Disclaimer: El Potterverso no me pertenece.

Este fic participa en el reto anual "Long Story" del foro La Noble y Ancestral Casa de los Black

Testigo

Capítulo 13

Misión de rescate

No podía calcular la cantidad de horas que llevaba metido en esa celda. Quizás había pasado más de un día, pero no tenía forma de saberlo. El dolor en la pierna lo hacía desmayarse a ratos, lo que no ayudaba a su percepción del tiempo. Podía sentir la presencia de Susan al otro lado de la diminuta habitación, pero ni siquiera intentó hablar con ella. No había nada que pudiera decirle sin sentirse como un perfecto imbécil. La había escuchado sollozar a ratos, pero no sabía cómo consolarla. Los habían encadenado a ambos y habían enganchado las cadenas a algo en el bajo techo de la celda, obligándolos a mantener las manos sobre su cabeza. Si no estuviese atrapado así, trataría de arrastrarse —porque su pierna estaba definitivamente quebrada— y consolarla con un abrazo.

Trató de pensar en otras cosas. De sacar su mente de ese lugar asqueroso. Pensó en Tracey y en lo divertido que se veía su pelo al levantarse por las mañanas. ¿Estaría bien? ¿La habrían atrapado? Tal vez en esos momentos estaba en otra celda como la suya. O en casa, tomando una taza de té calentita y preguntándose dónde diablos estaba él.

Casi soltó una carcajada, pero el dolor de la pierna se lo impidió. Era algo casi ridículo, estar pensando en una chica cuando ni siquiera sabía qué sería de él. Pero prefería pensar en Tracey a pensar en lo que le esperaba. Sabía que eso no sería nada bueno, de cualquier forma.

—Seamus —La voz trémula de Susan cruzó la celda. Por primera vez en horas algunos de los dos decía algo—, ¿crees que ellos lo sepan?

No tenía que ser específica. Seamus sabía muy bien quiénes eran «ellos». Y él llevaba un rato haciéndose la última pregunta. ¿El resto de la Orden sabía que habían caído en una emboscada y que estaban metidos en una celda de mierda? Confiaba que sí, que el contacto de Harry dentro del Ministerio le hubiera contado que los tenían presos. Pero también podía ser que él los hubiera traicionado —no, nadie conocía la ubicación del resto—, o que simplemente no supiese que los tenían ahí.

Había tantas cosas que podían salir horriblemente mal, en cualquier minuto, en cualquier lugar.

—Espero que sí.

—¿Y crees que… que nos vendrán a buscar?

Seamus no contestó. Harry y el resto de la Orden llevaban días buscando a viejos amigos y gente que los apoyara, pero él no sabía qué tan bien había resultado eso. Hasta donde él sabía, todas las fuerzas de la Orden eran los que habían estado en Grimmauld Place tres noches antes. Difícilmente algo que se pudiera llamar un ejército. Mucho menos podía arriesgarse a perder más hombres.

—No lo sé.

Susan dejó escapar un sollozo.

—Seguro que piensas que soy tonta —musitó en la oscuridad—. Llorando así, aunque ya no soy una mocosa y sabía en lo que me estaba metiendo. Pero es que… no puedo. No quiero ni pensar en que… —La voz se le quebró nuevamente—, en que quizás no vuelva a ver a nadie… Mi padre, Alicia…

Seamus entendía a lo que ella se refería, porque a él le pasaba lo mismo. Pensaba en sus padres, que seguían en Dublín. Tal vez nunca supieran qué había sido de él. Incluso pensaba con cierta nostalgia en el imbécil de su primo Fergus. Casi pagaría porque el muy idiota se apareciera a sus espaldas en ese momento.

—Lo sé —susurró. No podía hacer nada más.

-o-

Tracey tragó saliva y se ajustó la capucha de la sudadera sobre la cara. Las instrucciones de Potter eran claras: no llamar la atención de nadie. Estaban vestidos con ropa muggle, esperando que eso no llamar la atención de los magos que vigilaban las entradas al Ministerio.

Tracey estaba en el tercer contingente de Potter, al mando de Longbottom. Los primeros eran unos pocos que se encargaría de anular las protecciones internas del Ministerio, mientras que los segundos, apenas recibieran la señal mediante galeones, se encargarían de las protecciones exteriores. Ella y el resto del tercer contingente tenían que apresurarse en entrar, antes de que los ocupantes del Ministerio tuvieran tiempo para reaccionar.

Sentía los músculos tensos, como Seamus le había dicho que se sentía antes de enfrentarse a algo peligroso. Levantó la cabeza e hizo contacto visual con Marcus Flint, que por alguna razón —posiblemente porque su novia, Tamsin, estaba metida ahí— se había unido a la Orden. O algo así. Aunque nunca se había llevado muy bien con él, era bueno tener a un rostro conocido cerca. Aunque no le extrañaba mucho que ninguno de sus amigos estuviera por ahí. En general, los Slytherin preferían no meterse en líos si podían evitarlo. Como ella misma en la época de Voldemort.

De hecho, si no fuera porque Seamus estaba en alguna parte del Ministerio —Hopkins les había dicho que la tarde anterior había visto cómo metían a un grupo de personas en los calabozos del Ministerio—, ella misma no estaría ahí. Dejaría que esos problemas los solucionaran otros y se desentendería de todo el asunto.

Pero ahora había algo más que ella en juego.

—¿Todo bien, Davis? —La voz de Longbottom a su lado casi la hace dar un respingo. Los dos llevaban tanto rato en silencio que era fácil olvidarse de que él estaba ahí.

¿Estaba bien?

Estaba preocupada, hambrienta, helada, mojada y muerta de miedo. No tenía ni la más mínima idea de lo que estaba haciendo, sólo sabía que quería sacar a Seamus de ahí lo antes posible.

—No te preocupes, Longbottom. Puedo hacerlo.

—Te creo, Harry me dijo que te enfrentaste a los Caballeros en San Mungo, aún estando herida. Eso es… —El joven le dirigió una mirada curiosa—, impresionante.

Tracey no supo qué responder. Si eso se suponía que fuera un piropo, era el más raro que le habían dicho jamás. Y estaba contando la vez en que Goyle le había dicho que se veía como un muffin.

—¿Crees que falta mucho para que Potter nos llame? —preguntó, esperando distraer la atención de Longbottom.

—Supongo que no. Ya llevan un rato ahí dentro.

Tracey se contuvo de responder. Precisamente eso era lo que la tenía jodidamente preocupada. ¿Cuánto se suponía que se demorarían en anular la seguridad del Ministerio? Potter había dicho que les llevaría sólo un rato, aunque ella lo dudaba.

Antes de que pudiera decir nada, Longbottom le agarró el brazo.

—Mi galeón. Harry nos llama —susurró. Ella asintió. Aún tenían que esperar que el segundo contingente se ocupara de los guardias, pero eso tenía que ser más rápido que esperar eternamente a Potter.

Efectivamente, en ese momento un grupo de los de la Orden se adelantó y aturdió a los hombres que rodeaban la cabina de teléfono. Estos ni siquiera tuvieron la posibilidad de defenderse. Había que decir algo a favor de Potter, ciertamente era bueno a la hora de preparar a su gente. Tracey pudo ver cómo uno conjuraba una cuerda y los ataba con ella.

—Vamos —susurró Longbottom junto a ella, haciéndoles señales a los que los rodeaban. Tracey lo siguió sin dudarlo. Tendrían que hacer dos turnos para bajar al Atrio, porque era imposible que los doce cupieran en la estrecha cabina.

Longbottom dijo que él se quedaría atrás y controlaría a los guardias aturdidos, y Tracey y algunos más se ofrecieron a quedarse con él. El primer grupo desapareció en cosa de segundos, y ellos no se tardaron demasiado en seguirlos. Nadie decía nada, sólo se miraban entre ellos con desconfianza.

Tracey nunca había visto el atrio del Ministerio tan vacío. Los únicos ocupantes eran Potter y los del primer grupo que habían entrado con él. Ninguno de ellos parecía particularmente relajado, sino que todos estaban con los hombros tensos y mirando a su alrededor con recelo.

Tracey comprendía por qué. No podía ser tan fácil. Perfectamente podía ser una trampa. Los estaban

Otros miembros de la Orden estaban entrando por las chimeneas y las demás entradas del lugar. Algunos lucían heridas, pero en general parecían haber salido bien parados de toda la situación. Tracey se mordió el labio. Algo dentro de todo eso no le gustaba para nada.

Miró a Potter y supo que él estaba pensando en lo mismo. Demasiado fácil.

-o-

En algún momento se habían llevado a Susan. Seamus ni siquiera había visto cuándo lo habían hecho. Quizás había estado desmayado cuando lo habían hecho. Maldita fuera su pierna rota. Trató de soltarse de sus cadenas sin éxito. Mierda, mierda y más mierda. Quería saber cuánto rato llevaba ahí, si sus compañeros tenían una puta idea de dónde estaba y qué carajo habían hecho esos cabrones con Susan.

Las cadenas no eran lo peor de todo. Lo peor era su pierna, porque aunque las cadenas no estuvieran, tampoco podría moverse.

—¡MIERDA! —gritó golpeando la pared.

Era lo único que podía hacer.

-o-

Potter los había reunido al centro del Atrio y estaba dando instrucciones para revisar todo el Ministerio. Siendo de noche, lo normal era que estuviese vacío, pero seguro que Leavitt se había encargado de dejar guardias. Todos tenían instrucciones de ser extremadamente cuidadosos y no dejar nada al azar.

—Si ven a alguien, atáquenlo sin preguntas —les dijo muy serio—. No creo que los hombres de Leavitt tengan mucha compasión de ustedes y seguro que tomarán cualquier ventaja que puedan. Ustedes hagan lo mismo.

Tracey tuvo que reprimir una sonrisa. Nunca se hubiera imaginado que Potter pudiera ser tan… pragmático. Pero suponía que tenía sentido, después de lo que había pasado y sus años en el cuerpo de Aurores.

—Davis, tú y Smith vayan por ahí —dijo Potter señalando el final del Atrio, donde se alzaba un monumento en honor a Dumbledore—. Neville, Ron, Hermione, acompáñenme a las celdas de las salas del Wizengamot.

Zacharias Smith le dirigió una mirada de reojo, pero no dijo nada mientras se encaminaban al final de la sala. Tracey sabía que la única razón por la que él estaba ahí era su novia, Padma Patil. A pesar de ser de los famosamente leales Hufflepuff, Smith tenía el instinto de conservación de un Slytherin. Tracey lo recordaba de los meses del terror en Hogwarts. A diferencia de muchos de sus compañeros, nunca lo vio meterse en líos.

—Puf, ¿qué se supone que tenemos que ver aquí? —gruñó el joven cuando llegaron a la estatua del anciano director—. Esta estúpida pared que no hace nada. Potter dirá lo que quiera, pero a veces es muy bruto. Yo podía perfectamente ir a investigar en cualquiera de los pisos. Pero no, me manda a mirar una puta pared.

—Creo que nos estaba mandando a hacer un recono… —la chica se interrumpió y se llevó un dedo a los labios para callar a Smith, que parecía dispuesto a decir algo—. ¿No escuchas? ¿Son pasos?

Smith entrecerró los ojos, escuchando con atención. Sus ojos se abrieron desorbitadamente al reconocer el sonido.

—Sí, eso creo. ¿Qué crees que sean?

—Seguro que no somos nosotros, son demasiados. Hay que avisarle a Potter —dijo Tracey echando a correr hacia el otro lado del Atrio, donde Potter y sus amigos esperaban al Ascensor, que era la única forma de moverse dentro del Ministerio. Al verlos acercarse a él, el joven Jefe de Aurores frunció el ceño.

—¿Pasa algo?

—Potter, se escuchan pasos desde los otros pisos—masculló Tracey entre dientes, esperando que la menor cantidad de gente la escuchase—. Leavitt debe tener más gente aquí. Y seguro que ya detuvieron a los de los demás pisos. ¿Cuál es tu plan ahora?

—Luchar —dijo Potter con una expresión que dejaba muy en claro que estaba hablando absolutamente en serio.

Tracey se mordió el labio y aferró su varita con más fuerza. La idea no les gustaba en lo más mínimo. Y seguía sin saber dónde carajo estaba Seamus. Si esos cabrones le había hecho algo, no sabía qué haría.

Justo en ese momento, la pared del fondo del Atrio estalló en mil pedazos.


Creo que quedan dos capítulos, incluyendo el epílogo y espero poder subirlos en las horas que quedan para que acabe el reto. Así que me pasaré todo el día escribiendo.

¡Hasta el próximo capítulo!

Muselina