Gravity Falls…. De… de 19…
Hoy, finalmente, Richard ha salido de esos túneles. Se veía contento. Quizás demasiado.
Yo estaba en el vestíbulo cuando oí sonidos provenientes del pasillo. Me espanté tanto que no puede moverme. Cuando me encontró, dejó escapar una carcajada.
—Fiddleford —me dijo, entre risas—. ¿Es que acaso viste un fantasma?
Ya no podía resistirlo más y comencé a hacer preguntas, todas las que quería hacer, las que necesitaba hacer. Richard me tomó del brazo y fuimos una vez más a las catacumbas. La memoria de la última vez, aun latiente en mí, me hizo titubear a la hora de entrar, pero mi amigo, al parecer con ánimos renovados, decidió esperar a que me sintiera cómodo. No sé qué le ha pasado, pero hoy se ha comportado como el mejor de los hombres.
Entramos y esta vez pudimos ir con calma. Tomamos un túnel diferente al de la vez pasada. Este estaba claramente más trabajado. Mientras más nos introducíamos, más me impresionaba. Este hombre es un genio inexplicable, el túnel es una maravilla de la ingeniería y más aún, el enorme bunker que se encuentra al final de este, debe de tener al menos trescientos metros de largo por un número similar de ancho, como mínimo. Dentro se veían las cosas más variadas, desde libros antiquísimos, estatuillas y bajorrelieves de tiempos remotos, hasta piezas de ignota tecnología, electrodos y tubos metálicos brillantes en las que se distinguían caracteres rúnicos de origen y significado aún desconocido para mí.
Nos quedamos mirando un segundo, hasta que le pedí a mi amigo que pasáramos. No podía sino quedar embobado ¿Cómo no hacerlo frente a tal descubrimiento?
Richard finalmente rompió el silencio y me dijo:
—Necesito que me ayudes a armar algo, amigo mío— Habló calmadamente, como si intentara que un niño taimado hiciera algo por él. No sé si estar ofendido o no. me digné a responderle preguntando.
—¿Qué quiere que le ayude a armar?
Me miró un durante un segundo y sonrió.
—No tengo ni la más remota idea.
Sigo algo movido por esa respuesta y aún cuando me mostró toda su investigación y los motivos por los que llegó a tal conclusión. Sin embargo, también me mostro ahí mi paga, la cual es tan jugosa que no puedo sino aceptar. Confío en que Richard le esté enviando el dinero a mi Matilda.
Empezaremos a trabajar arduamente mañana por la mañana, o por lo menos eso me ha dicho.
Se detuvo aquí Dipper, pues se da cuenta de algo en extremo particular y no titubeó en darlo a conocer.
—La fecha —dijo Dipper, aún algo afectado por lo que leía.
Mabel por primera vez se vio furiosa. Había sido devorada por la historia y estaba en un trance, cual pitonisa en la antigua Delfos, fuera de sí.
—¡Minos, Radamante y Eaco! —Gritó desde su alma subconsciente Mabel—. ¿! Qué diablos pasa con la fecha!?
Dipper ignoró las quejas de su hermana y dio una mirada fatal al tío Stan. Este tampoco estaba presente, se le veía ido en un pensamiento terrible. Una vez que se supo observado, el tío Stan dijo, calmado y pausadamente:
—¿Qué pasa con la fecha, chico?
Dipper, que estaba completamente involucrado con su lectura, se sentía identificado con el tal McGucket, se veía a sí mismo en él y al descubrir esta nueva página, podía vislumbrar un destino fatal para este pobre hombre, destino confirmado por el estado actual de este. Pudo, sin embargo hilvanar lo siguiente.
—Marca solo signos de interrogación.
Mabel mantenía su postura.
—Sigue y verás por qué— dijo Mabel en actitud decidida, increpando a su hermano. El tío Stan asintió con la cabeza.
Dipper prosiguió con la lectura. A pesar de que el autor señalaba un nombre, Dipper se refirió, por comodidad y para hacerlo más expedito, al compañero de este como Richard.
Gravity Falls ?
Ya no sé, no sé nada, no quiero saber nada.
La humanidad no nació para explorar, eso lo puedo asegurar mejor que nadie. Somos desgraciados y viles los que rompemos la ley natural. Debemos como especie tener el criterio de abandonar nuestra ambición de conocer, en pos del bien de todas las cosas que habitan esta tierra.
La ciencia, por ser aun, gracias a Dios, parte del oscurantismo, no ha hecho ningún daño prominente, pero ¡hay! si se les da la oportunidad, locos como yo acabarán por reducir a cenizas todo lo que innumerables generaciones han construido. Mejor, como en el medioevo, que seamos a cenizas reducidos nosotros.
Sé que alguien lee esto, la maldita curiosidad llevará a alguien a leer esto, sí es que sobrevive a su desgraciado autor. Tú, amigo, continúa mi legado, evita que se abran las puertas que nadie debe abrir.
Dios me perdone.
Siento el deber de dejar constancia de las atrocidades que han sucedido, para que al menos alguien, quizás mi Matilda, si aún me busca o me recuerda, pueda saber lo que aquí en Gravity Falls se ha llevado a cabo, los crímenes que hemos cometido.
No sé qué día es hoy, no sé qué semana, que mes, que año, es en el que vivo. Solo sé que ha pasado mucho tiempo desde la última entrada. He sido un estúpido, me doy cuenta leyendo lo que he escrito, más no lo borrare, servirá para que mi fabula, por llamarla de alguna manera, cobre aún más sentido. Si te lo estás preguntando, he decidido tachar el nombre de aquel que he llamado mi amigo, no solo por repugnancia, sino porque puede este documento contribuir al furioso escrutinio que sufrirán algunos, si es descubierto y no quiero implicar a nadie más que a mí mismo. Sé que el enfermo del doctor tenía familia y no pretendo que sufran por los crímenes de su pariente.
Pensar que acabé aquí por el triste dinero, aunque, rectificando, más que por dinero, por la mujer que amo. Nunca me consideré hombre para ella y menos lo hago ahora. Sé que está mejor sin mí y le he hecho la vida. Si ese desgraciado Mefistófeles le enviaba el dinero que decía enviarle, no tendrá ella que trabajar un día de su vida. Eso al menos me reconforta, poco, aunque algo.
Empiezo diciendo que lo que me mostró el doctor Richard aquel día, es de lo más fascinante. Aún en estas horas lo afirmo. Su investigación había sido obsesa, había él recopilado toda clase de archivos y pergaminos de todas las culturas, desde Mesoamérica, hasta la India. No le había faltado nada, todo estaba allí, cuidadosamente ordenado en su bunker, Richard había descubierto que las copiosas culturas que en la historia han practicado sacrificios humanos en realidad lo hacían hacia un mismo dios o por lo menos "hacia un mismo lado" citándolo a él como fuente. Para ello, en su ignorancia, los antiguos habían armado rituales e inscrito formas en las arcilla y en la piedra, formas que, claramente, no eran mera invención suya.
El doctor Richard será un loco, pero también un genio. Concluyó que lo que todos los filólogos arqueólogos e historiadores tacharon de garabatos sin sentido, no eran sino planos e indicaciones. No entiendo aún como ha llegado a este hallazgo, viendo donde nadie más vio nada, pero he de recalcar que sus conclusiones están lejos de ser erradas. No lo creía entonces y no puedo creerlo ahora, aunque quiera.
La sala en la que me había encerrado en la primera vez que nos habíamos internado en aquella caverna artificial tenía su razón de ser. El doctor Richard tenía planeado quedarse allí abajo por un tiempo indefinido, esperaba tener que salir lo menos posible. Debo suponer que estaba planeando alguna manera de convencerme de ello o si no quizás obligarme. No hubo necesidad: yo, en mi necedad y estupidez, le he ahorrado todo el trabajo.
Nuestra obra fue en extremo ardua. La falta de sol me hizo olvidar cuando era día y cuando era noche. No puedo dar fe de cuanto dormí, pero puedo asegurar que no ha sido mucho, no teníamos tiempo de nada, solo trabajamos, si hablábamos era sobre el trabajo y sus avances. Cada vez que le insinuaba algún deseo de desertar, él me daba una de sus arengas y me aseguraba que el dinero fluía directo a los bolsillos de mi novia. Yo quise creerle, me contagié de su fiebre y también quería a toda costa saber a dónde nos llevaría este camino.
Los caracteres cuneiformes, jeroglíficos o demóticos, para alguien como Richard, no eran un desafío en su traducción, más había algunos que no tenían traducción aparente, por no tener fuente de comparación, ninguna piedra de Rosetta, por llamarla de alguna forma. Decidimos ignorarlos y tratar de llenar los vacíos a través de resoluciones lógicas y algunas indicaciones que el doctor había logrado desprender de investigaciones previas a la suya.
Nuestra furiosa curiosidad nos hacía invulnerables a la monotonía, por lo que no tomábamos descansos y solo cuando ya uno de los dos desfallecía del sueño podía ir a dormir, mas solo cuando el otro estuviera en condiciones de seguir el trabajo. Fueron muchos días los que estuvimos haciendo esto sin mayor inconveniente, más pasados las que creo, fueron las primeras ocho semanas y, cuando empezó el invierno en el exterior, empezamos a oír ruidos.
Venían desde todas partes, como si estuvieran rodeando el bunker tratando de entrar. Una vez que los escuchamos por primera vez, Richard decidió, en detrimento del orden, mover todas las provisiones dentro del bunker, con intensión de cerrarlo definitivamente. Yo no accedí a ser enterrado vivo, sin antes ir a buscar mis cosas a la superficie. Le escribí, a pesar de las indicaciones del doctor, una carta a mi Matilda revelando mi ubicación y me sumergí para siempre en estas estigias profundidades.
Los habitantes subterráneos dificultaban nuestro trabajo. El doctor se alteraba cada vez que los oía rasguñando la cubierta acero. Yo trataba de convencerlo de que era imposible que entraran, pero siempre iba a cargar su revólver, aunque este ya estuviera cargado.
He llegado a la conclusión de que son estas criaturas las que Richard trató de hacer pasar por ratas. El miedo que le inspiran, creo, es el mismo. No quiero saber qué en este mundo podría hacer a un hombre tan duro sentir tan terrible temor, aunque no estoy seguro si el buen doctor podría soportar lo que yo soporté, sin perder la cordura.
El lapso de tiempo que siguió me es desconocido. Trabajamos el doble durante este y la estructura de carácter indefinido que tenía Richard antes de mi llegada, empezaba a tomar forma hoy ya completa. Se ve como un halo gigantesco. Es, a final de cuentas, como suponía el doctor, un portal.
Empezamos a sufrir fallos de energía, lo que a Richard sacaba de quicio. Se culpaba por no haber diseñado un sistema más eficiente, me decía que la cantidad energía necesaria para hacer lo que planeaba hacer era superlativa y que un fallo podía arruinarlo todo. Se enfrascó un tiempo en diseñar una solución, sin embargo, fracasó.
Fue cuando el portal ya tenía su forma, que comenzamos a hacer pruebas.
Para ser activado, el portal requería que, dentro de un cierto rango se pronunciaran ciertos "sonidos", al no poderlos yo llamar palabras. Una especie de invocación. Sí, este adjetivo resume bien lo que era.
El doctor intentó de todo. Anotaba sus conclusiones en hojas, que, por culpa de su falta de previsión, empezaron a escasear. Terminó escribiendo en su ropa y en la mía.
El tiempo se nos acababa y tuvimos que empezar a racionar. No teníamos siquiera lugar donde dejar nuestro excremento; los contenedores previamente dispuestos por el doctor, se habían llenado casi a tope. Fue cuando empezamos a dar claras señales de un terrible estado de salud, que el doctor tomo la maldita decisión de probar la máquina, sin ningún tipo de precaución. El sujeto de prueba sería un monigote, de esos que se utilizan en las pruebas seguridad de los automóviles.
Richard procedería con el "ritual" de activación, mientras yo sostendría al muñeco. Ambos, el doctor y yo, nos atamos a los paneles de control que se utilizaban para regular las funciones del bunker y el portal.
He tenido que detenerme, no he podido seguir escribiendo llegado este punto, es demasiado, no por intentar recordar, sino porque los recuerdos están demasiado vivos aun y el escribirlos me obliga a concentrarme en ellos, cosa que nadie en su sano juicio haría en mi lugar.
Mas mi deber está claro, procedo.
El doctor pronunciaba sus gruñidos de origen pagano y perdido. No se vía efecto alguno en un principio, mas, de pronto, del portal emano un destello espectacular, una luz tan densa y brillante que encandilaba. No pude sino cerrar los ojos, solo podía oír al doctor. El portal aún era mudo cuando comencé sentirme levitar. No estoy seguro de que salió mal pero el portal me atrajo. Su fuerza era irresistible y me sentí volar por los aires. Fui presa del miedo, solté al monigote y comencé a retorcerme como alguien que sufre un ataque. Estaba suspendido, la cuerda no me sujetaba.
La luz era tal que penetró mis parpados. Sentía que los ojos se me iban a esfumar que iban a estallar en llamas, cuando la cuerda, la maldita cuerda se tensó y me detuve. La luz se redujo en intensidad poco a poco, hasta que ya no era más. Moví mis brazos, para constatar que la cuerda aún estaba tensa y así era.
De pronto me invadió una sensación de caída curiosamente disociada de toda idea de peso o gravedad y me sentí volar en la nada. Pasaron unos segundos antes que me invadiera el terrible temor a lo desconocido, una asfixiante sensación de angustia que nos prepara a huir frente ante el posible descubrimiento de peligro, Traté de respirar, pero el aire imposiblemente mefítico hacía ficticia la posibilidad de que yo inhalase sin sufrir enormemente. Sentí arder mis pulmones, por lo que contuve el aliento. El miedo fue tal que, luego de agonizantes segundos, dejé de moverme y entonces fue que el temor se vio vertiginosamente acentuado por un terror nuevo, no a la muerte, sino a una inusitada amenaza que se aproximaba, algo sin nombre, indeciblemente más espantoso y aborrecible. Abrí los ojos.
No entiendo aún como fui capaz de observar cosa alguna. La fuente de luz no era identificable y he llegado a pensar que "eso" emitía algo de luz propia. "Eso", la masa informe y repugnante que ante mí se presento puede solo ser definida como el homologo perfecto del horror cósmico, el caos primitivo. La bastedad de aquel ser estaba fuera de toda medición comprensible, pues, ocupaba todo mi campo se visión. Sin importar hacia donde dirigiera la mirada, encontraba un oleaginoso mar negro de lo que creo eran venas, tendones, o tentáculos, apareciendo y desapareciendo, retorciéndose al emerger de la nebulosa masa primigenia. Un millar de fauces dentadas cubrían al ente en toda su inmensidad, las bocas se abrían y vomitaban líquidos aceitosos que se asemejaban al pus
No pude ahogar mi grito de locura y chillé como un demente hasta que mi voz no pudo más. Me arrepiento me arrepiento de haberlo hecho porque aquello, tenía oídos, No, eso es absurdo, no emití ningún sonido, yo no fui capaz de oír mis propios gritos, solo sé que fue ahí cuando notó mi presencia, lo puedo asegurar, ese monstruo amorfo tenia discernimiento y frente al descubrimiento del intruso. La masa negra se tornó roja y se abrieron una infinidad de ojos, ojos horriblemente humanos que se posaron sobre mí y me calcinaron con su mirada. Sentí que mi piel ardía, el dolor era insoportable, y aunque quise apartar la mirada, me fue imposible. Aunque cerrara los ojos, lo seguía viendo con todo detalle. Vi emerger de la masa protoplásmica un centenar de apéndices llenos de pústulas palpitantes que formaban una especie de brazo deforme y aberrante. Apenas pude contener la náusea por el espanto de descubrir que la masa pulsante se dirigía hacia mí.
Empecé a oír voces, sonidos demenciales, inefablemente agudos y horrísonos, que martillaban sin piedad mi agotado cerebro. Creo que entonces me desmayé.
Lo siguiente que recuerdo fue haberme visto en un paraje extraño. Era un desierto de arenas exclusivamente negras donde el sol imperaba inclemente sobre el cielo, el cual adoptaba como único color el rosicler que caracteriza al alba. No había nubes que interrumpieran a modo de manchas la rosa tela del cielo.
A pesar de que no había olvidado lo visto, algo me llenaba de tranquilidad: el silencio absoluto allí reinaba y no se sentía nada, ni el correr del viento, solo la luz y el calor
Miré a mí alrededor, esperando observar algo que me ayudase a determinar mi posición. Avisté una formación, que entonces creí rocosa y natural de origen, aunque el color y textura de ámbar de esta me indicasen algo diferente.
Decidí caminar en la dirección en que se encontraba alzándose a alturas casi kilométricas. Al poco andar me quedo claro que aquello no provenía de la roca y menos de algo natural. Pude contemplar el cascaron muerto y seco de una antigua ciudad. La observé con especial detenimiento y pude concluir que lo que ante mí se encontraban no eran sino las murallas que antaño defendieron a la civilización constructora o una ciudadela, donde los miembros de la misma se guarecieron de algún bárbaro invasor.
Las construcciones que conformaban lo que yo creía muro o castillo no tenían sentido, no se acoplaban a nuestras reglas, ni físicas ni de ingeniería, los torreones que casi se escapan a mi vista, estaban construidos en base a pequeñas hebras que ascendían solo verticalmente hasta que, llegado a un punto, se desarmaban y armaban un plexo de formas imposibles de describir por no existir en mi conocimiento termino geométrico que las pueda abarcar.
Luego el doctor me despertó. Dijo que había estado hablando cosas sin sentido por más de una hora. No le dije nada. Dijera lo que dijera, no podría sino empeorar las cosas. Si le hablase de mis avistamientos, reavivaría su de incontrolable sed de conocimiento y me obligaría ya la razón o la fuerza a volver a entrar al portal o, peor aún, intentaría abrir una puerta de carácter bidireccional para traer a lo que ande allá afuera aquí. Aunque no podría, aunque intentase, convencerlo de echar marcha atrás, este es el trabajo de su vida, mas, si tiene éxito, no puedo decir con seguridad que ocurrirá, lo que sea no puede ser propicio. Debo acabar con esto de una vez. Ahora mientras escribo, el doctor duerme. Tomaré su revólver y luego encontraré los medios para destruir este lugar. Nadie debe encontrarlo jamás, nadie debe seguir con nuestra obra pecaminosa. Haré una última excursión a la superficie, para ver el mundo una vez más y dejar este diario en algún lugar en que pueda ser encontrado. Si fallo en mi homicidio, esto será lo último que se sabrá del desgraciado Fiddleford Hadron McGucket. Pido a Dios que mi señorita nunca me encuentre. Pido por favor que me haya olvidado y que haya sido feliz.
Dipper depositó el diario en sus rodillas y miró a su audiencia.
