14. EL PRIMER PATRONUS

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Todos los personajes pertenecen a J.K Rowling

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Si Mahoma no va a la montaña...

Lo llevamos de los pelos...

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La primera mañana que volvieron a desayunar solos, se sintieron algo tristes; pero decidieron disfrutar del desayuno, y ser agradecidos con lo que tenían.

- ¿Cuando me darás una clase de defensa mágica? — preguntó el ojiverde, entre bocado y bocado.

- En un rato, si quieres... Así estrenaremos la sala de entrenamiento... —respondió Sirius, emocionándose como un niño.

- ¡Genial! - celebró el leoncito, dando botes en su silla, y casi derramando su vaso de leche.

- Pero termina primero de desayunar — ordenó Severus, tajante, aún preocupado por la salud del menor, a pesar de que había mejorado bastante.

- Ya casi he terminado... — replicó el azabache, engullendo lo que le quedaba en el plato, a toda velocidad.

- Mastica despacio... — lo reprendió Remus, temiéndose que su sobrino se atragantase con las prisas.

- ¡Ya estoy! ¿Vamos? — lo ignoró Harry, mirando a su padrino, con gesto ansioso.

- Vamos allá... — se levantó el ojigris, fingiendo una desgana, que nadie se creyó.

Diez minutos más tarde, padrino y ahijado subieron a la segunda planta, para dirigirse a la habitación del fondo del pasillo.

Harry todavía no había visto la habitación que sus tutores habían preparado como sala de entrenamiento; quizás por eso estaba tan ansioso por averiguar, que lo esperaba tras la puerta caoba.

Se llevó una grata sorpresa cuando entró a la estancia; en la pared del fondo había enormes estanterías, repletas de libros; a la izquierda un espacio preparado para trabajar en pociones; y en el centro había colchonetas y maniquíes, artículos necesarios para una buena clase de defensa.

El animago había salido al jardín, antes de acompañar al ojiverde a la sala de entrenamiento, para buscar algo que utilizaría, para hacer sus clases más reales.

Antes de comenzar la clase, le entregó el objeto recogido del jardín al niño, y éste lo acepto con gesto confuso.

- ¿Por qué me das esto? — preguntó confuso el menor, mirando confuso, una pequeña rama.

- Imagina que es tu varita... — respondió el animago, sonriéndole confiado a su ahijado.

- ¿En serio? — interrogó el leoncito, intentando evitar hacer algún gesto inapropiado.

- Quiero que aprendas la colocación de tu varita y el movimiento de tu mano... — explicó con paciencia, el pelilargo, aguantando la risa al ver la cara de poker del niño.

- Supongo que tiene sentido... — reconoció el ojiverde, optando por dejar atrás su sentido del ridículo, y confiando en los consejos de su profesor.

- Empecemos... — dijo Canuto, sacando su varita del bolsillo.

Sirius le enseñó la teoría de distintos hechizos y contrahechizos; algunos más avanzados que otros.

El niño parecía tener muy buena disposición para aprender lo que le enseñaba, lo que lo motivaba a enseñarle algunas cosas demasiado avanzadas para su edad.

- ¿Y cómo se hace un Patronus?— lo interrumpió Harry, en medio de una demostración práctica, de un complicado hechizo, que no debería aprender hasta séptimo.

- Ese es un encantamiento complicado... — suspiró con cansancio el ojigris, sabiendo que su testarudo ahijado insistiría.

- ¿Crees que no puedo hacerlo?— interrogó el azabache, con gesto dolido

- No he dicho eso... — negó el pelilargo, de manera enérgica; luego respiró hondo para calmarse, y añadió algo más - Debes pensar en algo que te haga muy feliz...

- De acuerdo... — asintió el ojiverde, feliz de haber convencido a su padrino.

- Ahora repite: Especto Patronum — ordenó Canuto, con voz firme, la que tendría que usar para dar sus clases en menos de un mes

- Espec... to... Especto Patronum... — repitió el buscador, con voz temblorosa.

- Muy bien... Ya lo tienes... — aplaudió el animago, deseando que su ahijado se olvidase de ese hechizo por ahora.

- Sólo el hechizo... Aún no sé si puedo realizarlo... — replicó Harry, frunciendo el ceño, y mirando hacia otro lado.

- Lo harás... — prometió Sirius, con un suspiro cansado, sabiendo que ese tema no acabría ahí - Pero más adelante...

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Remus fue a buscarlos a media mañana, para que se tomasen un descanso y repusieran fuerzas, y los cuatro se reunieron de nuevo en la mesa de la cocina.

- ¿Cómo ha ido la clase? — se interesó Severus, mientras le servía un vaso de leche al menor.

- Supongo que bien... — se encogió de hombros, con indiferencia, el azabache.

- ¿Supones? — preguntó el licántropo, con una sonrisa divertida.

- Pensé que te divertías en mis clases... — intervino el ojigris, murando al niño con gesto ofendido.

- Y lo hago... — se apresuró a afirmar el ojiverde, temiendo haber herido los sentimientos de su padrino.

- Pues avísale a tu cara... — refunfuñó el animago, con rostro serio.

- Lo siento... No quería hacerte sentir mal... — se disculpó Harry, sintiendo una bola rasposa en su garganta.

- No importa... Me gusta que seas sincero... — intentó quitarle importancia Canuto, al ver la carita angustiada de su cachorro.

- Me gustan tus clase padrino, de verdad... — explicó el leoncito, ya más tranquilo — Es sólo que me gustaría poder usar mi varita...

- Pero habíamos quedado en que sólo recibirías clases teóricas... — le recordó Lupin.

- Ya... Pero no es tan divertido... — replicó el niño, frunciendo el ceño.

- Tiene razón... — se puso de su parte su padrino.

- Sirius... — siseó Severus, mirando mal a su amigo.

- No empieces... — ordenó el hombre lobo, con tono de advertencia.

- Reconoced que tiene razón... — los ignoró el ojigris, dispuesto a apoyar a su cachorro.

- Puedo practicar pociones con el tío Sev... Y aprender Historia con el tío Moony... — siguió quejándose el ojiverde, más confiado ahora, que Canuto le mostraba su apoyo - Pero las clases de defensa están incompletas...

- A mí me ha convencido... — suspiró con cansancio el castaño, incapaz de resistirse a sus dos debilidades.

- Supongo que tiene razón... — se encogió de hombros, en gesto de rendición, el pocionista.

- Creo que ahora podremos tener una clase de verdad... — aseguró el ojigris, guiñándole un ojo a su ahijado.

- Pero no puedo hacer magia fuera de Hogwarts... — les recordó el azabache, que había pensado en todo.

- Hemos pedido permiso a alguien del Ministerio... — mintió Severus, al que tampoco se le escapaba nada, y ya se esperaba esa pregunta.

- ¿A quién? — interrogó, muy interesado, el menor.

- A Amelia Bones... — respondió el licántropo, mirando hacia otro lado.

- ¡Ah! Que amable es la tía de Susan... — se alegró el ojiverde, sin darle más vueltas.

-¿Entonces quieres intentarlo? — preguntó, con una sonrisa torcida, Sirius.

- Si, por favor... — suplicó el buscador de Gryffindor.

- Ve a buscar tu varita... — ordenó Canuto, señalando a las escaleras - Te espero en la sala de entrenamiento...

- ¡Voyyyyy! — chilló emocionado, el niño, subiendo las escaleras de tres en tres.

Harry no se había creído del todo lo del permiso, pero confiaba ciegamente en sus tres tutores; así que si ellos decían que podía hacer magia, es que así era...

Se reunió con su padrino, en la que ya se estaba convirtiendo en su habitación favorita de la casa, para intentar realizar el hechizo que llevaba deseando hacer, desde que había visto un patronus por primera vez.

Tras intentarlo un par de veces, el ojiverde consiguió que un pequeño hilo plateado saliese de su varita, sorprendiendo a Sirius; quien no podía estar más orgulloso de su ahijado.

Antes de comer, se reunieron en el salón; y el animago puso al día a los otros dos adultos, de los avances mágicos del más pequeño de la casa.

- Lo ha hecho genial... Ningún dementor podrá acercársele... — lo elogió Sirius, rebosante de orgullo paternal.

- Sólo ha salido un hilito muy finito... — discutió el ojiverde, claramente decepcionado por los resultados obtenidos.

- ¿Sólo? Eso ya es mucho... — aseguró su tío Moony, divertido por los mohines del niño.

- Remus tiene razón... — lo apoyó Severus, intentando aguantar la risa, para no ofenderlo — Parece que esto de la magia se te da muy bien...

- Pero yo quería ver mi animal... — protestó el azabache, con gesto terco.

- ¿Tu animal? — preguntó Sirius, sin entender a que se refería.

- Sí, quiero saber cual es... A lo mejor es una serpiente... — explicó el buscador de los leones, con gesto pensativo— Como puedo hablar parsel...

- Un patronus corporeo es muy complicado... — intentó animarlo el pocionista— No muchos magos pueden hacerlo...

- Los mortífagos no pueden hacerlos... — reveló Canuto, sabiendo que eso llamaría la atención de su cachorro.

- ¿No? — se sorprendió Harry, como había adivinado su padrino.

- Yo era el único que podía hacerlo... — afirmó Snape, recibiendo toda la atención del niño.

- Porque tú nunca fuiste un mortífago del todo... — replicó Remus, rodando los ojos con obviedad.

- Lunático tiene razón... Pasaste de aprendiz a espía... — estuvo de acuerdo el ojigris, dándole un puñetazo amistoso en el hombro.

- Pero ya no serás un espía, ¿verdad? — interrogó el leoncito, mirándolo con preocupación.

- Nadie se lo creería... Ya he mostrado todas mis cartas... — negó el ojinegro, con una carcajada sincera.

- Mejor...— replicó el heredero de los Potter, abrazando de manera posesiva al pocionista — No quiero que te mezcles con gente mezquina y cruel...

- Ya no lo haré más... Ni tampoco lo seré yo... — prometió el Slytherin, envolviendo al niñp en sus largos brazos.

- Eso ya lo sabía... — rió despreocupado el ojiverde, separándose de su tío, para mirarlo a los ojos.

- Claro, porque eres muy listo... — intervino Remus, uniéndose a las risas.

- No es verdad... — negó el azabache , dejando de reír, y poniendo gesto serio —Hermione es lista...

- ¡ERROR! Tu amiga se esfuerza por aprender... — lo corrigió el pocionista, señalándolo con un dedo acusatorio — Y tú te esfuerzas por salvar al mundo...

- ¡Exagerado! — rodó los ojos el menor.

- ¿Comemos? — propuso Lupin, dando por finalizada la conversación.

- ¡SIIIIIIIII! — asintieron, hambrientos y emocionados , Harry y Sirius.

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Después de comer Harry recibió una visita muy especial; la persona que había conseguido traspasarlo por completo, Charlie.

El pelirrojo había sentido una sensación muy extraña esa mañana, como si su magia burbujease dentro de su piel; y cuando estaba comiendo había tenido la apremiante necesidad de ver a su pequeñajo.

Ahora, jugaba al snap explosivo con Harry y Sirius, mientras Remus y Severus leían cada uno su libro, sentados tranquulamente en el sofá, ajenos al bullicio que los tres leones hacían.

El licántropo preparó chocolate caliente para todos, acompañando la reconfortante bebida, con unas deliciosas galletas caseras de chocolate; manjares que degustaron, todos juntos, en la mesa de la cocina.

Tras la merienda, Charlie y Harry salieron a dar un paseo por el jardín; caminaron en silencio, saboreando la compañía, sin necesidad de palabras.

- Pareces preocupado... ¿Qué te parece si salimos a volar? — le propuso el pelirrojo.

- Vamos a por las escobas... — aceptó de inmediato el ojiverde, tomándolo de la mano, y echando a correr hacia la caseta del jardín — Puedes usar la de mi padrino...

Volaron más de una hora; disfrutando del aire en su caras, y también de la sensación de libertad, mientras esquivaban arboles, y hacían arriesgadas caídas en picado.

Cuando bajaron de sus escobas, el pelirrojo se propuso averiguar que pensamientos rondaban por la cabecita del ojiverde, ya que había aprendido a conocer sus gestos, y sabía que había algo que lo preocupaba.

- Cuéntame ahora tu día... — le pidió el ojiazul, señalándole el cepo de un arbol, para que se sentase.

- Mi padrino me ha dado clase de defensa por la mañana... — relató el azabache, con ojos brillantes de la emoción —Y me han dejado usar la varita...

- ¿Y como te ha ido? — se interesó Charlie, sentándose enfrente de él.

- Ha sido genial poder usar mi varita de nuevo... — reconoció el niño, sin estar convencido del todo.

- ¿Y qué te ha enseñado? — interrogó el profesor de Cuidado de Criaturas Mágicas, analizando el expresivo rostro de su pequeñajo.

- Muchas cosas... A desarmar, el encantamiento patronus... — enumeró el ojiverde, usando sus dedos para contar todo lo que había aprendido.

- Ese es un hechizo muy difícil... — lo interrumpió el ex cuidador de dragones, sorprendido de que estuviese aprendiendo magia avanzada.

- No he conseguido mucho... Sólo un pequeño hilo plateado... — confesó, cabizbajo, el leoncito.

- Eso ya es bastante... —aseguró el pelirrojo, tomando su mentón para levantar su cabeza, y lo mirase a los ojos.

- Pero no es suficiente... — discutió el buscador de Gryffindor, con ojitos tristes.

- Escúchame bien... —ordenó el ojiazul, levántandose de golpe, y apuntando al niño con su dedo.

- ¿Qué pasa? ¿Te has enfadado? — se asustó Harry, al ver el repentino cambio de su persona favorita en el mundo.

- No es eso, pero no me gusta ver como te sobre exiges... — aclaró Charlie, habándole despacio, para no asustar al niño, y que éste entendiese bien el mensaje — Tienes doce años, y pretendes tener el conocimiento de un mago adulto...

- Tengo que estar preparado... — discutió el azabache, levantándose y estirando su cuerpo todo lo posible para estar a la altura de su interlocutor.

- Y lo estarás... Porque jamás estarás solo... — le aseguró el amante de los dragones, dejándose caer de rodillas ante él, y apoyando su cabeza en su pecho - Tienes un ejercito a tus ordenes...

- Pero yo no quiero eso... — protestó el menor, girando su cabeza, quedando a sólo unos milimetros de la cara de Weasley — No quiero que le pase nada mala a nadie por mi culpa...

- ¿Por tu culpa? ¿Qué culpa tienes tú? — preguntó el pelirrojo, volviendo a enfadarse, pero sin mover un solo musculo.

- No sé... Y-yo... — tartamudeó el leoncito, retirándole la mirada.

- Tú no tienes la culpa de nada, pequeñajo... — aseguró el ojiazul, estrechando al menor en su pecho, no queriéndolo dejar ir nunca — Y ya es hora de que dejes ir esa culpa, que en realidad, nunca te ha pertenecido...

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Los tutores del heredero de los Potter, se habían trasladado del salón a la cocina, para vigilar los movimientos de su leoncito, desde el enorme ventanal de la cocina.

- ¿Cuál es vuestra apuesta?— rompió el silencio Sirius, retirando la vista de la ventana para mirar a los otros dos adultos.

- ¿De qué hablas? — preguntó Lupin, sin entender de lo que hablaba su pareja.

- ¿Cuál sera el patronus de Harry? — aclaró el ex prisionero de Azkaban.

- Ni idea... — se encogió de hombros Snape, quedándose pensativo — ¿Cuál crees vosotros?

- Un león... — respondió Canuto, muy seguro de si mismo.

- Un perro... — opinó Lunático, quién sabía que el ojiverde había tomado de referencia paterna a su padrino.

- Algún pájaro o ser alado... — fue la apuesta del pocionista.

- Eso tiene bastante sentido... — reconoció el animago, mirando al ojinegro.

- Sí, Harry puede comunicarse con ellos... — estuvo de acuerdo también el castaño.

- Pero no olvidéis que Albus dijo que podría comunicarse con cualquier animal o criatura mágica en un futuro... — les recordó

- Yo no lo he olvidado, pero creo que mi cachorro, ni siquiera estaba prestando atención cuando el abuelo Dumby nos habló de ello... — informó el ojigris, sentándose al lado del licántropo.

- Yo tengo la misma sensación... — rió Remus, pasando un brazo por los hombros de su chucho.

- ¿A qué adivino la causa de vuestras sospechas? — preguntó, divertido, Severus.

- Porque no ha hecho preguntas... — dijeron los tres al mismo tiempo, segundos antes de estallar en carcajadas.

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Charlie rechazó la invitación de Remus a quedarse a cenar con ellos, ya que Bill iría a cenar esa noche, y le había prometido a su madre que cenarían todos juntos.

Sirius se desapareció poco después de que el pelirrojo se marchase, prometiendo que él se encargaría de la cena esa noche.

Volvió media hora después, cargado de comida y bebida muggle; pizzas, hamburguesas, patatas deluxe, perritos, refrescos, batidos...

Severus se negó a comer nada de esa comida basura, pero tuvo que tragarse sus palabras, cuando su sobrino lo agarró de la mano y lo sentó en la mesa junto a ellos; todo ello con una sonrisa dulce en su infantil rostro, lo que hizo derretirse al pocionista.

Cenaron entres risas y bromas, y al final hasta el ojinegro estuvo de acuerdo, en que el chucho podía ocuparse de la cena una vez por semana.

Por su parte, el ojiverde, volvió a la carga con el tema que se había convertido en su obsesión, y traía de cabeza a sus tutores.

- Quiero volver a intentarlo... —exigió Harry, teniendo que hacer una aclaración, al ver las caras confusas de sus tutores — El encantamiento Patronus...

- Pero si ya lo has conseguido... — le señaló su padrino, sentándolo en su regazo.

- Quiero hacer un patronus corpóreo... — insistió el azabache, con gesto terco.

- Ya te hemos explicado que eso es magia avanzada... — suspiró, con cansancio, Remus.

- Pero quiero intentarlo... — suplicó el niño, con carita de pena y voz lastimera.

- Está bien... Vamos a la sala de entrenamiento... — se rindió Canuto, incapaz de resistirse más a las caritas de su cachorro.

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De vuelta en la requerida habitación, pusieron al niño en el centro, y se situaron tras él para darle seguridad.

- Debes elegir un recuerdo muy feliz — le indicó Sirius, poniendo una mano sobre su hombro.

- ¿Sólo puedo escoger uno? —protestó el pequeño buscador, haciendo aspavientos — Es difícil elegir...

- Debe ser uno que te haga sentir seguro y pleno... — le dio una pista el Slytherin.

Un montón de momentos felices pasaron por la mente del niño, todos ellos recuerdos desde que llegaron los libros, y poco a poco fue centrándose en uno en concreto, el más reciente.

Y su mente voló hasta un lugar, el bosque próximo a Second Choice; a un momento, esa misma tarde, cuando había estado volando con Charlie.

Recordó la sensación de libertad al sentir el aire golpeando su cara, la felicidad de estar con su alma gemela, y la seguridad de que sus tres padres estuvieran cerca.

Y mientras sus ojos seguían fuertemente cerrados, una luz plateada salió poco a poco de su varita, tomando forma.

Y la forma que tomó, no sorprendió en absoluto a los merodeadores, aunque eso no evitó, que dos de ellos fruncieran el ceño, celosos de su pequeño.

Pero lo que ellos opinaran importaba muy poco; porque ante ellos, se alzaba un dragón hermoso y poderoso.

Miraron al ojiverde, que continuaba con los ojos cerrados y una dulce sonrisa adornando su inocente rostro, ajeno a toda realidad.

- Ya puedes abrir los ojos... — susurró Sirius en su oido, haciendo que su ahijado descubriese lo que había creado.

- Es... ¡UN DRAGÓN!— chilló emocionadisimo, el ojiverde, mirando fascinado su patronus —Veréis cuando se lo cuente a Charlie...

- Seguro que se pone muy contento... — gruñó el animago, frunciendo el ceño.

- ¡Contentísimo! — siseó Severus, rodando los ojos.

- ¿Qué les pasa?— preguntó el menor a su tío Moony, que sonreía divertido, por los celos de los otros dos.

- No te preocupes... Sólo están cansados... — lo tranquilizó el licántropo, dándole un rápido abrazo.

- Sí, es eso... — asintió el pocionista, un poco avergonzado por su comportamiento — Estamos cansados... —

- Y tú también debes estarlo... — añadió el castaño, acariciando su mejilla — Es muy tarde...

- Ya lo has oído... — intervino el ojigris, recuperándose de su ataque de celos, y cargándose al niño en su hombro izquierdo —A dormir...

- ¡Pero no tengo sueño! — protestó el niño, intentando patalear.

- Harry, has hecho magia avanzada... — explicó Remus, poniéndose detrás de su chucho, para poder ver a su sobrino a la cara —Necesitas recuperar energia...

- No querrás enfermar, ¿verdad? — preguntó el Slytherin, alzando sus cejas.

- Claro que no... — respondió el ojiverde, sabiendo que tenían razón.

- ¡Pues a dormir! — ordenó Canuto, subiendo las escaleras, para llevarlo a su cuarto.

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Tras arropar a su niño, y asegurarse que se dormía; los tres adultos volvieron al salón, para hablar de la hazaña del leoncito.

- Todavía no me puedo creer que lo haya conseguido... — habló Sirius, recostando su cabeza en el hombro de su lobito.

- Yo tampoco... — admitió Remus, mirando de reojo a Snape; quién sonreía contemplando la cercanía de los merodeadores.

- Y acaba de cumplir doce años... — añadió el orgulloso padrino, como si hiciera falta recordárselo.

- Sólo lleva un año en el mundo mágico... — suspiró el pocionista, muy impresionado, por el nivel del niño.

- Pero su magia es distinta... — lo interrumpió el ojigris — No sabría describirla...

- Yo tampoco...— negó el hombre lobo, en estado pensativo — Sólo sé que es especial...

- Y poderosa... — añadió Severus.

- Ojalá James y Lily pudieran verlo... — deseó en voz alta, el castaño, con gesto melancólico — Estarían tan orgullosos de él...

- Ellos están Moony... — le aseguró Sirius, con una sonrisa triste — Ya lo sabes...

- Lo sé... — asintió el licántropo, recordando las palabras que ellos mismos le dijeron a James, cuando fallecieron sus padres — Los que nos quieren nunca nos abandonan...

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Gracias infinitas...

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