Ahhh... señoritas... ¿cuántas andan suspirando como yo, eh? Las que ya vieron la última entrega de la saga Crepúsculo, deben entender a lo que me refiero. Las que aún no han ido... pues prepárense, nenas...

Bueno. Les dejo este capi que espero que disfruten, no sin antes agradecerles los comentarios, alertas de seguidores y favoritos. ¡Son unos soles! La historia está dedicada a todas ustedes.

A mi Beta Ro-Ro Hale, que está convaleciente de una operación va también este capítulo con cariño.

Ahora sí, a leer!

(Recuerden, estoy en Twitter como Cata_lina_lina y en Facebook como Catalina Lina)


14. Primera vez.

~C&A~

Alice llegó a hurtadillas a su casa, la mañana siguiente del día martes, después que la noche anterior dejara de ser virgen.

Sí, así de simple.

Sin planearlo, sin buscarlo, sólo pasó y sintió que fue la mejor decisión de su vida. Se sentía diferente, segura de sí misma. Se sintió mujer al fin, por primera vez en su vida. Una mujer de verdad, hecha y derecha.

– ¡Jovencita! – la llamada de atención de Esther, sorprendió a Alice, haciéndola saltar de la impresión. Su intento por llegar a su cuarto sin ser descubierta, había fallado – ¿Qué horas son estas de llegar?

– Esther… yo… verás… pasé la noche en casa de una de las chicas – mintió con mucha dificultad.

– ¿En casa de una de las chicas? – preguntó la mujer con escepticismo, cruzándose de brazos, entornando sus ojos bajo sus gruesos lentes – ¿Cuál de ellas?

– ¡Oh, Esther, por favor! – protestó Alice, sin poder responder.

– Agradece que tu hermano no se dio cuenta. Anoche llegó muy tarde y esta mañana salió muy temprano. Tu padre llegaba de San Diego y tenían una reunión de no sé qué cosa…

– Claro…. ¿Voy a darme un baño, sí?

– Ve, niña. Mientras prepararé tu desayuno… ah, y ni creas que me comí el cuento de una pijamada con una amiga, no soy tonta – advirtió la mujer, dándose la vuelta hacia la cocina. Alice se quedó estática, no podía creer que Esther hubiese notado que ella…

Corrió rumbo a su cuarto y se metió al baño. Abrió el grifo del agua y mientras esta se calentaba, ella iba deshaciéndose de su ropa, sin poder evitar recordar lo que fue la noche anterior con Jasper, como ese hombre sacó sus prendas de vestir con una facilidad que no quiso cuestionar, sin ceremonias y sin dejar de besarla… y cuando él se desnudó frente a ella… ¡Jesús!, en su vida, nunca había visto a un hombre desnudo, y debía reconocerlo, el cuerpo muy bien dotado de ese hermoso varón le pareció el espectáculo más erótico que jamás imaginó ver. Desde la línea de sus hombros, su pecho desprovisto de bellos, sus abdominales muy bien definidos, sus brazos, sus piernas, su…

– ¡Mi Dios amado…! – se abanicó la cara con la mano, frente al espejo, mientras se ataba el pelo en una moña.

Y si el recuerdo de la sola visión del cuerpo de Jasper le había parecido erótico, lo que vino a continuación, no tuvo punto de comparación para ella, ni siquiera en su imaginación. Cuando su piel se rozó con la bronceada piel de Jasper; cuando ella se atrevió a pasear sus manos para acariciarle; cuando la boca de él estuvo en todas las partes de su cuerpo, recorriéndola y haciéndola estremecer de algo que supo reconocer como deseo y placer.

Detenme ahora si no estás segura, Alice, porque después no podré hacerlo… le dijo Jasper, sin dejar su tarea de conocer con sus sentidos el cuerpo de Alice.

No quiero que te detengas, Jasper había respondido ella, perdida en las sensaciones.

Hubo besos y caricias previas, antes de que él se ubicara en su húmedo y candente centro. Alice sentía que su cuerpo se elevaba a medida que la temperatura de este iba también en muy presuroso ascenso, haciéndola jadear. Sintió fuego correr por sus venas, desde los dedos de sus pies hasta su mismísima cabeza. Se sentía desesperada, urgente por algo que no entendía.

La boca, las manos, la piel de Jasper rozándose en ella, era su único alivio. Su mirada de compromiso y de amor, porque podía parecer una locura, pues ella sabía que él la amaba como ella a él, le dio valentía para alentarlo a que siguiera y que le ayudara a saciar su ser de lujuria y consumirse en el fuego que se esparcía dentro de ella por primera vez.

Bajo los chorros de agua caliente, Alice recordó la suma de sensaciones que experimentó la noche anterior, sobre todo cuando él cruzó la barrera de su virginidad. ¡Demonios, cómo dolió eso! Pero el dolor fue dejado atrás cuando la sensación de deseo la cegó, haciéndola olvidar todo lo demás. Sentir a Jasper dentro de ella moverse con lentitud, fue como el pago de aquel momentáneo sufrimiento que experimentó su cuerpo.

– ¡Dios! – exclamó, apoyándose en la fría cerámica del baño. Los recuerdos la inundaban y los sentía tan presente… podía recordar sus propios gritos y gemidos, mientras Jasper, al compás de sus movimientos, jadeaba su nombre y le hacía promesas de amor eterno. Como sus manos la apretaban por la cintura, los glúteos, y como ella amuñaba la cabellera color miel de él, jalándola con desesperación. Hasta que sintió que su cuerpo se preparaba para estallas, apretándose a él con fuerza, dejándose ir enseguida en algo que ella supo su arrollador y asombroso primer orgasmo.

Vestida con ropas anchas y el pelo húmedo, se fue luego hasta la cocina donde Esther tenía la mesa de diario preparada para ella, con un muy contundente desayuno. Alice evitó la escrutante mirada de la mujer, que servía leche tibia en su vaso.

– ¿Te sientes bien? – preguntó la mujer, instalándose frente a ella, con una taza de té con canela.

– Sí, estoy bien.

– ¿Tienes planes para hoy?

– En la tarde tenemos ensayo. La presentación de fin de mes se acerca…

– ¿Y has visto a tu amigo nuevo, Jasper recuerdo se llamaba? – Alice casi se atraganta con la leche, sintiendo que sus pómulos se encendían furiosamente.

– ¿Por qué… por qué lo preguntas?

– Llámalo curiosidad – insistió la perspicaz Esther, mientras bebía de su té.

– Sí, si lo he visto.

– ¿Te trata bien?

– ¿Eh?

– ¿Anoche saliste con él, verdad? se te nota en los ojos. Te ves diferente. Ya no eres una niña. Alice…

– Por favor, Esther… - automáticamente bajó la cara, con la vista fija hacia la mesa.

– Alice, mi niña – dijo, acerándose a ella y tomando una de sus manos – Hay cosas que una mujer debe hablar con otra mujer. No soy tu madre, pero te adoro como si fueras mi hija. Quiero que confíes en mí…

– No eres mi madre, y hubiese deseado que lo fueras, Esther. No te compares con esa…

– Sabes de lo que hablo, no desvíes el tema…

– Anoche estuve con él – admitió en un susurro mientras jugueteaba nerviosamente con la servilleta sobre la mesa – … y ya sabes… digamos que ya no soy virgen…

– ¡Oh! – atinó a exclamara Esther, tragándose el reproche de que quizás había sido muy pronto para entregarle su virtud a un chico que recién había conocido. De cualquier modo, no pudo evitar preguntar – ¿Estuvo… estuvo bien…?

– ¡Estuvo más que bien, estuvo increíble! – soltó ella sin pensar. Ambas se miraron por un segundo y luego estallaron en unas carcajadas casi inexplicables. Ambas mujeres se quedaron hablando sobre aquello. Alice trataba de explicarle lo que había sentido y lo confiada que se sentía de sus sentimientos por él, y de lo segura que estaba por lo que él sentía por ella, y Esther la aconsejaba con cuestiones sobre seguridad en el sexo y juró que ella misma le rompería la cara a ese apuesto hombre si la veía llorar y sufrir por su culpa, para después claro, acusarlo con Emmett para que se las viese con él. Alice sólo sonrió, complacida y agradecida por esa mujer.

Y quien por supuesto también sonreía como un declarado hombre bobo enamorado, era el ingeniero Jasper Whitlock. Nunca antes, con ninguna otra mujer, se sintió en el mismísimo centro del cielo, con todo lo que eso significaba… "Con un hermoso ángel y todo…"

No podía sacar de su cabeza, la variedad de emociones que se develaron la noche anterior en las miradas que su Alice. La expectación, la sorpresa, la pasión, el anhelo, el deseo… el amor.

Tampoco podía olvidar el tamborileo de su corazón, como nunca antes lo sintió, en el mismísimo momento que se hundió por primera vez en el cuerpo de ella. El deseo de sentirla suya, de llenarla de él por completo… porque esta vez no fue sólo su cuerpo. Ahora estaba incluido su corazón y sus sentimientos.

Su piel blanca, suave, totalmente acariciable y besable; el aroma de su perfume floral, mezclado con el olor del sexo era una cuestión que lo acompañaría quizás siempre; su voz rota y rasposa, sus gemidos…

– ¡Despierta, por un demonio!

Jasper sintió que en su cara se estrellaba algo como una bola de papel. Sacudió la cabeza y miró hacia la puerta, desde donde venía el misil y la estruendosa voz femenina.

Claro, como no, Tanya lo miraba desde la puerta, probablemente a punto de estallar.

– ¡¿Sabes hace cuanto te estoy llamando?! ¿En qué maldito planeta andas, Jasper? – le inquirió, mientras se acercaba a su escritorio – El viejo Aro llamó a una reunión…

– Nada… estoy bien – dijo, enderezándose en su asiento – ¿Y qué es eso de la reunión con el viejo?

– Dice que ayer entregó una propuesta a la empresa de Carlisle Cullen…

– ¿Carlisle Cullen? – "¿el padre de mi ángel, mi suegro?"

– Sí, Carlisle Cullen. Además va a presentar a otros miembros nuevos. Nuevos proyectos y no sé que más…

– ¿Sabes que estoy harto de esta mierda de empresa? – le preguntó Jasper a su amiga, restregándose la cara con ambas manos. Y es que era cierto, desde que Bella y Edward habían sido "desvinculados", y ahora que Jane también se iba, el equipo se había desmoronado, y con ello el agrado por ir a trabajar.

– También lo estoy, Jasper… ¿crees que Alexander o Emmett Cullen dispongan de un puesto para nosotros?

– Espero que sí, porque mi salida de aquí es inminente, Tanya…

– Y yo me largo contigo, Whitlock – afirmó ella. Luego se levantó, estiró su falda gris de tubo y peinó su cabello –Ahora mueve tu trasero de ese asiento, tenemos una somnífera reunión.

A Jasper no le quedó de otra que levantarse, cerrar su laptop y seguir a su amiga hasta la sala de reuniones.

~C&A~

Carlisle estaba en su despacho, junto a su hijo Emmett a quien le contaba sobre el fructífero viaje que realizó a San Diego, donde cerró el trato con un muy buen amigo y ahora socio, firmando un acuerdo de sociedad en muy buenas condiciones para ambas partes. Las cosas para la empresa fundada por la familia Cullen, estaba comenzando a recoger los frutos de tantos años de esfuerzo. Se venían cosas grandes para ellos.

Mientras Emmett checaba los detalles del acuerdo, Carlisle revisó un par de carpetas con pendientes, antes de la reunión con el resto de los integrantes de la empresa.

– ¿Qué es esta tontería, Emmett? – preguntó Carlisle extrañado, cuando comenzó a leer los documentos que contenía la carpeta que Victoria le había llevado el día anterior a Emmett, con la inigualable propuesta de Aro Vulturi.

– Lo que dices, una tontería – respondió Emmett, alzando la cabeza de su ordenador – Por lo que supe, Vulturi está perdiendo proyectos importantes, además se dice que tiene negocios turbios por ahí… de alguna manera quiere recuperar terreno a como dé lugar.

– Ni muerto hago tratos con ese… – dejo inconclusa la frase aquella, mientras rasgaba los documentos esos y los lanzaba a la basura, sin darse el tiempo de ahondar en la lectura de la propuesta esa.

Emmett soltó una risa ante la actitud de su padre y aparentó seguir con la lectura en su laptop. Ojalá que su padre no se enterara de que la noche anterior, había tenido una especie de affaire o encuentro, o cita, o lo que sea que fuera con Victoria Rossel, la hermosa y sensual sobrina de Aro Vulturi.

Era la primera vez que él se acostaba con una mujer que apenas conocía. Era la primera vez que sólo follaba con alguien porque sí.

Nunca fue un hombre que fuera por la vida, de conquista en conquista. Siempre se caracterizó por ser un tipo de relaciones largas y significativas para él. Las importantes en su vida, fueron tres: Lissa, su novia con quien perdió su castidad, el ultimo día de escuela, cuando tenía 17. Después conoció a Dianna en la universidad y luego Rosalie, con quien pensó pasaría el resto de su vida. Victoria, al contrario de las anteriores tres mujeres, no significaba nada para él.

Esa mujer literalmente hablando, se le tiró encima. Después de comer sushi y beber champaña, Victoria, motivada por su ego propio seguramente, se sentó a horcajadas sobre él y metió su lengua en la boca de Emmett, jalando su cabeza hacia atrás por los cabellos de la nuca, para obligarlo a darle mejor acceso a ella.

La actitud de Victoria era como si ambos se conociesen desde hace tiempo, como si ambos fueran amantes desde hace tiempo. Pero eso a Emmett no debía de sorprenderle. Él supo distinguir las intenciones de esa mujer desde que cruzó el umbral de su oficina aquella mañana. Y si él estaba ahí, era porque decidió seguirle el jueguito ese.

Eres tan atractivo, Emmett, tan sensual… los besos y las caricias de Victoria a él le removían poco. Bueno, él era hombre, y probablemente ningún hombre en ese planeta seria inmune a ese tipo de lasciva provocación. Pero más allá de eso, no había nada.

También lo eres, Victoria – respondió él, casi por pura amabilidad, dejándose llevar por la invitación de esa mujer, entrometiéndose por debajo de su vestido, acariciando sus largas piernas, sus muslos y su demasiado duro trasero, percatándose de que la libidinosa colorina esa, no llevaba bragas; mientras ella dejaba la tarea con la negra cabellera de Emmett, para desabotonar su camisa, y pasar sus manos por el pecho muy bien trabajado con mucho ejercicio. Siguió bajando hasta llegar a la hebilla de su cinturón, la que soltó con naturalidad, seguida del botón y la cremallera de su pantalón.

Muéstrame lo que tienes… fue la invitación ronca de Victoria, mientras acariciaba con sus manos el muy erecto miembro de Emmett, que estaba ya perdiendo cualquier atisbo de razón. Estaba ahí para follar con esa maldita mujer, y era lo que haría. Así que como pudo, levantó el vestido de Victoria y de una sola estocada, empujó dentro de ella. Una y otra vez, como un maldito animal, viendo como ella disfrutaba de ser tratada así, encorvando hacia atrás su espalda, mientras automasajeaba sus senos. Reclamó su boca, sin dejar de llevar el ritmo y la besó aferrándola con una mano de las nalgas y otra por su furiosa y ahora despeinada cabellera roja, hasta que ella comenzó a emitir gritos de haber alcanzado el climax, dando paso a su propia liberación segundos después.

Y eso fue todo.

Después que recuperó la respiración, se levantó, se reacomodó la camisa, los pantalones y se puso su chaqueta, mientras Victoria lo observaba desde el sofá donde recuperándose de tan bestial asalto sexual.

¿No quieres quedarte, Emmett?

No

¿Nos veremos de nuevo?

No lo sé…

Porque si esto no fue suficiente para convencerte de que una sociedad entre ambas partes, la tuya y la mía, seria fabulosa, puedo seguir esmerándome en hacerte cambiar de opinión – dijo, relamiéndose los labios. Emmett la miró de soslayo y negó, soltando una risa de entre incredulidad y asombro.

Cuando estuvo listo, se acercó a la mujer, besó su frente y salió sin decir nada más.

– ¿Emmett, hijo? – el llamado de su padre lo sacó del recuerdo de su noche, cuestión que agradeció.

– Perdona, papá, ¿qué decías?

– Este… decía que los inversionistas neoyorkinos viajarán aquí la siguiente semana… – mientras su padre decía eso, las alarmas en su cabeza comenzaron a sonar, por la idea de cruzarse con Rosalie y que ocurriera lo de la vez pasada.

– ¿Royce King vendrá también? – preguntó sin tapujos a su padre, quien bien conocía la historia.

– No estoy seguro. Quieren estar presentes en el cierre de negociaciones con la firma de San Diego, para comenzar cuanto antes los trabajos.

– Ya veo…

– Hijo, no es necesario que estés aquí cuando eso pase…

– Aquí estaré, papá – aseguró con mucho profesionalismo. Pero su padre lo conocía bien, sabía lo que estaba tratando de hacer, y admiraba su valentía para enfrentarse a esto.

– Emmett, conmigo no tienes que fingir. Si te hace mal, si te hace daño, deshacemos el trato con ellos y…

– ¡Ni lo pienses! Lo de Rosalie está en el pasado, y que su marido sea ahora uno de nuestros clientes, pues no debe afectarme, y no lo hará… no volverá a ocurrir lo que sucedió en Nueva York, me comportaré esta vez, esté quien esté…

– Bien, confío en ti, hijo… – dijo a su hijo, sonriéndole y poniendo una mano sobre su hombro. Enseguida agregó con buen humor – Me alegra saber que Bella es una buena influencia. Has cambiado, te ves mejor desde que estás con ella.

– Bella es sólo una buena amiga, papá. La quiero como eso, y ella me quiere igual a mí, además tiene novio…

– ¿Lo tiene? Pensé que tú y ella…

– No nos queremos de esa manera como para ser pareja de novios ni nada de eso – indicó, algo más relajado - Pero tienes razón en algo, ella ha sido de mucha ayuda para mí.

– Me alegro, ella es una buena chica… – sonrió ante la respuesta de su hijo. Enseguida miró su reloj y alzó las cejas, sorprendido por cómo había pasado la hora – Y hablando de buenas chicas, movámonos a la de reuniones para preparar todo. Quiero ir luego a casa y ver a mi pequeña niña, ya la extraño…

– Tu pequeña niña ha estado de lo más sonriente, aunque trate de esconderlo – le contó Emmett, recordando que tenía un asuntito pendiente con ese tal Jasper.

– ¿Sonriente?¿Algún desgraciado la ronda?

– Puede ser. Pero estaré al pendiente, no te preocupes – dijo esa amenaza, entre broma y realidad, ganándose el consentimiento de su padre. Enseguida, ambos se pusieron a trabajar en lo que probablemente sería el despegue de su empresa, en la que tanto se habían esforzado por ver crecer.

~C&A~

Los días pasaron rápido, hasta que llegó el jueves, día en que Aurora estuvo lista, con sus maletas en la puerta, esperando que Edward llegara por ella para llevarla al aeropuerto.

– Quizás se averió el coche… ¡Cómo este niño no llega aún! – decía Aurora, mientras miraba por la ventana, algo nerviosa.

– Abuelita, Edward dijo que llegaría a las seis, y aun faltan quince minutos para las seis, así que no te pongas nerviosa… –le dijo Bella, mientras despreocupada, curioseaba algo en su teléfono.

– ¿Podrías llamarle, a ver dóndeviene? – le preguntó la abuela a la nieta, acercándose hasta ella.

– ¡Pero abuela! – protestó Bella, pero su abuela le puso ojitos de corderito degollado, suplicante.

– ¡¿Por favor?! El resto de las muchachas seguro ya está en el aeropuerto…– se lamentaba ella, mientras Bella rodaba los ojos, bufaba y sacaba su móvil para llamarle a Edward:

– ¡Mi amor! Ya voy de camino – contestó el alegre arquitecto.

– Eso ya se lo dije a mi abuela, pero ella quiere saber exactamente en cuanto estarás aquí… ¡No quiera Dios que el avión se vaya sin ella! – exclamó con exagerado sarcasmo.

– Diez minutos, hermosa. ¿Y tú tienes tus maletas listas?

– Sí, también están listas – respondió ella, entusiasmada.

Ambos, Edward y ella, viajaban también ese día rumbo a Nueva York. Su vuelo salía a las nueve de la noche, y estarían allí hasta el lunes por la mañana. Estaba muy ilusionada por ese viaje. Un cosquilleo extraño en el estómago la traía sonriendo… bueno, desde el día de su cumpleaños que sonreía sin mucho esfuerzo. El solo recuerdo de saber a Edward junto a ella, la hacía feliz.

Edward, "yerno ideal" como decía Aurora, la dejó en el aeropuerto con el resto de las mujeres que iban ilusionadas a su nuevo paseo a Texas y encontrar algún vaquero lindo que les hiciera tour por la ciudad. Cuando las dejaron a punto de embarcar, la pareja de novios se fueron de regreso a casa de Bella, recogieron sus maletas, dejaron al buen Lincon encargado con la amable vecina, y partieron rumbo al apartamento de Edward, quien tenía pendiente cerrar su valija y enviar unos correos importantes antes de viajar. Así de rápido pasó la tarde, hasta el momento en que ya estaban instalados en sus asientos respectivos del vuelo que los llevaría hasta Nueva York.

Llegaron el viernes muy temprano a La Gran Manzana, donde un coche de la empresa de los Battenberg los esperaba para llevarlos a su destino.

– ¿Ya tienes apartamento aquí? – preguntó Bella, distraída con la imagen de todos esos imponentes edificios que se dejaban ver en la ciudad.

– Sí. Dejé todo listo la vez pasada que vine – le contó, mientras tomaba su mano y la besaba. Ella lo miró y le dio una sonrisa, luego bostezó, haciendo que Edward se carcajeara – Tú te quedarás allí a dormir, mientras yo voy a esa dichosa reunión. Después iré por ti para llevarte a almorzar y recorrer un poco. Enseguida me acompañarás y conocerás a la buena Kate y serás muy amable con ella – dijo, dándole una mirada de advertencia – y después… ya verás…

– ¿Ya veré?

– Es una sorpresa, Bella.

– Oh, está bien –respondió ella, dejando caer su cabeza en el hombro de Edward, mientras seguía divagando por la arquitectura de esa tan cosmopolita ciudad.

Los planes siguieron tal como Edward los delineó para ambos. Por la mañana estuvo en una fructífera reunión de planificación con los demás arquitectos, ingenieros y constructores. Después fue por Bella, a quien encontró todavía durmiendo, a pesar de ser ya medio día. La despertó entre cosquillas, besos y caricias, y se detuvo cuando oyó gruñir su estómago.

Eligieron para almorzar un restaurante pequeño que quedaba cerca del edificio. Llegaron hasta ahí, después de caminar por unos diez minutos, observando el entorno de la ciudad, cogidos de la mano, sonriendo.

– ¿Y , qué tal?

– Bien, todo ha estado muy bien… tu departamento es muy lindo, en un sector muy céntrico… aunque un poco muy masculino… – comentó Bella, quien siempre cuando entraba a un lugar, se aba el tiempo para observar la decoración y evaluarla. Lógico, era su trabajo.

– Así que muy masculino…

– Pero no te preocupes, puedo prestarte mis servicios profesionales para mejorarlo – concedió, guiñándole un ojo.

– Pues estaría más que agradecido que me ayudaras con eso. Pretendo que te guste también, que hagas y deshagas a tu gusto en él, pues pretendo tenerte seguido aquí…

– Claro que sí… – se inclinó hacia Edward y besó suavemente sus labios.

Cerca de las cuatro, tomaron un taxi que los llevó hasta el sector donde se encontraba la casa que Alex tenía como regalo para Jane por su boda. Bella estaba impresionada del sector tan exclusivo donde quedaba la pequeña casa…

– Y eso que no conoces la mansión de los Battenberg. Es una fortaleza del siglo XVIII – le contó Edward, mientras ella seguía boquiabierta mirando a su alrededor.

– ¡Por Dios! Con razón Jane está tan abrumada, con toda esta vida que le espera, no es para menos…

Cuando el carro los dejó en la entrada, ambos se encaminaron a la puerta donde al entrar, vieron a algunos hombres trabajando. Enseguida, una mujer alta, delgada, de cabellera negra tomada por una moña, vestida con sencillos jeans y una blusa blanca, se acercaba a ellos con una sonrisa de bienvenida.

– ¡Kate! – la saludó Edward, sin soltar la mano de Bella.

– Edward, me alegro que ya estés aquí – dijo ella, muy cordialmente. Enseguida miró a Bella, sin dejar de sonreír –Supongo que ella es Bella.

– Sí, esta es mi Bella – dijo, besando su cabeza –Bella, ella es Kate, mi colega…

– Su discípula – rectificó la aludida con diversión. Ambas damas se saludaron y Bella sintió que ella era alguien en quien podía confiar. Sí, debía reconocer, iba a conocer a esa tal Kate con la idea de que fuera una más de las mujeres que esperaba el momento preciso para lanzársele encima a Edward. Pero sintió que no era así, así que sonrió aliviada.

Bella dejó que los profesionales hablaran sobre asuntos de trabajo, mientras ella iba a deambular por el lugar.

– Ella es muy linda – dijo Kate, después que Bella los dejara solos. Edward, aquella mañana, le había hablado que había venido acompañado por su novia, y que esa era la razón por la que andaba tan feliz.

– ¿Lo es, verdad? – respondió él, lleno de orgullo.

– ¿Vendrás a vivir con ella aquí?

– No, no de momento – dijo, bajando su cabeza hacia la mesa donde estaban desplegados los planos. La sola idea de recordar que habría un momento en que se tendrían que separar, hacia que su ánimo decayera. Seguía sin estar convencido de eso.

– Bueno, maestro, pongámonos a trabajar para que puedas pasar tiempo con ella. El contratista me pidió si podías estar aquí un rato en la mañana, quería ver algunas cosas contigo…

– ¿Mañana en la mañana? ¡Pero su es sábado! – protestó Edward.

– Trabajan de lunes a sábado… órdenes de Alex… – justificó ella, alzándose de hombros.

– Ya veo… sí, supongo que no hay problema… ¡pero sólo por un rato, Kate!

– Seguro…

Una hora después, el coche que aquella mañana Edward pidió en alquiler, llegó hasta el chalet donde se encontraban. Justo cuando su revisión de trabajo ahí, había acabado. Se fue a buscar a Bella, que estaba recorriendo los extensos jardines, contemplando la hermosura natural del entorno, lleno de flores de todos los colores y arboles medianos de variadas especies. Pensó en Jane y apostó que ella adoraría ese lugar.

– ¡Oye! – sorprendió Edward a Bella, rodeándola con sus brazos por la espalda –Ya hemos terminado.

– ¿Estás seguro? No te apures por mí…

– Ya está terminado –reiteró – Mañana debo venir un rato por la mañana a una reunión con el contratista, pero ahora estoy libre, sólo para ti – dijo, dejando un beso en su cuello.

– Ella… Kate es muy simpática…

– Lo es. Podríamos comer o algo con ella, antes de regresar a Los Angeles, me interesa que la conozcas…

– Claro, como quieras –asintió, pensando que esa sería una buena idea.

Caminaron de regreso hasta la entrada, divisaron a lo lejos a Kate, de quien se despidieron con la muy común seña de manos y entraron al coche.

– Muy bien, iremos a turistear por varios lugares de interés, y luego regresaremos al apartamento a cenar.

– ¿Tienes todo bien planeado, no?

-Oh, sí, ya verás – dijo, besando sus labios. Puso en marcha el coche y se fueron a recorrer los puntos más turísticos de Nueva York y sus alrededores. Al menos los que alcanzaron a recorrer ese día.

Bella quiso dejar flores en el memorial de las víctimas de los atentados del 11 de Septiembre, recorrer las gigantescas y más famosas avenidas y visitar el Washington Square Park y sus alrededores. Al menos eso alcanzaron a recorrer esa tarde, hasta que la tarde comenzó a caer y regresaron al coche para ir rumbo al departamento.

Edward, a escondidas de Bella, hizo una llamada avisando que ya iban de camino al departamento. Había pedido que prepararan todo para la cena de esa noche. Una cena romántica con su virgencita.

– ¿Quieres que cocine? – preguntó Bella, cuando ambos llegaron a casa, dejándose caer en el sofá.

– ¡Claro que no! – Exclamó, sentándose junto a ella, abrazándola por los hombros, atrayéndola hacia él –Vas a tomar un baño de tina relajante y después bajaremos a cenar

– Dijiste que cenaríamos aquí…

– ¡Oh, niña, no seas terca, haz lo que se te dice!

– Ok, bien, como digas – obedeció, levantándose para ir por ese tan tentador baño de tina. Edward hizo lo mismo en el baño de invitados.

– ¡¿Y ahora qué demonios me pongo?! – se dijo, cuando salió de sus veinte minutos en la bañera, envuelta en un albornoz y con el cabello envuelto en una toalla sobre su cabeza.

Levantó la tapa de su maleta y sacó el único vestido que se le ocurrió meter por insistencia de Tanya. Uno negro, sujeto por tirantes, que caía hasta sus rodillas. Unas sandalias del mismo color, no muy altas, pero muy cómodas. Un tapado, el guardapelo que le regaló su abuela. Su cabello cepillado y dejado suelto caer sobre sus hombros y su espalda. Maquillaje sencillo, solo labial y un poco de sombra en sus ojos; un poco de perfume y se sintió lista. Eso después de quince minutos.

Su príncipe Edward la esperaba en la sala, mientras checaba algo en su BlackBerry, vestido con pantalón negro de tela, una camisa blanca y una chaqueta oscura, igual que el pantalón.

– Ya estoy lista – se anunció y Edward la miró, encandilado por su presencia. Sonriendo se acercó a ella, la abrazó por la cintura y la besó, profundamente.

– Estás hermosa – susurró sobre sus labios, haciendo que ella bajara su mirada sintiéndose avergonzada. No era buena recibiendo halagos. Y Edward por su parte, ahora no sabía si era buena manera salir a cenar, preferiría quedarse allí y dedicarse a ella, y dejarse llevar…

– ¿A dónde se supone que me vas a llevar? – preguntó ella cuando se recompuso de los halagos.

– No muy lejos. No saldremos del edificio. Aunque quizás luego podamos dar un paseo, ya veremos – indicó, volviendo a besarla.

Salieron rumbo al primer piso, donde había pedido que arreglaran una especie de comedor privado para él y su novia, en un ambiente romántico, y mandaran a pedir el menú de algún buen restaurante.

Un saloncito, iluminado por la luz tenue de un candelabro y de las velas que habían repartido alrededor. Además del centenar de rosas de todos colores dispersas por el pequeño comedor. Una mesa en el centro perfectamente preparada para una cena para dos, y música suave que terminaba por completar el perfecto cuadro romántico que incluso a Edward le sorprendió.

– Esto… esto es…– balbuceaba Bella – ¡Esto es hermoso! – se giró y se levantó sobre la punta de sus pies, alcanzando con su boca la de Edward, en señal de sincero agradecimiento.

– Solo para ti – respondió sonriéndole, apretándola contra si.

– Eres un verdadero príncipe – lo halagó Bella, haciendo que Edward esbozara una sonrisita de suficiencia y alzara las cejas, orgulloso. Él, al contrario de Bella, sí sabía recibir halagos.

– ¡Lo soy!

– Te amo, Edward – admitió ella, divertida por la reacción de Edward y aun sujeta de su cuello.

Él respondió un una amplia sonrisa – Y yo te amo a ti, Bella.

Un sonriente y atento mesero muy elegantemente vestido, se encargó de servir las copas y la cena que ambos disfrutaron. Los mariscos de todo tipo siempre eran bien recibidos por ambos, además, el vino blanco sabía delicioso. Incluso hasta bailaron las baladas románticas que sonaban de fondo, algunas conocidas que incluso hasta canturrearon en el oído del otro.

– Cómo es que me demoré tanto… – meditó Edward en voz alta, mientras se balanceaba al compás de la música, sujetando siempre el cuerpo de Bella por su delgada cintura.

– ¿De qué hablas?

– Cómo es que no me di cuenta antes de que te tenía tan cerca… – suspiró, cerrando los ojos y descansando su frente sobre la de ella – Siete años cerca, siete años en los que podríamos haber disfrutado mil cenas como estas…

– Siete años que no han sido en vano, Edward – indicó ella con suavidad –Hemos sido amigos, nos hemos conocido, hemos pasado cosas buenas y malas…

– Tienes razón… ¿pero cuantas veces podría haberte besado en todos estos años?

– Nadie me ha besado como tú lo has hecho; nadie me ha hecho sentir lo que tú cuando lo haces…

– Mi Bella – susurró, silenciando a su chica con un beso que empezó como un suave rose con los labios apenas entreabiertos, comenzando a tornarse poco a poco en algo más candente, dejando incluso de bailar para concentrase en sus bocas que ahora chocaban y demandaban todo la una de la otra.

Los dedos de Edward se clavaban en la espalda de Bella con una mano, mientras la otra sujetaba su cuello para tomar el total control de su boca. Hasta que sintió que el control lo estaba comenzando a perder, al igual que sentía a ella anhelante de algo más que caricias y besos. Ella estaba lista para él, en ese momento. Él podía jurarlo.

– No vamos – indicó Edward de repente, apartándose con dificultad de Bella, jalándola de la mano fuera del saloncito. Ella aun sentía su respiración pesada, mientras seguía los pasos apurados de Edward hacia el elevador, tomada de su mano, preguntándose qué había pasado, confundida con esa actitud tan sorpresiva y determinante de Edward.

– ¿Pasa… pasa algo…? – preguntó ella con temor al entrar en el ascensor. Cuando las puertas se cerraron, Edward volvió a apretarla contra él, dejando un beso silenciador que alejara cualquier temor de la cabeza de Bella y que sólo hablara de su inminente deseo por ella.

Y a ella le quedó claro cuando la arrinconó contra la pared y se apretó contra ella, sintiéndolo fuerte… y duro.

El elevador los dejó en su piso, saliendo ambos rápidamente hacia el apartamento, donde solo al entrar, retomaron la actividad que tuvieron que interrumpir al salir del ascensor. Besos y caricias por todos los lugares que las manos y la boca de Edward eran capaces de abarcar sobre el inquieto, deseoso y ardiente cuerpo de Bella.

Ella ya no quería esperar más.

– Edward… – gimió quizás por décima o quinceava vez, arremolinando y jalando el cabello de Edward, provocándolo. Él levantó su rostro del cuello de Bella y la miró con ojos penetrantemente oscuros.

– Bella, esta noche voy a hacerte el amor… esta noche serás mía.

– Estoy ansiosa… no puedo esperar más… te amo Edward, te deseo…

– Te amo, Bella.

Sus bocas encontraron mejor trabajo que hacer que aquel de emitir palabras. Edward decidió ir lentamente, besándola con todo el amor que pudo volcar en aquel beso. La quería tomar con calma, sin nada que los apurase más que sus deseos del uno por el otro. La quería concentrada en sentirlo.

Volvió a apartase, ante las protestas de ella, tomó su mano y la condujo hasta el dormitorio donde esa mañana ella había dormido. Encendió la luz de la mesita de noche y volvió a acerársele, sonriéndole ligero. Ella mordía imperiosamente su labio y retorcía sus dedos de los puros nervios "Llegó el momento, Bella…".

– Oye, estas temblando – le dijo Edward, acariciando sus brazos desnudos de arriba abajo. Ella al parecer, no se había dado cuenta que tiritaba de los nervios – Calma cariño, nadie te apura a hacer esto…

– ¿No quieres? – rebatió ella, apartándose un poco del agarre de Edward, sintiendo no sólo nervio sino que algo de temor por lo que él acababa de decirle. Bajó su rostro y dijo con voz quebrada – Entiendo que soy nula en el arte de la seducción y todo eso, y que de seguro has estado con mujeres que son súper sensuales y…

– ¡No! Eso no te lo permito, Bella. No te compares con ninguna de ellas – contestó molesto, tratando de no alterarse – Eres mil veces mejor, en todos los sentidos. Otras mujeres tienen que adornarse de mil formas para seducir. En cambio tú – se acercó más y alzó el rostro de Bella, y susurró roncamente sobre sus labios –Tu solo nombre me seduce, Isabella…

Ahora, ella sentía escalofríos a medida que los labios de Edward otra vez tomaban control sobre ella, mientras sus manos se paseaban por su cintura, hasta tantear la cremallera de su vestido, el que bajó lentamente, sin dejar de besar a Bella. Subió sus manos hasta los hombros de Bella y deslizó los tirantes, haciendo que el lindo vestido cayera hasta sus pies, dejando su cuerpo cubierto sólo por el corpiño y las braguitas negras.

– Hermosa – susurró, contemplando la casi desnudez de su amada antes de volver a atacar su boca, mientras ella tironeaba de su cabello y jalaba su camisa, queriendo tocar su piel también.

Edward dio un par de pasos, sin dejar la boca de Bella, hasta que delicadamente la dejó tendida sobre la cama. Se deshizo de su camisa, sacándola sobre su cabeza y vio como Bella oscureció su mirada al verlo de torso desnudo. Se acercó como felino y comenzó a dejar besos sobre el cuerpo de ella, haciéndola retorcerse del placer, nublándole la razón.

Bella sintió las manos de Edward recorrer partes de su cuerpo que la hacían lanzar gemidos potentes, que de vez en cuando, él acallaba con sus labios y su lengua. Ella actuaba sólo por instinto, recorriendo también con manos ansiosas el desnudo cuerpo de Edward, y lo sentía fuerte y caliente. Ni siquiera las películas triple x ni los libros cachondos que alguna vez leyó, llegaron en ese momento a su cabeza para guiarla. Y es que ella no podía pensar en nada que no tuviera que ver con Edward, y sus manos, y su lengua, y su cuerpo… pero ella necesitaba algo más. Su cuerpo pedía algo más…

– Por favor… – se quejó, cuando él estaba indagando con sus dedos en su entrepierna completamente empapada, haciéndola temblar y arquearse hacia él.

Él sabía que debía irse con calma, que no podía exigirle mucho, al menos esa vez… pero demonios, le estaba costando frenarse… aunque sabía que sería lo mejor tenerla allí, perdida en el placer, para que llegado el momento, no doliera… tanto… como decían las mujeres que dolía la primera vez.

– Disfrútalo nena… – susurró, deshaciéndose como pudo del sujetador negro, para dejar sus muy hermosos pechos al descubierto, y llevar sus dientes hasta sus duros pezones, para juguetear allí con ellos, mientras ella lanzaba gritos y tironeaba el cabello de Edward.

Edward se encargó de hacer el preámbulo perfecto para que la pasión inundara completamente a Bella, sedienta de él. El ambiente estaba cargado de ambos, de sus aromas, de sus jadeos. Cada beso, cada palabra, cara caricia, cada mirada iba llena de sentimientos potentes que acababan de reconocer el uno por el otro, y llenos de deseos del uno por el otro que se desbordaban. Y estaba a punto de estallar.

Cuando ambos estuvieron completamente desnudos y habían presentado sus cuerpos el uno con el otro, Edward pensó que no podía dilatarlo más. Por Bella y por su propio juicio, pues estaba a punto de perderlo. No podía ser que su virgencita lo tuviera a punto de morir de la lujuria, en el centro mismo de la desesperación por poseerla en ese instante.

Y ella, que desconocía eso, pensaba que ya se había vuelta loca, que jamás en sus veintiocho recién cumplidas primaveras, su cuerpo pudiese experimentar semejantes sensaciones.

– ¡Jesús, Edward…! – exclamaba ella, tratando de buscar coherencia en sus palabras, cuando él con cuidado se situó sobre ella, con una mano en sus nalgas, alzándolas levemente hasta poder rozar su centro con su masculinidad, sintiendo como ella hundía sus uñas en la carne de su espalda.

– Te amo, Bella – dijo como estimulante y sedante, para arremeter contra la barrera de su virginidad y ahogar enseguida con su boca el grito de dolor de Bella. Se quedó quieto por segundos, viendo como ella cerraba sus ojos con fuerza, respirando pesado – Abre los ojos, cariño – susurró. Cuando ella lo hizo, vio unas lagrimitas correr por sus ojos – Lo siento, no quise…

– No te detengas, Edward… no te detengas… hazme el amor – suplicó, valientemente, haciendo que la mirada de preocupación de Edward se tornara felina, oscura.

Dicho y hecho.

El hombre comenzó a hacer su trabajo, moviéndose lentamente para acostumbrar el cuerpo de Bella a él, mientras ella sentía un remolino… no, no, un huracán comenzar a formarse en su interior, mientras sentía a Edward dentro, muy dentro de ella.

Ni en sus mejores sueños se imaginó que se podía sentir así.

Mucho menos cuando los movimientos de Edward se coordinaron con los de ella, que comenzó a seguirlo, rozándose con él, mientras la amenaza de su primer gran orgasmo comenzaba a aparecer, lento y abrazador, necesitando apretarse a él de todas las formas posibles, con sus manos sobre su espalda, con sus pies rodeando su cadera, con su interior contrayéndose alrededor de su miembro, mientras gemía incoherencias, o a veces al menos lograba hilar el nombre de su amor… y así fue creciendo la sensación de pérdida dentro de ella, un estremecimiento que podía comprarse con la muerte… y es que eso fue lo que sintió cuando no pudo más y se dejó caer como dentro de un espiral, soltando un grito gutural envuelto en el nombre de Edward, sintiéndose estallar en milésimas de partículas, jadeando, mientras él gritaba también su nombre y al igual que ella, se dejaba caer en un orgasmo avasallador.

Edward descansaba sobre el cuerpo de Bella, intentando recobrar la respiración. Lentamente se apartó, dejándose caer de espalda junto a Bella, y comenzando extrañamente a carcajear. Y es que no podía creerlo. Aquello era como el paraíso terrenal. Increíble. Sensacional. Intenso… todo con su ex - virgencita, quien yacía como muñeca de trapo junto a él, algo adolorida pero con una sonrisita en los labios, sus mejillitas sonrojadas y su cabello totalmente despeinado. "Maravillosamente sexy"

– ¿Estás bien? – preguntó Edward, rozando su colorado rostro con el dorso de sus dedos. Ella giró su cara hacia él y sonrió.

– Si.

– Ven aquí – indujo, ayudándola a acomodarse sobre él para que descansara. Ella lo abrazó y suspiró, mientras él acariciaba su cabello y su espalda, dejando de tanto en tanto besos sobre su cabeza.

– ¡Ya no soy virgen! – exclamó ella después de unos minutos de cómodo silencio, deslizando sus dedos sutilmente arriba y abajo sobre los pectorales de Edward. Él no puso hacer más que reír con la ocurrencia de su amada y concordar con sus dichos.

– No, creo que no lo eres – besó su frente y la apretó aún más contra él – Ahora eres mía.

– Completamente tuya –alzó su rostro hacia él y se besaron lenta y tiernamente. Segundos después, ella volvió a dejar su cabeza sobre el pecho de Edward y a abrazarlo por la cintura, mientras él seguía lánguidamente acariciando su largo cabello y su espalda suave y desnuda.

Allí se quedaron en delicioso silencio un buen rato, hasta que Edward sintió la acompasada respiración de Bella, indicándole que se había dormido.

– Mi ex virgencita, cuanto te amo – susurró, besándola y cayendo enseguida en el letargo del sueño.

A las diez de la mañana des día siguiente, Edward abrió los ojos, sintiendo el cálido cuerpo de Bella aferrado a él. Se movió con cuidado para no despertarla y se fue hasta la ducha. Se vistió y se arregló para salir. Pero antes de eso, se acercó a Bella y besó su espalda, haciendo que ella se removiera y protestara

– Edward… – gimió ella, girándose y quedando tendida en la cama sobre su espalda, admirando el hermoso rostro de Edward frente a ella, quien le sonreía.

– Tengo que salir, amor.

– ¿Quieres que te acompañe?

– No nena, quédate aquí, a mediodía estaré de regreso.

– Prepararé algo para almorzar.

– ¡Fantástico! – Exclamó él, besando sus labios – Ahora me voy que estoy retrasado. Te veo en un par de horas, ¿sí?

– Te espero – dijo ella, atrayéndolo hacia ella, besándolo y absorbiendo su perfume. Enseguida lo dejó ir, antes que él declinara de su compromiso y se excusara con una emergencia de último minuto.

Con una enorme y luminosa sonrisa, Edward llegó hasta el chalet que remodelaban para Jane y Alexander, donde lo esperaba Kate y en donde había quedado de juntarse con el contratista… "Y más le vale que sea algo de importancia… no le perdonaré que por cualquier estupidez me haya hecho dejar a mi chica desnuda en mi cama…"

– ¡Edward! – saludó Kate a su maestro, cuando lo vio salir del coche y acercarse hasta ella.

– Kate, buenos días, cómo va todo… – dijo, echando un vistazo al trabajo que el grupo de constructores ejecutaba.

– Todo sobre ruedas – indicó ella – El contratista te espera dentro de la casa.

– Voy para allá – dijo Edward, sonriéndole y apartándose de ella. Al entrar, vio a un grupo de cinco trabajadores observando uno de los planos, mientras un hombre daba indicaciones a estos. Edward supuso que era el dichoso contratista.

– Disculpen, soy el arquitecto Edward Masen – se presentó él al grupo. Los hombres lo saludaron uno a uno con un apretón de manos. El último hombre, alto, de contextura delgada, bigotes, pelo corto y ojos cafés, vestido con una camisa a cuados negros y azules y unos jeans gastados, le extendió la mano mientras se presentaba.

– Arquitecto Masen, llevo tiempo queriendo conocerlo. Soy Charlie Swan, el jefe a cargo de los constructores – Edward extendió su mano hacia él, meditando en un par de segundos sobre el hombre que tenía en frente. De momento a otro, su rostro se tornó de la amabilidad hacia la absoluta sorpresa y casi desconcierto.

"Charlie Swan… Charlie… Swan… ¡Mierda, él es el padre de Bella!"


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