¡Hola! El final del capítulo anterior fue un intento de cliffhanger, que es cuando te ponen «esta historia continuará...,» aunque creo que no supe redactarlo bien. En fin, puliré la técnica del cliffhanger a futuro. Lo que importa ahora es que Draco salió del Gran Comedor para buscar a Ginny y...
¡Muchísimas gracias a Olivia, Maite y Caro por sus comentarios en el capítulo anterior! Adoro leerlas, me ayudan mucho a darle cuerpo a la historia. Gracias, también, a quienes leen y no comentan: a ustedes les digo que también me gustaría leerlas, que cuantas más voces, mejor.
Espero que les guste el nuevo capítulo!
Capítulo XIV
Prejuicios
Después de lo que había vivido en su primer año, Ginny se sentía invencible. Sabía que Sirius Black implicaba un peligro real, pero no podía asustarla, no después de Tom Ryddle. No había tomado ninguna de las ridículas precauciones que sus hermanos le sugerían, excepto la de estar atenta cuando caminara por los pasillos. ¿Por qué Sirius Black la seguiría a ella? Ginny encontraba a esa posibilidad inaudita, pero le prometió a los gemelos que sería más precavida cuando andara sola por Hogwarts.
Está yendo a la Enfermería para visitar a Harry. Los dementores lo habían atacado durante el partido entre Gryffindor-Hufflepuff y pasaría el fin de semana bajo la supervisión de Madame Pomfrey. Ginny se lleva una mano hacia dentro de la túnica y tantea: la tarjeta que le había hecho al Buscador de Gryffindor seguía ahí. De pronto, escucha un golpe y un gemido de dolor a sus espaldas y un miedo irracional a estar siendo perseguida hace presa en ella. Intenta tranquilizarse, convencerse de que siente eso por haber pensado antes en Black... aunque no sirve de mucho. Agarra la varita con firmeza y se voltea. No tiene ni idea de qué encantamiento podría servirle ante un asesino, pero al menos lo miraría a la cara. No le pasaría como con Ryddle: si Black —o cualquier otro— intentaba matarla, Ginny moriría viéndolo de frente.
... pero nada de todo lo que pensó se adecua con la realidad. Detrás de ella sólo está Malfoy: de pie junto a una estatua, se frota uno de sus hombros con ímpetu. Algo en su expresión la convence de que no está fingiendo. Ginny comienza a bajar la varita; él se gira hasta verla de frente y ella apunta con firmeza otra vez.
—¿Qué estás mirando, Weasley? —dice, ácido—. No me digas que pensás maldecirme... ¿a qué debería temerle? ¿A un Wingardium leviosa?
Él ríe, escéptico; ella lo mira y se debate entre irse y arrojarle la varita a la cara.
—¿Por qué no te vas al infierno, Malfoy?
—¿Es otra manera de llamar a La Madriguera, Comadreja?
—... ¿disculpa?
—Vamos, se entiende. Pelirrojos, infierno, fuego... segundo piso, Historia de la Magia, Profesor Binns.
Ginny se queda estupefacta por algunos segundos. Malfoy está... ¿tonteando con ella?
—Malfoy, ¿estás bien? ¿Necesitás que alguien te lleve a la Enfermería? —pregunta con fingida preocupación—. Porque yo estoy yendo para allá y...
—Malfoy, Malfoy, Malfoy —repite él, burlándose—. Qué poco original sos para los sobrenombres, Pelirroja. En menos de un minuto ya te llamé Weasley, Comadreja y Pelirroja. De todos modos, ¿para qué querría ir a la Enfermería? Detesto ese lugar...
Ginny lo mira a los ojos y baja lentamente la varita. Después de lo ocurrido durante el curso anterior, ella no podía dejar de ver a la Enfermería como un lugar que le recordaba cómo se dejó engañar por Ryddle, llenando sus camillas con personas inocentes.
—A mí tampoco me agrada —confiesa involuntariamente. Incómoda, baja la vista hacia el brazo de Draco—. Escuché rumores...
—Todos son ciertos.
—... acerca de un hipogrifo —concluye Ginny, como si él no la hubiese interrumpido.
—Todos —repite Draco—. ¿Qué escondés en tu bolsillo? —le pregunta, de pronto, señalándolo con la cabeza.
—¿Y por qué tendría que importarte?
—Porque todo me importa.
—Eso es porque creés que Hogwarts te pertenece —responde ella con recelo.
—No lo afirmo, no lo niego —dice él encogiéndose de hombros—. Y bien, ¿qué escondés? ¿Qué pasa, Pecas, no confías en mí?... ¿ves lo que termino de hacer? Te inventé un nuevo mote.
—No, Malfoy, no confío en vos.
—Malfoy, Malfoy, Malfoy —se burla él—. Mejor me voy, esta conversación es una pérdida de tiempo.
—¡No! Esperá... podría decirte qué escondo —Ginny hace hincapié en esta palabra— si... me contás qué pasó con el hipogrifo.
Draco levanta una ceja, incrédulo de lo que está escuchando.
—¿Cómo? ¿No vas a creerle a San Potter? —escupe.
Ella frunce los labios. No quiere explicarle que Arthur le había enseñado a escuchar tanto a los gemelos como a Percy cuando habían disputas entre ellos. No podés tomar una postura, le decía su padre, si antes no conocés todas las versiones de la historia.
—Quiero tu versión —responde ella crípticamente.
—Está bien... vos primero. Te escucho —dice Draco, cruzándose de brazos.
—Genial, entonces... le... le hice una tarjeta de saludo a Harry. Canta cuando es abierta y se calla cuando es cerrada... nada de otro mundo.
—Entiendo... ¿puedo verla?
—¡¿Qué?! ¡No! ¡Eso no era parte del trato!
—Ya, ya... qué temperamento —dice él, incómodo.
—Lo heredé de mi madre.
Ginny escucha a su propia voz salir de su garganta y no es capaz de reconocerla. ¿Por qué está hablando con Malfoy? Sus familias son enemigas, están en bandos opuestos, luchan por mundos distintos. En un mundo ideal, ellos no deberían siquiera saber de la existencia del otro... pero este es el mundo real y no sólo ambos van al mismo Colegio sino que también están teniendo una conversación —más o menos— normal en el medio de un pasillo.
—Lo supuse. No te lo tomes mal, pero cada año su voz resuena por todo el andén 9 ¾... eso sin mencionar al howler del curso pasado.
—¿Howler? ¿Qué... oh, cierto. Lo había olvidado. Sí, eso suena como mi madre... bueno, creo que es tu turno.
—En realidad, no sé qué decir... el pájaro me atacó y yo... supongo que sobrerreacioné un poco.
—Ya. ¿Pero habías atacado al hipogrifo antes de que él lo hiciera?
—Podrías decir que no fui lo suficientemente respetuoso con él, sí.
—¿Y eso por qué?
Él sonríe. Ginny lo había visto sonreír muchas veces —siempre en un mismo contexto: molestando a alguien— pero nunca antes de esa manera: parecía mezclar amargura y frustración.
—Porque no creí que algo tan bello como... ese pájaro pudiera tener un temperamento tan fuerte.
Inconscientemente, Ginny alza la vista hasta los ojos de Draco. Por un momento, ella se olvida de quién es la persona que tiene en frente. No ve a un Malfoy, no ve al hijo de un mortífago... sólo ve a un niño —como ella misma—. Una idea loca se genera dentro de su cabeza... ¿estaba él usando al hipogrifo como metáfora para referirse a ella? No, no podía ser. No podía ser, no.
—Puedo... ¿puedo ver tu herida? Te puedo mostrar la tarjeta que le hice a Harry si querés.
Malfoy aparta la mirada.
—No, no se la mostré a nadie.
—Ya, entiendo. No confías en mí. En realidad, es mejor que sea así. Vos sos un Malfoy y yo una Weasley... nada bueno puede salir de esto.
—Greengrass es amiga de tu hermano —replica él rápidamente.
—¿Astoria? Eso explica por qué se acercó a hablarme en el tren a comienzos de curso.
—Astoria no, Daphne.
—¡¿Qué?! ¿Ellas son hermanas? Eso quiere decir que... ¿hay dos Greengrasses? No me lo puedo creer.
—Creí que ya habíamos establecido eso... ¿acaso estás insinuando algo?
—Vamos... en Slytherin son todos hijos únicos. Crabbe, Goyle, Parkinson, Flint... vos. Fred y George dicen que hacen eso para aumentar el caudal de sus fortunas al no tener que dividirlas entre más de un hijo.
—Eso no es verdad.
—¿No? A ver, nombrame estudiantes de Slytherin que tengan hermanos. Te escucho.
—Bueno, está Daphne... y Astoria, claro... Kevin y Miles Bletchley... las gemelas Carrow... de las que no recuerdo sus nombres...
—Hestia y Flora.
—Cierto, Hestia y Flo... ¿y cómo demonios sabés eso? ¿Que el mundo no se termina para ustedes en la maldita Torre de Gryffindor?
—Van a mi curso, imbécil, con Astoria Greengrass y el idiota de Harper.
Draco la mira a los ojos por un momento y luego frunce los labios en señal de conformidad.
—Sí, es un idiota. Y pretende formar parte del Equipo de Quidditch... patético.
—¿Qué tiene de malo pretender entrar al Equipo? —pregunta Ginny de pronto, con la voz dolida.
—¿Por qué? ¿Vos querés entrar al de Gryffindor?
—Podría ser... en algún futuro...
Malfoy entorna los ojos y la mira de arriba-abajo, evaluándola.
—Y bien, ¿cuál es tu Equipo?
—Las Holyhead Harpies, por supuesto. ¿Y el tuyo?
Él aparta la vista antes de responder.
—El Puddlemere United...
—¿Nuestro histórico rival? ¿En serio?
—Nuestro... ¿te das cuenta de que hablaste como si fueras una Jugadora de las Arpías?
—Esto es increíble. ¿Existirá algo en lo que estemos de acuerdo? —dice Ginny rápidamente, desviando la atención.
—Sí, dos cosas: que odiamos la Enfermería y que Harper es un idiota.
—Era una pregunta retórica, no esperaba respuesta. De todos modos, tengo que decir que estoy algo sorprendida...
—¿De qué?
—De que sigas a un equipo mixto. Creí que seguirías a uno compuesto sólo por varones... como pasa en el Equipo de Slytherin. Bill dice que no tuvieron una jugadora mujer en toda su historia.
—¿Bill?
—Mi hermano mayor.
—¿Cuál de todos? Todos son tus hermanos mayores.
Ginny frunce su ceño y el temperamento Prewett se deja ver una vez más.
—El mayor de todos.
—Ya. Sinceramente, no sé si eso es verdad y tampoco me importa. Lo que sí sé es que en las pruebas sólo pueden participar chicos.
—¿Y qué pensás de eso?
—¿Qué pienso? No estoy seguro. Supongo que si una chica es buena debería poder jugar.
—¿No te parece injusto que ni siquiera las dejen probarse?
Draco desvía la vista hacia una pared y se toma unos largos segundos para pensar qué responderle.
—Bueno... —dice al fin—, Daphne diría que es injusto... así que probablemente lo sea.
—¿Necesitás pensar en lo que diría Daphne Greengrass para responder una pregunta?
—Vamos, no seas hipócrita. ¿Podés mencionar a tus hermanos pero yo no puedo mencionar a Daphne?
—No... no es eso... es sólo que... es diferente.
—¿En qué sentido?
—Bueno, para empezar, yo mencioné a Bill y los gemelos porque estaba hablando de cosas que ellos dicen... pero puedo expresar un juicio de valor por mí misma.
—Y yo no puedo hacerlo todavía. ¿Es eso un delito?
—¿Qué? ¿Por qué no podrías?
—No importa, no lo entenderías. ¿Sólo en ese sentido es diferente?
—Bueno, ella... —comienza Ginny, algo confusa—. Ella no es tu hermana...
—Eso no tiene nada que ver.
—¿Qué querés decir?
—Quizás ella no sea una Malfoy, pero la quiero mucho, como vos a tus hermanos... como cualquiera a sus hermanos, supongo. Ella no tiene mi sangre, ¿y qué? No es la gran cosa... ¡¿Qué hago diciéndote esto a vos?!
Pero Ginny no reacciona ante el cambio brusco en su registro. Su voz y su rostro se enternecen contra su propia voluntad.
—¿La querés? Yo creía que... los Malfoys estaban imposibilitados para querer...
Y otra vez, entre la amargura y la frustración, él sonríe.
—¿Qué tipo de persona pensás que soy?
Ginny no podía saber el esfuerzo que hizo Draco para no llamarla por su nombre, Ginevra.
—¿Qué tipo de persona pienso que sos? A veces pienso que querés que la gente te odie.
—¿Y vos, Weasley? ¿Me odiás?
Ella baja la vista y mira hacia un costado.
—Yo... —comienza, aunque no es capaz de decir nada.
—Está bien, lo entiendo, pero dejame intentar algo. ¿Me odiás a mí o a lo que mi familia representa?
—Yo...
—Era una pregunta retórica, no esperaba respuesta —dice él, usando las palabras de Ginny—. Nos vemos por ahí, Comadreja.
Ella no responde. Draco pega media vuelta y se dirige hacia el baño de varones. Se siente extrañamente relajado, como si se hubiese quitado un peso de encima. Baja la vista y ve el brazo herido por el hipogrifo rodeado por vendas. Madame Pomfrey le había dicho que se las quitara cuando quisiera, que ya no eran necesarias. Draco sonríe, comienza a desenrollarlas, las hace un bollo y las tira a la basura.
Ginny, decidida a ignorar lo ocurrido, va a la Enfermería a entregarle la tarjeta de saludo a Harry. Se sonroja, por la mala costumbre, pero en realidad no se emociona tanto como había esperado. En ese momento, Ginny pudo hacer a un lado la conversación con Malfoy... pero no fue más que una tregua momentánea.
Sus familias son enemigas, están en bandos opuestos, luchan por mundos distintos. Se ignoran mutuamente: los Weasleys no hablan de los Malfoys ni los Malfoys de los Weasleys. En un mundo ideal, Draco y Ginevra no deberían siquiera saber de la existencia del otro... pero este es el mundo real y ellos son dos niños de mundos opuestos que, irremediablemente, tienen curiosidad por el otro.
Noviembre había pasado sin pena ni gloria para dejarle su lugar a diciembre. Una tarde especialmente fría Daphne había desistido de subir a la Biblioteca y se quedó leyendo en la Sala Común... que no era cálida ni estaba bien iluminada, pero al menos estaba cerca. Hecha un ovillo frente al hogar, envuelta en una manta verde y con uno de esos libros suyos sin inscripciones en la cubierta: así la encuentra Draco.
—Greengrass.
—Leyendo —responde ella con voz aburrida.
—Daphne, tenemos que hablar...
Ella levanta la vista de su libro, fija los ojos en Draco y suspira. Se incorpora, recoge la manta entre sus brazos y mira a su amigo, que se limita a señalar hacia las habitaciones de los chicos con un movimiento de cabeza. Draco comienza a caminar y Daphne lo sigue; entran al desierto dormitorio de los varones de tercer curso y ella cierra la puerta detrás de ambos.
—No me gusta que me llames "Daphne" sólo cuando querés pedirme algo. No puede ser que el resto del tiempo sea Greengrass y...
—Shh... —sisea Draco, llevándose el dedo índice hacia sus labios—. Muffliato —susurra, apuntando hacia la puerta.
Daphne no se sorprende al verlo hacer magia tan avanzada. Todos sabían que la prohibición de los menores de edad para hacer magia fuera de Hogwarts era completamente ignorada en las familias de sangre limpia... excepto en aquellas que se hicieran las respetuosas de la Ley, como la Weasley.
—Bueno, ¿qué ha pasado? ¿Qué amerita...
—Leela —la interrumpe Draco, alargándole una carta. Daphne la despliega entre sus manos y está por empezar a leerla cuando Draco comienza a gritar—: ¡El pájaro! ¡El pájaro, Greengrass! ¡Van a matar al pájaro! ¿Qué se supone que voy a hacer ahora?
Ella tarda unos segundos en recordar que Draco no puede llamar "hipogrifo" al hipogrifo, vaya una a saber por qué. Él camina de una punta a la otra de la habitación sin detenerse si quiera a inhalar. Su rostro está rojo, se lleva las manos a la cabeza y enreda sus dedos por su cabello. La frente le queda al descubierto y la vena que se le marca cuando está alterado —y que siempre esconde cuidadosamente debajo del flequillo— aparece ahora más azul que nunca.
—No debe ser para tanto, Draco. Si me dieras un minuto para leer... bueno, ¿ves? Va a tener un juicio, ante la Comisión para las Criaturas Peligrosas... nunca antes había escuchado de ella.
—¡Es basura! El pájaro ya perdió ese juicio, ¡incluso antes de que se inicie! Greengrass, ¿qué voy a hacer? Tiene razón en odiarme... tiene razón... yo, en su lugar, haría lo mismo. ¿Qué voy a hacer, Greengrass?
La voz se le quiebra en la última frase. Daphne deja la carta sobre la cama de Draco y se acerca a él. Intenta abrazarlo pero, antes de estar lo suficientemente cerca, Draco vuelve a atravesar la habitación de punta a punta, ida y vuelta.
—No sé, ¿no podés retirar la denuncia? Quizás así levanten el juicio...
—¡No, no puedo! Se me ocurrió meter a mi padre en esto, ¡y él no los va a dejar irse tan fácilmente! Te pedí que no me dejaras tomar decisiones sin consultarte, ¿por qué me dejás tomar decisiones sin consultarte?
—Draco, ¿cómo puedo saber que vas a tomar malas decisiones si vos no me las consultás antes? Soy bruja, no adivina.
—Joder, tenés razón... ella tiene razón... ¡todos tienen la puta razón, excepto yo!
—¿De quién estás hablando?
Draco se frena en seco, la mira por un segundo y retoma su caminata sin responderle.
—Soy un estúpido. ¿Qué buscaba? ¿Querés decirme qué buscaba?
—¿Que echen al semi-gigante?
—Claro, sí... yo quería que dejara de ser Profesor... pero no me molesta como Guardabosques... en tanto no lo vea. Pero van a matar al pájaro, Greengrass. ¡No creí que fueran a matarlo! ¿Qué culpa tiene el pájaro si yo no hice lo que se suponía que tenía que hacer, la reverencia y toda esa basura?
—No sé qué decirte, Draco... ¿querés un abrazo?
Él asiente y se deja rodear por sus brazos. Se quedan así, en silencio, hasta que Draco se tranquiliza. Es también él el primero en hablar.
—¿Qué vas a hacer en las vacaciones de Navidad?
Daphne suspira. Sus planes no la entusiasman mucho.
—Voy a ir a la casa de nuestra madre, ya sabés...
—No podés proteger a Astoria por siempre, Daphne —dice Draco con un hilo de voz.
—... lo sé. ¿Qué harás con el hipogrifo?
—Creo que lo mejor que puedo hacer es continuar con esto tal como está... y rogarle a Salazar que no lo ejecuten.
—Sí, supongo que es tu mejor opción.
—Es mi única opción... ¿podés venir esta noche?
—No creo que a Pansy le agrade, Draco —responde Daphne con una débil sonrisa.
—Que le den.
—No me digas eso a mí, decíselo a ella.
—Callate. ¿Vendrás?
—Sabés que no puedo decirte que no.
Sintiéndose un poco más relajado, Draco sonríe.
Theodore no entiende por qué su padre insiste con invitar a su abuelo a almorzar en Navidad. Se desprecian, es evidente, y ese ambiente lo pone muy incómodo: se siente un malherido espectador de una guerra en la que no eligió participar. Quiere creer que, año a año, su abuelo vuelve por él. Si Theodore fuese libre de elegir, viviría junto a su abuelo, que es el que más se le parece.
Después de ese almuerzo —que le dio vergüenza ajena— va a su habitación, toma un pergamino en blanco y escribe un telegráfico mensaje que mete en un sobre, adentro de un sobre, adentro de otro. Se pone en pie y se dirige a la lechucería. Conoce la dirección de memoria.
Draco ya está cansado de ver tarjetas de Navidad con falsos deseos de prosperidad impresos en ellas cuando un búho atraviesa su habitación y le deja otra carta. Con hastío, él la desenrolla de su pata y, antes de que pudiera reaccionar, el ave abandona la habitación. Eso sólo podía significar una cosa: esa carta no esperaba respuesta.
El sobre es completamente blanco y no tiene ninguna anotación en él. Intrigado, Draco lo voltea y ve unas pocas líneas escritas en una cuidada caligrafía gótica. No tienen ni que decirle quién es el remitente.
«Sabés para quién es. No conozco su dirección.
Si se lo enviás, voy a deberte un favor.
Nott.»
¡¿Qué?! ¿Nott le vio cara de lechuza? ¿A él? ¿A Draco Malfoy? No, esto no podía ser. ¿Qué le habría escrito? No importa. Nada que Nott pudiera decirle a Daphne permanecería en secreto para Draco. Pensando en que considerarlo una simple lechuza era un insulto, Draco rompe el sobre... pero no se encuentra con lo que esperaba.
«¿Sabés cuál es el problema con las personas de tu pasado, Malfoy? Que te conocen, lo quieras o no.
Podés romper este sobre y borrar la evidencia de que husmeaste una carta que no te pertenecía; pero, si rompés el sobre más pequeño que contiene en su interior, los tres te atacarán. Es tu decisión.
Lo del favor sigue en pie.»
Draco se queda de piedra. Joder, ¿Nott no descansaba ni siquiera en vacaciones? Cuando se cura del espanto, Draco rompe el segundo sobre y encuentra el tercero completamente en blanco. Por nada del mundo pensaba romperlo. Sólo él sabe lo que duele que te corte o te muerda un papel... como esos dichosos libros de Greengrass.
Agarra un pergamino en blanco, escribe unas pocas palabras y busca a su lechuza. A su pesar, entiende a Nott: él tampoco conoce la dirección de los Weasleys.
Daphne escucha un ligero golpeteo en su ventana y, al voltearse, distingue a la lechuza de Draco. Le resulta raro, después de todo él ya la había saludado por Navidad. Hace a un lado el vidrio y, a modo de saludo, la lechuza ulula. Daphne le sonríe y le da una golosina que la lechuza degusta mientras ella desata la carta de su pata. Al instante, la lechuza vuelve a ulular, esta vez para despedirse. Eso es raro, Draco siempre espera una respuesta. Draco no dice una palabra sin esperar una respuesta.
Baja la vista a la carta en sus manos. Es un sobre blanco cerrado y una esquela, en la que reconoce la letra de Draco.
«Daphne:
Llegó esto. Asegurate de pasarle bien tu dirección, que no soy un puto pájaro.
Y, por cierto, de nada.
D.»
Intrigada, Daphne toma el sobre blanco y lo examina desde todos los ángulos. Nada. Ni una palabra. Nada. Lo mira como si fuese un objeto extraño, algo que no se suponía que estuviese ahí. Comienza a abrirlo con lentitud. A un tiempo, quiere y no quiere saber qué dice.
Junta valor. A la de tres. Uno, dos...
«Greengrass:
Feliz Navidad.
Nott.»
Se siente como si estuviera cayendo en picada con la escoba: el corazón acelerado, las manos sudorosas y un pitido en los oídos que no la dejan escuchar, pero que le recuerdan que ahí está, más viva que nunca. En menos de un segundo, la adrenalina se apodera de cada célula de su cuerpo y quiere salir a correr sin rumbo.
Lee y relee las contadas palabras, prestándole atención a cada detalle. No tienen lo que se dice verbosidad, pero Daphne sabía que unas pocas palabras, provenientes de algunas personas, decían mucho. Probablemente, él las había enviado en contra de su orgullo y de sus instintos más básicos, y eso para Daphne significa mucho. Mira y admira cada uno de los trazos que forman su letra: su caligrafía la volvía —francamente— ilegible, pero se hacía entender.
Cuando puede ser capaz de escribir algo coherente, Daphne garabatea una respuesta. Al finalizar, escribe su dirección al reverso.
«Nott:
Hay que ver lo que hace el espíritu navideño, no creí que fueras del tipo que envía tarjetas.
Gracias.
Feliz Navidad para vos también.
Greengrass.»
Llamarle "tarjeta" a un trozo de pergamino escrito en letra negra estaba a caballo entre el eufemismo y la pomposidad. Daphne se dirige a su mesita de noche y busca la dirección de Nott, que había guardado con tanto ahínco —para no caer en la tentación de escribirle— que ni ella misma podía hallarla. Cuando finalmente la encuentra, va hasta su lechuza y le indica a dónde ir. No está segura de si ordenarle que espere una respuesta o no y titubea. La lechuza comienza a mordisquearle un dedo con impaciencia. Daphne empieza a dudar de lo que había escrito, ¿había usado demasiadas palabras? Se siente como cuando Draco habla mucho y no dice nada. ¿Le respondería? Ella, en su lugar, ¿se respondería? Eran muchas preguntas, qué dolor de cabeza. Para ir a lo seguro, le ordena que no espere respuesta.
Una hora después, un búho que nunca antes había visto se posa en el alféizar de su ventana. Estira su pata con gracia y la deja desatar el mensaje que lleva, pero ni bien Daphne termina él ya está de vuelta en los aires. Con el corazón acelerado, desenrolla el trozo de pergamino.
«No creés que sea del tipo que envía tarjetas porque no lo soy.»
Mientras sonríe, Daphne se pregunta si ella misma es del tipo que envía tarjetas o si esa es sólo una mala costumbre de las familias de sangre pura que debería erradicar.
Con el clima más frío que pudiera recordar, una semana después de la vuelta a Hogwarts, Astoria está en las gradas viendo el partido entre Ravenclaw y Slytherin. El Quidditch es su placer culpable: por un lado cree que es algo vulgar —tal y como lo considera su madre—, por el otro... realmente lo disfruta.
Ravenclaw le saca una ventaja bastante importante a Slytherin y la única oportunidad de las serpientes está en el Buscador. Afortunadamente para los espectadores, apenas unos minutos después Lee Jordan anuncia que Draco atrapó la snitch. Astoria, que tiene el cuerpo congelado, tarda un momento en unirse a los festejos de sus compañeros; pero no se queda por mucho, quiere darse una ducha caliente, ponerse algo seco y ver si puede escapar de una gripe segura. Baja las gradas pensando en que Draco estaría insoportable los días próximos. ¿Quién lo bajaría de la escoba ahora?
—Creo que es mi turno de felicitarte... —dice una voz alegre a sus espaldas—. Para que no andés diciendo que Slytherin no gana nada.
Astoria se voltea con una sonrisa radiante, olvidándose de su cuerpo congelado, de la victoria pírrica, de la gripe segura.
—Fue casi una derrota... de todos modos, sabemos que es sólo una tregua y que la Copa ya la ganaron ustedes... de antemano.
—Qué feo lo que estás diciendo, Astoria. Insinuar que una institución milenaria como Hogwarts tiene algún tipo de predilección por Gryffindor...
—Oh, vamos, no me quieras embromar.
—Bueno... supongo que, si estuviera obligado a decir algo, diría que Dumbledore parece apreciarnos sobremanera —repone George con una sonrisa—. Pero, de todos modos, creo que tienen chances. Jugarían mejor si se dedicaran sólo a jugar, no a cometer faltas... pero tienen buenos Jugadores... o, al menos, un buen Buscador. ¿Encontrarías a la snitch con este clima? Yo tampoco —y, bajando la voz, añade—. Esto que quede entre nosotros, no vayas a decírselo a Malfoy.
—No te preocupes por eso, él mismo va a repetirlo hasta el cansancio. A propósito, ¿qué hacés acá?
—Wood nos pidió que veamos todos los partidos que podamos... es ilegal ver entrenamientos, ¿sabías? Así que es la única manera de anticipar a quiénes nos enfrentamos.
En ese momento, un grupo de Slytherins pasa por al lado de ambos y miran a George con desprecio. Él, por su parte, los saluda con la mano.
—George... ¿y si te dicen algo? ¿Qué vas a hacer?
—Es un país libre. Nosotros no espiamos entrenamientos ajenos como sí hacen ellos... es decir, ustedes, claro. Además, ¿cuántos son? ¿Seis? ¿Siete?
—Yo cuento más de diez...
—Bueno, diez. Si me dicen algo... ¡ay, si me dicen algo!... probablemente saldría corriendo, sí.
—¡¿Qué?! ¿Y qué pasa conmigo?
—Eso depende, ¿qué tan rápido corrés?
—En realidad, no soy muy buena.
—Yo tampoco. ¿Una carrera hasta el castillo? Vamos, será divertido.
Sin previo aviso, Astoria da el primer paso y George tarda un momento en percatarse y seguirla. El viento frío amenaza con deshacerles las mejillas, pero a ellos no les importa. Despeinada y con los zapatos empapados, es ella la primera en llegar al vestíbulo de Hogwarts.
—¡Gané! —anuncia, con voz estridente.
—Hiciste trampa, saliste antes que yo... pero, sólo por hoy, te cedo la victoria —dice él con una sonrisa—. Fue un placer batir esta singular justa junto a usted, gentil señora.
Con una sonrisa divertida, Astoria lo mira con la cabeza inclinada hacia un lado.
—¿Por qué hablás tan... gracioso?
—Es por Sir Cadogan —suspira George—. No habré aprendido a correr más rápido... pero aprendí a retar a duelo. ¿U osás negar eso, vil bellaca? ¡En guardia, ruín malandrina!
—Está bien... quizás ahora esté un poco preocupada por vos...
—Y deberías, falta menos de medio año para mis TIMOs y yo sigo disfrutando de la vida como si no tuviera responsabilidades. Debería darme vergüenza, teniendo como ejemplo a Percy Weasley, el Premio Anual... —dice George con sorna, llevándose una mano a la frente—. Bueno, iré a hacerle creer a mi conciencia que estoy estudiando.
Ya no hay cuerpo congelado, victoria pírrica, ni gripe segura. Lo único que existe, para Astoria, es la sonrisa de George.
N/N: no voy a mentirles, amo a Sir Cadogan. Bueno, decretemos el 2 de noviembre como el día del cumpleaños de Theodore. Regístrese y archívese (?)
Sólo Salazar sabe lo que me cuesta escribir diálogos, así que espero que los de este capítulo les hayan gustado, en especial los de Draco y Ginny que son dos mil —2000 (!)— palabras.
Yo calculo que en uno o dos capítulos más deberíamos terminar el tercer libro.
Hasta la próxima y un abrazo enorme!
