Bien, primero que nada, siento la tardanza. Como sea, espero que disfruten el capítulo.
Cinco meses habían pasado desde que Kagami fue elegido para ser sirviente de Midorima. Y siempre era lo mismo, cumplía todo lo que le pedía e incluso más, se quedaba con él para hacerle compañía, le cantaba, bailaba, le daba de comer en la boca, incluso algunas veces llegó a bañarse con él. Todo había pasado de ser incómodo a algo natural, o así lo veía el pelirrojo.
Tampoco era secreto para ambos que compartían besos, pero sí lo era para las otras personas del lugar. Lo era hasta para Aomine, pero de alguna forma, este se terminó enterando. Ahora pues, el pelirrojo tenía que besar a ambos chicos para que se tranquilizaran. Al principio era bastante extraño e incómodo, pues Taiga jamás había besado a nadie, pero pues, terminó acostumbrándose.
Kagami siempre acompañaba al peliverde en sus clases, mientras que también debía de soportar la presencia del príncipe moreno. A Kagami no le caía mal, era bastante divertido y atractivo, es solo que, a veces su actitud egocéntrica no le terminaba de agradar. Pero con besos aprendió a manejarlo bastante bien, además de que así lograba que los dos chicos no se metieran en problemas.
Su relación con ambos había mejorado bastante. Sí, es cierto, pasaba intentos de violación cada cinco minutos por parte de ambos príncipes, pero con el tiempo aprendió a sobre llevarlos y de la misma forma a lidiar con ellos. Era extraño, sí; todos en el palacio se lo decían, pues estaba metido en una relación de tres personas, donde dos de ellos eran hermanos y también estaba el caso de que eran hombres, aunque no bastante extraño en el antiguo Egipto.
– Kagami – El príncipe moreno se quejó mientras estaba apoyado sobre la espalda del menor. El pelirrojo tenía que aguantar su peso y aparte el de Aomine. Demonios, el chico parecía un niño pequeño en ese momento.
– ¿Qué quieres, Ahomine? – Oh sí, olvidé mencionar que ahora Kagami ya no tenía ningún tipo de respeto hacia los príncipes, pues la actitud de ambos les había llevado hasta el límite y terminó explotando hace ya algún tiempo.
– Comida~ – Pidió lloriqueando, Taiga escuchó el rugido de estómago del chico que tenía sobre él. Sí, definitivamente un niño pequeño. De seguro no tardaría en que Midorima viniese a pedirle lo mismo. Mejor iba de una vez a la cocina por ella, para ambos.
– Bien, voy por ella, quédate aquí – Le ordenó mientras se lo quitaba de encima. El peliazul gruñó pero el menor decidió ignorarlo mientras caminaba a la cocina. Al doblar por la esquina, soltó un grito espantoso y salió corriendo en la otra dirección.
– ¡Kagami! ¡Te escuché gritar! – Los sentidos somnolientos de Daiki se fueron al carajo al escuchar a aquel bello pelirrojo gritar de terror – ¡¿Estás bien?! – Sus ojos azules solo vieron como Taiga venía de regreso hacia él con los ojos llorosos y se lanzaba a sus brazos. Aomine no tardó en sostenerlo intentando averiguar qué había pasado.
Unos cuantos ladridos se dejaron escuchar a sus pies, y enseguida supo qué había sucedido.
– Tenía que ser la rata sucia de Kiyoshi – Murmuró viendo al perro que seguía ahí junto a ellos, como esperando que él bajara al pelirrojo para seguirlo atormentando. ¿Era idea suya o Aomine vio en el canino una sonrisa de burla? Probablemente era su imaginación – ¡Largo de aquí, Hanamiya! ¡Vete a perseguir a Takao!
El perro gruñó en molestia, listo para lanzarse contra los dos chicos. Pero al momento de brincar para atacar, unos brazos lo sostuvieron en el aire, impidiéndole realizar su cometido.
– ¡Lo siento mucho, Aomine-san, Kagami-kun! Mantendré alejado a Makoto, lo prometo; es solo que, ahora no sé cómo se ha escapado – Se disculpó el castaño, mientras el canino aún se movía en sus brazos intentando librarse. Sabía que el animal tenía un extraño gusto por fastidiar al pelirrojo, quién resultó temerle a los perros.
– Más vale, porque uno más de esos sustos y terminará matando a Kagami – Reprochó el moreno, quien aún tenía a Taiga en sus brazos temblando de miedo. Debido al escándalo, el príncipe de cabellera verde no tardó en aparecer, notando como es que su sirviente estaba asustado y se encontraba en los brazos de su hermanastro.
– ¿Kagami, qué paso? – Preguntó Midorima mientras que el pelirrojo al escuchar su voz, se soltaba del agarre del moreno para abrazar al mayor. Shintarou le acarició los cabellos mientras sentía como las mejillas se le calentaban por estar tan cerca de Kagami. Aomine chasqueó la lengua, molesto porque la atención del menor ya no fuera para él.
– Hanamiya me a-asustó… – Logró decir mientras lloriqueaba aun. Kiyoshi se sentía sumamente apenado por la actitud del canino para con el pelirrojo, pues no importara qué, siempre Makoto buscaba la manera de llegar hasta Taiga.
– Realmente lo siento, me llevaré a Makoto justo ahora para que no siga causando molestias – Dijo mientras hacia una extraña reverencia para luego retirarse de ahí con el perro en sus brazos, quien seguía moviéndose desesperado para que el humano le soltase. Mientras más lejos, mejor estaría el pelirrojo.
– ¿Te encuentras bien, Kagami? – Preguntaron ambos chicos, mientras intentaban consolar al pelirrojo que seguía con los ojos humedecidos por lo ocurrido. Taiga asintió con lentitud, mientras sentía que las mejillas se le volvían rojas por todo lo que había pasado. Se talló los ojos con el dorso de la mano, mientras respiraba para tranquilizarse.
– Estoy bien, en serio – Unos respiros más y finalmente Kagami pudo estar más calmado y tranquilo que antes, dispuesto a ir por lo que se suponía se topó con el perro en primero lugar. Miró directo a los ojos de los príncipes, primero a los verdes de Midorima, luego a los azules de Aomine. Sonrió, le gustaba estar con ellos – Muchas gracias, chicos – Y como recompensa, un beso a cada uno, en los labios.
Kagami dio media vuelta y se fue con dirección a la cocina, dejando a ambos chicos en estado de shock y con un aura incómoda entre ellos; Cada vez que el pelirrojo les besaba, la declaración de guerra entre ambos príncipes era cada vez más fuerte.
El premio, el corazón del pelirrojo.
– Kise-kun, necesito que alimentes a Kasamatsu-san, ¿Podrías? – Pidió amablemente Kuroko, mientras miraba al mayor con sus peculiares ojos celestes carentes de expresión.
– ¡¿Eh?! ¡La última vez casi me arranca la mano! – Lloriqueó el rubio, pero el más bajo le hizo caso omiso a sus quejas.
– Eres al único al que no intenta matar – Le contestó el menor. Ryouta estuvo a punto de abrir la boca para quejarse, pero Tetsuya le ganó – Sí, es verdad, te ataca, pero no intenta matarte realmente.
– Solo intenta quitarme el brazo – Ironizó el rubio rodando los ojos.
– Kise-kun – Habló con seriedad el peliceleste – Todas las personas que le han tratado de alimentar terminan muertas, tú eres el único que ha logrado alimentarle y salir vivo – El bailarín mordió el interior de su mejilla. Kuroko tenía razón.
– Está bien – Aceptó de mala gana mientras le arrebataba la canasta con carne fresca al sirviente – Pero que quede claro que si me come será tu culpa, y vivirás con ese remordimiento toda tu vida.
– Las anteriores muertes también fueron mi culpa y no tengo remordimiento alguno, ¿Qué te hace pensar que contigo me voy a sentir mal? – Le explicó el menor, logrando que a Kise le asustara aquella mirada. Era verdad, Kuroko le había pedido a cada persona que alimentase al animal, pero todas eran devoradas.
– ¿Kurokocchi? – Preguntó el rubio con miedo.
– Es una broma, Kise-kun, sé que podrás cumplir con la tarea – El sirviente dio media vuelta para retirarse de ahí. Ryouta tragó fuerte; las bromas de su peliceleste amigo eran demasiado malas.
– Makoto, sabes que no debes asustar así a Kagami, ¿Qué te propones? – Preguntó Kiyoshi, mientras dejaba al can por fin en el suelo y cubría la puerta para que el perro no pudiese salir. Hanamiya le ignoró mientras se tiraba en los cojines que se encontraba por ahí. El castaño se pasó una mano por la cara – Bien, no saldrás de aquí hasta que aprendas a comportarte.
Anubis escuchó como es que el humano salía del cuarto y colocaba una especie de reja que era del tamaño de la puerta para que el no pudiese salir. Las ventanas estaban demasiado altas para que un perro normal pudiese salir, pero ese no era problema, porque él no era un perro normal, sino que era Anubis, el dios de la necrópolis; si quería salir, saldría, pero por el momento decidió cumplir con la petición de Teppei, más que nada por flojera.
– Veo que la fiera ha sido domada – Poco le duró al dios de la muerte la relajación, cuando esa voz chillona y molesta se dejó escuchar en su mente. Anubis levantó la vista hacia la ventana, solo para encontrarse con Horus. Le gruñó, advirtiéndole que le dejase de fastidiar.
– Vete al carajo, Horus – Le contestó con molestia solo para volver a acomodarse y cerrar los ojos. Esto de dormir era realmente relajante. ¿Cómo no se le había ocurrido antes?
– Tan amable como siempre – Ironizó el halcón, para volar y adentrarse en la habitación, hasta quedar en el suelo, junto a donde su hermanastro estaba dormitando – Como sea, alguien intentará alimentar a Sobek otra vez, ¿Quieres verlo? – Anubis levantó las orejas y la cabeza.
– Andando – Dijo mientras se levantaba y saltaba por la alta ventana, con Horus siguiéndole.
– No creo que la relación que tienes con los príncipes sea sana, Taiga – Dijo Himuro de la nada, mientras veía a su hermano buscar cosas en la cocina.
– Lo sé, me lo dices siempre, y yo ya te dije que aunque no lo sea tengo que estar con ellos – Respondió el pelirrojo – Me gusta su compañía, y si ellos están bien con esto, no tengo porque quejarme – Himuro frunció el ceño con disgusto.
– Taiga, lo que pasa con ustedes es algo demasiado delicado – Comenzó a Explicar el pelinegro – Ambos quieren tu atención y van a terminar agrediéndose si esto continua así.
– No puedo hacer nada, soy sirviente de Midorima.
– ¿Y qué pasa con Aomine? ¿Eh? – Le preguntó con desafío – Estás cumpliendo también sus caprichos. Y no lo digo porque yo tema quedarme sin trabajo, porque incluso Kuroko ha notado que la relación no está bien. Lo digo más que nada porque si no quisieras no mimarías a Aomine.
– No lo mimo…
– ¿No? – Interrumpió Tatsuya con ironía. Kagami se mordió el labio – Niégamelo – El pelirrojo frunció los labios al no poder llevarle la contraria a su hermano con honestidad.
– Bueno, ¿Y qué si lo hago? – Se molestó – Aunque no lo parezca, Aomine es un buen tipo, además él siempre está buscándome por lo que no tengo otra opción más que estar con él. Además, Midorima nunca me ha reclamado nada ni me ha dicho que no me acerque a él, así que no entiendo por qué tu molestia.
– Una cosa es estar con ellos sólo para hacerles compañía, y otra muy diferente es besarles a ambos en los labios – Regañó. Kagami quedó en silencio por unos segundos, pues su hermano había dado en el clavo.
– Sí ellos me lo piden, no tengo opción…
– ¡Es que ese es el problema, Taiga! – Ahora sí, Himuro no pudo contenerse más y terminó explotando – ¡No se trata solo del "Si ellos me lo piden", si no que a veces eres tú quien se los da sin que hubiese una orden de por medio! – Explicó. Kagami arrugó el entrecejo – ¿No lo entiendes? ¡Te estás metiendo en terreno peligroso!
– ¡Ya basta, Tatsuya! – No fue sorpresa que el pelirrojo explotara también, pues tenía una paciencia muy pequeña – ¡Tú no entiendes nada! ¡Lo que hay entre ellos y yo es problema nuestro y únicamente problema nuestro!
Después de los gritos, ambos hermanos decidieron callarse e intentar regular sus respiraciones, pues tanto griterío les había quitado en aire de los pulmones. El silencio era incómodo, y el ambiente demasiado tenso, por lo que Himuro no tuvo ánimos de seguir peleando. Su hermano enfrentaría tarde o temprano sus errores, él solo quería advertirle y aconsejarle.
– Escucha Taiga – Habló con voz suave y tranquila, acercándose solo un poco al cuerpo del mencionado – ¿Sabes que eres importante para mí, no? Por eso es que me preocupo de lo que pueda pasarte – Le dijo cariñosamente – Yo tampoco creo que tu relación con los príncipes sea mala, pero temo que ellos puedan dañarte…
– ¿Cómo podrían dañarme? – Interrumpió el pelirrojo, mirando con ojos apagados a su hermano. Tatsuya le sonrió con lástima, pues a pesar de que el chico era demasiado inocente, estaba seguro que sí sabía de lo que hablaba. El pelinegro se acercó a él y le acarició los cabellos con cariño.
– Tú lo sabes muy bien… – Le susurró, y luego dio media vuelta para irse de la cocina.
Kagami se quedó ahí, con la mirada en el suelo y perdido en sus pensamientos. Claro que lo sabía, y estaba consciente de ello, pero, al mismo tiempo, no quería alejarse de ellos. Parpadeó con fuerza y al momento de abrir los ojos de nuevo, dos lágrimas cayeron por sus mejillas. Sonrió con amargura al darse cuenta de algo.
De que, aun si la dañasen, él estaría dispuesto a seguir con ellos.
– T-Ten Kasamatsucchi, un gran y delicioso pedazo de carne. ¿A poco no se ve mejor y más rico que yo? ¿Verdad que sí? Entonces por favor no me comas…
– Sus intentos por alimentar a Sobek son patéticos – Comentó Anubis, al ver cómo es que aquel rubio bailarín intentaba darle un pedazo de carne al dios en su forma de cocodrilo Si bien ellos estaban cerca de este, mantenían su distancia y hablaban por medio de telepatía.
– Vamos, Sobek se ha alimentado de la cuarta parte de la servidumbre del palacio, es obvio que le tenga miedo – Defendió Horus, aunque por su tono de voz estaba muy lejos de parecer que estaba a favor del miedo de Kise. Ambos veían al bailarín acercarse de poco en poco con lentitud, y una mano estirada, donde estaba el pedazo de carne.
– Oye, mira esto – Le llamó el dios del inframundo. Takao le miró con detenimiento, notando como es que Hanamiya se ponía en posición de ataque pero sin intención de saltar. El can de pelaje negro respiró hondo, y entonces soltó un fuerte ladrido, asustando a Ryouta quien soltó la carne y se alejó corriendo.
– Sabes que, eso estuvo mal – El halcón hizo su intento de regaño, pero en realidad se le estaba haciendo muy difícil al estarse riendo con ganas de forma mental, pues sería raro que un halcón lo hiciera. Demonios que Makoto se había pasado con su broma, pero del mismo modo había sido bastante graciosa. Ver al rubio corriendo despavorido fue épico.
Los tres notaron como es que el cocodrilo salía de aquel gran estanque con agua del Nilo hasta quedarse donde Kise había dejado caer la carne. Con ayuda de sus mandíbulas pudo difícilmente tomar la carne, para luego tragar el pedazo entero y volver al agua, donde se sumergió hasta no dejar que se vea más que solo sus ojos.
– Espero que sepa que eso no será suficiente para el estómago de Sobek – Comentó Anubis, una vez se hubo sentado de nuevo en el suelo mientras miraba a Kise, el cual estaba con las piernas temblando y el latido de su acelerado corazón era demasiado fuerte para sus sensibles oídos. Horus también miró al chico.
– Dale unos minutos, sigue en shock por tu culpa – Dijo, mientras también veía al bailarín. Ambos dioses sabían que su hermanastro no mataría a aquel rubio, porque varias veces tuvo la oportunidad de hacerlo, pero nunca le intentó. Le asustaba, sí, pero nunca con el propósito de comerle. Lo cual era raro, porque con la demás servidumbre, los había despedazado.
Kise respiró hondo mientras intentaba serenarle. El perro pulgoso de Kiyoshi le había dado un susto de muerte y por poco y se cae en el estanque donde estaba el cocodrilo. Por suerte sus reflejos fueron lo suficientemente rápidos para evitarlo. Suspiró con fastidio y miedo combinados, aún tenía que seguirle alimentando, pues el reptil comía demasiado.
– Ahí va de nuevo – Habló Takao, siguiendo con la mirada el camino del rubio de nuevo hacia la orilla del estanque, con un nuevo trozo de carne.
– Es bastante estúpido – Fue turnó de hablar de Hanamiya, siguiendo también con la mirada la figura de Ryouta. A ambos les daba bastante vergüenza ajena la forma en la que ese bailarín alimentaba a su hermanastro.
– Hace rato que estoy escuchando su maldita plática, cállense – Cabe aclarar que a los dos dioses en la tierra les sorprendió escuchar esa voz. Los dos pares de ojos fueron a parar en la figura del cocodrilo en el agua, oh bueno, en lo que se veía de él – Sus voces son fastidiosas.
– ¿Y qué pasó con tu ley del hielo? – Preguntó Kazunari.
– Es para Rá, no recuerdo haberles hecho la ley del hielo a ustedes – Les gruñó molesto.
– Hubiese preferido que me ignoras – Dijo el can.
– Cállate Anubis – Le regañó el ave, pues hace ya bastante tiempo que no su hermanastro no había hablado con ellos. Desde que peleó con Rá, se había empeñado en no dirigirle la palabra, y cómo tampoco hablaba mucho, pensaron que lo mismo era para ellos.
– No me digas qué hacer, además, Sobek siempre está de gruñón y se la pasa regañando a medio mundo espiritual; me fastidia – Se quejó Hanamiya, mientras se recostaba en el suelo, sin apartar la vista de la figura del humano acercándose al estanque.
– Esperen un momento – Avisó el cocodrilo, mientras veía cómo es que Kise le tendía el pedazo de carne arriba de su cabeza. Con un gran salto atrapó el alimento, al mismo tiempo que Ryouta lo soltaba, o de lo contrario le hubiese arrancado el brazo. Luego volvió a caer al agua, donde terminó de tragarse la carne – Bien, ¿Decían?
– ¿Por qué no matas al chico? – Preguntó Horus de la nada. En sus mentes se escuchó el gruñido de fastidio de Sobek.
– ¿A qué viene la pregunta? – Contraatacó el reptil.
– No te hagas el tonto, has matado a demasiados sirvientes del palacio, y a este chico – Haciendo una clara referencia al bailarín – Es al único al que no atacas, y por eso es que le piden que te alimente, porque es el único que te ha alimentado y ha vivido para contarlo – Explicó Anubis. Horus confirmó sus palabras.
– Eso, no les importa – Fue la respuesta de Sobek.
– K-Kasamatsucchi, aquí hay otro pedazo de carne que de seguro sabe mejor que yo, así que, ¿Por qué no te comes esto en vez de matarme a mí? Hehehe… – Rió nervioso. La voz chillona del rubio distrajo a los tres dioses.
El tiempo se pasó volando con Kise intentando alimentar a Sobek y no morir en el intento, y Horus y Anubis viéndoles con burla.
– ¿Hablaste con Kagami-kun? – Preguntó el peliceleste. Tatsuya asintió pero por medio de la mirada, le dijo a Tetsuya que las cosas no habían resultado muy bien – ¿Pelearon?
– Solo un poco, pero le dije todo lo que quería – Dijo en un suspiro cansino. Kuroko se sintió mal por sus amigos, pues ellos no eran de pelearse nunca. Se querían demasiado.
– ¿Quieres que yo hable con él? – Preguntó, pero recibió una respuesta negativa por parte de su compañero de servidumbre – ¿Hay algo que pueda hacer por ti, Himuro-kun? – Insistió.
– Podrías… – Comenzó a decir, pero se detuvo de inmediato, como si no quisiese meter a su peliceleste amigo en el asunto.
– ¿Qué? – Pidió saber. Kuroko quería ser de ayuda en algo, y si podía, entonces no perdería la oportunidad para ayudar. Después de todo, él también sabía que donde se metía Kagami era peligroso.
– Podrías hablar con Aomine… – Dijo mirando a sus ojos celeste con petición – Después de todo te tiene más confianza a ti. A mí no me escuchará, pero Midorima si lo hará, por lo que yo hablaré con él – Explicó. Himuro suspiró antes de seguir hablando – Tenemos que hacer que detengan esto antes de que Taiga termine lastimado.
– Aomine-kun no piensa en nadie más que en sí mismo – Fueron las palabras del menor, por lo que el pelinegro no pudo evitar verle y escuchar con detenimiento – Sin embargo, puedo intentarlo; trataré de solucionar esto, Himuro-kun; pero no prometo nada – Tatsuya sonrió con amargura.
– No importa, con eso basta.
– ¿Hay algo que te moleste, Momoi? – Preguntó la castaña mientras miraba a la princesa que tenía su cabeza recargada en sus piernas. El gesto pensativo de la pelirrosa no pasó desapercibido para ella, y sabía que algo inquietaba a la chica.
– Kagamin, Dai-chan y Midorin – Fue su respuesta. Riko entendió enseguida mientras acariciaba los rosados cabellos de Satsuki. También a ella le preocupaba aquello. Pasaron minutos en silencio hasta que ella volvió a hablar – No me importa que Midorin y Kagamin tengan una relación afectuosa, después de todo tú y yo también la tenemos.
Aida se sonrojó ante esas palabras, mientras sentía como su mejilla derecha era acariciada con delicadeza y ternura por la blanca mano de la princesa.
– Pero… – Momoi hizo una pausa que Riko identificó como dramática – Sí me preocupa que Dai-chan también este en esa relación. Están alterando el orden de las cosas, no pueden estar los tres juntos – La castaña asintió estando de acuerdo. En algún momento, Daiki y Shintarou iban a llegar a su límite – Y me da miedo que Kagamin salga herido.
– También a mí me preocupa – Respondió la sirvienta, pues ella pasaba tiempo con Kagami, y escuchaba como es que el pelirrojo le contaba las cosas que hacía con los príncipes, los besos y abrazos, los mimos y caricias, todo. Y le preocupaba la mirada soñadora y feliz de Taiga, pues tenía miedo de que saliese lastimado – Si algo sale mal, Kagami no volverá a ser el mismo.
– Ninguno de los dos le ha pedido nada… – Aun cuando la princesa no especificó con exactitud qué querían decir sus palabras, Riko la entendió enseguida, pues no era necesario procesarlo tanto para saber que de lo que Momoi hablaba era del deseo carnal – Pero tengo miedo por él…
– Kagami es una persona frágil – Dijo Aida, acaparando toda la atención de la pelirrosa – Parece alguien duro y atemorizante, pero realmente es tímido, inseguro y bastante sentimental. Por eso es que toda la servidumbre le tiene cariño y le protege. Después de lo que pasó, tenemos miedo de que se rompa, de nuevo…
– ¿De nuevo? – Preguntó confusa. La castaña suspiró al ver que había hablado de más, pero no tenía inconveniente en contarle a Satsuki la historia.
– Cuando Kagami era niño, un tipo intentó abusar de él – Confesó, logrando que los orbes rosa le mirasen con asombro, pues no se sabía aquello – Por suerte, Nijimura-sama y unos guardias llegaron a tiempo y la cosa no pasó a peores; pero… Kagami estaba muy asustado, nada le tranquilizaba más que el faraón, pero él tenía otras cosas que hacer, por lo que no podía quedarse con él tanto tiempo. Intentamos ayudar, pero nada funcionaba. Kagami tardó en volver a ser el mismo...
– Pobre Kagamin – Dijo con lágrimas en los ojos. Cuando conoció al chico, fue cuando era un niño alegre y social, que gustaba de ayudar a las personas. Nunca vio en él algo que pudo haberle afectado de su pasado. Si Riko no se lo decía, entonces nunca se hubiese enterado – No puedo soportarlo más, tengo que hablar con ellos – Dijo decidida, incorporándose.
– Recuerda que si pasa algo, yo estoy contigo – Apoyo la castaña, tomando la mano de la princesa con la de ella, entrelazando los dedos. Satsuki sonrió ante el gesto, porque sabía que las palabras eran ciertas. Riko nunca la dejaría sola, así como ella tampoco lo haría. Ambas se levantaron para salir de la habitación e ir por los príncipes.
– Midorima, aléjate de Kagami.
– No tengo porqué obedecerte, además, Kagami es mi sirviente.
– No me importa que sea de ti, pero no te quiero ver cerca de él – Contestó el moreno, con la molestia irradiando en cada poro de su piel – Sabes que solo puede elegir a uno, y ese seré yo.
– No estés tan seguro de tus palabras, Aomine – Contradijo el mayor – Si quisiera podría hacer que sea Kagami quien no se acerque a ti – El peliazul chasqueó la lengua con molestia. Shintarou tenía razón, y se preguntaba por qué antes no lo había ordenado.
– No estoy dispuesto a compartirlo, que te quede claro – Expresó con ira.
– Me parece que pensamos lo mismo – Contestó Midorima. Al moreno le molestaba que su hermanastro no se tomara en serio aquella situación, pues parecía como si no le importase, o en el peor de los casos, que estaba muy confiado de su victoria.
Ambas auras negativas estaban entremezcladas de una forma brutal. La envidia, ira, y celos de Aomine se juntaban con la arrogancia, mala confianza y orgullo de Midorima; lo que provocaba un mal ambiente entre ambos, y no solo entre ellos, sino que también involucraba a todo el palacio en general, incluyendo al faraón y al reino en sí. Incluso al mundo espiritual.
Teikou era la capital de Egipto, y donde también se ubicaba el principal santuario para los dioses, donde según los egipcios, era el lugar en el cual todos los dioses se reunían. Como Midorima sería el siguiente faraón y no contaba con la rivalidad de Aomine con respecto al trono, el equilibrio se mantendría estable. No hacía falta algo más en ese ciclo.
Pero Kagami había cambiado todo drásticamente. Había logrado que la rivalidad antes inexistente entre los hermanastros llegara a ser una rivalidad extrema. Si antes no se habían destruido con el trono, con la presencia del pelirrojo lo iban a hacer. El aura dulce, bella, y bondadosa de Kagami junto con las auras de ellos, cambiaba completamente la esencia de todo.
Pero por más aura positiva de Taiga que hubiera, las auras negativas de ambos seguían siendo más fuertes, con lo que, de esa manera romperían el equilibrio establecido, y lo llevarían todo al desastre, creando una fuerza devastadora gracias a las tres esencias, capaz de arrasar con todo lo que se interpusiera en su camino.
Algo que Rá esperaba que pasara.
En la oscuridad de las tinieblas, en un lugar bastante lejano a Teikou, había alguien que caminaban por la arena del –en la noche– frío desierto. En sus manos, se encontraba el original Libro de los Muertos, que Nijimura había perdido hace años en un asalto al palacio. La necesidad de aquel pergamino era vital, pues de él dependía la vida de todo Egipto.
Sin embargo, el libro estaba siendo llevado de nuevo de donde fue robado. En aquel escrito, se encontraba todo con respecto a la muerte. Cómo pasar la prueba de Anubis con éxito, y que tu corazón no sea devorado por aquella serpiente destructora. Venenos y brebajes para el suicidio y el asesinato. Y sobre todo, como invocar a Seth, el dios del caos.
El sujeto se cubrió aún más el rostro con las prendas que tenía, mientras intentaba que la arena no entrase en su cuerpo y le molestara en la cara. En su cadera colgaba una reliquia muy preciada para los rituales. El Anj de plata con un ónix negro. Si bien, los materiales con los que fue construido no eran exactamente los más valiosos, eso lo compensaba con su valor espiritual.
Ya que con ese Anj y el Libro de los muertos, se podía tener control sobre el inframundo. Contaba la leyenda que con tres objetos valiosos, podrías tener al mundo espiritual a los pies, y llegar a ser incluso más poderoso que el propio dios creador. Algo que aquel hombre, estaba buscando. Ya tenía dos de los tres objetos, le faltaba uno, el cual era el más difícil de conseguir. Era un brebaje, pero con el ingrediente más valioso y escaso.
La sangre del corazón de un hijo de Rá.
Como pueden ver, estamos llegando a lo que será el clímax de la historia. Trataré de no tardarme.
PD: Soy abuela de dos lindos conejitos *corazón*
