Capítulo 14

Tras escuchar las directas palabras que les habían dedicado sus amigos, Zoro y Robin, ambos, supieron en ese instante que estaban actuando como unos ingenuos. Se deseaban uno al otro, el sentimiento era mutuo, los dos eran maduros y sabían que podían hablarse de forma clara, entonces ¿por qué se ocultaban tras sus objetivos?

Ambos salieron en el encuentro del otro al instante, buscándose desesperadamente, como si hubiese un límite de tiempo. Finalmente se encontraron, estaban de pie y unos metros les separaban. No pudieron dar un paso más al frente, sólo mantenían sus miradas.

A continuación y con determinación, avanzaron lentamente con pasos pequeños a su encuentro, el de los dos.

-No quiero que simplemente nos ayudemos…-dijo Zoro.- ¿No sería un mejor camino para lograr nuestros sueños si lo recorremos juntos?

Robin sonrió y acarició la mejilla del espadachín con suavidad.

-He sido una estúpida.-admitió ella.- Han tenido que implicarse nuestros amigos y…

-Los dos, los dos hemos sido estúpidos.-la cortó Zoro.

Entonces dejaron de hablar y se dieron un largo y profundo beso acompañado de caricias y nerviosismo. El corazón se les iba a salir disparado.

-Me cuesta respirar… mucho.-decía Robin entrecortada.

Zoro sólo emitió un gruñido afirmativo mientras no dejaba de pasar sus labios por el cuello de ella.

-A mi también.-dijo finalmente.

Las duras manos de Zoro empezaron a recorrer la espalda de Robin, colándose por debajo de su camisa. Recorría su columna con cuidado hasta bajar a la cadera.

-Zoro… ya, detente… por favor.-decía ella con la respiración agitada.

-Si quieres que me detenga, haz que me detenga.-desafió él, sin dejar de acariciarla.

De estar bajo una situación normal, Robin podría haberse apartado fácilmente del cuerpo de Zoro, pero en esa ocasión no se veía con la fuerza suficiente.

Finalmente ella se rindió a él, y justo donde estaban también empezó a acariciarlo suavemente, dejando el torso del espadachín al aire, que emitía un alto calor corporal.

La ropa empezaba a sobrarles, y sin darse cuenta sus manos recorrían zonas situadas por debajo de la cintura, ambos, hasta que Robin cogió a Zoro de las manos y las pasó por detrás de su espalda. No era ni el momento ni el lugar para perder el control de esa manera.

Tras unos largos minutos pegados uno al otro, en completo silencio y mirando al mar, el aviso de Nami llegó a todos:

-¡Ya llegamos, chicos!

Estaban muy cerca de desembarcar en la isla donde se encontraba la supuesta arma ancestral, y por consiguiente Barbanegra. Todos los sombrero de paja se reunieron en la cubierta y Luffy empezó a hablar.

-No podemos arriesgarnos a que Barbanegra se haga con el arma, así que lucharemos con todo lo que tengamos.-dijo alentadoramente.- ¿Algún problema con eso?

Todos se mantuvieron en silencio, con el ceño fruncido.

-Vamos.-dijeron finalmente.

Por su parte, Barbanegra y algunos de los suyos se adentraron en la isla que indicaba el poneglyph.

-Nunca había escuchado hablar de Ceres, el arma ancestral que habita aquí, pero sin duda será una gran ventaja a la hora de la toma de poder.-decía riendo.

Les había tomado su tiempo encontrar la isla, debido a su constante movimiento y sus coordenadas confusas e inciertas, pero finalmente estaban ahí.

Pero para su sorpresa, Luffy y los demás les habían alcanzado más rápido de lo previsto, y ahora les pisaban los talones.

Podía divisarse la figura de un gran robot; era Franky, que había decidido pilotar su máquina de guerra. Avanzaba a gran velocidad, con Zoro, Ussop, Nami, Luffy y Brook subidos en él.

Sanji avanzaba dando grandes zancadas en el aire, pateándolo e impulsándose en él, y Robin iba volando gracias a sus alas, sosteniendo a Chopper en sus brazos, que cuando se acercaron a Barabanegra lo suficiente, lo dejó caer a tierra mientras se transformaba en la gran bestia que años atrás aterrorizaba a todo el mundo.

El resto también se unió al reno rápidamente. Ahora unas nubes negras amanecieron encima de ellos, dispuestas a descargar cantidades extremas de truenos.

Patadas envueltas de fuego y lluvias de puñetazos también se abalanzaron sobre los enemigos, a lo que se sumaron el crecimiento desenfrenado de plantas carnívoras, ráfagas de un frío hielo, unos pisotones provenientes de unas gigantescas piernas que florecieron de la nada, y las rápidas estocadas certeras y desenfrenadas originarias de tres espadas.

Los piratas de Barbanegra ofrecían poca resistencia, y a Luffy y al resto no les costó avanzar posiciones.

Barbanegra, por su parte, se encontraba de camino a la cámara donde se hallaba el arma que tanto ansiaba, junto a un par de piratas de los suyos.

-Luna, ¿era aquí donde indicaba la roca?-preguntó el capitán.

-Sí, no deberíamos tardar mucho en llegar…-pero Luna, la lectora de mentes no pudo acabar la frase.

Ahora ante ellos se alzaba otra gran roca con caracteres grabados: un poneglyph, para sorpresa de todos.

-No… no puede ser. ¿Y el arma?-empezó a preocuparse Barbanegra, dirigiéndose a Luna.- ¿Se puede saber qué basura leíste de la mente de la arqueóloga?

-Usted me pidió que desentrañara la información objetiva referente al poneglyph que acababa de descifrar, yo sólo me limité a…

Luna no pudo terminar de hablar, porque Barbanegra la agarró con sus propias manos del cuello, alzándola unos centímetros del suelo, hasta que cerró los ojos, cayendo inconsciente. A continuación, lanzó a Luna a toda velocidad contra uno de los muros de la cámara, pero antes de colisionar aparecieron unos brazos que frenaron el impacto de la chica.

-No creía que fueras tan estúpida para adentrarte en la boca del lobo, Nico Robin.- dijo entonces Barbanegra.

-Y yo no creía que lo ibas a ser tú, deshaciéndote de la única persona que puede decirte el contenido del poneglyph, después de que yo lo leyese, claro.-dijo Robin comprobando que Luna seguía viva.

-Entonces sólo tengo que hacer que seas tú quien me lo lea-amenazó él acercándose lentamente a ella.

-Estás loco si crees que lo leeré para ti.-replicó Robin.

-Te arrancaré la piel a tiras si es necesario.

Entonces Barbanegra aceleró el paso y se abalanzó velozmente hacia la aqueóloga, que permanecía en el mismo sitio, incorporándose lentamente y con calma.

Cuando llegó hasta ella, unos filos de acero lo detuvieron.

-Esta vez no ha venido sola, rata.- dijo Zoro mostrando sus dientes.

Y así comenzó otra pelea desenfrenada.

-¡Robin, lee la roca, yo te cubriré!-gritó el espadachín.

-Ten cuidado.-sólo dijo ella mientras corría hasta situarse delante del gran poneglyph.