¡Bien, al fin! Continuación recién salida del horno. Espero que la disfruten porque esta parte del capitulo es muy melosa. Gracias por todos sus bellísimos reviews, se nota que les gustó el capitulo anterior. PERO, como por ahí dicen, "todo lo bueno tiene que terminar", ya sabrán a lo que me refiero.

Por otro lado, en mi profile abrí una votación para saber cuál será mi siguiente publicación, porque, como algunas ya sabrán, no le quedan más de 5 capítulos a este fic, y quiero comenzar a preparar mi siguiente creación. Encontrarán resumenes en mi perfil, como también la encuesta. Por favor, es muy importante para mí que voten, así me quitan un peso de ensima y me ayudan a planificar para el proximo año, ¿vale? Muchísimas gracias.

Espero sus reviews para la opión del capítulo. ¡Bites!

Disclaimer: Nada me pertenece, y adoro a mi Edward de este fanfic, no sé por qué. En fin, la trama sí es mía.

Corpse says: Bien, dos cosas. UNO: como ahora me volví maníatica con los songfics, los trozos independientes pertenecen a la segunda parte de la canción Can I have this Dance?, de High School Musical 3, recomiendo enromemente que la pongan en el momento después del sueño que tendrá Bella.


Fictional Boyfriend

"Y tú vienes con caricias de terciopelo"

Capitulo XI: El primer y último Vals — Primera parte

(Bella's POV)

·

Definitivamente estaba muerta. Ajá. Muerta.

Porque ¿era posible que aquella hermosa, divina y misteriosa criatura me estuviera haciendo suya sobre algo suave y mullido, lo cual identifiqué como una nube? Simplemente imposible.

Las fuertes y delicadas manos de mi arcángel acariciaban mi piel desnuda, y besaban cada poro de mi rostro. El sol hacía juegos sobre su pálida piel, y parecía brillar como si tuviera incrustados millones de diamantes en su cuerpo glorioso y afrodisíaco. Simplemente irreal y bello. Y en sus ojos se posaban dos esmeraldas que me miraban como si nunca lo hubieran hecho. Pero, oh, yo ya creo que sí.

Gemía el nombre de mi ángel cuando su piel rozaba zonas prohibidas de la mía, y se expandían ondas de placer por todo mi cuerpo de mortal. Aún no podía creer que esa hermosa creación fuera mía, porque así lo sentía.

Él se situó sobre mí, y su perfecto cuerpo de mármol hizo una presión sobre el mío. Jadeé, locamente satisfecha.

—Edward.

Oh, mi ángel. Mi estrella. Mi Romeo. Mi todo.

—Edward —volví a gemir cuando sus labios se paseaban por mi estómago, y hacían un recorrido hasta llegar a mis labios, y todo tan malditamente maravilloso que creía que en cualquier momento explotaría de dicha. ¿Se había dado cuenta Edward de que siempre, desde mi cumpleaños catorce, le deseé físicamente?

Mi respuesta fue inmediata.

Supe, en ese momento, que cuando se hace eso, la persona pasa a formar parte de ti, como penetrando tu interior. Y que es tanta la felicidad que al principio duele, pero después te ahogas en un gran placer.

El bellísimo arcángel murmuró mi nombre, y su voz sonó tan hermosa como una canción de cuna. Y a pesar del bamboleo de sus caderas, yo pude adaptarme perfectamente a su ritmo. Edward gimió mi nombre una vez más, y quede shockeada de lo hermoso que fue ese sonido.

Y tan, pero tan excitante…

—¿Bella? —preguntó mi ángel en mi oído, mientras seguíamos nuestro ritmo sobre aquella nube.

—¿Mmm? —logré decir. Mi respiración era un caos total. Jadeé.

Sentí un pequeño movimiento en mi hombro, pero lo ignoré. Nada ni nadie iba a impedir que él fuera mío, sólo mío. Y yo suya. Me sentía halagada de que un ángel me hiciera esto.

—Bella —llamó nuevamente mi ángel, al oído, pero su voz se escuchó levemente distante.

—¿Edward? —gemí, y fue, obviamente un gemido de placer.

Entonces la nube desapareció, y me encontré en el cielo, sin ser sostenida por más que mi ángel, pero él también se fue. Unas hermosas alas blancas crecieron en su espalda, y él se fue volando, dejándome caer desnuda hacia la Tierra, hacia la dura realidad.

Casi tan dura como el suelo de ¿mi habitación?

Me revolví entre las ligeras sábanas de mi cama, las cuales había llevado conmigo al momento de "decidir" abandonar mi cama. Cuando intenté despojarme de tanta tela, me di cuenta de que parecía más un capullo de oruga que una chica envuelta en las frazadas de su cama. Y vaya, debería verse tan patético.

Decidí rendirme, y dejé caer mi cabeza hacia atrás, esperando chocar contra las suaves sábanas. Error. Lo único que mi cabeza encontró fue la mesita dura junto a mi cama. Dios, ¿por qué me has dado tanta mala suerte?

Demonios.

El dolor era agudo. Revisé mis dedos para ver si no había sangre en ellos. Por suerte, nada. Suspiré, y con cuidado me recosté en la piscina de tela que tenía a mis pies. Era cómoda y fría.

Como Edward.

Edward…

Edward —dijo mi voz en mis sueños.

¿En mis sueños?

Oh por Dios, dime que no es cierto. Dime que todo fue un maldito mal entendido. Y, mejor, dime que Edward no me escuchó cuando soñaba eso. ¡Por favor! Dime que no tuve esa clase de sueños con Edward. Quiero decir, no es que no lo desee, claro, pero, por favor, ¿soñarlos? Es como si fuera una vieja cuarentona con millones de gatos que nunca tuvo la oportunidad de perder la virtud. Y, vamos, yo tenía todos los halos de perder la virtud ayer, pero me contuve.

Aunque mi subconsciente no estuvo muy de acuerdo por ello; así que mi linda mente me jugó la treta más fea de todas. ¡Mira que hacerme soñar que tenía… sexo con Edward! No, no, no. Eso no era sexo; eso, definitivamente, era hacer el amor. Make the love. ¿Capicci?

Pero, pero, pero… ¿soñar con eso? ¿No es eso a lo que llaman "sueños mojados"?

Instintivamente moví mis piernas, para saber si se sentía "mojado".

Demonios. Sí.

—Necesito una ducha —susurré con las mejillas más rojas que nunca. ¡Oh por Dios!

¿Lo peor? No podía dejar de pensar en la manera en que Edward gemía mi nombre. Era tan malditamente excitante y… sexy.

Demonios, mojado.

Intenté levantarme, pero las sábanas me tenían atrapada. ¡Esto es el infierno! No podía desenrollar las piernas de ahí. Yo simplemente parecía una niñita de primaria haciendo de esos gestos y todo; tomé una almohada, y enterré mi cara en ella. Y grité. Grité con todas mis ganas, con un chillido estrepitoso antes golpeé el borde de la cama, como si toda la culpa fuera de eso. Sí, prefería echarle la culpa al borde de la cama que echármela a mí. ¿De qué podía tener yo la culpa? ¿De querer llegar virgen al matrimonio —al verdadero matrimonio?

La puerta se abrió, dejando pasar a la razón que envió las ganas de la virginidad al fin del mundo: Edward. Sin camisa. Cabello levemente mojado. Toalla en los hombros. Jeans con el botón abierto y cierre ligeramente abajo. Tenía vista perfecta a sus bóxers azul oscuro.

Dios, mátame.

Maldición, mojada. Tragué saliva con mucha, pero mucha dificultad.

Edward se sacudía su pelo mojado con un extremo de la toalla, y entraba a mi habitación con total despreocupación. Hasta que me encontró en el piso.

Nuestras miradas se encontraron por segundos que me parecieron años. En las hermosas esmeraldas de mi ex arcángel —ahora humano— había un brillo que estaba aprendiendo a conocer. Era ese brillo que se prendía cuando me miraba, y era el mismo que mis ojos tenían cuando se reflejaban en los de él. En simples palabras, era ese brillo de cuando se está enamorado. Es cosa de escuchar al corazón latir y sentir la sangre en las mejillas.

Es cosa de ver mi estúpida sonrisa, dirigida sólo a él. Y es ver su hermosa sonrisa-torcida-que-me-quita-el-aliento, dirigida sólo a mí.

De un momento a otro, me sentí la mujer más afortunada sobre la tierra.

No presté atención a las sábanas al momento de levantarme, sin quitar mi vista de sus ojos, e iba a comenzar a caminar hacia él cuando mis torpes pies se enredaron en la tela de las frazadas, y casi me voy de bruces al suelo si no fuera por mi caballero de dorada armadura y mirada verde.

Edward me sujetó justo a tiempo, y la toalla que tenía se había quedado olvidada en el piso. Los brazos de mi prometido me rodeaban con fuerza; yo internamente pedía que me apretara más contra su cuerpo. Mi pecho estaba aplastado junto al suyo, húmedo, y no había sensación más maravillosa que sentir el torso desnudo y mojado de Edward junto a mi cuerpo, sólo cubierto por la camisa de ayer y unas bragas.

Y ahora me pregunto, ¿en qué momento me quité los pantalones?

Bleh, en fin, no importaba.

Mis brazos se aferraron a su cuello, acercando nuestros rostros. Y una pierna mía quedó entre las suyas. Una pequeña e importante parte de mi cuerpo rozó contra la… importante parte del cuerpo de Edward, sobre su, desabotonado, jean. Y, simplemente, enloquecí.

—Ten cuidado, Bella —me susurró al oído. ¿Ahora cada vez que me hablara iba a sonar así de sensual?

La sonrisa que tenía en mi rostro se hizo más y más grande, conforme me apretaba yo misma más contra su cuerpo. Obviamente si fuera por mí no lo soltaría nunca. Escondí mi rostro contra su cuello, y comencé a dejar pequeños besos en él; a la vez que me deleitaba con su inconfundible fragancia. Dulce y masculino, así era él.

Edward se estremeció ante mi repentino contacto, pero no me separó, es más, me apretó aún más contra su figura, si es que eso era físicamente posible. Como pude me desenredé de las sábanas, y pasé mis piernas alrededor de su cintura, también estaba húmeda y me costó un poco no resbalarme. Incluso los jeans de Edward bajaron un poco más, pero, sinceramente, no me importaba, para nada.

—Te quiero, Edward —le dije, sin pensármelo dos veces.

Estaba tan, pero tan feliz de que él estuviera aquí después de todo. Y es que la noche anterior perfectamente pudo haber sido un sueño más en mi lista. Pero no, él estaba ahí, abrazándome para no caer. Y ahí estaba yo, apegándome a su cuerpo como si fuera el último vaso de agua en el desierto.

Sentí cómo avanzaba lentamente, hasta que mis pies tocaron la cama —desprovista de sábanas—. Edward me acostó lentamente sobre el colchón enfundado por una sola y triste frazada; solté las piernas de su cintura y me dejé caer, pero en ningún momento quise dejar su cuello. Él se situó sobre mí, sosteniéndose con sus manos y rodillas, como en cuatro patas. Se inclinó levemente sólo para dejar besos en mi mandíbula, y morder juguetonamente el lóbulo de mi oreja.

—Repítelo, Bella, por favor.

Sus labios subieron hasta mi mentón, dieron un recorrido por una de mis mejillas y se posaron tiernamente sobre mis labios. Fue un pequeño beso que encendió todo mi cuerpo.

Mis manos bajaron a acariciar su espalda desnuda, luego sus brazos, haciendo círculos con mis dedos sobre sus músculos perfectos, ni en exceso ni carentes, ideales. Me reí tontamente al verle hacer un pequeño estremecimiento.

—¿Qué cosa? —pregunté inocentemente.

Edward me miró con diversión en los ojos, pero una sonrisa malévola se posó en sus labios, y estos chocaron contra los míos con pasión; se movían dominando mi boca, y mi boca se dejaba dominar por la suya. Profundicé el beso, no queriéndome hacer de rogar. Puse ambas manos sobre la nuca de Edward, para apretarle más contra mí.

No pasó mucho antes de que las mundanas necesidades básicas de todo ser humano nos separaran; nos faltaba el aire.

—Repítelo, Bella —dijo contra mis labios, mirándome fijamente a los ojos.

Me perdí en la infinidad esmeralda de su mirada, y hablé sin pesarlo más.

—Te quiero, Edward. Te quiero. Te quiero como nunca he querido a nadie; como nunca voy a poder querer a nadie —me abracé a él como pude, escondiendo mi rostro en su cuello, volviendo a dejar pequeños besos —. Te quiero, por siempre.

Las manos de Edward descubrieron aquella pequeña e insignificante curva en mi cintura, y comenzaron a descender hasta mis piernas, pasando por mis muslos, y deteniéndose a acariciar el dorso de estos.

Una ola de calor me abrumó por dentro antes de que los delicados y tiernos labios de Edward besaran una vez más los míos, para después dar pequeños besos en mi oreja.

—Te adoro, Bella.

--

—Esto está buenísimo. ¡Quiero otro!

Edward sonrió de esa forma torcida que le quita la respiración hasta a algo que no respira. No fui la excepción. Le miré de hito en hito mientras ponía un poco más de ese delicioso café que ni yo sabía que una vez había comprado, tal vez Renée lo había traído. Observé como estúpida la forma en que mi taza volvía a llenarse, y sonreí como niña en navidad cuando recibí mi humeante café.

—Ven —le dije a Edward, que por cierto aún no decidía ponerse una camisa, pero ¿creen que me importaba?

Pues no.

Él se acercó, apoyándose en la barra de la mesa de cocina americana; parecía un muy sexy barman. Uf, obviamente no me hice de rogar —una vez más— y le lancé un beso con más que mero entusiasmo. Siempre me sorprendían los reflejos de Edward, me correspondió en menos de lo que un teléfono comenzaba a sonar.

Y vaya, sí, el teléfono comenzaba a sonar.

Edward se alejó un poquito, pero no lo suficiente como para escaparse de mí.

—Bella, Bella —dijo, pero aún así no me negó el beso que había ido a buscar—; el teléfono. El café.

No me detuve, claro está.

—Sí, sí… después.

Sinceramente nada era de mi mera importancia mientras los labios de Edward estuvieran sobre los míos. Eran como una especie de droga, de esas que pruebas una vez y te haces adicto, y necesitas, y necesitas más. Sí, mera y simple adicción.

—Bella —susurró Edward, alejándose—, ¿por qué no vas a contestar?

Buf, simple.

—Primera —suspiré, escuchando el teléfono a mis espaldas—, te quiero. Segunda, me quieres —dije, contándolo con mis dedos—. Tercero… —susurré, acercándome peligrosamente a mi droga—, hacía tanto, pero tanto tiempo que quería besarte.

Soy una gran genio, él no pudo hacer nada contra eso.

Se sentía tan genial besar a Edward. Era una sensación maravillosa, como si saliera el sol después de la tormenta; como si apareciera la luna entre la oscuridad de la noche. Era deleitarme con el sabor de su boca y embriagarme de su aliento, degustando con la lengua.

Era casi llegar al cielo, y montar una nube.

Oh, nube.

Me separé de él, lentamente, y más sonrojada que de costumbre, recordando lo que había soñado. Y… ¿Y si él me había escuchado? Quiero decir, es normal que hable en sueños pero ¿gemir un nombre en sueños? Digo si es que llegué a gemir el nombre de Edward. Dios, Dios, Dios… Que bochornoso sería.

El teléfono dejó de sonar.

A pesar de haber roto el contacto de nuestras bocas, los labios de Edward no abandonaron mi piel por unos segundos. Después dio la vuelta a la barra de la cocina, y se sentó a mi lado, tomó mis manos mientras besaba mi cuello.

—¿Sabes? —dijo, por casualidad.

Me costaba bastante poder respirar.

—¿Q-Qué? —me las arreglé para decir en un hilo de voz. De un momento a otro, su contacto me hacía estremecer, y no es que fuera para mal.

—Ayer necesité de todo mi autocontrol para no abalanzarme sobre ti —rió, y su aliento me dio un leve cosquilleo en el cuello—. Dios, Bella, ¿qué estabas soñando?

Puedo creer que el mundo se me congeló en ese momento. ¡Ay, no! Dios, ¿qué hice? ¡Dime qué hice para merecer eso!

—Ojalá lo vuelvas a soñar —dijo como quien sí quiere la cosa—, porque adoro cómo sonaba mi nombre en tus labios anoche.

Me iba a dar un paro cardíaco. El corazón me latía como nunca.

El teléfono volvió a sonar en el momento en que Edward se aproximaba a besarme una vez más.

—Edward, el teléfono —susurré, sin poder moverme siquiera.

—Claro —rió él—, ahora sí importa el teléfono, ¿verdad? —sus labios rozaban con los míos, y después se dirigió a mi oído una vez más —. Bella —gimió.

Oh, Dios. Oh, Dios. Oh, Dios. Eso fue tan malditamente excitante.

Mierda, mojado.

Entonces todo se fue a negro.

--

No es lo que crees —decía él.

La verdad, ya no me importa —decía ella, pero el dolor se escuchaba en su voz—, no debería importarme, ¿verdad? No somos nada. Somos sólo amigos, y podemos quedar así.

Bella…

No, Edward, en serio, es mejor así.

¡No! Bella, por favor, yo… ella… —las palabras no salían de su boca.

Te quiero, Edward —la voz se le quebró cuando dijo eso, después se volteó, y mostró una sonrisa rota—. Cuídate, amigo.

Él se quedó de pie, viendo cómo ella se iba. Quería correr a seguirla, y ella esperaba que lo hiciera.

¡Bella, no! —gritó él, sin moverse de su lugar. Extendió una mano en dirección a la muchacha de la sonrisa rota—. Bella, ¡te quiero! ¿Me oyes? ¡Te quiero, te amo!

Ella se quedó de pie, sin voltearse, llorando. Fueron dos manos en sus hombros la que la obligaron a mirar hacia atrás, y fueron dos labios los que no desmintieron lo dicho por él…

--

Me sentía extraña.

Estaba sobre algo suave, lo sabía. Pude reconocer mi sofá por el olor a cuerina que desprendía este. Pero mi cabeza estaba sobre otra cosa, algo aún más suave que el sofá. Y algo muy parecido a la seda me acariciaba la cara

—¡La mataste! —exclamó una voz cantarina.

—No la maté —la calmó otra voz de terciopelo, la reconocería en cualquier lugar—. Relájate, Alice.

—¿Cómo quieres que me relaje? ¡Mira tan sólo lo pálida que está! Parece un vampiro.

—Y si no te callas te chupará la sangre, ahora, a callar.

Sentí pequeños golpes en mis mejillas, pero no eran por aquellas cosas de seda que sentí antes.

—¿Bella? ¿Bella? ¡Oh, Dios! ¿Ves cómo sí la has matado?

—Deja de golpearla, Alice —dijo Edward, con voz fastidiada.

Ese algo de seda me acarició las mejillas, mi nariz, mi mentón, mi frente y mis labios. Se sentía maravilloso.

Lentamente comencé a abrir los ojos, para toparme con dos esmeraldas que me miraban con preocupación. Al fijarse en mi rostro, brillaron con aquella luz que, seguro, también se prendió en los míos.

—Hola —saludé con temor.

Edward me regaló esa sonrisa torcida que tanto me gustaba, y me quedaría sin aliento si no es porque me acordé de respirar.

—Hola, linda —susurró.

—¡Bella! —gritó Alice, y su chillido me estremeció—. ¡Ay, Dios! ¡Ay, Dios! ¿Ves que arruinas mis planes, Edward? Ahora no podremos practicar.

—Estoy completamente seguro de que aún podemos —la tranquilizó Edward, pero yo no tenía ni idea de lo que estaban hablando—. Por favor, tranquilízate, Alice. Bella y yo bailaremos de todos modos.

—¿¡Bailar!?

Me senté en un impulso de pura idiotez. Me levanté tan rápido que la cabeza se me revolvió, fue cuando me di cuenta de que había estado recostada en el regazo de Edward; y habían sido sus manos las que me acariciaban mientras la inconsciencia me acunaba.

Las manos de Edward se fueron a mis hombros en cuanto se dio cuenta de que me costaba mantener el equilibrio aún sentada. Quiso dejarme nuevamente en su regazo, pero preferí quedarme de pie por mucho que mi interior gritara nuevamente estar ahí sobre sus piernas. (Dios, que erótico sonó eso)

Al pensar en eso, mis mejillas volvieron a calentarse de forma bochornosa, y las mariposas de mi estómago no podían parar.

Y también me ahogó un repentino nerviosismo. ¿Alguien dijo algo de bailar?

—Relájate, Bella —me dijo Alice, ayudándome a levantarme del sofá—. Sólo practicaremos el vals.

—¿El… vals? —pregunté, dudosa. Miré a Edward, aún sentado en el sofá, él se encogió de hombros, y se levantó después de un suspiro, llevándome de la mano al centro del salón.

Entonces ¿Edward aún se iba a casar conmigo, después de todo?

Me fijé que habían retirado la mesita de café mientras no estaba del todo consiente, y la alfombra la habían doblado. Ahora solo se veía el suelo de madera, que sonó hueco cuando mis pies descalzos pisaron sobre él. Edward tampoco llevaba zapatos.

—¿Cómo…?

—Alice te cambió mientras estabas desmayada.

—Ah… espera, ¿qué?

Miré mi atuendo. Ahora usaba un hermoso vestido azul; era de tirantes, y uno de ellos era una rosa de velo celeste, también tenía otra rosa de tela en la cintura, y la falda se cortaba en el costado, mostrando una tela más clara bajo. Sí, cierto, era hermoso, pero ¿cómo Alice podía ponerme este vestido sólo para practicar?

Y Edward tampoco se había salvado. Llevaba un bellísimo pantalón de tela negra, y una camisa celeste, del mismo tono que mi vestido. Por suerte no llevaba corbata.

—Ahora, ¡bailen!

—Alice… —intenté decir—, he visto a novios bailar el vals, pero que yo lo baile es distinto. Y ando media grogui, sé que me voy a caer…

—Shh… —me chitó Alice—, que para algo está el novio aquí.

Hizo un gesto con la mano, señalando a Edward.

—Osea yo —dijo el novio, con una sonrisa bellísima en su rostro, no pude despegar mis ojos de él.

Apenas y fui consiente cuando Alice prendió mi decrépito estéreo, y puso en CD dentro de él. Una melodía, que no era un vals del todo, comenzó a sonar. Tenía los ritmos marcados, quizás era sólo para calentar.

Pero, definitivamente tenía ese miedo de hacer el ridículo frente a él, y caerme, y botarlo a él en el camino. ¡No, definitivamente no!

Suspiré cuando me separé de su mirada, y tenía todas las claras intenciones de salir de la habitación, pero su mano me lo impidió, al igual que su voz.

—"Take my hand and take the lead —su mano tomó la mía, y me atrajo nuevamente hacia él— and every turn will be safe with me —su brazo rodeó mi cintura, y me apegó a su cuerpo. Puse mi otra mano sobre su hombro—. Don't be afraid, afraid to fall. You know I catch you through it all. You can't keep us apart."

Comenzó a bailar lentamente, moviendo los pies con delicadeza. Sin que me diera cuenta, ya le estaba siguiendo. Podía escuchar perfectamente los saltitos de Alice al otro lado de la sala, detrás de la barra de la cocina americana.

—"Even a thousand miles can't keep us apart" —lo acompañé en la canción, sabía que era de a dos voces, a pesar de que la vergüenza de que mi voz no sonará como la de un ángel, él parecía feliz de escucharme.

—"Cause my heart is…" —canto Edward, y se acercó a mi rostro un poco, aunque lo suficiente para que mi corazón comenzara a bailar como loco. Seguimos bailando, sin importar que cantáramos en el trayecto.

—"Cause my heart is wherever you are —cantamos ambos, y sonó tan armónico con su voz acompañandome—It's like catching lighting the chances of felling someone like you. It's one in a million the chances of feeling the way we do and with every step together —aquella parte me salía con toda la sinceridad del corazón, porque era cierto. Él era uno en un millón, y yo había sido una afortunada de pura suerte de encontrarlo. Y, mejor, que se enamorara de mí—. We just keep on getting better."

—"So can I have this dance?" —canté.

—"Can I have this dance?" —cantó Edward, y me tomó por la cintura, para elevarme un poco del suelo, mientras girábamos tranquilamente, bailando. Mis dos manos resposaron sobre sus hombros al momento de elevarme, pero él volvió a nuestra posición original.

—"Can I have this dance?" —cantamos ambos, y se sintió genial.

Y así seguimos bailando, como si no hubiera un mañana. Con Alice viéndonos, como embobada, y yo también lo estaba. Porque fue ver a Edward mirándome, cantándome una vez más. Fue sentir que ya no bailábamos en la Tierra, fue sentir las nubes en mis pies descalzos. Fueron las ganas de no alejarme nunca.

Fue vernos bailar nuestro primer vals.


Y DOS: pueden encontrar un link a una imagen del vestido de Bella en mi profile.