Capitulo XIII

Aterrada, Athena estaba a punto de abrir la puerta para echar abajo ese sitio a fin de dar con el paradero de Iori cuando de pronto, Ash la agarró y le impidió que cometiera semejante suicidio.

—No seas idiota —le mascullo al oído sin soltarle el brazo—. Te harán pedazos… y disfrutarán de lo lindo. ¿Y de qué nos serviría eso a nosotros? De verdad que no me apetece tener que recogerte del suelo y del techo hecha pedacitos. Ni tampoco tener que pisar tus restos esparcidos.

Athena puso cara de asco mientras escuchaba la descripción de lo que podía sucederle. A ella tampoco le apetecía nada que eso ocurriera.

Ash le soltó el brazo y la apartó hacia un lado con la intención de que quedara oculta tras la puerta antes de abrirla. Ella se mordió el labio al verse sola en la estancia. Ash tenía razón. Había estado a punto de cometer una estupidez increíble. Menos mal que la había detenido. Sin embargo, no era capaz de pensar con coherencia tras oír aquella noticia. Era imposible que Iori hubiera muerto.

Las lágrimas le provocaron un nudo en la garganta mientras se lo imaginaba hecho pedazos en el suelo.

« ¿Por qué me preocupo por él?» .

Pegó una oreja a la puerta e intentó aguzar sus sentidos al máximo, pero no se oía nada al otro lado. Ni una sola pista sobre lo que había sucedido o lo que estaba sucediendo.

« Vamos, ¡que alguien me diga algo!» .

Cualquier cosa.

El tiempo pasaba tan despacio que se sentía asqueada.

Temió enloquecer antes de que Ash volviera. De repente, lo vio aparecer en la estancia, frente a ella.

—¿Y bien? —le preguntó, esperanzada.

Ash titubeó y ella sintió que se le detenía el corazón mientras se preparaba para escuchar lo peor. Cuanto más dilatara el momento, más doloroso le parecería, de modo que no sabía si sería capaz de seguir conteniendo los sollozos.

—No está muerto —lo oyó decir por fin.

Athena soltó un sollozo aliviado tras escuchar las noticias, aunque habría matado a Ash de buena gana por hacer semejante pausa. El alivio que sintió al oír aquellas tres palabras la dejó casi sin fuerzas… y lo habría besado de buena gana en ese momento.

Iori no estaba muerto.

« ¡Gracias a los dioses, gracias!» .

—¿Dónde está? —le preguntó a Ash.

Lo oyó tragar saliva.

—No creo que quieras saberlo.

La nota extraña de su voz multiplicó por diez el terror que Athena sentía.

¿Qué podía haber pasado? ¿Lo habría encerrado Orochi tal como habían hecho con Kyo? Un sinfín de terribles posibilidades pasó por su mente mientras recordaba las imágenes y las historias que Ash le había contado sobre ese lugar y lo que sucedía en él.

—Ash —dijo—, vamos. ¿Después de todo lo que me has contado? Necesito saber dónde está.

—Athena, es mejor que no lo sepas. De momento es preferible que sigas aquí.

Con el corazón desbocado, Athena oyó que Orochi echaba pestes por la boca porque no podía abrir la puerta.

—¡Ash, cerdo inútil, sal! ¡Ahora mismo!

Ash desapareció.

Athena pegó la oreja de nuevo a la puerta, desesperada por enterarse de algo.

Si no descubría qué había pasado, se volvería loca.

—¿Has gritado? —oyó que decía Ash con desdén, de modo que le sorprendió que Orochi no le diera un revés.

—¿Puedes matar a ese idiota?

—Puedo intentarlo. Pero no te aseguro que esté de una pieza cuando lo haga.

¿Te va bien así?

¿Ash hablaba en serio?, se preguntó Athena.

—Será mejor que lo hagas, gusano. Necesito su poder. ¿Me has oído bien?

Como lo dejes morir, tú ocuparás su lugar.

—Ya te gustaría a ti.

En esa ocasión, Athena sí oyó el golpe que Ash recibió y que lo estampó contra la puerta que los separaba.

—Tráelo con vida. Lo necesito.

Oyó que Ash se ponía en pie.

—Entonces ¿por qué lo has mandado solo a ese sitio?

La pregunta fue seguida por una sonora y brutal bofetada.

—Será mejor que recuerdes quién eres ahora, gusano. No eres mi igual.

La voz de Ash fue un gruñido feroz cuando replicó:

—Tienes razón, Orochi. Ya sea libre o sea un esclavo, siempre seré superior a ti.

—Alégrate de que te necesite para recuperar a mi perro. De lo contrario, te arrepentirías de esto.

—Sí, que te den también a ti.

Algo aporreó la puerta, sobresaltando a Athena. Sin embargo, no supo si se trató de Ash o de Orochi.

—No dejes que te alteren, cariño. —Era la voz de Azura—. Pronto tendremos la llave y nadie podrá detenernos.

—Sé que no debería alterarme por los comentarios de ese capullo, pero no puedo evitarlo. Se lo tiene tan creído…

—Lo sé, hermano. Pero pasa de él. Hace tiempo que le arrancamos los colmillos, lo derrotamos y lo castramos. Como mucho, ahora solo puede subirte la tensión arterial. Dentro de nada tendrás de nuevo a tu mascota y se curará pronto, como siempre.

Athena dio un respingo al reparar en que esa zorra hablaba de Iori como si no fuera humano. Bueno, en realidad no era del todo humano, pero tampoco era un animal ni un objeto.

¡Esos dos merecían la muerte!

« Te salvas porque no tengo ahora mismo todos mis poderes, ramera» , pensó.

En caso contrario, se abalanzaría a por ella en ese mismo instante.

Azura se echó a reír.

—Cuando se recupere, lo compartiremos y después iremos a por Zeus y su tropa. Pasito a pasito, encontraremos al malacai y ocuparemos el lugar que nos corresponde. Como amos del mundo.

Se alejaron.

Athena se alegró de que no se hubieran percatado de su presencia mientras golpeaba la puerta con las uñas. O más bien se alegró de no haber echado la puerta abajo y cometer una estupidez.

¡Uf! Esos dos recibirían su merecido algún día. Ojalá estuviera presente para verlo cuando llegara el momento.

Sin embargo, el alivio que la invadió con su marcha no duró mucho.

Al cabo de unos minutos, Ash regresó sin Iori. Una circunstancia que le provocó un nuevo ataque de pánico, sobre todo porque estaba cubierto de sangre que no parecía suya. Estaba literalmente cubierto de sangre, de los pies a la cabeza. Parecía Carrie, pero sin el vestido para el baile de fin de curso.

¿Por qué no estaba Iori con él?

—¿Dónde está? —le preguntó, aterrada por la respuesta.

Ash, que estaba muy blanco y no paraba de temblar, se acercó a la mesa y cogió una jarra opaca de color verde sin contestarle y sin mirarla siquiera.

Verlo así le dio muy mala espina.

El líquido que Ash se sirvió en un cáliz de oro con piedras preciosas incrustadas era espeso y de un color peculiar, de modo que Athena frunció el ceño, extrañada. Porque habría jurado que era sangre.

Ash no la miró hasta que hubo apurado el contenido del cáliz.

—Es mejor que no lo veas ahora mismo. Créeme.

—No seas ridículo. Tengo que estar a su lado.

Seguro que lo habrían dejado solo sin nadie que atendiera sus heridas, y eso era lo último que Iori necesitaba. Ash atravesó la estancia y le colocó las manos en los hombros. Sus extraños ojos la miraron con una intensidad abrasadora, una mezcla de furia y asco.

—Athena, escúchame —masculló con los dientes apretados—. Han estado a punto de partirlo en dos. ¿Lo entiendes? —Dio un respingo como si no pudiera soportar el simple recuerdo que acababa de pasar por su mente. Cuando la miró de nuevo a los ojos, Athena habría jurado que vio lágrimas en ellos—. Hace mucho tiempo fui uno de los señores de la guerra más reverenciados, curtido en las contiendas que libraban los dioses y en las masacres más espantosas. He luchado y he sobrevivido a batallas que dejan en ridículo las películas más sangrientas de Quentin Tarantino y jamás, jamás, había visto tanto espanto.

¿Entiendes lo que te estoy diciendo?

Esas palabras la golpearon como si fueran un mazazo.

No podía estar hablando en serio. Seguro que no…

Sintió que las lágrimas se deslizaban por sus mejillas dejando un cálido reguero a su paso mientras se imaginaba lo que Ash había encontrado. Lo que quedaba de Iori…

Ash la soltó y se pasó una temblorosa mano por el cabello con una mueca.

—Es… es horrible lo que le han hecho. Jamás pensé que existía alguien más cruel que Orochi. Ahora sé que existe. —Masculló algo en una lengua que Athena no había escuchado nunca—. No debí permitir que se marchara solo. Sabía muy bien lo que podía pasar. ¡Yo tengo la culpa! De todo. —Inclinó la cabeza y se mesó el pelo—. ¿Cómo he podido ser tan idiota? ¿Tan egoísta? ¡Soy un maldito imbécil!

Athena no sabía si la culpa de Ash se debía a lo de Iori o si se debía a otra cosa. Sin embargo, era obvio que su pasado era tan brutal y traumático como el de Iori. Alargó un brazo y le colocó la mano en el hombro a modo de consuelo.

—Hiciste lo que Iori te pidió que hicieras.

Ash meneó la cabeza y en esa ocasión las lágrimas que anegaron sus ojos fueron reales y lograron que Athena llorara de nuevo al ver que un hombre tan fuerte podía estar tan destrozado.

—Solo quería cinco minutos de tranquilidad, sin sentir el aliento de Orochi y de Azura en la nuca. Cinco minutos. —La miró sin ocultar el odio que sentía por sí mismo—. Condené a un niño inocente a un infierno eterno para conseguir esos cinco minutos. Soy peor que ellos.

—No, Ash. No lo eres. ¿Crees que ellos han considerado siquiera el dolor que le provocan?

Ash puso cara de asco y se zafó de su mano.

—No me trates como si fuera un crío diciéndome lo que soy y lo que no soy. Sé perfectamente en qué me he convertido y jamás me he engañado a mí mismo ni he intentado justificar mis actos con excusas. Conozco perfectamente la bestia que llevo dentro y con la que convivo todos los días.

Una bestia a la que odiaba. No hizo falta que lo dijera.

Athena sabía que no existía consuelo para Ash y que, aunque existiera, él no se lo permitiría. Estaba convencido de que debía pagar por todos sus errores pasados.

Entre tanto, había otro hombre que necesitaba ayuda. Un hombre que de alguna forma había llegado a ser muy importante para ella. Si no podía ayudar a Ash, lo menos que debía hacer era ir con Iori.

—¿Dónde está Iori?

Ash titubeó antes de contestar.

—En su habitación.

—Llévame con él.

—No creo que te convenga verlo así. Es mejor que no lo hagas.

Ella miró furiosa sus ojos dispares.

—Como no me lleves con él ahora mismo, dentro de un segundo, saldré por esa puerta y lo buscaré yo sola.

Ash la fulminó con la mirada mientras mascullaba:

—Serías capaz de hacerlo. Qué testaruda eres. Recuerda que por esa misma estupidez acabé encerrado aquí. De vez en cuando deberías prestar atención a lo que se te aconseja.

Athena reflexionó al respecto. Ash tenía razón. Siempre había adolecido de actuar primero, sin pensar en las consecuencias, y de lanzarse de cabeza a la piscina. Kyo se había pasado la vida echándole la bronca por eso. Pero no pensaba cambiar en ese preciso momento.

—Nos necesita.

Ash meneó la cabeza.

—Bien, pero luego no digas que no te lo advertí.

En un abrir y cerrar de ojos estuvieron en la habitación de Iori, iluminada aún por esa luz azul fantasmagórica. Athena tardó un instante en ubicarse. El silencio reinaba hasta tal punto que los latidos de su corazón le resultaban atronadores. Vio la sangre.

¿Cómo era posible que quedara algo en el interior de su cuerpo?

Iori yacía completamente desnudo en la cama, tan inmóvil que apenas parecía real. No parecía estar vivo. Tenía la cabeza ladeada, de forma que no podía verle la cara, y su cabello, alisado, se extendía sobre la almohada negra.

Athena se preparó para lo peor y atravesó despacio la habitación. Iori respiraba de forma tan superficial que su pecho apenas se movía. Su piel tenía un aspecto lívido y estaba cubierta por una capa de sudor. El mismo sudor que hacía brillar la golondrina de su cuello, recordándole a Athena cómo la había conseguido.

Contuvo un sollozo al pensar en el dolor que ese hombre llevaba soportando toda la vida y deseó poder borrarlo por completo.

Iori tenía las piernas estiradas y un brazo sobre el pecho, justo sobre…

El espanto la dejó paralizada.

—¡Por todos los dioses! —susurró cuando por fin pudo ver aquello sobre lo

que Ash la había advertido.

Jamás había visto una herida tan horrible. Daba la impresión de que una espada lo había atravesado por un costado, sobre la cadera y por debajo de la última costilla, y se había detenido al llegar a la columna vertebral.

¿Cómo era posible que siguiera vivo? Desafiaba la lógica, y Athena no alcanzaba a imaginar la agonía que debía de estar sufriendo.

Pero lo peor de todo era que seguía consciente. En contra de todo pronóstico y en contra de la razón. Aunque tenía los ojos casi cerrados, el dolor que lo torturaba se reflejaba en ellos cuando volvió la cabeza para mirarla.

Su respiración se aceleró al tiempo que fruncía el ceño, la misma mueca que imitaba el maquillaje que se aplicaba.

¿Cómo podía soportarlo sin aullar? ¿Cómo? Bueno, en el fondo lo sabía.

Estaba acostumbrado al dolor.

Era lo único que conocía.

Athena quiso gritar por lo que le habían hecho. Carecía de sentido. ¡Que la ira de los dioses cayera sobre ellos! ¿Por qué no lo estaba atendiendo nadie? ¿Por qué no hacían algo para aliviar su dolor?

Sin embargo, también conocía todas las respuestas a aquellas preguntas.

Nadie se preocupaba por él. Nadie salvo ella.

Tras cogerle la mano ensangrentada, se arrodilló en el suelo a su lado. Lo último que quería era mover la cama y que eso aumentara su dolor de alguna manera.

—¿Qué ha pasado?

Iori tragó saliva y le dio un leve apretón en la mano. No contestó. Sin dejar de mirarla a los ojos, se dirigió a Ash, que estaba a la izquierda de Athena.

—Voy a devolverle sus poderes. Necesito que la saques de aquí, que la devuelvas a su mundo.

Athena negó con la cabeza.

—No me iré mientras tú estás así.

El ceño de Iori se intensificó.

—Tienes que hacerlo. Necesitas irte ahora mismo.

—No. Yo…

—Athena, escúchame. —Se tensó e hizo una mueca, como si el dolor hubiera aumentado. Jadeó durante unos segundos, incapaz de soportarlo. Después disminuyó la fuerza con la que le apretaba la mano y abrió de nuevo los ojos—. No me atacaron. Me… me torturaron.

Athena tardó varios segundos en comprender lo que acababa de escuchar. No tenía el menor sentido.

—¿Por qué?

De repente, Iori comenzó a sudar, como si el hecho de hablar le supusiera un esfuerzo desmesurado.

—Los dioses griegos te están buscando. Pero no para llevarte a casa. Los han enviado para matarte.

La información era tan inverosímil que Athena se quedó boquiabierta.

—¿Qué?

—Está diciendo la verdad —terció Ash, que estaba tras ella—. Lo encontré clavado en la Muralla. Parece que estuvieron toda la noche intentando que te traicionase.

Iori tosió y escupió una bocanada de sangre, y el resto de sus heridas sangró aún más. Sus ojos azules quedaron empañados por las lágrimas.

—No les he dicho nada. Pero saben que estás en Azmodea. Por eso entraron en mi habitación. Percibieron tu presencia en ella de alguna manera. —Tuvo que hacer una pausa para recobrar el aliento—. Ash ha bloqueado tu presencia durante toda la noche para que no te localizaran.

Sus palabras la dejaron pasmada. ¡Aquello no tenía sentido!

—¿Por qué iban a querer matarme?

¿Qué mal les había hecho ella? Se había mantenido alejada de los dioses griegos de forma deliberada.

—No me lo han dicho. Pero debes irte y esconderte. No se detendrán hasta verte muerta —dijo al tiempo que se llevaba su mano a los labios ensangrentados y le besaba los nudillos.

En cuanto sus labios le rozaron la piel, Athena sintió un hormigueo que le indicó que había recuperado sus poderes.

Cuando le soltó la mano, no había ni rastro de sangre en ella.

—Vete. —Al ver que no se movía, Iori miró a Ash —. Sácala de aquí.

Ash asintió con la cabeza y después tiró de ella hacia un rincón, alejándola del campo de visión de Iori. Antes de marcharse, le susurró al oído:

—Hay algo que debes saber.

—¿El qué?

—Iori podría haberle puesto fin a la tortura en cualquier momento, solo con decirles dónde te encontrabas. Lo dejaron porque cuando llegó su relevo y vio que quienes lo estaban torturando eran dioses griegos y no los secuaces de Thorn, pidió refuerzos. De lo contrario, aún estaría clavado en la Muralla... protegiéndote.

Entregando su sangre y su carne por ella.

Oír esas palabras hizo que se le rompiera el corazón. Iori no protegería a nadie salvo a sí mismo. Ese era su credo. ¿Cuántas veces se lo había repetido? Sin embargo, yacía en la cama, cruelmente herido por intentar salvarla.

¿Cómo iba a dejarlo así? Ahi fue cuando se le ocurrió usar sus poderes psiquicos.

— Voy a curarlo

Ash la vio acercarse a Iori y extender sus manos hacia el y su energia psiquica comenzo a brotar de sus manos y ese poder iba hasta Iori curando algunas de sus heridas.

—Esta muy lastimado, mis poderes no son suficientes para curarlo por completo. -dijo con tristeza Athena. —¿Qué le pasará cuando yo me vaya?

Ash guardó silencio mientras sopesaba las opciones.

—Acabará sanando. El dolor será insoportable hasta que eso suceda, pero… sobrevivirá. Sin embargo, si Orochi descubre que lo torturaron y que no fue atacado por las huestes de Thorn, sino que lo interrogaron los dioses griegos… su castigo será mucho peor que esto. Porque, al retenerte, ha atraído al enemigo al hogar de Orochi. Y eso no es algo que ese par de gilipollas vay an a tomarse a la ligera.

Athena no imaginaba nada peor. Pensarlo le revolvió el estómago.

Y en ese momento supo lo que debía hacer.

Sin que le importasen las consecuencias.

—¿Cómo lo saco de aquí?