EPÍLOGO
Enfurruñado, Lovino contemplaba el paisaje desde el avión, mientras rememoraba el momento en el que una mole de músculos se plantaba frente a él para preguntarle si quería pasar las vacaciones en su Alemania natal. Al principio, Lovino pensó en que el idiota pudo haberse equivocado de hermano; pero eso no era posible porque ya conocía muy bien el cuerpo de Feliciano, quien, a su lado, se mostraba atónito al ver cómo había retorcido el papel del bocadillo que acababa de entregarle una de las azafatas.
Lovino mandó a la mierda a quien se le puso por delante, pensando en quizá la lástima que sentía el mastodonte porque Lovino se quedaría solo en verano, recluido en su mansión, cuando éste tenía planes mucho más interesantes que involucraban chicas, vino y drogas. Ante su negativa, no volvió a insistir. Quien sí lo hizo fue Feliciano. El cabrón seguro que estaba planeando juntarle con esos malnacidos que visitaron Venecia en diciembre. De hecho, los nervios de Lovino se retorcían porque no podía esperar. Lovino disimuló diciendo que tenía que cuidarle apropiadamente, pues el alemán no lo haría en cuanto pisara su país, trataría de hacerle comer patata y de volverle cuadriculado, y él, como su familiar más cercano, debía evitar eso.
Feliciano pareció muy contento con la explicación, y allá iban los tres, en clase turista, destino a Berlín, con ideas muy diferentes, a saber: Feliciano estaba extremadamente contento porque podría conocer la cultura de su amado; su amado volvía a casa por un tiempo determinado antes de volver a Venecia, en un merecido descanso de vacaciones de verano; Lovino… bueno, no tenía claro qué haría, pero de momento su ocupación sería molestar al teutón todo cuanto pudiera.
Aunque sus primeros intentos no dieron ningún fruto; primero, trató de meter una maleta para facturar, solo para que el rubio pagara por ella; ahora estaba pidiendo comida indiscriminadamente en el avión por el mismo motivo, pero comenzaba a pensar que la jugada le estaba saliendo mal, porque tanto él como Feliciano lo miraban con pena, sin poner freno a ninguno de sus caprichos.
Y él no era nadie por el que debieran sentir pena: el hecho de estar soltero y sin pareja solo le hacía ser más deseable. No perdió oportunidad de flirtear durante su vuelo, ni de hablar con cualquier señorita que se pusiera por delante.
Al llegar al centro, Berlín le pareció horrorosamente limpia, y trató de arrojar uno de sus envoltorios al suelo, cuando la mirada del alemán lo taladró.
—Nadie ensuciará mi ciudad, y si tú lo haces, a partir de ahora viajas solo.
Y es que Ludwig, después de todo, imponía.
En serio, Lovino no estaría mucho más feliz que acatando esa orden, pero en cuanto se imaginó a sí mismo deambulando por las calles, tratando de hablar con esos bárbaros, siendo él quien tuviera que hablar inglés para ser entendido (y a veces, ni haciendo ese esfuerzo), claudicó, pensando en que tendría muchas otras posibilidades de molestar a Ludwig, y mejores.
Para nada se esperaba que ese maldito viviera en una casa tres veces más grande que la suya (que ya era decir), con un hermoso jardín lleno de prímulas, rosas alabarderas y lirios, con una gran barbacoa y una bonita pérgola de madera.
Dos canes enormes se lanzaron hacia ellos, seguidos por un alto albino de ojos muy claros, que abrió los brazos para cobijar al alemán menor. A Lovino le dio un ataque cardiaco. Miró a uno y otro lado, se escabulló a un lado del jardín, mientras uno de los canes le ladraba y movía la cola, en un claro énfasis de recibir cariño.
—No me gustan los perros alemanes.
Cuando el tal Gilbert los hizo pasar a su salón y les pidió ponerse cómodos, Lovino tuvo otro ataque.
"Tengo que calmarme. Nada de lo que hay aquí puede ser de mi gusto, por lo que tendré que disimular y adaptarme lo mejor posible".
La adaptación resultó un shock al enterarse de que compartiría habitación con su hermano Feliciano. Su hermano no podría dormir con el alemán. Debían ser muy puritanos en Berlín o ese rubio era tonto. Pero no iba a quejarse, apostaba a que el resto de los días, Feliciano lo ignoraría en pos de su falso Hulk.
En esto no se equivocó. Al día siguiente, cuando Lovino se despertó, encontró a Gilbert en la cocina.
—¿Y mi hermano?
—Kesesese —fue todo lo que pudo articular Gilbert, porque ese idiota no sabía inglés como él, apenas le pudo responder que ambos se habían ido a dar un paseo a caballo.
Lovino se enfurruñó, pasó toda la mañana gruñendo por toda la casa, desordenando habitaciones demasiado ordenadas y entrando donde se suponía no tenía permiso. Poco después regresó Feliciano con su tonto novio. Ludwig los llevó a ambos al centro con su coche a un distinguido restaurante alemán que apenas le llegaba a los talones a cualquier comida italiana, pero al menos, no era un sitio con mal gusto, por lo que Lovino dejó de quejarse durante la comida.
Al cuarto día no podía decir absolutamente nada malo de Ludwig Beilschmidt porque:
1. Lo habían llevado a todas sus citas.
2. Le habían invitado a comer siempre.
3. Le habían tratado de integrar en todo momento.
Y gruñó todavía más, porque eso solo significaba que le iban a pedir algo. Efectivamente, cuando Gilbert se acercó a su persona ese jueves nublado para invitarle a una fiesta en casa de un amigo, Lovino preguntó:
—¿Voy a ir yo solo?
—Feliciano y Ludwig se quedarán aquí dándose besos —Ante aquella aclaración, Lovino quiso vomitar—, yo no voy a aguantarlos, ¿tú?
El alemán lo miraba con una sonrisa de oreja a oreja. Seguro que podría preguntarle… no sería…
—¿Y dónde está esa casa?
—Iremos en el coche, no te preocupes, yo te llevaré. Soy muy buen chófer —Lovino se abstuvo de indicar que si era igual a su hermano, apestaba, porque el trayecto hasta el centro fue tan insufrible que se durmió.
Lovino murmuró algo que podría traducirse como un "sí", y cuando dio la hora, subió al asiento del copiloto. Cuando arrancó, Lovino respiró. Al menos, este alemán sabía conducir (poner el coche a cien en ciudad), y su cháchara era mucho más entretenida que la de Ludwig, a saber, cotilleos y mujeres, aunque fuera en un inglés pésimo y mal pronunciado. También le contó su drama con la húngara, se cagó en su primo mil veces porque le había robado a la mujer vilmente, aprovechando su ausencia. Lovino le dijo que no debía preocuparse por ese tipo de mujeres que preferían a hombres cultos, pues si era así, ellas mismas no serían divertidas en ningún momento, por eso buscaban hombres tan sosos y autistas. No pudo evitar pensar en Feliciano y el gorila.
La casa en el centro no era nada impresionante, pero albergaba un buen número de gente, la mayoría alemanes. Y mujeres, a Lovino le daba igual su nacionalidad, con ellas siempre se podía hablar el lenguaje universal. Había alcohol, cervezas y mucha comida. Como no podía ser de otra forma, las mujeres se rindieron a su encanto latino, y esa noche también él triunfó (se abstuvo de recrear en su mente imágenes de su hermanito y esa mole de músculos desnudos, uno sobre otro).
Volvieron a casa muy tarde, pero desde ese día tuvo una opinión totalmente diferente de Gilbert, y cuando se durmió recordó sentir por él algo parecido al respeto.
Los hermanos Beilschmidt trataron de ser buenos anfitriones, llevando a ambos Vargas al centro a visitar edificios y museos emblemáticos, invitándolos a barbacoas, a restaurantes y bares, llevándolos a ver rastrillos medievales… justo cuando Lovino había bajado la guardia y estaba disfrutando de sus vacaciones tomando una cerveza caliente, en bañador, sobre una de las hamacas, con sus gafas de sol, algo se movió en su campo de visión.
—¡Bienvenuttiiiiiiiii!
Lovino se giró, cayéndose de la silla de la impresión, con el corazón a mil. Unas risas acompañaron su vergüenza.
—¡Maledizione, ho merda su tutti i vostri morti! (1) —un divertido Antonio lo contemplaba, atónito.
—Arrea. Las palabrotas en italiano hasta suenan cultas.
Lovino se cubrió de nuevo con sus gafas mientras el otro le daba un abrazo de bienvenida. Se puso rígido. Después volvió a maldecir y se retiró a por un poco más de alcohol. ¿Por qué tenía que aguantar a ese idiota?
A la hora de la comida, ese invitado innecesario comió con ellos, junto con el rubio espigado francés que llevaba perilla y vestía de forma pomposa, quien llegó un poco más tarde, pero justo cuando Ludwig y Gilbert terminaban de asar en la barbacoa.
Dio unos pasos terriblemente elegantes y sonrió a uno de los italianos.
—Un gusto verte, Feliciano —el rubio le besó la mano hasta que Feliciano la retiró.
—Igualmente.
—Por tu bien, prefiero que esta comida sea cordial —amenazó Lovino, acercándose.
—Oh, no te preocupes, ya he conquistado Italia.
—No me des motivos para echarte —advirtió un furioso Ludwig desde la distancia.
—Vamos, relajaos, es verano. He traído una deliciosa sandía que vamos a compartir, servíos —dijo el español regresando de la cocina.
Lovino nunca había probado esa fruta: sabía a vida, a riachuelo, a sol, a frescor de primavera.
—¡Está delicioso, Antonio! —el aludido le alborotó el cabello a Feliciano, sin preocuparse lo más mínimo por las miradas de Ludwig.
—Me alegra mucho que te guste —Curioso, se dirigió hacia su hermano—. Cuál era tu nombre, algo parecido a amoroso, ¿no?
Lovino lo fulminó con la mirada, le pateó en la espinilla y se levantó para degustar la sandía en otro lugar. El español fue hacia él para quitarle hierro al asunto. Por supuesto que recordaba que se llamaba Lovino, solo había querido bromear.
—Stronzo de merda, no te acerques a mí, no me gustas —estableció, en un inglés mezclado con su idioma natal.
—Veo que conservas ese carácter. ¡Pero ven a sentarte con nosotros! La comida no será lo mismo sin ti.
Lovino decidió dejar de llamar la atención. Feliciano no parecía molesto por sus bromas y se le veía alegre por la presencia de los otros dos. Lovino no quería sentirse afectado, aunque los considerara idiotas. Se limitó a comer las salchichas, las patatas y las verduras puestas sobre la mesa, pasadas por la parrilla. Lanzó miradas de odio durante todo el rato hacia el idiota español, mientras retorcía el dobladillo de su camisa verde, aquella que juró tirar, pero nunca tuvo corazón porque había sido un regalo de su hermano, aunque ese Antonio lo ayudara a elegir.
En la sobremesa, a Antonio se le ocurrió sacar la manguera del jardín para empaparlos a todos, traduciéndose en varios gritos, risas y diversos insultos en lengua latina.
—¿Qué opinas? —preguntó Feliciano sentado sobre el regazo del alemán, mientras Ludwig miraba con curiosidad al grupo.
—No veo sobre qué tengo que opinar.
—¿Seguro? Dio, Lud, ¿cuánto tiempo te costó saber que me moría por tus huesos?
Un apretoncito en sus caderas y Ludwig respondió:
—No sé. ¿Desde que te salvé la vida?
Feliciano se volvió para besarlo con parsimonia.
—A esto te referías cuando decías ser alemán. Me gustaste desde que me cogiste al vuelo en el campanario.
Ludwig gruñó. Entre las escenas de él con Feliciano, esa era una que deseaba olvidar.
—Pero tus brazos son dicha.
—Cállate —ordenó Ludwig. Nunca podría acostumbrarse a sus elogios exacerbados.
—Solo observa a mi hermano.
Ludwig contempló cómo trataba de alejarse de la manguera blandida aún por Antonio. Él y Francis corrían como locos por el jardín, mientras Antonio y Gilbert los perseguían: Gilbert ya estaba empapado, por lo que trataba de coger a los otros, aún secos. Ludwig observó cómo corría Lovino. Le parecía igual que siempre, insultando y quejándose de todo.
Recordó el día que le pidió disculpas por haberle mentido: estaban en casa de los Vargas, Feliciano había salido a comprar y llegaba tarde. Ludwig estaba tieso como un palo, sentado en el sofá. Le había llevado unas flores a Feliciano, que aguardaban, aún en su envoltura, margaritas, gladiolos y azucenas. Lovino estaba recargado en el umbral de la puerta, con los brazos cruzados, mirándole fijamente. Comentó lo feliz que era Feliciano, cuánto había mejorado en su terapia (en muchas ocasiones, Ludwig lo llevaba al médico), debió darse cuenta de que iban en serio y que el alemán no parecía estar haciéndolo mal.
—¿Adónde vais hoy?
—No lo sé, Feliciano quería llevarme a un museo.
— A esta hora los museos están cerrados, ¿crees que soy tonto?
Ludwig se encogió de hombros.
—Solo repito lo que dijo Feliciano. Si quiere hacerme una encerrona, lo descubriré después.
Silencio.
—Eh, patatero. ¿Cuándo… cuándo vendrá tu hermano a verte?
—No lo sé. ¿Quieres que te dé su teléfono?
Ininteligibles palabrotas en italiano.
—De todos modos, siempre podemos ir nosotros.
—¿Ir adónde?
—A verle, a Alemania.
—¿Y para qué me ibas a invitar tú, si me odias?
—Lamento decepcionarte, pero no te odio. Solo resultas… complejo.
—¡Eso es un insulto!
—Yo no lo veo así.
Lovino bostezó ruidosamente.
—¿No has dormido bien? —preguntó el alemán, educadamente.
—Llevo unos días muy malos. Trabajo mucho, festejo mucho, no hay horas suficientes para mí en el día. Aunque cuando me tumbo y trato de dormir no soy capaz. No es que te importe, claro.
—De hecho, si me permites una observación… hay unos tés maravillosos que me dejaban k.o. cuando creí que Feliciano ya no estaba. Puedo darte el nombre, si no te desagrada el té.
Lovino miró al suelo y se sonrojó furiosamente. Apretó los puños, encogió los hombros. Inspiró y respiró, con la mirada en el infinito. Las orejas le ardían.
—Ah, otra cosa. Los dibujos —el rubio había estado estudiando profusamente aquella carpeta del día del chantaje. Lovino arrugó el gesto, sin entender—. Los dibujos de Feliciano, los que me diste. Creo que no me dibujaba a mí.
—¿Cómo?
—Su primer amor.
—¿Te lo contó?
—Creo que le sigue amando. Creo que el de los dibujos no soy yo, sino él.
Para Ludwig era muy sencillo: los dibujos eran todos absolutamente diferentes. En una ocasión la mandíbula era más apretada, en otros los ojos vestían un azul diferente, a veces las orejas tenían los lóbulos pegados al cuello, o bien los pómulos eran más pronunciados. En los dibujos a carboncillo trataba de recrear un rostro distinto, cada vez. Feliciano, siendo tan buen dibujante, habiendo recreado el Campanile y algunas iglesias de memoria, sin tener que visitarlas, ¿cómo le iba a costar tanto hacer un dibujo realista sobre una persona? Muy fácil: solo porque no sabía cómo podía ser ese rostro. Lo recreaba solo con sus recuerdos de infancia, poniendo su mejor énfasis en hacer un retrato robot de alguien que se había marchado siendo un niño y cuyas facciones podrían haber cambiado de seguir vivo ahora.
Feliciano no estaba dibujando a Ludwig, estaba dibujando a Sirge, su amor de la infancia, y así se lo hizo saber a su hermano.
—¿Se lo has preguntado?
—No. Solo es una hipótesis.
—¿Y no te importa? ¿No te molesta?
El alemán se encogió de hombros.
—Eso dice mucho de Feliciano. Significa que ama con toda su alma. Significa que su corazón no olvida. Me asusta no estar a la altura. Tal vez yo no pueda amarlo igual. El hecho de que esté conmigo y se entregue así, me hace esforzarme cada día.
—Pero tal vez te esté sustituyendo.
—¿Cómo puedo temer a alguien que falleció? Me siento afortunado de haber podido abrazar a Feliciano, de haber podido encontrarnos. Y más aún de poder tener la posibilidad de hacerlo feliz.
Lovino se giró, conmovido. Se retiró las lágrimas rápidamente, avergonzado.
Debió costarle horrores pronunciar:
—Eh… per-per-per-perdono por eso.
—¿Disculpa?
—¡Que lo siento, maledizione! No sabía que echarías de menos a mi hermano. Por eso te dije que había fallecido, para que siguieras con tu vida. Y cuando empezaste a entregar flores en su nombre, y a recordarlo… supe que no era un capricho. Por eso pensé que había pasado algo entre vosotros. Cuando me enteré de que no fue así… me asusté aún más.
—Pero los médicos…
—Les conté que eras un acosador y que querías secuestrarlo, pero que no quería la intervención de la policía. Con dinero e influencias puedo ser muy poderoso…
Ludwig se tuvo que levantar, asombrado. En ese instante llegó Feliciano, llenando la casa con su energía. Lovino lo miró con ojos brillantes, con tristeza y cierto gesto de envidia para desaparecer camino a la bodega.
—Creo que es una mala idea que le sigas mirando —Ludwig pestañeó, saliendo de su recuerdo. Sobre él, un enfurruñado Feliciano lo miraba, expectante.
—¿Qué pasa?
—Te dije que miraras a Lovino, pero ahora te ordeno que no lo hagas.
—Amore —Ludwig le atrajo hacia sí para oler su cabello—. Solo pensaba en cuánto te gustaron aquellas flores que te llevé…
Feliciano, finalmente, abrazó y besó al alemán. Se sentía tan lleno y correspondido…
Siempre adoraría su etapa como campanero, porque allí fue donde conoció el amor… esperaba que durara para siempre. Suspiró, perdiéndose en la amable mirada azul de Ludwig.
Un poco más allá, Lovino había sido cogido por Gilbert, y Antonio lo rociaba con agua.
Reía a carcajadas, ajeno al destello de deseo que reflejaba su mirada.
Notas de traducción:
(1) ¡Maldición, me cago en tus muertos!
Bueno... y así finalizamos la historia del campanero y el ingeniero alemán. Espero haber atado todos los cabos.^^
Mil gracias a todos lo que estuvieron esperando y emocionándose con esta historia, y a ti si la has intentado leer y no has dicho nada, o no te ha gustado, gracias por darle una oportunidad.
Había incluido una serie de links que me han servido como bibliografía para poder documentarme a escribir, pero olvidé que fanfiction no es amante de los links... pero si alguno quiere conocerlos, puedo enviarlos perfectamente a vuestros correos.
Un abrazo, cuidaos mucho y hasta la próxima.
