—Te he dicho que te detengas.

La pipa golpeó la cabeza del pelirrojo. La sensación dolorosa que le cubría todo el cuerpo desapareció e instintivamente saltó hacia un lado, buscando las posibles huidas. Ese maldito pelirrojo era un tipo a tener en cuenta. No solo podía tocarle sino que también destruirle.

La anciana los observaba con el ceño fruncido, moviendo la pipa entre sus dedos como si no fuera nada más que un simple gesto de su nariz al que está acostumbrada. Kintaro parpadeó con sorpresa y la miró con un puchero.

—Estás actuando erróneamente, chaval. Haces las cosas únicamente pensando en tus sentimientos. No piensas realmente en Sakuno y en lo que esto ocasionaría para ella. Deberías de abrir los ojos: Ella sacrificó su vida para traerle nuevamente. Tan solo mira y observa cómo pasa el tiempo, demonios. Por eso no me gustan los tipos como tú. Exorcistas baratos que únicamente piensan en ellos.

Puso los ojos en blanco, comprendiéndolo. Un exorcista. Capaz de enviarle al otro barrio rápidamente. Y aunque no era tampoco una mala idea, no podía. Realmente no podía irse. No ahora que las cosas habían cambiando tanto.

—Y en cuanto a ti— le señaló con la pipa—. Regresa dentro con tu pactante.

Obedeció simplemente porque conocía a la castaña. Si Sakuno despertaba y se daba cuenta de que había vuelto a desaparecer podría entrar en pánico. Pero la encontró durmiendo a pierna suelta dentro de la tienda, cubierta por una vieja manta y con las mejillas enrojecidas.

El recuerdo de la erección le hizo sentir deseos de besarla. Pero si lo hacía se volvería a alimentar y no lo necesitaba. Así que desechó la idea, sentándose a su lado. En el exterior, la anciana continuó echándola la bronca a Kintaro. Ahora que sabía quién y qué era, se preguntó qué pensaría la muchacha de él. ¿Continuaría tan enamorada?

De todas maneras, era consciente de lo que ella necesitaba era un hombre humano que fuera capaz de darle todo. Él no podía trabajar para alimentarla. No podía darle placer sin estar a punto de matarla. Solo podía protegerla y poseer a otros para estar con ella. Si lo que había sucedido en la bala pudiera volver a suceder sin exponerla a ningún riesgo…

—Demonios de muchacho— protestó la anciana regresando. Se detuvo para mirarle, frunciendo el ceño—. Dios, eres idéntico a tu padre.

Ryoma sintió la imperiosa necesidad de gruñir. Siempre había odiado que le dijeran eso y ahora no iba a ser menos. Aunque ninguno de los dos estuviera vivo.

—Dime, ¿estás cómodo con esa muchacha? — Cuestionó, sentándose pesadamente sobre uno de los cojines—. Deberías de empezar a pensar en qué vas a hacer en adelante. Alimentarte de ella, ¿sabes lo que ocasiona?

¿Cómodo? Sí, bueno. Era una chica complicada en cuanto a emociones se trataba. Lloraba, se enfadaba, decidía locuras, accedía rápidamente cuando un vendedor ambulante quería estafarla. Bah, era demasiado complicada. Pero, demonios, no se sentía mal estar con ella. Únicamente que no soportaba a Kintaro Tooyama pululando a su alrededor.

En cuanto a lo que le ocasionaba, también era consciente. Pero ella insistía en ofrecerse y darle alimento. ¿Por qué reprimirse cuando ella misma había accedido? Pero la objeción era realmente peligrosa.

—Por tu cara veo que realmente eres consciente de lo que cuesta que ella te alimente. La vida de una persona no es una cosa con la que jugar tan a la ligera.

Lo sabía mejor que nadie. No por nada estaba donde estaba. Ser un fantasma no era su hobby de nacimiento.

—Esta chica— continuó la mujer, observando la espalda de Sakuno—. Es muy fuerte. Tiene un poder especial. Quizás, cumpla las expectativas que se propone en el futuro. Pero veo que hay demasiado ligado a ella. Y uno únicamente es ese muchacho. Tú también enturbias su destino.

Ryoma arqueó las cejas, preguntándose de qué modo podría hacerlo si nunca se entrometía en realidad. Él estaba muerto. Le doblaba en edad si estuviera vivo. Y mucho peor todavía, confundía el deseo sexual con algo más primitivo y flexible. La paz que le entregaba no era tan desagradable y podía soportar que estuviera con él, cosa que nunca había sucedido con ninguna de las mujeres que llegaron a su casa.

Y en cuanto al poder de Sakuno… bueno, demonios, tenía un gran potencial. Lo había demostrado con ella y con su abuelo. Al ir a buscarle a la maldita bala que los unía y haber mantenido la cabeza fresca para evitar que él la poseyera como un maldito perro en celo. Pero es que se había sentido tan bien tener tu propia erección…

—Estás buscando la forma de escapar a lo que realmente quieres, ¿Verdad? — La pregunta era más una afirmación. Maldición, esa vieja podía leerle como un libro abierto—. Ella es humana y tú estás muerto. La pregunta clave en todo esto es: ¿Cómo puedo volver a la vida para poder darle todo lo que necesita?

Si hubiera tenido un corazón, probablemente se habría detenido por un momento.

—Lo sabía— la mujer mostró sus dientes en una sonrisa pícara—. Pero lamentablemente, es imposible. Únicamente existe la ocupación de un cuerpo vivo por unos momentos. Y eso, puede llegar a matar a quien posees. Tooyama fue fuerte porque es quien es.

Vale. No hacía falta decir que le acababan de pisotear todas sus posibles esperanzas.

—Lo lamento, pero la muerte, muerte es— citó. Golpeó la pipa contra las cenizas y tembló—. Si realmente la muerte no nos quitara el sufrimiento de encima y nos diera oportunidades como ésta, ¿para qué viviríamos? Tú en tu caso, puedes culpar al tiempo. Seguramente, si ella hubiera estado en la época en la que decidiste convertirte en un buen hombre por tu hermano, ¿no te lo habrías pensado mejor sabiendo que Sakuno te estaría esperando?

Tuvo que darle la razón… mentalmente. No podía asentir delante de ella y confirmar que si en su época hubiera tenido a esa chica esperándole en su casa, habría buscado las formas de sacar a Ryoga de toda aquella mierda. Pero hasta ahora ninguna mujer le había atado de esta manera ni había sentido tan fuerte la necesidad de estar vivo.

—Supongo que no te queda más remedio que esperar que su hora llegue.

Algo dentro de aquellos ojos ocultaban algo. Un desliz o quizás una visión del futuro. Cuando la mujer se dio cuenta de que lo había notado, frunció las cejas.

—Tu apellido está ligado a la muerte, muchacho— le dijo, suspirando con frustración—. Todos en tu familia están muertos. Ninguna descendencia. ¿Sabes por qué tu hermano, pese a lo mujeriego que era nunca tuvo hijos? — cuando él negó con la cabeza, continuó—. Porque él lo sabía. Sabía de esta maldición de los Echizen. Empezó con tu padre cuando mató al abuelo de esta niña. No es lo que lo asesinara, es que simplemente deseó que muriera porque en aquel tiempo tu padre y su abuela estaban… ¿enamorados? No, esa palabra sería demasiado grande para un idilio romántico que simplemente consistía en sexo.

Saber sobre sus padres ahora era un tema que realmente no le sorprendía. Sabía que habían fallecido pero nunca se encontró con ninguno como hizo con la madre de Sakuno. La misma que le enseñaría cómo salir de la casa y poder ir con ella a todos lados. En cierto modo, aquella mujer lo utilizó como un simple guardaespaldas para su niña. No pensó en lo que podía hacerle a él.

Era horrible.

Ser un fantasma y estar enamorado de una mujer viva.

¿Esperar? Por supuesto que podía esperar. Era de lógica. Él estaba muerto y mientras ella se marchitara como una flor hasta envejecer, tener hijos, despedir a su marido y morir, habría visto millones de cosas que sinceramente, ahora mismo que había centrado sus sentimientos, no quería ver. Oh, genial: bienvenido al mundo de "te atesoro porque eres mi tesoro" y al de "bien, el amor te hace ser un cursi de mierda".

—Cuando ella muera…

Deslizó la mirada hacia la anciana. La mujer parecía completamente perdida y aturdida con lo que viera.

—Deberías de darte prisa— aconsejó—. Si quieres que sobreviva como fantasma. Con eso, creo que te lo digo todo.

No, no comprendía nada. Nada de nada. Pero aquella mujer cerró los ojos y se giró hacia Sakuno. La chica comenzaba a despertar y bostezó ruidosamente mientras tragaba y se frotaba los ojos. Nada femenino, desde luego, pero era humana. La sangre corría por sus venas y su corazón latía.

—¡Oh, cielos! — Exclamó, avergonzada y recomponiéndose—. ¿Cuánto tiempo llevo durmiendo?

—Poco de lo que realmente deberías de haber dormido— respondió la anciana—. Supongo que ahora podrás moverte e irte a casa tranquilamente. En cuanto a tu supuesto pretendiente, se ha marchado por patas cuando le he amenazada con mi súper pipa.

La mujer se rió de su propio triste mientras que Sakuno parpadeaba y le miraba en expensas de una explicación. Lo único que pudo hacer fue encogerse de hombros, porque realmente no sabía lo que había sucedido en la calle con Tooyama.

Sakuno estiró las piernas que crujieron dolorosamente. Las articulaciones parecían tomar su venganza por el aspecto de haber tenido el tiempo del rigor mortis. Hizo el mismo gesto con los brazos, con el cuello y los hombros y por último, con espalda y caderas. Ante sus ojos, dio un salto y se asentó con los pies en la tierra. El cabello cayó en ondulaciones sobre su espalda y con un simple gesto, se lo echó hacia atrás.

—Gracias por todo— agradeció, haciendo una reverencia ante la anciana.

La mujer la observó con sumo detalle. Volvió a golpear la pipa contra las cenizas y arqueó las cejas.

—Sakuno, voy a darte un consejo, tal y como en su día hice con Rinko Echizen.

Ryuzaki asintió, esperando.

—Ten cuidado con las decisiones que tomes. Camina siempre por el sendero que creas correcto y toma las decisiones con el corazón y no con la mente. Pero recuerda que el final siempre está ahí para los que quieren como los que no. A tu lado te acompaña alguien que está fuera y en tu destino muestra las alas que te ataran a una persona fuertemente. Decide bien. La muerte o la vida son dos puntos en conflicto en ti.

Él no entendería ni papa de lo que dijo la anciana, pero Ryuzaki sí. Su gesto se volvió serio y a la vez confuso. Como si realmente esperara encontrarse parte de esa decisión y no de otra. Pero aún así sonrió y se estiró cuan larga era antes de mirarle con una sonrisa cruzándole el rostro.

—Vamos, Ryoma-kun— invitó—. Tenemos que volver a casa. Seguro que tengo muchos emails que revisar. Y las macetas pueden tener hambre.

Asintió, caminando tras ella. La mujer los observó hasta que salieron, deteniéndole.

—Recuerda las cosas que te he dicho, Echizen. Estás maldito.

Atravesó la cortina con el ceño fruncido. No podía simplemente encogerse de hombros.

Observó a la joven que parecía ver la vida de una nueva forma tras haber pasado por la simulación de la muerte. Pero cuando se tocó la bala que colgaba de su cuello y se volvió para mirarle, un estallido de sensaciones explotó en él.

Ansiaba poder tener brazos para abrazarla en ese mismo instante y meterle la lengua hasta lo más profundo de su boca. Pero se contentó con ponerse tras ella y pasar sus brazos alrededor de sus hombros, sin llegar a tocarla. Sakuno parpadeó con sorpresa, pero rió y echó a correr.

-.-

Sakuno no podía evitar sentirse feliz. Le corría por las venas con fuerza. Había recuperado a Ryoma. Había experimentado lo que era la muerte y por primera vez en todo ese tiempo había conseguido excitar correctamente a su compañero fantasma, sin intermedios. Aquella erección había sido de ellos. De su propio cuerpo. Y aunque había estado tentada a dejarse llevar, morir y vivir con él ahí dentro, no pudo contra su conciencia y regresó.

Pero aún así, se sentía feliz.

De alguna forma sentía que había hecho una buena obra y aunque tenía la picazón de que Tooyama había vuelto a ser otro impertinente que únicamente se había aprovechado de ella, tenía muchas otras cosas en las que pensar y poner en orden antes de enfrentarse a él.

Las palabras de la anciana realmente eran para tener en cuenta y un aviso del futuro que le esperaba. Las decisiones que tomaría realmente marcarían su camino y su destino. Enfocaba entre dos varones por mucho que no le gustara. Uno estaba muerto y el otro vivito y coleando, capaz de traicionarla simplemente porque era un… ¿Exorcista?

Dios, sabía que nunca le perdonaría haber intentando que Ryoma jamás saliera de la bala y regresara. Que hubiera querido retenerla. Pero aún así, su corazón palpitaba dolorosamente cuando pensaba en él y en las cosas que habían vivido. Aunque se había reprimido por el punto de que él era quien era y solo estaba ahí por Ryoma, ¿verdad?

Subir las escaleras de su casa provocó que su corazón latiera desbocadamente y no por la carrera que se había dado. El simple hecho de que él estuviera con ella, protegiéndola a su modo, bastaba. Le abrió como costumbre la puerta y ella se adentró, quitándose los zapatos y cerrándola con un movimiento de cadera.

Oler nuevamente el incienso y ver cómo la televisión se encendía, casi la hizo gemir de puro alivio y satisfacción. Caminó ágilmente hacia la cocina y preparó algo de comer para sentarse después delante del ordenador y leer los nuevos mensajes. Era tan placentero encontrar mensajes de tus fans…

Sintió algo acercarse desde su espalda y cuando levantó la cabeza, se encontró con la mirada de él fija en la pantalla del ordenador, sus manos sobre el respaldo de la mesa y la barbilla cerca de su cabeza. Aquella era una postura tan cercana y a la vez tan lejana…

—Mira— señaló uno de los correos, frunciendo el ceño.

Ella no tardó en imitarle cuando descubrió de quien era. Kintaro no parecía haber perdido el tiempo y se había puesto en contacto con ella. No lo abrió. No podía ahora mismo. Quería disfrutar ahora mismo de lo que estaba viviendo. Su regreso a la vida. Cerró el buzón de entrada y se adentró en la página de la revista. Ahí también recibía sus propios mensajes y actualizarla. Quería escribir lo que había vivido y les informó sobre ello.

A continuación, abrió el Word y comenzó a escribir sin parar. Ryoma continuaba tras ella, observando palabra a palabra. Intercambiaba el peso de un pie a otro, pero no se alejaba. Si hubiera sido humano, estaba segura de que su fragancia la habría calado hasta el fondo. Y Dios, olía de maravilla realmente.

En la bala habían tenido el suficiente contacto como para saciarse de su olor. Todavía le picaba en la nariz como un cosquilleo agradable. Ansiaba volver a olerlo. Dejó los dedos acariciando las teclas y cerró los ojos. Ryoma se movió de la silla e inclinó un poco la cabeza desde su altura para poder verla. Cuando los abrió, se lo encontró frente a frente. Los ojos fijos en los suyos con las oscuras cejas fruncidas.

—Estoy bien. Solo… estaba recordando.

—Ah— se encogió de hombros y se incorporó.

—Lo sucedido en la bala— dejó caer. Nuevamente, los ojos dorados se cernieron sobre ella y las cejas se arquearon con sorpresa—. Yo… si realmente hubiera habido tiempo…— balbuceó—… me hubiera gustado quedarme más contigo. Pero— añadió— hay tantas cosas que quiero hacer en esta vida. Quiero disfrutarlas hasta que la muerte me llegue. En el momento justo. Sé que estarás ahí— recalcó con seguridad.

Y cuando él asintió, su corazón palpitó con fuerza. Deseo que la besara. Pero si lo hacía seguramente volvería a caer desmayada. Porque él se alimentaria y parecía haber decidido que únicamente rompería las distancias limites cuando tuviera que alimentarse. O fuera realmente necesario como trasportarla.

Era odioso cuando querías que una persona te tocara y no podía. Cuando anhelabas un beso suyo y era imposible. Cuando necesitabas que te abrazara con fuerza y nada sucedería.

El ordenador dejó escapar el sonido llamativo del MSN cuando recibes un mensaje. Abrió el correo y parpadeó repetidas veces, releyendo el mensaje una y otra vez hasta que se aseguró de que era realmente cierta la noticia que tenía ante sus ojos. Casi gritó de alegría y dio palmadas de júbilo. Ryoma se acercó y curioseó por encima la pantalla, leyendo el mensaje.

—¿Quién es… Tachibana Ann?

Sakuno puso los ojos en blanco antes de reprimirse el tirarle de las mejillas. ¡Maldición el no poder hacerlo! ¡Era un castigo tremendo que no la conociera! Se levantó y pasó a su lado para señalar una de las enormes estanterías repletas de libros que tenía. La mayoría de ella llevaban el nombre de Tachibana Ann escrito sobre ellos.

—¡Es una de mis escritoras de novela romántica preferidas! ¿Sabes cuántos años llevo soñando poder conocerla! ¡Oh, Dios mío! ¡Voy a conocerla!

Y aunque Ryoma parecía totalmente perplejo de que aquello la alegrara, lo descartó rápidamente para correr en busca de su armario y abrirlo. Probablemente cualquier cosa que se pusiera sería nada comparado con lo hermosa que debía de lucir Tachibana. No había ninguna fotografía de ella por ningún lado. Es más, la gente siempre se preguntaba quién demonios era esa escritora y en lo sensual que debería de ser para ser capaz de escribir tremendas historias eróticas.

Apagó el ordenador mientras se recogía los cabellos en dos trenzas y se aseguraba que el jersey quedaba correctamente bien puesto a conjunto sobre la falda oscura. Debajo, el top quedaba ceñido y el collar fino con la bala quedaban a cubierto bajo su cuello. Recogió los zapatos de tacón de la entrada y recogió su bolso.

—¡Vamos, Ryoma-kun! — Exclamó. Y le cerró la puerta en las narices antes de bajar corriendo escaleras abajo en busca de un taxi.

La cita se llevaría a cabo en uno de los hoteles que portaba el apellido Tooyama. Pero aquello no podía frenarla. En realidad, si estaba cumplido uno de sus sueños era gracias a Kintaro y no podía negarlo.

La recepcionista del hotel la dejó adentrarse en una sala compuesta por muchas mesas vacías de mantelería blanca y sillas negras. En una de ellas se encontraba sentada un hombre corpulento de cabellos oscuros. Inclinado sobre lo que parecía ser la carta de comida y mostrándole lo que quería a una amable camarera. Al escuchar la puerta cerrarse se giró hacia ella y levantó una mano, levantándose de su asiento. En un par de zancadas llegó hasta su altura.

Sakuno sintió que se estremecía hasta el punto de enrojecer. No era posible, ¿Verdad? ¿Tachibana Ann no podía ser un hombre, no?

—Eres Sakuno Ryuzaki, ¿verdad? — Cuestionó él inclinándose un poco hacia ella—. Soy Momoshiro Takeshi. Estaba esperándote.

Vale, aquel nombre no concordaba con Tachibana. Entonces, ¿qué demonios hacía ese hombre ahí? ¿Acaso era una trampa? Buscó con la mirada a Ryoma, encontrándoselo con el ceño fruncido y mirando al chico con obstinación.

—Ah, ah, comprendo— el joven pareció leerle las ideas, porque retrocedió y le ofreció una silla—. No soy quien esperabas ver. Pero, déjame que te diga que se está retrasando— gruñó, observando su rólex—. Ann siempre suele ser puntual, así que supongo que está pensando qué ponerse.

—No estoy pensado en eso, idiota— Exclamó alguien desde detrás de ellos.

Una joven de castaños cabellos claros y ojos azules sonrió hacia ella, tomándola de las manos. El tacto fue tan suave y cálido que no soportar no mirárselas.

—¡Dios mío! No puedo creerme que tenga ante mí a Ryuzaki Sakuno. ¡Eres tal y como te imagine!

Lástima que ella no pudiera pensar lo mismo. Sí, la mujer ante ella era sexy. Se veía sexy. Pero, ¿pantalones vaqueros y un jersey que parecía haber sobrevivido a la época de los cincuenta? Ah, y ella preocupándose por qué ponerse… Estúpida.

Sonrió avergonzada cuando el chico comenzó a observarla de arriba abajo, hasta que las tomó a ambas del brazo y las obligó a sentarse.

—Ya he pedido algo de comer, así que siéntense— Demandó. Ambas obedecieron y demostraron su buena educación en la mesa.

—Sabes, me encantó tú último trabajo. No puedo creerme que realmente pensaras en hacer de algo típico una cosa espectacular. Felicidades.

Jugó con el filo del mantel, preguntándose si de verdad pensaría eso o era simplemente otra cuartada como la que exponía en sus relatos. Si ella era tal y como Tachibana se la imaginaba era porque no lograba ocultar su timidez en sus escritos. Escribía tal y como sabía.

—Igual no es como piensas que debería de ser— dedujo Ann acariciándose el mentón—. Igual que me veas vestida de forma tan sencilla te ha sorprendido.

—Sí— respondió con sinceridad.

A su lado, Ryoma olisqueó el aire. La comida demandada por Momoshiro llegaba. Se preguntó cómo abría sido capaz de sugerir comida tan deliciosa y por qué Ryoma se comportaba como un perro olfateando el aire, aunque eso no era nuevo. Parecía que como fantasma tenía algunos recursos. Especialmente cuando una estaba excitada.

—Bueno, mi creencia es que no siempre puedes ser lo que escribes. Exponer tus sentimientos, plasmarlos entre líneas y ser cómo los demás quieren o deben de verte es otro tema. Por ejemplo, cuando estoy en una firma de libros me preguntan si es gracias a mi amante que puedo escribir tantas escenas eróticas. ¿Tú qué crees?

Sakuno parpadeó y levantó la vista hacia ella. Sabía que sus mejillas serían comparadas con el pimiento que adornaba una parte del plato. Momoshiro expresó una sonrisa alegre mientras picaba su comida satisfecho.

—N-no lo sé— respondió finalmente bajando de nuevo la mirada—. Yo… también llegué a usar mi experiencia en algún momento— reconoció.

—Bueno, no digo que todo no te lo muestre una persona que te agrada, pero hay cosas que éste— señaló con el pulgar a Takeshi—, jamás ha hecho conmigo.

—Oí— protestó Momoshiro arqueando las cejas y mirándolas a ambas de hito en hito—, que el sexo es cosa de dos y no un simple monumento como el escribís de que el hombre da todo a las mujeres. Además, dudo mucho que una embarazada pueda hacer tantas cosas sexuales como le hace hacer el tipo de tu último libro.

—Ah, las embarazadas pueden tener sexo— se escuchó defender. Ann levantó las cejas, riendo.

—¡Desde luego que sí! Pero aquí el míster cree que las embarazadas no pueden gracias al vientre.

Sakuno compartía una risita burlona con Ann, mientras que el chico chasqueaba la lengua y levantaba la vista de su plato para fijarla en la silla junto a ella. Justo donde Ryoma permanecía sentado con aspecto aburrido, pero observando la comida con cierta melancolía. Probablemente ya no recordaba el sabor.

Momoshiro se inclinó hacia delante.

—Oí, ¿por qué no comes? Hay comida para todo el mundo.

Sakuno ahogó un grito que estuvo a punto de escapar a su control. Miró de hito en hito a ambos y esperó. Ryoma arqueó las cejas y miró tras él. Takeshi gruñó y le tiró un trozo de pan.

—Te digo a ti— reclamó. Sakuno tragó, pasando una mano por su frente.

—¿Puedes… verle? — Cuestionó. Los ojos lilas del joven se cerraron varias veces, frunciendo el ceño hasta que chasqueó la lengua.

—Oh, mierda. Estás muerto. Pensé que eras el acompañante de Ryuzaki.

Ann puso los ojos en blanco, echándose hacia atrás.

—Genial. Mi novio siempre consigue tener la oportunidad de hablar solo cuando llega el momento. Dice que puede ver fantasmas.

—Y realmente puede— corroboró, mirando a Ryoma perdida. Él simplemente se encogió de hombros.

—No es el único, ¿no? — Dijo. Sakuno no podía estar menos de acuerdo.

—Ah, no os preocupéis. No soy un exorcista de esos ni nada por el estilo— aclaró, levantando las manos—. Pero a veces me confundo y tiendo a verlos como personas. Ya sabéis, como está sentado y tal…

Ann pareció perpleja, bebiendo un poco de vino miró hacia la silla que supuestamente estaba vacía para ella.

—Entonces, ¿los dos podéis verlo? — cuestionó, entrecerrando los ojos.

—Eso parece— respondió Momoshiro extendiendo sus labios en una sonrisa—. Me siento aliviado de no ser el único. Demonios que realmente es una alegría.

Sakuno sonrió y asintió. En realidad, había tenido poco tiempo para asimilar que Tomoka y su abuela fueran capaces de ver a Ryoma y especialmente, Kintaro. Casi se abrazó a él, pero rió, tocándose el estómago cuando le dolió.

—Lo siento, no me estoy burlando ni nada por el estilo— explicó levantando una mano hacia él—, es que realmente estoy contenta de que también lo veas.

—Me lo imagino— dedujo llevándose una copa de vino hasta los labios—. Mi pregunta es: ¿Por qué cargas con un fantasma?

—Es mi… pactante— respondió, jugando con la comida y el tenedor a futbol. Cuando un guisante atravesó el costado de un pimiento, levantó la mirada hacia él—. Le doy alimento.

—En pocas palabras: Está ligado a ti.

Asintió con aire ausente, preguntándose si sería demasiado feo hacia los ojos de los demás. Tooyama no lo aceptaba, por ejemplo.

—¡Es tan romántico! — Exclamó repentinamente Tachibana—. Tener el alma de tu ex novio a tu lado, acompañándote a todos lados.

Sakuno parpadeó, sorprendida.

—Por el aspecto y la edad, diría que no era su novio— intervino Momoshiro—. Más bien, diría que lo conociste después de nacer. Quiero decir, que él estaba ya muerto.

—Sí, lo estaba. Lo encontré en el piso donde vivo y desde entonces, hablando metafóricamente, estamos juntos.

—¿Y no te afecta a la hora de escribir? — Escrutó Tachibana—. Quiero decir: Lo usas como modelo, musa o hombre perfecto que se mete entre tus letras.

Negó con la cabeza, levantando los ojos. No es que Ryoma no fuera un buen partidario para formar parte de sus historias. Es que pensar en él como en el personaje ficticio de un libro la ponía nerviosa y recordaba quién era en realidad. Un fantasma, al fin y al cabo, capaz de despertar por completo todos sus instintos. No. No podía utilizarle.

—Tú no me utilizas de inspiración— protestó Momoshiro haciendo un mohín y tomándola de la mano. Ann parpadeó, sonrojándose.

—No quiero— respondió, haciendo un puchero—. Ya sabes por qué.

Sakuno enrojeció. No esperaba encontrarse con semejante muestra de afecto entre una pareja. Que Ann tuviera a su alcance lo que ella no podía experimentar para escribir y no era de extrañar que fuera tan buena. Estaba segura de que aunque no lo confesara, podía utilizar a Momoshiro como eje de su imaginación. Pero cuando el moreno se levantó con la excusa de ir al servicio, Tachibana se inclinó hacia ella y le confesó la razón.

—No quiero que las demás mujeres piensen en él. Es… mío— y volvió a ruborizarse encantadoramente.

-.-

Vale. Las mujeres también eran condenadamente posesivas y Tachibana era la que más. Al menos, que conociera. Aunque la sonrisita de complicidad que dejó entre ver Sakuno le hizo arquear las cejas y preguntarse qué demonios pasaba.

La sorpresa que se había llevado al ver que otro humano más podía verle le hizo tensarse y sentir la necesidad de marcharse antes de que decidieran volver a exorcitar de nuevo. Aquella picazón en su cuerpo no había sido para nada agradable. Desde luego que no. Pero Momoshiro parecía haberse sentido aliviado de verle y compartir sus visiones con alguien más.

De nuevo, no pudo evitar preguntarse si los lazos del destino estarían jugando con ellos. La anciana ya se lo había dicho.

Sakuno y Ann intercambiaron un par de sonrisas y algunos asuntos más sobre libros y escritos de los que perdió la cuenta. Momoshiro se volvió a unir a ellas únicamente para decir tonterías. Pero al menos estaba vivo y podía tocar a Tachibana por debajo de la mesa, excitarla y hacer que sus miradas incrementaran más como una promesa de sexo seguro. Igual no solo había ido al cuarto de baño para mear.

—Sakuno, ¿podemos intercambiar emails y teléfono? — Ah, la perfecta frase de "lárgate que tengo ganas de follar" oculta bajo un techo de cordialidad—. Me gustaría estar en contacto contigo. No siempre puedes tener el placer de conocer a una escritora que tarde o temprano puede convertirse en la más alta inspiración.

Sakuno enrojeció hasta las orejas. Buscó dentro de su bolso y sacó el teléfono a la vez que Tachibana. Le soltó el típico alago de compromiso del "No, tu eres mejor que yo" y lo volvió a guardar mientras miraba el reloj con frustración. Otra técnica más de "me tengo que largar antes de que se pongan a comerse los morros delante de mis narices".

Cuando guardó el móvil sacó su cartera con intenciones de pagar, pero, oh, sí, había un hombre en la mesa y que una mujer pagara por él era como darle una patada en sus partes nobles. Momoshiro la retuvo con un ademán y frunció las oscuras cejas.

—Deja que te invitemos nosotros. Después de todo, has hecho feliz a Ann. Es lo menos que puedo entregarte como recompensa.

Ryuzaki pareció sorprendida. O bien por la caballerosidad de Momoshiro o porque no esperaba recibir tremendo agradecimiento. Pero Tachibana sonreía animadamente y se levantó para tomarla de las manos y sacudírselas.

—Sé que no lo crees, pero estoy muy agradecida a Tooyama por haberme permitido conocerte. Es muy escrupuloso a la hora de que otras escritoras conozcan a sus propias artistas. Pero cuando me llamó esta mañana anunciando que podría verte, ¡Dios! Creo que casi muero del susto.

Sakuno sonrió con agradecimiento, abrazándose a ella. Con perplejidad, Ann le correspondió y ambas mujeres intercambiaron sonrisas de complicidad cuando Momoshiro le miró a él y preguntó qué sucedía, simplemente se encogió de hombros. Cosas de chicas. Y ambos estuvieron de acuerdo con un asentimiento.

Era la primera vez en mucho tiempo desde que "congeniaba" con un hombre. Y Momoshiro no parecía ser de los que quería enviarle al cielo con un aro de ángel en la cabeza. Casi sintió deseos de estrecharle la mano y saludarle como debían de hacer dos hombres. Pero, mierda, era un fantasma y ya no era ni hombre.

No obstante, Momoshiro asintió nuevamente con la cabeza e hizo el intento de tocarle el hombro. Ryoma miró aquella mano con cautela más cuando no le tocó, levantó los ojos hacia el moreno.

—Siento no poder tocarte, darte un apretón de manos o chocar nuestros puños. Pero la única vez que lo hice estuve ingresado en cama durante tres días sin poder mover ni un solo músculo de mi cuerpo. Aquel fantasma me absorbió por completo toda mi energía— y después miró a Ryuzaki—. Ten cuidado cuando la toques.

Él lo sabía mejor que nadie. Se había dejado llevar una vez por sus sentimientos, haciendo que experimentara el mejor orgasmo de su vida, pero eso también le había costado días de fiebre y tardía recuperación. Si no tuviera que tomar de lugares donde latiera su corazón… Pero la muñeca era el único lugar donde no parecía cansarla demasiado y esta última vez había sido demasiado. Aparte de la muerte, también la devoró.

—Oye, oye— llamó Takeshi emocionado hacia él—. ¿Es cierto que puedes poseer a la gente como se dice en las películas y las médium?

Cabeceó una afirmación distraídamente. Preguntándose para qué demonios querría algo así. Él no pensaba entrar en su cuerpo para nada. No le hacía falta.

—Bueno, a mi no me interesa, pero…— observó por el rabillo del ojo a Tachibana, que continuaba enfrascada en una conversación con Ryuzaki—… si muriera antes que ella. Si pudiera entrar en el cuerpo de alguien y explicarle lo que siento, sería una pasada y un buen intento de que continuara adelante. Porque…— se pasó una mano por los oscuros cabellos, bajando la voz—… soy consciente de que ella me ama, pero me gustaría que siguiera adelante.

Estuvo a punto de reírse, si no fuera porque no tenía ganas. ¿Realmente creía que era tan sencillo vivir observando a la persona que amas mientras se acuesta con otros delante de tus narices que no eres tú? ¡Ni hablar! O quizás es que él era demasiado… sí, mierda, un puñetero posesivo.

—En fin, no te entretengo más— anunció Tachibana dándole un último abrazo a Sakuno—. Por favor, volvamos a comer otro día. Me gustaría darte la primera el primer manuscrito de mi nueva historia.

Los ojos de Ryuzaki brillaron y no logró contener el bote que dio. Ann rió y le hizo un guiño cómplice.

—Espero que todo vaya bien, Ryuzaki— deseó—. Ah, ¿Cómo te llamas? — Cuestionó, girándose hacia él.

—Echizen— Respondió, apareciendo detrás de Sakuno—. Echizen Ryoma.

—No jodas.

La respuesta rápida y firme. La grandeza de los arilados ojos también al igual que paso que dio el hombre hacia ellos, con las dos manos extendidas.

—¿O-ocurre algo, Momoshiro-san? — preguntó Ryuzaki, tan aturdida como creía que estaba él—. ¿Lo conoce?

—¡Cómo para no conocerlo! ¡Es una leyenda en el departamento de policía donde yo trabajo! Tiene una placa como recordatorio. Dios, no puedo creerlo. El tipo que dejó que le mataran por honor a su familia. Casi suena como un viejo samurái.

Ryoma puso los ojos en blanco. No tenía ganas de escuchar patrañas sobre lo que sospecharan que había sucedido estúpidos agarrados a las leyendas de otros que no sabían cómo crear la suya misma sin repetirse a las demás. Un balazo y una fiebre no eran algo digno de esperar que matara a un superhéroe o como quisieran llamarlo.

—Ah, demonios. Si lo hubiera sabido antes te habría hecho un montón de preguntas. Pero, ¿qué diantres? Ahora tengo más ganas que antes de apretarte la mano. Aunque caiga tres meses en coma.

Tachibana actuó rápida, dándole un fuerte golpe en las pantorrillas con sus pies. Momoshiro exclamó algo fastidiado y se giró hacia ella en busca de respuestas. Él aprovechó el leve movimiento para que se marcharan de Tachibana y señalizó la puerta hacia Ryuzaki, que asintió en silencio, siguiéndole. Antes de cerrar la puerta, se escuchó la voz de Tachibana confirmando sus sospechas.

—¿Es que acaso te has olvidado de la cita que tenemos en ese cuarto de baño simplemente por un hombre muerto? Si estás pensando en que me quede mojada hasta que termines de hablar, estás muy equivocado, chaval. Pon rumbo al cuarto de baño, ¡Ya!

Una vez fuera, ambos suspiraron a la par. Se miraron entre sí, sorprendidos y la joven abrió la boca ampliamente para sonreírle antes de comenzar a andar. Pero no irían demasiado lejos. Ryuzaki sufrió el agarre de una amplia mano y sus ojos se abrieron de sobremanera cuando reconoció al pelirrojo.

—¡Kin…! Tooyama— se corrigió. Kintaro chasqueó la lengua, observándola ceñudo.

—No me gusta nada que me llames por mi apellido— aclaró, haciendo un puchero. Sakuno, para su sorpresa, contrarrestó.

—Ni a mí que me mientan.

Tooyama puso los ojos en blanco antes de soltarla y cruzar los brazos frente a su pecho. El traje de etiqueta gris se enfundó a sus amplios músculos.

—No sabía que ibas a terminar cogiéndole tanto cariño a un muerto. Fui ahí con intenciones de erradicarlo, pero mis sentimientos no son mentira.

—A mi ahora mismo me lo parecen— protestó Ryuzaki enérgicamente, sonrojándose y girando sobre sus pies—. De lo que me alegro, es que no nos acostáramos.

—Gracias a que yo lo evite, temo recordarte— Kintaro también sabía lanzarlas, por supuesto, no era un nombre de negocios por nada aunque la mayoría del tiempo fuera como un mocoso caprichoso—. Deberías de escuchar mi historia hasta el final antes de lanzarte como una fiera a defender a un muerto.

—¡Ese muerto me ha…!

Sakuno giró sobre sus pies para enfrentarle, pero Tooyama la sujetó firmemente de los brazos, atrayéndola contra él. Boca contra boca. Y Sakuno, desgraciadamente para él, no hizo absolutamente nada para reprimirlo. Simplemente se quedó ahí en pie, dejando que la besaran.

Ryoma rodó los ojos a su alrededor. Sentía cómo la furia incrementaba en su interior como una energía a la que poder hacer explotar. Y dejó que ocurriera. Todos las bombillas de las lámparas del pasillo estallaron y la alfombra se movió de tal modo que ambos terminaron contra el suelo. Desgraciadamente, Ryuzaki terminó tendida sobre el cuerpo del ejecutivo, presa entre sus brazos. Sus ojos se dilataron con sorpresa y gritó su nombre a medida que las bombillas estallaban. Pero ya era demasiado tarde.

—¡Maldita sea! — Exclamó Tooyama.

Extendió una mano hacia él y algo le golpeó. Su cuerpo atravesó diferentes habitaciones y antes de que tuviera tiempo de poder detenerse, se encontraba en la calle. Cuando logró recuperar el control de su cuerpo y estar estable, regresó.

Pero ni Ryuzaki ni Tooyama estaban. Únicamente, en el suelo, descansaba su solitaria bala. La misma que le había llevado a la muerte…

-.-

Y de nuevo, les dejo con más intriga.

¡Nos vemos!