras más dulces que le escucharía decir.
- Siempre espere que usted me quisiese y me hiciese sentir de su familia, ahora sé que siempre lo fui, su hijo siempre me lo hizo saber y yo me negaba a creerlo, gracias por rescatarme aquella noche, siempre le estaré agradecida por ello… - las lagrimas corrían por sus mejillas pálidas - Por favor no espere a verlo en las mismas condiciones para decírselo, sé que le ama, pero hágaselo saber, el siempre ha esperado algo así de usted – dijo viendo lo triste que estaba Legolas por ella. Le iba a dejar solo.
Thranduil le tomó de sus mejillas y limpió su demacrado rostro.
- Gracias Capitana – le dijo como un cumplido. Estaba ahí frente a él la niña que recogió un día en el bosque, sucia fue lo que pensó de ella, una salvaje, que se gano el amor de su hijo haciéndole feliz después de una tragedia irreparable, que mostró una determinación para llegar a ser de las mejores y convertirse en capitana de la guardia, enfrentarse a un rey no era de cobardes, era de los que sabían lo que era correcto, lo justo y ella se lo había mostrado… ahora dar su vida por aquel enano, la raza que él siempre despreció por ser inferiores a ellos... aún sin eso estaba orgulloso de ella, quería decirle que la quería como a una hija, pero aquellas palabras no estaban listas para salir… - Siempre has sido muy valiente… desde pequeña, gracias por cuidar de Legolas todo este tiempo.
Le soltó y Legolas intento acompañarla – yo te llevaré… al menos déjame hacer eso por favor… - le pidió encarecidamente.
Tomándola entre sus brazos con sumo cuidado le ayudo a subir escaleras… vio a un grupo de enanos reunidos cerca del filo de la montaña. Ávida buscó hasta donde sus ojos le dieran para encontrarle.
Nada le habría preparado para no hacerlo.
En ese momento, cuando se dio cuenta que él no estaba ahí… que él no pertenecía al grupo de enanos que lloraban la muerte de Thorin, postrados o consolándose mutuamente… no pudo evitar soltar un grito ahogado… Kíli no estaba entre ellos…
Él no se encontraba ahí… se hizo entender y Legolas le bajó con cuidado… él estaba… él no estaba ahí…
Llevaba la roca entre sus manos que se volvían frías, seguía caminando mientras sus piernas temblaban, aún le obedecían, una seguía a la otra en un compas muy disparejo… sintió un terrible dolor en el pecho… iba a morir sin verle, ya no le parecía una idea tan honorable… Kíli no debía estar muerto.
La ayuda llegó… el rey envió su ejército, su hermano se recuperaría, el maldito trasgo estaba muerto… él podía seguir con la vida que deseaba, el debía cumplir sus promesas…
Reuniendo todas las fuerzas que pudo y con el dolor de perderle, deseaba gritar.
Cayó sollozando angustiada, sabiendo lo que encontraría, presintiendo que la vida le regalaba antes de partir un dolor inmenso… que comparándolo con todos los anteriores no se comparaba con ninguno, inclusive con el que ahora le estaba llevando al más allá…
- ¡Kíli! ¡Kíliiiiii! – gritó lastimeramente, sin recibir respuesta. Se volvió hacia Legolas que la miraba desconsolado - ¿Por qué no me contesta?... ¿Por qué Kíli no me contesta Legolas?... he venido a entregarte tu promesa y te liberó de la mía… -
Y entonces le vio, sobre el suelo, no muy lejos de ahí casi como el sueño que tuvo, era su amado enano, el mismo valiente que le amaba, que prometía una vida a su lado… estaba ahí tirado y pálido como ella… solo que ya no respondía.
Se arrastro derramando sangre por el camino, su herida en el interior volvía a sangrar… sus manos se tiñeron de rojo y sus ropas terminaron desgarradas de las rodillas, llevaba la piedra en la mano, ya estaba cerca de él. Kíli debía vivir, el era lo que más quería en la vida.
Todo lo que amo muere… lamento haberte amado Kíli… lamento haberte hecho esto…
Vio su mano estirada hacia ella, estaba tan cerca de tenerle, tan cerca de sentir su ásperos y fuertes dedos, aquellos que eran tiernos y dóciles para tomarle entre los suyos, los mismos que adoraban jugar con sus cabellos y que le acariciaban como objeto delicado mientras le besaba, los que antes le sujetaron estrechándola junto a él.
Ya estaba tan cerca...
Necesitaba estirarse un poco… que era un poco, para todo lo que ambos habían vivido esas horas, ese día… desde que se conocieron…
Espérame amor… iré contigo…
Aquellas palabras brotaron de su pensamiento, pues no lograron escapar de sus labios, a tan solo unos pasos de llegar a él, ella también cayó.
El único testigo de toda aquella historia fue Legolas, quien vio como hasta el último momento, ambos se quisieron… como la vida no les había dejado estar juntos.
Quizás en la eternidad…
Tal vez en la eternidad, lo estuvieran…
