CAPÍTULO 13

Terry se hallaba de pie ante la ventana del dormitorio pequeño pero bien acondicionado que había sido su celda desde que fuera conducido, dos semanas antes, a la Torre de Londres, la residencia de Enrique. Con expresión impasible contemplaba los tejados de Londres, con las piernas separadas y firmemente asentadas en el suelo. Mantenía las manos a la espalda, pero ahora no estaban atadas, y no lo estuvieron desde aquel primer día en el que su furia contra Candice White y contra su propia ingenuidad, lo privaron temporalmente de la capacidad para reaccionar. Si permitió que lo inmovilizaran fue en parte para evitar que sus hombres expusieran la vida luchando por él, y en parte porque en ese momento ya nada le importaba.

Aquella misma noche, sin embargo, su furia había remitido, dando paso a una peligrosa serenidad. Cuando después de que Terry terminara de cenar Graverley ordenó que volvieran a atarle las muñecas, se encontró repentinamente en el suelo, con la tira de cuero alrededor del cuello y el rostro del prisionero a pocos centímetros del suyo.

—Si intentáis atarme de nuevo —susurró Terry con furia contenida—os rebanaré el pescuezo apenas termine de hablar con el rey Enrique.

Temeroso y sorprendido a un tiempo, Graverley balbuceó:

—Apenas terminéis de hablar con el rey... iréis camino de la mazmorra.

Sin pensárselo dos veces, Royce tensó la mano y el sutil giro de su muñeca le cortó el aire a su adversario. No se dio cuenta de lo que hacía hasta que la cara de su víctima empezó a cambiar de color. Sólo entonces lo soltó con un empujón despreciativo. Graverley se puso de pie con esfuerzo, los ojos echando chispas de odio, pero no ordenó a los hombres de Enrique que detuvieran al conde y lo ataran. En ese momento Terry lo atribuyó a que Graverley había comprendido que su vida corría peligro si abusaba deliberadamente de los derechos que le correspondían al noble favorito de Enrique.

Ahora, sin embargo, después de esperar durante dos semanas a que el rey lo convocara a su presencia, Terry empezaba a preguntarse si Enrique no estaría completamente de acuerdo con su consejero. Desde el lugar que ocupaba ante la ventana contempló la oscura noche cuyo aire estaba impregnado de los habituales malos olores de Londres, procedentes de las cloacas, las basuras y excrementos, y trató de encontrar una razón que explicara la actitud evidentemente reacia del rey a verlo y hablar con él acerca de las razones por las que había sido encarcelado.

Conocía a Enrique desde hacía doce años; había luchado a su lado en Bosworth Field, y en ese mismo campo de batalla había asistido a su proclamación y coronación como rey. En reconocimiento a sus hazañas durante esa batalla, Enrique lo nombró caballero ese mismo día, a pesar de que Terry sólo tenía dieciseis años de edad. Ése fue, de hecho, el primer acto oficial de Enrique como rey. En los años que siguieron, su confianza en Terry y su dependencia de éste aumentaron al mismo ritmo que su desconfianza hacia los demás nobles.

El Lobo Negro libraba sus batallas por él y con cada una de sus victorias permitía que Enrique obtuviera concesiones de los enemigos de Inglaterra y de sus enemigos personales, sin necesidad de derramamiento de sangre. Como consecuencia de ello, a Terry se le habían concedido catorce propiedades y riquezas suficientes para convertirlo en uno de los hombres más poderosos de Inglaterra. Igualmente importante era el hecho de que Enrique confiara en él lo suficiente como para permitirle fortificar su castillo de Graham Mayor y mantener un ejército privado. Tras la generosidad de Enrique, sin embargo, existía una estrategia ya que el Lobo Negro constituía una amenaza para todos los enemigos del rey, y a menudo la simple vista de sus pendones bastaba para aplastar la hostilidad, antes de que ésta tuviera oportunidad de florecer y trasformarse en oposición abierta.

Además de confianza y gratitud, Enrique también le había concedido a Terry el privilegio de exponer libremente sus pensamientos, sin la interferencia de Graverley y los otros miembros de la Cámara de la Estrella. Y eso era precisamente lo que más le preocupaba ahora a Terry, durante ese prolongado período en el que el rey se negaba a concederle una audiencia para darle ocasión de defenderse, lo que le indicaba que con Enrique ya no existía la clase de relación de que había disfrutado en el pasado. Tampoco auguraba que el resultado de la entrevista, cuando ésta se produjera fuese bueno.

El sonido de una llave en la cerradura hizo que Terry volviese la mirada hacia la puerta, pero sus esperanzas se desmoronaron al comprobar que sólo se trataba del guardia que le traía la cena.

—Hoy tenéis cordero, milord —dijo el guardia, en respuesta a la muda mirada interrogativa de Terry.

—¡Por los dientes de Dios! —exclamó.

—A mí tampoco me gusta el cordero, milord —consintió el guardia, aunque sabía muy bien que la comida no tenía que ver con la explosión de enfado del Lobo Negro. Después de dejar la bandeja sobre la mesa, el hombre se enderezó, con una actitud respetuosa. Confinado o no, el Lobo Negro seguía siendo un hombre peligroso y, lo que era mucho más importante, un gran héroe para todo aquel que se considerara un verdadero hombre—. ¿Deseáis alguna ora cosa milord?

—¡Noticias! —respondió Terry.

Su expresión fue tan dura, tan amenazadora, que el guardia retrocedió un paso antes de asentir obedientemente. El Lobo siempre pedía noticias, aunque por lo general lo hacía de modo amable, viril.

Esa noche, sin embargo, el guardia se sentía feliz de poder compartir algún chismorreo, aunque sabía muy bien que no era precisamente lo que el Lobo quería escuchar.

—Corren noticias, milord. Aunque no sean más que habladurías, proceden de quienes están en disposición de saberlo bien.

—¿De qué se trata? —preguntó Terry con interés.

—Se dice que anoche el rey llamó a vuestro hermano a su presencia.

—¿Mi hermano está aquí, en Londres?

—Llegó ayer —respondió el guardia—, y prácticamente exigió veros y amenazó con poner sitio a este lugar si no se le permitía.

Terry tuvo la sensación de que aquello era un mal presagio.

—¿Dónde está ahora?

El guardia señaló hacia arriba con un dedo.

—Un piso más arriba, y unas pocas habitaciones más hacia el oeste, por lo que he oído. Lo han arrestado.

Terry sacudió la cabeza con expresión de disgusto y dejó escapar un profundo suspiro. La llegada de Stefan era extremadamente imprudente. Cuando Enrique se enfadaba, lo mejor era apartarse de su camino hasta que lograra controlar su temperamento.

—Gracias... —dijo Terry, que trató de recordar el nombre del guardia.

—Larraby, mi... —El guardia se detuvo a mitad de la frase y los dos volvieron la cabeza hacia la puerta, que en ese momento se abría. En el vano apareció Graverley.

—Nuestro soberano me ha rogado que os lleve ante su presencia—informó con una sonrisa maligna.

Una sensación de alivio, mezclada con preocupación por la suerte de Stefan, se apoderó de Terry, que pasó rápidamente ante Graverley, apartándolo a un lado con un empujón.

—¿Dónde está el rey? —preguntó el conde.

—En el salón del trono.

Terry que conocía bien la Torre porque había sido invitado a ella varias veces, dejó que Graverley lo siguiera y tratara de mantener el paso, mientras él recorría a grandes zancadas el largo pasillo, bajaba dos pisos por las escaleras y luego cruzaba una serie de cámaras.

Al pasar por la galería, seguido de cerca por su escolta, observó que todos se volvían a mirarlo. A juzgar por el desprecio que observó en muchos de los rostros, todos estaban enterados de que ya no contaba con el favor de Enrique.

Lord y Lady Ellington, ataviados con trajes cortesanos, se inclinaron ante Terry, a quien no le pasó inadvertida la extraña expresión de sus rostros. Estaba acostumbrado a despertar en la corte temor y cierta desconfianza; esa noche, sin embargo, hubiera jurado que todos ocultaban sonrisas de regocijo, y descubrió así que prefería mucho más las expresiones de desconfianza que las sonrisas burlonas.

Graverley le ofreció con tono de sorna una explicación para aquellas extrañas miradas.

—Todos han encontrado muy gracioso el que Lady Candice consiguiese huir de las garras del terrible Lobo Negro.

Terry apretó los puños con fuerza y apresuró el paso, pero Graverley hizo lo propio para mantenerse a su lado.

—Lo mismo ha sucedido con la historia del encaprichamiento de nuestro famoso héroe con una fea mujer escocesa que huyó—prosiguió el consejero, con saña— llevándose consigo las valiosas joyas que él le había regalado, en lugar de casarse con él.

Terry se detuvo de pronto y giró sobre sus talones, con la intención de propinar un puñetazo al odioso Graverley, pero detrás de él los lacayos de librea ya abrían las puertas de acceso al salón del trono. Se contuvo al pensar en el futuro de Stefan, así como en el suyo propio, consciente de que su situación no mejoraría si asesinaba al principal consejero del rey. Terry se volvió de nuevo y franqueó las puertas que los lacayos mantenían abiertas. Enrique estaba sentado en el extremo más alejado del salón. Llevaba las vestiduras formales del Estado y, evidentemente impaciente, tabaleaba con los dedos sobre los brazos del sillón del trono.

—¡Dejadnos! —le ordenó a Graverley. Luego dirigió una mirada fría y distante a Terry. El silencio que siguió al amable saludo de este no presagiaba nada bueno para el resultado de la entrevista. Después de un silencio que pareció eterno, Terry dijo con gélida amabilidad:

—Tengo entendido que deseabais verme, sire.

—¡Silencio! —le espetó Enrique, furioso—. Hablaréis cuando os dé permiso para hacerlo. —Pero una vez rota la barrera del silencio, el rey ya no pudo contener la furia y sus palabras surgieron como trallazos de un látigo—. Graverley afirma que vuestros hombres se atrevieron a volver sus armas contra los míos. Os acusa, además, de haber desobedecido deliberadamente mis órdenes obstaculizando sus esfuerzos por liberar a las mujeres del clan White. ¿Qué decís ante esta acusación de traición, Terrence Grandchester? —Antes de que Terry tuviera la oportunidad de contestar, el encolerizado monarca se puso de pie y continuó—: Aprobasteis el secuestro de las mujeres White, un acto que se ha convertido en asunto de Estado y que amenaza la paz de mi reino. Una vez hecho así, permitisteis que dos mujeres escocesas para más señas, escaparan de vuestras garras, convirtiendo un asunto de Estado en una burla que ahora comenta toda Inglaterra. ¿Qué decís en vuestro descargo? —preguntó—. ¿Y bien? —rugió de nuevo sin apenas tomar aliento—. ¿Y bien?

—¿De qué acusación deseáis que me defienda primero, sire? —replicó Terry con cortesía—. ¿De la acusación de traición? ¿O de las demás, que son una estupidez?

La incredulidad, la cólera y un matiz de reacio regocijo hicieron que Enrique exclamase:

—¡Cachorro arrogante! ¡Podría ordenar que os azotasen y que os colgasen!

—En efecto —dijo Terry con tono sereno—. Pero os ruego que antes me indiquéis por qué delito. He tomado rehenes en muchas ocasiones en los últimos años, y más de una vez habéis elogiado mis procedimientos como el medio más pacífico de conseguir una victoria. Cuando tomamos prisioneras a las mujeres del clan White, no tenía ninguna razón para suponer que, de repente, habíais decidido buscar la paz con Jacobo, mucho menos cuando acabábamos de derrotarlo en Cornualles. Antes de partir hacia Cornualles, hablé con vos en este mismo salón y estuve de acuerdo en que en cuanto los escoceses estuvieran lo bastante sometidos como para permitirme abandonar el campo de batalla, me pondría al mando de un ejército de refresco cerca de la frontera de Escocia y lo situaría en Hardin, donde nuestra fortaleza sería bien visible para el enemigo. En aquellos momentos, ambos acordamos muy claramente que luego...

—Sí, sí —lo interrumpió Enrique, enfadado, sin el menor deseo de volver a escuchar lo que el conde tenía la intención de decirle a continuación—. Explicadme qué sucedió en el salón del castillo de Hardin —le ordenó irritado, pues no estaba dispuesto a admitir ante Terry que la toma de las dos rehenes había sido una decisión correcta—. Graverley afirma que vuestros hombres trataron de atacar a los míos, siguiendo vuestras órdenes cuando él mandó deteneros. No dudo que vuestra versión será muy diferente de la suya.— Hizo una mueca, y añadió—: Os detesta, como sabéis.

Terry hizo caso omiso del último comentario y replicó con una lógica serena e irrefutable.

—Mis hombres superaban a los vuestros en una proporción de dos a uno. Si hubieran atacado ninguno de éstos habría sobrevivido para conducirme hasta aquí detenido. Y, sin embargo, todos ellos han regresado sin un rasguño.

—Eso es exactamente lo que indicó Jordeaux en el consejo privado, cuando Graverley nos refirió la historia —dijo Enrique con un breve gesto de asentimiento, algo más relajado.

—¿Jordeaux? —repitió Terry—. No sabía que tuviera un aliado en la persona de Jordeaux.

—No lo tenéis. Él también os detesta, pero aborrece aún más a Graverley porque desea ocupar su puesto, no el vuestro, que sabe que no puede alcanzar—. Tras una pausa, añadió con expresión sombría— Me hallo totalmente rodeado de hombres cuyo vivo ingenio sólo se ve superado por su malicia y ambición.

Terry se puso rígido ante aquel insulto involuntario.

—No estáis totalmente rodeado por tales hombres, sire —dijo fríamente.

Como no estaba con ánimos para aceptar que aquello era cierto, aunque sabía que las palabras del conde no hacían sino exponer la realidad, el rey suspiró con irritación y le hizo señas de que se acercara a la mesa sobre la que había una bandeja con varias copas engarzadas con joyas y una jarra de vino. En lo más parecido a un gesto conciliador que estaba dispuesto a conceder dado su estado de ánimo, el rey pidió:

—Servidnos algo de beber. —Se frotó las articulaciones de las manos, y añadió con expresión ausente—: Detesto este lugar en invierno. La humedad hace que las articulaciones me duelan incesantemente. Si no fuera por la tempestad que habéis creado, ahora estaría en una casa caliente en el campo.

Terry hizo lo que se le pedía, tendió la primera copa de vino al rey, llenó después otra para sí y regresó al pie de los escalones que conducían al estrado del trono. Allí aguardó en silencio, mientras bebía a la espera de que Enrique abandonara sus melancólicas reflexiones.

—En cualquier caso, algo de bueno ha surgido de todo esto —admitió finalmente el rey, mirando a Terry—. Debo confesaros que estuve a punto de lamentar el haberos permitido fortificar Graham mayor y mantener vuestro propio ejército. No obstante, al permitir que mis hombres os detuvieran, acusado de traición, a pesar de que los vuestros los superaban en número, me habéis dado pruebas suficientes de que no pretendéis volveros contra mí, por tentador que eso pudiera pareceros. —Cambiando rápidamente con la intención de pillar por sorpresa al conde, Enrique añadió con suavidad—: Y, sin embargo, a pesar de vuestra lealtad, no teníais la intención de entregar a Lady Cabdice White para que Graverley la escoltase de regreso a su casa, ¿verdad?

Terry se sintió nuevamente atenazado por la cólera al recordar su estúpido comportamiento. Bajó la copa y respondió con frialdad:

—En aquellos momentos tenía razones para creer que ella se negaría a marcharse y que así se lo explicaría a Graverley.

Enrique lo miró boquiabierto.

—De modo que Graverley no mentía acerca de eso —dijo—. Ambas mujeres os engañaron.

—¿Ambas? —repitió Terry

—Ah, muchacho —exclamó Enrique con una mezcla de regocijo y disgusto—. Al otro lado de las puertas del salón se encuentran dos emisarios del rey Jacobo. A través de ellos, he estado en contacto constante con éste, que a su vez ha estado en contacto con el conde de White y con todos los demás que han participado en este embrollo. Basándome en lo que Jacobo me ha comunicado con no poco alborozo, por cierto, parece ser que la muchacha más joven, que vos creíais a las puertas de la muerte, no hizo otra cosa que acercar la cara a un almohadón de pluma, que la hizo toser. Luego, os convenció de que se trataba de una enfermedad pulmonar, y gracias a esa estratagema os convenció de que ordenaseis enviarla a su casa. En cuanto a la mayor de las dos, lady Candice, está claro que siguió adelante con la estratagema, se quedó con vos durante un día más, y luego os convenció de que la dejarais a solas, lo que le permitió escapar con su hermanastro, que sin duda consiguió comunicarle dónde podrían encontrarse. —Enrique hizo una pausa antes de continuar, con tono áspero—. En Escocia ha causado gran hilaridad el que mi propio campeón fuera engañado por un par de jovencitas. Se trata de una historia que también ha sido muy contada y exagerada en mi propia corte. La próxima vez que os enfrentéis al enemigo, Grandchester, es probable que se eche a reír en lugar de temblar de miedo.

Apenas un momento antes, Terry no hubiera creído posible sentirse más furiosos de lo que se había sentido en Hardin cuando Candy escapó. Ahora, sin embargo, al enterarse del ardid empleado por Anjie White, que se asustaba incluso de su propia sombra, no pudo evitar hacer rechinar los dientes. Y eso sucedió antes de que alcanzase a comprender el resto de las palabras de Enrique: ¡las lágrimas y los ruegos de Candy por la vida de su hermana habían sido falsos! No cabía duda de que, al ofrecerle su virginidad a cambio de la vida de su hermana, esperaba que antes del anochecer de ese mismo día acudieran a rescatarla.

Enrique descendió por los escalones y empezó a pasear lentamente.

—¡Y eso no es todo! —exclamó—. Se han producido muchas protestas a causa de todo este embrollo, protestas que han superado incluso mis propias expectativas cuando me notificasteis la identidad de vuestras rehenes. No os he concedido una audiencia hasta ahora porque esperaba que llegase vuestro impulsivo hermano, ya que quería interrogarlo acerca del lugar exacto donde secuestró a las muchachas. Por lo visto —añadió el rey Enrique tras expulsar violentamente el aliento—, existen muchas posibilidades de que lo hiciera en los mismos terrenos de la abadía donde ellas se refugiaban, tal como afirma su padre. »Como consecuencia de ello, Roma me ha exigido reparaciones de todas las formas concebibles. Aparte de las protestas de Roma y de toda la Escocia católica por haber violado los terrenos de una abadía para secuestrar a un par de muchachas, no debemos olvidarnos de McPherson, que amenaza con reunir a todos los clanes de las tierras altas y lanzarlos a una guerra contra nosotros porque habéis mancillado a su prometida.

—¿A su qué? —preguntó Terry.

Enrique lo miró con expresión de disgusto.

—¿No estabais enterado de que la joven a la que desflorasteis y a la que tan generosamente regalasteis vuestras joyas ya estaba prometida con uno de los jefes más poderosos de Escocia?—preguntó.

La furia cegó a Terry, que en ese preciso instante quedó absolutamente convencido de que Candice White era la embustera más consumada de la tierra. Aún podía verla, con sus inocentes ojos

que no se apartaban de los suyos mientras contaba cómo había sido enviada a la abadía, induciéndolo a creer que permanecería confinada allí por el resto de su vida. No dijo nada de que estuviera a punto de casarse. Y entonces Terry recordó su conmovedora y pequeña historia acerca de crear un reino de ensueño, y la ira que estalló en su pecho fue insoportable. No abrigaba la menor duda de que se había inventado todo aquello... absolutamente todo. Había jugado con su comprensión y simpatía con la misma habilidad con que el arpista tañe las cuerdas de su instrumento.

—Como sigáis así, terminaréis por deformar esa copa, Grandchester—comentó Enrique al ver que los dedos del conde se cerraban en torno al borde de la copa y amenazaban con convertirlo en ovalado—. Y, a propósito, puesto que no lo habéis negado, supongo que os acostasteis con la White ¿verdad?

Terry rojo de rabia, apretó las mandíbulas y asintió brevemente con la cabeza.

—Ya está bien de tanta cháchara —dijo el monarca con brusquedad. Dejó la copa sobre la mesa de roble ricamente labrada, subió de nuevo por los escalones que conducían al trono, y añadió—: Jacobo no puede llegar a un acuerdo cuando sus súbditos se muestran tan encolerizados por la violación de una de sus abadías a manos de nuestros hombres. Roma tampoco se sentirá satisfecha con un simple regalo para sus arcas. En consecuencia, Jacobo y yo hemos llegado a la conclusión de que sólo existe una solución y, por una vez, ambos estamos totalmente de acuerdo.

El rey asumió el empleo del plural mayestático para dar mayor énfasis a sus palabras y, con un vibrante tono de voz que no dejaba lugar a la objeción, ordenó:

—Es nuestra decisión que os dirijáis de inmediato a Escocia, donde os casaréis con Lady Candice White, en presencia de los emisarios diplomáticos enviados por ambas cortes, y en presencia de todos los miembros de su clan. Os acompañarán varios miembros de nuestra propia corte, cuya presencia en las nupcias representará que la nobleza británica acepta a vuestra esposa como una igual. Una vez pronunciadas estas palabras

Enrique mantuvo la mirada fija en el hombre que se encontraba ante él. Cuando Terry consiguió contener su ira y se relajó lo bastante como para poder hablar, dijo entre dientes:

—Me pedís un imposible.

—Ya os he pedido imposibles en varios campos de batalla, y no os habéis negado. No tenéis derecho a negaros, Grandchester, ni motivo para ello. Además —continuó, volviendo a emplear el plural mayestático al tiempo que su tono de voz se hacía más impositivo—no os lo pedimos, sino que os lo ordenamos. Por no haberos sometido de inmediato a nuestro emisario cuando os transmitió nuestra orden de que liberaseis a vuestra rehén, os multamos con la privación de vuestra propiedad de Grand Oak, junto con todos los ingresos derivados de la misma durante el pasado año.

Tan furioso se hallaba Terry por tener que casarse con aquella bruja mentirosa y artera, que apenas si escuchó el resto de las palabras de Enrique.

—No obstante —añadió el rey, suavizando el tono de voz al advertir que el conde de Grandchester no pondría más objeciones estúpidas e intolerables—, y para que no perdáis por completo la propiedad de Grand Oak, se la concederé a vuestra esposa como regalo de bodas.— Siempre consciente de la necesidad de seguir engrosando sus arcas, el rey agregó amablemente—: No obstante, me entregaréis los ingresos derivados de la misma durante todo el pasado año. —A continuación, señaló el pergamino enrollado que descansaba sobre la mesa, al pie del estrado, junto a la copa de vino—. Ese pergamino saldrá de aquí dentro de una hora, en manos de los emisarios de Jacobo, que se lo entregarán en mano. En él se establece todo lo que os he dicho, todo aquello que yo mismo y Jacobo hemos acordado. He puesto en él mi firma y mi sello. En cuanto lo reciba, Jacobo enviará a sus emisarios al castillo de White, donde informarán al conde que el matrimonio entre su hija y vos debe celebrarse en el castillo mismo en plazo máximo de quince días.

Una vez dicho esto, el rey Enrique se detuvo, a la espera de las amables palabras de aceptación y de una promesa de obediencia por parte de su súbdito.

Su súbdito, sin embargo, habló con el mismo tono de furia contenida con que había hablado antes.

—¿Es eso todo, sire?

Enrique frunció el entrecejo, y a punto estuvo de perder su actitud tolerante.

—Os tomaré palabra de obediencia. Debéis elegir —añadió con un gruñido—. La horca, Grandchester, o vuestra palabra de casaros con White, cuanto antes.

—Cuanto antes —repitió Terry a regañadientes.

—¡Excelente! —exclamó Enrique, al tiempo que se daba una palmada en la rodilla, alegre ahora que todo había quedado solucionado a su entera satisfacción—. Si queréis que os diga la verdad, amigo mío, por un instante pensé que elegiríais la muerte antes que la boda.

—Estoy seguro de que lamentaré no haberlo hecho así —replicó Terry.

Enrique emitió una risita y con un dedo enjoyado le hizo señas de que le acercara su copa.

—Haremos un brindis por vuestra boda, Grandchester. Observo que consideráis este matrimonio forzado como una pobre recompensa por vuestros años de fieles servicios —comentó un momento más tarde, al ver que Terry se servía una nueva copa de vino, en un intento evidente por calmar su ira—. Sin embargo, no he olvidado que luchasteis a mi lado desde mucho antes de que hubiera siquiera esperanzas de ganar.

—Lo que yo esperaba ganar era la paz para Inglaterra, sire —dijo Terry con amargura—. La paz, y un rey fuerte, con mejores ideas para mantenerla que con los viejos métodos de emplear el hacha de guerra y el ariete. En aquellos momentos, sin embargo, no sabía que uno de vuestros métodos sería el de casar a miembros de los partidos hostiles —añadió con un sarcasmo apenas disimulado—. De haberlo sabido, quizá hubiera decidido apoyar a Ricardo.

Aquellas osadas palabras hicieron que Enrique echara la cabeza hacia atrás y lanzara una sonora risotada.

—Amigo mío, siempre habéis sabido que considero el matrimonio como un excelente compromiso. ¿No recordáis una noche, a horas muy avanzadas, en que estábamos los dos sentados ante un fuego de campamento, en Bosworth Field? Si pensáis en aquella ocasión, recordaréis lo que os dije: que ofrecería mi propia hermana a Jacobo si creyera que eso podía traernos la paz.

—No tenéis ninguna hermana —señaló Terry con aspereza.

—No, pero os tengo a vos en su lugar —replicó el rey con serenidad.

Se trataba del mayor de los cumplidos, y ni siquiera Terry fue inmune a él. Con un suspiro de irritación, dejó la copa y se mesó el cabello, con expresión ausente.

—Treguas y torneos, ésa es la forma de alcanzar la paz —añadió Enrique, complacido consigo mismo—. Las treguas para contener, y los torneos para desahogar las hostilidades. He invitado a Jacobo a enviar a quien desee participar en el torneo que se celebrará cerca de Graham mayor durante el otoño. Dejaremos que los clanes luchen contra nosotros en el campo del honor..., inofensivamente. De hecho, será algo de lo que podremos disfrutar —anunció, cambiando así su opinión anterior sobre el tema—. Naturalmente, no necesitáis participar.

— ¿Tenéis algo más que decirme, sire, o puedo rogaros que me concedáis permiso para retirarme? —preguntó Terry

—Podéis retiraros, desde luego — respondió Enrique con expresión bonachona—. Venid a verme por la mañana y continuaremos hablando. No seáis demasiado duro con vuestro hermano. Él mismo se ofreció a casarse con la muchacha y ahorraros así ese trago. En realidad, no pareció reacio a hacerlo. Desgraciadamente eso no serviría. Ah, Grandchester, y una cosa más, no os preocupéis por comunicarle a Lady Marlow que vuestro compromiso ha quedado roto. Yo mismo me he encargado de ello. Pobre dama..., se sintió bastante alterada. La he enviado al campo, con la esperanza de que un cambio de ambiente contribuya a restaurar su ánimo.

Saber que Enrique se había ocupado de romper el compromiso, y que Susana había sido sometida a una tremenda humillación como resultado de su comportamiento con Candice, fue la última mala noticia que Terry se sintió capaz de tolerar en una sola noche. Hizo una breve reverencia, giró sobre sus talones y los lacayos abrieron las puertas. Cuando ya estaba a punto de salir, sin embargo, Enrique lo llamó.

Terry se preguntó qué se le ocurriría exigirle ahora y se volvió de mala gana hacia él.

—Vuestra futura esposa es condesa —dijo Enrique con una extraña sonrisa en los labios—. Es un título heredado por parte de su madre, y bastante más antiguo que el vuestro, por cierto. ¿Lo sabíais?

—Si de mí dependiese, no me casaría con ella aunque fuera la reina de Escocia —replicó osadamente Terry—. En consecuencia, su título no supone ningún estímulo para mí.

—En eso estoy de acuerdo. De hecho, lo considero un probable obstáculo para la armonía matrimonial—. Al advertir que Terry se limitaba a mirarlo en silencio. Enrique le explicó con una amplia sonrisa—: En la medida en que la joven condesa ya ha logrado engañar a mi guerrero más feroz y brillante, me parecería un error táctico permitir que también os superara en cuanto a rango. En consecuencia, Terrence Graham Grandchester, os confiero a partir de ahora el título de duque...

Cuando Terry salió del salón del trono, la antecámara estaba llena de nobles que le miraron, todos ellos ávidos por observar su expresión y valorar así cómo le había ido en su entrevista con el rey. La respuesta les llegó de parte de un lacayo que salió apresuradamente del salón del trono y anunció en voz alta:

—¿Vuestra gracia?

Terry se volvió para escuchar, de labios del lacayo, que el rey le rogaba transmitir sus saludos personales a su futura esposa. Los nobles presentes, sin embargo, sólo escucharon dos palabras: «Vuestra gracia», lo que significaba que Terrence Grandchester era ahora duque, el título más encumbrado de todo el reino, y que, evidentemente, iba a casarse.

Terry se dio cuenta con una sonrisa burlona de que aquélla era la forma que había encontrado Enrique de anunciar ambos acontecimientos a quienes estuvieran presentes en la antecámara.

Lady Amelia Wildale y su esposo fueron los primeros en recuperarse de la conmoción.

—Por lo visto, debemos ofreceros nuestras más sinceras felicitaciones —dijo Lord Wildale inclinándose ante Terry.

—No estoy precisamente de acuerdo —espetó el duque.

—¿Quién es la afortunada dama? —preguntó Lord Avery con naturalidad—. Evidentemente, no se trata de Lady Marlow.

Terry se puso rígido y se volvió lentamente, mientras la tensión y la expectativa casi podían cortarse en el aire. Pero entonces, antes de que pudiera contestar, la voz de Enrique tronó desde la puerta del salón del trono:

—Lady Candice White.

El asombrado silencio que siguió se vio interrumpido por una carcajada apenas contenida, seguida de risitas más ligeras, hasta que finalmente se produjo un ensordecedor murmullo de negativas y exclamaciones de asombro.

—¿Candice White? —repitió Lady Elizabeth al tiempo que dirigía a Terry una mirada burlona que hizo recordar a éste la intimidad que había compartido con ella en otros tiempos—. ¿No la hermosa, sino la más fea de ellas?

Terry, que lo único que quería era alejarse de allí cuanto antes, asintió con un gesto distante y se volvió para marcharse.

—Pero es bastante mayor, ¿verdad? —insistió Lady Elizabeth.

—No lo suficiente como para recogerse las faldas y huir del Lobo Negro —exclamó Graverley con suavidad, al tiempo que salía de entre la multitud—. Sin duda, tendréis que golpearla para enseñarle a obedecer, ¿verdad? Un poco de tortura, un poco de dolor y quizá, sólo quizá, aprenda a quedarse en vuestra cama.

Terry contuvo a duras penas el deseo de estrangular a aquel bastardo. Alguien se echó a reír para amortiguar la tensión y comentó:

—Aquí se trata de Inglaterra contra Escocia, Grandchester, sólo que esta vez las batallas tendrán lugar en el dormitorio. Apuesto mi bolsa por vos.

—Y yo la mía —dijo alguien más.

—Pues yo apuesto la mía por la mujer —proclamó Graverley.

Hacia el fondo de la multitud, un anciano caballero se llevó una mano a la oreja y le preguntó a un amigo que se hallaba más cerca del duque.

—¿Eh? ¿A qué viene tanto alboroto? ¿Qué le ha sucedido a Grandchester?

—Tiene que casarse con esa ramera de White. —contestó el otro elevando la voz lo suficiente como para que se lo escuchase entre el murmullo de las conversaciones.

—¿Qué habéis dicho? —preguntó una dama volviendo la cabeza.

—¡Que Grandchester tiene que casarse con la ramera de White!—contestó el anciano caballero a voz en cuello.

Entre los murmullos y el alboroto que siguieron, sólo dos nobles presentes en la antecámara permanecieron quietos y en silencio, Lord MacLeash y Lord Dugal, los emisarios del rey Jacobo, quienes aguardaban a que se firmara el acuerdo de boda con el que debían partir esa misma noche hacia Escocia.

Dos horas más tarde, la noticia había pasado de los nobles a los sirvientes y los guardias del exterior, para llegar finalmente a la gente de la calle.

—Grandchester tiene que casarse con la ramera de White —repetían.

Continuara...