CAPÍTULO 14: EL PRINCIPIO DEL FIN.

---------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

Castlevania y todos sus personajes son propiedad de Konami, y yo no saco nada de esto, a parte de un par de críticas para mejorar mi estilo de escritura. Este capítulo se ha escrito usando la banda sonora de Perfect Blue.

---------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

Ana María miró las escaleras ante ellos con una mezcla de aprensión y espectación. Dos niveles por encima de ellos, el adversario final, aquel a quién había venido a derrotar, les estaba esperando. Tan cercano parecía el final que Ana no acababa de creerselo. No sabía lo que le esperaba arriba, y lo esperaba al mismo tiempo que lo temía. Era la prueba final, y después de eso, a casa. Pero... ¿Realmente sería tan sencillo?

Alucard pasó por su lado y comenzó a subir los escalones, sacándola de su ensimismamiento. La joven detective se apresuró a seguirle, y tras ella fueron Van Helsing y Morris. La escalera era estrecha y oscura, apenas iluminada por unos pocos candelabros encendidos, cuya luz producía sombras que, lejos de tranquilizar a los humanos, convertían la subida en algo espectral y atemorizador en si mismo. Ana se sorprendió pensando que, en caso de haber estado en una película de terror, ahora estaría sonando una musiquita truculenta y los espectadores estarían agarrados los unos a los otros, o a los brazos de sus asientos, a la espera de que el monstruo, el fantasma o lo que fuera se lanzara sobre el desprevenido grupo. Miró de reojo a sus compañeros detrás de ella y por sus caras pálidas dedujo que debían de tener pensamientos e ideas similares a los de ella. Pronto volvió la vista al frente, pues no tenía ninguna intención de caerse por la escalera.

Finalmente, dicha escalera desembocó en un pasillo largo. Frente a ella, una segunda tanda de escalones subía al siguiente nivel, mientras que el resto del corredor se abría en ambas direcciones, con puertas de madera a uno y otro lado del mismo. Las teas que ardían iluminando el pasillo le daban un aspecto tan tétrico como los candelabros a la escalera.

-No sé si lo he dicho antes- cometó Ana-, pero odio este sitio.

-No eres la única- respondió Morris.

-¡Venga! No es momento de desfallecer- les animó Van Helsing-. Estamos cerca. Ya falta poco.

-Es eso precisamente lo que me preocupa- musitó la española. Algo que era mezcla entre intuición femenina, instinto de supervivencia y sexto sentido detectivesco le decía que Drácula no iba a darse por vencido. Y el castillo parecía una extensión del propio dueño.

La detective se adelantó a examinar las escaleras que conducían al siguiente nivel, mientras Alucard investigaba uno de los pasadizos. No continuarían hasta que estuviesen convencidos de que aquel lugar era seguro. Morris, que al parecer era de la misma opinión que el dhampir y la mujer, se asomó al otro corredor, intentando vislumbrar algo en aquella penumbra. Van Helsing se acercó al americano, con la intención, al parecer, de ser de ayuda a su amigo, y también de analizar la situación.

Ana María, satisfecha al ver que la escalera estaba en apariencia despejada, se volvió hacia sus compañeros para anunciarlo... y miró hacia arriba para ver como el techo de sólida roca comenzaba a agrietarse.

No le dio tiempo a gritar. Alguien, en aquel momento no sabía quien de sus tres compañeros, se lanzó sobre ella y la empujó y arrastró a toda velocidad escaleras arriba. Se produjo un horrible estruendo, que fue acompañado con un grito agudo y chirriante, antes de que se levantara una enorme nube de polvo al caer una gran cantidad de roca sobre el punto en el que antes había estado ella.

Durante unos instantes, el polvo obligó a Ana a toser y cerrar los ojos. Ella y el que la había tirado al suelo estaban agarrados el uno al otro, incapaces de ver nada en aquella polvareda. Cuando el aire por fin se aclaró, Ana María vio que el pasillo había quedado bloqueado por completo, pues todo el techo de aquella zona se había venido abajo. Y también pudo ver que su salvador no era otro que Alucard, que aparte de tener el pelo usualmente blanco de un color gris ceniciento a causa del polvo, seguía mostrandose impasible. La conmoción apenas le duró a Ana medio minuto, antes de que, alarmada, se diera cuenta de que no sabía donde estaban sus otros dos compañeros. Empujó a un lado al dhampir con una fuerza que sorprendió al sufrido personaje y se lanzó escaleras abajo hasta el derrumbamiento.

-¡¡ROBERT!! ¡¡SAMUEL!!- llamó a pleno pulmón, pero no obtuvo más respuesta que algunos ruidos apagados.

Desesperada, siguió llamando a gritos, golpeando las rocas con sus puños, sin pensar en el dolor ni en las raspaduras que se estaba haciendo, hasta que Alucard, saliendo de su asombro (cosa bastante sorprendente en el calmado y en general insensible dhampir), la sujetó por la cintura y la arrastró lejos del derrumbamiento, haciendo acopio de todas sus fuerzas, pues Ana se resistía como si le fuera la vida en ello, chillando y llorando. El dhampir soltó un gruñido cuando un codo de ella se clavó en sus costillas, pero no aflojó su presa.

-¡Ana, por todos los demonios, haz el favor de calmarte!- ordenó.

-¡No! ¡Eso no!- lloraba ella, haciendo caso omiso de las palabras de Alucard-. ¿Por qué ellos? ¡Eran mejores que yo! ¡No puede ser!

Los bruscos movimientos que Ana María hacía para liberarse se redujeron pronto a un temblor de hombros y a unos sollozos desgarradores.

-No pueden haber muerto...-susurró ella.

Alucard la obligó bruscamente a darse la vuelta y a encararse a él.

-¡Escúchame!- dijo él-. No sabemos si han muerto o no. Y aunque fuera así, maldita sea, ¡tienes que reaccionar!

Los sollozos se detuvieron de inmediato, y Ana le miró con los ojos enrojecidos abiertos como platos. Acostumbrada al carácter silencioso del dhampir, aquella reacción la había dejado tan sorprendida que no podía analizar nada más allá del discurso de Alucard.

-Arriba está el causante de todo esto- continuó él, importándole muy poco ya lo que quedaba de su autocontrol-. Ahora no podemos dar marcha atrás, o averiguar si están bien o no- colocó sus manos a los lados de la cara de ella, sus dedos enguantados enredándose en los cabellos cubiertos de polvo y suciedad-. Se nos agota el tiempo, y te necesito en plena forma. Tienes que hacerlo, por ellos y por nosotros.

Un sonido parecido al de un trueno resonó en las paredes, y ambos Alucard y Ana María miraron hacia arriba, hacia la oscuridad que ahora reinaba en la escalinata. Cuando el estruendo pasó, el dhampir se volvió hacia la humana.

-Si crees que no puedes continuar, no te obligaré. Pero tendrás que esperar aquí. No hay ningún sitio seguro después de esto.

Ana María miró a Alucard sin saber que hacer. Aunque el rostro de él no reflejaba ninguna expresión, sus ojos grises eran un torbellino confuso de emociones que ella era incapaz de descifrar. Hechizada por aquella mirada, dio un brinco cuando notó algo apretandose contra su brazo. Bajó la vista y se encontró con los ojos ambarinos de Dinin. El pequeño gato, aunque en apariencia estaba en perfectas condiciones, maullaba lastimeramente, como comprendiendo el dolor y confusión de la mujer. Ana se mordió el labio, pensando que era lo que debía hacer.

Y entonces recordó. Recordó el dolor y la tristeza en los ojos de su bisabuelo, que había luchado contra Drácula y había perdido en el camino lo más querido para él. Recordó a sus compañeros en Alemania, y las muertes que había presenciado. Y recordó a Van Helsing diciéndole lo desesperado de la situación. Y tomó una elección.

Se agachó, recogió la Lanza de Brujas, y miró a Alucard con una mueca de determinación.

-Voy contigo- anunció-. Le haré pagar a ese cerdo todas y cada unas de las muertes que ha causado, y con intereses.

El rostro de Alucard pareció suavizarse por unos segundos, tan poco tiempo que a Ana María le pareció una ilusión, y asintió con la cabeza.

-Sígueme- dijo, y comenzó a subir la escalera.

Sin pensarselo dos veces, Ana María corrió tras él.

**********

Tal vez, si Ana María hubiera prestado más atención a los sonidos que había escuchado al otro lado de la roca, se hubiera preocupado menos por el destino de sus dos compañeros humanos. Aunque no demasiado.

Van Helsing y Morris también habían detectado los signos del derrumbamiento, y habían saltado al suelo y rodado lejos del derrumbamiento. Tosiendo a causa del polvo, acabaron constatando que el camino que deberían haber seguido, así como su ruta de escape, habían quedado selladas.

Samuel lanzó una sarta de improperios que habría sonrojado a Ana María, quien era muy dada a usar una buena cantidad de palabras malsonantes cuando algo no le iba bien. Robert se sintió tentado a hacer lo mismo, pero se contuvo. Había algo allí que no le gustaba. ¿Cómo demonios había podido producirse un derrumbamiento así? Por muy viejo que fuera el castillo, había sido construido a conciencia... Robert llegó a la lógica conclusión de que algo, o alguien, había causado la caida del techo. Pero... ¿Qué? ¿O quién?

Finalmente, la enorme polvareda se asentó, y Morris y Van Helsing pudieron ver lo que les rodeaba. Varias de las teas se había apagado, dándole un aire muchísimo más horripilante si cabía al lugar. El alemán entrecerró los ojos, dirigiendo su mirada hacia la zona ahora obstruida. Había algo que no le gustaba. Morris debía ser de su misma opinión, puesto que estaba en guardia, con el látigo preparado.

-Ahí hay algo- anunció, sus ojos fijos en las rocas que les impedían el paso.

Sí, se dijo Robert, ahí había algo. Y aprestó sus kukri, a la espera de que ese algo, fuera lo que fuera, les atacara.

No hubo mucho más aviso que un par de pequeñas piedras de granito deslizándose por la pendiente de rocas, pero fue suficiente para los dos cazadores. Cuando algo salió disparado del interior de la montaña de piedras, los dos cazadores saltaron hacia atrás y hacia los lados, esquivando a duras penas el ataque. Finalmente, pudieron ver que era lo que había causado el derrumbamiento: un esqueleto de una sierpe, con la cabeza pequeña y redonda, que abría su mandibula, monstrando unos enormes colmillos de desagradable aspecto, mientras su cuerpo se movía en espirales hipnotizadoras, a la espera de encontrar un resquicio por el que atacar. Samuel y Robert se miraron y asintieron.

De pronto, Van Helsing lanzó una andanada de cuchillos, que chocaron contra la cabeza y cuerpo de la esquelética sierpe, saltando lascas de hueso. La sierpe lanzó un chirrido horripilante, como si a las puertas del Infierno les hiciera falta aceite y alguien las estuviera cerrando, y abrió la boca, lanzando un proyectil de fuego mágico a la altura de las rodillas de Van Helsing. Tanto él como Samuel saltaron para evitar el fuego maldito, y Samuel hizo restallar el látigo varias veces sobre la cabeza de la sierpe. Esta lanzó su cabeza y parte de su cuerpo hacia delante con la boca abierta, y rozó con sus enorme colmillos el brazo de Robert, que apenas había alcanzado a apartarse de la trayectoria.

El alemán, viendo su oportunidad, clavó en profundidad uno de sus kukris entre una vertebra y otra, he hizo presión. La sierpe intentó volverse hacia él, pero una y otra vez se vio obligada a mantener la mirada fija hacia delante, intentando evitar o frenar las acometidas del látigo de Morris, que brillaba con una espectral luz verde azulada. Robert hizo palanca con el kukri, y por un momento pensó que su arma se quebraría, pero finalmente, con un sonido como de desgarro, la columna de la sierpe se partió. La cabeza, junto con parte del cuerpo, cayó al suelo e intentó morderle los pies a Morris, que no muy ilusionado con la perspectiva de tener los colmillos del monstruos clavados hasta el hueso, le propinó un poderoso pisotón al craneo, partiendolo en mil pedacitos.

Seguros ya de que la esquelética sierpe no se volvería a levantar, los dos cazadores se dejaron caer al suelo, agotados. Morris observó la pila de piedras con cara de preocupación.

-Ana María...- musitó.

-Está bien- anunció Van Helsing-. Alucard saltó hacia ella cuando el derrumbamiento empezó, los dos estarán bien.

-¿¿Cómo puedes estar tan seguro??- le espetó Morris-. ¿Y si Alucard no llegó a tiempo? ¿Y si los dos están...?- no pudo completar la frase.

-¡No!- exclamó Robert-. ¡Ni Ana María ni Alucard pueden acabar así! ¡Todavía no es su hora!

Samuel se dio cuenta, con horror, que Robert no solo estaba intentando convencerle a él, sino también a sí mismo. Miró hacia la montaña de piedras, y sintió como su corazón se hundía en la desesperación. Alucard era su mejor baza, el más fuerte de los cuatro, y el que mejor conocía al adversario. Ana María era, tal vez, el eslabón más débil, pero sin su fortaleza de espíritu, a esas alturas habrían perdido todas las ansias de luchar. Si los dos habían muerto...

El americano apartó de su mente aquellos pensamientos oscuros. Daba igual lo que hubiera pasado, ahora debían enfrentarse a Drácula ellos dos. Se puso en pie.

-Tenemos que encontrar unas escaleras que suban- dijo.

Robert también se irguió sobre sus dos piernas, y asintió.

-Cuanto antes acabemos, mejor.

Ambos dirigieron sus pasos en la única dirección que les quedaba: siguiendo el corredor.

**********

Ana María, Dinin y Alucard llegaron, al fin, al final de las escaleras, y se encontraron en una sala chocante: se trataba de una armería, con enormes corazas con sus respectivas armas apoyadas contra la pared. Justo frente a las escaleras, en la pared, se abrían unos pequeños ventanucos que dejaban pasar apenas un poco de la fría brisa nocturna. La joven española miró hacia un lado y hacia otro, y sintió un escalofrío que hizo que se estremeciera a pesar de su abrigo.

-Hay algo malvado aquí- murmuró ella. Alucard simplemente asintió.

La muchacha se puso en guardia, no muy segura de qué sería lo siguiente que se le vendría encima. Alucard, a su lado, también esta preparado para el combate. Sus ojos grises viajaban de una armadura a otra. Finalmente clavó los ojos en una en concreto, especialmente grande y voluminosa, que portaba un gigantesco espadón. Era negra con ribetes rojo sangre. Ana María también fijo la vista en ella. Y el enemigo se descubrió. La enorme armadura elevó la espada lentamente y avanzó hacia ellos.

Con una velocidad sorprendente para algo de un tamaño tan masivo, la armadura encantada atacó, dejando caer el espadón sobre los dos cazadores. Cada uno saltó hacia un lado, separándose y atacando cada uno por un costado. Ana, por su lado, primero clavó la hoja de la lanza en una de las rendijas, y luego hizo un giro completo, golpeando con fuerza. Alucard, por su parte, realizó una complicada danza de tajos que finalizó con un fondo. La armadura, recuperando su posición de combate, lanzó un brazo hacia Ana, golpeándola en el abdomen y arrojándola al otro lado de la habitación. Con un fluido movimiento, lanzó un tajo lateral en dirección a Alucard, quien apenas tuvo tiempo para interponer el escudo. El fuerte golpe le hizo retroceder varios centimetros y le dejó el brazo izquierdo dormido, pero aquello era preferible a ser partido por la mitad.

El dhampir saltó hacia atrás y pronunció las palabras arcanas de un hechizo. A Ana le rechinaron los dientes al escucharlas, y las reconoció como el hechizo que había lanzado el doppelgänger. Observó como una especie de forma luminosa surgia del interior de la armadura y desaparecía, como absorvida por Alucard. Ana María pensó que aquel momento era tan bueno como cualquier otro para realizar su ataque, y corrió hacia la armadura, agachandose justo cuando llegaba al monstruo, y usando la alabarda como pértiga, se alzó en el aire, golpeando al monstruo en la espalda con sus pies. Cuando llegó al punto más alto del movimiento, sin embargo, separó la punta de la la lanza del suelo, girando su cuerpo para que quedara con los pies más cerca del suelo que la cabeza y alzando su arma, de pronto rodeada de llamas verde azuladas por encima de su cabeza. Apenas empezó a caer, con un grito de guerra salvaje, dejó caer el arma sobre la armadura. El peso de la lanza, junto con el de Ana y la fuerza que ella misma le imprimía hizo que el monstruo se estremeciera antes de que todas sus piezas se desmontaran y acabaran en una pequeña montañita, con la espada clavada en el suelo frente a ella.

Alucard miró a su compañera con respetuoso asombro mientras esta recuperaba el aliento, rodilla en tierra y la mano derecha descansando sobre su abdomen. La chica era mucho mejor de lo que aparentaba a simple vista, y eso se lo tenía que reconocer. El dhampir avanzó hacia ella, rodeando con cuidado la pila de piezas de armadura y la espada clavada en el suelo.

Un movimiento repentino captó su atención, y se volvió rapidamente, para encontrarse con la espada como flotando en el aire. Solo algunas deformaciones en el fondo daban a entender que había algo empuñando dicha espada... y que se estaba dirigiendo con paso lento pero seguro hacia su compañera.

Sin grito de advertencia ni nada similar, Alucard saltó hacia su compañera, derribándola y haciendo que ambos rodaran por el suelo, lejos del fantasma que empuñaba la espada. Finalmente, se detuvieron, de forma que el cuerpo de Alucard cubría el de Ana María de cualquier posible ataque. Los ojos grises de él se cruzaron con los aguamarina de ella durante apenas un segundo, antes de que el dhampir alzase la mirada hacia el monstruo que se aproximaba a ellos.

-¡Mi lanza!- exclamó ella en un jadeo. Alucard la vio justo detrás de la criatura, y decidió que era demasiado arriesgado para cualquiera de los dos el intentar recuperarla. Se puso en pie, y obligó a Ana María a hacer lo mismo.

-Mantente detrás mio- ordenó él, y se colocó en una postura defensiva.

Ana obedeció, no muy segura de qué era lo que pretendía su compañero, pero confiando en que sabría lo que hacía. Alucard se mantuvo firme y detuvo la primera acometida de la espada con su escudo, alzándolo por encima de su cabeza. Con un movimiento fluido, lanzó dos tajos a la figura fantasmal, que se dolió bastante del ataque.

De pronto, algo surcó el aire justo al lado de la cabeza de Alucard, y sintió dos manos pequeñas pero firmes que tiraban de él, apartandolo un poco más de la criatura. Una pequeña redoma de agua bendita se estrelló contra la espada, salpicando a la criatura fantasmal y cubriendola de unas llamas de color azulado. Las llamas pronto desaparecerieron, y Alucard aprovechó el tiempo que la criatura ocupó en recuperarse para entrar dentro de su guardia y lanzar un par de tajos. Con un aullido, la figura invisible se desvaneció, y la espada cayó al suelo y se quebró en dos trozos desiguales. Alucard se giró para encararse a Ana María, que miraba al suelo con expresión culpable.

-Siento no haberte avisado- dijo ella-. Se me ocurrió en el momento.

Alucard negó con la cabeza y recuperó la Lanza de Brujas para Ana. Cuando volvió a mirarla, esta buscaba frenética por todas partes.

-¿Qué ocurre?

-¿Y Dinin? No le veo por ninguna parte.

Alucard frunció ligeramente el ceño y miró a un lado y a otro. Efectivamente, no habían tenido noticias del gato desde que habían comenzado a subir la escalera, tras el derrumbamiento. Aquello le preocupaba sobremanera, pues no tenía muy claro que demonios era aquel gato, pero prefirió callarse sus pensamientos y le entregó la alabarda a Ana.

-No hay tiempo que perder- le dijo, y se encaminó hacia la puerta cerrada de la armería. Intentó tirar de ella para abrirla, y se encontró con otro problema.

-Está cerrada- anunció.

Ana María se acercó con rapidez y observó que aquello era cierto. Era una puerta de pestillo, y estaba cerrada por fuera. La joven se dejó caer, agotada, al suelo.

-¿Y ahora qué? ¡No podemos salir!

Alucard miró a un lado y al otro, y finalmente señaló uno de los ventanucos.

-Por ahí.

Ana María miró la ventana. Era una abertura de apenas medio metro por metro, y estaba protejida por un enrejado de forma cuadrada. El alfeizar en la parte de afuera era mínimo, y si no había perdido demasiado el sentido de la orientación, la ventana se abría a un impresionante barranco.

-¿Estás loco? ¡No podemos salir por allí! ¡Nos mataríamos!

Alucard sacudió la cabeza.

-Yo saldré, entraré por otra ventana y te abriré la puerta.

Ana María le miró de hito en hito, y fue a pronunciar una queja cuando, ante su sorprendida mirada, Alucard empezó a desvanecerse, hasta que solo quedó una niebla de color dorado en el lugar en el que su compañero había estado. Las niebla flotó en el aire, y atravesó el enrejado de la ventana. Luego, volvió a solidificarse, mostrando a un Alucard en perfecto equilibrio sobre el escaso alfeizar, mirandola con un brillo en los ojos que Ana, de haberse tratado de otro hombre, habría calificado de burlón.

-¿¿Desde cuando puedes hacer eso??- interrogó ella, corriendo hacia la ventana.

Alucard simplemente se encogió de hombros.

-Podrías habermelo dicho, ¿sabes? ¿Y piensas dejarme aquí sola?

La última pregunta había sido pronunciada con un casi imperceptible tono de miedo. Alucard la miró serio y luego puso una mano contra el enrejado.

-Tengo que hacerlo, pero volveré a por ti. Te doy mi palabra.

Ana le miró con suspicacia, antes de colocar su mano contra el enrejado, justo donde se encontraba la de Alucard.

-No tardes, ¿de acuerdo?

Alucard simplemente asintió, y comenzó a perder la forma de nuevo, convirtiendose en un murcielago que desapareció en la noche. Ana intentó verle alejarse pegando su rostro al enrejado, pero el dhampir era ahora una sombra entre las sombras. La detective se dejó caer en el suelo, junto a la ventana. Esperaba que Alucard no tardara demasiado. Tenía la extraña sensación de que, si se retrasaba, ella estaría en muy serios problemas.

No sabía cuan acertada era aquella sensación.

**********

Alucard voló, en su forma de murcielago, cerca de la pared del castillo. Aquella forma era mucho más rápida que la de niebla, y no quería dejar sola a Ana mucho tiempo. No sabía que había sido de Van Helsing o de Morris, y bien podían haber sido aplastados por las rocas que caían, aunque se resistía a que aquella idea se adueñase de su mente. Fuera como fuese, ya sería suficiente peso la perdida de los dos hombres en su alma como para perderla a ella también. Por mucho que mostrase una entereza fuera de serie, en comparación con ellos tres no era más que una chiquilla asustada. Era lógico, teniendo en cuenta lo que había pasado.

Si ella caía, no sería un crimen a apuntar en la lista de su padre, sino en la suya propia.

Finalmente encontró una ventana que permitía el paso a su forma de murcielago, y por ella entró. No estaba muy lejos de la armería, y con un poco de suerte, la puerta estaría abierta. Una vez dentró, recuperó su forma habitual, y miró a su alrededor, su espada preparada para cualquier ataque.

-Bienvenido, mi joven señor- susurró una voz que recordaba laderas heladas por la nieve perpetua. Alucard se giró para encararse a la dueña de la voz.

Esta era una mujer de excelentes formas, vestida con un vestido blanco que apenas le cubría lo justo. Su pelo era blanco como la nieve, y su piel tenía un tono blanco-azulado. Sus ojos eran de un gris claro, casi blanco. Flotaba un par de centimetros por encima del suelo, y alrededor de ella, el aire se cargaba de frío. Le miraba con una fría sonrisa que parecía ir a juego con el resto de su persona.

Al dhampir no le había hecho mucha gracia que aquella mujer de las nieves le hubiera llamado "joven señor", pero no dijo nada al respecto, sino que, simplemente, se puso en guardia.

-Tu padre- continuó ella-, me ha pedido que te entretenga. Incluso que me encargue de ti. Pienso que sería una lástima estropear a alguien tan guapo, y puesto que tengo el permiso de mi señor, creo que te convertiré en una bonita estatua de hielo. Espero que no te enfades por mis pretensiones, joven señor.

-No tengo tiempo para esto- contestó Alucard.

-Es cierto, no lo tienes.

Y la mujer comenzó a hacer unos complicados pases en el aire. Alrededor de ella se formaron unas agujas de hielo del tamaño de dagas, que volaron en dirección a Alucard. Este las detuvo con su escudo y su espada, pero le mantuvieron lo suficientemente ocupado como para que la mujer de las nieves acabara un segundo hechizo. Cuando el dhampir quiso moverse, se encontró con que sus piernas estaban atrapadas en hielo, y este avanzaba lentamente, como deseando tragarle. Volvió su mirada a la mujer de las nieves, que parecía satisfecha del resultado.

Alucard clavó la punta de su espada en el hielo, y allí quedó atrapada, congelandose también lentamente. La bruja de hielo lanzó una sonora risotada.

-Vamos, vamos, mi joven señor, tampoco es tan terrible. Además, ¿preferiríais a esa niña humana, o a alguien con quien compartís la sangre?

-Olvidas que parte de mi es humana- contestó-. Y olvidas también esto.

Y murmuró con rapidez las palabras arcanas de un hechizo de fuego. Antes de que la bruja de hielo pudiera siquiera alzar un escudo de frío que la protegiera, cuatro bolas de llamas surgieron de los dedos de Alucard y volaron hacia ella, prendiendo en su vestido. La mujer de las nieves aulló de terror, mientras sus facciones empezaron a diluirse, hasta que no quedó de ella más que un charco de agua.

Alucard ni siquiera se paró a mirar el resultado, y comenzó a quitarse el hielo que quedaba del hechizo de la bruja de encima. La habían mandado para entretenerle, lo cual quería decir que, mientras él estaba allí, alguien había ido a atacar a Ana María.

**********

Una de las virtudes de Ana María, adquirida en su trabajo, era poseer una paciencia insuperable a la hora de esperar a la gente, pero en aquellos momentos no veía la hora en que Alucard abriera la puerta y pudieran irse de aquel lugar. Tenía una sensación extraña, como si todos los pelos de la nuca se le hubieran puesto de punta. Miraba a un lado y a otro, medio esperando que algo saliera de las paredes y se lanzara contra ella. Pero no se esperaba lo que iba a pasar.

De pronto, todas las antorchas que iluminaban la sala se apagaron.

Ana María lanzó un grito de terror que se quedó en poco más que un gemido en aquella oscuridad profunda. Agarró la lanza con las dos manos y se obligó a tranquilizarse. La fuerza de voluntad que puso en el esfuerzo hizo que unas pequeñas llamas surgieran de la punta de su alabarda, pero no hicieron más que oscurecer las sombras. La detective tragó saliva. Sabía que su miedo era una mezcla del terror que sentía hacia los seres del castillo, mezclado con el terror irracional pero perfectamente humano hacia la oscuridad.

Notó una presencia cercana a ella, y como los pelos de los brazos se le erizaban.

-¿Alucard...?- preguntó.

Escuchó risas, como salidas de muchas gargantas.

-No, niña, no- dijo una voz-. No somos Alucard.

Ana María se puso en guardia.

-¿Quiénes sois?

-Somos la Sombra entre las sombras- le contestó una segunda voz, y de nuevo se volvieron a escuchar las carcajadas.

De pronto, also similar a una mano se posó sobre su boca, impidiéndole gritar. Otras manos se cerraron sobre sus brazos y piernas, y unas cuantas más le arrebataron su lanza. Sintió como, de un tirón, le arrancaban la cadena que llevaba colgada al cuello, antes de perder el conocimiento.

Momentos después, cuando un Alucard realmente preocupado descorrió el pestillo y abrió la puerta, las antorchas volvían a lucir... Y no había ni rastro de Ana María.

O mejor dicho, sí que lo había. El dhampir se arrodilló junto a un pequeño objeto que reflejaba las llamas de las teas. Apretó el pequeño objeto en su puño, y lo llevó al corazón, maldiciendose por lo bajo por llegar tarde.

El pequeño objeto en su mano era la sencilla cruz que Ana María llevaba colgada al cuello.

---------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

NOTAS DE LA AUTORA: Me he tirado toda la puñetera tarde para escribir este capítulo, y lo peor de todo es... ¡que me encanta como me ha quedado! Ni yo misma me lo creo. Me he puesto de reto acabar el fic en esta semana, puesto que si no lo hago, me encontraré con que no volveré a escribir hasta que pase el salón del manga de Barcelona, ya que me tengo que hacer el disfraz... Horror, terror y pavor. En fin, vamos con las coñas varias del capítulo. No creais que Dinin va a desaparecer del fic así como así. Tengo grandes planes para nuestro minino xDDDD

En cuanto a los monstruos: la sierpe (me parece lo más apropiado llamarla así, ya que son las worm inglesas que vienen de wyrm, que es una palabra que se adjudica a las criaturas de tipo draconil) era un bicho del Castlevania para MD (primera fase también, esos bichos me sacan de mazo de apuros). La armadura y la espada flotante, así como la bruja de hielo, son ideas sacadas del Castlevania de PSX. A la bruja de hielo la llamo a veces mujer de las nieves (en japo Yuki no Onna), que es un espíritu típico del norte de Japón. Me temo que estos espíritus pueden ser tanto malignos como benignos, así que no tengo muchas quejas. En cuanto a la Sombra entre las sombras, no es de mi cosecha, como pensará la gente... Sino que la saco de una idea de Leyenda de los Cinco Anillos. Para aquellos que conozcan la referencia, me refiero a la criatura definida en la Senda de las Sombras, es decir, la Sombra Mentirosa. Y eso sí que da cague.

Más detalles... Alucard parece un poco fuera de personaje, pero ya dije que Ana le iba a sacar de la concha, y tampoco es que me haya pasado demasiado, solo habla un poco más que en el resto de los capítulos. En fin, espero que me perdoneis.

En el siguiente capítulo, Alucard, Van Helsing y Morris se reunen, y Ana María despierta en una situación que seguro que no quiere repetir.