CAPÍTULO 14:

El principio del fin

Toda la población de Panem estaba reunida en el Círculo de la Ciudad para la celebración. Como siempre, los capitolinos destacaban por su colorido, aunque se veía un cambio sustancial en su vestimenta aquella noche: muchos iban de negro. Haymitch no entendía el por qué; aquello no era un funeral. Los muertos llevaban mucho tiempo enterrados. Aun así, apreciaba el esfuerzo. Quizás era su forma de decir: "Lo siento". Lamento haber apostado sobre quién mataría a quién. Lamento haber hecho una fiesta de la muerte de unos niños.

En fin, todos tenían algo de lo que arrepentirse, supuso.

Haymitch estaba entre Effie y Katniss. Tenían un sitio reservado en primera fila, pero habían preferido mezclarse con la multitud. Aquella noche, eran unos habitantes de Panem más.

Cuando la presidenta Paylor apareció en el podio, se hizo el silencio en todo el Círculo. Millones de ojos estaban centrados en aquella mujer, vestida con chaqueta y pantalones gris oscuro y el pelo estirado hacia atrás, remarcando sus rasgos afilados. Paylor se acercó al micrófono con pasos lentos pero decididos. Carraspeó.

―Buenas noches, habitantes de Panem. Estamos aquí reunidos en esta fecha tan señalada para celebrar el aniversario de la victoria sobre la opresión de Panem. ―La gente estalló en aplausos; Paylor levantó las manos para pedir silencio―. Pero aún queda mucho por hacer. ¡Un pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla! Debemos ser conscientes de nuestros errores para que no se repitan los últimos setenta y cinco años. Panem necesita que sus hijos duerman tranquilos por la noche, sin el miedo de que un día los saquen de sus casas y los conviertan en asesinos o en cadáveres; Panem necesita que sus hijos no se escondan, temiendo que una bomba mate a su familia o destruya su hogar. ―Levantó las manos, cerradas en un puño―. ¡Panem se ha librado del miedo! ―Otra ronda de aplausos, más estruendosa que la anterior―. Pero, como he dicho, aún queda mucho camino por recorrer. ¡No más luchas entre el Capitolio y los Distritos! ¡No más batallas unos Distritos contra otros! ¡Todos formamos parte del mismo pueblo! ―A esas alturas del discurso, la gente vociferaba, pero Paylor se las arregló para hacerse oír por encima del gentío―. ¡Ahora caminamos juntos de la mano, Capitolio y Distritos, hacia un futuro mejor!

Haymitch aplaudió, no porque creyera de verdad en sus palabras, más bien por el deseo de que se hicieran realidad. Panem aún tenía muchas heridas abiertas, pero ¿qué se decía sobre el tiempo? Ah, sí. El tiempo todo lo cura. Quizás con el tiempo podrían mirarse unos a otros sin ver a un asesino en los ojos del otro.

Miró a Effie, que tenía la vista clavada en Paylor, con los ojos empañados por las lágrimas. Si ellos habían podido entenderse, Panem no tenía excusa para hacerlo también. Es decir, si alguien hubiera insinuado tiempo atrás que hubieran podido llegar a la relación que tenían actualmente, Haymitch le hubiera reventado una botella (vacía, por supuesto, con el alcohol no se jugaba) en la cabeza. Y Effie hubiera estado gritando hasta el fin de los tiempos con esa voz chillona tan graciosa que ponía en ocasiones.

Cuando el discurso terminó, se dirigieron hacia la que fuera mansión de Snow, ahora abierta a todo el mundo, para continuar la fiesta. Había diferentes puntos como aquel distribuido por toda la ciudad: mesas larguísimas con tentempiés variados y bebidas música y fuegos artificiales (mucho más austero que las fiestas que se daban durante los Juegos, sin embargo).

Una mano lo sujetó por el brazo.

―Nosotros nos vamos ya ―dijo Katniss. Peeta asintió.

Haymitch intercambió una mirada con Effie. Sabía que a la mujer le apetecía acudir a la fiesta, así que dijo:

―Vale, niños. Mamá y papá van a quedarse un poco más. ―Effie le dio un puñetazo en el brazo―. ¡Auch! Era broma, era broma. Nos vemos mañana, supongo ―dijo a la pareja más joven.

―¿Qué crees que les pasa? ―preguntó Effie mientras se acercaban a la mansión. Caminaban cogidos de la mano.

―Demasiado…

―¿Capitolio todo de una vez? ―completó Effie. Haymitch asintió, pensativo.

Para la chica sería demasiado duro estar riendo, bebiendo y bailando cerca del lugar donde una bomba hizo estallar en pedazos a su hermana. Y Peeta… Suficiente había hecho el chico acudiendo allí, después de todo lo que le habían hecho. Desde allí podía verse el centro de Entrenamiento donde lo habían torturado y encerrado. No, aquella noche no era para ellos.

Haymitch miró a su alrededor.

―¿Y Johanna? ―preguntó. No se veía a la pequeña hacha humana por ninguna parte.

―Ni idea, desapareció justo después de que la presidenta terminara su discurso ―suspiró―. No sé para qué me molesto en buscarles ropa tan bonita si luego no van a lucirla ―dijo, enfurruñada.

―Porque te encanta, confiésalo ―respondió Haymitch con una sonrisa ladeada.

Llegaron a los jardines de la mansión. Estaban en la misma parte de los jardines donde se había celebrado la llegada de los vencedores durante la Gira de la Victoria. La misma pista de baile, las mismas mesas repletas de comida. A Haymitch le parecía estar reviviendo un mal sueño.

―¿Estás bien? ―Effie lo miró, preocupada. Haymitch asintió e inclinó la cabeza para darle un beso. Justo cuando Effie se había puesto de puntillas para besarlo, una voz los interrumpió.

―¡Ophelia!

Effie se giró. Un hombre de mediana edad, alto, con el pelo negro y los ojos de un azul intenso la miraba con indignación. Vestía un traje negro y una corbata verde brillante, todo carísimo.

―Hola, padre.

―¿Ese es el recibimiento que le das a tu padre? ¿Un ‹‹Hola››? ―el hombre parecía ofendido, pero Effie no podría decirlo con seguridad. Demasiada cirugía estética quitaba expresividad a las facciones.

Effie puso los ojos en blanco. Cuando le cerró la puerta en las narices unos meses atrás no parecía tan ávido por saludar a su única hija.

―Padre, déjame presentarte a…

―Ya sé quién es ―cortó él, mirando a Haymitch con gesto de superioridad.

Él avanzó una mano para estrechársela, pero su padre no se dignó a moverse. Effie miró a Haymitch, avergonzada por el comportamiento del otro hombre, pero él dejó caer la mano y se encogió de hombros, sonriendo indolente.

―Así que ahora te rodeas de… ―Miró a Haymitch con desprecio, sin hacer ningún esfuerzo por disimularlo― esta gente. No creía que pudieras caer tan bajo, Ophelia. Tu madre se avergonzaría de tu comportamiento.

Effie se puso pálida de ira. ¿¡Cómo se atrevía a mencionar a su madre!?

―Cómo te atreves ―dijo con rabia―. ¡Tú, que no derramaste ni una lágrima y a los seis meses ya te habías casado de nuevo!

―Y pensar que prometías tanto cuando eras más joven. Malgastaste tus años buenos haciendo de niñera de un borracho ―señaló a Haymitch.

Effie miró a su padre como si no lo conociera y en realidad, así era.

Solo era un hombre que amaba más el dinero que a su familia. Una cara tratando desesperadamente de no envejecer que le recordaba al rostro de un hombre que se perdió la mitad de sus cumpleaños. Effie había aprendido hacía mucho que no valía la pena derramar lágrimas por alguien que había salido de su vida voluntariamente.

―Ha sido un placer verte, padre ―le dijo, mientras pasaba por su lado sin dirigirle una última mirada. Haymitch la siguió.

―Le diría que ha sido un placer conocerlo, señor Trinket, pero mentiría. Es usted un perfecto gilipollas. Ya ve, los borrachos siempre dicen la verdad.

Effie reprimió una sonrisa.

―Lo siento, Haymitch ―se disculpó.

Haymitch se encogió de hombros y sonrió.

―Bueno, es un completo imbécil y doy gracias porque no has heredado su carácter de mierda, pero al menos sí heredaste esos preciosos ojos azules que tienes.

A Haymitch empezaba a dolerle la boca de tanto sonreír. Effie conocía a todos y cada uno de los cuatro millones de habitantes del Capitolio, porque le había presentado a más gente en cinco minutos de la que Haymitch había conocido en toda una vida. La mayoría se comportaba con amabilidad, dentro de su excentricidad. Haymitch apenas había podido contener la risa ante la vista de una mujer con la cara tatuada llena de flores (eso era demasiado para él, no digamos para el buen gusto de cualquiera), pero por lo demás la noche transcurría sin incidentes. El señor Trinket no apareció más por allí para comportarse como un completo capullo, lo cual era un plus. Y ninguno de los amigos de Effie había comentado nada ante la visión de sus manos entrelazadas, lo cual hacía que a Haymitch casi le cayera bien esa gente.

De repente, distinguió una cara conocida entre la multitud. Se volvió hacia Effie rápidamente, fingiendo estar interesado en alguno de los platos raros que se servían en la mesa.

―¿Cómo se llamaba aquel amigo tuyo de la tienda de ropa a la que fuimos el primer día?

―Commodus, ¿por qué? ―preguntó ella. Lo miró con sospecha y se volvió, buscando entre las personas la cara del hombre.

―Ven ―la cogió de la mano y la arrastró hacia la pista de baile.

―¡Effie! ―Haymitch oyó la voz del hombre, que hacía un esfuerzo enorme por abrirse paso entre la multitud. Haymitch se llevó una mano a la frente a imitación del saludo militar, pero no aminoró el paso ni un ápice.

Effie llegó a la pista de baile sin aire de tanto reír.

―¡Serás maleducado! ―intentó reprocharle a Haymitch, pero no pudo contener otra carcajada.

Se metieron entre la gente que ya estaba bailando. Haymitch la hizo girar sobre sí misma y tiró de ella hasta que quedaron muy pegados.

―Bueno, si prefieres bailar con él… ―dijo seductoramente.

Effie fingió considerarlo.

―Bueno… Tiene una tienda de ropa, y tú tienes ocas. No hay comparación ―dijo con fingida seriedad.

Haymitch la soltó y se llevó una mano al pecho, ofendido.

―¿Perdona? ¿Qué mujer más perversa eres, Ophelia Trinket? ¡Con lo que te quieren mis ocas! ¡Si ya casi habían dejado de perseguirte!

Effie soltó un gemido. Creía que se le había escapado el detalle de su nombre completo, pero no. A Haymitch Abernathy no se le escapaba ningún detalle que pudiera servir más tarde para torturarla.

―Te juro que como vuelvas a llamarme ‹‹Ophelia››, te corto en pedacitos y te doy de comer a las ocas ―lo amenazó.

Haymitch rio y volvió a estrecharla contra él.

―¿No te gusta tu nombre, Ophelia? ―Effie lo fulminó con la mirada. Haymitch se puso serio de repente―. ¿Cómo pasaste de "Ophelia" a "Effie"? ―preguntó.

Effie suspiró.

―Cuando era pequeña, la gente empezó a llamarme Ophie, pero era un nombre demasiado raro, así que cuando tenía diez años fui jugando con las letras hasta que di con Effie, y como me gustaba, obligué a todo el mundo a llamarme así. A partir de entonces solo me llamaban Ophelia mi madre cuando se enfadaba o mi padre, porque no se preocupaba lo bastante por mí como para saber que tenía un diminutivo.

―Ophelia ―dijo Haymitch, saboreando cada letra―. A mí me gusta.

―Olvídalo –advirtió Effie―. Me llamo Effie, y así se queda.

―No te enfades –le dio un beso en los labios―, Ophelia.

Effie soltó un grito de exasperación, sabiendo que no iba a dejarlo estar.

Estuvieron bailando hasta que a Effie le dolieron los pies, y un luego un poco más. No hubiera cambiado aquella noche por nada del mundo.

···

Haymitch se ahogaba. Algo lo sujetaba contra el suelo. Tenía unas manos enroscadas en su cuello, impidiendo la llegada de aire a sus pulmones.

Sabía que era una pesadilla. Siempre lo sabía.

Aun así, no podía despertarse.

Aquella pesadilla era diferente: no era el bosque lleno de niños muertos que lo enterraban vivo, no. No podía ver nada ni sentir nada más que aquellas manos que intentaban acabar con él. Intentó quitárselo de encima, pero aquello era más fuerte que él y lo inmovilizaba. Intentó pedir ayuda, pero ninguna palabra brotó de sus labios. Consiguió zafarse del peso que le oprimía los brazos y empezó a dar puñetazos al aire, desesperado por librarse de las manos que lo asfixiaban.

De repente, notó que un puño daba contra algo duro.

Abrió los ojos de golpe, jadeando.

Se incorporó y se pasó las manos por el pelo, intentando tranquilizarse.

De golpe, la realidad lo asaltó.

¿Contra qué había chocado su puño antes?

Miró a su lado, buscando a Effie, pero no estaba allí.

No, no estaba allí, porque estaba en el suelo.

Sin sentido.

Haymitch saltó de la cama y se arrodilló a su lado.

Dios mío, ¿¡qué he hecho!? Cogió a Effie suavemente por la cabeza. Un ojo empezaba a ponérsele morado. También sangraba por un corte en el pómulo.

Haymitch se miró la mano con que la sujetaba. Había sangre en sus nudillos.

―No, no, no ―murmuró―. Effie ―La sacudió por los hombros con cuidado. Al ver que no respondía la sacudió con más fuerza―. ¡EFFIE!

Una puerta se abrió y unos pasos apresurados entraron en la habitación.

―¡Haymitch, qué demonios has hecho! ―gritó una voz aguda.

Haymitch se giró y vio a Johanna, que lo miraba horrorizada desde la puerta.

―Yo no… ―farfulló―. Había tenido una pesadilla y…

―¿¡Y te pareció adecuado darle un puñetazo o qué!?

Haymitch la miró con ira.

―¿¡Qué coño insinúas, Johanna, que he golpeado a la mujer que amo por diversión!?

Johanna dio un paso atrás, consciente de su error.

―Iré a buscar ayuda ―dijo, abandonando la habitación.

Haymitch arrancó un pedazo de sábana y la apretó suavemente contra el pómulo de Effie. Probablemente se había dado con la cabeza contra el suelo después de que él la golpeara.

Unos criados se llevaron a Effie a la enfermería. Johanna, Peeta y Katniss (que se habían despertado con todo el revuelo que se había causado) fueron con ella.

Haymitch se quedó sentado en el suelo, con el rostro escondido entre las manos.

···

Effie estaba de espaldas a él, dentro de una habitación con cristal, mientras un médico le curaba la herida del pómulo.

Al parecer, se había despertado con los gritos de Haymitch y había intentado despertarle, recibiendo un puñetazo que la dejó inconsciente.

Haymitch se sentía el peor monstruo que existía sobre la faz de la Tierra. No entendía qué había pasado. Habían estado bailando, riendo y besándose toda la noche.

¡Joder, ni siquiera había probado una gota de alcohol! Se sentía impotente. Aquellas pesadillas no desaparecían nunca. Formaban parte de su ser; se habían adherido a su alma y nunca lo abandonarían. Estaban ahí, al acecho, esperando a que Haymitch estuviera incandescentemente feliz, para recordarle que la felicidad no era para él.

Que ya había perdido una vez a sus seres queridos, y que nunca más encontraría a nadie a quien pudiera querer y sentirse a salvo.

No, porque el problema era él.

Nadie que lo amara estaría a salvo a su lado.

Seguía guardando el cuchillo debajo de la almohada. ¿Qué pasaría si una noche decidía apuñalarla?

Aunque lo tirara, ¿qué le impedía estrangularla una noche, creyendo que era uno de los muertos que venían a por él?

Y llegaría un día en que el alcohol volvería. Siempre volvía.

No, estaba mejor solo.

Por el bien de Effie. Ella merecía a alguien con quien pudiera dormir por las noches sin el miedo a ser golpeada cuando menos lo esperase. No merecía a un borracho cuarentón como él, que no hacía nada de provecho con su vida.

Sacó una carta del bolsillo. Tenía planeado dársela en persona, pero ahora que estaba allí, sabía que querría intentarlo. Le pediría perdón, ella le perdonaría. Pasarían unos días, semanas o meses estupendos y, un buen día, algo malo pasaría otra vez. No podía ni quería llevar aquella carga.

Además de alcohólico y violento, cobarde, pensó con amargura.

Se acercó a Katniss y le habló al oído:

―Dale esto a Effie cuando termine ―le tendió el sobre.

Katniss miró la carta y luego a él con incredulidad.

―Te vas, ¿verdad? ―Era más una afirmación que una pregunta.

A Haymitch le dolió el tono inculpador con el que se lo dijo. No se molestó en responder. ¿Para qué, si todos sabían la respuesta? Cuando ya no creía que iba a coger la carta, Katniss se la arrebató con un tirón y se la guardó en un bolsillo.

Peeta le puso una mano en el pecho, impidiendo que se fuera. Lo miró con gesto grave.

―Effie se merece mucho más que esto.

Haymitch apartó el brazo que lo retenía y se dirigió hacia la salida. Johanna lo miró, pero no le dijo nada.

―En eso estamos de acuerdo, chico.

Se dirigió a la estación de tren. El destino estaba de su parte ese día, pues había tren directo al 12. Estaba de su parte, o era un gran hijo de puta. Haymitch no sabría decirlo.

A medida que el tren se alejaba del Capitolio y de Effie, todos los hilos que sujetaban a Haymitch se rompieron. Todo aquello que lo mantenía cuerdo, sobrio y limpio por dentro desapareció.

Haymitch se levantó y se dirigió al mini-bar.

El whisky le supo a amargura, vergüenza y soledad.